XXVIII
Historias personales
Levi había escogido a su nuevo escuadrón especial, y, por fortuna, yo formaba parte de éste. Digo que había sido afortunada porque mi deber era proteger a dos de las personas más importantes de mi vida. Armin, Jean, Connie, Sasha y Nifa eran los demás integrantes del escuadrón especial, o sea, gente que ya conocía y con quienes me llevaba relativamente bien.
Erwin había sugerido que nos refugiáramos en una casa franca del Cuerpo de Exploración, a unos veinte kilómetros al norte de Trost. Pues allí estábamos. Los que pertenecíamos a la 104 nos quedamos en la casa, cuidando de Eren e Historia y haciendo menesteres caseros. Hacíamos guardia de a dos, con rifles al hombro. En la mañana era el turno de Jean y Sasha, y en la tarde nos tocaba a mí y a Connie. Ni Eren ni Historia tenían permitido salir de la casa, salvo cuando Hange sacaba a Eren al descampado para ensayar la técnica de endurecimiento para nuestro eventual retorno a Shiganshina. Levi y Nifa salían a Trost de manera frecuente para enterarse de los últimos eventos relacionados con las nuevas órdenes de la Policía Militar de solicitar la entrega de Eren e Historia.
A lo largo de los días, me di cuenta que Eren dialogaba más con Historia, aunque ninguno de los dos se veía muy contento que digamos. Practicar la técnica del endurecimiento le dejaba agotado, y no parecía haber algún avance significativo al respecto. Eso le frustraba mucho, y normalmente era Historia quien trataba de hacerle sentir mejor cuando yo me encontraba de guardia. Por esa razón, ambos habían desarrollado una amistad cercana.
Cuando llegamos a la casa por primera vez, había solicitado al capitán Levi si podía compartir mi habitación con Historia. Como era natural, él estaba al tanto de que había una relación romántica entre las dos, y no puso problemas.
—Creo que sería mejor que ustedes compartan el cuarto —había dicho Levi en esa oportunidad—. De ese modo, Historia estará más protegida. Sin embargo, no creo que sea prudente que practiquen actividades privadas mientras estemos en esta casa. Recuerda que la Policía Militar nos está vigilando.
—Lo comprendo perfectamente, capitán —dije, haciendo el saludo militar. De todas maneras, no tenía intención de hacer el amor con Historia hasta que todo esto hubiera pasado. Eso no impedía que hiciéramos otras cosas que no tenían que ver con sexo.
Recuerdo que una noche, cuando hubo acabado mi turno de guardia, comí algo y entré a mi habitación. Historia me esperaba, recostada de lado sobre la cama y, con un nudo en el estómago, pensé que ella tenía intenciones de querer algo de acción conmigo, pero ella me tranquilizó, diciendo que estaba al tanto de las condiciones bajo las cuales el capitán Levi había permitido que las dos compartiéramos el mismo cuarto.
—Pensé que podríamos conocernos mejor —dijo ella, y me invitó a que yo la acompañara. Sonriendo levemente, me recosté de lado también, manteniendo el contacto visual, como venía siendo costumbre desde que comenzamos nuestra relación.
—¿Y qué quieres saber de mí?
Historia se tomó su tiempo para hacerme su pregunta. Tal vez estaba buscando la forma de hacerlo sin tener que incomodarme. Por mi parte, agradecía su muestra de tacto, pero también creía que debía mostrar más confianza en sí misma.
E Historia abrió la boca.
—Eh… ¿tienes alguna manía?
Vaya pregunta. Pensé que ella me iba a preguntar algo sobre mi infancia, o algo parecido. No fue el caso. Me pilló con la guardia baja, por lo que tardé un poco en responder.
—Bueno… he notado que pronuncio muchas veces el nombre de Eren.
Historia soltó una carcajada. Si fuese otra la persona con la que estuviera hablando, no me hubiera parecido gracioso. En absoluto.
—Lo dices más veces que mi nombre.
—Es que, si te soy honesta, me gustaba más Krista.
—A mí también me gustaba ese nombre, pero, si realmente quiero dejar de ser una buena chica, creo que es más justo que me sigas llamando Historia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dije, tomándole la mejilla a Historia con suavidad—. Tienes razón.
—Bueno, es tu turno de hacerme una pregunta.
—¿Con quién descubriste que te gustaban las chicas?
Historia mostró una sonrisa amplia.
—Contigo.
Apenas terminó de responder, arqueé una ceja en señal de escepticismo.
—Pensé que había sido con Ymir. Pasabas más tiempo con ella.
—Por favor, Mikasa, el que a ella le gustasen las chicas desde el principio no significa que me hubiese inculcado los mismos gustos. De hecho, cuando me empezaste a gustar, no fue porque tuviera gustos previos por las mujeres. Simplemente, ocurrió. Y ahora que sé lo placentera que puede ser la compañía femenina, ya no quiero dar marcha atrás.
—Es suficiente para mí. Tu turno.
En esa ocasión, Historia mostró una sonrisa juguetona antes de hablar.
—¿Te tocas a ti misma?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —pregunté, golpeando el hombro de Historia a modo de broma—. Nadie puede vivir sin tocarse.
—Déjame expresarme correctamente. ¿Te has tocado allá abajo?
—¿En los pies? —pregunté, haciéndome la tonta.
Esta vez fue Historia la que me golpeó el hombro, soltando una carcajada breve.
—Por favor, Mikasa. Sabes a lo que me refiero.
Por supuesto que sabía a lo que se estaba refiriendo, pero quise jugarle una pequeña broma. Debo aclarar que soy malísima para las bromas, y la que acababa de hacer era consistente con mi habilidad para hacerlas. Decidí ser honesta esta vez, aunque sentía que las mejillas me ardían un poco. Habría sido una pregunta vergonzosa en circunstancias normales, pero yo no tenía razón para ello, por lo que respondí con la verdad.
—No. Jamás he hecho eso. Pensé que había cosas más importantes de las que ocuparse.
—Yo tampoco —admitió Historia, dedicándome una sonrisa traviesa—, pero me gustaría verte hacerlo, y, de paso, hacerlo yo también. He escuchado que los chicos lo hacen a menudo, pero creo que nosotras no nos quedamos atrás en ese sentido, con la diferencia que solemos ser menos vocales sobre eso, y creo que es por eso que muchos dicen que nosotras no hacemos esa clase de cosas. —Historia se quedó en silencio por un rato breve, mirándome fijamente a los ojos, y supe que se le había ocurrido una idea—. De hecho, podríamos hacer eso juntas, una vez que hayamos salido de esta crisis.
—¿Y por qué haría tal cosa?
—Mikasa, ¿nunca has tenido curiosidad por tu cuerpo?
—¿Debería?
—No, pero es una buena forma de descubrir cosas íntimas sobre ti misma —dijo Historia, acercándose un poco a mí, como si quisiera besarme—. Si lo haces, podrías decirme dónde te gusta que te toquen, en qué parte de tu cuerpo te da más cosquilleos o, simplemente, tener placer cuando no estoy.
Después de eso, nuestro juego de preguntas y respuestas tomó derroteros más familiares, al menos por mi parte. Hablar de los padres de Historia era deprimente. Bueno, hablar de los míos también lo era, pero Historia no conocía esa parte de mi vida. Sin embargo, creí que era justo que ella me platicara siquiera un poco sobre ellos. Cuando le pregunté sobre el tema, Historia se quedó en silencio por un rato antes de responder en un tono ligeramente apagado.
—Bueno, tengo que empezar confesándote que soy una hija ilegítima entre mi padre y una prostituta —dijo, y noté que ella hacía un esfuerzo considerable por mantener su mirada fija en la mía—. Mi padre me dio todas las atenciones que yo necesitaba, pero mi madre era una persona muy distante. No permitía que yo le hablara, y cada vez que lo intentaba, me ignoraba, y las veces en que la sacaba de quicio, me propinaba una bofetada. Era una niña en ese entonces, por lo que apreciaba cualquier muestra de atención que me diera, aunque fuese de esa forma.
—No fue una infancia fácil para ti —dije, mirando a Historia con un poco de pena.
—Después de cierto tiempo, empecé a pasar más tiempo con Frieda que con mi padre —continuó Historia, luciendo deprimida—. Era como si él estuviese más ocupado en otros asuntos. Y, ahora que tengo los recuerdos de mi familia, ahora sé por qué. Mi padre no quería que yo me involucrara demasiado en los asuntos secretos de la familia Reiss. Por eso dio instrucciones a Frieda para que me borrara la memoria todos los días.
—¿Fue en ese tiempo donde había gente tras tu rastro?
—Sí. Como puedes ver, ahora entiendes por qué no me gusta hablar de mis padres —dijo Historia, suspirando hondo—. La única razón por la que te conté mi historia es porque confío en ti, y, por supuesto, porque eres mi pareja. No debo guardarte secretos. Y, hablando de padres, ¿te parece si me cuentas sobre los tuyos?
La pregunta me parecía justa, especialmente después que Historia se abriera a mí.
—Eran otros tiempos en ese entonces —dije, cuando Historia me preguntó sobre mi familia—. Mi padre solía salir de caza en las tardes, y mi madre era dueña de casa. Me enseñó a tejer y a pelar patatas. Lo hice tanto tiempo que me volví una experta. También le gustaba usar sombreros de bambú. Tenía varios, pero tres de ellos eran sus favoritos. Recuerdo que mi madre me contó que siempre los usaba para ocasiones especiales, como cumpleaños, fiestas y cosas por el estilo. Creo que esos sombreros fueron algunos de los factores por los que mi padre se enamoró en mi madre. Ridículo, lo sé, pero eso fue lo que ella me contó. Por eso eran especiales para ella.
—No son comunes los sombreros de bambú aquí —acotó Historia.
—Así es —dije, recordando que mi madre tenía rasgos que no concordaban con los de esta zona—. Es una costumbre de oriente, de los ancestros de mi madre. Por esos tres sombreros mi madre me puso Mikasa. Mi nombre significa, literalmente, "tres sombreros de bambú".
—Qué interesante —dijo Historia, sonriendo—. Pero, si eras tan feliz antes, ¿por qué cambiaste tanto?
—Mis padres fueron asesinados —dije, bajando un poco la cabeza, juzgando que era el momento en que Historia supiera la verdad sobre el destino de mi familia—. Unos hombres tenían la intención de secuestrar a mi madre porque ella era oriental pura. Seguramente se la iban a vender a un ricachón como esclava sexual. Por eso, mataron a mi padre, y trataron de llevarse a mi madre, pero ella se resistió, y fue asesinada también. Me llevaron con ellos como compensación. Habría estado en posesión de un degenerado millonario de no ser por Eren. Él mató a dos de los secuestradores, y yo asesiné al tercero. Fue en ese momento en que descubrí mi fuerza y mi habilidad para el combate.
Historia puso cara de entendimiento.
—Por eso proteges tanto a Eren —dijo, cambiando su postura en la cama—. Te sientes en deuda con él porque te rescató de los secuestradores.
—Así es, pero no es la única razón por la que me siento en deuda con él —dije, tratando de suprimir las lágrimas, porque, aunque hubieran pasado años desde aquel incidente, aún pensaba en lo que pudiera haber ocurrido si esos malditos secuestradores no hubieran asesinado a mis padres—. Me había quedado sin familia, pero Eren y su padre me ofrecieron vivir con ellos. Fue en ese momento en que Eren me entregó su bufanda, la misma que tengo puesta ahora mismo.
—¿Él te la dio?
—Es un testamento de lo que él hizo por mí, y de lo que yo estoy dispuesta a hacer por él.
Historia se quedó en silencio por un rato, como si estuviera tratando de recordar algo específico. Cuando habló, lo hizo con cierto arrepentimiento.
—Tengo que pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Por creer que sentías cosas por Eren. —Historia tomó asiento sobre la cama, y me invitó a que hiciera lo mismo—. Lo único que estabas haciendo era protegerlo, haciendo honor a la promesa que te hiciste a ti misma. Es normal que reacciones así con alguien que te salvó, y en más de una forma. Ahora estoy completamente segura de que eres para mí, y de que yo soy para ti.
—¿Lo dudabas?
—No dudaba de tus sentimientos por mí —se explicó Historia, tomándome ambas manos—. Dudaba de tus sentimientos por Eren. Pero ahora que sé que no es lo que yo creía, me siento más tranquila.
—Me alegro —dije, mostrando una sonrisa sincera, de las pocas que había mostrado en lo que iba de mi vida después del asesinato de mis padres.
—Ahora, te tengo que preguntar algo muy importante.
—¿Y de qué se trata?
—Ya sé que darías todo para que Eren esté a salvo. ¿Harías lo mismo conmigo?
Por un momento, pensé que Historia me estaba tomando el pelo, pero después me di cuenta que ella necesitaba una respuesta clara de mi parte. Las mujeres necesitábamos este tipo de actos.
—Por supuesto que lo haría.
—Me alegro —dijo, tirando mis manos, de modo que yo me acercara a ella—. Yo también daría todo para que no tengas que exponerte al peligro. Aunque no sea tan fuerte o hábil como tú, estoy preparada para incluso dar mi vida por ti.
—¿Lo harías? —pregunté, y, aunque no quise sonar escéptica, me dio la impresión que mi tono de voz había sonado de ese modo. No era que dudara de su determinación, pero creía que aún era muy temprano en nuestra relación para que ella dijera ese tipo de cosas.
—No me crees.
—Oh, disculpa si te di esa impresión —dije, tratando de reparar el daño, pero ella sonrió de todos modos.
—No tienes que pedir disculpas —dijo Historia, acercándose a mí, sin dejar de tomar mis manos—. Espero que jamás tenga que hacerlo, pero si la necesidad lo amerita, ten por seguro que lo haré, sin vacilar, sin hacer preguntas.
—¿Por qué me dices esas cosas? —pregunté, sintiendo una sensación similar a cuando uno se salta un peldaño mientras baja una escalera.
Historia dejó de tomar mis manos, y las puso en mis mejillas.
—Porque te amo.
