XXX
Tiroteo en Trost
Pensé que los sujetos que habían secuestrado a Jean y Armin iban a ser oponentes más preparados. Pensé mal. Ni siquiera armados supusieron un riesgo para mí. Mis compañeros llegaron justo a tiempo para asegurar la zona y maniatar a los secuestradores. Después habría tiempo para interrogarlos.
—El capitán quiere que yo les pase el siguiente mensaje —dije, mirándolos a todos con seriedad—. Es muy posible que tengamos que enfrentarnos a otros humanos, y, posiblemente, matarlos.
Todos reaccionaron con espanto ante el comunicado del capitán.
—¿Matar… a otros humanos? —balbuceó Sasha. Armin y Jean lucían estupefactos. Podía entender sus reticencias. Hasta ese minuto, el Cuerpo de Exploración se había limitado a matar titanes. Matar otros humanos iba en contra de todo lo que habían aprendido en aquella rama del ejército.
—Ese es el mensaje del capitán —dije, aunque yo también estaba un poco desconcertada por eso. Claro, había peleado contra otras personas, pero no al punto de matarlas. Se suponía que la primera vez que una persona mataba a otra era un punto de inflexión en su vida, y uno no muy bueno que digamos—. Vamos. Tenemos que regresar al punto de reunión.
Los demás, aún con expresiones de desconcierto, asintieron en señal de aceptación, y nos dirigimos al norte de la ciudad. Sin embargo, apenas pasamos el primer edificio, escuchamos un estampido que espantó a los pájaros cercanos. Al principio pensé que se trataba de un hecho sin relación con nuestra misión, pero cuando escuchamos otros estampidos, en rápida sucesión y que provenían del mismo lugar que el primero, nos percatamos que aquello no podía ser fruto de la casualidad. Decidí investigar el asunto, y los demás me siguieron.
Fue cuando vi al capitán Levi huir de unos sujetos que también parecían usar equipos de maniobras. Sin embargo, sus equipos no eran como los que usábamos nosotros. En lugar de tener dos cilindros de gas a cada costado, usaban uno solo, ubicado en la espalda. Las líneas eran disparadas desde las manos en lugar de las caderas, como era nuestro caso. Lo otro que noté de su equipo fue que no portaban espadas en absoluto. En lugar de eso, empleaban armas de fuego, y los cartuchos estaban ubicados en los muslos, de modo que fuese fácil recargar las armas.
—¡Vayamos a ayudar al capitán! —exclamé, y los demás me siguieron hasta donde el capitán iba escapando. Pero luego de ver la escena con más detalle, vi que Levi no estaba exactamente huyendo. Iba en persecución de la carreta en la que iban Jean y Armin, con la diferencia de que, en lugar de ellos, se trataba de Eren e Historia, los verdaderos. Un acceso de rabia me vino encima cuando vi que ambos yacían inconscientes sobre la carreta. Uno de los sujetos del mismo grupo que trataba de detener a Levi tomaba las riendas de la carreta.
—¡Armin, Jean! —exclamó Levi cuando nos vio—. Retomen el control de la carreta. Nosotros les proveeremos cobertura.
Vi que Jean dudó por unos segundos, pero Armin le indicó que le acompañara, y ambos flanquearon a la carreta. Por mi parte, ardía en ganas de ser quien le diera su merecido a esa estúpida que conducía la carreta, y, empleando un poco más de impulso, me puse por delante de la carreta. Usando la inercia anterior, me columpié hacia la mujer que tomaba las riendas, y la golpeé con una rodilla, arrojándola hacia los pies de Jean. Mátala decía para mis adentros, pero Jean, tozudo como él solo, se limitó a apuntarle la espada. Su presa vio su vacilación, y aprovechó de golpearle en las piernas, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo. Tonto, me dije, lanzándome hacia la desgraciada, con la intención de rebanarle el cuello, cuando escuché un estampido.
De entre todas las personas que pudieron haber percutado ese tiro, Armin era el que menos esperaba que hiciera algo así. Pero lo hizo. Cuando vi el desenlace de la escena, decidí tomar las riendas de la carreta, pero otros tres sujetos aparecieron, disparándonos. Tuvimos que dispersarnos, pero yo no iba a permitir que les fuese tan fácil apoderarse de Eren e Historia.
Apenas los sujetos retomaron el control de la carreta, me propulsé hacia delante, cayendo a unos cincuenta metros por delante de los caballos. Desenvainando mis espadas en el momento justo, me hice a un lado, y corté las patas de los caballos. Cuando me puse de pie nuevamente, la carreta había quedado volteada, y los sujetos habían quedado atontados. Eren e Historia seguían inconscientes, pero se encontraban a mi alcance. Miré hacia arriba, y vi a mis compañeros acercarse.
—¡Excelente trabajo! —exclamó Sasha, y todos, incluyendo al capitán Levi, manifestaron su aprobación.
—Jean —dijo Levi—. Lleva a Eren. Mikasa puede hacer lo propio con Historia. Yo mantendré ocupados a esos imbéciles. Los demás que sirvan de escolta a Jean y Mikasa.
—¿No necesita apoyo? —preguntó Armin, cuya cara mostraba una mezcla de nerviosismo y espanto. Me imagino que todavía no se recuperaba del impacto de haber asesinado a otro ser humano.
—No necesito matarlos —repuso Levi, mirando hacia atrás—. Solamente necesito entretenerlos. Lo más importante en este momento es que Eren e Historia permanezcan a salvo.
Con nuestras instrucciones claras como el agua, partimos hacia el punto de reunión, donde esperaban Hange y sus soldados. Jean llevaba a Eren como si él fuese un costal de harina, mientras que yo llevaba a Historia en brazos. Por varios minutos no tuvimos ninguna clase de oposición, y creímos que íbamos a lograrlo.
Fue cuando vimos a diez hombres rodearnos, todos con pistolas en mano.
—¡Entre las casas! —grité, y los demás se escurrieron entre las calles. Yo, como llevaba a Historia a cuestas, no podía maniobrar con la ligereza que me caracterizaba, y tuve que columpiarme entre callejones y edificios, de modo que les fuese más difícil a nuestros perseguidores atraparnos. Sin embargo, por mucho afán que pusiese en doblar esquinas y pasar por lugares estrechos, uno de los hombres me seguía de cerca. Mirando por el rabillo del ojo , vi que se trataba de un hombre mayor, que usaba un sombrero de ala ancha, y tenía una sonrisa como de vicioso.
Varias veces trató de dispararme, pero los obstáculos le impedían tener un tiro limpio. Por otra parte, yo sabía, a juzgar por el tipo de edificios que me rodeaban, que ya estaba cerca del muro Rose. Un poco más, y ya estaría relativamente a salvo.
De pronto, escuché un estampido y sentí que caía rápidamente al suelo. Cuando miré hacia arriba, vi que mi perseguidor había cortado los cables de mi equipo de maniobras con un disparo. Cómo había hecho semejante proeza, no tenía idea. Lo que sí sabía era que iba a caer duro al suelo, por lo que puse a Historia encima de mí, y procuré ponerme de espaldas, de forma de amortiguar un poco la caída.
El golpe fue duro, pero no lo suficiente para romperme la columna. Lo bueno fue que Historia no sufrió ningún daño. Me puse de pie lentamente, y el sujeto que me seguía aterrizó frente a mí. Seguía con esa sonrisa de vicioso, mirándome con un poco de interés.
—No eres un soldado común —dijo, con una voz rasposa que me hizo pensar que ese tipo fumaba con frecuencia—. No cualquiera puede maniobrar entre tantos obstáculos sin lastimarse. Pero ahora estás entre la espada y la pared. Entrégame a Historia, y te dejaré vivir.
—Eres bastante ingenuo si crees que voy a hacer eso —dije, desenvainando ambas espadas, a sabiendas que ya no podía usar mi equipo de maniobras—. Tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
—Si eso es lo que se requiere…
Al parecer, ese hombre tenía honor, porque no parecía muy inclinado a usar sus armas de fuego. En lugar de eso, sacó una cuchilla, y la esgrimió hacia mí. Yo permanecí en mi lugar, sabiendo que era él quien estaba interesado en capturar a Historia.
Y atacó.
Me hice a un lado justo a tiempo. Iba a hacerle un corte en el cuello, cuando él también se hizo a un lado, y me dio un puntapié en las piernas, haciendo que perdiera el equilibrio. Tuve que emplear mis manos para no caer y, al mismo tiempo, intentar rebanarle los tendones. A juzgar por el quejido que escuché, conseguí hacerlo. Cuando recobré mi postura normal, él se apoyaba más en su pierna derecha.
—Eres hábil —dijo el sujeto, arqueando una ceja—, más que el común de tu calaña. ¿De casualidad tu apellido paterno es Ackerman?
Tragué saliva. ¿Cómo diablos ese hombre pudo saber eso?
—¿Acaso eso importa?
—Debería importarte —dijo mi oponente, maniobrando su cuchilla con habilidad—. Tal vez no tengas idea de esto, pero hay ciertas personas que poseen habilidades más allá de lo ordinario, y todas ellas se llaman Ackerman. Y, a juzgar por lo que he visto de ti, tú podrías muy bien ser parte de ese grupo de personas excepcionales.
—¿Y qué si lo soy?
—Si eres un Ackerman, entonces serías una excelente adición a nuestras filas. Ya no tendrías que estar arriesgando tu vida luchando contra esos titanes. Tendrías una vida de confort en el interior del muro Sina.
—Si vivir una buena vida implica no tener a Historia a mi lado, entonces puedes guardarte tus ofrecimientos donde te quepan —dije, esgrimiendo mis espadas en contra de mi oponente—. Ahora, ven y pelea.
El sujeto mostró una expresión de decepción.
—Entonces, muere.
La pelea siguiente fue encarnizada. Me di cuenta que él tenía más ganas de matarme que antes, y me era cada vez más difícil esquivar sus ataques. Cada vez que bloqueaba su cuchillo, me sentía como si estuviera peleando contra un titán de cuatro metros. Para ser un tipo entrado en años, tenía una fuerza brutal, y una agilidad que ya quisiera un soldado adulto entrenado por años. Por desgracia, pese a mis mejores intentos, no conseguí herirlo nuevamente. No se movía como su tuviera uno de sus tendones cortados.
Tres veces me levanté nuevamente para pelear, pero mis fuerzas estaban llegando al límite. Tenía cortes en mi espalda y en mis dos muslos, lo que me impedía moverme con total libertad. Mi oponente se abalanzó contra mí una vez más, y, pese a que empleaba mis dos espadas contra un simple cuchillo, era como si tratara de contener la carga de algún animal en estampida. Traté de pensar en Historia, en lo que podía pasar si llegaba a perder aquella batalla, pero ni siquiera aquello me daba nuevas fuerzas.
Finalmente, después de aquel desigual tira y afloja, mi oponente finalmente rompió mis defensas, y hundió su cuchillo no una ni dos, sino que tres veces en mi pecho.
Un dolor punzante y debilitante me envió de rodillas al suelo. Me miraba el pecho, del cual brotaba sangre como agua de un manantial. Mi visión se iba nublando, pero, a medida que iba cayendo de lado al suelo, vi cómo ese hombre se llevaba a Historia y se elevaba en el aire. En mis últimos momentos de lucidez, juré ver que ella abría los ojos y me dedicaba una última mirada antes que yo cayese en las tinieblas.
