XXXI
Convalecencia
Desperté con un dolor punzante en mi pecho. A juzgar por el color del techo, asumí que me encontraba en un hospital. Me miré el pecho, y vi que se encontraba tapado con vendas. Traté de sentarme sobre la cama, pero el dolor se hizo mucho más intenso. Al final, decidí que era más sensato permanecer recostada. No sabía cuánto tiempo me iba a tomar recuperarme de mis heridas, pero no quería pasar demasiados días en el hospital.
Un enfermero entró a mi habitación, y, al verme despierta, se acercó a mí, y me tomó la frente.
—No tiene fiebre —dijo, sonando aliviado—, y se mantiene en cama. Debe mantener reposo por un par de días más. Sorprendentemente, fue la pérdida de sangre lo que más nos costó resolver, pero sus heridas, pese a que eran muy graves, fueron fáciles de atender. No tiene huesos rotos o algún vaso sanguíneo importante comprometido. Si evoluciona bien, podrá irse de aquí en menos tiempo del que cree.
—¿Y qué hay de mis compañeros? —pregunté, recordando que, antes de perder el conocimiento, estaba escapando de unos sujetos que querían capturar a Eren e Historia—. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Tres días, y, hasta donde yo sé, sus compañeros se dirigieron hacia el norte anoche —repuso el enfermero—. Aunque me temo que no fueron las únicas novedades que ocurrieron mientras usted se encontraba inconsciente.
El enfermero se acercó al único mueble de la habitación, una mesa con tres cajones, y tomó el periódico que yacía sobre ésta. Me lo tendió sobre mi regazo, y lo tomé, mirando la primera plana.
Casi tuve la tentación de sentarme.
Al parecer, había información explosiva sobre la monarquía. El rey había resultado ser una completa farsa. Se trataba de un simple actor, pagado por quienes estaban realmente gobernando. La reacción popular a este trozo de información fue predecible. Hubo desórdenes en las calles de todos los distritos de los muros, y la Policía Militar se vio tan sobrepasada que ni siquiera tuvo tiempo para enjuiciar a Ymir por sus crímenes. El cómo había ocurrido un hecho tan importante en tan solo tres días estaba más allá de mis capacidades de razonamiento, por lo que no le di más vueltas. El punto era que la Policía Militar ya no andaba detrás del Cuerpo de Exploración.
Leyendo más sobre el asunto, vi que Erwin había sido exonerado de todos los cargos, y el Capitán General había solicitado expresamente a Nile que entregara una declaración oficial, pidiendo disculpas por la tortura y las acusaciones falsas. Hojeando el periódico, vi que un grupo especial del Cuerpo de Exploración había regresado desde el distrito de Orvud con una noticia que había sacudido a toda la humanidad.
Cuando leí aquella parte, sentí un violento retortijón de tripas, tanto que hizo que las heridas me volvieran a doler. Claro, habían descubierto que el rey era una farsa, pero también habían descubierto al real heredero del trono. Era eso lo que me tenía con las entrañas revueltas, porque la heredera al trono no era otra que Historia.
Historia, ¿reina? ¿Acaso estoy soñando?
Como si la realidad estuviera adaptándose a mis pensamientos, se oyeron unos toques a la puerta. El enfermero puso cara de entendimiento, y yo asumí que sabía quiénes esperaban afuera de la habitación. Bueno, el caso fue que, cuando el enfermero abrió la puerta, mis compañeros entraron en ordenada formación, y rodearon mi cama. Al centro del grupo se encontraban Eren y Armin, Sasha y Connie me miraban con sendas sonrisas a la izquierda, mientras que Jean y Levi miraban mis heridas, luciendo aliviados. Sin embargo, echaba de menos a dos personas. La ausencia de Historia era dolorosamente obvia, pero también recordaba que Nifa también formaba parte del escuadrón especial. Levi, al parecer, se dio cuenta de lo que yo estaba pensando, y se adelantó a los demás.
—No te preocupes, Mikasa —me dijo Levi, sin sonreír, por lo que asumí que debía traer malas noticias—. Historia viene en camino. Está muy preocupada por ti. Y, en cuanto a Nifa, lamento tener que informarte que ella está muerta.
Cuando escuché las últimas palabras del capitán, se me hizo un nuevo nudo en el estómago, acompañado de un desagradable vacío en mi pecho. Cualquier incomodidad que hubiera tenido antes, ya no la sentía. Ella me había ayudado a recuperar la fe en lo que sentía por Historia, y, tal como había pasado con Petra, había compartido varias cosas con ella. Saber que ya no estaba era como si una parte de ti hubiera muerto. ¿Por qué tenía tan mala suerte con las amigas? ¿Era el mundo así de cruel, más de lo que había pensado en un principio?
—¿Cómo murió? —pregunté con un hilo de voz.
—Fue asesinada, por el mismo sujeto que trató de matarte —repuso Levi, hablando como alguien que entregaba un reporte de campo a su superior—. En caso que te andes preguntando por qué no pudiste derrotarlo, pues te tengo noticias. Él no era como los demás miembros de su equipo. Su nombre era Kenny Ackerman.
Fue cuando recordé la conversación que había tenido con ese tal Kenny. ¡Por eso me había preguntado si mi apellido era Ackerman! Él también tenía el mismo apellido que yo. Pero, si eso era cierto, ¿eso implicaba que él fuese un pariente de mi padre? Levi notó mi expresión de sorpresa, y añadió.
—A juzgar por lo que él me contó, él era hermano de mi madre, pero tu padre no pertenecía a la misma rama familiar. Kenny era mi tío.
Aquellas palabras me hicieron cobrar conciencia de lo que realmente implicaba todo ese asunto. Si Kenny era tío de Levi, eso significaba que él también debía poseer el mismo apellido que yo. De pronto, muchas cosas comenzaron a cobrar sentido. Al parecer, allí residía la explicación de mi fuerza y habilidad superiores. Tanto Kenny como Levi y yo éramos más hábiles y fuertes que el resto de los soldados, y los tres teníamos el mismo apellido. ¿Eso significaba que mi padre también podría haber tenido las mismas cualidades? Sin embargo, cuando le planteé el tema a Levi, él negó con la cabeza.
—No todos los Ackerman despiertan ese poder —explicó, y yo noté que los demás me miraban como si fuese la primera vez que me hubieran visto en sus vidas—. Mi madre jamás mostró poderes especiales, y asumo que tu padre tampoco, porque, de otro modo, no hubiera sido asesinado así de fácil.
Tras escuchar las palabras de Levi, entendí que su explicación tenía sentido. Si todos los Ackerman en existencia tuvieran poderes, la guerra contra los titanes hubiera acabado hace tiempo ya. Pero, como no era el caso, entonces era lógico suponer que solamente algunos miembros de la familia desarrollaran esos poderes.
—¿Y qué pasó con ese imbécil que mató a Nifa?
—Está muerto —dijo Levi con una voz pesada, como si realmente le causara alguna especie de congoja aquel hecho—. La catedral de cristal de la que Historia nos platicó colapsó e hirió mortalmente a Kenny. No se fue sin contarme una historia muy interesante sobre la familia de Historia y él mismo. Cuando te hayas recuperado, te pondremos al corriente. La reina Historia debería llegar pronto.
Dicho esto, el capitán Levi abandonó la habitación, pero los demás permanecieron en sus lugares. El primero en hablar fue Connie.
—Mikasa, debiste haber visto a Historia —dijo, luciendo emocionado—. Se puso los pantalones en la catedral de cristal. Eren se puso a lloriquear, y ella le hizo entrar en razón.
—Así es —añadió Sasha, igual de emocionada que Connie—. Quería que se lo comieran porque se sentía culpable de que su padre le hubiera robado el poder titán a la hermana de Historia. Después, las cosas se pusieron muy malas. ¡Vimos al titán más grande que jamás hubo existido!
—Peleamos contra ese titán en el distrito de Orvud —dijo Jean, quien, por alguna razón, lucía apesadumbrado—. Los cañones no le hacían daño alguno. Fue Erwin quien ideó el plan para acabar con Rod Reiss. Sí, el mismo padre de Historia se transformó en ese titán gigantesco. Tuvimos que usar un montón de pólvora para volar al titán en pedazos.
—En esa batalla, Historia estuvo sensacional —dijo Connie, quien no podía controlarse, a juzgar por lo rápido que hablaba—. Ella fue quien le dio el golpe final a Rod Reiss. Al principio, Erwin había decidido pretender que Historia fuese quien lo hiciera, pero lo que pasó realmente fue mucho mejor. Todos vieron cómo ella acabó con ese titán, y desde luego, todos se enteraron que ella era la verdadera heredera al trono.
—La coronación tendrá lugar dentro de un par de días —agregó Sasha, quien, como Connie, no podía contenerse—. Deberías estar en pie para ese entonces. Aún no puedo creer que esa joven tan enclenque se convirtiera en nuestra reina.
Yo, pese a la emoción en las palabras de Sasha y Connie, no podía evitar pensar en lo que podría pasar con mi relación con Historia, siendo ella reina de los muros. Tal vez necesite distanciarse de mí, no porque no haya amor entre nosotras, sino por las posibles repercusiones políticas que nuestra relación pudiera desencadenar. Después me pregunté si nuestro amor era capaz de sobreponerse a la política. Supongo que mis preocupaciones se mostraron en mi cara, porque Eren me dirigió la palabra.
—No deberías preocuparte tanto, Mikasa —dijo Eren, mostrándome una sonrisa breve—. Estoy seguro que Historia no sacrificaría tu relación por su nueva posición. En todo caso, según Armin, no hay ninguna ley que prohíba a la reina tener pareja.
—Cuando nos enteramos que Historia era la verdadera heredera al trono, me puse a buscar alguna norma que impidiera que ella pudiera tener una relación de pareja, pero no encontré nada —añadió Armin en un tono tranquilizador—. Además, si conozco bien a Historia, ella no te dejaría solamente por ser reina.
No obstante, pese a las palabras de Eren y Armin, aquella preocupación no desapareció de mi cabeza. La única forma en que dejara de sentir mis entrañas retorcidas era que Historia me dijera de su boca que todo iba a estar bien.
De pronto, escuché un golpe a la puerta, y el enfermero, quien no había dicho nada durante todo ese rato, la abrió, y, en el umbral, vi a la persona que más deseaba ver en ese momento.
Cuando Historia me vio en la cama, con vendas en mi pecho, pareció relajarse bastante, y se acercó a mí. Los demás entendieron que su presencia no era necesaria, y abandonaron la habitación, dejándome a solas con ella. Por un momento, no hicimos otra cosa que mirarnos, y noté que Historia tenía los ojos brillantes. Y, a juzgar por el ardor en mis ojos, yo también pasaba por lo mismo. Después de un minuto completo de silencio, ella fue la que tomó la palabra.
—Pensé que habías muerto —dijo, con un hilo de voz—. Cuando ese sujeto me tomó, vi cómo caías al suelo, tu pecho empapado de sangre. Estuve todo este tiempo tratando de aceptar que ya no ibas a volver a mi lado, pero cuando llegamos a Orvud, el comandante me comunicó que habías logrado sobrevivir. Le dije que no lo iba a creer hasta que te viera con mis propios ojos. Y ahora que te veo, me siento mucho más tranquila.
Yo no dije nada. Lo único que quería era que ella me abrazara. Quería sentir el calor de su cuerpo, quería que ese momento fuese real para mis sentidos. Y, al parecer, Historia se dio cuenta de lo que yo quería, y me abrazó, derramando algunas lágrimas. Yo también lo hice, aferrándome a ella como si un huracán quisiera arrancármela de mis brazos. Sin embargo, sabía que, pese a que me estaba sintiendo mejor que en los últimos tres días, la conversación que iba a tener lugar después iba a decidir el futuro de nuestra relación.
