XXXIII
Amor real, Parte 1
Yo e Historia estábamos en la habitación real, discutiendo lo que había ocurrido después que ella hubiera hecho todos aquellos increíbles anuncios. Sin embargo, eso de que ella iba a participar en la misión de retomar Shiganshina no era lo que más me preocupaba.
—Historia —comencé, con las entrañas retorcidas. Las tenía así desde que ella anunció nuestro compromiso—, ¿no crees que es demasiado pronto para… casarnos?
—Hemos pasado por mucho juntas —dijo ella, quien se miraba al espejo para soltarse apropiadamente el cabello.
—No por lo suficiente —protesté, apenas atreviéndome a creer que Historia estuviera considerando aquella idea de forma seria—. Un matrimonio no es algo que debamos tomar a la ligera.
—No, no lo es —repuso Historia, mirándose atentamente al espejo, como si hubiera algo malo con su imagen—. Estoy segura que la misión que nos espera nos pondrá a prueba de formas que no somos capaces de imaginar. Si podemos superar aquellos desafíos, podremos decir que estamos listas para dar el siguiente paso.
—Estás comenzando a sonar como Erwin —bromeé, aunque no creía que estuviera bromeando. La propuesta de Historia dependía mucho del desenlace de la misión en Shiganshina, lo que era una incógnita de proporciones inimaginables. Sin embargo, debía admitir que su lógica tenía un extraño sentido. Si todo lo que había dicho ella sobre la misión era cierto, y aun así, lográbamos salir con la frente en alto, entonces no se me ocurría nada que nos pudiera separar.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr —dijo Historia, quien seguía mirando al espejo, como su hubiera visto una imperfección en éste—. ¿No crees que tengo el pelo muy largo?
La pregunta me tomó por sorpresa, por lo que no pude responderle de inmediato. Ahora que lo pensaba bien, yo no era de esas chicas que se fijaba demasiado en la apariencia, y sin embargo, mis mejillas enrojecieron cuando me imaginé a Historia desnuda. ¿Era, en efecto, una chica superficial, o solamente era así con las personas que amaba? Quería creer que era por esto último, pero… bueno… uno nunca sabe.
—No me importa si lo tienes largo o corto.
—Era eso lo que quería escuchar —dijo Historia, tomando una tijera y mirándola como si no supiera qué hacer con ellas—. ¿Me podrías hacer un favor?
En el momento que la vi tomar la tijera, supe qué era lo que ella quería. Acercándome a Historia, humedecí su cabello con agua que extraje de un cántaro cercano, e iba a cortarle el pelo, cuando me percaté que no le había hecho una pregunta muy importante.
—¿Cómo lo quieres?
—Como el tuyo —dijo Historia, lo que me sorprendió—. Con el mismo flequillo que cae sobre tu nariz.
—¿Estás segura? —pregunté, aunque sabía que la pregunta era en balde.
—No quiero que mi equipo de maniobras se enrede con mi cabello.
Pese a que la respuesta de Historia había sido buena, sabía que era una mentira. En realidad, ella había escogido ese corte en específico por mí, y eso me alegró el corazón. Saber que has sido una fuente de inspiración para otra persona siempre te alegraba el corazón, y yo no podía (ni quería) pretender ser diferente a los demás. Con una sonrisa, comencé a cortarle el cabello, basándome en el estilo de mi propio cabello. De vez en cuando humedecía nuevamente su cabello, de forma que me fuese más fácil hacer mi trabajo.
Cuando hube acabado, me quedé de pie, mirando a Historia, esperando a que me manifestara su opinión.
—Te faltó algo.
En el momento en que la miré a través del espejo, entendí qué era lo que hacía falta. Busqué encima de la mesa y hallé lo que estaba buscando. Se trataba de ese mismo líquido viscoso que ella misma había empleado conmigo la noche en que la conocí, esparciéndolo por su cabello, y poniéndole una toalla encima de su cara. Historia, sabiendo que debía recostarse, se dirigió a su cama, procurando no recostarse de lado, así como lo había hecho yo en su momento.
—Oye, Historia.
—Dime.
—¿Estás segura que quieres ir a Shiganshina con nosotros?
—Completamente —repuso ella, y no percibí vacilación en su voz. A veces me costaba trabajo creer que fuese Historia la mujer con la que estaba hablando. Desde la vez que me rescató de acabar en el interior de un titán, ella había ido convirtiéndose en un soldado cada vez más competente, al punto de acabar con el titán más grande jamás visto en la historia.
—¿Y no te importa morir? Recuerda tu nueva posición.
—Mikasa, yo, mejor que nadie, sé cuál es mi posición —dijo ella con más aplomo, algo que era muy raro en ella. Normalmente, se expresaba de forma conciliadora, de forma que no pudiera ganarse enemigos. Pero me imaginé que pasar de llamarse Krista a Historia no había sido un mero cambio cosmético. Era cierto, entonces. Ella necesitaba dejar de ser una chica buena. Era una buena cualidad para una ama de casa, pero no para una reina—. Sé lo que puede pasar si llego a perder la vida. Pero no puedo quedarme sin hacer nada. No quiero ser una espectadora en algo que es tan trascendental para la humanidad. Es cierto que ahora soy la soberana del interior de los muros, pero quiero ser más que una simple reina.
—¿Y has pensado en las repercusiones políticas de tu posible muerte en la misión?
—No realmente —dijo Historia, quien ya tenía claro lo que debía hacer si lo peor llegaba a pasar—. Lo único que tengo que hacer es nombrar a un sucesor y ya.
—No es tan simple —insistí—. La persona que deba ascender al trono debe ser tu descendiente. Y, hasta donde yo sé, no tienes hijos. Eres el único miembro sobreviviente de la familia Reiss.
—¿Y quién dijo que eso no se puede cambiar? —dijo Historia, y yo quedé en silencio. Había dado por asumido que el traspaso de poder siempre debía darse dentro de la misma dinastía, pero había olvidado que el rey tenía la facultad de nombrar a un sucesor fuera del círculo familiar. Tal vez fuese para mejor. Había personas más que capacitadas para regir a la humanidad, si es que Historia no regresaba de Shiganshina con vida. Sin embargo, yo no quería que ella tuviera que dar su vida por la causa.
—No quiero perderte —dije, juzgando que ya había pasado el tiempo suficiente para que el líquido hubiera hecho efecto, y retiré la toalla de su cabeza. Su cabello tenía exactamente el mismo estilo que el mío. No disminuía en absoluto la belleza de sus facciones, eso lo tenía claro.
—No me vas a perder —dijo Historia, pero yo no me sentía convencida de ello. No teníamos idea de con qué nos íbamos a topar cuando entráramos en Shiganshina, pero luego me pregunté por qué desconfiaba de Historia. Era mi novia, con un demonio. Mi deber era apoyarla, no criticarla.
—Está bien —dije, tomando asiento al lado de Historia, quien me dedicaba una mirada intensa—. Confío en ti.
—Y ahora, ¿qué te parece si retomamos lo que dejamos pendiente en tu habitación?
No era necesario decir nada más. Poniéndome encima de ella, le di un beso en sus labios, aferrándome a ella y acariciando su cabello. No podía creer que hubiera reaccionado de ese modo, estando dentro del palacio real. Existía una posibilidad muy alta de que Historia fuese solicitada para alguna reunión junto con sus consejeros. Al parecer, cuando dejé de besarla, mi preocupación se debió reflejar en mi cara, porque Historia mostró una sonrisa tranquilizadora.
—No hay necesidad de preocuparse —me dijo, en un tono suave y dulce—. Dejé instrucciones muy explícitas de que no nos molestaran durante el resto del día. Cualquiera que desobedezca mis órdenes, será castigado.
Arqueé una ceja ante las palabras de Historia.
—Asumo que no vas a castigar al transgresor con la muerte.
—¿Por qué haría algo así? —dijo mi novia con una risita—. Los efectivos de la Policía Militar, como sé bien, son muy arrogantes y orgullosos. Basta con otorgarles una tarea vergonzosa y ya está. Así que, mi amor, te tengo esta noche solamente para mí.
—¿Y está bien que un soldado tenga un romance con la reina?
—No es que alguien me pueda cuestionar al respecto —dijo ella, tomándome del cuello y penetrando mi alma con su mirada—. Ahora, deja las preguntas de lado, quítame la ropa y hagamos el amor de una vez.
—¿Y por qué la prisa? Pensé que me tenías para ti el resto del día.
—Es que no quiero esperar —dijo Historia con un poco de urgencia—. Ahora que sé que nadie nos va a molestar, quiero llevar esto hasta las últimas consecuencias. Quiero hacer esas cosas de las que hablamos cuando estábamos en esa casa franca… aparte de lo que no terminamos en tu habitación.
Yo, mirando a Historia, me puse a pensar nuevamente en cuánto había cambiado la mujer debajo de mí. La primera vez que intentamos algo como lo que estábamos a punto de hacer en ese momento, el pudor pudo más que nuestros deseos. En esa ocasión, no había cantidad de pudor que pudiera evitar lo que venía a continuación. Las dos queríamos esto, y, el hecho que existiera una posibilidad de que no volviéramos a hacer el amor jamás, nos empujaba más aún a hacer esto.
—Tenemos tiempo para eso y más —dije, tomando el vestido de Historia por el borde, y alzándolo hacia arriba, desnudándola de inmediato. Me quedé un momento admirando su cuerpo, hallando todo lo que me gustaba de él, mostrando una sonrisa. Ella hizo lo mismo, mirándome como diciendo "es todo tuyo". Por supuesto que era todo mío. No había ninguna duda de eso. También había otra cosa que estaba más allá de cualquier duda.
—Quítame la ropa —le susurré a Historia, y me recosté sobre la cama. Ella, sin decir nada, solamente deslizando la lengua por sus labios muy sutilmente, me quitó la blusa lentamente, como la primera vez. Yo solamente podía sonreír. Aunque existiera la probabilidad que esa fuese la última vez que compartiéramos nuestros cuerpos, me sentía contenta de vivir ese momento con Historia, ahora que ya sabía, tanto en mi mente como en mi corazón, que la amaba.
