XXXIV
Amor real, Parte 2

Cuando Historia me quitó la falda, dejándome desnuda en su totalidad, pude ver que ella me deseaba de la misma forma en que yo a ella. Con indiferencia de lo que yo pensara sobre mi propio cuerpo, Historia me aceptaba como si no hallara nada malo con éste. Ni siquiera hizo un gesto raro cuando miró mis abdominales marcados.

—Muchas mujeres darían un brazo y más por tener un cuerpo como el tuyo —dijo Historia, y yo, sabiendo que no ganaba nada con refutarle lo que acababa de decir, me quedé en silencio—. Eres la mujer más fuerte de la humanidad, y estoy segura que muchas chicas estarían fascinadas por cómo siempre procuras estar en forma.

—Es importante para un soldado estar en forma, siempre —dije, lo que era cierto. Perder la forma física era una de las peores cosas que un soldado podía hacer, porque le impedía hacer su trabajo de la mejor manera—. ¿Te vas a quedar mirándome, o vas a besarme?

Por supuesto, Historia no había olvidado su propósito. Se inclinó sobre mí, dándome un abrazo muy apretado, y besó mis labios con una suavidad y ternura que no había experimentado antes. Era una sensación muy dulce, como si tus labios probaran miel, o algo así. Sin embargo, en lugar de un beso largo y sostenido, ella me fue dando besos cortos y rápidos, como si no pudiera contener el deseo en su interior. Noté que respiraba de forma más agitada, y yo, contagiada con su deseo, hice lo mismo.

—Te deseo, Mikasa —susurró Historia cuando hubo acabado con mis labios.

—Yo también —repuse, también en un tono bajo de voz.

Me senté sobre la cama, e Historia hizo lo mismo. Nos abrazamos y nos volvimos a besar, perdiendo lentamente el control. Nuestras respiraciones se hicieron aún más agitadas que antes, y había ocasiones en las que yo besaba su cuello, y escuchar sus jadeos cada vez que hacía eso era excitante y dulce al mismo tiempo.

—Disfrútame —me dijo Historia, y yo descendí hasta sus pechos, besándolos con avidez, como quien llevara días en el desierto y, de golpe y porrazo, se encontrara con una fuente de agua. Ella me tomaba de la cabeza, enredando sus dedos entre las hebras de mi cabello y arqueando su propia cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Cuando me hube entretenido lo suficiente con sus lindos pechos, me fui directamente a su cuello, besándolo, y a veces dándole un suave mordisco. Cada vez que lo hacía, Historia pegaba un pequeño salto, soltando una pequeña risa.

—Ay, Mikasa —decía en esas ocasiones, y yo solamente me limitaba a sonreír.

Después fue mi turno para recibir mi ración de cosquilleos. Historia tomaba y besaba mis pechos como si fuese lo último que hiciera en su vida. Después recordé que a ella le gustaban, y me estaba comenzando a acostumbrar, cuando recibí un trago de mi propia medicina. El cosquilleo que yo sentía cada vez que ella mordisqueaba mi cuello me hacía saltar, y, tal como le pasaba a ella, me venía la risa floja.

A partir de cierto momento, ambas habíamos llegado a la conclusión de que debíamos ir más allá. Nos acomodamos como la última vez que estuvimos en esa misma situación, de forma que nuestras entrepiernas estuvieran juntas. A partir de ese momento, ya sabíamos lo que debíamos hacer.

Al principio, el movimiento era suave y sensual, y el calor en nuestras intimidades crecía de a poco. No fue el golpe sensorial que nos remeció de pies a cabeza la primera vez. Fue, más bien, como si aquella sensación de tener agua caliente dentro de nuestros cuerpos fuese aumentando más lentamente. Eso no lo hacía menos exquisito, sin embargo. Y el contacto visual siempre era muy importante. Historia me sonreía mientras me miraba a los ojos y, como la primera vez, aquello hacía que nuestro encuentro fuese mucho más personal e íntimo, y eso a mí me excitaba mucho.

—Había olvidado lo rico que es esto —dije, haciendo mis movimientos un poco más rápidos, sin que mi mente hubiera ordenado tal cosa.

—Yo también —dijo Historia, gimiendo de vez en cuando, y arqueando un poco la cabeza hacia atrás—. Oh, Mikasa, esto me gusta mucho.

—¿Quieres más?

—Por supuesto.

Con la promesa de que nadie nos iba a interrumpir, toda la habitación parecía haber sido construida para nosotras. Era como si el mundo exterior no pudiera intervenir en lo que estábamos haciendo. Todo ese conflicto contra los titanes ya no era tan importante. De hecho, parecía un asunto lejano, sin importancia para nosotras. Ningún problema nos podía afectar. Estábamos dentro de una burbuja, aisladas del resto de la gente. Allí, nadie nos podía ver, nadie nos podía alcanzar, nadie podía causarnos problemas. Todo lo que me importaba estaba delante de mí, mirándome con dulzura y sensualidad, gimiendo dulcemente, dándome lo que ninguna otra persona me había dado antes.

Pronto, la urgencia en querer sentir la experiencia más exquisita de la experiencia humana nos hizo menos prudentes. Nuestros movimientos se hacían cada vez más rápidos e impetuosos. Era como si nuestros cuerpos supieran lo que había que hacer para alcanzar el cielo con las manos.

A partir de cierto punto, ya no podíamos decir nada, porque nuestros gemidos hablaban por nosotras. A Historia le costaba trabajo no arquear el cuello, porque quería, a toda costa, mantener su mirada fija en mí. Lo mismo me ocurría a mí, pero yo, por lo menos, no hallaba tan complicado mantener el contacto visual con Historia. Pero eso no quitaba que el aire de nuestros pulmones se estuviera volviendo insuficiente para seguir respirando normalmente. Aquello se oponía a la intensidad de nuestros gemidos, aparte de que nuestras pieles comenzaron a brillar por el sudor.

El placer en nuestro interior ya no tenía control. Se regaba por nuestras entrañas como fuego por pasto seco, calentando nuestra sangre, quemando el oxígeno y haciendo que nuestros movimientos se volvieran frenéticos. Hace rato que nuestras mentes conscientes se habían ido de paseo, lejos de la burbuja que nos rodeaba, la misma que nos aislaba del mundo exterior, realzando lo íntimo de ese momento. Ni siquiera me había percatado de que había menos luz solar filtrándose por las cortinas. Sin embargo, la oscuridad era bienvenida en nuestra burbuja, porque hacía de esto algo exclusivo de las dos, y eso, lo quisiéramos o no, nos excitaba aún más.

Bum.

Nunca supe si nuestros gemidos se escucharon en otras habitaciones o no, pero el punto era que no podíamos controlarnos bajo ninguna circunstancia. El aire brillaba por su ausencia, respirábamos como si hubiéramos trotado por horas, y el sudor hacía relucir nuestras pieles. Noté que Historia tenía tanto sus pechos como su abdomen tensos, y lo mismo podía decir de mí misma. Al fin, después de algunos contratiempos, logramos experimentar aquello que tanto nos gustaba, y al mismo tiempo, lo que era mucho mejor. Por boca de Ymir sabía que la probabilidad que dos personas llegaran al éxtasis al mismo tiempo era casi imposible. Si aquello era cierto, entonces lo que acabábamos de sentir había sido algo único, irrepetible, y me sentía muy contenta por haber compartido ese momento tan especial con Historia.

Cansada como pocas veces en mi corta vida, caí sobre la cama, rebotando sobre ésta, sonriendo de oreja a oreja. Historia se recostó sobre mí, tomándome la cabeza, y dedicándome una mirada dulce.

—Lo conseguimos —dije, suspirando, acariciando su mejilla con una mano, y con la otra tomaba su cintura—. Y nadie nos interrumpió.

—Te lo dije. —Historia me dio un beso breve en la punta de la nariz, lejos el gesto más tierno que jamás hube recibido en toda mi vida—. Ser la reina tiene sus beneficios, sobre todo para su futura esposa.

—Aún me sorprende que quieras casarte conmigo —dije, aunque ya no podía exactamente criticar su decisión, no después de lo que hicimos hace unos minutos atrás—. Aún no somos mayores de edad.

—¿Y quién dijo que debíamos serlo para casarnos? —dijo Historia, y supe que aquella había sido una pregunta retórica, por lo que no dije nada—. Por cierto, ¿te gustó hacer el amor conmigo?

—Me gustó mucho —dije, lo que era cierto. Había disfrutado cada segundo de ese momento, y quería experimentar más de ellos, de preferencia con la persona que yacía encima de mí—. Por esto y más es que no quiero perderte. Pero, si quieres ir con nosotros a Shiganshina, no voy a objetar tu decisión. Supongo que es todo lo que puedo hacer, en todo caso. Eres la reina.

—No me perderás, porque sé que tú me vas a proteger. Yo haría lo mismo por ti.

—Ya lo has hecho —dije, recordando la vez en que ella me rescató del titán que estuvo a punto de comerme.

—Tú también —dijo ella, dándome un beso corto en mis labios—. Arriesgaste tu vida por mí cuando tratabas de protegerme de ese tipo del sombrero. El capitán Levi dijo que él había muerto después de que derrotamos a mi padre.

—Una pena. Quería encargarme de él yo misma.

—No habrías podido derrotarlo —dijo Historia, y yo arqueé una ceja—. Por lo que me contaron, él era mucho más hábil y fuerte que tú. El único capaz de hacerle frente y sobrevivir es el capitán Levi.

—¿No me tienes fe?

—No se trata de eso —dijo Historia, imagino que tratando de escoger bien sus palabras—. Tampoco se trata de que haya sido malo que intentaras defenderme. Es sólo que… bueno… hay batallas que uno, por mucho que intente ganarlas, no puede.

No dije nada. Supongo que Historia tenía razón. No se trataba de escoger sus batallas de modo de siempre ganarlas. Se trataba de escogerlas de modo que estés haciendo algo bueno. Y yo, pese a haber perdido contra Kenny Ackerman, le había dicho a Historia lo mucho que ella me importaba.

—Pero peleaste por mí, y eso, más que el hecho que hayas perdido el combate, es lo que me importa. Peleaste por mí de una forma en que nadie lo había hecho antes.

—No quería que te secuestraran.

Historia dejó de estar encima de mí, y se recostó de lado. Yo la imité, ninguna de las dos con la menor intención de vestirse. Esa noche iba a ser de las dos.

—¿Sabes? —dijo Historia, sonriéndome y tomándome por el hombro, acercándose un poco más a mí, sin romper el contacto visual conmigo—. Cambié de idea con respecto a eso de tocarnos a nosotras mismas. Por esta vez, quiero tener un momento realmente romántico contigo, ahora que estamos a solas.

—Me parece bien —dije, sosteniendo la mirada de mi novia, acercándome a ella, y abrazándola—. Aunque no creo que sea necesario que nos vistamos para eso.

Historia sonrió.

—En lo absoluto.