XXXV
Amor real, Parte 3
—¿De qué quieres hablar? —me preguntó Historia, tomándome mi mejilla, en un tono bajo e íntimo—. Puedes preguntarme lo que quieras.
Daba la casualidad de que había algo que quería saber de ella. En cualquier otra circunstancia, me habría abstenido de hacerlo, pero, después de lo que hicimos, aquella pregunta ya no era difícil de formular.
—¿Cómo fue tu tiempo con Ymir?
Historia, de forma inmediata, frunció el ceño.
—¿Estás segura que quieres saberlo?
—Segurísima —dije, sonriendo—. Después de esto, es imposible que ella nos pueda separar.
—Buen punto —dijo ella, acomodándose en la cama, de modo que ella quedara de espaldas, y yo me acerqué más, siempre recostada de lado, acariciándola con un dedo—. Bueno, Ymir no es una mala chica, eso tenlo por seguro. Le encomendaron una misión fea, eso es todo. Creo que, en el fondo, ella me amaba de forma sincera, pero no tenía permitido involucrarse sentimentalmente conmigo. Lo hizo de todas formas, a conciencia de lo que arriesgaba si permitía que yo entrara a su corazón. Tal vez por eso pretendió que nuestra relación fuese estrictamente sexual.
—¿Y cómo te enteraste de todo eso? ¿Ella te contó?
—Así es. Nunca me dijo cuál era esa misión de la que hablaba, pero después de recuperar la consciencia, entendí que Ymir había armado todo solamente para secuestrarme y cumplir con su objetivo. Su amor era sincero, sin embargo. Te puedo asegurar que hizo todo eso a regañadientes.
—¿Por eso no le correspondiste?
—Mikasa, no le habría correspondido a Ymir ni a palos. Por mucho que hubiera tenido sexo con ella, no significaba que yo la amara. Quería pasar un buen rato con ella, nada más. Me dio un poco de pena decirle que su amor no era correspondido, por eso nunca se lo dije, así como ella nunca me confesó sus verdaderos sentimientos. Y, como te dije en otra ocasión, cada vez que estaba en la cama con Ymir, me imaginaba que eras tú. Un error tonto que cometí. Pese a que eres muy fuerte, eres muy inocente en la cama, mientras que a Ymir le gustaba dominar.
Fruncí el ceño cuando le escuché a Historia decir que yo era inocente en la cama.
—¿Qué quisiste decir con "inocente"?
—Nada malo —repuso Historia, soltando una pequeña carcajada—. Pasa muchas veces con las chicas fuertes y rudas. Ellas tienen una debilidad natural por las chicas sumisas y dulces, y, cuando se trata de sexo, ellas siempre temen hacerle daño a sus compañeras, y es por eso que son más inocentes.
—Eso jamás pasó por mi cabeza.
—Es porque ese sentimiento no está en tu cabeza, Mikasa —explicó Historia, sonriendo para que yo no me sintiera incómoda—. Es bueno que tengas esa faceta más tierna de tu persona. Haces todo más familiar y placentero. Además, Ymir era un poco… bueno… brusca para sus cosas. También es excitante que te traten así, pero no está entre mis preferencias. Me gusta más lo que haces tú, y te pido encarecidamente que no cambies.
—¿Ni siquiera una vez?
—Bueno, una vez, pero no más. —Historia acarició mi espalda con un dedo, y un cosquilleo muy delicioso se regó por toda mi columna—. Bueno, es mi turno de hacerte una pregunta, y estoy segura que va a ser muy incómoda.
—Ya lárgala —dije, en tono de broma.
—¿Qué sientes por Eren?
Hace unos meses atrás, aquella pregunta habría sido, en efecto, incómoda, pero ya no lo era, por razones obvias. En honor a la verdad, ni siquiera había pensado en él como una opción para tener una relación de pareja, menos como un compañero sexual, desde que me sentí atraída por Historia. Y pensar que, desde que entramos al Cuerpo de Entrenamiento, mis sentimientos por Eren cambiaron de la noche a la mañana. Había veces en las que apenas podía dormir, pensando en la posibilidad, aunque remota, de que él se fijara en mí, pero jamás lo hizo. Supongo que estaba muy ocupado preparándose para convertirse en un soldado y luchar contra los titanes. Hablo de aquellos tiempos en los cuales Krista era mi amiga, y solamente mi amiga. Pensándolo bien, no habría podido anticipar que me enamoraría de ella, olvidándome completamente de lo que sentía por Eren.
—Tengo que reconocer que sí lo veía como más que un hermano adoptivo —dije, pero Historia no hizo ningún gesto. Solamente se quedó mirándome, con una media sonrisa, escuchándome atentamente—. Eso fue en los tiempos en que nosotras éramos amigas.
—Qué tiempos aquellos —acotó Historia con una pequeña carcajada—. ¿Lo deseabas sexualmente?
—Nunca apareció en mis sueños húmedos —dije, lo que no era exactamente cierto. En realidad, había aparecido en mis sueños, pero no en uno de los húmedos—. Nunca deseé a Eren de ese modo. Había veces en que lo veía como mi pareja, tener hijos con él, envejecer juntos… esa clase de cosas.
—No te creo —dijo Historia con una risita—. ¡Dime la verdad!
—¡No te estoy mintiendo! —exclamé, haciéndole cosquillas en el vientre a Historia, y ella farfullaba de la risa—. ¡No… te… estoy… mintiendo!
—¡Me rindo, me rindo! —gritó Historia, y yo dejé de hacerle cosquillas, dándole un beso en la punta de la nariz—. Está bien, está bien… te creo ahora.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Ahora recuerdo que, en esos tiempos, no eras del tipo de chica que tuviera sueños húmedos. Además, si los hubieras tenido, me lo habrías dicho. Éramos buenos confidentes.
—Lo somos aún —corregí, e Historia me sonrió—. Para serte honesta, nunca tuve algún deseo primitivo por poseer a Eren. Ese honor recae en ti.
—Y me lo has demostrado dos veces ya.
—Así es.
Hubo un silencio prolongado después de esas palabras. Era un silencio tranquilizador, porque podía estar mirando a los ojos de mi novia por varios minutos, sin desviar la vista. No se escuchaba ninguna conversación de fondo, ni siquiera se escuchaba el cantar de algún pájaro. Éramos solamente ella y yo, y me encantaba la noción.
Pero aquella no era la única cualidad mágica de nuestra situación. Resultaba que la luna había aparecido por el horizonte mientras teníamos nuestro orgasmo (y al fin supe cómo mierda se le denominaba al placer más exquisito de la experiencia humana), y su luz se filtraba por las cortinas, cubriendo con su manto plateado la cama, y dibujaba una hermosa silueta en el cuerpo de Historia. Le daba un aire místico y divino, como si perteneciera a otra realidad. Lo que no sabía, en ese momento, era que Historia estaba percibiendo las mismas cosas, pero en mí. Nos amábamos en silencio, respirando, sonriendo, mirándonos, diciéndonos lo que las palabras fallaban en retratar. Me encantaba el sonido de su respiración, la dulzura de su mirada, el brillo de sus labios, la suavidad de su piel y la calidez de su sonrisa. En ese momento, más que en cualquier otro, cobré conciencia de lo mucho que amaba a Historia. No lo sabía en su momento, pero, desde que me enamoré de ella, las cadenas que parecían atarme a Eren se rompieron. Claro, seguía queriendo protegerlo, pero ya no con esa urgencia primigenia que me caracterizaba, sino porque se había convertido en mi familia, y era mi deber velar por su seguridad, así como el deber de él era velar por la mía. En otras palabras, por primera vez en mi vida, estaba escogiendo mi destino, no dejándome llevar por él.
—Te amo, Historia —dije suavemente, abrazándola y aferrándome a ella, ya no por urgencia, sino por cariño.
—Yo también te amo, Mikasa —me dijo ella, abrazándome también, notando que sus ojos se iban cerrando lentamente. Yo quería esto, quería dormir junto a ella, sintiendo la calidez de su piel y el sonido de su respiración—. Recíbeme en tus brazos.
Yo estreché el abrazo que le estaba dando, y ella puso su cabeza por debajo de la mía, apoyándose en mi pecho. En cuanto a mí, yo fui cerrando lentamente los ojos, aspirando el perfume de su cabello y sintiendo que me hundía en el agradable mundo de los sueños…
Desperté con la primera luz del amanecer. Vi que Historia seguía durmiendo en mis brazos, pero no quise despertarla. En lugar de eso, me dediqué a mirarla. Era una visión que me enternecía. Ver sus ojos cerrados con una sonrisa en su cara me hacía sentir muy bien. Se sentía cómoda conmigo, e incluso buscó una mejor posición para seguir durmiendo.
Finalmente, los rayos de sol fueron demasiados para que Historia pudiera seguir durmiendo. Abrió los ojos, y se encontró con los míos, haciendo más amplia su sonrisa.
—Hola, cosita —me dijo, y sentí un pequeño cosquilleo en mi entrepierna.
—Dormiste bien, al parecer.
—Estaba en buenas manos —dijo, tomándome por el cuello—. ¿Dormiste bien?
—De maravillas.
—Entonces es hora de una ducha —dijo Historia, abandonado mis brazos, y dejando la cama, sin vestirse—. Y no quiero hacerlo sola.
Sonriendo ante la perspectiva de bañarme con Historia, dejé la cama también, y ambas nos dirigimos al baño. La habitación real poseía uno propio, y cuando entré en él, juzgué que estaba muy lejos de los baños del campo de entrenamiento. Para empezar, las dimensiones eran diferentes. Segundo, la ducha era más reducida, porque solamente estaba pensada para una, a lo sumo dos personas. Tercero, estaba mucho más limpio. Me imaginé que unos sirvientes acudían todos los santos días a asear el baño de la reina. Pero, razoné, Historia era una chica que cuidaba mucho su apariencia, y no daba muchos problemas a quienquiera que aseaba su baño particular.
Se me olvidó añadir una cuarta cosa. Cuando ambas nos metimos en la ducha, y largamos el agua, comprobé que ésta se encontraba temperada, lo que era muy agradable. No era como en el Cuerpo de Entrenamiento, donde teníamos que ducharnos con agua fría. Pese a que me había acostumbrado a esto último, sentir el agua tibia en mi piel era muy reconfortante, sobre todo cuando te dolían los brazos y las piernas por tener mucho sexo.
—¿Te gusta? —quiso saber Historia, tomándome de la cintura y mirándome con intensidad.
—Bromeas, ¿verdad? Esto es… muy rico.
—No es lo único rico que podrías sentir.
Arqueé una ceja. Había olvidado que Historia podía ser una chica muy ardiente, lo que me tenía sorprendida. Hasta el día de hoy me sorprende.
—Pensé que íbamos a ducharnos.
—Eso haremos —dijo ella, acercando sus labios a los míos—. Pero no tiene que ser la única cosa que hagamos aquí.
