XXXVI
Una cana al aire

Una semana había transcurrido desde aquella memorable noche en la alcoba de Historia, y los preparativos para nuestra incursión en Shiganshina ya habían acabado. Eren había conseguido dominar la técnica del endurecimiento, aunque era obvio que las prácticas repetidas no eran buenas para su salud. Cada vez que se reunía con nosotros después del entrenamiento, tenía muestras de haber sangrado por la nariz. Pese a que nos decía que no nos preocupáramos por eso, de todas formas, Armin se ofrecía a hacerle una curación.

Honestamente, lo que más me causaba gracia (y era algo increíble que algo me causara gracia), era la reacción de mis compañeros de promoción al verme de la mano con Historia. Bueno, no habría causado tanta conmoción en ellos, de no ser porque yo tenía por pareja a la mismísima reina dentro de los muros. Para serles franca, el hecho que mi novia estuviese en tan alta posición no me importaba mucho. Cuando estábamos en aquella cama, Historia no se comportó exactamente como una soberana, y disfrutó de las circunstancias de la misma forma en que lo haría una chica normal. Eso era algo que hacer el amor conseguía muy bien. Cuando estás en esa situación, los rangos no valen, las diferencias sociales carecen de sentido. El amor, tal como las enfermedades, no distingue entre esa clase de cosas. Pero, al parecer, a mis compañeros sí les importaba que un soldado del Cuerpo de Exploración tuviera por pareja a la reina.

—¿Cómo se siente? —preguntaba Connie como tres veces al día, y ya se estaba volviendo exasperante.

—Asumo que disfrutas de banquetes suculentos —decía Sasha, quien salivaba como perro rabioso.

La verdad, jamás comí en el palacio real. De todas formas, ese no era mi lugar. No obstante, cada vez que Historia quería comer conmigo, íbamos a otra parte, a lugares más concurridos por la gente común. Cada vez que hacíamos eso, los comensales nos miraban con la boca abierta, o mejor dicho, a mí me miraban de ese modo. No hablábamos como si fuésemos amigas en ninguna de las ocasiones en que salíamos juntas, y, pese a que había muchos que ya sabían de nuestro compromiso (lo que aún me asustaba), de igual forma nos miraban con desconcierto. Tal vez tenía que ver con el hecho que no nos habían visto abrazadas, caminando por el palacio real desde… bueno… nunca.

Esa tarde, el comandante Erwin había decidido hacer preparativos para una fiesta. Normalmente, no formaba parte de sus deberes hacer cosas como esa, pues él era un creyente de la disciplina y del orden, pero él explicó que no valía la pena ir a la misión sin un momento de distensión. Para ello, había arrendado un bar en Trost (con el Cuerpo de Exploración gozando de una buena reputación, era muy difícil decirle que no a Erwin), y había estado realizando unas cuantas gestiones para conseguir comida y bebida de calidad. Normalmente, aquello habría sido difícil, pero Historia, aunque fuese la reina, seguía formando parte del Cuerpo de Exploración (gracias al anuncio que hizo durante su coronación), y ella tiró de unos cuantos hilos para conseguir los mejores insumos para la fiesta.

Eran las ocho de la noche cuando el recinto abrió. Solamente se permitían miembros del Cuerpo de Exploración, por lo que Historia pudo ingresar sin problemas. Por protocolo, el rey o la reina no tenía permitido compartir con soldados del ejército, o con personas que no estuvieran en su círculo más inmediato, pero Historia estaba rompiendo todas aquellas normas, yendo a esa fiesta. Cuando le preguntaron sobre el asunto, ella dijo que no le gustaba aislarse del resto de las personas. Se suponía que ella era la reina, y la reina debía velar por la seguridad y el bienestar de la población, añadiendo que no siempre podía hacer eso desde un trono.

—Soy una persona más que vive dentro de estos muros —había dicho a sus consejeros—. Respiro el mismo aire que ellos, bebo la misma agua que ellos, tengo una cabeza, un corazón, un par de pulmones, sangre en mis venas, como todos. Es peligrosamente arrogante decir que soy mejor que los demás solamente porque tengo un título.

Después de esas palabras, mi admiración por ella creció aún más.

Al principio, la fiesta discurrió de forma bastante comedida. Todos comían, bebían, dialogaban de forma amistosa, realzando los lazos entre los soldados del Cuerpo de Exploración. Aparentemente, aquello era precisamente lo que Erwin pretendía lograr con aquella tertulia.

No obstante, había una persona que no parecía estar pasándola bien. De lejos, observé a Jean beber en silencio, suspirando a ratos. No sabía qué diablos le tenía tan cabizbajo, al menos hasta que Connie se acercó a él para preguntarle lo mismo que yo me estaba preguntando.

—¿Qué diablos te pasa? —increpó Connie de manera brusca—. Pareces un tipo enamorado.

Jean no dijo nada por un buen rato antes de mirar a Connie y responder a la pregunta.

—¿Alguna vez te ha pasado que te gusta una chica, y, de pronto, ves que está con otro?

—No, nunca —repuso Connie, mirando con atención a Jean, y se dio cuenta que él estaba mirando en mi dirección—. Ahh, ya veo. Bueno, no me sorprende realmente. Con lo mucho que mirabas a Mikasa, no eras exactamente sutil. Todos sabíamos que sentías cosas por ella. Lo que me pregunto es, ¿por qué no mierda no le confesaste tus sentimientos antes? Habrías tenido una oportunidad al menos.

—Pensé que ella estaba enamorada de Eren, ya sabes, por la forma en que intenta protegerle y la manera en que se preocupa por él —repuso Jean en un tono de derrota—. Me equivoqué. Ahora sé que no tengo oportunidad con ella. A Mikasa le gustan las chicas.

—Pues no creo que sea el caso —repuso Connie, llevándose una mano al mentón—. Si a ella le gustaran realmente las chicas, habría mostrado interés en otras mujeres aparte de Historia. Creo que hay algo que solamente tiene Historia que vuelve loca a Mikasa, eso es todo.

Jean suspiró tristemente.

—Eso no cambia el hecho de que no tengo oportunidad con ella. No vale la pena decirle nada ya. Voy a seguir bebiendo, a ver si se me quita esta cosa. ¿Me acompañas?

Connie asintió con la cabeza, recordándole que no bebiera en exceso. Yo, por mi parte, había escuchado suficiente. Me sentía mal por Jean, pero si no pude evitar caer enamorada de Historia, entonces no había muchas vueltas que darle al asunto. Jean tenía que sobreponerse a la decepción, y estaba segura que sus amigos le iban a ayudar… aunque esperaba que no se pasara con el alcohol.

Cuando acabé con mi comida, le dediqué una mirada de soslayo a Historia, y ella me sonrió, diciéndome que había captado la indirecta. Me puse de pie, alegando que debía ir al baño, y procuré desaparecer entre la gente que bailaba en el centro del bar. Sin embargo, no fui al baño. Salí del bar, y me escurrí por un callejón adyacente al edificio. Allí esperé, apoyada en la pared, de brazos cruzados, hasta que Historia apareció. Ablandé mi postura de inmediato, y la recibí en mis brazos, dándole un beso intenso en sus labios.

—Solamente es cuestión de tiempo para que se arme la grande —dijo Historia, y yo solté una pequeña carcajada—. Jean andaba un poco pasado de tragos.

—Y Sasha se ha comido casi toda la carne —añadí, recordando la forma en que ella devoraba la carne, el pan y las patatas—. Si Jean no inicia la pelea, los demás lo harán de seguro. Estamos más a salvo aquí.

Por un momento no dijimos nada. Permanecíamos abrazadas, mirándonos, a veces escuchando el sonido de un vaso romperse. El resto de los soldados podían pelearse entre ellos o andar de parranda, pero a nosotras no nos iban a arrastrar a sus jueguitos, eso sí que no.

—¿Estás lista para lo que viene? —le pregunté a Historia, tomándole una mejilla.

—Lo estoy —repuso ella, poniendo ambas manos sobre mis hombros—. Aunque debo admitir que tengo miedo. A veces pienso en qué diablos estaba pensando cuando hice esos anuncios. Pero no te preocupes. No te voy a abandonar en esta misión. Iré contigo, y pelearemos lado a lado, corazón con corazón.

—Esa es mi chica —dije, dándole un beso en la frente—. ¿Sabes? Mi padre una vez me dijo que el coraje no es la falta de miedo, sino que se trata de actuar, pese al miedo. Eres una mujer valiente, Historia, más de lo que yo soy.

—No digas eso —me dijo Historia, y esta vez fue ella quien me dio un beso en la frente—. Tú eres la mujer más fuerte de la humanidad. Tú contribuiste en que yo sea la mujer que soy ahora. Mis logros son los tuyos también. Tú me enseñaste a ser fuerte, a ser hábil y a saber actuar, a pesar del miedo. Lo único que lamento es haber entrado a la Policía Militar. Actué por miedo de que mis secretos fuesen revelados. Si hubiera entrado al Cuerpo de Exploración… tal vez nada de eso hubiera ocurrido.

—No vale la pena pensar en eso —dije, con mi tono normal de conversación, aquel tono bajo, monocorde e inexpresivo que me caracterizaba. Le doy importancia a esto, porque, por alguna razón, Historia se sentía más segura cada vez que yo hablaba de ese modo—. Lo que importa es que pasaste muchas pruebas durante esa misión. ¿Las habrías superado si no hubieras hecho lo que hiciste?

Historia se quedó en silencio. Aquella era suficiente respuesta para mí.

—Todo ocurre por una razón —dije, acercándome a mi novia más, de forma que ambas estuviéramos juntas—. Si no hubieras escogido entrar a la Policía Militar, no te habrías convertido en la mujer que eres ahora. Si yo no te hubiera conocido, probablemente nunca habría encontrado la felicidad, y tampoco el amor. Todavía estaría atada a Eren, y quién sabe adónde me habría llevado ese camino.

Nuevamente reinó el silencio en el callejón. Los sonidos de vasos rotos se hicieron más frecuentes, y se escuchaban gritos. Seguramente alguien estaba teniendo una pelea y los demás habían escogido lados.

—¿Estás segura que quieres llevar esto al siguiente nivel? —le pregunté a Historia, y me imagino que la preocupación se notó en mi cara, porque ella me mostró una sonrisa tranquilizadora.

—Completamente —dijo ella, dándome un beso en la punta de la nariz—. Aun a riesgo de que nuestra misión nos separe. Y creo estar en lo cierto que solamente la muerte de al menos una de las dos puede hacer eso. Lo que me recuerda que debo comunicarte algo, algo muy importante.

Por alguna razón, las tripas se me revolvieron. Asumí que era algo mucho más que importante.

—Ya sé quién será mi sucesor en caso que yo no regrese de Shiganshina.

—¿Y quién es? —pregunté, imaginando que sería alguien cercano a mí.

—Serás tú —dijo Historia con suavidad, como si haciendo eso pudiera alivianarme el shock que supondría escuchar esas palabras—. Tú serás mi sucesora si es que llega a pasar lo peor.

No, no había sido shock lo que sentí. Lo que fuese que estaba pasando en mi interior, iba mucho, pero mucho más allá del shock. No sentía mis entrañas en mi interior y mi mente se había quedado en blanco. ¿Yo, sucesora del trono? ¡No podía haber alguien menos apta para aquel rol que yo! No tenía capacidad de liderazgo, ni tenía madera de gobernante. Iba a decir que se trataba de una pésima idea, cuando Historia siguió hablando.

—Justo después de que hicimos el amor, vi una especie de marca en tu antebrazo —dijo Historia, lo que era cierto, aunque aún no tenía idea de lo que eso implicaba. Tenía la impresión que ella había, de algún modo, averiguado qué había detrás de esa marca—. Era como una "A" encerrada en un círculo. Ordené a mis eruditos investigar más sobre el tema, y me comunicaron que aquella era la marca de la familia real de los orientales, los Azumabito. Créeme que costó mucho trabajo desenterrar esa información, porque los orientales están casi extintos, y no hay libros que hablen sobre el tema. Fue cuando uno de mis eruditos halló a un oriental que vivía cerca de Karanes, le mostramos el símbolo, y nos dijo lo que te acabo de decir. Así que, créelo o no, eres una princesa, de las de verdad, no aquellas que aparecen en los cuentos.

Aún no podía sentir las entrañas en mi interior, y aquella nueva pieza de información me dejó helada. Aunque debía admitir que no conocía realmente sobre mis antepasados, el hecho que todo este tiempo fuese descendiente de la familia real oriental me tenía rígida como piedra. No fue hasta después de varios minutos que pude recomponerme lo suficiente para decirle a Historia que todo eso era una mentira, pero, de algún modo, no podía hacerlo. Es que era abrumador darse cuenta que tu novia sabía más sobre tu pasado que tú misma, al tiempo que había vivido una década y media sin saber cuál era mi real ascendencia.

—Es por eso que he decidido que tú debes ocupar mi lugar en caso que yo muera. Tienes la sangre de una reina corriendo por tus venas, y, tarde o temprano, va a surgir, y te convertirás en una auténtica líder. Eso siempre y cuando yo no salga con vida de esta misión, claro. Si ambas sobrevivimos, podremos olvidarnos de todo este asunto y vivir juntas y, si es posible, adoptar un par de retoños.

Por mi parte, seguí en silencio, notando que la algarabía había acabado ya. Era seguro volver a entrar al bar. Cuando lo hicimos, vimos a Eren y a Jean en el suelo, y al capitán Levi delante de ambos. Asumimos que fue él quien había puesto fin a la pelea. También notamos que Sasha estaba atada de manos y pies a un poste, probablemente para que no siguiera acaparando la comida. Soltando unas carcajadas, nos unimos a los que quedaban para seguir comiendo, bailando y, si se daban las cosas, pasar otro momento de pasión con mi novia… o mejor dicho, prometida.