XXXVII
Encerrona

Había una cosa que me preocupaba mucho.

Desde que partimos de Karanes hacia Shiganshina, noté la presencia de una mujer alta, de cabello rubio, que, por alguna razón, se me hacía muy familiar. Pero no podía prestarle demasiada atención. Mi nuevo rango implicaba nuevas responsabilidades, y Erwin me había solicitado formar mi propio escuadrón especial, tal como lo había hecho el capitán Levi. También me dijo que podía escoger a mis compañeros, y otros dos más. Como me había acostumbrado a trabajar con Jean, Sasha y los demás, decidí que ellos estarán bajo mi mando. El problema serían las dos vacantes dejadas por Nifa y yo misma.

Después de inspeccionar a la totalidad de los soldados que iban a participar en la misión, escogí a un hombre con peinado de hongo y rostro alargado que respondía al nombre de Marlo Freundenberg. La segunda persona que me faltaba se había ofrecido voluntariamente a integrar mi escuadrón. Como seguramente se habrán imaginado, aquella persona era Historia.

—No te preocupes por la cadena de mando —me dijo ella cuando solicitó integrar mi escuadrón—. Puede que yo sea la reina, pero en el campo de batalla, seguiré tus órdenes.

No sabía si sentirme aliviada o preocupada por las palabras de mi prometida. Por una parte, me tranquilizaba el hecho que la reina iba a respetar la cadena de mando en la misión, pero por otra, estaba la presión de tener su vida en mis manos. Si ella llegaba a morir por alguna orden mía, fuese buena o mala, todos me señalarían con el dedo y llevaría un estigma del que me sería imposible deshacerme. Sería una persona marcada de por vida. Y a eso había que añadirle mi propio dolor por haber matado a la persona que se iba a convertir en mi esposa. Aparentemente, Historia había percibido mis temores, a juzgar por lo que me dijo a continuación.

—Si llego a morir, no será tu culpa —me dijo, tomándome ambas manos, y mirándome con una sonrisa, como ya era costumbre en ella—. Me aseguraré de que nadie te apunte con el dedo si eso llega a pasar. Pero, lo que quiero que entiendas es que, aunque mi vida esté en tus manos, no significa que debas culparte por eso. Yo escogí formar parte de tu escuadrón, más que nada porque quiero luchar a tu lado.

Era de noche aún cuando divisamos la línea que señalaba el muro María. Al otro lado… Shiganshina, mi hogar, el de Eren y Armin. No había que decir algo para darnos cuenta que teníamos sentimientos encontrados dentro de nosotros tres. Por una parte, nos asaltaba la nostalgia de todos aquellos momentos de nuestra niñez que vivimos en sus calles, jugando, corriendo, peleando con los bribones de turno, haciendo desorden. Pero por la otra, era imposible no olvidar la aparición del titán colosal por encima del muro, la irrupción de los titanes en las calles, el pánico de la gente…

El comandante decidió aprovechar la oscuridad para penetrar en Shiganshina sin que ojos vigilantes estuvieran observado desde las cercanías. No encontramos oposición, ni en el trayecto ni en la entrada a la ciudad. Un rápido reconocimiento de la zona nos dijo que no había un alma en aquellas calles. Después, Erwin nos ordenó que ascendiéramos hasta el tope del muro, y allí entregarnos las instrucciones para la misión.

—De acuerdo. El objetivo principal de la misión es sellar ambas entradas a la ciudad. Eren será quien desempeñe esa función. Como él forma parte del escuadrón Mikasa, será éste quien desempeñe la labor de escolta. Los demás permanecerán aquí, en caso que las cosas se compliquen.

Las órdenes fueron bastante simples. Sin embargo, no sabía por qué tenía la impresión que las cosas iban a complicarse más tarde. Y la expresión de Armin reforzó aquella idea, pues miraba un objeto que tenía entre sus manos, luciendo preocupado.

—¿Ocurre algo? —le pregunté, pero él no despegó su vista del objeto. Cuando me acerqué más, vi que se trataba de una taza de metal.

—Encontré esto junto a la entrada norte de la ciudad —dijo, después de un prolongado silencio—. Tiene una especie de líquido negro en su interior. Lo probé, y tiene un sabor amargo. No es un trago conocido dentro de los muros.

—¿A qué quieres llegar?

—Lo que quiero decir es que, quienquiera que dejó esta taza atrás, viene desde fuera de los muros —repuso Armin, apartando la mirada de la taza, y posándola en mis ojos—. Pero lo que más importa, es que no estamos solos. La taza está tibia, por lo que fue abandonada hace poco—. Armin permaneció en silencio por un rato, imagino que ponderando las implicaciones del hallazgo de aquella taza, al cabo del cual, abrió la boca para hablar, luciendo alarmado—. Dudo mucho que la persona que dejó esta taza haya acampado en el mismo lugar donde la encontramos. A juzgar por la proximidad de la taza con la pared interior del muro, pienso que debió estar en la cima de éste.

—Debes comunicárselo al comandante —dije, tratando de que sonara como una orden más que como una sugerencia. Hay que recordar que yo estaba en una posición de mando, e imagino que Armin y los demás estaban al tanto de ello.

—Lo haré —dijo él, haciendo el saludo militar, y dirigiéndose hacia el comandante. Por mientras, miré en lontananza, viendo las casas dañadas, las calles vacías, escombros por doquier, y sentí aquella conocida sensación de que te pica la nuca, como si estuvieras siendo observada. Aquella tranquilidad era engañosa. Lo intuía más que lo sabía.

—En vista de la nueva información, he decidido que Armin liderará el equipo de búsqueda —dijo Erwin, sonando un poco preocupado—. Su objetivo será hallar a quienquiera que se oculte dentro de la ciudad, ya sea Reiner o Bertholdt, o ambos. Tenemos que asumir que se encuentran en algún lugar del perímetro. Mientras tanto, se dará inicio a la operación para sellar las entradas a Shiganshina. Ackerman, sabes lo que debes hacer.

Con eso, supe que Erwin se había dirigido a mí, por lo que entregué las nuevas órdenes a mi escuadrón. Para mi sorpresa, nadie me cuestionó, ni siquiera Jean, quien siempre hallaba una excusa, legítima o no, para hacer precisamente eso. Decidí que lo primero que debíamos hacer era sellar la entrada sur, de modo que no entraran más titanes desde el exterior. Dado que Eren era vital para lograr el objetivo de la misión, yo misma me encargué de ir a su lado, mientras que los demás nos iban a proporcionar cobertura en caso que fuésemos atacados.

Por fortuna, nadie nos salió al encuentro. Llegamos a la puerta sur sin complicaciones, y Eren se transformó en titán. Pese a que estábamos acostumbrados a que Eren se transformara, siempre era un impacto visual ver cómo el cuerpo del titán se formaba alrededor de él. Los demás nos quedamos en los alrededores de la puerta, viendo cómo Eren se posicionaba delante de la puerta, y su cuerpo comenzaba a transformarse en piedra. Vimos cómo la roca parecía ramificarse desde su cuerpo hacia las paredes interiores de la puerta, como fusionándose con éstas.

Para cuando el espectáculo hubo acabado, Eren ya había salido por sus propios medios del titán. No lucía débil o herido de ninguna forma. Usó su equipo de maniobras para reunirse con nosotros.

—¿Estás bien? —le pregunté, viendo que él lucía confiado en el éxito de la misión.

—Sin sangrar, por ahora —dijo él, sonriendo—. Puedo sellar la otra entrada ahora mismo.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Me di la vuelta para encarar a todo mi escuadrón.

—Ya lo oyeron. Iremos a la entrada norte. Seguiremos la misma formación anterior. ¡En marcha!

Como la primera vez, yo me encargué de ir junto a Eren, mientras que el resto nos flanqueaba. En poco tiempo llegamos a la entrada norte, y vimos que había soldados inspeccionando los muros. Me imaginaba que Armin había dado tal orden, y que la búsqueda entre los escombros y las calles de la ciudad no había rendido frutos. Eren iba a transformarse nuevamente, pero el comandante nos ordenó que no hiciéramos nada mientras se aseguraban que no hubiera nadie escondido en los muros, tal como Armin había insinuado.

Después de unos cuantos minutos de búsqueda, uno de los soldados halló una pared falsa. Pero, momentos más tarde, ese mismo soldado soltó un grito ahogado. Todos fuimos testigos de cómo Reiner salía de un agujero en el muro, y atravesaba con su espada al pobre soldado. Aquella fue la primera baja en la misión, pero, por desgracia, no sería la última.

Cuando Reiner salió de su escondite, el capitán Levi se lanzó en picada, ambas espadas en ristre. Reiner fue atravesado por ambas hojas, cayendo al suelo a velocidad vertiginosa. En ese momento, todos pensamos que ese había sido el fin de Reiner, pero, como ustedes sabrán, aquello no era cierto.

El cuerpo de Reiner comenzó a brillar, y Levi se replegó hacia la cima del muro, justo en el momento en que un rayo dorado impactó el suelo. Fue cuando todos supimos que la misión estaba a punto de complicarse, porque Reiner acababa de transformarse en el infame titán acorazado. Sin embargo, al ver a Reiner, me pregunté dónde estaba Bertholdt, porque ambos rara vez se les veía separados. Pero, por desgracia, aquello no era todo.

Un estruendo se sintió desde fuera de los muros, y vimos múltiples resplandores dorados, destellando en un amplio radio, formando un arco de luz que rodeaba la ciudad. Cuando nos preguntábamos cuántos titanes habían aparecido prácticamente de la nada, vimos al titán bestia, directamente al frente, sosteniendo una piedra enorme, tal como lo había hecho en la misión anterior. También noté que los titanes más pequeños avanzaban hacia nuestra posición, mientras que los más grandes permanecían en la misma línea que el titán bestia.

—Nueva estrategia —dijo Erwin de repente—. La mayor parte de los soldados se encargará de proteger a los caballos. El titán bestia quiere usar a los titanes pequeños para neutralizar nuestro único medio de escape en caso que las cosas salgan mal. No enfrenten a los titanes si no es necesario hacerlo. El escuadrón Levi se encargará del titán bestia, mientras que el escuadrón Mikasa lo hará con Reiner. La idea es neutralizar las amenazas por el tiempo suficiente para que Eren pueda taponar la entrada norte. En caso que Bertholdt haga su aparición, Hange y sus hombres apoyarán al escuadrón Mikasa. Armin brindará apoyo estratégico a estos dos últimos escuadrones. ¡A luchar!

Todos hicimos el saludo militar, bueno, todos a excepción de Levi, quien siempre había sido un caso aparte en cuanto a su forma de expresar obediencia a las órdenes que le entregaba el comandante. Yo, por mi parte, se me hizo un nudo en el estómago al entender que dependía de mí y de mis soldados acabar con Reiner. Por una parte, agradecía el voto de confianza de Erwin por poner aquella responsabilidad sobre mis hombros, pero por otra, no estaba segura de si podría cumplir mi objetivo sin tener que sacrificar las vidas de los miembros de mi escuadrón, especialmente cuando mi futura esposa estaba en ese escuadrón.