XXXVIII
El arma secreta de Hange

Antes de adentrarnos en la ciudad, Hange nos llamó, diciéndonos que debía entregarnos implementación adicional de combate. Por supuesto, nosotros ya sabíamos de qué se trataba, porque habíamos practicado con aquellas nuevas armas. Lanzas relámpago las había bautizado Hange, y fue gracias a la renovada credibilidad del Cuerpo de Exploración que se pudo desarrollar aquellas armas. Después de derrotar a Rod Reiss, Hange había tenido acceso a prototipos de armas de control de disturbios, principalmente para la Policía Militar, y, modificando uno de esos prototipos, consiguió elaborar las lanzas relámpago. Éstas, como nosotros sabíamos, fueron pensadas para un posible reencuentro con Reiner, porque las lanzas relámpago estaban diseñadas para estallar cuando se activara el detonador. La forma en que se hacía era tirando del cable en su parte trasera, el cual era del mismo tipo que se empleaba en nuestros equipos de maniobras. Como eran propulsadas por gas, entonces debíamos tener mucha cautela al apuntar, y era por eso que necesitábamos practicar.

Cada miembro de mi escuadrón era capaz de llevar hasta dos lanzas relámpago, una por cada brazo, con la posibilidad de replegarnos para cargar con dos más. El escuadrón de Hange también había sido provisto con aquellas armas, en caso que nosotros necesitáramos apoyo. No obstante, nuestra mejor carta para vencer a Reiner era, como era obvio, Eren. Después de semanas de practicar la técnica del endurecimiento, había conseguido focalizarlo en sus manos o pies, de modo de asestar el mayor daño posible.

Como yo era superior de Eren, me encargué de comunicarle las órdenes de Erwin y las estrategias de Armin, de modo que tuviera claro lo que debía hacer. Cuando acabé, Eren lucía decidido.

—Ya verás que Reiner morderá el polvo —me dijo, mostrando una sonrisa confiada.

Cuando todos estuvieron listos, noté que Historia llevaba una lanza relámpago extra en la espalda, aparte de las dos que cargaba en sus brazos. Desde luego, yo podía cargar con cuatro, pero pensé que no debía sacrificar mi agilidad por tener más poder de fuego, aparte que el peso extra podía afectar a la precisión con la que iba a emplear las lanzas.

—¿Estás segura que puedes llevar tres lanzas? —le pregunté, justo cuando escuché el estruendo típico de cuando alguien se transforma en titán—. Recuerda que el peso extra puede que te dificulte apuntar bien. No podemos desperdiciar lanzas en esta batalla.

Historia se mordió el labio, luciendo un poco taciturna.

—Es que quiero asegurarme de que no mueras en esta batalla —me dijo, y, aunque en mi interior me sentía conmovida por sus palabras, tenía que tragarme los sentimientos y decidir lo que era mejor para el escuadrón.

—Historia —dije, en un tono conciliador—, entiendo que quieras protegerme, pero no soy el único miembro de este escuadrón. Aquí, todos nos protegemos entre todos, sin excepciones. Y la mejor forma de hacer eso es que todos estemos en plena forma de hacerlo. Si te quedas sin lanzas, sigue el protocolo y parte a buscar más.

—Pero…

—Es una orden, Historia —dije, con un poco más de firmeza. Ella bajó la cabeza, pero noté que sus ojos brillaban. Enseguida, me di cuenta que había sido muy dura con ella, por lo que añadí—. Dijiste que en esta batalla, yo daba las órdenes, y que las ibas a seguir. Lo único que quiero es que seas firme con tu palabra.

Por un momento, Historia permaneció en silencio, como tratando de decidir si seguir firme a su palabra, o romperlas en aras del amor que sentía por mí. Yo esperaba que respetara lo que me había dicho antes de partir hacia Shiganshina, y que se guardara, al menos de momento, sus sentimientos.

—De acuerdo —dijo ella, mostrando una sonrisa—. Esta misión es mucho más importante que el amor en este momento. Obedeceré tus órdenes sin cuestionar.

—¡Esa es mi chica! —exclamé, sin darle alguna muestra de cariño. Los arrumacos vendrían después, posiblemente.

Después de asegurarme que Historia devolviera la tercera lanza relámpago, ordené a mis soldados que nos internáramos en la ciudad. Yo iba al frente, mientras que los demás me seguían en un grupo apretado. Los estampidos que escuchábamos a lo lejos y las nubes de polvo que brotaban desde los edificios lejanos, nos hizo entender que Eren y Reiner ya habían comenzado a pelear.

Hice una seña para que todos se detuvieran encima de una casa de tres pisos. La idea era esperar a que hubiera una ventana para atacar a Reiner con las lanzas sin que él nos descubriera, al menos hasta que fuese demasiado tarde para él. Por el rabillo del ojo vi a Hange y a sus hombres en un techo cercano.

Mientras veíamos a Eren y Reiner pelear a muerte, derrumbando casas y soltando escombros por doquier, yo esperaba por el momento preciso. Relajé mi cuerpo, de modo que mi mente pudiera pensar con claridad. Por el momento, ninguno de los dos se daba tregua, al menos hasta que Eren pudo sostener a Reiner con una llave, de aquellas que había aprendido en el Cuerpo de Entrenamiento mientras peleaba con Annie. Vi que la nuca de Reiner estaba expuesta. Era el momento de actuar.

—Jean, Marlo, ¡ataquen! —ordené, y ambos salieron disparados hacia Reiner, mientras que otros dos soldados del escuadrón de Hange hicieron lo mismo. Usando el mismo edificio para columpiarse y ganar inercia, los cuatro arrojaron una lanza cada uno, y todas se clavaron en la nuca de Reiner. Como habían sido instruidos en los entrenamientos, usaron el mismo equipo de maniobras para retroceder, y, al mismo tiempo, activar los detonadores.

Las explosiones atronaron en toda la ciudad, mezclándose con los estampidos de las rocas que arrojaba el titán bestia, y las pisadas de los titanes que penetraban por la entrada norte. Esperaba que los soldados pudiesen contener a los incursores y proteger a nuestro único medio de escape, en caso que las cosas salieran mal.

Por fortuna, Eren no salió gravemente lastimado por las explosiones, quien se salió desde debajo de Reiner, quien sufrió daños importantes en la coraza que cubría su nuca. Aquello era una prueba tangible de que las lanzas relámpago funcionaban. Había que acabar con el trabajo, y pronto. Sabiendo que Reiner podía escapar para evitar más daños, decidí actuar rápido.

—¡Sasha, Connie, Historia, es su turno! —exclamé, y todos ellos imitaron los movimientos de Jean y Marlo. El resto del escuadrón de Hange hizo lo mismo, y, pronto, no menos de ocho lanzas relámpago quedaron clavadas en el boquete que había dejado el ataque anterior.

Justo antes de la explosión, Reiner lanzó un grito que sacudió las casas cercanas, aunque no sabríamos por qué lo había hecho hasta más tarde. En ese momento, todas las lanzas relámpago estallaron, y todos creímos que ese sería el fin de Reiner. Había suficiente explosivo en esas lanzas para volarle la cabeza a un titán de gran tamaño, y celebramos que, al fin, hubiéramos matado a ese infeliz.

Cuando el humo se disipó, vimos que el cuerpo del titán de Reiner había quedado boca abajo. Además, las lanzas le había volado la cabeza, y el cuerpo de Reiner sobresalía del interior de su cuello. Para nuestra sorpresa y júbilo, toda la parte superior de su cabeza había desaparecido, asumo que producto de las explosiones. Fue cuando escuché las voces de Sasha y Connie, celebrando con más brío aún. Marlo tenía una sonrisa en la cara, e Historia lucía satisfecha. El único que parecía tener un problema con lo que acabábamos de hacer era Jean. Miraba los restos del titán acorazado con una expresión de horror, como si hubiéramos hecho algo terrible.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Es que… bueno… por mucho que él fuese un traidor, fue uno de nuestros compañeros —dijo, recomponiéndose de a poco—. Compartimos con él, incluso peleó por nosotros. Le salvó la vida a Connie en ese castillo, ganó tiempo para que Armin y yo pudiéramos escapar del titán hembra. No podemos desconocer lo bueno que ha hecho, por mucho que sea considerado un traidor.

—Jean —dije, con firmeza y severidad—, si vas a estar lamentándote por lo que acabas de hacer, entonces no te necesito en mi escuadrón. Todos sabíamos a lo que veníamos cuando aceptamos participar en esta misión. Sabías, al igual que todos nosotros, que podríamos encontrarnos con Reiner aquí, y lo que pretendíamos hacer con él si eso llegaba a pasar. Te sugiero que lo aceptes y que sigas adelante con nuestra misión.

Después de hablar con Jean, me reuní con Hange, para ver si podíamos colaborar con la defensa de los caballos, pues ya habíamos derrotado a Reiner, y aquel era nuestro objetivo principal. Hange iba a hablar, cuando vimos un objeto surcar el cielo a gran velocidad. Para cuando el objeto estuvo justo encima de nosotros, un hombre salió de éste. Me imaginé que solamente podía ser una persona.

—Es Bertholdt —dijo una voz atrás de mí. Cuando me di la vuelta, vi que se trataba de Armin. Arqueé una ceja.

—¿Qué haces aquí? —pregunté—. Pensé que estabas junto con Erwin.

—Es que él piensa que la misión está yendo de acuerdo a lo esperado, y no cree que sea necesario un cambio de estrategia, así que me indicó que regresara a tu mando.

—¿Pero viniste aquí solamente para decirme que es Bertholdt quien salió de ese objeto?

—No —repuso Armin, mirando hacia donde se encontraba Reiner tirado, y vi que Bertholdt había aterrizado sobre él—. Pensé que podríamos resolver esto de una forma relativamente inocua.

—¿Quieres dialogar con él?

—Es la única manera de terminar con esto sin que se transforme —dijo Armin, quien tenía una especie de urgencia en su mirada—. Ya viste lo que pasó la última vez que Bertholdt se transformó en el titán colosal. Puede devastar esta ciudad en un parpadeo. No quiero volver a pasar por lo mismo. Además, ya sabemos cuál es su punto débil. Tenemos que intentarlo si no queremos sufrir demasiadas bajas.

Por mi parte, pensaba que aquella era una mala idea, y, como su superior, tenía el poder de ordenarle que no hiciera lo que se proponía hacer. Pero, por alguna razón, no pude decirle nada. Pese a que el diálogo nunca fue una opción en esta misión, Armin podía ser bastante persuasivo con sus argumentos.

—¿Cuál punto débil? —pregunté, notando un detalle en las palabras de Armin que casi pasé por alto.

—Annie —dijo Armin, sin un ápice de duda—. Noté que la miraba cada vez que tenía la oportunidad. Cuando sepa lo que le estamos haciendo en el sótano de una de las bases del Cuerpo de Exploración, o lo que supuestamente le estamos haciendo, estoy seguro que bajará la guardia, y tú podrás acabar con él sin problemas.

Me quedé en silencio, ponderando el plan de Armin. Si aquello evitaba la destrucción de la ciudad y múltiples bajas en nuestras filas, bien valía la pena intentarlo. Además, Armin jamás actuaba sin un propósito.

—De acuerdo —dije, sonriendo—. Lo haremos a tu modo.