XXXIX
Los dos titanes
—¡Bertholdt! —exclamó Armin al tope de sus pulmones.
Por mientras, le indiqué a mi escuadrón a que buscara cobertura, en caso que Bertholdt decidiera transformarse. Por mi parte, me escabullí entre las casas, por detrás de su posición, de modo que él creyera que yo iba a buscar cobertura.
Cuando llegué a mi posición, escuché el diálogo entre Armin y Bertholdt. Me daba la impresión que este último se escuchaba más decidido que cuando lo enfrenté por primera vez. Puede que estuviera al tanto de que había mucho más en juego que antes, como también podía no estar al corriente de que estábamos en posesión de Annie. Como fuese, tuve la impresión que Bertholdt no iba a ceder sin pelear.
Pero me equivoqué.
Cuando Armin mencionó a Annie siendo torturada en el sótano de una de las bases del Cuerpo de Exploración, Bertholdt se quedó rígido, con la mirada perdida y la boca ligeramente abierta. Es mi oportunidad me dije, y salí de mi escondite, propulsándome con mi equipo de maniobras, posicionando las espadas hacia atrás, y, empleando la inercia, hice un corte de tijera a la altura de su cuello. Su cabeza cayó al suelo, haciendo un sonido desagradable.
La sangre saltó a borbotones cuando retiré las espadas de su cuerpo. Bertholdt quedó sin reacción, pensando que aquel había sido su fin. No había fin más definitivo que el que le acababa de brindarle a Bertholt. Por eso me quedé petrificada cuando rayos dorados comenzaron a brotar de su cuerpo. Fue cuando recordé que Eren se transformaba en titán haciéndose daño. ¿Cómo demonios era posible que aún pudiera transformarse en ese estado?. Maldiciendo, tomé a Armin del brazo, y me columpié entre las casas y llegar adonde el resto de mi escuadrón estaba refugiada. Connie, Sasha y Jean se habían trepado al hombro de Eren (quien seguía como titán después de la pelea con Reiner), mientras que Marlo e Historia estaban a sus pies.
—¡Todos, sosténganse de Eren con sus equipos! —exclamé cuando llegué con mis soldados. Yo y Armin hicimos lo propio, justo en el momento en que todo tembló.
Las casas adyacentes se tiñeron de un color dorado, y empezó a hacer calor, tanto que comenzaba a ser insoportable. Un estampido apocalíptico remeció las paredes, y se podía oír el sonido de escombros siendo arrojados lejos, casas arrancadas de sus cimientos, y, mientras tanto, el suelo se sacudía como si estuviéramos en medio de un sismo. Después, un viento poderoso nos levantó, y hubiéramos sido arrojados como muñecos de trapo si no hubiéramos estado anclados a Eren, quien se cubría con una casa de tres pisos.
Cuando el estruendo y los temblores acabaron, nos pusimos de pie. Yo subí al techo de la casa con la que nos estábamos cubriendo, y vi al titán colosal, en medio de una amplia extensión de nada. No había ninguna casa en pie, ni siquiera un trozo de mampostería, en un radio de unos cien metros. Era tierra yerma, aparte del cráter que había dejado la explosión. Unos siseos me dijeron que los demás también habían llegado al techo, y miraban, con expresiones de terror, la devastación causada por el titán colosal.
Fue cuando sentimos otros temblores. Eran suaves pero rítmicos. Algo grande se acercaba a nosotros. Todos giramos nuestras cabezas en la dirección de donde provenían los sonidos, y, entre unas casas, el titán acorazado venía a nuestro encuentro. Mientras me preguntaba cómo diablos había podido sobrevivir ese maldito de Reiner, también me di cuenta que nos esperaba la batalla más difícil de cuántas hubiera librado en toda mi carrera militar.
—Vamos a tener que dividirnos si queremos sobrevivir a lo que viene —dije, haciendo que los demás me miraran con caras que denotaban claramente el miedo que sentían en sus corazones—. Armin, tú eres el que tiene las mejores ideas. ¿Cómo crees que debemos distribuir nuestras fuerzas para tener la mayor probabilidad de vencer?
Pero Armin parecía no escuchar mis palabras. Miraba al titán colosal como si fuese su culpa que Bertholdt se hubiera transformado. No lo era, pero tampoco podía pretender que él me entendiera.
—Armin —le dije, tomándole ambos hombros—. No es tu culpa lo que ocurrió. Yo soy responsable de las decisiones que tomen mis soldados, así que no quiero que sigas actuando de ese modo. Además, si puedes concebir un buen plan, nos vas a salvar a todos.
Pero él parecía no tener oídos, porque nada de lo que le dije le entró en la cabeza. Al final, viendo que Armin no reaccionaba, decidí que había que darle un poco de tiempo para que procesara la culpa que sentía. Para empezar, teníamos que escapar a un lugar más seguro. También podíamos regresar al muro para que mis soldados se reabastecieran de gas y lanzas relámpago. Al final, tomé la decisión de volver al muro. El problema era que Reiner estaba entre nosotros y el muro.
—Pero nosotros somos más rápidos que él —dijo Jean, dando unas palmadas al cilindro de gas en su costado izquierdo—. Lo único que debemos hacer es circundarlo y reunirnos a medio camino.
—No serviría —dijo de repente Armin, tomando asiento sobre el techo, llevándose una mano a la cabeza—. Fíjense en la dirección en la que está yendo el titán colosal. Va hacia el muro. Quiere matar a los caballos. Seguramente ya sabe que los titanes fallaron en hacer eso. No podemos permitir que Bertholdt llegue a los caballos.
—Pero, ¿cómo mierda lo vamos a frenar? —inquirió Jean, indicando con un dedo al titán acorazado—. Además, tenemos que lidiar con Reiner.
—No tenemos que hacerlo —dijo Armin, sacando la mano de su frente—. Eren puede frenar a Bertholdt mientras que los demás nos encargaremos de Reiner. Aún tenemos una lanza relámpago cada uno, y Mikasa no ha usado las suyas. Existe una buena posibilidad de que Eren pueda detener a Bertholdt el tiempo suficiente para que nosotros hagamos lo nuestro con Reiner. Lo principal es evitar que ninguno de los dos llegue a los caballos.
—Ya lo oyeron —dije, reemplazando las espadas por las lanzas relámpago que llevaba a las espaldas—. Dejemos que Eren trate de detener al colosal, y nosotros derrotaremos a Reiner de una vez por todas. ¡No podemos fallar!
Eren se incorporó en toda su estatura y corrió a interceptar al titán colosal. Nosotros fuimos al encuentro de Reiner, lanzas relámpago en ristre.
Tal vez Reiner percibió el peligro, porque comenzó a correr más rápido, de modo que el viento que generaba su enorme masa nos mantuviera alejados de él. De hecho, cuando estuvimos frente a él, tanto Jean como Marlo iban a arrojar sus lanzas, pero Reiner no hizo ningún intento por atacarles, y ellos salieron catapultados hacia afuera, cayendo de espaldas sobre unas casas cercanas. Al principio no entendí la actuación de Reiner, pero, cuando escuché un estruendo que provino del muro, vi que Eren había sido lanzado lejos, probablemente por el titán colosal. Teniendo en cuenta que tanto Bertholdt como Reiner tenían por objetivo principal capturar a Eren, tenía que detener a ambos… de algún modo.
—¿Ese fue Eren? —quiso saber Sasha, quien tenía la boca abierta al verlo encima del muro, como si el titán colosal lo hubiera pateado lejos. En retrospectiva, aquello fue exactamente lo que ocurrió.
Pero eso no significaba que dejase escapar a Reiner. Usando más gas de lo que era prudente, seguí a Reiner, hasta que estuve a la distancia suficiente para usar una de mis lanzas. Apuntando cuidadosamente, arrojé la lanza, la que se clavó en una de las rodillas del titán acorazado. Cuando estalló, Reiner perdió el equilibrio y se desplazó varios metros antes de caer al suelo, levantando mucho polvo.
—¡Esa es nuestra capitana! —exclamaron Connie y Sasha.
Pero aquel no había sido el final de la historia. Sabía que no contábamos con las suficientes lanzas para romperle la nuca al titán acorazado, por lo que debíamos emplearlas de forma inteligente. La única forma que se me ocurría de minimizar el uso de las lanzas era colar una a través de la única parte que no estaba cubierta por armadura: el interior de su boca. Ahora, para hacer que Reiner la abriera… ese era el problema. Aunque no fuese tan difícil después de todo.
Mientras Reiner no podía moverse, reuní a mi escuadrón para plantearles la estrategia que íbamos a tomar, cuando me di cuenta que Armin no estaba presente. Miré hacia atrás, y vi una estela de gas dirigirse al muro. Seguramente fue a ayudar a Eren, me dije. Aunque necesitaba a cada uno de mis soldados para hacer lo que íbamos a hacer, también recordé que Armin no hacía nada sin un propósito.
—De acuerdo —dije, mirándolos a todos con seriedad, notando que mis soldados ya tenían heridas y magulladuras. Es inevitable me dije, tratando de tranquilizarme a mí misma—. La única forma de derrotar a Reiner es darle de comer una lanza relámpago. Para eso, tenemos que asegurarnos de que mantenga la boca abierta. Connie y Sasha se encargarán de eso. Jean y Marlo lo van a distraer, de modo que Reiner no sepa lo que estamos planeando. Yo seré quien le daré el golpe de gracia a ese infeliz. Historia, tú me vas a cubrir las espaldas en caso que me ataquen por detrás. Necesito estar bien posicionada y concentrada para efectuar el lanzamiento.
Todos hicieron el saludo militar a modo de aceptación de las órdenes. Jean y Marlo se dirigieron hacia Reiner, de modo que su foco de concentración estuviera en ellos. Cuando me aseguré que él estuviera distraído, asumí mi posición en una casa justo frente a Reiner, e hice señas a Connie y Sasha para que se posicionaran a ambos lados de él. Historia pasó por mi lado, y vi por el rabillo del ojo que se había detenido en un techo aledaño, una buena posición para defenderme.
Desde la distancia, pude ver que Jean había tenido una excelente idea al indicar a Marlo a que lanzara su lanza relámpago restante a uno de los ojos de Reiner. Jean había hecho lo propio con el otro ojo, dejando a Reiner ciego. Ese era el momento que estaba esperando.
Hice otra seña para que Connie y Sasha atacaran al mismo tiempo. El objetivo era destruir los tendones que mantenían cerrada la boca de Reiner, de modo que yo pudiera colar mi lanza dentro de ésta, expulsándolo de su titán.
Fue cuando varias cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Sentí un calor súbito mientras que Reiner, al estar ciego, comenzó a batir los brazos de forma aleatoria, justo en el momento en que Connie y Sasha arrojaron sus lanzas, las que estallaron en las manos de Reiner. Aparte de todo eso, las explosiones lanzaron lejos a Connie y a Sasha, rodando por el techo de unas casas y quedando inconscientes. Por si no fuera poco, uno de los manotazos de Reiner golpeó a Marlo y a Jean, estampándolos contra una pared, y cayendo al suelo. No tenía idea de si estaban inconscientes o muertos, pero sí sabía que el plan había fallado de forma monumental. El único miembro de mi escuadrón que podía ayudarme estaba detrás de mí.
Y, mientras tanto, el titán colosal emitía ola tras ola de calor, sin saber que la vida de uno de mis soldados se encontraba en peligro.
