XL
Un sacrificio histórico
Mientras veía cómo mi plan se derrumbaba en pedazos delante de mis ojos, no fui consciente de que alguien se acercaba a mí. No era un titán, porque no se sentían temblores en el techo de la casa. Era una persona, y, aunque sabía de quién se trataba, mi mente estaba en otro lugar… al menos hasta que sentí una mano en mi hombro.
—Mikasa —dijo Historia, pero su voz la escuché como si proviniera desde el fondo de una piscina—. Nosotras podemos vencer a Reiner. Sé que podemos hacerlo.
La voz se me antojaba un poco más clara, pero aún no podía entender bien lo que Historia estaba diciendo.
—Vamos, Mikasa, tú puedes salir de ésta —insistía Historia, sonando con más claridad que antes—. Estoy contigo, hasta el final.
Aquellas últimas palabras me devolvieron a la realidad. Pude ver a Reiner llevándose ambas manos a los ojos, de los que brotaba vapor. Vi al resto de mi escuadrón, tirados en diversas partes, sin saber si estaban inconscientes o muertos. La situación no pudo haber empeorado más.
Sin embargo, estaba equivocada con respecto a esto último.
—Bueno, nuestro único plan era abrirle la boca a Reiner usando lanzas relámpago —me oí decir, sintiéndome derrotada—. Pero ahora no tenemos suficientes lanzas. No veo otra alternativa para derrotar a Reiner.
Sin embargo, Historia estaba sonriendo.
—Hay otra forma de hacerlo —dijo, y se lanzó hacia Reiner, quedando colgada entre dos casas, esperando a que los ojos se le regeneraran. Al principio, no supe en qué diablos estaba pensando. ¿Se estaría ofreciendo a modo de distracción? No lo hallaba plausible. No entendí el movimiento de Historia hasta que Reiner pudo ver.
—¿Me querías? —exclamó Historia de repente, y, en ese momento, me di cuenta de que Historia estaba apelando a los sentimientos de Reiner. Desde el Cuerpo de Entrenamiento que me había dado cuenta que Reiner miraba con mayor frecuencia a Historia (en ese entonces, Krista), pero ella había dicho que él no era su tipo. Nunca se lo dijo, pues casi nunca interactuaron de manera seria durante el Cuerpo de Entrenamiento, y Krista, al menos en ese entonces, no era una chica que le gustara romper el corazón de alguien. Sin embargo, en esa coyuntura, no haber matado las ilusiones de Reiner había sido una muy buena decisión—. ¡Aquí estoy! ¡Sé que sientes cosas por mí! ¿Por qué no le haces caso a tu corazón por una vez, y consigue lo que realmente quieres?
Cuando escuché a Historia gritar, comprendí que estaba intentando distraer a Reiner, de modo que yo pudiera atacarlo. ¿Pero cómo podía hacerlo, si no tenía la boca abierta?
Reiner, mientras tanto, se había quedado mirando a Historia, sin moverse. A veces dirigía su mirada hacia Bertholdt, como si estuviera tratando de tomar una decisión. Mientras tanto, ella había desenvainado sus espadas, como si quisiera atacar a Reiner, pero no lo hizo. Las bajó, seguramente para denotar que no era una amenaza. Mientras los segundos pasaban, observé a Reiner por un momento, y vi que las lanzas relámpago de Connie y Sasha habían dañado severamente sus manos y sus respectivos tendones, destruyendo varios dedos. Me pregunté si aquello tenía alguna relevancia para lo que planeaba hacer Historia.
Estaba considerando las alternativas posibles, cuando Reiner se aproximó a Historia. Ella no se movió ni un centímetro de su posición, mientras que Reiner abría la boca. El corazón me saltó a la garganta cuando me di cuenta de lo que Historia quería hacer, pero no pude hacer nada para evitarlo. Estuve tentada en cerrar los ojos para no ver la inminente tragedia, pero no lo hice. Aquello fue lo mejor que pude haber hecho.
Por un momento pensé que Reiner se iba a llevar a Historia a la boca, tal como Annie lo había hecho con Eren. Sin embargo, cuando ella estuvo dentro de su boca, alzó ambas espadas hacia arriba, enterrándolas en su parte superior, impidiendo que Reiner pudiera cerrar la boca.
Eres una maldita genio me dije. Historia había pretendido haberme abandonado para tentar a Reiner a llevársela. Seguramente había notado que no podía usar sus manos, de forma que la única manera de llevársela fuese introduciéndola directamente a su boca. De esa forma, la estaba manteniendo abierta, para que yo pudiera colar una lanza relámpago en su interior. Sin embargo, me di cuenta, para mi horror, que ella quedaría atrapada en la explosión, y no me gustaba, para nada, lo que podía ocurrir si arrojaba aquella lanza.
—¡Arroja esa lanza! —exclamó Historia, sus brazos temblando a causa del esfuerzo por mantener la boca de Reiner abierta—. ¡No pienses en lo que pueda pasarme! ¡Sabes que es la única forma en que podemos ganar esta batalla!
—¡N-No puedo! —grité, notando cómo las lágrimas comenzaban a nublarme la visión, impidiéndome apuntar bien—. ¡Morirás en la explosión!
—¡Es lo que se requiere para vencer! —dijo Historia, cuyas fuerzas comenzaron a fallar—. ¡Recuerda lo que dijo Armin una vez! ¡Dijo que quien no sacrificaba, no podía cambiar nada! ¡Por eso escogí acompañarte en esta misión, para cambiar las cosas!
No dije nada. Tenía la garganta contraída. No podía creer que Historia tuviera que dar su vida para derrotar a Reiner, pero si no hacía nada, su sacrificio iba a ser en vano. Si había algo que podía tolerar menos que ver a Historia morir bajo mi mando, era que ella lo hiciera en balde.
—¡De acuerdo! —dije, sin esconder el dolor en mi tono de voz—. ¡Lo haré!
—Esa es mi chica —dijo Historia suavemente, redoblando sus esfuerzos, aunque la boca de Reiner comenzó a cerrarse. Era ahora o nunca.
Perdóname, mi amor me dije, y catapultándome hacia el cielo, apunté la lanza relámpago, y la arrojé, pasando entre la pared lateral de la boca de Reiner y el cuerpo de Historia. Con el corazón roto, tiré del cable y me retiré a un lugar seguro.
La explosión resultante engulló el cuerpo de Historia, y vi cómo Reiner era expulsado por atrás del titán. Aquello me trajo sentimientos encontrados. Por una parte, mientras veía a Reiner caer al suelo, habíamos, al fin, ganado aquella batalla, pero, por otro, el precio fue demasiado alto. A medida que el titán acorazado caía al suelo, en una voluta de vapor, traté de no imaginar cómo había quedado el cuerpo de Historia después de aquella explosión, pero me era imposible.
Ya no lo soporté más. Caí de rodillas al suelo, y el llanto me sacó del mundo, mientras, atrás de mí, el titán colosal caía en medio de una gigantesca columna de vapor.
Para cuando pude recomponerme, vi que un par de soldados recogían a Reiner y lo ataban de manos y pies. Noté que uno de ellos era Hange. Cómo había sobrevivido a aquella terrible explosión, nunca lo sabré con certeza. Unas cuantas casas atrás de mi posición, Eren llevaba a Bertholdt a cuestas. Por lo menos me alegraba (hasta cierto punto), que el titán colosal hubiera caído también, pero ignoraba el precio que se debió pagar por semejante victoria.
El escuadrón de Levi había sobrevivido intacto a su batalla contra el titán bestia, porque eran ellos los que colaboraban en atender a los miembros caídos de mi escuadrón. Vi que Hange acabó de atar a Reiner, y se acercó a mí, notando que yo había estado llorando.
—Tus hombres son afortunados —dijo, imagino que esperando que la noticia me tranquilizara—. Connie, Sasha, Jean y Marlo solamente están inconscientes, pero estos dos últimos necesitarán atención médica más especializada si queremos que se recuperen por completo. Ninguno está en peligro de morir.
—¿Y qué hay de Historia? —pregunté con voz queda, porque, aunque ya sabía en mi mente que ella estaba muerta, mi corazón aún albergaba alguna posibilidad de que hubiera sobrevivido a la explosión de la lanza relámpago.
—No encontramos ningún cuerpo —dijo Hange, quien compuso una expresión de preocupación—. No tenemos el contingente para emprender una búsqueda exhaustiva, pero haremos todo lo posible por encontrarla. Después de todo, ella es nuestra reina.
—Quiero ayudar —dije, sin pensarlo realmente.
Fue cuando vi a un titán encarar a Eren. Había un hombre montado encima de éste, un tipo de cabello rubio y que usaba lentes redondos. Jamás había visto a alguien de esas características en mi vida, pero, lo que más me llamó la atención fue que no atacaba a Eren. Después de un par de minutos, el titán (usaba sus cuatro patas para caminar y tenía un hocico muy alargado) se marchó, dejando a Eren solo con Bertholdt.
—Muy bien. —Hange esperó a que los soldados de mi escuadrón estuvieran a salvo, de forma que pudiera unirme a los hombres de Levi—. Únete a ellos. Tú quedas a cargo del equipo de búsqueda. Yo debo atender otro asunto.
Mientras Hange daba instrucciones a los hombres de Levi para que obedecieran mis órdenes, pensé en el hecho que ella parecía estar a cargo de la situación. ¿Le habrá pasado algo a Erwin? De todo corazón esperaba que no. Erwin era la clase de hombre que necesitábamos para librar esta batalla contra los titanes, alguien dispuesto a arriesgarlo todo con tal de alcanzar la victoria.
Cuando tuve a mis soldados al frente, les indiqué que comenzaran la búsqueda desde el sur hacia el norte. Con tal de asegurarme de que ellos hicieran bien su trabajo, yo los acompañé. Pero aquella era la razón que enmascaraba el verdadero motivo por el cual había tomado semejante decisión.
Media hora había pasado desde que comenzamos la búsqueda, y no habíamos hallado ni rastro de Historia. Cada minuto que transcurría, iba perdiendo un poco de esperanzas de encontrarla viva. Diez minutos más tarde, íbamos a registrar una casa de tres pisos, cuando Hange se aproximó a mí, con una expresión de urgencia en su cara.
—Mikasa, tienes que venir conmigo —dijo, con una voz ansiosa, casi desesperada—. Hay algo que necesitas ver.
Mi corazón saltó hasta mi garganta cuando escuché las palabras de Hange. Tal vez había hallado a Historia, o tal vez había hallado su cuerpo. Cualquiera de las dos alternativas me iba a dejar un poco más tranquila, porque sería o la muerte definitiva de Historia, o la prueba de que ella seguía con vida. Temblando de la cabeza a los pies, acompañé a Hange, dejando instrucciones a los soldados de que continuaran con la búsqueda.
No obstante, cuando me di cuenta que nos aproximábamos al lugar donde Eren custodiaba a Bertholdt, supe que ese asunto urgente del que me había hablado Hange no tenía nada que ver con Historia. Pero Eren y Bertholdt no eran los únicos que ocupaban ese techo. También se encontraba Levi presente. Tenía sangre en la cara, pero asumí que no era la de él. Ese tipo jamás sangraba. Noté que sostenía un objeto alargado con una sustancia púrpura en su interior, la que terminaba con una aguja.
—¿Qué quiere hacer? —pregunté, sin entender.
—Esa es una inyección que transforma en titan a quien recibe ese líquido que está en su interior —explicó Hange, sonando un poco taciturna por alguna razón—. Erwin confió su uso a Levi, y ahora necesitamos usarla.
—¿Por qué?
—Porque es lo único que puede salvarle la vida a una persona moribunda.
Se me hizo un horrible nudo en la garganta. ¿Estará Erwin al borde de la muerte? Pero, cuando contemplé la escena con más detalle, vi que, al otro lado del techo, había un cuerpo tirado en el suelo, completamente carbonizado. Me pregunté quién podría ser, y fue Eren quien me dio la terrible respuesta.
—Es Armin —dijo, con una voz sepulcral.
