Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
Mentiras, mentiras, y más mentiras
Angielizz (Anbeth Coro)
Dedicado a: ti. Por la espera, el tiempo dedicado de lectura a lo largo de todos estos capítulos y los comentarios que has dejado antes. Sin ti sería muy difícil sostener la motivación de publicar y los jalones de cabello para escribir pronto.
Aquí son las 02:05 a.m., pero mi conciencia dice que lo publique ya o lo haré hasta mañana por la noche
CORREGIDO
Ella
Jueves, 04:23
¿Dónde estoy? Los edificios altos impiden que pueda ver más que construcciones, cada uno más alto que el anterior, con sus cristales herméticos en las paredes que repiten la imagen de los edificios frente a sí. Camino sobre la calle sin automóviles ni personas caminando, estoy sola. Sola en un mundo de jaulas de ladrillo por doquier. No hay escapatoria, es lo único que se me ocurre al mirar hacia los lados. Miro a mis espaldas y me encuentro con un vehículo viejo con los vidrios polarizados y con rayones y golpes dándole un aspecto aun más acabado.
Y en medio del silencio una vieja voz que reconozco:
—Sube, gatita.
Es él, es Don.
Corro. Subo a la acera para entrar a los edificios, pero ninguno de ellos tiene puertas, solo cristales que reflejan mi asustado rostro y mi ropa vieja, miro mis tenis sucios y luego de nuevo a Don que ha bajado del carro y me sonríe de pie al lado de la puerta.
Es justo como lo recuerdo.
Un hombre mayor canoso con tatuajes en el cuello, una fea cicatriz al lado de su ojo derecho y ropa cara que desentona con el resto de él. Su cuerpo robusto y alto lo hace parecer más intimidante, se mueve las mancuernillas de su camisa de vestir demostrando su impaciencia y me da una mirada que me provoca nauseas, me observa de arriba abajo y sonríe con maldad.
—¿Dónde habías estado, Becky? —su falso tono preocupado y amable me pone la piel como puercoespín, y sin más comienzo a correr, porque correr es mi única vía de escape. Necesito huir aunque no tengo idea de dónde me encuentro o cómo salir de aquí. La calle es alargada e infinita, como si el mundo a mi alrededor fueran dos aceras, una calle vacía y edificios que se siguen uno tras otro, sólo puedo ir hacia adelante porque no hay cuadras ni calles alternativas o callejones o nada que pueda servirme para esconderme. Ni siquiera hay puertas a las cuales entrar.
El vehículo de Don suena cada vez más cerca de mí, intento correr más rápido, pero mis piernas comienzan a ir más lento. Va a alcanzarme. Va a alcanzarme. Veo pasar el carro a mi lado y luego se sube a la acera como una barrera en mi huida, me detengo justo para evitar ser arrollada, intento moverme, pero mis pies no responden, miro hacia abajo y compruebo cómo la acera se ha tragado mis pies hasta las pantorrillas. Corre, corre, pero no puedo. Jalo de mis piernas para liberarme, mis esfuerzos son en vano.
La puerta se abre y miro hacia el frente de nuevo, el vehiculo viejo se ha convertido en un automóvil nuevo color azul. Edward baja y me da su mirada capaz de congelar un desierto.
—¿Has estado diciendo mentiras?
El grito queda atorado en mi garganta cuando despierto de golpe sentándome en la cama de la habitación. Estoy a salvo, intento convencerme. Miro hacia el cuerpo de Edward que duerme tranquilo a mi lado, me acerco a él jalando su brazo para envolverme como si fuera una niña asustada. Edward me aprieta mientras entierro mi cabeza en su cuello.
—¿Una pesadilla? —pregunta con voz adormecida.
¿Has estado diciendo mentiras?
—Sí —sus labios chocan contra mi frente.
—¿Quieres hablar de eso? —su voz suena cansada, él trabaja temprano y yo me quedaré aquí a pintar, no es justo para él desvelarlo con una discusión.
—No es nada.
Pasa su brazo por mi cintura y me acerca a él, me entierro en su cuerpo intentando sentir su protección, pero consiguiendo sólo resurgir la culpa. La culpa de mis mentiras cerniéndose sobre mí, aplastándome sin que pueda poner excusas. Esto no es por Charlie, esto es por mi incapacidad para ser honesta con él. Él no merece mi desconfianza y aún así esa es la moneda con la que pago por su amor.
—Duerme, Bella —susurra sin abrir los ojos, sin mostrarme la calidez o la frialdad de la mirada de mi sueño, él descansa ajeno a mis conflictos emocionales.
Por supuesto que descansa, él no me ha mentido, su consciencia está limpia en comparación a la mía.
Pasados unos minutos es evidente que no volveré a conciliar el sueño por más que lo intente. No por la pesadilla, sino por la asfixiante culpa que cae sobre mí. Ayer me había dicho que me amaba y yo correspondí su amor con una mentira más. ¿Y ahora? Cualquier decisión que tome al respecto no tendría un resultado a mi favor. ¿Y por qué debería? Mi mentira demuestra sólo mi desconfianza en Edward, nada de lo que yo pudiera decir para justificarme podía ocultar el hecho de que le había mentido, de nuevo. Me arrastro fuera de la cama y salgo de la habitación.
Una vez sentada frente a la televisión de la sala de videojuego, la enciendo y quito el sonido. Necesito encontrar las frases adecuadas para mis inadecuadas palabras anteriores. Elijo un documental sobre ballenas. Con los subtítulos me las ingenio para entender el programa. Las ballenas grises vuelven cada año al lugar al que nacieron buscando las aguas cálidas del sur. Cada año y sin falta regresan, sin importar la distancia y los riesgos. Sin importar los peligros que hay en el recorrido con orcas y cazadores en sus embarcaciones.
Edward no es un cazador ni una orca asesina para mí, ya tuve demasiado de eso en los meses antes de encontrarlo, él es algo diferente, pero hay costumbres con las que es difícil romper. Desconfiar es lo que me ha mantenido con vida, mentir es casi un reflejo.
—¿Qué haces? —pregunta su voz a mis espaldas, mantengo la vista en la ballena que se esfuerza por defender a su ballenato de la familia de orcas, en vano.
—No podía dormir —respondo sin despegar mi vista del televisor.
—¿Qué estás viendo? —se sienta a mi lado pasando su brazo por detrás de mis hombros y acercándome a él.
Lo miro de perfil, iluminados con la luz de la televisión sus ojos se ven oscuros, pero no me parecen aterradores, no son los ojos azules que me miraban con enojo del sueño, son sólo sus ojos y él nunca me ha mirado como lo hizo en mi pesadilla ni siquiera cuando ha estado enojado.
—Un documental de ballenas.
—Es temporada de ballenas, podríamos ir a verlas si quieres —intento sonreírle, pero solo una mueca que no llega a sonrisa aparece, estoy llena de culpa.
Abro y cierro y abro y cierro la boca, pero nada sale de mis labios, no sé cómo empezar.
—Mañana tienes trabajo —le recuerdo en su lugar.
—¿Qué haces viendo documentales a esta hora?
—Ya te lo dije, no puedo dormir.
—Llevabas mucho sin venir a ver televisión en la noche.
Eso es sólo porque volví a acostumbrarme a dormir por las noches, pero él no necesita escuchar esa parte de mi vida, eso es mi pasado, el problema es que le he mentido en nuestro presente.
—Charlie vive ahí —digo mirando de nuevo a la televisión.
—¿Ahí? —apunta a lo que parece un pueblo costero en las imágenes del documental, niego con mi cabeza sintiendo como alacranes comienzan a picotearme por dentro como castigo.
—A media hora de tu casa en la playa.
El silencio cae sobre nosotros, un zumbido incomodo en mis oídos que reclama sin palabras.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Pero no sé qué responder. ¿Estar asustada por ser descubierta es una razón? Y él parece leer en mi silencio las palabras.
—¿Cuál era tu plan exactamente? —insiste cuando no respondo.
Me remuevo incomoda en mi sitio bajando la mirada a mi regazo.
—No tenía un plan, Edward. Fue algo impulsivo. Tan impulsivo como cuando acepté que Charlie viniera sin considerar todo lo otro.
—¿Impulsivo? Eso no es impulsivo Bella, es desconfianza —se pone de pie y yo imito sus acciones.
Intento acercarme a él y Edward avanza dos pasos hacia atrás.
—Confío en ti, por supuesto que confío en ti, sólo que a veces mis acciones no van de la mano con lo que de verdad siento.
—Ese es el problema. Yo te dí mi confianza sin siquiera conocerte. Te dejé vivir en mi piso sin hacer preguntas sobre tu pasado y no lo he hecho. ¿Por qué yo debo confiar en ti si tú no puedes confiar en mí?
—Confío en ti.
Niega enérgicamente con su cabeza.
—Creo que no tienes idea de cómo ver a Charlie sin ser descubierta así que has decidido contarme. ¿Cómo llegarías hasta él si no es por mí?
—No es así, yo no he pensado en eso siquiera —lo que es verdad.
—Pues no te creo.
Cierro la boca sin saber qué decir para solucionarlo, aprieta el puente de su nariz conteniendo el aire en sus mejillas.
—Te quiero —insisto caminando hacia él, sus ojos van al techo evadiéndome.
—No puedes querer a alguien en quien no confías, ayer dijiste que me amabas y yo pensé que estábamos más lejos de tus inseguridades, pero no es así.
—Es… es difícil para mí. Pero te lo estoy diciendo ahora.
—¿Qué soñaste? —su tono es insistente, es intuitivo y como respuesta mantengo mi silencio mordiéndome los labios sin saber qué decir, pero por el modo en que sus ojos se entrecierran sé que sabe que ha dado con la raíz del problema.
Elijo lo más seguro de mi pesadilla.
—Me llamaste mentirosa. Eso soñé —no le convencen mis palabras flojas.
—Hay más ¿no es así? —miro hacia mis pies descalzos, jalo la camiseta blanca de Edward que llevo puesta sin responder— ¿Sabes lo que dijo Alice que debía hacer cuando le hablé de tu hermano? —me quedo en silencio encogiéndome en mi lugar—. Que contratara a alguien para investigarte. Porque si había más y lo descubría la tía de Charlie perderías la custodia para siempre. ¿Debería contratar a un investigador privado, Bella?
Abro y cierro la boca sin poder hablar, sintiendo la bola de púas de mi interior crecer e incrustarse contra mí, expandiéndose a toda velocidad. Y me aferro nuevamente a mi única vía de escape:
—¿Eso es lo que quieres hacer?
Intento levantar la cabeza, pero solo llego a las rodillas de Edward, sacudo mi cabeza y retrocedo un paso. Él no puede enterarse de mi pasado. Esa verdad no va a liberarme, sólo va a arruinar lo que tenemos.
—¿Debería hacerlo?
Sí.
Me encojo de hombros sintiendo mis ojos picar y mi nariz calentarse por el esfuerzo de aguantar el llanto.
—¿Es lo que quieres? —repito inflexible, apretando los ojos para luchar contra las lágrimas, no voy a jugar al papel de mártir, pero tampoco voy a lanzarme en picada a lo que será un final abrupto.
—Quiero que confíes en mí, Bella —avanza hasta recargar su frente contra la mía—. Pero si tú no puedes darme eso, no va a funcionar esto.
Esto, es decir nuestra relación.
—Lo intento —mi voz sale ahogada mientras descanso mis manos sobre su pecho—. Es muy difícil para mí, pero lo intento —hago puño mis manos sujetando su camisa de dormir. Sus manos van a mi espalda acercándome a él—. Confió en ti.
Siento su cabeza negar lentamente aun recargado contra mi frente.
—Tal vez ahora soy yo quien no confía en ti.
Abro los ojos para encontrarme con sus ojos fríos y sé que no miente, lo he arruinado esta vez.
Él
Jueves, 18:20
No pienso en Bella, no puedo. O tal vez no quiero hacerlo. O la suerte se pone de mi lado y no me permite que piense en ella porque todo el día estoy recibiendo clientes, revisando proyectos, firmando documentos, entrando a reuniones, tomando apuntes con Jasper, escuchando a la persona de Recursos Humanos y sus opciones de contratación, me lleno de una tarea tras otra sin dejar espacio libre para pensar en Bella. Y cuando creo tener un minuto libre me pongo en llamada con mamá o enviando mensajes con Alice.
Me mintió. Fue capaz de renunciar a la cafetería para seguir esa mentira, haciéndome creer que estaba interesada en pasar un fin de semana conmigo en la playa cuando sólo quería… ¿estar con su hermano de siete años? ¿Eso es tan terrible? No, eso no es lo terrible. El problema es que ella insiste en desconfiar de mí y sus planes conmigo empiezan siempre con una mentira.
Siempre lista para escapar o mentir.
Pero me concentro en mi trabajo, en los pendientes, en cualquier detalle que puedo controlar y modificar por mi cuenta, en lo que sé que tendrá una respuesta o una solución.
Cuando el horario de oficina termina, hablo con James acerca de mi plan para arruinar a Peter, necesito afinar detalles antes de proponerle esto a Alice. ¿Ella aceptará, se retirará sin querer conocer detalles o prohibirá que lo intentemos? Es Alice, lo que significa que cualquier cosa puede ser.
Pero James resulta que va como siempre un paso delante de todos.
Nos encontramos en mi oficina después de las cinco de la tarde cuando la mayoría de los empleados se ha retirado a casa, él aparece con una carpeta negra llena de cosas turbias de Peter, no me sorprende lo manchado que está Peter, sólo un poco las habilidades de James.
—¿Hace cuánto tienes esto?
—El tiempo suficiente para tener sobornados a quienes pueden hundirlo, contratos de confidencialidad con testigos. Fotografías, evidencia, soy paciente.
Puedo verlo entre cada papel ordenado y clasificado.
James nunca toleró a Peter y ahora podía entender el motivo, no tenía que ver con el clasismo de Peter, sino sus actos contra Alice.
—¿Podría ir a la cárcel? —mi plan no tenía estas consideraciones, no pensé que fuéramos a encontrar algo lo suficientemente grave para eso, consideraba algún trapo sucio para manchar su imagen y hundirlo en la bolsa de valores. Quizás alguna demanda que lo hiciera perder una suma importante de dinero. ¿Prisión? No merece menos. Lo que él hizo fue aprovecharse de una menor de edad.
—Gracias a nosotros no, por sus socios e inversionistas tal vez.
—¿Sabrá que fuimos nosotros? —es lo que quiero. Que sepa de donde ha venido el golpe.
—Lo hará cuando compremos sus acciones en centavos, en cuanto salga en el periódico la información caerá en la bolsa de valores y sus inversionistas van a querer saltar del barco que se hunde, ahí entramos nosotros y compramos la empresa. Contamos ya con algunos interesados en vendernos suficientes acciones para convertirnos en la cabeza de la empresa.
—Y ahí es cuando lo sacamos a patadas de su propia compañía. Tengo que hablar de esto con Alice.
—Ella estará de acuerdo —dice James hojeando documentos.
—No quiero actuar a sus espaldas.
—Jasper habló contigo —confirma levantando su vista a mí.
—Sí —James mira el escritorio lleno de documentos y de nuevo a mí.
—Alice no va a estar de acuerdo, va a querer hacerlo, pero te pedirá que no lo hagas, ella va a pensar en el riesgo y el dinero que puedes perder. Peter va a perder mucho más, pero ella no lo verá así —suena a Alice.
—¿Has hablado con ella? —James endurece el gesto y mira hacia la pared con cristal que da al exterior.
—Lo nuestro no tiene salvación, pero esto es lo último que puedo hacer por ella y lo haré.
—¿Lo suyo no tiene salvación? —levanto una ceja sin tener idea de lo que habla.
—Fue una amistad imprudente.
—¿Y esto es tu manera de expiar culpas?
—Supongo.
—Lo que hizo Alice antes no tiene nada que ver contigo, James. No es una niña y nunca ha sido del tipo que escucha a otros antes de hacer lo que quiere. También fue mi culpa, debí enviarla a terapia o qué sé yo, folladores anónimos, lo que sea.
Nos reímos con la idea un momento antes de volver al silencio.
—¿Has hablado con ella?
—Esta mañana se apareció en mi apartamento.
—¿Y?
—Ya te lo dije, eso se terminó. Fui lo suficiente claro con ella para que entendiera que no podíamos seguir siendo amigos —me cruzo de brazos.
—Me parece exagerado.
—Dormí con ella.
Levanto ambas cejas.
—Todo lo que dijo de mí no es nada que yo no hubiese pensado antes, sólo corroboro lo que ya sabía y lo que decidí ignorar para seguir en contacto.
—¿Cuándo pasó?
Lo de folladores anónimos no hubiese estado mal. ¿Cómo es que he sido tan despistado para no verlo antes?
—Hace dos años. Estábamos muy borrachos los dos, no es una excusa, pero yo más que ella. Lo único que recuerdo es que desperté a su lado, me quedé a esperar que despertara y cuando lo hizo seguía siendo sólo ella. Se burló de mi amnesia y dijo que no era relevante lo ocurrido, que éramos amigos, que todo había sido incestuoso y que el trauma de eso me hizo olvidarlo, era nuestra broma. Y preferí creer eso a admitir que fui un cabrón más de su lista.
—Hasta el sábado.
—Hasta el sábado.
Miro la pila de portafolios sobre el escritorio que ha reunido James sobre Peter.
—¿Cuándo iniciaste?
—Desde que pude hacerlo, hace cuatro años encontré la primera pista sobre sus fraudes. Sólo jale hilo tras hilo hasta descubrirlo todo. Se había enfriado la información y los testigos hasta antes de año nuevo cuando hizo un despido masivo en su empresa, entonces tuve más testigos dispuestos a hablar.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Por Heidi.
—¿Heidi? ¿Ella te dijo que no me lo dijeras? ¿Te amenazó?
James da círculos alrededor del escritorio antes de animarse a hablar.
—Porque descubrí lo de Heidi y Peter.
—¿Antes que yo?
—Unas semanas antes, sí —antes de que pueda hablar, él lo hace de nuevo—. No me habrías creído. No lo hizo Jasper cuando se lo conté, sabía que sonaba paranoico y que mi mala relación con Peter te habría hecho ignorarme.
—Te habría creído —digo sin dudas.
—No iba a correr ese riesgo —suena sincero.
—¿Y esperaste que lo descubriera? ¿Qué si nunca lo…
—Te enviamos de viaje antes de año nuevo para que Heidi cometiera ese desliz —el repentino viaje a la otra punta del país que hizo enfurecer a Heidi por cambiar de planes a último momento, ¿él estaba detrás de eso?
—Jasper me dijo que la sorprendiera por la escalera de emergencias porque eso iba a gustarle.
—Sonaba más real si era él quien lo decía que yo. No hay vuelos disponibles en esas fechas, sólo teníamos que tener tu vuelo de regreso listo para cuando aceptaras volver antes y dejar atrás a tu cliente europeo.
—¿Era real ese cliente? —niega con su cabeza.
—Así que tu rompimiento sólo me hizo esperar, sabía que lo harías si te lo proponía incluso sin necesidad de contarte de la historia de Alice y Peter, supuse que Peter estaría alerta de cualquier amenaza de nuestra parte como venganza. Pero sé que si fue a la fiesta es porque está lo suficiente confiado en que tú no vas a caer en una tontería como vengarte por una mujer.
—Pero lo haré, por Alice.
—Lo sé.
—Jasper no va a hacerlo.
—No esperaba que lo hiciera, tengo un caso armado y sé que vamos a ganar.
—¿Estás seguro de querer involucrarte en esto? —sonríe con seguridad.
—Sé cuándo saltar del puente y cuando no hacerlo —lo mismo dijo cuando hablé con él sobre la custodia de Charlie, aunque en ese momento se negó a saltar—. Vamos a ganar.
—¿Cómo lo haremos? —su motivación de venganza es contagiosa.
Las siguientes horas, James pasa hoja tras hoja mostrándome diferentes fraudes que ha cometido la compañía a lo largo de los años, desde el seguro de sus trabajadores, las irregularidades en las contrataciones, el pantano de desvíos de dinero. Y pensar que mi plan sólo incluía clientes insatisfechos con sus vacaciones y posicionarme en el mercado de empresas de viajes, esto es mucho más pantanoso de lo que había supuesto y efectivo, mientras a mí me habría tomado meses, si no es que años, crear una empresa desde cero, James tiene una ventaja de cuatro años de investigación sobre el escritorio.
Tiene una carpeta lista de testigos dispuestos a colaborar, y también tiene una lista de personas que necesito contratar para este caso, desde investigadores privados, hasta personas para introducirlas a la empresa de Peter, así como un equipo elegido por él de abogados.
—¿Qué estás haciendo aquí cuando podrías tener tu propio bufete de abogados? —pregunto con interés mientras cierro el último documento por revisar.
—No necesito eso.
—Serías una fuerza imparable, estás aquí haciendo contratos para mí y evitando demandas por mí cuando podrías hacer más por otras personas.
—Tal vez más adelante.
—¿Es por dinero?
El salario de James era ridículamente bueno, tenía su propia oficina en la empresa y su palabra valía tanto como la de Jasper o la mía.
—No.
—Sin importar lo que haya pasado entre tú y Alice, eres parte de la familia. Lo sabes y si estás aquí para pagar alguna deuda conmigo…
—Me gusta mi trabajo. Y me necesitas aquí hasta que Peter esté tras las rejas.
Suena a una promesa, una que ambos estamos dispuestos a cumplir.
Para cuando llego a mi apartamento es casi media noche. Me siento exhausto como si estuviese cargando en mis hombros mi propio peso, me recargo contra la pared mientras reviso mi celular. Encuentro un par de llamadas perdidas de Carlisle y Esme, pero ninguno del apartamento, también tengo mensajes de Alice y uno de Charlie. Abro el mensaje de él, una fotografía. Presiono la imagen y se expande lo que es una invitación de cumpleaños.
Otra mentira.
Ella
18:20
Luego de nuestra discusión me quedé en la sala de televisión y salí sólo hasta que lo escuché marcharse, como una cobarde.
El día anterior había hablado con Alice sobre mi nuevo cambio de planes, ella se mostró alegre de que hiciera algo en lo que tenía posibilidades de destacar, aunque me recordó que siempre era posible volver a la cafetería si lo necesitaba, agradecí que dejara esa puerta abierta para mí.
Arranco la hoja del cuaderno y empiezo algo nuevo, pero el siguiente dibujo es igual al anterior. Necesito deshacerme de esa imagen. Del miedo que aun siento por la posibilidad de que aparezca Don en mi nueva vida, o el terror que siento al pensar en Edward descubriendo mi vieja vida.
Cuando dieron las seis de la tarde y él no regresó del trabajo supuse que sólo estaba matando tiempo lejos de mí. De mí y mi boca mentirosa. El que se supone que sería mi primer día en una nueva vida para mí se convierte en algo triste de ver. Dibujo con carboncillo una y otra vez el escenario de mi pesadilla como si al dibujarlo pudiera sacarlo de mi cabeza, pero no funciona. Sin embargo, mi cabeza es todo lo que me permite dibujar adueñándose por completo de mi creatividad y torturándome una y otra vez con la misma imagen de edificios y la calle solitaria.
Dolores me lleva a la cama el desayuno y en algún momento vuelve a tocar a la puerta para avisarme que su día ha terminado. La acompaño a la salida y cuando regreso a la cama sigo dibujando, pero la imagen es similar a la anterior.
Se me pasan las horas lentas y tristes.
Así que es un alivio cuando dan las seis de la tarde y al fin puedo llamar a Charlie, se me llenan los ojos de lágrimas mientras lo escucho contarme de su día en la escuela, las tareas, su desayuno preparado por sí mismo y el pastel que llevó Tía a su salón de clase para celebrar su cumpleaños.
Me quedo sin palabras escuchándolo contarme del pequeño convivio con sus compañeros de la escuela durante el receso. Ocho años.
—Eres todo un niño grande —digo sentada en el suelo con mi espalda recargada contra la isla de la cocina.
—¿Y mi regalo, Bella? —me las apaño para respirar lento y no llorar para poder responder.
—Debieron perderlo los de paquetería —miento, y mientras lo hago me doy cuenta de lo fácil que hubiera sido enviar su regalo por correo. Cualquier juguete lo habría hecho feliz, por lo menos sólo un poco más feliz que el hecho de estar separados, si tan solo supiera en que día vivía.
—¿Se te olvidó? —pregunta y noto su tono triste de voz.
—No —vuelvo a mentir, porque sí lo había olvidado. El único cumpleaños que tuve en mente fue el de Edward. Sabía que era el miércoles de esta semana, pero sin celular era imposible saber en qué día vivía. Mi calendario era lunes a domingo sin número ni mes. Sólo hasta que Charlie dijo que Tía le llevó su pastel a su salón de clase es que lo entendí—. Por supuesto que no.
—¿Crees que llegue mañana?
—¿Mañana?
—Mi regalo. Mañana es mi cumpleaños, Bella —su tono es molesto ahora.
—¿Mañana es tu cumpleaños? —repito con duda.
—¿Lo ves? Lo olvidaste —vuelve a su tono acusatorio y no hay marcha atrás para mí. Descubierta en mi mentira por mi hermano pequeño de ocho años, las mentiras no deberían ser permitidas para tan malos mentirosos como yo.
—¿No era hoy?
—No, Bella. Mañana. Tía me llevo el pastel a clases porque mañana será mi fiesta.
—¿Tendrás una fiesta?
—Así es. En el patio de la casa, Tía rentó un brincolín y habrá dulces y globos.
¿Cómo es que esa bruja pudo recordarlo y yo no? Tal vez yo soy la verdadera villana de la historia y no quiero verlo, parpadeo luchando contra las lágrimas, ya tendré tiempo de llorar a solas después.
—¿Es que tú no sabes nada? —pregunta con tono rezongón, suspiro.
—Pues no, supongo que no.
—Quiero que estés aquí—agarro el teléfono con ambas manos apretándolo contra mi mejilla mientras un par de lágrimas se escurren a pesar de mi autocontrol, las quito con el dorso de mi mano.
—Tú sabes que te quiero, ¿no?
—Lo sé.
—Aunque… —aprieto los ojos sintiendo mi corazón encogerse— aunque no esté contigo.
—Como mamá y papá, lo sé.
No, no como ellos. Ellos están muertos. Ellos no pueden hacer nada para volver a ver a Charlie y yo sí y sólo me he encargado de arruinar mis oportunidades.
—¿Todavía no tienes celular?
No, mi avaricia por uno mejor me dejó sin ninguno.
—Conseguiré uno pronto.
—Entonces se lo envío a Leo.
—¿Enviarle qué?
—Listo —dice con su tono de travesura.
—¿Enviarle qué?
—La invitación a mi fiesta.
—Charlie –mi voz suena a un quejido de dolor, cierro los ojos augurando más problemas para mí.
—¿Qué tiene de malo? Él es mi amigo.
—Sabes que no puedo ir.
—Nunca tienes vacaciones.
—No, no tengo.
—No es justo, no es justo, no es justo —podía imaginarlo pataleando frente a mí haciendo una rabieta—. Prometiste que estarías conmigo.
—Estoy contigo, estoy aquí. Solo no estamos en el mismo lugar.
—Dijiste que tú no ibas a irte como mamá y papá. Pero te importa más tu escuela que yo, nunca tienes tiempo para mí.
—No es así, todo lo que hago es por ti.
Incluso mentirle a Edward sin pensar en las consecuencias de esa nueva mentira, no importa el poco tiempo que la dejé sobrevivir. Charlie es mi talón de Aquiles, nunca pienso demasiado lo que hago si se trata de él y nunca mido las consecuencias de mis decisiones.
—¡Mientes!
—Si yo pudiera estaría ahí. Te lo juro —tal vez ya estaría ahí si hubiese sido sincera desde el momento en que supe lo fácil que sería verlo este fin de semana, lo simple que hubiese sido todo si me aferrase a la verdad en lugar de aliarme constantemente con la mentira.
—¡Mientes! —vuelve a gritar— ¡Mamá debería estar viva, no tú!
Y lanzando esa última frase cuelga dejándome sollozando y temblando por una oración que tiene la capacidad de terminar de destruirme. Por supuesto que no soy lo que necesita, no es justo para Charlie que su único familiar directo esté del otro lado del país. No es justo para nadie.
Pero estoy llorando con temblores y sollozos cubriéndome la boca en el suelo porque entiendo lo sincera que son sus palabras, él ha pensado eso antes, él posiblemente lo piensa constantemente. Él sabe que no es justo que yo esté viva y no dé mi mayor esfuerzo para estar con él.
No sé cuánto tiempo me quedo llorando en el frío suelo de la cocina, lo hago hasta que comienza a dolerme la cabeza. Me pongo de pie con mis hombros aún temblorosos por el llanto y dejo el teléfono en su lugar, Edward sigue sin aparecer y ya casi son las ocho de la noche, mi única comida del día fueron las frutas que llevó Dolores a la habitación, pero no me apetece comer nada aunque tengo hambre. Camino hacia el pasillo sin tener idea de a cuál puerta entrar. ¿Mi habitación o la suya? Sin estar del todo segura que sea la mejor elección doy pasos cortos a su recamara, me quito las pantuflas felpudas y coloridas y me acuesto bajo la sábana. No tengo los ánimos que se requieren para esperarlo sólo para volver a discutir con él. No quiero enfrentarme a los mismos ojos de esta mañana que me miraron dolidos por mi falta de confianza.
Yo soy la causante de su dolor, así como lo soy de Charlie.
Escondo mi cabeza bajo la colcha y aprieto los ojos intentando traer a mí el sueño, pero no estoy cansada, no físicamente y aunque sí emocional, tengo demasiados pensamientos en mi cabeza preocupándome como para poder dormir tranquilamente.
Y de pronto estoy corriendo, aunque ahora no corro en medio de una calle desierta con edificios altos a mi alrededor. Corro a toda velocidad bajando las escaleras para llegar a tiempo a Charlie. Corro de dos en dos escalones ignorando la oscuridad del pasillo y las paredes grafiteadas. Corro como si una vida dependiera de mí, porque lo hace.
Cuando logro salir del edificio encuentro al par de adolescentes que patean al niño de cabellos rubios del suelo.
—¡Suéltalo! —grito sintiendo como queman las palabras en mi garganta— ¡Que lo dejes!
Los adolescentes miran hacia mí y sonríen mordaces antes de seguir pateando a mi hermano.
Corro o al menos lo intento porque de pronto tengo mis piernas en bloques de hielo impidiéndome continuar. Comienzo a lanzar golpes hacia el hielo ignorando el dolor del frío y su dureza. Intento arrastrarme con los bloques de hielo moviéndome a milímetros y entre más me acerco más violentos son ellos con él.
—¡Charlie! ¡Para! ¡Para!
Estiro mis piernas obligándome a moverme a pesar del dolor del frío, golpeo con más fuerza y cuando vuelvo a mirar hacia arriba los adolescentes han desaparecido. Ahora sólo está la figura del niño en el suelo.
El hielo desaparece y yo pude correr hacia él. Me agacho a su lado y llevo su pequeño cuerpo contra mi pecho abrazándolo mientras reviso sus heridas. No hay golpes ni heridas aparentes, no las heridas que debería tener un niño que acaba de recibir una brutal paliza, sólo es el inocente rostro de mi hermano con los ojos cerrados y sin respiración.
No he llegado a tiempo, de nuevo. Nunca llego a tiempo sin importar cuanto luche contra los bloques de hielo o me esfuerce en saltar los escalones, nunca será suficiente sin importar las veces que esté aquí antes. Siete pesadillas, siete pesadillas que se repetían sin cansancio y contra las cuales no había aprendido a ganar.
—Nunca podrías cuidarlo —la voz de Tía aparece como si formara parte del viento—, no como yo.
Abrazo y lloro contra el inerte cuerpo de Charlie, abrazandolo con fuerza como si pudiera armarlo y recomponerlo todo de nuevo, me aferro a él hasta que su pequeño cuerpo se convierte en el cuerpo de alguien más, hasta que siento los brazos de él envolverme y sujetarme contra su cuerpo como si él pudiera volver a recomponerme a mí.
—Shhh… estás bien, Bella —me encuentro agarrada de la espalda de Edward mientras me aprieta contra su pecho, escondo mi cara en el hueco de su cuello mientras mis sollozos se incrementan.
Estoy en la habitación oscura de Edward. ¿Qué hora es?, qué importa eso. Lo que sé es que estoy con él y que me sostiene mientras los sollozos se van convirtiendo en un débil llanto tembloroso.
—¿Quieres hablarlo?
—Fue el sueño del niño —le digo simplemente sin explicarle por qué he tenido este sueño, ni le hablo de la discusión con mi hermano o que haya sido la peor hermana mayor que no recuerda que debe enviar un regalo de cumpleaños. He vuelto a ir a la cama con hambre, el hambre siempre atrae esta pesadilla.
Sus brazos se vuelven más firmes en mi espalda mientras deja un beso en mi frente.
—Eso no fue tu culpa, Bella.
Pero sí lo fue y sí es mi culpa no ser capaz de cuidar de Charlie por mi cuenta.
—¿Qué hora es? —pregunto al notar que está vestido con una camisa de vestir y no con su ropa de cama.
—Pasa de medianoche.
Sin poder evitarlo inhalo contra su cuello para poder percibir el olor de su piel, pero no huele a alcohol.
—¿Dónde estabas?
—En la oficina, tenía cosas qué hacer.
—¿Como evitarme? —pregunto mientras mis dedos se sueltan de la espalda de su camisa y caen mis brazos a sus costados.
—James tiene un caso armado para demandar a Peter por fraude entre otras cosas ilegales. Tenía mi escritorio lleno de documentos que necesitábamos revisar a fondo.
Bien, el mundo no gira alrededor de mis engaños.
—¿Alice sabe?
—Alice piensa que ella no aceptará por el riesgo que podría suponer para mí.
—¿Qué riesgo?
—Económico, sobre todo, una contrademanda o que Peter intente devolvernos con la misma jugada.
—Fraudes suena a algo serio.
—Lo es.
Nos quedamos en silencio, ladeo mi cabeza acomodándola contra su pecho sintiendo el pulso de su corazón.
—¿Vale la pena el riesgo?
—Por supuesto.
No volvemos a hablar hasta que consigo calmar mis emociones y deshacerme de las lágrimas.
—¿Esta pesadilla tiene algo que ver con tu hermano? —pregunta y recuerdo que Charlie le envío la invitación de la fiesta.
—Olvidé su cumpleaños, y él estaba enojado —no, enojado no es la palabra, pero prefiero creer que es un enojo pasajero a que estoy hiriendo más profundamente sus sentimientos.
—¿Y realmente lo olvidaste? —asiento sin poder sentirme ofendida por su desconfianza, esto es mi culpa también.
—No tengo celular, sólo sé en qué día de la semana estamos y estas últimas semanas han sido una avalancha, estoy perdida en calendarios. No he hablado tanto con él en estos días y —mi labio inferior vuelve a temblar y lo muerdo para calmar la reacción de llanto. Tal vez si no hubiera descuidado a Charlie de esta manera habría tenido tiempo para escucharlo contarme de sus días y sus planes de cumpleaños.
—¿Y? —insiste cuando guardo silencio.
—Entre la fiesta de tus padres, nuestra relación y las peleas descuidé a Charlie. No hemos hablado más que un par de veces y hasta hoy me contó de su cumpleaños porque no tuve tiempo para él antes. Sería terrible para él, al menos ella está al pendiente de llevarle pastel y organizarle fiestas.
—No es así, haces un excelente trabajo cuidando de él —sacudo mi cabeza.
—La única razón por la que lo vi hace unas semanas fue por ella, pero si Tía no lo hubiera sugerido yo no lo habría considerado.
—No creo que esa visita haya tenido como fin una reunión familiar, Bella —yo tampoco, pero ella no ha pedido más dinero ni siquiera ha querido volver a llamarme directamente. Tal vez era demasiado orgullosa para aceptar que cayó a los chantajes de un niño de siete años.
—Ahora él sabe que olvidé su cumpleaños—mis hombros vuelven a sacudirse por el llanto, me llevo una mano a la boca intentando calmarme, pero consigo lo contrario. Edward me aprieta contra sí y me parece injusto que tenga que ser él quien me consuele después de lo de esta mañana, debe estar enojado todavía conmigo.
—Él lo entiende —sacudo mi cabeza sabiendo que no es así.
—Dijo que desearía que fuera mamá quien estuviera viva y no yo.
Sujeta mi rostro y se aleja solo lo suficiente para que pueda mirarlo a la cara.
—Haces todo lo que puedes por él, Bella —niego de nuevo—. Has pasado hambre con tal de guardar el dinero para cumplir con el chantaje de esa mujer. Haces un buen trabajo —pasar hambre demuestra el terrible trabajo que he hecho al respecto.
—Hacer todo lo que puedo y lo mejor no es lo mismo.
Y al decirlo entiendo que eso no aplica sólo para Charlie sino también para mi relación con Edward e incluso conmigo misma. Me limpio las últimas lágrimas de mis mejillas con el dorso de la mano arrastrándome sobre la cama a la otra orilla poniendo distancia entre nosotros.
Sobre la mesita de noche el aparato de Alexa marca la hora, es la una de la madrugada. Oficialmente Charlie tiene ocho años y saber que pasaré este año separada de él y con él enojado conmigo no lo hace más fácil. Tampoco es sencillo aceptar el consuelo y apoyo de Edward cuando sé que aún no hemos resuelto el conflicto de esta mañana.
—Me daré una ducha, mi cabeza está matándome.
Y sin esperar su respuesta me levanto de la cama para ir al baño de su habitación. ¿Llegaré a considerarla como mía o nuestra? Se siente poco probable. Cierro la puerta tras de mí y me quito la ropa, el agua de la regadera sale caliente y una vez que la regulo entro bajo el chorro de agua.
El golpeteo constante contra mis sienes es el resultado de llorar, de llorar y permitir que mis pensamientos me atormenten por tanto tiempo. Es curioso cómo pensé que hablar con Charlie mejoraría mi día y esa llamada solo lo hizo empeorar. Cierro los ojos mientras miro hacia la regadera para que el agua caiga directo a mi cara como si pudiera borrar así el rastro de lágrimas.
Pensar que todavía queda un asunto por resolver con Edward hace que la bola de púas en mi interior crezca, pero el agua tibia me tranquiliza lo suficiente para no pensar en ningun futuro poco alentador.
Me parece que ha pasado una vida entre ayer y hoy, ¿cómo es que ayer por la tarde estábamos en esta misma ducha haciendo el amor antes de ir a jugar boliche y hoy estoy sola dándome una ducha para calmar a mis emociones? Miro hacia la puerta cerrada y sé que no vendrá por mí. Lo arruiné todo.
Salgo de la regadera y me envuelvo en una toalla y otra para mi cabello. Al salir del baño compruebo que la cama está vacía, me quedo casi un minuto parada en la puerta sintiendo la bola de púas incrustarse en cada espacio dentro de mí y finalmente sacudo mi cabeza. Me apresuro al vestidor para tomar un pantalón de dormir rosado, ropa interior y una blusa de seda, me visto a prisas. Sacudo mi cabello contra la toalla para secarlo y una vez medianamente lista para dormir salgo de la habitación.
Abro la puerta de mi habitación, vacía. Voy hacia la sala de la televisión, vacía. Camino a la cocina, pero tampoco está ahí. Ni en el sillón de la sala, ni en el inutilizable comedor. Camino hacia el gimnasio, pero las luces apagadas me indican que tampoco está ahí y finalmente me detengo frente a la ultima habitación por abrir: su oficina.
Estiro mi mano hacia la chapa de la puerta y la bajo y vuelvo a animarme y desalentarme en cuestión de segundos. Estoy por volver a la habitación, pero no puedo permitir que Edward duerma en el incómodo sofá que tiene aquí. Él dijo que nos comportaríamos como adultos si surgía algún problema entre nosotros. Lo dijo ayer.
Abro la puerta sin tocar, Edward no está acostado en el sofá como imaginaba, pero sí está en la oficina, sentado tras su escritorio mirando hacia la computadora. Doy pasos cortos y lentos hasta sentarme en la silla frente a él. Sus ojos se han quedado fijos en mí desde que abrí la puerta, no me mira enojado, ni serio, parece curioso y eso me anima a romper el hielo entre nosotros.
—¿No es muy tarde para trabajar?
—No estoy trabajando —dice elevando sutilmente sus hombros, no, no está trabajando. Está huyendo de mí. Muerdo mi labio inferior mientras pienso en las palabras correctas.
—Tienes que descansar. Mañana entras temprano al trabajo.
—No tengo sueño —responde al segundo.
Qué difícil. Miro mis manos sobre mis rodillas, me están temblando hasta las puntas de los dedos de nervios y me cuesta mucho mantener mis piernas quietas para que no golpeteen mis pies contra el suelo. Respiro despacio hasta encontrar el coraje necesario.
Al levantar de nuevo la vista hacia él descubro que sus ojos siguen sobre mí, suprimo mi sentido de cobardía que se ha vuelto parte de mí y me obligo a hablar.
—Ya anocheció.
Mira hacia la ventana del estudio como un reflejo más que para corroborar lo que he dicho.
—Lo sé.
—Dijiste que —me interrumpe.
—Sé lo que dije —abro y cierro la boca de golpe, paso saliva y vuelvo a mirar a mis rodillas. Ayer dijo que si teníamos una pelea lo hablaríamos y resolveríamos el problema antes del anochecer para ir a la cama juntos. ¿Ayer lo dijo, pero hoy ha cambiado de parecer? ¿Querrá que regrese mi ropa a mi habitación? Lo que me costó dejar todo ordenado a lo largo del día. ¿Querrá que me vaya?
Muerdo con fuerza mi lengua para luchar contra las ganas de llorar. Siento mi pulso acelerarse. ¿Y si él no cree que yo olvidé el cumpleaños? Tal vez piensa que todo está relacionado. Mi mentira, mi deseo de viajar, el cumpleaños de Charlie. Tiene sentido.
Él dijo que ya no confiaba en mí. Lo que es justo porque yo le he demostrado una y otra vez que su confianza no es correspondida al mismo nivel.
—Ven aquí —levanto la cabeza de mis rodillas, él hace su silla hacia atrás. Quiere que vaya a su lado. Insegura sigo su instrucción, me pongo de pie, rodeo el escritorio y me quedo parada a su lado sin saber qué tan cerca me quiere en realidad.
Palmea su rodilla señalando lo cerca que me quiere, la bola de púas desaparece poco a poco mientras me siento en sus piernas mirando hacia el escritorio. Pasa sus manos a cada lado de mí. Su mano derecha toma el mouse de la computadora y entonces le presto atención por primera vez al monitor.
Una página de una aerolínea.
Dos boletos comprados y nuestros nombres, parpadeo y releo para corroborar que no me lo estoy imaginando.
Lucho contra la sonrisa en mis labios.
—¿De verdad? —mi voz suena como si estuviera del otro lado de la habitación, a un volumen bajo y apenas compresible.
Siento sus labios contra mi hombro cuando habla.
—Promete que no habrá más mentiras entre nosotros.
No más mentiras a partir de ahora.
Ladeo mi rostro hasta encontrarme con sus ojos cálidos marinos. Asiento una decena de veces. Giro mi cuerpo para tener mayor alcance a él y comienzo a dejar besos repartidos en su rostro mientras mis manos se enredan en su cabello.
—Lo prometo.
—Confía en mí, Bella.
—Lo hago, lo hago tanto como puedo —suspira sacudiendo su cabeza en desacuerdo con mi falta de compromiso, pero no debate—. Me esforzaré más —añado al ver que mis palabras no son suficientes.
Sus ojos escanean mi rostro como si buscara una mentira y me mantengo tranquila devolviéndole la mirada. Paso mi pulgar sobre la mejilla de Edward antes de poner mi frente contra la suya mirando de cerca sus ojos azules que se convierten en uno por la falta de distancia.
—Eres un ciclope —sonríe con ligereza pasando sus manos a mi espalda.
—Tú también lo eres —nuestras narices chocan entre sí y puedo sentir su aliento estamparse contra mi rostro.
—Si te digo que eres la persona a la que quisiera contarle todo ¿me creerías?
—¿Contarme qué? —pregunta sin separarse, con su mirada atenta a mí.
—Todo.
—¿Lo harás alguna vez?
¿Lo haré? Aprieto los ojos como si él pudiera leer lo que escondo al mirar dentro de ellos.
—Tenemos tiempo —añade acariciando mi mejilla, vuelvo a abrir los ojos— y resulta que cuento con la paciencia suficiente para enseñarte a cocinar, creo que puedo ir a tu paso hasta que confíes completamente en mí —mi sonrisa se ensancha.
—Te amo, lo digo en serio, aunque no lo creas.
—Lo creo. Y yo te amo y me gustaría que creyeras en mí.
Cierro la corta distancia besándolo y me encuentro con su necesidad a la par de la mía.
—En cinco horas tenemos que estar en el aeropuerto.
—No necesito dormir cinco horas —se ríe, pero no protesta y lo siguiente que sé es que estoy levantando los brazos para que me quité la blusa de seda.
Yo ya sabía que Alice era una amante de las compras, pero ella no tenía límites. Apenas escuchó el miércoles por la noche que saldríamos de viaje, ella se apresuró a ir de compras por mí. Dijo que ya estaba en su agenda ir de compras y que en realidad desviarse a un par de tiendas no había sido ningún problema para ella, añadió un par de trajes de baño, pareos de playa, y shorts. Así que el viernes por la mañana se ofreció a llevarnos al aeropuerto y me entregó la bolsa de su compra para que la añadiera a mi equipaje. Apenas bajamos nuestras maletas nos deseó un fin de semana caliente, con todas las connotaciones posibles de la expresión, y puso su camioneta en marcha para seguir su camino.
Tal vez no había considerado un punto en mi contra con este viaje: entre las discusiones, mis múltiples llantos, la pelea con Charlie, la reconciliación increíble con Edward y las cuatro horas de sueño olvidé el mayor obstáculo al que me enfrentaba hoy: sobrevivir a un vuelo sin entrar en crisis.
Pero estaba tan animada con Edward tomando mi mano, pasando nuestros boletos, entregando la documentación, invitándome un café mientras esperábamos nuestros vuelos y conversando de los lugares a los que podríamos ir este fin de semana que no pensé lo que significaba para mí viajar en avión.
La alegría y euforia posterior a la tristeza de una pelea podía ser hasta cegadora, en mi caso me cegó a recordar que yo tenía un par de fobias tras la muerte de mis padres: tormentas y aviones. Lo entendí hasta que estábamos entrando al avión y vi las hileras de asientos, me congelé momentáneamente en mi lugar, pero el leve empujón de la mujer a mis espaldas me hizo avanzar contra mis propios deseos.
Sentí mi respiración más pesada y mis latidos del corazón golpearme una y otra y otra vez sin consideraciones. Edward se entretuvo subiendo al compartimento superior las maletas de mano y avancé robóticamente hasta sentarme al lado de la ventanilla. Error. Tras error.
Y ahora estaba aquí, en medio de una crisis nerviosa.
Encajo mis uñas en los descansa brazos de la silla cuando siento como el avión comienza a moverse, sostengo mi vista al frente sin querer mirar hacia la ventana a mi lado, en cuanto despeguemos podré cerrarla por completo y me esforzaré en fingir que no estamos a cientos de pies de altura, pero mientras tanto me concentro en no gritar, llorar o desmayarme.
Cuando viajé para encontrarme con Eric después de que Tía me echó tuve la peor experiencia de mi vida en un avión, me convertí en la pasajera llorona que pidió una bolsa de papel para respirar. Esperaba no volver a repetir la experiencia.
Mis pies aprietan contra el suelo como si pudiera romper la suela de mis zapatos.
—Sabes que las probabilidades de sufrir un accidente aéreo son mínimas en comparación a…
—Mis padres murieron en un avión así que tendrás que disculparme por no creer en esas probabilidades y comparaciones —no pretendía que mi voz sonara de esa manera, pero suena enojada, no con él, con la maldita vida y los aviones que se estrellan—, lo siento —me disculpo cerrando los ojos e intentando concentrarme en respirar.
Debí conseguir pastillas para el mareo, esas siempre consiguen hacerme dormir. Me gustaría tener un par a la mano en este momento, aunque es imposible.
Edward sujeta mi mano y yo mantengo mis dedos rigidos estirados, pero en cuanto el avión avanza con mayor velocidad mis dedos se entierran en la piel de Edward, es una suerte que mis uñas sean cortas. Contengo el aire como si mis acciones pudieran desembocar en una catástrofe.
Aunque ahora es peor, porque si este avión cayera no sería yo quien moriría. Lo haría también Edward. Abro los ojos aterrada ante esa posibilidad y me encuentro con los azules de Edward, parece preocupado, vuelvo a respirar hondo sintiendo un poco de nauseas que me obligo a controlar, me da una sonrisa pequeña y un apretón de manos.
—¿Tachamos sexo en el avión de tu lista? —pregunta intentando distraerme. Una risa ahogada sale de mis labios por la tensión y el miedo, con el pulgar de su otra mano recorre mi mejilla, sólo alcanzo a asentir porque tengo los dientes apretados con fuerza como si temiera gritar, sexo en los aviones tachado, no planeo quitarme el cinturón de seguridad incluso cuando podamos hacerlo—. Estaremos bien. Es un vuelo de dos horas, ¿quieres ver una película?
Dos horas. Las dos horas más largas de mi vida, las dos horas que son una tortura o karma, terrible mal karma por ser una mentirosa. ¿Sabes que hacen los aviones con la gente mentirosa? Los hacen gritar secretos.
—Dos horas son demasiado —apenas consigo decir esas cuatro palabras.
Cuando el avión se estabiliza, en los altavoces anuncian que ya podemos cerrar las ventanas, lo hago sin pensármelo dos veces. No necesito ver lo azul del cielo y lo lejos que estamos de tierra firme.
—Distráeme —pido con un hilo de voz sintiendo que será imposible hablar y aguantar las ganas de llorar, o vomitar, o reír histérica o yo que sé. Estoy totalmente fuera de control.
—Jasper va a cubrirme con las reuniones y clientes a cambio de no usar ropa de playa en la oficina —sonrío.
—No pensé que fueras a obligarlo a usar eso.
—No tendría sentido si no estaré ahí para verlo hacerlo.
—No eres tan malo como piensas —me pica la costilla y me río, aunque detecto un toque de nervios en la vibración de mi risa. Edward también debe hacerlo porque vuelve a apretar mi mano como apoyo.
—¿Un accidente de avión?
Asiento. Hablar de accidentes mortales de avión no debería ser una conversación para tener en un avión, pero la muerte de mis padres no es adecuada en ningún escenario así que da lo mismo si es aquí o en otro lugar.
—Había una tormenta —es todo lo que digo al respecto.
Lleva mi mano a su rostro y deja un beso en el dorso de ésta.
—Lo siento.
Yo también lo sentía. Recargo mi cabeza contra su hombro tanto como lo permiten el cinturón y los sillones.
—¿Alguna vez conoceré a tu padre?
—No es algo que te gustaría, créeme.
Levanto una ceja esperando por más detalles, pero su mirada se congela en las aeromozas que caminan por el pasillo empujando un carrito con comida y latas de refresco, está ganando tiempo.
—¿No crees que vaya a gustarle?
—Carlisle es el simpático. A mi padre no le agrado ni siquiera yo, así que no es la persona que quisiera cerca de ti.
—De acuerdo —digo sin intenciones de insistir en el tema, recargo mi mentón en su hombro observándolo de cerca, me sonríe y levanta una ceja.
—¿Cambiaste de parecer sobre el baño?
Me río sintiendo mis mejillas calentarse, pero niego con la cabeza. No me moveré de mi asiento, incluso aunque mis nervios hayan disminuido considerablemente. Edward deja un beso casto sobre la punta de mi nariz antes de girarse hacia las aeromozas para conseguir botana y emparedados para nosotros. Mi hambriento estomago lo agradece.
Al ver a la aeromoza de cabello rubio sonreírle a Edward mientras le entrega un par de botellas de agua siento la preocupación golpeándome. No porque piense que esa despampanante mujer tiene alguna oportunidad de robarse a mi novio, sino porque su cabellera me recuerda a la amiga de Alice y Edward, Rose. La encantadora mujer que me había contratado para retratarla junto a su esposo para su aniversario.
Mi primera cliente y ya había olvidado mis responsabilidades.
En cuanto Edward recibe su cambio y vuelve a mirarme detecta el cambio en mi humor.
—¿Estás bien?
—No le avisé a Rose que saldríamos de la ciudad. ¿Podrías decirle que el lunes iré a su casa? Quedé de ir hoy.
—Ya hablé con ella.
—¿Cuándo?
—Mientras hacías la maleta esta mañana.
Oh.
—¿Se molestó?
—Su aniversario es en dos meses, no es tan urgente como lo hizo ver. Pero le dije que cuando volviéramos te pondrías en contacto.
—Puedo ir el lunes —entre más rápido iniciara eso, más pronto tendría el dinero.
—No estaremos el lunes en la ciudad —levanté una ceja, ¿no?
—Entonces el martes.
Niega con su cabeza sin poder ocultar la sonrisa en su rostro.
—¿No pensaras que hice un cambio de apuesta con Jasper para que me supliera un par de días, no?
—¿Volveremos el miércoles?
Vuelve a negar y tengo que esforzarme para no dejar que mis ilusiones crezcan descontroladas.
—¿Cuándo?
—¿El viernes está bien para ti?
Una semana completa con Charlie, es mucho más de lo que habría siquiera soñado con tener. Paso mis brazos alrededor del cuello de Edward dejando besos en su cara, es un abrazo incomodo porque me resisto a quitarme el cinturón, pero su risa me demuestra que la incomodidad lo vale. Lo vale tanto como viajar en avión hacia Charlie con tal de volver a verlo.
—Te amo. Te amo. Te amo —digo entre cada beso que dejo en su mentón, mejilla y frente—. Eres mucho más de lo que merezco.
—Tonterías. Somos justo lo que merecemos.
Y mientras me da un beso subido de tono ignorando donde nos encontramos y con quienes alrededor lo creo completamente y por primera vez.
Les juro que es el bloqueo más intenso que he tenido con esta historia, me dio migraña, dolor de cabeza, insomnio y de todo y las palabras nomás no querían salir. Subí fragmentos del avance por Instagram y tuve que eliminar incluso una de esas escenas porque al final decidí hacerlo diferente, aunque el diálogo fue el mismo.
Agradezco mucho tu paciencia, tiempo de lectura, los comentarios que he recibido, y a las personas que me han estado enviando mensajes por Instagram y respondiendo las historias por ahí para ayudarme con ideas, realmente aprecio esto último. Seguiría dandole golpes con mi cabeza al teclado de no ser por esas personitas que mantienen el contacto.
Pero bueno, los recompenso con un capítulo de más de 9mil palabras.
¿Estás lista para conocer a Tía?
No olvides dejar tu comentario. ¿Qué te ha parecido este capítulo? ¿Cumplió las expectativas? ¿Y que tal Bella lidiando consigo misma para resolver el caos que creo?
El verdadero adelanto estará en mi cuenta de Instagram en unos días para evitar spoilers, ahí estaré poniendole adelantos y anuncios de actualizaciones porque FF ya no avisa.
Tía pinto las paredes del exterior de la casa en un horrible color melón, también dejó morir los rosales de mamá y retiró el césped para poner piso firme en todo el patio del frente. Es horrible. Edward se queda en el automovil porque se lo pedí, si alguien debe enfrentarla debo ser yo, no él. Y lo último que quiero es darle explicaciones de mi vida a ella.
Toco a la puerta un par de veces hasta que al fin aparece.
w w w . (insta gram) (.c o m) / Anbethcoro /
PD. ¿Te gustaría saber cómo fue el rompimiento entre Heidi y Edward? En un par de capítulos más estará esa escena en Una mujer sin corazón (la historia de Alice y Jasper) así que es una buena oportunidad de ponerte al día para enterarte de esos detalles que no aparecen aquí.
