XLI
Claroscuro

Después de que Eren dijo aquellas palabras, mis entrañas desaparecieron de mi cuerpo. Me quedé rígida, incapaz de pensar. No podía creer que fuese Armin el hombre carbonizado que yacía sobre el techo. Ni siquiera era capaz de preguntarme qué mierda le había pasado para quedar así.

—Aún sigue con vida —dijo Eren, poniéndose a mi lado—, por eso necesita la inyección. Según el capitán Levi, eso le convertirá en un titán. Después, haremos que se coma a Bertholdt y, de ese modo, heredará el titán colosal y se recuperará.

Les juro que, en cuando Eren acabó de hablar, mis entrañas regresaron a mi cuerpo. Fue como si agua caliente se regara por mis venas, recuperando el calor y las esperanzas. De hecho, cuando Levi se aproximó a Armin, me decía a mí misma que él iba a sobrevivir y que, por añadidura, tendríamos a otro titán cambiante en nuestras filas, y uno bastante poderoso. Aunque no me gustara que Armin debiese arriesgar su vida por ello, también debía admitir que él sabría cómo darle un buen uso al titán colosal.

Sin embargo, como era común en nuestra guerra contra los titanes, las cosas siempre tendían a complicarse más de la cuenta.

Escuchamos unos sonidos que provenían desde un lado del techo. Fui a investigar, y vimos a un soldado pelirrojo de peinado de cresta de gallo cargar a otro. Al principio pensé que se trataba de cualquier otro soldado, pero al ver el cabello rubio peinado hacia un lado, me di cuenta que se trataba de Erwin.

—Aún sigue con vida —dijo el soldado con una voz forzada, quien, si mi memoria no me fallaba, se llamaba Floch Forster—. Si le van a dar ese suero a alguien, tiene que ser al comandante.

Y Floch dejó el cuerpo de Erwin junto al de Armin. Mirándolo un rato, comprobé que aún respiraba, pero tenía una herida muy fea en su costado, aunque no sabía cómo había terminado así. Si no le daban el suero, seguramente iba a morir.

Y ese era el drama.

Por una parte, yo y Eren queríamos que Armin recibiera el suero, pero Floch quería que Erwin fuese el elegido. Yo había visto lo suficiente de la relación entre el capitán Levi y el comandante Erwin para entender que él también estaría de acuerdo en darle el suero a Erwin. Sin embargo, pese a que era Levi quien debía tomar la decisión, yo deseaba honestamente que fuese Armin quien se salvara. Mientras tanto, Levi miraba a Armin y a Erwin, como ponderando quién de los dos debía vivir. ¿Por qué diablos las cosas nunca son simples? Si no hubiera aparecido ese maldito Floch, Armin estaría heredando el titán colosal en ese momento.

Y, por si fuera poco, llegó otro soldado al techo, Lo reconocí como uno de los que me ayudaban a buscar a Historia. Se me hizo otro nudo en el estómago.

—Encontramos a la reina en una casa no lejos de aquí —me informó el soldado—. Está gravemente herida. Si no hacemos algo pronto, no va a sobrevivir.

Aquellas palabras me arrancaron completamente de la situación. De repente, había una tercera persona que necesitaba el suero, y era mucho más importante que Erwin o Armin, tanto para mí como para la humanidad. Sin decir ni una sola palabra, asumiendo que Levi había escuchado la conversación, hice que el soldado me acompañara hasta la casa en la que se encontraba Historia.

—Espera aquí —le dije, y él hizo el saludo militar—. Iré a comprobar su condición.

Temblando de la cabeza a los pies, me adentré en la casa, dirigiéndome a una de las habitaciones del primer piso. Había algunas tablas sueltas, mesas volteadas, y las ventanas estaban rotas. Se percibía un olor a humedad en toda la casa. La puerta del cuarto en el que descansaba Historia se antojaba desvencijada, y cuando la abrí, una de las bisagras se salió de su posición.

Historia yacía de espaldas sobre la cama, con los ojos cerrados. Tenía la cara ensangrentada y el cabello polvoriento. Su uniforme estaba chamuscado en varios lugares, y pude ver una horrenda quemadura en su brazo derecho. Era como me lo habían descrito. Se hallaba en muy mal estado.

—Hola, Mikasa —dijo ella, abriendo los ojos y mostrándome una sonrisa—. Como esperaba, viniste.

Yo me quedé con la boca y los ojos muy abiertos. El soldado me había dicho que ella se encontraba en un estado crítico, y asumí que sin el suero, no sobreviviría. Pero allí estaba, sonriéndome como si no hubiera sido engullida por una explosión.

—Pe-Pensé… qué…

—Discúlpame por eso. Realmente quería que vinieras a verme, por eso lo dije al soldado que me había encontrado que me encontraba en estado crítico—dijo Historia con una risita, pero apenas lo hizo, se llevó una mano al pecho, y asumí que tenía alguna clase de fractura allí—. Las lanzas relámpago están diseñadas para estallar hacia delante, no de forma radial. Lo que me dañó más fue el calor y la onda de choque. Eso explicaría por qué tengo esta maldita quemadura en mi brazo. Como puedes ver, no tengo heridas que pongan en peligro mi vida.

La verdad, no podía articular palabra ante lo que estaba viendo. Había derramado lágrimas por ella, había sufrido pensando que ella estaba muerta, pero verla hablar de sus heridas como si no fuesen gran cosa, era simplemente desconcertante.

—No creas que no duele —dijo Historia, como leyendo mis pensamientos—, porque duele como los mil demonios… al menos al principio. Fue Ymir quien me dio un analgésico natural para calmar el dolor.

—¿Ymir? —pregunté, segura de que no había oído bien.

—Créelo o no, la Policía Militar no inició ninguna causa legal en su contra, pese a lo del secuestro —dijo Historia, quien lucía ligeramente divertida—. Estaban más ocupados del desastre que dejó el vacío en el gobierno que de efectuar cortes marciales. Además, como su reputación anda por el suelo en estos momentos, pues cualquier cosa que hicieran caería e oídos sordos. Por eso, la perdonaron, pero le prohibieron ingresar a la Policía Militar nuevamente.

—¿Y se unió al Cuerpo de Exploración?

—Con otro nombre, claro —explicó Historia acomodándose en la cama—. Se tiñó el cabello y le dio otro estilo, de forma que nadie pudiera reconocerla.

Las palabras de Historia me hicieron recordar a la vez en que había visto a una mujer entre nuestras filas, que usaba el cabello rubio y que me había resultado familiar. Ahora lo entendí todo. Se trataba de Ymir.

—¿Y por qué no te llevó lejos de aquí?

—Dijo que ya no tenía sentido hacerlo, ahora que mis secretos ya eran públicos —dijo Historia, llamándome con un dedo, y yo me aproximé a ella, tomando una silla volteada y sentándome sobre ésta—. Además, fue testigo de lo que hicimos para derrotar a Reiner, y admitió que nosotras estábamos hechas la una para la otra. Ya no va a ser un problema.

—¿Y qué pasa con la amenaza que recibió?

—Está dispuesta a aceptar las consecuencias. Lo único que lamenta es no haber aceptado antes lo que había entre tú y yo.

Me quedé en silencio, pensando en la historia de mi prometida, cuando me percaté de la razón por la que había acudido a esa casa en primer lugar.

—¿Entonces, me hiciste venir aquí por nada? ¿Tienes alguna idea de lo que tuve que afrontar? ¡Pensé que estabas agonizando!

—Era la única forma en que vinieras aquí.

No dije nada ante eso. Decidí salir de la casa e informar al soldado que Historia no necesitaba atención médica urgente, de forma que él se lo comunicara al capitán Levi. Después que el soldado hubo partido, volví a la habitación en la que yacía Historia.

—Debo irme —dije, y, me imagino que Historia vio la expresión de urgencia en mi cara, porque no puso ninguna objeción—. Armin está en peligro de morir, y depende del capitán Levi si sobrevive o no.

—Es lamentable oír eso —dijo Historia con voz queda, luciendo apenada—. Anda. Yo te esperaré aquí.

—No. Enviaré a alguien para que se ocupe de ti. Necesitas atención.

—Está bien.

Como una exhalación, salí de la casa y usé mi equipo de maniobras para llegar al techo donde se encontraba Armin. Sin embargo, cuando vi la escena, me di cuenta que algo había salido mal.

Eren yacía en el suelo, con la nariz ensangrentada, mirando con rabia cómo Levi inyectaba el suero en…

—¡Maldito enano de mierda! —rugí, y en dos zancadas, llegué adonde se encontraba el capitán, pero ya era demasiado tarde.

Levi había escogido a Erwin por encima de Armin.

—¡Serás…! —grité, y agarré a Levi por el cuello y lo tiré al suelo, desenvainando mi espada, y traté de hundirla en su pecho, pero él sostuvo mis brazos, de modo que no pudiera matarlo. Por varios segundos forcejeamos, rugiendo y exclamando incoherencias, hasta que Hange me separó de Levi, aunque era obvio que le costaba horrores sostenerme.

Levi se puso de pie como si no hubiera estado al borde de la muerte, y me dedicó una mirada de indiferencia.

—Erwin dijo que la decisión de usar este recurso recaía en mí, y yo escogí a Erwin. La decisión está tomada. Acéptalo.

Yo, pese a que seguía forcejeando con Hange, entendí que ya no había nada que hacer. Aflojé los brazos, y Hange hizo lo mismo. Caí de rodillas, mirando cómo Erwin, transformado en titán, se aproximaba a nosotros.

—Vámonos —dijo Eren con voz ronca, y yo, poniéndome de pie a duras penas, abandoné el techo de la casa, dejando a Bertholdt solo con Erwin.

Aterrizamos a tres casas de distancia, viendo a Erwin tomar a Bertholdt, quien comenzó a gritar, tratando, en vano de zafarse. De todos modos, no contar con brazos y piernas hacía imposible el escape. Pero aquello no era consuelo para mí. Pese a que Historia había sobrevivido a la batalla contra Reiner, no pude evitar llorar por la muerte de Armin. De todas formas, él había sido mi amigo desde mucho antes de conocer a Historia. Y estaba segura que a Eren le dolía más que a mí, aunque intentara heroicamente de ocultarlo.

De esa forma, la misión de retomar Shiganshina había acabado con una amarga victoria. Se perdieron demasiadas vidas en aquella batalla, entre ellas, Armin, alguien que, como Historia con Reiner, había decidido arriesgar su vida para que Eren pudiera tumbar al titán colosal. No hizo ninguna pregunta, no pidió permiso para ello. Lo hizo pese a las consecuencias, pese a que jamás podría ver el mar.

Al final, era eso último lo que más me entristecía de su muerte. Había partido de este mundo sin cumplir con su sueño.