Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
La tormenta y la calma (I/II)
Angielizz (Anbeth Coro)
Creo que nunca había tardado tanto en publicar, la verdad estaba muy bloqueada con este capítulo porque no conseguía quedarme como quería y borré creo que el doble de lo que dejé. Lo dividí en dos partes porque me extendí y extendí, así que ya esta casi lista la segunda parte. Sin más que añadir, gracias por la espera.
Nota al final.
Jueves, casi una semana después, 19:20
Salgo de mi vieja habitación con las manos vacías, no hay nada ahí que me pertenezca. Ahora esa recamara es de Tía, al igual que el resto de la casa. Se ha dedicado a lo largo de estos meses a borrar mi rastro en lo que alguna vez fue mi hogar. Me acerco a las escaleras para asegurarme que ella siga en la cocina, se supone que estoy con Charlie en su habitación, no merodeando las habitaciones como una intrusa.
Presto atención y escucho.
—Me alegra corroborar que Charlie esté en buenas manos —escucho la tranquila voz de Edward—, Bella lo extraña, pero todos sabemos que lo mejor es que el niño esté con usted.
—Bella es una niña, ¿cómo podría cuidar de él? —aprieto los labios y respiro hondo para no lanzar un insulto.
—Es joven, y nuestra vida en la ciudad es… —Tía lo interrumpe.
—Ocupada, por supuesto. Bella debe enfocarse en sus estudios y el trabajo, no en un niño.
—Así es —se pone de su lado Edward, mi pulso se acelera con fuerza, pero nuevamente controlo el deseo de intervenir, no puedo hacer eso, no se supone que esté espiándoles sino con Charlie.
—¿Entonces ya no quiere la custodia? —indaga ella. Sí, por supuesto que sí. Pero en lugar de eso, Edward responde con tranquilidad:
—No lo creo, tiene planes, está enfocada en su trabajo y nosotros queremos viajar, por supuesto que la ayuda económica para Charlie seguirá llegando, pero Bella no piensa en la custodia. Es muy joven para eso.
¿Cómo habíamos llegado a esto?
Supongo que lentamente a lo largo de estos días algunos eventos nos empujaron a este punto: yo hurgando en las habitaciones y Edward hablando con Tía de mi incapacidad de cuidar de Charlie.
Viernes, días antes, 11:30
El avión aterrizó a las diez de la mañana, conseguir un taxi que quisiera dejarnos en la casa de Edward no fue difícil, no cuando llevabamos maletas de marca y ropa que gritaba dinero por todas partes. La tarifa que nos dieron me pareció elevada, pero Edward no regateó el precio, aunque él no lo hacía nunca, así que yo me mordí la lengua para no quejarme y decirle al taxista que yo sabía los precios reales de aquí.
Sin embargo, ¿cómo iba a ponerme a discutir sobre veinte dólares más o menos, después de haberlo dejado pagar mi boleto de avión?
A pesar del mal comienzo de nuestro viaje, el ataque de pánico que tuve en el avión y que fui la única pasajera que gritó al aterrizar, una vez estando en tierra firme mis ánimos volaban por las nubes, vaya ironía.
Era mi primer viaje en compañía de un hombre, era extraño como en la ciudad de Edward me sentía más adulta, sin analizar sobre las cosas que estaba haciendo o viviendo, por ejemplo, no había reflexionado en el hecho de que estaba viviendo con mi novio, era algo que daba por hecho, era un evento que había ocurrido por casualidad se podría decir, y el resto se fue dando a lo largo de las semanas de convivencia.
¿Imaginarme hace dos meses volviendo de la mano de un hombre? No lo creería posible. Pero aquí estaba. Regresando a mi hogar después de casi un año de haber partido contra mi voluntad, y en un acto desesperado e ingenuo por creer que encontraría en el imbécil de Eric la tranquilidad que me daba Edward viajé a la otra punta del país.
Pero aquí estaba, al fin, en casa, la pequeña ciudad de mi infancia. Sin embargo, mi emoción no era solo por el hecho de volver, también porque era nuestro primer viaje juntos, mi primer viaje con un hombre. En la ciudad nosotros casi no salíamos durante el día, los horarios del trabajo eran un impedimento importante, pero estando de vacaciones era como si flotaramos en un tiempo detenido.
Sin nadie cerca que pudiera juzgarnos, sin nadie que conociera a Edward, sin sentir el peso de nuestra brecha de edad, económica y situación familiar alejándonos, me sentía diferente. Aunque tal vez se debía a que había una situación que era también distinta a las semanas anteriores: hace dos días él había dicho que me amaba, y el día anterior yo había estropeado por completo nuestro día con mi mentira sobre Charlie y mi verdadera razón de querer venir aquí, pero ahora estábamos bien, no había secretos (nuevos) ni rencores entre nosotros. Éramos sólo él y yo, y me amaba y estábamos en mi hogar.
Y en tierra firme, después de dos largas horas de tortura emocional.
Así que en cuanto llegué al último escalón para que mis pies tocaran la pista de aterrizaje, me sentí diferente. Le sonreí a Edward que me dio una mirada dudando entre si debía preocuparse por que fuera a vomitar o atento a un desmayo de mi parte, pero nada de eso ocurrió, en su lugar salté ese último escalón rodeando mis brazos alrededor de su cuello, y como él llevaba en sus manos nuestras dos maletas de equipaje de mano quedé colgando solo unos segundos de su cuello antes de torpemente tocar el suelo firme.
—Sobreviví —dije sonriente.
—Por supuesto que sobrevivimos —su voz era divertida.
Le quité una de las maletas para poder tomar su mano y así caminamos hasta el área donde teníamos que esperar a nuestro equipaje documentado.
Edward se quitó su jersey de mezclilla mientras se quejaba por el calor que hacía cuando apenas era febrero, y le recordé que el calor no podía matarlo como si lo podía hacer el frío de la ciudad en la que vivíamos. Y él nada sutil me recordó de los peligrosos golpes de calor, aunque eran imposibles a veintiséis grados. Pero él no mentía, hacía el calor suficiente para que mi blusa de manga larga me resultara ridícula y agobiante, así que lo dejé esperando por nuestras maletas grandes y fui al baño de damas a cambiarme de ropa.
Alice, compradora compulsiva y selectiva en atuendos adecuados había añadido a mi maleta ropa de verano. No hacía el calor que requiere andar en pantalones cortos, pero sí el suficiente para querer andar sin sueter y con blusas de manga corta. Elegí una bonita de mangas caídas con flores que dejaban al descubierto mis hombros.
Cuando salí del baño, Edward ya estaba esperándome con tres maletas, se había puesto unos lentes de sol que lo hacían lucir como esos hombres de revista.
—¿Por qué esa cara? —preguntó mientras me le quedaba viendo sin reaccionar.
—Te ves muy besable —una sonrisa ladeada y divertida apareció en su rostro volviéndolo dos veces más besable.
—Te demostraré lo muy besable que tú te ves con esa blusa.
Y no bromeó sobre demostrármelo, porque después de aceptar subir al taxi a pesar de la tarifa elevada, no dejó de besar mi cuello y decirme cosas al oído haciéndome reír y sonrojar porque sabía que posiblemente el buen conductor estaba escuchando todo. Aunque eso le pasaba por cobrarnos el doble.
—¿Ya decidiste qué quieres hacer en la semana? —pregunta mientras pone sus labios en mi cuello sacándome risitas tontas.
—Uh… no —¿cómo iba a tener tiempo para pensar si no había tenido tiempo alejada de él y él tenía la habilidad para embrutecer mis ideas cuando lo tenía así de cerca?
—¿Quieres que te diga algunas opciones de lo que podríamos hacer? —pregunta mientras su lengua se desliza cerca del lóbulo de mi oreja provocándome escalofríos, aprieto su mano en una petición silenciosa de que pare, pero repite la acción.
—S… sí.
—Clases de conducir —sacudo la cabeza.
—¿Qué?
—¿Sabes hacerlo?
—No necesito eso.
—Por supuesto que lo necesitas.
—¿Y por qué eso es un plan? —pregunto recargando mi espalda contra la puerta poniendo distancia entre sus labios y mi piel para poder pensar.
—Porque aquí no hay tantos automóviles como en la ciudad.
Me da una sonrisa que no pretende ser burlona sino condescendiente, pero que es igual de burlona e insultante.
—Esto es una ciudad también —debato y miro hacia la ventana.
—Es apenas más grande que un pueblo, Bella. De hecho, lo de ciudad es sólo porque su nombre lo incluye —no iba a decirle que lo de ciudad era porque teníamos dos mil habitantes por encima de lo que la descalificaba de un pueblo, porque eso le daría un punto.
—Para, para, estás siendo grosero con este lugar y apenas llevas quince minutos aquí.
, Reconozco las calles y los lugares tras mi ventana, viví toda mi vida aquí y si me esfuerzo un poco puedo atraer los recuerdos con facilidad, sé, por ejemplo que cruzando la siguiente avenida hay una nevería a donde papá y mamá nos traían al menos una vez al mes para tener un día en familia. Y que al doblar en la siguiente calle una mujer vende las más deliciosas pizzas al horno de la ciudad, que no es un restaurante sino una casa con un sencillo letrero que indica que las pizzas al horno se hacen bajo pedido.
El taxista sigue conduciendo y antes de que llegue siquiera sé que va a detenerse porque hay un semáforo ya que en esa cuadra hay una primaria, la primaria en la que asiste Charlie, la misma a la que asistí yo, papá era quien me traía todos los días a la escuela mientras mamá se encargaba de pasar por mí.
—Esa es la escuela de Charlie —comento con mi mano recargada contra el cristal. Edward deja un beso contra mi hombro desnudo—. Nosotros podríamos —pero antes de que pueda terminar de decir mi descabellado plan sobre bajar y saludar a mi hermano de lejos, Edward anticipa mis palabras y me interrumpe con voz suave.
—No podemos.
—Podemos —debato, sería tan simple como pedirle al taxista que se detenga.
—Tienes una ventaja ahora: ella no sabe que estás aquí —dejo de mirar a la ventana y me concentro en mi acompañante.
—¿A que hora inicia la fiesta?
—A las tres.
—Sólo faltan cuatro horas.
—Y llegaremos a las cinco de la tarde.
—¿Por qué? —¿por qué desperdiciar tanto tiempo?
—Si llegas temprano no creo que nos deje entrar, pero…
—Si hay invitados, tendrá que ser amable.
No es un mal plan, es ingenioso, excepto que necesito hacer uso de mi paciencia para no sentir que estás horas serán eternas.
—Suena a una eternidad de espera —sonríe esta vez juguetón.
—Prometo hacer algo al respecto —y él siempre cumple con sus promesas, sobre todo aquellas que traen implícito algo más.
Cuando nos alejamos del centro de la ciudad tomamos un camino para salir de la ciudad y luego la carretera que se encuentra cerca de las playas, así que la mayoría de nuestro trayecto tiene vista al mar y justo como había dicho Edward su casa se encontraba a media hora. Lo que no dijo es cuán exclusiva era la zona, por supuesto que sabía de este lugar. Cada viaje a la playa en familia fue parte de nuestra ruta para llegar a nuestra playa favorita.
El taxista no había dado la tarifa por nuestra vestimenta o la marca de las maletas, él había dado la tarifa al saber el destino. Había acceso controlado con seguridad y todo. Edward dio su nombre completo y el número de casa y nos dejaron entrar sin mayores revisiones.
—Cualquiera podría entrar aquí con tus datos —comento mientras el banderín se levantaba para que el taxi avanzara.
—La computadora tiene mi fotografía, tengo que actualizarla cada que quiero entrar.
—¿No estaba en Airbnb?
—Tengo a una persona a cargo de eso y él se encarga de actualizar las fotos de los visitantes.
—¿Y aquí vive alguna celebridad? —las mansiones a nuestro alrededor lo ameritaban.
Edward me dio una larga mirada a mí y después al taxista antes de responder.
—Por supuesto que no —abro y cierro mi boca, por supuesto que sí, pero no iba a poner en evidencia a ninguna de esas anónimas celebridades frente al taxista. Miro hacia las casas que pasábamos como si fuera a encontrarme a algún actor podando su césped o un cantante barriendo la acera frente a su casa.
Para mi decepción nada así ocurre, lo que sí consigo es ver a algunas personas en sus patios, completamente desnudas mientras toman el sol o pasean alrededor de la alberca. Miro hacia el frente de manera veloz y la risa de Edward demuestra lo evidente que he sido al respecto.
—¿Eso es… legal?
—La gente que vive aquí paga para que ciertas cosas sean legales.
—¿Cómo qué?
—Mientras estén en sus propiedades, todo es posible.
—Eso es exhibicionismo, ¿qué hay de los niños?
—Los niños están en la escuela. Hay horarios para permitir esto.
—¿Y si no hubiera clases?
—Hay un grupo donde todos los residentes están conectados, si alguno llega a faltar avisa para evitar incomodar a los niños.
—¿Incomodar? ¿Eso es un eufemismo para decir perturbarlos con… —señalo hacia la ventana sin atreverme a terminar la frase con el taxista frente a nosotros.
—La casa blanca con naranja —apunta Edward.
¿Con naranja? No parece un color para Edward.
Si esta era su casa de verano no quería ni imaginarme cómo era la casa en la que antes planeaba vivir con… bueno, la casa en la que planeaba vivir. Porque el plan de vender el apartamento y mudarse seguía en píe. Edward paga no sólo la elevada tarifa, sino que aparte le deja propina al conductor.
Levanto una ceja observando hacia la casa blanca y anaranjada con detalles en ladrillo rojo, con un estilo veraniego que sólo las películas tienen, las películas y la gente con dinero, claro. La gente con dinero que gusta de despilfarrar su dinero a taxistas sin protestar.
—Es bonita —alabo después de que el taxista baje nuestro equipaje con más animo que al principio luego de recibir su paga; aunque la casa es mucho más que sólo bonita, pero no quiero que piense que estoy impresionada.
—Necesita algunos arreglos —dice empujando nuestro par de maletas grandes hacia la casa, lo sigo jalando nuestro equipaje de mano, un par de maletas pequeñas con llantas. Se acerca a la puerta e introduce la llave para abrir.
—¿Cómo conseguiste tener tantas propiedades a tu edad? —pregunto mientras él presiona los botones en la puerta para poner la clave y que se abra. Nos quedamos frente a la puerta semiabierta mientras él responde.
—Esta casa no la compré. Mamá se quedó con ella en el divorcio, pero nunca quiso vivir aquí, así que cuando Alice cumplió dieciocho nos cedió la casa a los dos. Estaba abandonada y requirió una inversión para hacerla habitable, además tenía varias multas del condominio y… en fin.
Abre la puerta y se hace a un lado para que pase primero. No sé qué esperaba, pero esto es muy diferente a su apartamento, así que sé que no esperaba nada de esto. Las paredes no son blancas y la decoración no tiene colores oscuros y azules, todo aquí son colores cálidos y veraniegos, como lo sería una casa en la playa, por supuesto.
—Cuando Alice quiso empezar lo de su cafetería necesitaba una cantidad de dinero importante, y cuando consiguió recuperar la inversión le o frecí comprarle su parte de la casa y así ella podría tener el suficiente dinero para abrir otra sucursal sin descapitalizarse. Yo no necesitaba el dinero, ella no quería la casa que fue de Aro —se encoge de hombros— consiguió abrir otras tres cafeterías y yo conseguí esto.
Lo que tiene sentido.
—¿Y el departamento? —pregunto sin querer que esa puerta de Edward parlanchin se cierre, nunca hablamos de su trabajo ni de su evidente capacidad de planear viajes con horas de anticipación o el hecho de que tiene tres propiedades y sólo treinta y tres años. Y sé que no hablamos de eso porque no habría nada que contar de mi parte, no tengo un trabajo estable siquiera, no tuve durante meses un colchón de cama al cual caer dormida y a mis veintidos años contaba con una lista más larga de malas experiencias que de experiencias de viaje.
Camino hacia la sala, hay un sillón con forma de L, con varios cojines en tonos marrones con una frazada colgando del descansabrazos. No, esto no es nada como el penhouse.
—Eso sí fue algo mío —y suena orgulloso de su propio logro. Sonrío sin poder evitar que mis ojos vayan hacia las cortinas que cubren unos largos ventanales. Quiero ver el mar, así que sin pedir permiso camino hacia ahí y muevo las cortinas, entrecierro los ojos para adaptarme al cambio de luz—. Estuve ahorrando casi todo lo que ganaba desde que empecé a trabajar, aunque a veces teníamos que invertir en arreglar las oficinas. Conseguí un crédito hipotecario por recomendación de Carlisle, decía que el dinero en mi cuenta iba a perder valor para cuando terminara de juntar lo que requería, así que hice eso y hace un año terminé de pagar el crédito.
—Fue una buena elección… ¿Y la otra casa? —la propiedad tiene su propio camino para llegar a la orilla del mar. Hay faroles alrededor del camino y una sala de jardín en un espacio abierto. Todo es calidez aquí.
—Otro crédito… por eso está en venta el departamento. No tengo intenciones de pagar tres veces el valor de esa propiedad cuando podría liquidarlo con el dinero de la venta —para cuando termina de hablar, Edward está parado a mi lado mirando hacia las olas. Al observarlo me doy cuenta que la casa que había adquirido no lo llenaba de orgullo como sí lo hacía el departamento.
Su plan de casarse lo llevó a comprar esa casa, si él sólo había elegido el relleno del pastel para la boda ¿habría elegido la casa?
—No suenas muy emocionado por mudarte —tanteo el terreno.
—Me gusta el apartamento. Es céntrico y estoy a menos de diez cuadras de mi oficina. Mudarme será un poco caótico al principio, pero me acostumbraré. La mayoría de mis conocidos viven a las afueras.
—¿Y vender la casa no es una opción?
—La casa fue una buena compra, requiere arreglos todavía y está sin amueblar así que…
—Necesitas vender el apartamento para mudarte —concluyo.
—El apartamento es un lujo, pero es muy limitado. No puede ampliarse, pago un alto mantenimiento, hay muchas reglas y sólo tengo permitido tener un vehículo.
—¿Y te gustaría tener más de un carro?
—Al menos tener esa posibilidad abierta —los hombres y los automóviles.
—Por suerte, a ti todo te sale bien, ¿no? —pregunto rodeando su cuello con mis brazos parándome con las puntas de mis pies y dejando mis labios cerca de los suyos.
—¿Eso crees? —Edward pasa su mano tras mi nuca para besarme, siento mi estomago revolotear por él mientras le devuelvo con el doble de ganas el beso.
—Eso sé —respondo cuando sus labios comienzan un recorrido hacia mi cuello.
—¿Tienes algo en tu lista que incluye el mar? —pregunta mientras pasa sus labios por mi garganta.
—Ni lo pienses, hay personas en la playa y seguro que desde las casas puede verse todo —pero sus labios siguen descendiendo hasta llegar a mi escote.
—No lo puse yo en la lista.
—Quería verme atrevida.
—Ya me lo pareces. Podemos ir en la noche.
—¿Y las mantarrayas? ¿los peces globo? ¿Las piedras? —me rueda los ojos a propósito para demostrar su burla.
—¿Y la arena? —sin poder evitarlo miro hacia la playa imaginándonos al aire libre y con las olas a nuestros pies.
—Sólo si no hay luna.
Su sonrisa parece satisfecha ante mi pequeña objeción.
—¿Dónde está nuestra habitación?
—Te mostraré cada espacio de esta casa, esto de aquí es la sala.
—Ya lo supuse por los sillones —bromeo apretando al final los labios para no reírme. Edward pasa sus manos por debajo de mi blusa acariciando la piel de mis costillas—, me gusta eso —digo mientras vuelve a repetir la caricia con el dorso de sus dedos.
—Ya quiero que sea verano —dice mientras su lengua recorre la piel expuesta de mis hombros, echo la cabeza hacia atrás para darle mayor acceso a mi piel.
—¿Sí? Parecías uno de esos amantes del invierno en el aeropuerto —apenas alcanzó a terminar mi comentario burlón antes de sentir un escalofrío por sus besos.
—Valdrá la pena el calor si usaras este tipo de ropa.
En la ciudad casi siempre iba con blusas de manga larga, sueter o vestidos con mangas.
—O puedo no usar ropa.
Se ríe contra mi cuello mientras sus manos empujan mi blusa hacia abajo, colaboro jalando las manos hacia abajo y él se encarga de tirar de mi ropa hasta que llega al suelo. Me quedo de pie con un brassier sin tirantes.
Pasa sus manos por mi espalda y el brassier desaparece.
—Podrías no usar ropa —repite estando de acuerdo conmigo.
Vuelve a besarme aunque esta vez la boca, pasando su lengua sobre mis labios en una caricia inocente y a la vez cargada de intimidad. Me aprieta contra su cuerpo y siento su erección contra mi cadera, lo que es suficiente evidencia de cuánto me desea. Llevo mis manos a su camisa y la jalo hacia arriba para quitársela, colabora sin resistencias, levantando sus brazos y terminando de jalar de ella para sacarla. Paso mis manos sin permiso sobre cada centímetro de su cuerpo, recorriéndolo con lentitud sin anticiparme.
—Me gustas tanto —digo mientras voy dejando un recorrido de besos de un lado a otro de su mentón, mi dedo índice pasea por su cuello y luego baja por su abdomen. Mis manos se mueven veloces para quitarle el cinturón, bajo la bragueta y me hago cargo del botón. Introduzco una mano debajo de su ropa interior y Edward recarga su frente contra mí. Jalo los pantalones hacia abajo para darme mayor acceso a él.
Mis manos se mueven veloces, turnándose entre apretar y extenderse por su longitud, los dientes de Edward se clavan contra la piel de mi hombro y un gemido sale de improvisto, no un quejido por el dolor, sino un gemido de placer por la sensación de sus dientes rasguñando mi piel.
—Sigue haciendo eso —digo hablando con mis labios contra la piel que está justo encima de su corazón.
Y repite la acción de morder, mi hombro, mi cuello, justo encima de mi clavicula, apenas crea presión contra mi piel, sus dedos se vuelven dulces garras contra mi espalda incrustrandose en mi piel para sujetarme y motivarme a seguir con los movimientos contra su dura erección.
Vuelvo a gemir, esta vez más alto que antes cuando sus dientes se clavan con más fuerza contra mí. Una de sus manos va a mi pecho y aprieta levemente contra mi pezón, haciendo de sus dedos pinzas que envían calor al resto de mí.
—Por favor, sigue —imploro acelerando los movimientos de mi mano. Su otra mano se desliza a mi entrepierna y sin dificultad encuentra el acceso a mi interior, siento mi cabeza girar mientras un par de sus dedos comienza a bombear placer, crea presión contra mi clítoris sin dejar de moverse en mí y pronto me encuentro moviendo mis caderas aún de pie.
—Eres preciosa, Bella —suelto un jadeo involuntario cuando sus palabras se mezclan con el movimiento preciso para dar con ese punto que lo hace el dueño de hacerme enloquecer en la cama. Con una mano sigo acariciándolo mientras mi otra mano va a su antebrazo para motivarlo a seguir haciéndome lo que sea que me esté haciendo—, ven aquí —dice rompiendo con la distancia entre nosotros, termina de quitarse el pantalón y yo bajo por completo el mío. Edward se sienta en uno de los sillones, pero en lugar de hacer lo que él quiere me pongo de rodillas en el lugar a su lado y antes de que proteste agacho mi cabeza lo justo para introducirlo en mi boca—, joder, sigue.
Sonrío, ya tendré tiempo más tarde para molestarlo con sus groserías españolas. Por ahora lo único que quiero es apagar el fuego que nos envuelve a los dos, la posición en la que me encuentro le da acceso a mí y lo sabe, así que vuelve a introducirse en mi interior creando una sensación de lava y chispas en toda mi piel. Su otra mano sobre mi cabello apremia mis movimientos, se enreda en éste mientras me dice lo mucho que me desea y lo bien que me veo en ese momento, sonrío sin parar de moverme, apretando y succionando mientras él sigue empujando y dando círculos en mi interior, enloqueciéndome con las oleadas de emociones.
Gimo contra él, sin dejar de moverme, dedicada a la tarea de darnos mutuo placer.
—No así —dice de pronto y entiendo a lo que se refiere así que dejo los juegos y me levanto sólo para volverme a poner a horcajadas sobre él. Sus ojos azules son fuego y sé, sin duda alguna, que es por mí. Pone sus manos en mi cadera y bajo lo suficiente para encontrarnos y fundirnos de nuevo. Sus ojos siempre fijos en mí, mis labios se entreabren ante la presencia de su cuerpo y Edward atrapa mis labios en un dulce y cálido beso.
Él es todo calidez siempre.
—Te amo —le digo en algun momento mientras mis caderas se mueven atrapadas en un frenesí, aprieto los ojos y entreabro los labios antes de que todo mi cuerpo se tense por la explosión del orgasmo. Tiemblo y me sacudo ante sus caricias.
—Te amo tanto —responde él empujando con sus manos mis caderas para invitarme a acelerar el ritmo. Sus labios encuentran de nuevo la piel de mi cuello. Siento mis mejillas arder ante lo que voy a pedirle, como si pedirle lo siguiente fuese más íntimo que todo lo que hemos hecho antes.
—Quiero que me marques —pero en lugar de succionar la piel de mi garganta, agarra con su pulgar mi mejilla manteniendo sus ojos en mí, y por un segundo pienso que tal vez está buscando mi aprobación porque va a dejarme agujeros con sus dientes o alguna tontería así, pero desecho esa idea en seguida y asiento, con confianza.
Sus labios no van a mi cuello esta vez, bajan a mi pecho izquierdo y comienza a succionar la piel en donde inicia mi busto. Aprieto con fuerza los ojos mientras sus manos en mi espalda me detienen de moverme. Entierro mis dedos dentro de su cabello mientras sigue succionando mi piel, marcándome como suya, mis caderas siguen moviéndose yendo y viniendo a un encuentro constante.
Mis ojos van hacia mi izquierda donde está el mar detrás del cristal. Sólo entonces mirando el infinito mar comprendo de cuán suya he llegado a ser. Miro al cielo azul mientras sigue trabajando con mi piel. Soy tan suya que no tengo idea que será de mí cuando él siga hacia ese maravilloso futuro por el que se ha esforzado. Aquí y ahora. Cierro los ojos luchando contra mis traicioneras emociones.
Me muevo con mayor velocidad y me detengo hasta que lo siento pulsar en mi interior, sus labios dejan de succionar mi piel, pero me aprieta contra él. Dejo un último beso en su frente antes de que su cabeza se separe de mi pecho y sólo entonces puedo ver la nueva marca sobre mí. Un chupete rosado, algo estúpido e inocente, una tontería infantil incluso pero que se vuelve de pronto en algo cargado de significado.
Soy suya, totalmente suya.
Pero yo no pido devolverle el chupetón porque con o sin marca en la piel sé que no será para siempre. No puede serlo, no mientras no sea lo suficiente valiente para dejar atrás las mentiras, él lo dejó muy claro la noche anterior: esto no va a funcionar con engaños. Y algo me dice que es demasiado tarde para ser sincera con él, así que incluso cuando esté lista para ser honesta, no tendremos un final feliz. Y debo decírselo, lo sé. Pero no todavía. No cuando él me ama tanto, tanto que me ha dejado su marca en la piel. Y yo lo amo tanto, tanto, que quiero ser la Bella que él se merece, la mejor versión de mí.
—Eso estuvo…
—Lo sé —digo solamente con una sonrisa antes de apretarlo contra mí en un abrazo alrededor de su cuello para que no pueda ver las lágrimas contenidas. Tanto, tanto que me destroza la simple idea de no tenerlo.
Viernes, 16:20
Tía pintó las paredes del exterior de la casa en un horrible color melón, también dejó morir los rosales de mamá y retiró el césped para poner piso firme en todo el patio del frente. Es horrible. Edward se queda en el automóvil porque se lo pedí, si alguien debe enfrentarla debo ser yo, no él.
Toco a la puerta un par de veces hasta que al fin aparece, son los ojos de papá, pero no tiene la mirada de él. No hay paz ni amor en ellos, sino todo lo opuesto cuando enfoca su vista en mí. Ya estoy aquí, levanto el mentón para mostrarme segura. Pero eso sólo hace que me entrecierre sus ojos verdosos y malignos. Me mira de arriba abajo evaluándome en silencio.
No hay nada en ella que muestre remordimiento. Sólo molestia por verme frente a la puerta de la casa de mis padres. Soy yo quien debería sentir enojo, ira, odio, pero no siento nada de eso, no puedo. Tal vez porque estoy conmocionada de estar al fin en casa, tal vez mi amor por este lugar no puede traer malos sentimientos a ella a pesar de que sé que se los merece.
—¿Qué haces aquí? —sus ojos se vuelven fríos, camina tres pasos hacia el frente y cierra la puerta tras de sí—. No puedes estar aquí.
—Sí puedo —mi voz suena firme, tranquila, no va a hacerme huir. No soy la niña que salió de aquí corriendo, me he enfrentado a demasiados monstruos por Charlie como para permitir que ella vuelva a interponerse, y esa voluntad me sorprende más que el hecho de no sentir odio por ella— y estamos en una fiesta, Tía. No quieres un escándalo hoy.
Me cruzo de brazos sintiendo un golpe de adrenalina que no sentía en meses.
—Es mi casa ahora.
—Es de mi hermano.
—Estoy a cargo hasta que Charlie llegue a la mayoría de edad.
Doy un paso hacia el frente, pero ella deja ambas manos en el marco de la puerta como si fuera un escudo impenetrable.
—No puedes entrar.
—Sí puedo.
—Llamaré a la policía, Bella, no quieres eso —esa fue una de las múltiples frases que eligió la primera vez que me sacó de aquí. La diferencia es que ahora no voy a ceder.
—Hazlo —me cruzo de brazos y me obligo a mantener la cara en alto. Puedo oír la música infantil viniendo del interior.
—Tengo visitas y tu presencia aquí no será bien vista, Bella.
—Es la fiesta de mi hermano, voy a entrar.
—No lo harás.
—Quiero verlo.
Niega con su cabeza. He tomado el peor vuelo de la historia con mi hermano como motivante y no planeo irme sin verlo al menos.
—No está aquí.
—Puedo escuchar la música, sé que hay una fiesta.
—A la cual no estás invitada.
Escucho el sonido del golpe de una puerta al cerrarse a mis espaldas y por el modo en que Tía mira hacia atrás, sé que está viendo a Edward acercarse a nosotras.
—Es un placer —dice Edward antes de extender su brazo hacia ella, todo sonrisas y encantador. ¿Pero qué…—, soy Edward.
Y Edward, encantador como acostumbra rápidamente se gana la simpatía de Tía. Lo puedo ver en las facciones de ella, deja de fruncir el ceño y comienza a sonreír ante los halagos del jardín seco, el espantoso diseño de la casa y lo mucho que habló Charlie sobre ella en sus días con nosotros en la ciudad.
Mentiras que va tejiéndole hasta que ella nos invita a pasar, o más bien, lo invita a pasar.
La casa por dentro es tan diferente a como lo recuerdo. Las paredes que tenían los cuadros de mamá ahora están vacías, nuestra foto familiar en la pared del recibidor tampoco está y al dar una revisión en las mesitas de la sala compruebo que el resto de fotos han desaparecido, a excepción de los dos cuadros donde salen papá y Charlie solos. Me ha borrado de la vida de mi hermano, al igual que con mamá.
—Tuve que hacer cambios, como puedes ver —dice Tía al interpretar mi silencio y escaneo visual, mis ojos se detienen en ella. No luce como una frágil anciana de sesenta años, de hecho, aparenta la vitalidad y energía de alguien más joven, como si su crueldad pudiera rejuvenecerla. Sólo el cabello blanco revela su edad, pero incluso su cabello blanco le da una apariencia maligna en ese rostro que sonríe con mezquindad—. Eran unos cuadros sin estilo.
No estoy aquí para pelear, ni para mostrarme vulnerable frente a ella. Estoy aquí con un único fin: tener tiempo con Charlie, así que me trago el dolor y el enojo de sus acciones contra la memoria de mamá. Entendí demasiado tarde el motivo por el cual Tía no formó parte de nuestras vidas cuando papá y mamá vivían: Ellos así lo habían decidido, lo que no entiendo es porqué permitieron que ella formara parte tan importante al morir. ¿Por qué no pudieron preveer que su desagrado por mamá podría afectarme de este modo a mí?
—¿Dónde están los cuadros? —pregunto a pesar de suponer la respuesta.
—Se los llevó la basura, por supuesto.
Edward me da un par de apretones suaves en la mano que tengo entrelazada a la suya y me obligo a recomponer mi expresión. Los tiró a la basura. Esa última parte de mamá se fue para siempre.
—¿Había cuadros antes? —pregunta Edward pretendiendo ignorar de lo que hablamos. Tía nos mira y asiente contenta de poner sus uñas en mis heridas.
—Algo así como pinturas —como pinturas, no pinturas a secas, como pinturas, lo dice comparando la obra de mamá con algo que no se acerca al arte cuando su obra era preciosa e incomparable con lo que yo sé hacer. La obra de una vida entera estaban en estas paredes y Tía las lanzó a la calle para que terminaran en la basura. Justo como lo hizo conmigo. La mano de Edward vuelve a apretar la mía y en nuestro gesto puedo entender lo que intenta hacer. Estoy aquí.
—No lo parece, ¿la casa fue remodelada recientemente?
—Necesitaba con urgencia un cambio de colores —se da la vuelta y sigue caminando por el pasillo que lleva al patio trasero—. Era una casa ridícula con las paredes llenas de colores.
—Y el melón es —espantoso y anticuado, pero me silencio cuando Tía gira su rostro con una tensa línea en sus labios deteniendo su paso. Miro tras ella, la puerta que nos separa de la fiesta de cumpleaños sigue cerrada.
—Un color moderno, trabajo con arquitectos y es muy popular entre los constructores últimamente —me interrumpe Edward.
Tanto ella como yo lo miramos, pero mientras Tía muestra estar complacida con lo que parece un cumplido, yo lo miro boquiabierta por verlo darle la razón con esa mentira.
—Lo sé, por eso elegí el tono —dice la mujer volviendo a caminar, Edward me da una larga mirada y por primera vez no entiendo lo que sus ojos azules intentan decirme. Lo que sé es que debo andarme con cuidado porque cualquier arranque de mi parte podría hacerme terminar fuera de esta fiesta y no puedo permitirme arruinar mi oportunidad con Charlie.
Doy los últimos pasos. Hay niños corriendo en el patio, globos de colores, algunos padres de familia y una mesa de mujeres de la edad de Tía, busco con la mirada el cabello rubio de mi hermano hasta encontrarlo. No está jugando a la pelota, ni en el brincolín sino sentado con el mentón recargado en la mesa. Tiene sus labios apretados y su nariz se mueve de un lado a otro como suele hacer cuando no quiere llorar. Un niño se acerca a él, parece que le pregunta algo y Charlie solo niega con su cabeza sin aceptar ir a jugar.
Parpadeo con furia para luchar contra las lágrimas y entonces sus ojos marrones miran en nuestra dirección. Quince segundos es lo que le toma a Charlie correr por el patio y lanzarse a mis brazos. Edward deja una mano en mi espalda que sirve como apoyo para el peso extra de Charlie.
—Feliz cumpleaños —le doy mi mejor intento de sonrisa mientras lucho contra mis emociones, no voy a asustarlo poniéndome a llorar aquí, le dejo un sonoro beso en la frente y esta vez no se lo quita avergonzado, pasa sus manos por mi cintura apretándome contra él.
—Volviste —y tengo que romper la burbuja de ilusión de Charlie ahora antes de que crezca tanto que la caída decepcionante sea dolorosa.
—Sólo por una semana —Tía se cruza de brazos sin ocultar lo molesta que se encuentra ante tan afectuoso recibimiento.
—¿Una semana? —su voz suena casi como un gruñido , pero yo le sostengo la mirada. Todo lo he hecho por Charlie, enfrentar mi renuncia a Tía también tengo que hacerlo.
—Una semana —repito.
—¿Te despidieron y por eso estás aquí? —indaga con un tono acido, niego con mi cabeza. Renuncié, pero tengo un plan para conseguir ganar dinero, eso es casi como tener un empleo, casi. Antes de que yo pueda responder, Edward interviene.
—Está tomando unas muy merecidas vacaciones, no creo que nadie sea tan disciplinada como Bella en la empresa.
—¿Así que trabajan juntos? —no niego ni asiento. ¿Qué cree que está haciendo?
—Compañeros de oficina, se podría decir.
—¿Y dónde trabajas exactamente?
—Una empresa de construcción.
—Bella no terminó la universidad, ¿qué estás haciendo ahí? —sus ojos me escanean con rigurosidad y entonces lanzó una respuesta que no es del todo una mentira.
—Servir el café —digo a tropezones ante su escrutinio.
Su sonrisa es burlona esta vez.
—De tal palo, tal la astilla —dice entre dientes, sé a lo que se refiere, mamá era la secretaría de papá cuando se conocieron, dejo de mirarla, esta es mi oportunidad para estar con Charlie no para lidiar con el resentimiento de esta mujer.
—Estás aquí —dice Charlie emocionado sin que los comentarios de Tía le afecten. Se separa de mí para chocar puños con Edward—, gracias por traer a mi hermana de regreso —y se me encoje el corazón ante sus palabras— ¿vas a quedarte? Puedes dormir conmigo.
—No, no puede —contradice Tía. Y Charlie se gira hacia ella para protestar, pero lo sujeto de los hombros para que me mire.
—Estamos en un hotel —miento, no necesito que Tía se entere de la posición de Edward—, pero vamos a vernos todos los días.
—¿En serio? —asiento con convicción.
—No, no, no. Tiene clases, tiene pendientes y no puedes venir a afectar nuestra rutina sólo porque…
—Sólo serán unas horas, Bella me contó que usted va a la iglesia cada tarde, podemos ir por él a la escuela y regresarlo para cuando vuelva, si a usted le parece, por supuesto —forzo una sonrisa a Edward. ¿Por qué está siendo amable con ella? ¿No se supone que debería comportarse como lo hace, por ejemplo, con Diana su vecina malvada? No. En su lugar es amable y mi evidente molestia hace que Tía sienta simpatía por él— de ese modo podría ayudar a Charlie a hacer la tarea y usted podría dedicar esas horas libres a apoyar en la iglesia.
—No es una mala idea, pero Charlie está en temporada de exámenes y Bella nunca fue buena en los estudios así que —Edward se ríe del comentario que busca ser malvado conmigo, ¿qué sucede con él? Me obligo a mantener la calma en mi expresión.
—Yo fui un alumno sobresaliente, creo que puedo trasmitirle un poco de eso, ¿no lo crees, Charlie?
—Por supuesto, tía, Edward puede ayudarme —dice Charlie poniéndose de su lado.
Y yo, yo no tengo idea de qué está pasando aquí.
Viernes 20:23
Lo único bueno de esa fiesta es que tuve tiempo con Charlie, lo vi partir su pastel, abrir sus regalos, me presentó a sus amigos y pasó el resto de horas riendo y jugando, incluyéndome en sus conversaciones infantiles. Fue tan cariñoso como solía ser, me sentí como su invitada especial, estuvo atento a que tuviera botana, comida, dulces, todo.
Lo malo… es que eso fue lo único bueno de esa fiesta. Porque el resto de ella tuve que ver a Edward ser simpático y encantador, pero no conmigo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto en cuanto subimos a su jeep. Sacudo mi mano contra el cristal para que Charlie me vea y me obligo a sonreírle mientras lo dejamos atrás cuando Edward aprieta el acelerador— ¿Estás consciente que esa mujer arruinó mi vida, no? Porque has actuado como su admirador toda la tarde.
—Confía en mí, ¿cómo es ese refrán? —me cruzo de brazos— Las moscas van a la miel y no a la mierda… ¿algo así? Espera, las moscas sí van a la mierda.
No puedo evitar sonreír, ¿Cómo puedo estar molesta con él?
—¿Estás fingiendo que te agrada?
—Me duelen las mejillas de sonreír —dice mientras pasa su mano por su mentón, toma mi mano izquierda que está contra mi rodilla con su mano libre y la lleva a sus labios para dejar un beso contra mis nudillos—. Estoy de tu lado, lo sabes. Pero si quieres tener estos días a Charlie tendremos que hacerlo a mi modo.
—Y tu modo es sonreírle toda la tarde —digo quitándole mi mano y jalándola de regreso a mi regazo. Una sonrisa más amplia que antes aparece en su rostro, finjo prestarle atención al camino frente a nosotros, pero eso lo hace sonreír más—, pensé que te dolían los cachetes de tanto sonreír.
—Eres encantadora cuando estás molesta.
—¿Pero es necesario que seas tan agradable? ¿No podrías lanzarle una de esas miradas congeladoras que tienes?
—¿De qué mirada hablas?
—Con la que espantas a tu vecina, o la que usaste con el portero cuando quiso sacarme del apartamento. Sabes cuál —pero por el modo en que levanta una ceja sé que no tiene idea de lo que le hablo, suspiro— ¿Por qué tienes que ser agradable con esa bruja?
—Porque soy el atractivo y adinerado hombre que está saliendo contigo y que demuestra estar preocupado por Charlie.
—¿Y no entiendes lo que eso significa para ella? Va a pedir dinero, si no lo ha hecho hasta ahora es porque… no lo sé, ni siquiera entiendo porqué envió a mi hermano en avión para verme.
—Y eso es justo lo que necesitamos.
—¿Por qué?
—Corrigeme si me equivoco —me cruzo de brazos dispuesta a corregirlo por completo—, llevas meses enviándole dinero, pero no tienes celular y no te he visto usar una tarjeta.
—Porque no me dejas usar mi dinero —me apresuro a debatir.
—¿Tienes tarjeta? —muevo los labios de un lado a otro y finalmente niego—. Has estado depositándole el dinero en efectivo, pero no tienes los comprobantes de esos pagos, ¿cierto? —abro y cierro la boca y vuelvo a negar— ¿Cómo vas a demostrar que le diste dinero si no tienes cómo comprobarlo?
Tiene un importante punto a su favor, y comprendo que Tía tiene un montón de puntos en mi contra.
—¿Y planeas hacer que ella te pida el dinero a ti?
—Vas a dejar de enviarle dinero al regresar, ella se pondrá en contacto conmigo y así podremos tener un historial de esos pagos. Podrían ser vistos como soborno incluso.
—O como si tú la sobornaras a ella para quedarse con Charlie.
—O no, puedo poner conceptos en las transferencias como: para la medicina, los zapatos, ropa, comida.
—Con razón tienes tres propiedades.
Y esta vez soy yo quien pone la mano sobre su rodilla al tiempo que recargo mi cabeza contra su hombro.
—Pero ella sólo estuvo hablando mierda de mí y de mamá. ¿Cómo se supone que finja?
—Por Charlie —dice con simpleza.
Y yo por mi hermano puedo hacer mucho más que sólo sonreírle a esa amargada anciana que me arruinó la vida por completo.
Sábado, 09:15
Antes de ir por Charlie para pasar el sábado juntos, teníamos que surtirnos de comida porque el refrigerador estaba vacío. Edward y yo nunca habíamos salido de compras al supermercado, sé que es algo ordinario y común, la gente hace el mandado una vez a la semana al menos, pero esta era como nuestra primera vez de compras, porque no, ir de compras a boutiques no era lo mismo.
Mi tarea consiste en empujar el carrito de compras mientras Edward introduce uno a uno artículos.
—¿Quieres algo de botana? —pregunta mientras nos acercamos a la hilera de abarrotes.
—¿Nieve?
—Me refería a cacahuates, papas, dulces, refresco o —lo interrumpo.
—Nieve —en su lugar, Edward lanza diferentes botanas al carrito.
—No me veo comiendo nieve en la playa, para ser honesto —comenta, pero aun así empujo el carrito de compras hacia los congeladores.
—Esto no es para comer en la playa —le informo.
—Eso es lo que digo, ¿Charlie come botana?
—Sí —saco un bote de un litro de nieve de vainilla, lo dejo en el carrito junto con el resto de nuestra compra antes de batir mis pestañas sin inocencia a Edward—. Es tu oportunidad para remedir lo de tu cumpleaños.
—¿Remediar lo de mi cumpleaños? —repite sin comprender.
—La nieve que me comí, tenía una función muy diferente —y como sus cejas se levantan en confusión tengo que aclarar— es para usarlo en la habitación —su rostro mantiene la misma mueca confusa—, sobre la piel —una sonrisa divertida ahora cruza por su cara.
—No puedes usar esas frases cuando pasaremos todo el día con tu hermano —una amplia sonrisa se crea en mi rostro.
—De acuerdo —hago intento de tomar la nieve del carrito para devolverla, pero Edward sujeta mi mano para impedirlo y comienza a empujar el carro de compras para continuar, entrelazo nuestros dedos mientras caminamos por los pasillos. Edward parece tener una lista de las comidas, cenas y desayunos para esta semana así que parece saber exactamente qué es lo que nos hace falta. Y yo lo dejo ser, porque en realidad no planeo oponerme ante la posibilidad de escabullirme de cocinar esta semana. Con Dolores de regreso a nuestra vida, solo me encargo de… pues de hecho de nada. Lo último que preparé fue la pizza del miércoles y antes de eso Dolores tenía listo mi desayuno, y la comida y luego al regresar de la cafetería Edward me recibía con la cena. Y antes del aniversario de sus padres, sólo me preparaba el desayuno que consistía en yogurt y fruta picada, es decir, cocinar: nada.
Pero no menciono nada al respecto, porque él parece dispuesto a cocinar y yo no voy a interponerme en sus planes.
—¿Por qué no tienes un restaurante como Alice y tu mamá? —le pregunto mientras Edward le dicta al hombre de la carnicería una serie de cortes y tipos de carnes que olvido en cuanto lo menciona.
—No lo sé. Creo que nunca fue una opción —dice simplemente mientras se encoge de hombros. Pero no lo dejo en paz.
—¿Por qué?
—Pues… era lo más sencillo.
—No parece sencillo —vuelvo a debatir, arriesgándome a que se vuelva cortante y se niegue a responder, no que lo haya hecho alguna vez, pero podría suceder, en realidad no, aunque me gustaría conocer más de él sin que tenga que sacarlo a la fuerza.
—No lo recuerdo —y por el modo en que mantiene sus ojos fijos en los bistecs de carne sé que está mintiendo. ¿Será así de simple para él saber cuándo yo miento? Supongo que sí, aunque Edward nunca hace preguntas, no directamente.
Pero no lo dejo ahí, realmente quiero conocer más de él. No es sólo Edward que no hace preguntas del pasado, yo tampoco las hago, me he limitado a aceptar los fragmentos de su historia y quiero conocerlo todo. Aunque supongo que él también quisiera eso de mí y no puedo dárselo, no todo… al menos no todavía, ¿no?
Empujo el carrito de compras cuando Edward termina de poner las bolsas con la carne dentro. Siento mi estomago repentinamente revuelto de incomodidad y culpa. Lo interrogo sobre sus casas, sobre sus estudios y a cambio… ¿qué hay a cambio? Nada. Y eso necesita cambiar.
—¿Sabes? Cuando yo elegí estudiar derecho fue porque mamá siempre quiso estudiar eso —le cedo esa parte de mí—. Ella quedó embarazada a los diecisiete y fue madre soltera. Tenía dos empleos para poder pagar la renta y mis gastos.
—¿Te quedabas en guardería?
—No. Creo que una vecina me cuidaba por las mañanas y mi abuelo por las tardes, ella básicamente me veía un par de horas antes de que me quedara dormida.
—Pero abandonaste derecho —me recuerda con una sonrisa apretada contra sus labios.
—¿La intención no es lo que cuenta? —me encojo de hombros—. Creo que nunca fui de sentarme y memorizar información, y esa carrerea parece requerirlo. Y en algun momento durante el primer año pensé que no me veía haciendo eso el resto de mi vida. Aún así terminé el semestre y cuando volví a casa para las vacaciones ya no regresé a la universidad.
—¿Tu mamá te dijo que no lo hicieras?
—Mis notas lo hicieron, les enviaron a sus correos mis calificaciones y no me quedó de otra que confesar que mis cuadernos tenían más dibujos que apuntes.
La risa de Edward retumba por el pasillo de enlatados y no puedo evitar la pizca de vergüenza.
—¿Así que sí eras una mala estudiante? —el día anterior Tía lo insinuó.
—No era mala… sólo no me gustaba mi primera carrera en la universidad.
—¿Y tu segunda carrera?
—Quería ser dentista, tenía un plan de trabajar para pintar —ahora parece muy estúpido mi plan—, y no requería de… ósea sí, pasaba mucho tiempo leyendo, pero era todo tan gráfico y práctico que no pude evitar quedarme. Yo creo que si… ya sabes, no hubiesen muerto, habría terminado esa carrera.
—¿No te gustaría retomarla? —niego con rapidez.
—No quiero pasar ocho horas de mi vida haciendo algo que no me gusta para poder hacer algo que sí me gusta.
—¿Y estudiar arte?
El sueño de cualquier artista. Niego, pero esta vez con mayor lentitud.
—Primero quiero ser solvente, encontrar un modo de ganar dinero por mi cuenta y tú y yo tenemos un plan de negocios en marcha, ¿no?
Esta vez deja un beso rápido en mi mejilla.
—Por supuesto que lo tenemos.
Para cuando pasamos por Charlie eran apenas las diez de la mañana, él ya estaba esperando en los escalones frente a la puerta principal de la casa. Tía apareció detrás de él justo cuando estacionábamos, seguramente al oír el motor del vehículo.
—Lo quiero de regreso antes de las siete. Un minuto tarde y llamaré a la policía, Bella.
Los ojos de Charlie se abrieron grandes al mirarme como si temiera por mí con esa amenaza infantil.
—No se preocupe, estará de regreso antes de esa hora —prometió Edward dándole esa sonrisa que podría matar de amor. Me obligué a mantener una expresión neutral y me distraje agarrando la mochila de Charlie para no darle una mala cara a Edward que sólo estaba "facilitándome" estos días con mi hermano menor. Una cosa es que yo entendiera sus motivos y otra muy diferente es que pudiera tolerar esa situación a la que él estaba exponiéndose para ayudarme.
—Tiene que comer verduras y nada de refresco para él —añadió Tía lanzándome su mirada severa con sus labios fuertemente apretados al terminar de hablar.
—Por supuesto, aunque Charlie sabe lo terrible que es el refresco para las caries, ¿no? —intervino de nuevo Edward.
—Sí, papá me enseño, él era el mejor dentista de la ciudad.
La mirada severa y la sonrisa tensa en Tía desaparecen en cuanto mira a Charlie sonriente por escucharlo hablar de papá.
—Era un gran hombre —acepta ella— y fue un gran padre —y entonces como si no pudiera evitar ser mezquina me mira a mí y su rostro vuelve a transformarse—. Es una pena que llegara tan tarde a la vida de Bella, hizo lo que se podía hacer como su padrastro.
Nunca había pensado en papá como mi padrastro hasta que Tía apareció. Como si con esa etiqueta le restara valor al vínculo que nos unió desde que él apareció en mi vida. Me obligo a dar una última sonrisa falsa a la mujer antes de dar media vuelta hacia la camioneta.
—Ven, Charlie.
Camino sintiendo fuego entre cada pisada, pero entre mayor distancia ponga con esa mujer, menores serán mis problemas. Y nuestra semana juntos está por comenzar así que necesito guardar la compostura al menos por ahora.
Le abro la puerta y él sube, ajusto su cinturón de seguridad porque el jeep de Edward amerita amarrarlo. Edward le quitó el techo al carro para dejarlo expuesto al viento. Hombres.
Me subo en el asiento del frente y miro hacia la casa, Edward sigue conversando con ella y lo que sea que le esté diciendo la hace reír. ¿Esto es hacerlo a su manera? No, esto es lo que él hace por mí. Finalmente, Edward sacude su mano y regresa hacia nosotros, en cuanto gira su cuerpo la sonrisa desaparece mostrando que ha estado fingiendo sonreír todo el tiempo anterior.
Ella le desagrada, no creo que tanto como me desagrada a mí, pero lo suficiente para querer ayudarme a recuperar a Charlie, aunque no estoy segura que eso será pronto, tal vez en unos años tengamos las evidencias suficientes y yo me encuentre en la situación que amerita ser la tutora de un niño. Tal vez.
—¿Listo para ir a la playa? —le pregunto a Charlie mirándolo a través del espejo retrovisor.
—Eso es absurdo, Eli, yo siempre estoy listo.
Edward tenía otro punto: verlo lidiar con Tía y ser amable con ella tenía una recompensa mayor: mi hermano.
Domingo 19:20
Acabábamos de regresar a Charlie en casa de Tía y Edward pensó que aun quedaba la suficiente luz del día para darme una sesión de todo lo que no se podía hacer tras el volante, pero resulta que la paciencia de Edward sí tiene un límite.
—Olvídalo. Sólo oríllate y conduciré de regreso.
—¿Qué pasó con tu paciencia? —freno de golpe haciendo que el cinturón se apriete contra mí mientras nuestras cabezas tiran hacia el frente por el impulso. ¿No le dije yo que esto era una mala idea?
—Arrojaste mi paciencia por la ventana hace veinte minutos. Es un carro automático, Bella. No es difícil —su molestia me hace sonreír.
—¿Crees que nunca intenté aprender a conducir?
—¿Esta no es tu primera clase? —ahora parece sorprendido. Por supuesto que intenté aprender, papá se rindió conmigo en la tercera sesión, mamá lo hizo a los tres minutos de empezar y el instructor que contrataron en la cuarta clase al no ver avances de mi parte.
Niego lentamente mirando el camino y mi incapacidad de mantenerme en línea recta.
—Vamos a pagarte clases al volver.
Le entrecierro los ojos.
—¿De verdad te estás rindiendo? ¿Tú?
—Estoy a un volantazo de saltar o gritar, así que sí, se acabaron las clases por lo que resta de las vacaciones.
—¿Esta es nuestra primera discusión infantil? —pregunto mal estancionando el jeep al lado de la acera, o quizá debo decir que a mitad del camino.
—¿Infantil? Es una discusión que puede salvarme la vida.
—¡Estás exagerando! —exclamo casi en un grito por aguantar la risa.
—Giraste el volante porque venía un pájaro hacia nosotros y casi chocas contra un árbol.
—Salve una vida —su punto de vista no tiene nada que ver con lo real.
—Y casi sacrificas dos —dice bajando y cerrando la puerta, apago el carro y me cruzo entre los asientos. Cuando Edward sube le da una mala mirada a los cambios—. Lección número cien, cuando apagas tienes que ponerlo en la "P". Si lo apagas en una calle empinada podría irse hacia atrás.
—No si tiene el freno de mano.
—¿Pusiste el freno de mano? —ruedo los ojos cruzándome de brazos.
—Solo quiero mencionar que las clases de conducir no fueron mi plan.
—Lo sé, asumo la culpa de ese error.
Le doy un golpe en el hombro haciéndolo reír, toma mi mano y la lleva a sus labios para dejar un beso sobre mis nudillos, me derrito en ese momento por él olvidando el hecho de que he vuelto a fracasar en aprender a conducir. Añado un par de líneas a mi confianza antes de proponer un nuevo plan:
—Invitame a cenar —sonríe en seguida, mientras ladea su cara para dejar con rapidez un beso sobre mi frente. Y siento la brecha entre nosotros cada vez más inexistente, sólo somos Edward y Bella, sin nuestra edad, ni nuestros estudios, o estatus o ninguna de esas tonterías interviniendo, ni siquiera nuestros pasados. Somos sólo dos personas que van a cenar y no me importa no traer conmigo el bolso para pagar la cena o cuánto va a costar, porque sé que a él tampoco le importa y yo debo dejar de pensar en eso.
Lunes, 12:38
Paso mis ojos de un niño a otro sin ver el cabello rubio de Charlie por ningún lado.
—¿Segura que es aquí? —Edward no parece convencido mientras esperamos con nuestras espaldas recargadas contra la puerta del jeep. Me gusta este carro, es increíble, nunca he sido de prestar atención a estas cosas, pero sé que me gusta. Con los vidrios abajo todo el viento entra revolviendo mi cabello, casi como si voláramos, o tal vez se siente así porque Edward es un amante de la alta velocidad por carretera.
—Por supuesto que es aquí. Iré a preguntar —me decido caminando hasta la maestra que está parada en la puerta de la escuela— Estoy buscando a Charlie Swan, tiene ocho años... —la maestra levanta una ceja como si no supiera de quién hablo—. Está en segundo año —aclaro.
—¿Charlie Swan? —confirmo con un asentimiento y ella entra a la escuela por mi hermano, respiro hondo recuperando la calma que había desaparecido por un momento, pero cuando regresa la maestra no lo hace con quien estoy esperando.
—Soy la directora —anuncia la segunda mujer. Siento mi pulso acelerarse, creyendo que hay algún problema.
—Soy Bella, la hermana de Charlie —me presento esperando que eso sea suficiente para recibir la información.
—Charlie dejó nuestro instituto el año pasado, terminó su primer año y ya no regresó.
—¿Charlie Swan? —repito sin comprender lo que me dice.
—Sí, lo extrañamos todos, pero después de la muerte de sus padres, la señora pensó que él necesitaba un cambio —¿se refiere a Tía?
¿Por qué necesitaría un cambio? Lo que Charlie necesitaba era lo opuesto a los cambios.
—No lo entiendo —confieso sin saber de qué va todo esto.
La mujer mira de un lado a otro como si lo que fuera a decir fuese confidencial.
—Creo que fue la colegiatura —dice arrugando la nariz—, la abuelita de Charlie quería un descuento y una semana después pidió su baja.
—¿Eso fue en junio?
¿Qué estaba haciendo yo en esas fechas? Intento hacer memoria. Sobreviviendo, supongo. ¿Sería en esas fechas en las que me quedé sin celular? No, eso fue antes. En junio yo ya tenía el empleo de Don. Pagaba la cuota a Tía de manera puntual. ¿Por qué dejaría de estudiar?
—¿Sabe dónde estudia ahora? —ambas mujeres niegan con la cabeza. Esta era la escuela que mamá había elegido para mí de niña, el sistema, lo cerca de casa y el ambiente escolar ponían a esta primaria como la mejor de la ciudad. ¿Y esa mujer decidió sacarlo solo para ahorrarse ese gasto?—. Gracias —obligo a salir las palabras de mi boca antes de dar media vuelta y regresar a Edward.
¿No fue en esas fechas cuando tuve que aceptar comenzar a bailar un día a la semana para llevarme más dinero y pagar la colegiatura? ¿La colegiatura de Charlie por la cual me destrocé a mi misma con tal de que su vida se mantuviera intacta? ¿Esa vida que Tía ha puesto de cabeza?
—¿Qué pasó?
No respondo, en lugar de eso paso mis brazos detrás de su espalda y entierro mi cabeza en su pecho. No he estado pagando para mantener a Charlie y sus gastos como lo hacían mis padres. He estado pagando los lujos de esa horrible mujer y sólo ahora lo entiendo.
—Charlie no estudia aquí.
¿Y si todo este tiempo que Charlie me ha pedido volver no ha sido sólo porque me extraña? ¿Y si ha sido en realidad un grito de ayuda? En mi cabeza Charlie siguió su vida sin interferencias ni grandes cambios desde que me fui, pero tal vez todo es diferente a lo que recuerdo. Y entonces una idea comienza a tomar forma: Tengo que sacarlo de aquí.
Quería compartirles una noticia que me tiene aun dando brincos, hace unos días gané una beca para poder escribir una novela, y es como un logro y reconocimiento muy especial porque le he dedicado y he aprendido mucho de la escritura a lo largo de los años, creo que esta página en especial me ha sido muy util para irme formando y mejorando como autora y creo que eso se lo debo a quienes han hecho el favor de leerme, así que quería compartirles la noticia especialmente por eso, por leerme y hacer de sus comentarios un motivante para continuar.
Y ahora sí:
¿Ha valido la pena la espera? ¿Qué te ha parecido Bella? ¿Y qué tal con el plan de Edward? ¿Tía resulto ser lo que esperaban?
Dejame tu comentario. La segunda parte está casi lista así que si me apoyas comentando posiblemente lo subo esta misma semana, que la inspiración al fin anda con todo. Les dejaré un avance en mi cuenta de Instagram (www.) (instagram).com(/anbethcoro/) o puedes dejar un comentario para enviarte un avance.
