XLII
Las dos ceremonias

Nos fuimos de Shiganshina con una sensación agridulce.

Muchas carretas fueron necesarias para acarrear los cuerpos de quienes cayeron en aquella batalla. Algunas fueron destinadas a los heridos, principalmente a los miembros restantes de mi escuadrón. Historia iba en una carreta aparte, y me dieron permiso para acompañarla durante todo el viaje de vuelta a Trost. En ese momento me percaté de que la sangre que cubría su rostro provenía de su ojo izquierdo. Había sido completamente destruido por una esquirla de la armadura de Reiner, y, en su lugar, había un parche. Debía admitir que, pese a lo desafortunada de su herida, Historia lucía un poco más ruda de ese modo, y el cabello corto acentuaba aquella impresión.

Nadie hablaba. Algunos por el dolor, entre los que me incluía, otros por las revelaciones que habíamos hallado en el sótano de la casa de Eren, el cual era el propósito principal de toda la misión. Recuerdo que hablaba de una ciudad fuera de los muros, más allá del mar, donde había máquinas que inmortalizaban momentos, globos voladores, carretas que no necesitaban caballos para moverse. Eso era, a grandes rasgos. Había, por supuesto, mucho más que extraer de esos diarios, pero no estaba en mi lugar saber todas esas cosas. Eren era quien merecía saberlo, dado que su padre había sido quien los escribió.

Cuando llegamos a Trost, la gente nos recibió con júbilo. Al parecer, la noticia de que el Cuerpo de Exploración había conseguido asegurar la ciudad de Shiganshina había llegado antes que nosotros. Poco importaba que hubiésemos sido tan pocos los sobrevivientes. La gente había comprendido que el sacrificio era inevitable cuando se trataba de luchar por la libertad, y Erwin entendía eso mejor que nadie. Como dije anteriormente, él era la clase de persona que acometería una misión de esa naturaleza sin titubear.

Por supuesto, había muchos que esperaban el regreso de sus seres queridos, y hubo muchos llantos y gritos de dolor al ver los cuerpos de los soldados que habían dado sus vidas para alcanzar la victoria. Mientras tanto, los heridos fueron trasladados al hospital, donde recibirían la atención que tanto requerían.

La gente rodeaba la carreta en la que íbamos yo e Historia, alabando a la reina por su heroísmo. De algún modo, verla con un parche en el ojo no les importaba demasiado. Como era natural, ya sabían que ella había sido crucial en la derrota del titán acorazado, y a menudo la comparaban con el anterior rey. Mientras que este último era un mero peón, Historia fue reconocida desde ese momento por su coraje y determinación. También me decían que yo era una mujer muy afortunada al tener por pareja a Historia. Aquello no podía ser más cierto.

Al final, me bajé de la carreta, y cargué en brazos a Historia, para llevarla a sus aposentos, donde recibiría la atención médica apropiada. Cansada como pocas veces en mi vida, pedí que nadie me hiciera ninguna pregunta y me dirigí a las barracas, donde me esperaba mi cama y, si era posible, dormir un par de días seguidos.

No puedo decir que estaba lloviendo, porque no lo estaba. Había pocas nubes en el cielo. Me encontraba de pie, en el cementerio militar, donde Armin había sido sepultado. Eren estaba a mi lado, tomando mi hombro, ambos mirando la lápida. El resto de mi escuadrón esperaba detrás de nosotros, también dando sus respetos y sus condolencias. Realmente no creía que la misión pudiera llevarse a Armin, creía que tenía una oportunidad para salvarse, pero ese maldito enano escogió a Erwin. Pero había que verle el lado positivo de las cosas. Todo lo que se había revelado en los diarios de Grisha Jaeger nos hizo entender que los titanes no era los reales enemigos. El verdadero adversario estaba al otro lado del mar, y eso a Eren lo tenía taciturno y preocupado. Podía entender cómo se sentía. Había pensado todo este tiempo en erradicar a los titanes, solamente para comprobar que ellos solamente eran el daño colateral de un problema mucho mayor.

Caí de rodillas frente a la lápida, mi visión nublándose por las lágrimas. Tan lejanos eran aquellos días donde Eren se metía en problemas y Armin me avisaba que se estaba peleando con los típicos matones de siempre. A veces era el mismo Armin quien era hostigado, y nosotros éramos los que le rescatábamos. Armin siempre había sido el chico que necesitaba ayuda, el que se refugiaba detrás de los fuertes. Me parecía injusto que tuviera que morir para demostrar que él siempre fue más valiente que nosotros. Murió siendo un héroe, pero el dolor se negaba a desaparecer.

—Te prometo, Mikasa, que su muerte no será en vano —dijo Eren en voz baja, pero cargada con una fuerza que no le había visto antes—. Ninguna muerte será en vano.

Me puse de pie, limpiándome las lágrimas, y dejando el ramo de flores que sostenía en mis manos sobre la lápida.

—Adiós, Armin —dije, en un tono tan bajo que apenas pude escucharme a mí misma. Luego, di media vuelta con mucha dificultad, y me fui del cementerio militar, crispando los puños, como si haciendo eso pudiera darme fuerzas.

No esperé que, justo en la entrada al cementerio, estuviera Historia de pie, mirándome con una expresión de tranquilidad. Era justo lo que necesitaba en ese momento: un poco de calor ante el frío que atenazaba mi corazón. No me apresuré, sin embargo. Caminé lentamente hacia ella, quien a sabiendas de mi dolor, extendió sus brazos hacia afuera, y me abrazó. Yo era más alta que Historia, por lo que la escena debió verse un poco extraña, pero ese difícilmente era el punto. El punto era que en sus brazos estaba encontrando lo que no pude hallar en el cementerio. Eren nunca había sido un hombre que se caracterizara por ser cariñoso, y era entendible que fuese así, pero no era lo que necesitaba. Después, cuando el dolor ya fuese más soportable, podría necesitar lo que Eren podía darme, un sentido de propósito para acometer lo que se venía por delante.

—No puedo imaginar lo que estás sintiendo —dijo Historia, acariciando mi cabello, dejando que yo me desahogara, pero no lo hice. Ya lo había hecho. Lo que necesitaba en ese momento era un refugio—. ¿Quieres que te haga compañía?

—Necesito enfrentar esto sola —dije, pero seguía abrazada a Historia.

—Como gustes —me dijo, separándose de mí, mostrándome una sonrisa—. Estaré en el palacio si me necesitas. Daré instrucciones para que te dejen pasar.

—Gracias —dije, dándole un beso en la frente, dando media vuelta y dirigiéndome hacia las barracas. Fue cuando Historia me dijo unas últimas palabras.

—¿Me ayudarás con los preparativos para la boda?

Tragué saliva. La muerte de Armin me había hecho olvidar por completo mi casamiento con Historia. Pero, pensé, no era buena con las decoraciones, y todo lo que tuviera que ver con una ceremonia o fiesta. Iba a plantearle el asunto a Historia, pero ella alzó una mano, y me refrené de hablar.

—Podría necesitar de tu fuerza. Hay muchas cosas pesadas que trasladar.

Arqueé una ceja.

—O sea, me vas a usar como mula de carga.

—Claro que sí —dijo Historia, y yo puse los brazos en jarras—. Recuerda que enfrentas corte marcial por insubordinación. Hacer trabajo comunitario te evitaría pasar por ese proceso, y todo lo que eso implica.

—Oh, gracias por el favor —dije sarcásticamente, pero Historia supo que no me podría negar a hacer lo que ella me estaba pidiendo. ¿Pidiendo? Una reina jamás pedía algo a un plebeyo. Aquella era una orden, y habría consecuencias si me rehusaba a hacerlo. Pensando en todo lo que iba a sudar cuando comenzara con mi trabajo comunitario, volví a dar media vuelta y seguí mi camino hacia las barracas.

Les juro que jamás me imaginé a mí misma usando un vestido de novia, pero allí estaba, en el vestíbulo del palacio real, donde iba a tener lugar la boda. Pese a ello, no sentía nervios o algo por el estilo. Era algo que estaba segura que iba a pasar, por lo que no había razón para sentirse incómoda. Había escogido a Sasha como madrina, la única amiga que me quedaba con vida, mientras que la de Historia era una mujer que no conocía. Era solamente cuestión de tiempo para que apareciera la mujer que se convertiría en mi esposa.

Eren y el resto de mi escuadrón estaban sentados en la primera fila, los tres comandantes del ejército, además del capitán general, también estaban presentes. A la mayoría de los invitados no los conocía, pero aquello me importaba un comino. Las personas que me importaban estaban presentes. Era todo lo que necesitaba.

Y ella apareció.

Supe que el vestido de novia de Historia había tardado dos semanas en ser diseñado, pero los resultados eran mucho más que satisfactorios. Usaba una diadema de flores, del cual colgaba el velo que ocultaba parcialmente su cara. El vestido en sí mismo no poseía escote, pero si ostentaba decoraciones que solamente podía ver en los frisos del palacio.

Cuando ella llegó donde mí, yo miré al frente. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el comandante Erwin Smith iba a oficiar la boda. Normalmente lo hacía un miembro del Culto de los Muros, pero, desde que Historia ascendió al trono, aquel culto fue forzado a disgregarse, diciendo que esparcían mentiras en la población. Sin embargo, después de pensarlo un poco, llegué a la conclusión que Erwin era el hombre perfecto para aquel rol. Alguien con discursos motivadores era lo que esta boda necesitaba.

—Señoras y señores presentes, soldados, ciudadanos, aquí nos hemos reunido para unir a dos personas con un lazo tan duradero como la camaradería entre dos soldados, tan profundo como los cimientos de los muros que nos protegen y tan poderoso como el corazón de un héroe.

Tanto yo como Historia vibramos ante las palabras del comandante, y asumí que los demás también, porque miraban a Erwin como si no hubiera otra cosa en el vestíbulo del palacio.

—Mikasa Ackerman, Historia Reiss, presenten sus anillos.

Aunque sabía que no debía sentirme mal por el anillo simple que le compré a Historia, igualmente me vino una ligera sensación de malestar por ello. Historia no dijo nada por eso cuando le puse el anillo en su dedo mayor. Por otra parte, el anillo de Historia había sido mandado a hacer especialmente para mí, y tenía una esmeralda incrustada en éste.

No fue necesario enunciar nuestros votos. La mirada que nos dedicábamos la una a la otra decía más que las palabras más hermosas en existencia.

—Mikasa Ackerman, ¿aceptas a nuestra reina, Historia Reiss, como tu legítima esposa, prometes entregar tu corazón por ella todos los días, cualquiera sea la situación, hasta que la muerte las separe?

Fiel a mi tradición, hice el saludo militar, diciendo "acepto" con fuerza. A Historia le brillaron los ojos.

—Historia Reiss, ¿aceptas a la capitana Mikasa Ackerman como tu legítima esposa, prometes entregar tu corazón por ella todos los días, cualquiera sea la situación, hasta que la muerte las separe?

Historia, como yo, hizo el saludo militar mientras decía "acepto" con voz clara y alta.

—Entonces, por la autoridad que recae sobre mí, las declaro mujer y mujer.

Aquella fue la señal para acercarme a Historia y quitarle el velo. Ella me tomó por los hombros y yo por su cintura, acercando mis labios a los suyos, sintiéndome como si estuviera soñando.

—¿Estás lista para compartir tu vida conmigo? —me dijo, con una voz dulce y musical.

—Estoy lista —dije, con una voz más firme, pero no menos agradable—. Te amo, mi reina.

—Yo también te amo, mi capitana —dijo Historia en voz baja.

Y, con el beso más hermoso que jamás hube dado en toda mi vida, ambas sellamos nuestra unión, bajo aplausos del público, el saludo militar de todos los soldados presentes y las sonrisas de mis compañeros.

Aquel sería un día que recordaría hasta el día de mi muerte.