XLIII
El mar
Erwin vino con una sorpresa, mientras yo me preparaba para integrar la comitiva que llegaría al mar. Cuando se presentó ante mí, me mostró una especie de contenedor de color dorado, con el emblema del Cuerpo de Exploración.
—Seguramente no estás al tanto de esto, pero la tumba de Armin Arlert está vacía —dijo Erwin, lo que hizo que se me hiciera un pequeño nudo en el estómago—. Sus restos se encuentran en este contenedor. Sus cenizas serán esparcidas en el mar, cuando lleguemos allá.
Por un momento pensé en enojarme con el comandante por haberme ocultado aquella pieza de información, pero luego me di cuenta que aquel había sido un buen gesto por su parte. Armin siempre había querido llegar al mar, y, gracias a Erwin, lo iba a conseguir después de todo.
—Me alegra escuchar eso, señor.
Cuando los caballos estuvieron listos, monté uno de ellos (no iba junto con Historia en el mismo caballo, pero ella nos iba a acompañar) y partimos hacia el sur. La comitiva estaba compuesta por Eren, yo, Historia, Erwin, Hange, Levi, y el resto de mi escuadrón. De mis soldados, Marlo era el que más emocionado se encontraba. Él había sido un efectivo de la Policía Militar antes de solicitar su traslado al Cuerpo de Exploración. Unos días después de la boda, me dijo que, aparte de confesarme que estaba comenzando a salir con una integrante de la Policía Militar (eran tiempos extraños aquellos), creo que se llamaba Hitch, o algo así, me dijo que siempre había querido irse a vivir al interior. Sin embargo, después de pasar por la reconquista de Shiganshina, entendió a la perfección por lo que el Cuerpo de Exploración luchaba, y había manifestado su deseo de ver el mar.
Para el mediodía, habíamos llegado a Shiganshina, y tuvimos que emplear elevadores mecánicos para pasar los caballos al otro lado del muro. Me pregunté si era posible reconstruir Shiganshina con los recursos que disponíamos, y, lo que era más importante, si habría gente que volvería a vivir allá, con ambas entradas bloqueadas, y con los fantasmas de la invasión de los titanes poblando las mentes de los sobrevivientes de aquel terrible día.
Seguimos nuestra cabalgata hacia el sur. Ninguno de nosotros, a excepción de Hange y el comandante Erwin, había estado afuera del muro María, y se trataba de un mundo similar al que conocíamos dentro de los muros. No fue hasta que avanzó la tarde que el entorno cambió. Las plantas comenzaron a desaparecer, reemplazadas por arena, mucha arena, claro que no la conocíamos por ese nombre, porque nunca la habíamos visto antes. Lo que sí pudimos saber sobre la arena fue que no era fácil andar sobre ella. Tuvimos que aminorar la marcha para que los caballos no tuvieran tantos problemas.
La tarde había avanzado bastante cuando llegamos al muro que había visto Eren en sus memorias, el muro desde donde los marleyanos arrojaban a los eldianos después de haberles inyectado el suero titán. Había un camino de tierra que pasaba por un costado del muro, pero no era apto para caballos, por lo que tuvimos que dejarlos junto al muro, usando estacas y cuerdas. Después de asegurarnos que los caballos estuvieran bien atados, pasamos por el sendero de tierra, para encontrarnos con una vista que podría robarle el aliento a cualquiera.
Jamás habíamos visto tanta agua concentrada en un solo lugar, y que se extendiera hasta donde pudiera alcanzar la vista. Había aves que nunca habíamos visto en nuestras vidas, y hacían sonidos reconfortantes. Queriendo experimentar cómo se sentía, me quité las botas y me adentré en el mar.
El agua era helada, pero, de algún modo, era agradable, relajante, dejar que el agua bañara tus pies. Eren hizo lo mismo que yo, pero sostenía el contenedor que tenía las cenizas de Armin. Me acerqué a él, y asintió con la cabeza.
Eren destapó el contenedor, y esparció las cenizas al aire, formando una nube difusa antes que el viento marino la disolviera.
—Al fin eres libre, Armin —dijo Eren, y yo tomé su hombro, apoyándolo. Aunque él no lo mostraba, aquel era un momento muy difícil para él, y necesitaba de una cara conocida para que pudiera enfrentar mejor la ausencia de su mejor amigo.
—¿Sabes, Mikasa? —dijo Eren después de un rato de mirar al mar—. Todo este tiempo había pensado que los titanes eran nuestros peores enemigos. Había entrenado duro, pensando en matarlos a todos. Pero después de conocer la verdad de este mundo, ahora entiendo que hemos estado peleando contra el adversario equivocado. Nuestro verdadero enemigo está al otro lado del mar. Tenemos que derrotarlos si queremos lograr nuestra libertad.
No dije nada ante aquellas palabras. No valía la pena. Sabía que Eren tenía razón, y que no ganaba nada con negar la verdad.
Historia se aproximó a mí, descalza, como yo, sintiendo el frescor del agua de mar. Veía a Hange discutir con Levi sobre algo que había encontrado debajo del agua, y mis compañeros se revolcaban en el agua, sin preocuparse de mojar sus uniformes. Ojalá pudiera estar con ellos, y hacer lo mismo que ellos, pero no podía. Estaba segura que ellos también se lamentaban por la muerte de Armin, pero no eran tan cercanos a él como yo y Eren.
—Armin es libre ahora —dijo Historia, tomando mi mano, y entrelazando sus dedos con los míos, sin mirarme. Miraba al frente, tal como yo. Recordé lo que Nifa me había dicho durante una de nuestras conversaciones, que el amor no se trataba de mirarse el uno al otro, sino de que las dos miráramos en la misma dirección.
—Lo echo de menos —dije con voz queda, e Historia apretó mi mano con firmeza.
—Estoy segura que así es —dijo, sonriendo al atardecer—. Pero recuerda por lo que Armin dio su vida. Ninguno de nosotros estaría aquí si no fuera por él. Hizo lo que cualquier soldado en su posición haría. Deberías estar orgullosa de él.
—Lo estoy —dije, aunque no soné muy convencida que digamos—, pero no es justo que haya tenido que morir para que nosotros pudiéramos finalmente saber la verdad de este mundo.
—Pocas cosas en esta vida lo son —dijo Historia, desviando la mirada hacia mis ojos—. Pero, si hay algo que he aprendido desde que mi media hermana falleció, es que hay muchas cosas que nos parecen injustas al comienzo, pero luego, pasa el tiempo, y te das cuenta que muchas de las cosas buenas que te pasan se deben a esos momentos de dolor. Si mi padre no hubiera escogido mandarme al ejército para esconder lo que yo realmente era, no te habría conocido, y, desde luego, yo no sería tu esposa.
Para mi sorpresa, entendí que ella tenía razón. Si no hubiera sido secuestrada, no tendría esta fuerza y habilidad sobrehumanas, no estaría en el ejército, y habría conocido a Eren en otras circunstancias. Tampoco habría conocido a Historia, desde luego.
—Perdón por sonar cursi, pero eres lo mejor que me ha pasado —dije, pero Historia no me juzgó.
—Pienso lo mismo de ti —dijo, apretándome aún más la mano—. Después de lo que vivimos en Shiganshina, no creo que haya algo que no podamos lograr juntas. Estoy segura que se vienen tiempos muy difíciles, y que muchas cosas van a cambiar, pero lo que jamás va cambiar es lo que siento por ti. Lucharemos lado a lado, hasta que seamos completamente libres.
—Hasta que seamos libres —dije, mirándola fijamente a los ojos. Podía ver la determinación en su mirada, la misma que me había mostrado cuando mantenía la boca de Reiner abierta, y supe que, mientras siguiéramos juntas, nada ni nadie nos iba a detener.
Solamente el tiempo refrendaría o refutaría mis afirmaciones.
Nota del Autor: Un pequeño recordatorio de que, como dije en mi perfil, voy a continuar esta historia hasta los hechos del final de la historia, puesto que el autor ya acabó el manga. Honestamente, no tenía planes de continuar, pero, después de ver el final del manga, creo que puedo hacerlo mejor, siempre que tenga en cuenta los hechos pasados de este fic, claro. Veamos cómo sale. Después me podrán elogiar o apedrear, según sea el caso. Con esta nota, prácticamente estoy invalidando la nota anterior, en la que daba fin a este fic. Ojalá que no resulte como las últimas películas de Disney nomás.
Un saludo.
