XLIV
La invasión
Nota del Autor: éste es solamente un recordatorio de que los eventos de este fic no se adherirán estrictamente a los hechos del manga, por lo que algunas cosas serán diferentes con el fin de tomar en cuenta hechos anteriores en esta historia y mantener un mínimo de coherencia en el contenido.
Un saludo.
Tres años después del retorno a Shiganshina
Muchas cosas habían cambiado desde que todos supimos la verdad sobre los titanes y el mundo exterior. Había personas que creían que debíamos continuar nuestra lucha hasta alcanzar la libertad, y había otras que dudaban de si aquel objetivo era posible. El tiempo fue haciendo que la población dentro de los muros cobrara más perspectiva de lo que el Cuerpo de Exploración había hecho cuando recuperamos Shiganshina, y dos puntos de vista surgieron como consecuencia de ello. Por fortuna, la mayor parte de la monarquía no fomentaba ninguna de ambas perspectivas, y había estado trabajando todo este tiempo en encontrar una forma de que Paradis, la isla en la que vivíamos, fuese capaz de sustentarse como una nación independiente. Por una parte, teníamos que establecer aliados comerciales, si nuestro objetivo era convertirnos en un jugador relevante en la economía mundial, y, por otra, teníamos que gozar del poderío militar suficiente para evitar que otras naciones trataran de invadirnos, ya fuese por nuestros recursos naturales o por simple expansión territorial.
Puede parecer que tres años era suficiente tiempo para considerar alternativas y hallar la mejor forma de lograr los objetivos de la nueva monarquía, pero no lo era. En absoluto.
Pese a que Historia, mi esposa de hace tres años, trataba de gobernar Paradis de la forma más justa posible, sus asesores no tenían las mismas intenciones. ¿Recuerdan que dije que había dos puntos de vista en la población? Mientras que la mayor parte de las ramas del ejército estaba alineada con la visión de Historia, sus asesores sí tenían puntos de vista distintos, y a veces llegaban a confundirla con sus argumentos. Algunos de ellos querían llevar la guerra a Marley, otros simplemente no querían más agresión. A veces me preguntaba si estos llamados asesores trataban realmente de hacer su trabajo, o si querían secretamente manejar los hilos del gobierno tras bambalinas. Fuese cual fuese la real motivación detrás de los asesores de Historia, ella ejercía el sentido común, y sacaba los puntos más relevantes de sus constantes diálogos con sus asesores. Fue de esa forma en que decidió que la mejor forma en que Paradis pudiera salir adelante era dejar de estar aislados del resto del mundo.
Por desgracia, nuestras acciones en Shiganshina habían asegurado precisamente que no estuviéramos aislados del resto del mundo.
Por orden de la reina, se había instalado un punto de vigilancia en la costa, controlado por el Cuerpo de Exploración, y a cuya cabeza me había puesto a mí. Como consecuencia, estábamos todos los que formaban parte de mi escuadrón durante el retorno a Shiganshina. Jean, Connie, Sasha, Marlo y, naturalmente, Eren, se ofrecieron de voluntarios.
—No solamente hacemos esto por ti —dijo Eren después de ofrecerse de voluntario—. También lo hacemos por Armin. Estoy seguro que él también hubiera querido estar aquí.
Yo no pude hacer otra cosa que darle la razón.
Éramos un total de cuarenta soldados en el puesto de vigilancia costero. Erwin había aconsejado que el puesto se encontrara cerca de aquel muro alto por el que los eldianos eran arrojados después de inyectarles con el suero titán, pues era el punto más probable por el que una invasión tendría lugar. Y el tiempo solamente le dio la razón al comandante.
Esa noche, Sasha se encontraba de vigía, junto con otros tres efectivos. Empleaba una suerte de tubo con varios lentes en su interior. Hange nos explicó que eso podía emplearse para ver a lo lejos, y que era bastante útil para detectar enemigos a la distancia. Para minimizar el riesgo de que nuestros vigías fueran encontrados, Erwin decidió que se cubrieran con arbustos en lugares no conspicuos, pero que, al mismo tiempo, tuvieran una amplia vista de la costa. Fue de ese modo en que Sasha y su grupo de vigías pudo ver la flota de barcos que se acercaba desde el suroeste.
—Parecen acorazados —dijo Sasha, arrugando la frente—. Sus quillas son de metal, a juzgar por el color. Y poseen cañones en sus cubiertas.
De forma de comprobar por mí misma lo que Sasha había descubierto, le pedí que me pasara el catalejo, y observé en la misma dirección que ella. Fruncí el ceño.
—Son muchos —dije, cuando pude ver lo mismo que los vigías—. Dudo que Eren pueda con ellos.
—Seguramente ya saben que Reiner y Zeke fracasaron en llevarme con ellos —acotó Eren, mirando las luces que emitían las embarcaciones a lo lejos—. Vamos a necesitar a Erwin.
—Pero si él está en Shiganshina —dije, cobrando conciencia del problema que enfrentábamos—. No puede estar todo el tiempo con nosotros. Tiene otras responsabilidades, aparte de estar pendiente de este punto de vigilancia.
—Si tan sólo Armin estuviera con nosotros —añadió Jean, crispando los puños—. Si tan sólo ese enano hubiera tomado otra decisión, no estaríamos en este problema. Pero no podemos quedarnos sin hacer nada. ¿Cuánto tiempo crees que puedas demorarte en llegar a Shiganshina?
—Una hora, cuando menos, a todo galope—. Después de responder, miré a Sasha—. ¿A cuánta distancia crees que se encuentran los barcos?
—A unas diez millas náuticas, o algo así.
—Esos barcos no se antojan muy rápidos —dije, llevándome una mano al mentón—. Son acorazados. Deberían estar en la costa en el tiempo que me tome llegar hasta Erwin. No pueden acercarse mucho, si no quieren quedar encallados en la costa. Si van a invadir, deben desembarcar, y, probablemente, serán apoyados por la artillería de los acorazados. Yo creo que primero van a atacar a distancia, de forma de ablandarnos, y después enviarán a las tropas.
—Y entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Jean—. ¿Aguantar hasta el último hombre?
—Yo digo que se refugien detrás del muro —dije, no sin cierto temblor en la voz. Una cosa era arriesgar la vida de cinco o seis personas. Otra muy distinta era hacerlo con más de cuarenta, entre las que se encontraban mis amigos más cercanos. Estaría hecha de piedra si no reaccionara de ese modo. Ser un Ackerman no me impide sufrir cierta inseguridad en situaciones poco familiares, y aquella era, definitivamente, una situación nada de familiar—. Yo iré en busca de Erwin y le comunicaré las noticias. El muro es lo suficientemente grueso y sólido para soportar unas cuantas explosiones por varios minutos. No intenten atacar a las tropas de invasión. Dejen que Eren se haga cargo de ellos.
Hubo un momento de silencio, durante el cual mis amigos se miraron entre sí, para luego hacer el saludo militar sin decir palabra alguna. Yo, sabiendo que el tiempo era un factor crítico en el éxito o fracaso de nuestra misión, me di prisa en montar un caballo, y cabalgar a toda prisa hacia Shiganshina.
El aire nocturno impedía que me quedara dormida, lo que era un alivio. Estaba tan obcecada en llegar pronto donde el comandante que no miraba en otra dirección que hacia delante. La vida de mis amigos y demás soldados bajo mi mando dependía de mi premura. Sin embargo, los pensamientos se te cuelan en tu mente de forma inadvertida, y piensas en mil tonterías, y muchas de ellas tenían relación con lo que podría pasar si no llegaba donde Erwin a tiempo. No obstante, unos pocos pensamientos se enfocaban en Historia, y en el hecho que no la había visto en tres meses ya. Ella misma me había dado la tarea de comandar a la guarnición que vigilaba la costa, y, pese a algunas acusaciones aisladas de favoritismo, aquellas cayeron por su propio peso cuando el mismo Erwin les recordó el papel que yo y mis compañeros tuvimos en retomar Shiganshina de los titanes. Claro, uno podría decir que el capitán Levi poseía más experiencia para tal labor, pero él se encontraba trabajando en un proyecto secreto junto a Hange. Lo único que sabía era que aquel proyecto podría beneficiar a todos los soldados de todas las ramas del ejército.
La única forma que tenía de comunicarme con Historia era a través de cartas. Yo era… bueno, aún soy torpe para escribir, porque muchas veces no sabía qué palabras usar para expresarme. A menudo recibía ayuda para redactar una carta a Historia, una que fuese amorosa, pero al mismo tiempo, que no pecara de cursi. Pese a que a Historia le gustaba (hasta cierto punto) lo cursi, no le agradaba ver esa cualidad en mí, porque ella me amaba por otras razones. No obstante, ya había enviado tres cartas en lo que iba de mi estadía en el punto de vigilancia, y cada vez iba recibiendo menos ayuda. Pero aquello no significaba que dejara de necesitarla en algún momento, porque siempre había algo que me quedaba grande para poner en palabras. Supongo que aquella es una debilidad de mí, una que nunca superaría. Pero no me molestaba mucho, porque no se trataba de un defecto que constituyera un real obstáculo para mi crecimiento como persona, o que me impidiera lograr un objetivo importante para mí.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que partí del punto de vigilancia, pero ver una línea blanca en el horizonte me hizo tener un poco de esperanza, pues se trataba del muro María, detrás del cual se encontraba la ciudad a la que necesitaba llegar. Espoleé mi caballo y miré directamente al frente. No tenía de qué preocuparme en esos tiempos, porque los titanes había sido casi erradicados de Paradis, sin contar los que se escondían dentro de los muros, por supuesto. De todas formas, los titanes rara vez vagaban de noche. Me podía considerar segura, pero eso no me impidió llevar una antorcha, solamente por si algo malo ocurría.
El cielo estaba nublado, por lo que no pude comprobar cuánto se había desplazado la luna en el firmamento. Pero no podía preocuparme por eso, porque estaba a cien pasos de las puertas de Shiganshina. Momentos más tarde, me detuve frente a la arcada que conducía a la ciudad, y anuncié mi nombre, mi rango y mi propósito para entrar. El efectivo de la Tropa de Guarnición hizo un gesto de reconocimiento, y me dio permiso para continuar. Aproveché que había poca gente en las calles para cabalgar con más prisa, y llegar lo más pronto posible a las barracas. En el momento en que crucé el enorme portal, recordé el trabajo monumental que debieron hacer para retirar los titanes de piedra que había creado Eren durante la batalla de Shiganshina. Seis meses tardaron los ingenieros en hallar una forma de romper la piedra, y varios miembros de la Tropa de Guarnición tuvieron que armar enormes andamios para llevar a cabo la labor de demolición. Cinco personas, tres civiles y dos soldados, murieron durante los trabajos.
Una vez frente a las puertas de las barracas, di mi nombre, mi rango y mi propósito, tal como lo había hecho en el muro, y me permitieron la entrada. Subí las escaleras rápidamente, y, una vez en el último piso, golpeé a la puerta con urgencia. La persona que ocupaba la oficina debió haberse percatado de que alguien necesitaba verle, y la abrió. En cuanto me reconoció, me dejó pasar.
—Comandante —dije, haciendo el saludo militar mientras tanto. Por muy apurada que me hallara, no podía dejar de lado los formalismos del ejército—. He venido a comunicar que estamos a punto de ser invadidos por embarcaciones hostiles.
Pese a la urgencia en mi tono de voz, Erwin no perdió la compostura. Me dedicó una mirada penetrante, como si tratara de ver lo que había en mi cabeza. Al cabo de unos pocos segundos, Erwin tomó la palabra.
—¿Y comprobaron que son, en efecto, barcos hostiles?
—Sasha me informó que poseen cañones en cubierta, y están cubiertos por lo que parece metal —dije, respirando más calmadamente, de forma que pudiera recordar lo que mi amiga me había dicho sobre los barcos—. Y vienen del suroeste.
Erwin se llevó una mano al mentón, mirando por la ventana. Parecía estar considerando sus opciones. Para cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono marmóreo.
—Yo me ocuparé del asunto.
Yo, por supuesto, sabía lo que eso implicaba.
Erwin iba a usar sus nuevos poderes para ganar aquella batalla.
