XLV
Falsa alianza
Para cuando estuvimos cerca del punto de vigilancia, ya podíamos escuchar los estampidos velados de los cañones de los acorazados. Por fortuna, todos los soldados se encontraban parapetados detrás del muro, el cual ostentaba severos daños a causa de la artillería enemiga. La ausencia del titán de ataque me dijo que Eren no había tenido que transformarse aún, y eso implicaba que las fuerzas enemigas habían escogido la cautela por encima de la premura por invadir pronto la isla. Seguramente estaban buscando destruir completamente el muro, para luego tener una vista clara de los defensores. Aquello nos forzaría a retirarnos más al interior. Eren, pese a sus poderes, solamente podía aguantar la artillería pesada hasta cierto punto, y estaríamos vulnerables.
Yo y Erwin desmontamos nuestros respectivos caballos y nos acercamos al muro. Un rápido vistazo a mis amigos, y me di cuenta que Sasha se encontraba herida en un brazo. Seguía consciente, sin embargo. No parecía muy preocupada por eso, porque tenía una expresión como de haber saltado desde una altura considerable, y sobrevivir para contarlo. Aquello me preocupaba más que la misma herida, porque relativizaba algo que podría haber acabado en una tragedia.
—Créeme que estaba muy asustada cuando ocurrió —dijo ella, indicando con un dedo su herida, la que se encontraba apropiadamente vendada, o al menos tan apropiadamente como era posible cuando se trataba de un punto de vigilancia a millas del hospital más cercano—. Quería ver a qué distancia de la costa se habían detenido los acorazados, cuando una explosión me tiró para atrás, y casi me caí del muro. Cuando espabilé, vi que una esquirla me había alcanzado el brazo.
—¿Y estás bien ahora? Bueno, dentro de lo posible.
—Al menos ya no estoy perdiendo sangre —repuso Sasha, y yo, con la poca luz que había, no podía realmente juzgar si había habido alguna secuela visible derivada de la pérdida de sangre—. Me aconsejaron que tratara de no mover el brazo, de manera que las vendas no se corran.
—Deberías ir a un hospital —dije, no si cierta severidad, y Sasha pareció aliviada con mi consejo—. Pero primero, dime una cosa. ¿Sabes a qué distancia están los acorazados de la costa?
—Creo que unos trescientos metros, o algo así —repuso Sasha, arrugando brevemente la cara. Supongo que sufrió una puntada en la herida—. Están justo fuera del rango de nuestros cañones.
Me quedé pensando por un momento. No sabía si esa distancia era una buena o una mala noticia. La explosión del titán colosal poseía un radio mucho mayor que trescientos metros, lo que sería suficiente para aniquilar a toda la flota enemiga. Por otro lado, destruiría completamente este punto de vigilancia, dejándonos vulnerables frente a otra invasión. Sin embargo, estaba segura que Erwin había considerado más variables, y la expresión de total determinación en su cara me dijo que iba a seguir adelante. Realmente no me podía sorprender de su decisión. Erwin siempre había sido un hombre dispuesto a hacer sacrificios extremos por un bien mayor, y aquella no era la excepción.
Por esa razón, ordené a todos mis hombres a que nos retiráramos hacia Shiganshina. No hubo pocos quienes cuestionaron mi orden, pues eso implicaba a dejar a Erwin atrás.
—Él puede cuidarse por su cuenta —dije, pero los disidentes prefirieron mirar a Erwin, como si él tuviese la última palabra cuando se trataba de órdenes.
—Respeten la cadena de mando —fue todo lo que dijo. No hubo más cuestionamientos.
Los cuarenta soldados del punto de vigilancia montamos nuestros caballos (Connie llevaba a Sasha en el suyo), y cabalgamos hacia Shiganshina, donde podríamos descansar, y Sasha recibiría atención médica apropiada. No pasaron ni cinco minutos desde que emprendimos la cabalgata y escuchamos un estruendo que sacudió árboles y envió un viento cálido que todos pudimos sentir. Lo más desconcertante, sin embargo, fue la cúpula blanquecina que aumentaba lentamente de tamaño, como si se alzara un nuevo sol por el poniente. Ninguno de nosotros se detuvo, no obstante. Seguimos adelante, con la vista al frente, pensando en lo que había hecho Erwin, en el cráter que iba a quedar en lugar del muro que coronaba nuestro puesto de vigilancia. Un trabajo que habíamos hecho por más de un año, destruido en menos de cinco segundos…
Tales eran los sacrificios que valían la pena, aquellos en los que se perdía mucho, solamente para ganar mucho más.
Llegamos a Shiganshina una hora después de la partida desde la costa, e inmediatamente nos dirigimos al hospital para que Sasha pudiera recibir la atención que necesitaba. Los demás llegamos a las barracas, donde tuvieron que hacer malabares para acomodarnos a todos, pues nadie allá nos esperaba hasta dentro de dos meses más (teníamos turnos de tres meses, con dos semanas de descanso, tiempo en que éramos reemplazados por otros efectivos del Cuerpo de Exploración).
Pasó otra hora para que el comandante apareciera en la ciudad. Cuando hizo acto de presencia en las barracas, vimos que tenía las marcas típicas de alguien que se había transformado en titán recientemente. Lucía bastante exhausto, sin embargo. Aquello era entendible, pues era la primera vez que el comandante usaba su poder titán, y ya había visto lo mismo en Eren. Por eso no me causó ninguna alarma que lo primero que había pedido fue una comida contundente.
—¿Y, cómo resultó todo, comandante? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Todos los barcos fueron destruidos —repuso Erwin, sin sonreír o mostrar remordimiento, como si aceptara que lo que había hecho no era un acto placentero, pero necesario—. Hubo pocos sobrevivientes. Soldados ya fueron enviados para capturarlos.
No hubo margen para interpretaciones. Todos le creímos.
Una semana después del intento de invasión por parte de la armada marleyana, la reina Historia ordenó la reconstrucción del punto de vigilancia, y que se investigaran formas de incrementar el alcance de los cañones ya existentes, para usarlos a modo de defensa costera. Hange había tomado el desafío, pese a que aún se encontraba trabajando en ese proyecto secreto en colaboración con el capitán Levi. La pasada invasión había tomado por sorpresa a la monarquía, pero me causaba mucho alivio ver a la reina Historia hacer algo al respecto, y que no quedara en un maldito debate.
Esa tarde iba a tener lugar una reunión con un representante de un país lejano. Aquella persona había llegado por barco el día de ayer, acompañada por un séquito de sirvientes y asesores. Se llamaba Kiyomi Azumabito, y cuando escuché su nombre por primera vez, un recuerdo antiguo me tomó por asalto. Fue durante la tertulia antes de la partida hacia Shiganshina, cuando disfrutaba de un momento bastante agradable con Historia. De hecho, fue ella quién me mencionó el nombre Azumabito por primera vez, diciendo que los que tenían ese apellido formaban parte de una suerte de realeza, y que aquella había sido una de las razones por las que había decidido que yo fuese su sucesora si ella llegaba a morir. Como iba diciendo, Kiyomi Azumabito venía de un lugar de oriente llamado Hizuru, y que pertenecía a la familia real de ese lugar. Aparentemente, su propósito en Paradis era establecer un tratado comercial que beneficiaría a ambas naciones, y la función de la reunión era debatir los pormenores de tal acuerdo, y, posiblemente, llegar a un consenso. Por alguna razón, Kiyomi pidió que yo estuviera presente en la reunión, y me pregunté si eso tenía que ver con mi ascendencia oriental. De todos modos, ella, como Azumabito, podría reconocer apropiadamente el tatuaje en mi antebrazo derecho.
Por desgracia, la reunión solamente demostró los reales intereses de la familia Azumabito. Ellos solamente estaban interesados en el dinero, y no les podía importar menos lo que pudiera ocurrir con Paradis. Y lo que era peor, Kiyomi quería usarme de palanca para que el trato llegara a buen puerto, pretendiendo importarle que yo fuese la heredera al trono de Hizuru o algo parecido. Historia también concluyó que el acuerdo no beneficiaba a ambas partes, como Kiyomi quería hacernos creer, y, cuando era claro que no íbamos a llegar a ninguna parte con eso, la reunión acabó. No sabía por qué tenía esta impresión de que no iba a ser la última vez que viese a Kiyomi Azumabito.
Cuando la reunió acabó, Historia se puso de pie, y me indicó que la siguiera hacia un lugar retirado de la amplia sala, mientras los demás presentes discutían lo que se había conversado.
—¿Estás bien? —me preguntó Historia, tomándome de la cintura, y mirándome con esos ojos a los que yo generalmente no podía decirles que no—. No creo que Kiyomi haya sido inteligente al jugar la carta de la princesa de Hizuru.
—Recordé la conversación que tuvimos antes de partir hacia Shiganshina —dije, tomándole los brazos, tratando de apartar los suyos, juzgando que no era el lugar para mostrar afecto, e Historia dejó de tomarme la cintura—. ¿Te acuerdas de eso, verdad?
—Por supuesto —contestó Historia, y, por alguna razón, la vi un poco cabizbaja—. Y aún mantengo lo que dije en esa ocasión, que tú deberías ser mi sucesora en caso que algo malo me pase. Pero asumo que no era eso lo que tratabas de decirme.
— Es que no sé cómo rayos sentirme —dije, recordando aquellas palabras de Kiyomi y yo siendo la heredera del trono de Hizuru—. Nunca me sentí como si fuese parte de alguna realeza.
—Ciertamente, no luces como una princesa —dijo Historia, y yo la miré directamente a la cara, pensando que ella tampoco lucía exactamente como una reina, con el cabello corto y el parche en un ojo—. Pero la marca en tu antebrazo prueba que lo eres. Lo que hagas con eso, depende enteramente de ti.
—Ese es precisamente el problema —dije, no sin cierto viso de desesperación—. No sé si esto deba definirme o no.
—Pues tu postura durante la reunión me dijo claramente que no —repuso Historia, encogiéndose de hombros, y, aunque mostraba una sonrisa, sus ojos reflejaban cierto pesar, y yo no podía hacerme el marco mental de por qué—. Lo que te define, y esto no lo digo yo, sino tus acciones, es tu fuerza, habilidad, espíritu protector y lealtad, sin importar la sangre que corra por tus venas. Perdóname por decirte estas cosas, porque no soy la persona adecuada para decirte quién eres, por mucho que seas mi esposa.
Permanecí en silencio por un rato, porque no había nada más que decir al respecto. Me contenté con mirarla a los ojos, los que mostraban la misma expresión de pesar que antes, y, estando en silencio, no pude evitar relacionar aquello con el momento en que tomé sus brazos para que ella apartara los suyos de mi cintura. De hecho, su semblante había cambiado justo después. Finalmente, entendí por qué Historia lucía cabizbaja. Debí haberme dado cuenta de ello antes, pero me dije que el contexto no era el apropiado de todas formas. En todo caso, no podía culparla de comportarse así. Yo había regresado hace una semana atrás, después de un mes de turno, e Historia había estado ocupada con las menudencias de su título, aparte de la llegada de Kiyomi a la isla. No habíamos estado juntas desde hace mucho tiempo ya, y nos merecíamos un momento a solas. Sonreí.
—¿Te parece si vamos a tu habitación? —le propuse.
La reacción de Historia fue predecible.
