XLVI
El enemigo de mi enemigo…

—Eso se sintió muy bien —me dijo Historia, de lado sobre la cama, mirándome a los ojos, con solamente las sábanas cubriendo su cuerpo—. A veces olvido lo placentero que puede llegar a ser estar contigo.

—No me ves muy a menudo —dije, abrazando a Historia por la cintura, también mirándola a los ojos—. Tú me pusiste a cargo de ese punto de vigilancia, ¿recuerdas?

—Bueno, al menos hace estos momentos mucho más agradables.

—Buen punto.

Ninguna de nosotras dijo algo por un par de minutos, los que empleamos en mirarnos mutuamente. En esa clase de coyunturas, era mucho más lo que se decía sin palabras que lo que se decía con ellas. Sin embargo, eventualmente, el silencio se hace incómodo, y urge la necesidad de decir algo para romperlo. Lo malo era que, casi siempre, se trataban de palabras que hacían aún más incómodo el momento, por eso fui con tiento al decir lo que quería decir.

—¿Te acuerdas de la primera vez que hicimos esto? —pregunté, e, inmediatamente, supe que no había sido una mala elección de palabras, aunque debo reconocer que fueron predecibles, porque Historia no reaccionó con sorpresa o molestia. Era como si, de algún modo, esperara que yo dijese algo así. No hizo ningún comentario al respecto, sin embargo.

—¿Te refieres a la vez que no pudimos acabar porque nos interrumpieron? —dijo Historia, y ambas soltamos risas breves. Recordaba perfectamente aquello. Estábamos en lo mejor, cuando un oficial nos indicó que estuviéramos en forma para la siguiente misión. También recordaba que Historia me había dicho que algunos chicos estaban espiándonos. Sin embargo, aquello no era más que una anécdota para mí, refiriéndome a los chicos espiándonos, claro está.

—Eventualmente, lo conseguimos —repuse, y ella asintió por toda respuesta—. Es lo más importante.

—Y fue muy bueno —añadió Historia, acercándose a mí, y dándome un beso en los labios—. Marcó un punto de inflexión en nuestra relación.

—Sí —dije, acordándome de ese primer "te amo" que le dediqué a Historia. Por alguna razón, sentí un cosquilleo en mis entrañas—. Fue cuando cobré conciencia de lo que realmente sentía por ti.

—Ese siempre es un momento importante en una relación —dijo Historia, sonriéndome—. Y me alegra darme cuenta que yo me sentí del mismo modo que tú, no porque supiera que era importante para ti, sino porque lo era para las dos.

—¿Y volverías a luchar a mi lado?

—Solamente en algo muy importante, algo que esté por encima de tú y yo —dijo Historia, y a mí me pareció justo. La reina no podía siempre estar al frente de cada guerra que Paradis librara. Solamente acompañándonos a Shiganshina demostró que ella tenía el potencial para convertirse en una líder digna de remembranza. Podía verla ayudando en la construcción de nuevas defensas para los muros, o atendiendo a niños sin hogar en un orfanato. Claro, había gente que pensaba que una reina no podía rebajarse a realizar trabajos que unos simples plebeyos podrían desempeñar, e incluso lo harían mejor, pero la mayoría, entre los que me incluía, se sentían inspirados por su voluntad de ser un aporte para la sociedad, no simplemente gobernando, sino que también participando en lo que implicaba construir una sociedad. Lo demostró por primera vez en la batalla de Orvud, cuando acabó con su propio padre, no simplemente pretendiendo hacerlo, luego con lo del orfanato, y más tarde con su participación en la batalla de Shiganshina y su rol en la derrota de Reiner.

—¿Su Majestad? —se oyó una voz al otro lado de la puerta. Ambas saltamos de la sorpresa. Historia tardó un poco en recuperarse, y respondió cuando pudo hacerlo de forma coherente.

—¿Qué ocurre?

—Tiene que venir a la sala de reuniones. Hay una emergencia.

Historia quedó en silencio por un par de segundos, asumo que buscando las palabras correctas para expresarse. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un poco de tiento.

—Voy enseguida.

Historia, después de aquellas palabras, me miró con una expresión de seriedad.

—Lo siento. Debo irme. Puedes usar la ducha si quieres, en caso que te apetezca.

No dije nada. Solamente asentí con la cabeza. No podía exactamente quejarme. Historia era la reina después de todo. Era parte de su trabajo estar atenta a cualquier cosa relevante que ocurriera dentro de los muros. Por otra parte, si se trataba de algo que requiriera apoyo armado, yo tenía la obligación de estar al tanto de la situación. Aparte de todo eso, mi rango no me permitía mantenerme al margen. Historia misma me había designado capitana. Estaba por encima de mis compañeros de escuadrón.

—Iré contigo —dije.

Ella me sonrió, como valorando que yo también estuviera interesada en oír sobre la emergencia.

Resultaba que la llamada emergencia hablaba de una nueva invasión por parte de la armada marleyana. No obstante, el número de embarcaciones había sido mucho menor, y no se trataba de acorazados que llamaran la atención, lo que me hizo pensar más en una misión de infiltración que en un ataque frontal. Dado que el muro costero había sido dañado por la armada marleyana y después arrasado por Erwin, tenía sentido enviar una fuerza pequeña, que no fuese detectada por nosotros, y emplear soldados para infiltrarse en los muros y obtener información, para luego usarla en una estrategia para luego efectuar una invasión mejor planificada. La forma en que nos habíamos enterado del ingreso de los barcos en la costa fue por el destacamento de soldados asignados a proteger las labores de construcción de las nuevas defensas costeras, entre los que se encontraba Eren, lo que implicaba que podía usar sus poderes para acabar con las embarcaciones. Como en la invasión anterior, hubo prisioneros, sin embargo, varios de ellos se entregaron de manera voluntaria. Cuando registramos las embarcaciones, encontramos ropa y, por alguna razón, vino. Era una extraña carga para una misión de infiltración, debo reconocerlo, aunque asumo que mucha gente en Paradis, incluyendo a Dot Pixis, estaría más que contento por el vino.

Lo otro que hallaba curioso, era que los reportes manifestaran que ese grupo de soldados marleyanos se hubieran rendido apenas ver al titán de ataque, como si aquello formara parte de una señal del destino o algo así. Como fuese, los prisioneros estaban siendo trasladados hacia las barracas de la capital para ser interrogados por la Policía Militar, porque a ellos no les gustaba salir del muro Sina para cumplir con sus obligaciones. Ellos preferían que los deberes vinieran por su cuenta. Me considero afortunada por no pertenecer a ese grupo de idiotas, porque eran, semánticamente hablando, idiotas, personas que actuaban de acuerdo a sus propias ideas, y que no permitían la influencia de ideas ajenas. Aún con una monarquía muy distinta a la de antes, los efectivos de la Policía Militar seguían sintiéndose superiores al resto de los soldados del ejército. Yo no podría hacer eso, por eso la Policía Militar no era mi lugar. Pese a que muchos soldados aspiraban a entrar a esa rama solamente para no enfrentarse a los titanes, eventualmente, el complejo de superioridad se infiltraba en el interior de los novatos, convirtiéndolos en uno más del grupo.

Después de escuchar todo el reporte, quise estar con mis propios compañeros para conocer a esos prisioneros, los que se habían entregado de forma voluntaria. Yo sabía que había otros tres soldados marleyanos prisioneros, los que fueron capturados después de la fallida invasión a la isla. Supe que uno de ellos se especializaba en cocina, y se ofreció a trabajar en lo que mejor hacía. Después de un mandato especial de parte de la reina, él pudo comenzar su negocio, y resultaba que su primer día no había sido nada de malo. Me pregunté si Sasha podría darle una oportunidad a su comida. Ella jamás perdía la oportunidad de comer, y era su actividad como soldado lo único que le impedía subir de peso. Como fuese, si quería reunirme con mis compañeros, debía llegar a las barracas de Mitras y esperarlos allá, porque ellos formaban parte de la comitiva que escoltaba a los prisioneros. No me sorprendía saber eso, pues Jean y los demás tenían más experiencia de combate que toda la Tropa de Guarnición y la Policía Militar.

Las barracas de Mitras no se parecían en nada a las que se erigían en los muros. Como eran de uso casi exclusivo de la Policía Militar y, en algunos casos, de los altos mandos de otras ramas del ejército, yo podía ocupar sus dependencias, pese a las protestas que esto ocasionaba a menudo. Me daba lo mismo, sin embargo. A mí me bastaba con denunciar cualquier intento de agresión a mi superior inmediato, y asunto solucionado. No me gustaba involucrar a Historia cada vez que tenía un problema, y lo haría solamente cuando no había otra salida, lo que, por fortuna, no había ocurrido hasta ese momento. Bueno, estaba hablando de las barracas. Allí tenían agua caliente, camas cómodas y comida de calidad, reminiscencias de una monarquía que ya no existía, pero que yo aprovechaba como el que más. No quiero que me malinterpreten. No estoy en contra de la comodidad. Lo que me molestaba era la forma en que la Policía Militar convertía eso en algo infantil, como si estuvieran diciendo "yo tengo esto y tú no", pero con palabras más bonitas. La verdad, mi lugar estaba en las barracas de Trost, porque allí pasé la mayor parte de mi tiempo durante mi carrera en el ejército. Podría no tener camas cómodas, o agua caliente, o comida que rozaba lo gourmet, pero al menos había camaradería. Por desgracia, mis compañeros debían dejar a los prisioneros y marcharse de inmediato, pues no tenían el rango suficiente para estar allí. Historia había propuesto en varias ocasiones que se eliminara la segregación entre las diferentes ramas del ejército, pero el proceso era muy lento, y era a menudo entorpecido por la misma Policía Militar, alegando que aquello implicaba realizar cambios drásticos a la forma en que sus efectivos eran seleccionados. En resumen, burocracia barata estaba poniéndose en el camino de una mejor sociedad.

Cuando los prisioneros estuvieron a buen recaudo en el calabozo de las barracas, me acerqué a mis compañeros, pero apenas pudimos intercambiar unas pocas palabras, porque debieron irse de inmediato. No quería que tuvieran problemas con la Policía Militar. Al menos alcancé a mencionarle a Sasha sobre ese lugar donde trabajaba el cocinero de Marley. Mientras se alejaban, la escuché hablar con mucha emoción sobre el asunto.

Descendí hasta el calabozo, y me encontré con los prisioneros. Eran unos quince de ellos, pero había dos que destacaban entre el resto. Uno tenía la piel de color muy oscuro, algo que jamás había visto antes, y el otro, o al menos pensaba que era un hombre, era una persona muy alta, más alta que yo, y tenía el cabello de color rubio y en forma de taza. Ni siquiera pensé en saludarlos, no porque fuesen prisioneros, sino porque tenía una pregunta que hacerles, más importante que cualquier saludo.

—¿Por qué se rindieron apenas ver al titán de ataque?

Ninguno de los prisioneros respondió por un momento, al cabo del cual, el tipo alto del cabello en forma de taza se acercó a mí, mirándome con una expresión que daba la impresión que siempre estuviese aburrido.

—Porque creemos en la libertad, al igual que Eren Jaeger.