XLVII
Mala espina

Por un momento, no supe cómo reaccionar. De algún modo, aquel individuo (y su voz no ayudaba mucho a diferenciar si era hombre o mujer), conocía el nombre de Eren. El cómo escapaba a mi conocimiento, porque él (o ella) era un soldado marleyano, y Eren jamás había salido de la isla.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, a falta de otra cosa coherente que decir.

—Mi nombre es Yelena —repuso, y aquello me confirmó que era ella en lugar de él—, y soy… digamos… simpatizante de la causa de la isla. Pero me temo que no puedo decirte por qué conozco el nombre de Eren Jaeger o sus ideales. Eso solamente lo haré en presencia de los líderes de esta isla. Si quieren información sobre el enemigo, tendrán que negociar. No quiero que piensen que estamos chantajeándoles. Tenemos un enemigo común al que derrotar, y la cooperación es la mejor forma de enfrentar a Marley.

Después de esas palabras, me quedó claro que no iba a obtener más información de los prisioneros. Sin decir ni una sola palabra más, di media vuelta y salí de las barracas, rumbo al palacio de gobierno. Ya era tarde, y probablemente no fuese recibida por los guardias, pero lo poco que había escuchado de Yelena era suficiente para encender las alarmas de toda la isla. Historia tenía que escuchar esas palabras. Probablemente sería la primera vez que invocara su nombre para que me tomaran en serio, y ya he dicho que no me gustaba hacer precisamente eso.

Cuando llegué al palacio de gobierno, hablé con uno de los guardias, y me explicó que Historia se encontraba ocupada en una reunión de emergencia con sus asesores, y que tenía que ver con los prisioneros con los que yo había hablado. Sin embargo, el guardia me dijo con quién podría hablar para remitirle la información a Historia. Después de agradecer al guardia, traté de localizar a Erwin, pues él no se encontraba en las barracas. Sabía que estaba dentro de la capital, pero no en qué lugar en específico. Estuve hablando con varios soldados de la Policía Militar, pero muy pocos de ellos estaban dispuestos a ayudarme. Con la poca información que pude recabar, llegué a lo alto del muro defensivo de la capital. Tuve que emplear mi equipo de maniobras para llegar allá, y unos pocos efectivos de la Policía Militar me miraron con una mezcla de curiosidad y asco. Incluso me dio la impresión de escuchar a uno de ellos decir "maldito explorador".

Cuando llegué arriba, vi a una figura que parecía usar una capa. Me acerqué de a poco, y vi que se trataba de la capa con el emblema del Cuerpo de Exploración.

—¿Señor? —dije de forma incierta, insegura de si hacer el saludo militar o no en un contexto informal.

Erwin dio media vuelta, y me miró fijamente a los ojos.

—Ah, eres tú, Ackerman —me dijo, y dio media vuelta una vez más, indicándome con un gesto de su mano que me acercara. Así lo hice, y me quedé mirando hacia el horizonte, tal como él lo hacía—. Asumo que no habrías venido aquí si no es por algo importante.

—Es importante, señor —dije, en un tono más adecuado para un soldado como yo—. Es sobre los prisioneros que se entregaron voluntariamente.

—¿Sabes algo sobre ellos, Ackerman?

—Solamente el nombre de uno de ellos, su propósito y una… demanda.

—Eso es mejor que nada —dijo Erwin, sin desviar su mirada del horizonte, y yo me pregunté si estaba haciendo eso por alguna razón en particular o solamente estaba tomando un poco de aire—. ¿Qué es lo que quieren?

—Piden reunirse con nuestra reina. Por lo que me dijeron, están dispuestos a revelar información sobre nuestros enemigos más allá del mar. Me explicaron que eran una especie de… disidentes.

—En todos los gobiernos hay de esos —dijo Erwin, llevándose una mano al mentón, pensando rápido, para luego seguir hablando—. Si lo que dices es cierto, entonces podríamos tener unos excelentes aliados si queremos defendernos de las fuerzas de Marley. No obstante, debemos proceder con cuidado. Tenemos que considerar la posibilidad de que aquello sea una trampa, y el enemigo espere que nosotros mordamos el anzuelo.

Aquella era una duda razonable. De todas maneras, ¿no era cómo decía aquel dicho? "Si algo parece ser demasiado bueno para ser cierto, usualmente lo es". Podía pensar en otros dichos que podrían amoldarse a la situación, pero no iba a perder tiempo en ello. Sin embargo, no le había dicho al comandante lo más relevante de la conversación que tuve con Yelena.

—Dicen conocer a Eren Jaeger —dije.

Erwin quedó en silencio, seguramente ponderando aquella nueva pieza de información. Tal como yo en su momento, podría estar imaginando algún contexto en el que esas personas podían conocer quién era Eren. Lo que dijo, sin embargo, me sorprendió.

—Hay personas más allá del mar que conocen a Eren —dijo, y yo tragué saliva, olvidando completamente que Reiner y cómo fuese que se llamaba el tipo del titán bestia conocían a Eren. Pero no me imaginaba a ninguno de los dos compartiendo información sobre Eren con soldados comunes y corrientes—. No es descabellado pensar que Reiner y Zeke fueron interrogados por los altos mandos del ejército de Marley, y que la información fue diseminada a sus soldados como una forma de motivación para pelear en contra de nosotros. Si ese es el caso, entonces el gobierno marleyano no sabe que los prisioneros posiblemente sean disidentes.

—Y entonces, ¿qué podemos hacer?

—La información que me entregaste, pese a que es poca, es muy valiosa. Yo me encargaré de que nuestra reina esté al tanto de lo que descubriste.

Erwin iba a dar media vuelta, cuando me atreví a hacerle una última pregunta.

—¿Puedo saber por qué estaba en este lugar?

Él se detuvo, y me dedicó una nueva mirada penetrante.

—Solamente necesitaba un poco de aire, eso es todo. No olvides reportarte en las barracas. La Policía Militar, por desacreditada que se encuentre, aún está a cargo de la seguridad aquí, y podría hallar cualquier razón para molestarte, e incluso ponerte bajo arresto.

—Sí, señor —respondí, haciendo el saludo militar.

Ambos nos separamos en el mismo muro, y yo me aseguré de ir por los tejados para no llamar la atención de ningún soldado. Cuando me reporté en las barracas, me aseguré de dar una excusa plausible por mi tardanza, y me encerré en mi dormitorio, acostándome sobre la cama, sin molestarme en desvestirme.

Mañana sabría la razón por la que no pude dormir en toda la maldita noche.

Me levanté de la cama a eso de las once de la mañana. Como una sonámbula, me encaminé al baño, me miré al espejo, y vi que tenía unas ojeras bastante poco vistosas. Me duché con agua helada, para ver si eso me ayudaba a mantenerme despierta. Me ayudó, solamente a medias, porque aún sentía la cabeza agotada después de la ducha. Volví a mi habitación, recostándome en la cama, esperando por alguna orden que proviniera de los altos mandos.

Es típico que después de muchas horas sin dormir, te quedas dormida sin que te des cuenta. Fue eso precisamente lo que me ocurrió. Salté de la sorpresa cuando sentí unos golpes bastante insistentes a la puerta de mi habitación. Masajeándome los ojos y bostezando sin ninguna clase de mesura, me puse de pie y abrí la puerta. Un soldado de la Policía Militar esperaba frente a mí. Era un tipo alto y esmirriado, cuya primera impresión fue que había salido de una mala resaca, a juzgar por el cabello revuelto y la expresión agotada de su cara.

—Has sido convocada a una reunión especial en el palacio de gobierno —dijo el soldado, y mis primeras impresiones se evaporaron de un plumazo. No era la resaca la que le tenía con ese aspecto. Así lucía por defecto, y me pregunté si ese soldado había sido objeto de al menos una sanción disciplinaria por lo mismo—. Sígueme.

Ah, había olvidado que la Policía Militar era una autoridad en sí misma, a tal punto que los modales no aplicaban para ellos. Ignorando el hecho que no había dicho "por favor", seguí al soldado hasta un par de caballos afuera de las barracas. Él montó uno de ellos, y me indicó que yo hiciera lo mismo.

Cinco minutos después, llegamos al palacio de gobierno. Le dije a mi escolta que yo sabía cuál era el camino a la sala de reuniones, pero me acompañó de todas formas. Era como una sombra, porque me siguió hasta la mismísima sala de reuniones. Suspiré de alivio al entrar, pues mi escolta no estaba autorizado para ingresar. Compuse la más breve de las expresiones de desdén antes de tomar asiento en el único puesto desocupado que había. Los otros integrantes de la reunión eran los comandantes de las respectivas ramas del ejército, el capitán general, unos pocos asesores, Historia, y, por alguna razón, Eren también se encontraba presente.

—Bien, estamos todos —comenzó Historia, poniendo ambas manos sobre la mesa y juntándolas, mirando a todos los presentes con una expresión grave en su cara. A mí me sorprendía a veces lo severa que podía ser ella, porque cuando la conocí, creí que no sería capaz de estar en una posición de autoridad, y, sin embargo, allí estaba, a la cabeza de una reunión importante para el futuro de la isla—. El propósito de esta reunión es debatir la información que nos proporcionaron los prisioneros de Marley, con tal de tomar la mejor decisión con respecto a nuestro futuro. Puede comenzar el comandante de la Policía Militar.

Miré a mi izquierda y Nile se puso de pie, carraspeando antes de exponer lo que tenía que decir.

—A juzgar por lo que Yelena y los demás nos dijeron, es obvio que nuestra nación se encuentra en peligro de sufrir una invasión aún más grande que las que ha habido en el pasado. No tenemos el poderío militar suficiente para enfrentar a Marley, y no confío en la alternativa que los prisioneros nos ofrecen. Sabemos muy poco sobre ese llamado "retumbar de la tierra". Puede que incluso sea una trampa del enemigo para que caigamos en ella, y así les sea más fácil invadirnos. Y, honestamente, la condición que ellos pusieron para ayudarnos no es aceptable, en absoluto. Propongo que nuestros esfuerzos se enfoquen en mejorar las defensas de la isla lo mejor que podamos. Tenemos que forzar a los prisioneros a compartir con nosotros parte del conocimiento y tecnologías bélicas que ellos emplean. De ese modo, podríamos tener una mejor oportunidad defendiéndonos de Marley.

Era la primera vez que escuchaba el término "retumbar de la tierra", y no se oía como algo bueno, en absoluto. Y los prisioneros habían hablado de eso como una alternativa para defenderse de las fuerzas marleyanas. Aquellas cuatro simples palabras me dejaron un muy mal sabor de boca, y, por mucho que odie decirlo, Nile tenía razón. Yo tampoco confiaba en eso del retumbar de la tierra, aunque no supiera exactamente en qué consistía, pero me daba la impresión que se trataba de algo grande, masivo y poderoso. Tal vez se trataba del nombre código de una nueva arma, una arma lo suficientemente potente para acabar con muchas personas en un solo ataque. De cualquier modo, no me gustaba esa alternativa, y, si tenía voz en la reunión, también iba a manifestar mi rechazo por emplear aquella alternativa.