XLIX
Más desacuerdos

Cuando Historia le preguntó a Eren si conocía a Yelena, él respondió que jamás la había visto en su vida, y no podía explicar por qué conocía su nombre. Por supuesto, Eren no había estado presente durante el interrogatorio a Yelena y sus compañeros, y fue durante la reunión que Erwin le informó a Eren que ella conocía a Zeke y que era una aliada de él. Eren se llevó una mano al mentón, me imagino que tratando de reconciliar la información que había recibido con lo que sabía de Zeke. Hay que recordar que solamente contaba con la información que aparecía en los diarios de Grisha, encontrados en el sótano de la antigua casa de Eren allá en Shiganshina.

—Así que… Zeke tiene un plan, pero Yelena no sabe buena parte de él —dijo Eren, poniendo ambas manos sobre la mesa, mirando a todos los presentes, menos a mí, por alguna razón—. Puede que esté equivocado, pero creo que Zeke no quiere que sus propios aliados sepan mucho sobre los detalles del plan. Pero Yelena nos dijo lo suficiente para que sepamos que existe un plan, y el comandante Erwin quiere armar una misión para traer a Zeke a la isla.

—Así parece —admitieron Nile y Pixis, mientras que Erwin asintió brevemente.

—Si eso es cierto, entonces creo que Yelena es una especie de cebo, diseñado para captar nuestro interés en lo que Zeke quiere decirnos. Y tengo la impresión que cuando piquemos el anzuelo, Zeke nos explicará el plan con lujo de detalles. Pero, como bien dijo nuestra reina, no estoy en la posición de contradecir las decisiones de su Majestad. Acataré cualquier decisión que ella tome

—Entonces, ¿podemos proceder? —preguntó Erwin. Nile y Pixis miraban atentamente al comandante, como evaluando sus reacciones. Darius Zackley, el capitán general, quien no había dicho nada durante toda la reunión, tomó la palabra, poniendo el mentón sobre ambas manos, y mirando fijamente a todos los presentes.

—Entonces, supongo que debo dar luz verde a la misión de infiltración en Marley. Tenemos que colaborar entre todos si queremos que esta empresa tenga éxito. Si los disidentes están dispuestos a compartir los secretos militares de Marley, entonces podremos desarrollar mejores armas, e incrementar nuestro potencial bélico. Necesitaremos todas las ventajas de las que podamos echar mano.

—Si me permite la palabra, capitán —intervino Eren, sin ponerse de pie y hablando con voz monocorde, como si no le importara mucho lo que estaba a punto de decir—, antes de enviar soldados a Marley, envíeme a mí primero. Enviar muchos hombres puede resultar sospechoso. Puedo hacerme pasar por un refugiado, y proporcionar información relevante para la misión.

De inmediato, Nile se puso de pie, dedicando una mirada fulgurante a Eren.

—¿Estás loco? Es muy peligroso ir solo hacia una nación hostil. Tienes que tener que cuenta que posees el titán fundador. ¿No crees que estarías haciendo exactamente lo que Marley quiere, sin tener que luchar por ello?

—Marley no tiene por qué saber quién soy —repuso Eren, calmado, sin nervios, como si Nile le hubiera platicado sobre un asunto casero—. Puedo mutilar mi cuerpo de ser necesario para que nadie sospeche de mí, ahora que tengo mejor entendimiento de mis poderes como titán cambiante.

—No confío en ti —dijo Nile con desdén—. Ni siquiera eres un soldado veterano. Eres un joven que solamente cree que sabe lo que está haciendo.

—A mí me parece un buen plan —dijo Erwin, y Nile le dedicó una mirada cargada de veneno—. Vi lo suficiente en Shiganshina para confiar en los poderes de Eren, y en que él les dará un buen uso. Enviar muchos hombres para una misión de infiltración no es inteligente. Emplearemos soldados solamente para apoyo, en caso de ser necesario. Eren irá acompañado por un grupo pequeño de soldados, liderados por la capitana Mikasa Ackerman. La extracción se llevará a cabo con un contingente más numeroso de soldados, los que serán encabezados por el capitán Levi. Yelena nos proveerá de puntos seguros para el desembarco de las tropas, pues necesitarán saber cuándo emprender el ataque. Levi y sus hombres armarán un campamento en el descampado, y se harán pasar por refugiados. Yo también participaré en la misión, pero me gustaría mantener en reserva mi rol en la operación. Ningún soldado en Marley puede saber que yo soy el dueño del titán colosal.

—Yo también estoy de acuerdo —dijo Historia, y Nile tragó saliva. Pese a que era un hombre con experiencia, no podía ir en contra de las órdenes de la reina, y yo sentí un placer perverso viendo su confusión—. En todo caso, no me gusta la idea de que Eren vaya solo a Marley. Sus compañeros de la 104 harán un buen trabajo protegiéndolo.

De esa forma, se decidió que la infiltración sería conducida por un grupo reducido, y yo iba a estar a cargo de eso. No podía decir que se trataba de una misión fácil, pero, si pude sobrevivir Shiganshina, podía sobrevivir Marley. Lo único que lamentaba era que Historia no me acompañaría en esa ocasión.

Todos nos pusimos de pie, e Historia puso la reunión en pausa, decidiendo los plazos de preparación y ejecución de la misión, y otros detalles, como la obtención de secretos militares de Marley de los disidentes. Yo salí de la sala, y, de manera automática, me dirigí hacia la habitación real. Había un par de guardias custodiando la entrada, pero me dejaron pasar cuando me vieron. Lentamente, con una extraña sensación en mis entrañas, caminé hacia la cama, tomando asiento sobre ella. Una sonrisa involuntaria cruzó mi cara cuando recordé todos aquellos momentos que pasé con Historia a solas, ya fuese con ropa o sin ella, haciendo el amor o no, porque, con un demonio, no todo puede ser sexo. Había varias ocasiones en las que, simplemente, hablábamos, recostadas sobre la cama, con ropa, sin intención de hacer algo más… sexual. No podía conocer a mi esposa a través de gemidos y palabras sensuales, obviamente.

Cuando Historia entró en su habitación, me vio sentada en su cama, y algo en mi mirada hizo que compusiera una expresión de tristeza. Era como si supiera que algo desagradable iba a pasar entre las dos, y no se equivocó.

—¿En qué diablos estabas pensando? —pregunté, sin preámbulos. Historia tembló un poco antes de responder.

—No quiero que otra persona tenga que pagar semejante precio —repuso ella, tomando asiento a mi lado, juntando ambas manos sobre sus piernas, evitando mi mirada—. Sé que si heredo el titán bestia, mis días estarán contados, y sé que no es lo que quieres.

—¡Por supuesto que no es lo que quiero! —exclamé, acomodándome sobre la cama, de manera de mirarla—. Lo que quiero es continuar a tu lado, hasta que la muerte nos separe—. Respiré hondo para tranquilizarme, tomé su mejilla, e hice que me mirara. A juzgar por lo que veía, Historia no disfrutaba para nada tener que aceptar semejante responsabilidad—. Pero, si me das una muy buena razón por la que estás haciendo esto, trataré de aceptarla. No es que no pueda vivir sin ti, pero perderte sin razón me va a romper el corazón.

—Es que… se supone que soy la reina de Paradis, y como tal, debo dar el ejemplo —dijo Historia, tratando de evitar mi mirada, pero sostuve su mejilla de forma que ella no pudiera mover su cabeza—. ¿Cómo esperas que la gente me siga, si yo no estoy al frente, indicándoles el camino?

Ambas permanecimos en silencio por un rato, pues ninguna de nosotras sabía qué más aportar a la discusión. Verla tan decidida y a la vez vulnerable me hizo recordar la conversación que tuvimos antes de tener sexo por primera vez, cuando me contó de dónde había salido el nombre Krista. Si mi memoria no me fallaba, era un personaje de un libro, un personaje que se caracterizaba por ser una buena chica. En esa ocasión, Historia me había confesado que ya no quería ser una buena chica porque la gente manipuladora se aprovechaba de ellas. También recuerdo que su motivación para dejar de serlo fue que quería ser fuerte, como yo. Tal vez, aquel fuese el momento más indicado para recordarle su decisión.

—Tú me dijiste hace tiempo que querías dejar de ser una chica buena, que querías ser fuerte —le dije, e Historia no dijo nada. Su expresión era la de alguien que estuviera tratando de recordar algo, algo que estuviera escondido en los confines de su memoria. Después de un largo rato, Historia me respondió.

—Fue antes de que tuvimos sexo —dijo, con voz queda y una mirada confusa, e imaginé que se estaba preguntando por qué yo había mencionado ese momento en particular—. ¿Qué tratas de decirme?

—Intento decirte que me has demostrado en varias ocasiones que tú eres una chica fuerte y valiente —le dije, tomándole ambas manos, y ofreciéndole una sonrisa—. Lo que quiero es que muestres nuevamente que lo eres. No tienes que sentirte presionada por el peso de tu posición en la sociedad, o por lo que el pueblo podría pensar de ti si no aceptas esa responsabilidad.

Historia se estremeció un poco al escuchar mis palabras, no porque estuviera conmovida por ellas, sino porque tenía miedo.

—Mikasa, ¿no crees que estaría siendo muy egoísta si pienso de esa forma? —dijo ella, soltando mis manos, y la miré con cierta confusión. Al principio, sus palabras no tuvieron mucho sentido para mí, hasta que recordé que ella era la reina, y tenía por obligación anteponer el bien común en detrimento del suyo—. Mi deber es para con el pueblo de Paradis. Tú, pese a que eres muy importante para mí, eres una sola persona. No eres la mayoría.

—Historia —insistí, tratando nuevamente de tomarle sus manos, pero ella las alejó, lo que hizo que se me retorcieran las entrañas—, no es el pueblo quien quiere que tú heredes el titán bestia. La gente ni siquiera sabe que los titanes cambiantes se pueden heredar. Lo que quieres hacer es parte de un plan que no concebiste, y estoy segura que, muy en el fondo, no quieres hacerlo. Dime que estoy equivocada.

Historia quedó en silencio por un buen rato, tratando de sopesar lo que yo había dicho con lo que ella necesitaba hacer. Tenía una expresión dolida, como si estuviera a punto de decir algo que no me gustara para nada.

Y ella abrió la boca para hablar.

—Tienes razón. No quiero hacer esto. Me asusta tener que acortar mi vida para poseer un poder titán, pero quiero que entiendas que no hago esto porque me gusta. Hacer lo que es necesario, en muchas ocasiones, no es compatible con lo que uno quiere. Es lo que decidí, y debo ser consecuente con mis decisiones. Es la única forma en que yo sea una mujer fuerte y valiente, como tú bien lo dijiste.

Hubo un breve silencio entre las dos, y yo hacía lo que podía por entender su postura, de querer, nuevamente, dar el ejemplo al pueblo de Paradis, pero no me fue posible ser objetiva con eso. Todo lo que me importaba era ese maldito periodo de trece años. ¡Yo quería estar con Historia por mucho más tiempo que ese! No sé si yo estaba siendo egoísta o protectora con ella, pero el punto era que no quería que Historia heredara el poder del titán bestia.

—¿Y qué es lo que tu corazón quiere? —le pregunté, tomando sus manos con firmeza, como si temiera que alguien me la arrebatara—. Seguro que debe tener voz en tu decisión.

Historia suspiró. Aquella no era una buena señal.

—¿Acaso importa? No es asunto de lo que mi corazón quiere o no. Hago esto por mi pueblo, para que nadie más tenga que sacrificarse.

—A mí me importa —dije, mirando a mi esposa como si no la volviese a ver hasta después de mucho tiempo, lo que era, hasta cierto punto, verdad—. Desde que somos pareja me ha importado lo que hay en tu corazón.

Historia mostró una sonrisa triste. Una lágrima cayó por una de sus mejillas.

—Mi corazón me dice, o mejor dicho, me grita, que no haga esto. No quiero tenerte solamente por trece años. Así de importante eres para mi corazón. Me duele mucho tener que hacer esto, me quema por dentro, porque sé que nuestra relación estará condenada a terminar. ¡Quiero pasar mucho más que trece años contigo! Pero… pero no puedo pensar con mi corazón en esto. —Historia bajó la cabeza, evitando mi mirada, pero yo levanté su mentón con una mano, de manera que no rompiera el contacto visual conmigo—. Tengo que pensar en el bien común. Debo pensar como reina más que como esposa o amante. Si estuvieras en mi lugar, me entenderías. ¡Por favor! ¡Trata de ponerte en mis zapatos!

Sin embargo, para mí, me fue difícil ser empática con Historia. Me obligué a recordar que ella había sido mi mujer por tres años, y que había visto de cerca cómo ella debía enfrentar sus responsabilidades como reina de Paradis, cómo quería marcar diferencia con la monarquía que la precedió, participando activamente en todo lo que implicaba vivir en sociedad, dando el ejemplo cuando podía o fuese pertinente. Fue cuando cobré conciencia que yo estaba siendo egoísta. Estaba tan obcecada en el hecho que la iba a perder al cabo de trece años, que fallé en comprender que ella estaba pasando por lo mismo que yo. Cuando entendí qué era lo que Historia estaba haciendo, no pude hacer otra cosa que admirarla, porque yo no habría podido tomar la decisión que ella tomó si yo estuviera en su lugar. No tengo su coraje, debo admitirlo. Esta vez fue mi turno de bajar la cabeza, avergonzada de mí misma, y el turno de Historia de mantener el contacto visual.

—Te entiendo —dije, tratando de curvar mi boca en una sonrisa, apenas lográndolo—. No puedes pensar solamente en mí cuando estás en una posición de poder. Siempre quieres dar el ejemplo al pueblo. Simplemente, estabas siendo tú.

—Entonces, ¿me dejarás hacerlo?

—No podría impedírtelo de todas formas. Eres la reina.

—Pero valoro tu opinión, más que nada porque la comparto completamente.

Me quedé mirándola por un largo rato antes de ponerme de pie, y dirigirme hacia la puerta. La abrí, y le dediqué una última mirada a Historia.

—Te deseo lo mejor con tu decisión —dije, con un pequeño temblor en la voz—. Espero que la misión que debo cumplir llegue a buen puerto. Va a ser difícil despedirme de ti..

—Para mí también, Mikasa. Te amo, mi capitana.

—Yo también te amo, mi reina —dije con voz trémula.

Y, con esas últimas palabras, y después de un buen rato, pues no quería realmente separarme de Historia, cerré la puerta de la habitación, para volver a la sala de reuniones, pestañeando rápidamente para evitar que las lágrimas que comenzaban a asomarse por mis ojos rodaran por mis mejillas.