LI
El desembarco
Durante el viaje, de todos los que íbamos en la embarcación, el que se mostraba menos locuaz era Eren. Solamente hablaba cuando le dirigían directamente la palabra, como en el segundo día de viaje, cuando decidí que su prolongado silencio estaba comenzando a resultar incómodo.
—¿En qué piensas? —le pregunté, mientras él miraba hacia el horizonte, sin verlo realmente, pues sus ojos no parecían estar enfocados en algo particular—. Porque no has dicho nada en horas.
Eren se tomó su tiempo para desviar la vista hacia mí, como si estuviera considerando cuidadosamente qué decir. Cuando lo hizo, empleó un tono monocorde para hablar conmigo.
—No tengo mucho que decir realmente —fue su respuesta, mirándome con desidia, como si yo no le importase ya—. La misión es lo más importante, y tengo que estar preparado. No necesito estar interactuando constantemente con ustedes para hacerlo.
Aquellas palabras me impactaron como una patada en el vientre. Quedé con la boca ligeramente abierta y los ojos levemente dilatados a causa de la impresión. No fue hasta después de un buen rato que pude articular una respuesta medianamente coherente.
—Realmente no esperé que saber la verdad sobre el mundo te afectara de ese modo.
—Pues debiste haberlo considerado —dijo Eren, taladrándome con la mirada—. O dime que no habrías reaccionado del mismo modo que yo si tú hubieras estado en mi lugar. Por sorprendente que te parezca, darte cuenta que habías estado peleando contra el enemigo equivocado todo este tiempo puede afectar tu estado mental. Pretender lo contrario es negar que eres humana.
—Pero veo que te afecta, por lo tanto, eres humano, como todos —repuse, sintiendo que mis entrañas se revolvían. No podía explicar por qué me sentía de ese modo, pues estaba presentando un simple argumento, y para mí era como si estuviera a punto de jugarme la vida en alguna misión peligrosa, como la que nos esperaba en Marley—. ¿Sabes qué más es humano? Interactuar con otros seres humanos. Se supone que estamos haciendo esto por la libertad de nuestro pueblo. ¿De qué sirve luchar, si no tenemos en cuenta que somos parte del pueblo?
Eren arqueó una ceja.
—No recuerdo que fueses tan contestataria —dijo, emitiendo un ligero gruñido—. Antes, no se requería de muchas palabras para dejarte callada. Veo que tu relación con Historia ha dado sus frutos.
—Es un simple argumento —dije, y la incomodidad en mi interior creció más aún—. ¿No tengo derecho a tenerlos?
—No dije eso. Simplemente encuentro raro que seas capaz de contradecirme, cuando antes no podías, o te era muy complicado. No actuabas de esa forma cuando Historia no era tu novia.
—Bueno, la gente cambia —repuse, encogiéndome de hombros.
—No por su cuenta —dijo Eren, y ese tono sin emoción me molestaba más que las palabras que él decía—. Tú cambiaste solamente porque comenzaste una relación con Historia. Ella te cambió, no tú, y eso lo encuentro inaceptable. Uno debería decidir si lo que le pasa le cambia.
—De la misma forma en que las revelaciones de tu padre cambiaron tu forma de pensar. ¿No crees que te estás contradiciendo?
—No realmente —dijo Eren, y me miraba con tal intensidad que llegué a pensar que sus ojos quemaban, porque era difícil mantener el contacto visual con él—. Puede afectar tu estado mental, como recuerdo haberte dicho, pero no necesariamente lo que hagas a partir de ahí. Tú eres quien decide si lo que te pasa define quién eres. Aquella fue decisión mía. Fácilmente pude haber desistido de enfrentar a nuestros enemigos más allá del mar, pues cumplimos la misión en Shiganshina, y no era necesario hacer nada más. Yo decidí seguir adelante, y enfrentar a estos nuevos enemigos, precisamente porque son una amenaza para nuestra libertad. Ese es mi objetivo final, conseguir la libertad para mi pueblo.
El tono de voz de Eren me dijo que la conversación había acabado, y yo lo asumí de ese modo. De todas maneras, no iba a obtener nada más de él, pues había dejado sus puntos bien claros, y no valía la pena seguir argumentando con él. En lugar de seguir tratando de hacer que Eren interactuara más con los demás miembros del equipo, yo fui quien lo hizo, buscando conversación con los demás.
Jean, Connie, Marlo y Sasha conversaban con Louise, la nueva del grupo, pero ella no parecía sentirse intimidada por ellos, a juzgar por el entusiasmo con el que hablaba. Honestamente, creo que a Louise le faltaba más mesura para enfrentar una misión con muchos peligros, varios de los cuales no podían ser predichos, lo que introducía un factor adicional de riesgo. Aquello me ponía nerviosa, porque, como la persona a cargo de la misión, era mi deber velar por las vidas de mis subalternos.
—¿Y cuál es tu comida favorita? —preguntaba Sasha a Louise, lo que la pilló con la guardia baja. Asumo que los demás estaban más interesados en el trasfondo de su persona, como sus gustos, pasatiempos, la profesión de sus padres, o si tenía algún interés romántico… o al menos eso asumí.
—Soy más de comer vegetales y frutas —repuso Louise, con una sonrisa eterna en su cara—. No le digo que no a las carnes, pero trato de racionarlas lo más posible. Mi madre siempre me decía que comer carne podía acortar mi vida.
—Tu mamá es mentirosa —dijo Sasha, y Louise arqueó una ceja—. La carne no tiene ninguna mala consecuencia para la salud. Yo la como todos los días, y no veo que me aparezcan arrugas o algo por el estilo.
—Sasha —murmuró Jean entre dientes—, ¿te escuchaste decir que la mama de Louise es una mentirosa? No creo que haya sido prudente que hayas dicho eso.
—Déjala —intervino Louise, volviendo a sus maneras alegres—. Son sus preferencias. Yo tengo las mías, aunque Jean tiene razón en que no es bueno decir cosas como esas de la madre de uno.
Por extraño que pareciese, Connie no dijo nada, pues él generalmente defendía a Sasha, ya fuese en un argumento o en el fragor de la batalla.
—¿Y tienes un novio? —quiso saber Marlo, y supe de inmediato el porqué de esa pregunta. Podía apostar mi salario como capitana que él había dicho eso porque echaba de menos a su pareja. Lo sabía porque yo estaba en la misma situación que él, y era capaz de reconocer la mirada de alguien que extrañaba a su novia, o esposa.
—No hay tiempo para eso en el ejército —respondió Louise, como si hubiera dicho la frase de memoria. Era obvio que aquella era su respuesta por defecto cuando se trataba de preguntas sobre su situación sentimental, lo que no arrojaba ninguna luz sobre el asunto. Bien podría haber ensayado esa respuesta mil veces para que nadie sospechara, o podría darse el caso que, en efecto, no tenía pareja, pero me pareció extraño ese comportamiento. Más tarde sabría la razón de por qué se comportaba así.
—O dices eso porque es cierto, o porque quieres ocultar que tienes un novio —intervino Connie, mostrando una sonrisa mordaz—. Vamos, dinos. No nos vamos a reír de ti. No nos reímos cuando supimos que a Mikasa le gustaban las chicas, y no lo haremos ahora.
—Estoy justo aquí —dije, carraspeando, y los demás se quedaron mirándome como si no me hubieran visto en años, pese a que me podían ver perfectamente—. No voy a olvidar la manera en que salieron en tropel de la habitación junto a la que estábamos yo e Historia. Pudieron no haberse reído, pero definitivamente son morbosos.
—E… era curiosidad, nada más —balbuceó Jean, llevándose una mano a la nuca. Connie no dijo nada, pero tenía las mejillas coloradas. Marlo y Louise eran los únicos que se mostraron sorprendidos por la revelación, pero fue esta última quien dijo algo al respecto.
—¿Estaban espiando a Mikasa y a la reina? —preguntó Louise, luciendo estupefacta y mirando a Jean y Connie con el ceño fruncido y un destello asesino en sus ojos—. ¿Qué mierda pasó por sus cabezas? ¿Qué importa lo que hagan ambas en privado?
Yo iba a añadir algo, pero un sonido grave y profundo nos sacó de la discusión. Todos saltamos de la sorpresa, y nos percatamos que ese sonido solamente podía significar una cosa; estábamos a punto de llegar a las costas de Marley. Aquello también significaba que debíamos estar atentos al desembarco, y caminamos hacia la proa. Se podía ver una ciudad a lo lejos, y, en medio del mar, había más barcos. Unos salían del puerto, otros entraban, y venían de diferentes direcciones. Aquello nos tenía sorprendidos, porque aquellas embarcaciones iban a, o venían desde, otros lugares del mundo, y nos preguntamos cuán grande era, y cuánto tiempo teníamos que navegar para llegar a otras naciones.
—Preparen los cabos —ordenó Yelena, y nosotros obedecimos al pie de la letra. Yo podía estar a cargo de la misión, pero cuando se trataba de navegar y atracar en muelles, no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo, así que debía seguir instrucciones de alguien que sí sabía cómo proceder en esas circunstancias.
A medida que el barco se acercaba a un muelle desocupado y disminuía la velocidad, nosotros desenrollamos los cabos, y esperamos a que la embarcación estuviera cerca del muelle. Cuando eso ocurrió, uno de nosotros bajó el ancla, y los demás arrojamos los cabos a los ayudantes del muelle, quienes los amarraron a éste, de forma de ayudar a mantener el barco fijo. Yo me encargué de extender la rampa por la cual íbamos a desembarcar, y, cuando todo estuvo listo, caminamos por la rampa, mirando en todas direcciones, deseando tener ojos en la nuca, porque, pese a que estábamos en territorio enemigo, la novedad de estar en otro país podía ser incluso más poderoso que el sentido común. Al final, actuar de ese modo solamente jugaba a nuestro favor.
—Nosotros iremos a reportarnos al regimiento más cercano —dijo Yelena, y el tipo de la piel oscura, cuyo nombre era Onyankopon, o algo así, nos instruyó a que no nos moviéramos de nuestra posición.
—Le diremos al capitán de puerto que ustedes nos encontraron a la deriva después que nuestro barco fue atacado y hundido —dijo Onyankopon, mostrándonos una sonrisa de confianza—. Después de eso, iremos al cantón para reportarnos. Seguramente nos harán un interrogatorio para averiguar qué fue lo que pasó durante la invasión, y después, nos dejarán libres. Probablemente estemos todo el día ocupados, y ustedes necesitan alojamiento. Estoy seguro que el capitán de puerto podrá arreglar algo para ustedes por "salvarnos". Un par de días serán suficientes para preparar una casa franca, desde la cual podamos operar con tranquilidad.
Al principio, pensé que tendríamos que improvisar para encontrar alojamiento, pero había olvidado que Yelena y Onyankopon habían sido enviados por Zeke, y contaban con aquel escollo en el plan. Seguramente debieron haber preparado la logística por adelantado, de manera de facilitar nuestro ingreso a Marley, y, al mismo tiempo, sin levantar sospechas. Así, nos quedamos en un punto a unos veinte metros del muelle donde desembarcamos, mirando los edificios y la gente, preguntándonos si todas esas personas compartían las ideas de su gobierno, y si apoyaban la invasión a Paradis.
Eso era algo que pronto, para bien o para mal, íbamos a averiguar.
