LII
En la guarida del lobo

Tal como Yelena y Onyankopon habían prometido, dos días después de nuestra llegada a Marley, ambos nos condujeron a lo que sería la casa franca, desde la cual efectuaríamos nuestras operaciones. Básicamente, lo que íbamos a hacer era apoyar a Eren y recabar información de terreno para el contingente de soldados que llegaría después. Todos teníamos nuestras tareas asignadas: Jean se encargaría de obtener información sobre la situación política general actual en Marley, Marlo y yo estaríamos a cargo de diseñar esquemas que permitan al equipo de invasión planificar mejor el ataque, y Connie y Sasha se ocuparían de custodiar la casa franca. De común acuerdo, decidimos que Louise debía permanecer fuera de las calles de Marley, pero que pudiera estar presente en las reuniones diarias sobre el estado de la misión, de manera que ella estuviera informada. Al principio, Louise no se mostró muy entusiasmada por quedarse en la casa franca todo el tiempo, pero no es que ella pudiera llevarme la contraria tampoco. Bastaba con ser un poco más severa para que Louise recordara cuál era su lugar en el equipo.

En cuanto a Yelena y Onyankopon, no sabíamos con precisión en qué iban a ayudarnos, pero lo que sabía era lo siguiente: Yelena iba a pretender seguir siendo leal al ejército de Marley, y actuar desde las sombras, mientras que Onyankopon había hablado de facilitar el escape del equipo de invasión e infiltración desde Marley. Honestamente, no me imaginaba otra forma de salir del país que no fuese por mar, así que asumí que iba a tratar de obtener un barco, o usar la misma embarcación en la que nosotros llegamos aquí.

Eren era quien iba a tener la labor más difícil de todas. Era tan peligroso lo que quería hacer que yo me opuse fervientemente a que se mutilara a sí mismo para lucir como un soldado herido, demasiado herido para ser de alguna utilidad al ejército. Pese a que él podía regenerarse, teniendo un poder titán, aquello no le eximía de sentir dolor, y yo no abogaba por su sufrimiento en aras de la misión.

—Tú no eres quien decide cómo debo hacer mi trabajo —dijo Eren con severidad, y yo me quedé callada, sin saber qué decir—. Tu única atribución es decirme qué es lo que debo hacer. Limítate a eso, y no habrá problemas.

Mierda. ¿De dónde diablos venía ese miedo a contradecirle? Aquello era peligroso, pues establecía un precedente para la insubordinación, y yo, por mucho que diga que no puedo permitir esa clase de comportamientos, igual se me quedaban las palabras atascadas en la boca. Mírenme, la misma mujer que le dijo a su esposa que debía ser fuerte y que no fuese definida por lo que pudiera decir otras personas, no podía ser consecuente con sus propias palabras. Crispé los puños, buscando fuerza donde no la había.

—No… no me hables en ese tono —dije, pero fue lo mismo no haber dicho nada. No soné para nada confiada cuando hablé, y Eren lo notó.

—Yo solamente quiero que entiendas que sé lo que estoy haciendo —dijo, triunfando donde yo fracasé monumentalmente—. No necesito a otra persona diciéndome que haga esto o esto otro de determinada forma. Conozco las limitaciones de mis poderes, y, si tú tuvieras los mismos poderes que yo, y los entendieras de la misma forma que yo, estoy seguro que yo no te diría cómo usarlos.

Volví a crispar los puños, nuevamente buscando fuerza. Las palabras de Eren no eran irrazonables, y no las había dicho con prepotencia, pero, habiendo pasado tantos años en el ejército, te daba una idea clara de lo que implicaba respetar la autoridad. Traté de dar fuerza a aquella idea, y a ser consecuente con lo que le había dicho a Historia.

—No se trata de que sepas hacer tu trabajo —dije, sintiendo que mi cuerpo se estremecía, como si yo fuese un soldado de la Policía Militar que estuviera frente a un titán—. Se trata de que te dirijas a tu superior con la deferencia que se espera de un subordinado. Ya no estamos en la misma posición que antes. Tu eres un soldado, yo soy capitana, y me he ganado el derecho de serlo. Así que, de ahora en adelante, vas a dirigirte a mí como capitana, ¿de acuerdo?

Eren me miró con las cejas arqueadas, seguramente pensando en qué me había pasado para comportarme de ese modo.

—Con tal que no me digas cómo hacer mi trabajo, todo estará bien… capitana.

—Aún no me gusta que tengas que hacerte daño para lograr infiltrarte en el ejército marleyano. Sabes que no me gusta verte sufrir, por lo que sea.

—Es necesario hacerlo —dijo Eren, relajando el tono de su voz, lo que me alivió un poco—. Lo que es necesario rara vez es placentero. Dijiste que eres capitana, ¿verdad? Si quieres transmitir el mensaje correcto, debes empezar por valorar lo que tus subordinados puedan aportar.

Me quedé pensando por un rato sobre lo que había dicho Eren. Sí, no me gustaba verlo sufrir, pero, al mismo tiempo, debía reconocer que era la mejor opción para que él pasara desapercibido en su esfuerzo por contactar con Zeke. Sin embargo, pensé en Yelena y en Onyankopon, y, por un momento, creí que podría ahorrarle sufrimiento a Eren, pero después me di cuenta que ellos ya tenían sus tareas asignadas. Además, ninguno de los dos podía pasar mucho tiempo con Zeke, o luciría sospechoso. Era mejor que alguien ajeno al ejército contactara con él.

Después de que la casa franca estuvo acondicionada para vivir, decidí comenzar con la operación de inmediato. Para eso, era preciso localizar los lugares donde se concentraba el ejército marleyano en la ciudad, de manera que Eren pudiera infiltrarse en sus filas sin levantar sospechas. Designé a Jean para que hiciera ese trabajo, mientras que yo y Marlo íbamos a hacer lo que se suponía que debíamos hacer. Ese día nos levantamos temprano, desayunamos y dejé órdenes adicionales a Connie y Sasha para que se encargaran de los abarrotes. Necesitábamos comer, y para eso, teníamos que tener alguna clase de trabajo. En nuestro caso, yo y Marlo nos presentamos para trabajar en aseo, pues eso nos permitía explorar toda la ciudad sin que nadie supiera nuestras reales intenciones.

—¿Quieren trabajar en aseo? —preguntó el encargado de contrataciones de la empresa encargada del aseo de la ciudad—. No es que me queje, necesitamos más personal, pero, por alguna razón, pocos quieren tomar el empleo. La paga no es mala.

—No somos mano de obra calificada —expliqué, recordando haber leído el término en un periódico mientras buscábamos ofertas de empleo—. Tenemos pocas opciones.

—Bueno, entonces, lo único que deben hacer es llenar el formulario, recibir una capacitación para el trabajo que van a hacer, y se les hará el contrato. Buena suerte. Creo que la van a necesitar.

Honestamente, no esperábamos tener que pasar por tantos pasos antes de obtener un empleo. Diablos, en la isla no era necesario llenar tantos papeles. Por lo menos, ya habíamos hecho todos los trámites necesarios, y, en cuestión de dos horas, ya teníamos nuestros uniformes y utensilios para hacer nuestro trabajo. Lo que la empresa no sabía era que nosotros teníamos utensilios adicionales, los que, naturalmente, no estaban destinados a la limpieza.

Habíamos trabajado por una hora apenas, y pudimos ver con toda claridad por qué tan poca gente aceptaba ese empleo. Muchas veces debíamos lidiar con basura cuyo olor nos sacaba arcadas a cada momento. Marlo vomitó un par de veces, mientras que yo deseaba no tener nariz para hacer el trabajo. Sin embargo, como Eren bien había dicho, lo que era necesario rara vez era placentero, y hacer lo que estábamos haciendo era necesario para que el escuadrón de invasión hiciera mejor su trabajo. De todos modos, conocer el terreno era vital para el desenlace de una batalla. Para hacer el trabajo más llevadero, decidí platicar con mi compañero sobre temas que no tenían nada que ver con la misión.

—¿Te ha sido difícil estar aquí? —le pregunté a Marlo, sabiendo que no lo era, pero quería arrancar su atención del trabajo.

—Por increíble que te parezca, este trabajo no es más complicado de la misión —repuso, sin mirarme, pues prestaba más atención a la calle, a veces recogiendo unos papeles, o un trozo de excremento, otras tomando notas para los planos que íbamos a dibujar—. Tenías razón con respecto a mi compromiso. Habría sido mucho más complicado irme si me hubiera comprometido con Hitch antes de partir. Y habría sido más grande el dolor para ella en caso que yo no vuelva con vida a Paradis.

—Vas a volver con vida —le dije, tratando de sonar optimista, lográndolo a medias. Recuerden que yo había pasado una vida completa viendo el vaso medio vacío, y pensar positivo aún me era difícil. No fue hasta después de haber consolidado mi relación con Historia que comencé a ver el vaso medio lleno. Aquello, supongo, me hizo componer una expresión de nostalgia, a juzgar por las palabras que me dijo Marlo.

—A ti también te es difícil estar aquí —me dijo, y era cierto. Tal vez no aparentaba verme afectada por estar lejos de los brazos de mi esposa, pero era algo que me carcomía por dentro, y aquel era uno de esos momentos en los que podía mostrar con total franqueza cuánto echaba de menos a Historia.

—Es que no es lo mismo tener un turno en un puesto de vigilancia que estar en otro país, sin saber si voy a volver con vida o no —dije, tratando de no bajar la cabeza, lo que apenas pude conseguir. Mis ojos me ardieron un poco—. En el puesto de vigilancia, tenía alguna certeza de que iba a volver a ver a Historia. No aquí. Aquí tenemos que hacer bien nuestro papel, o no regresaremos a Paradis con nuestras vidas. Es mucha presión para ustedes, y lo es más para mí, porque yo estoy a cargo de la misión. Sus vidas están en mis manos. Si yo cometo un error, ustedes podrían pagar el precio más alto, y no sé si pueda vivir con eso en mi conciencia. Sé que Historia va a ver lo mejor de mí, pero otras personas no serán tan benevolentes. El pueblo menos aún.

Ambos quedamos en silencio por un par de minutos, más pendientes de nuestro trabajo que de compartir nuestros temores. No obstante, no hablar de nuestros miedos no hacía que éstos desaparecieran, y volvimos a hablar del tema.

—¿Sabes, Mikasa? —dijo Marlo, mirando al cielo y esbozando una sonrisa pequeña—. Nunca he tenido alguna clase de intimidad con Hitch, y, si sobrevivo a esta misión, una de las primeras cosas que haré será encerrarme en una habitación con ella, ponerle llave a la puerta, y no salir de allí en toda la noche.

Yo arqueé una ceja ante la confesión de Marlo. Me parecía extraño que, en tres años de relación, ambos jamás hubieran tenido un encuentro sexual. Por mi parte, yo había tenido varios de ellos con Historia, pero no valía la pena vociferarlo a todo pulmón para que todo el mundo lo supiera.

—¿No has tenido sexo con ella en tres años?

—¿Debería?

—No. Es que solamente me parecía extraño. Pensé que eras de lo que no podía estar más de un mes sin eso.

—Bueno —repuso Marlo, llevándose una mano a la nuca y enrojeciendo un poco—, la razón por la que no hemos hecho eso en tres años es porque Hitch quiere esperar a que estemos comprometidos. Cree que es una buena forma de celebrar algo así, y, según ella, las primeras veces siempre son las mejores.

No quise decir que estaba en total desacuerdo con Hitch. Como alguien con experiencia en el tema, les aseguro que la primera vez no es ni remotamente la mejor. Recuerdo perfectamente mi primera vez con Historia. Ambas éramos un poco torpes y se notaba la falta de experiencia. La segunda vez, sin embargo, fue algo que rozó la magia.

—Bueno, al menos tienes una "motivación" para mantenerte con vida a lo largo de la misión —le dije, mientras hacía otra anotación para el plano, divisando a la distancia a un grupo nutrido de gente que miraba algo que yo no podía ver, todos con mucho entusiasmo. Me acerqué para averiguar qué estaban mirando, y vi un afiche pegado en la pared de un edificio, el que pertenecía al ejército de Marley, el que invitaba a los jóvenes de 18 años o más a enrolarse en el ejército.

En ese momento, la pregunta de si la población apoyaba la invasión a Paradis quedó respondida. Y no nos gustaba para nada. Aquello hizo que nuestra misión fuese más urgente de lo que había sido en un principio.