LVII
Carne
Pese a lo que me había dicho Jean sobre Louise, de igual manera fui a verla al compartimento de carga, lugar donde había pertrechos de emergencia, en caso que fuesen necesarios. Cuando me aproximé a la puerta que daba acceso al compartimento, escuché unos sonidos que se asemejaban mucho a llantos, y temí que algo muy malo le hubiera pasado. Abrí la puerta, y lo primero que vi fue a Louise, sentada sobre el suelo, con las piernas juntas y los brazos alrededor de ellas. Noté que tenía una venda en su brazo izquierdo, pero no sabía cómo se la había hecho. No parecía una herida seria, sin embargo. Tenía la cabeza gacha y se estremecía levemente, y fue más que obvio que aquellos sonidos eran sollozos. Sentí una sensación conocida en mis entrañas, como si alguien las estuviera apretando con fuerza. Decidí cerrar la puerta para que nuestra conversación se mantuviera privada, si es que se podía conversar con alguien en ese estado.
—¿Louise? —pregunté con una voz suave, una que generalmente empleaba en presencia de Historia, pero en circunstancias muy distintas.
Ella reaccionó al cabo de dos segundos después. Alzó la cabeza y me miró a los ojos. Los tenía rojos e hinchados, y su expresión era la de alguien que hubiera visto a la muerte de cerca, por lo que asumí que había visto a alguien morir delante de ella. No estaba equivocada, como ella me confesaría después.
—Pude haberle salvado —dijo Louise en voz baja, sin dejar de mirarme—, pero no me dejó. Era su vida o… o la mía, y eligió sacrificarse.
De acuerdo, sus palabras no tenían sentido, pues carecía del contexto para saber de qué estaba hablando, pero, en ese estado, estaba segura que no me iba a decir nada si le preguntaba directamente. Tenía que presentarme como una aliada, una amiga, en lugar de su superior. No podía esperar que se sacudiera lo que fuese que le había pasado así como así, sobre todo cuando se trataba de una soldado con poca experiencia de combate. Por eso, la única forma de hacer que me dijera lo que había pasado allá abajo, era mostrarme como una amiga.
Louise seguía mirándome, y las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. Tomé su mano, y tiré de ella gentilmente. Ella se puso de pie lentamente, y continuaba mirándome, como si esperara que yo hiciera algo. La tomé por los hombros, mostrándole una sonrisa pequeña, y, segundos más tarde, la abracé. Louise se quedó quieta por un par de segundos, y, luego, ella rompió en llanto nuevamente, aferrándose a mí como si temiera que un ser invisible me alejara de sus brazos.
Creo que fue un minuto completo en la que estuvimos así, hasta que Louise hipó, se separó de mí y se secó las lágrimas con la manga de su uniforme.
—Gracias —dijo Louise, tratando heroicamente de sonreír, sin conseguirlo en absoluto—. Actué mal al aislarme del resto. No habría estado llorando como una estúpida por tanto rato.
—Pero no creo que haya sido una estupidez la que te tenía así —dije, y Louise asintió con la cabeza—. ¿Puedes contarme lo que te ocurrió durante la batalla?
Louis dudó por un rato, como si estuviera considerando si era inteligente confesar lo que la tenía llorando a solas en un compartimento de carga a bordo de un dirigible rumbo a Paradis. Aquella duda era razonable, pues, ¿quién era capaz de hablar de un evento traumático como quien discute el clima de mañana? Dejé que ella fuera quien decidiera abrirse, y narrar qué fue lo que pasó.
Y Louise abrió la boca.
—Ocurrió mientras enfrentábamos al titán carreta —comenzó, sonándose la nariz y volviendo a limpiarse las lágrimas que se asomaron por sus ojos—. No había forma de acercarse a causa de los cañones en su coraza. Uno de los soldados decidió hacer de cebo para desviar la atención de los artilleros, y se suponía que yo tenía que arrojar una lanza relámpago a uno de ellos, pero no mordieron el anzuelo, y se concentraron en mí. Traté de escapar, pero esos cañones tenían mucho alcance. Una bala arañó mi brazo. —Louise me mostró la venda en su brazo izquierdo a modo de evidencia—. No pude sostenerme con mi equipo de maniobras, y caí sobre un edificio, a distancia de tiro de los cañones del titán carreta. Otro soldado vino a auxiliarme, pero uno de los artilleros ya había apuntado su arma hacia mí.
—Y ese soldado escogió salvarte a costa de su vida —completé, y Louise asintió, hipando. Yo me quedé pensando sobre ese momento en específico. No era que los soldados del Cuerpo de Exploración no fueran solidarios unos con otros, pero aquello no pudo haber pasado si ese soldado no tuviera un vínculo especial con Louise. ¿Sería un amigo con el que se había graduado de su promoción? No podía ser su novio, porque Louise había dicho tajantemente que ella no tenía uno.
—Sí —repuso Louise, volviendo a hipar—. Y lo más trágico de todo es que yo conocía a ese soldado desde hace un tiempo ya.
—¿Eran amigos?
Louise casi rompió en llanto nuevamente, y aquella reacción me hizo pensar en la forma en que ella había dicho que no tenía novio. ¿Recuerdan que manifesté que aquel era un comportamiento un tanto extraño? Pues ese pensamiento volvió a mi mente. ¿Y si ese soldado era, en efecto, novio de Louise, y ella no quería admitirlo por razones ajenas a mi entendimiento? Porque ese soldado, forzosamente, tenía que estar en el escuadrón del capitán Levi, por lo que no había forma de saberlo. Y nosotros no conocíamos a Louise antes de la misión de infiltración.
—No —dijo ella, limpiándose nuevamente las lágrimas, y hablando con voz trémula—. Él era mi novio. Sé que dije que no había tiempo para eso en el ejército, pero lo dije solamente para que nadie estuviera haciendo preguntas sobre el tema. A mí no me gusta que la gente hable de mi vida privada… porque no me gusta el conventilleo. Por eso reaccioné mal cuando supe que los chicos habían estado espiando lo que hacías tú e Historia en privado. Odio los chismes, porque hablan a tus espaldas, y quién sabe qué es lo que dicen de ti cuando no estás presente.
Me quedé en silencio, pensando en las palabras de Louise, y recordando su reacción cuando supo que Jean y los demás estuvieron escuchando todo lo que yo e Historia hacíamos cuando tuvimos sexo por primera vez. Había sido una reacción visceral, y, por lo tanto, totalmente congruente con lo que me había dicho recién. A mí tampoco me gustaba que la gente espiara actividades ajenas, pero no reaccionaba de la misma forma en que Louise lo había hecho, y eso me indicó que había tenido problemas en el pasado con los chismes y personas hablando de ella a sus espaldas.
—¿Por qué no te gustan los chismes? —pregunté. Me imagino que, después de admitir que había estado mintiendo con respecto a su situación sentimental, tenía sentido que me explicara el porqué.
Sin embargo, no alcancé a saber por qué a Louise no le gustaba el chisme, porque escuché un estampido velado, similar al sonido de un arma siendo disparada. La conversación con Louise quedó completamente olvidada. Salí del compartimento de carga, pero no podía ver lo que había ocurrido, pues había un muro de soldados bloqueándome la vista. Temiendo que algo malo había pasado, rodeé el grupo de soldados, ignorando completamente a Jean y Connie, quienes estaban más allá, ocupándose de algo que no pude o no quise ver, y vi, sintiendo un horrible vacío en mi interior, que Sasha había recibido un tiro en su pecho, y se desangraba rápidamente.
—¡Traigan vendas, rápido! —ordené, con un visible temblor en la voz, pues enfrentaba la muerte de alguien que había estado con nosotros desde el Cuerpo de Entrenamiento. Dos soldados salieron a la carrera a buscar vendas, y yo di media vuelta para ver qué estaban haciendo Jean y Connie. Este último vio que yo me acercaba, y se hizo a un lado para mostrarme a las personas que habían abordado el dirigible.
Quedé helada.
Se trataba de una niña, de cabello castaño y tomando en un moño bastante apretado, con dos mechones cayendo por ambos lados de su cara. Tenía una expresión de rabia en su cara, la que estaba ensangrentada, y asumí que Jean y Connie la habían golpeado por alguna razón. Lo que más me sorprendía era que su expresión era muy similar a la que mostró Eren cuando escapábamos de Shiganshina en los barcos, después de la invasión de los titanes, cuando éramos niños. Estaba tan obcecada en la cara de ella, que no noté al niño que le acompañaba. Era Falco, el mismo niño que nos traía los mensajes de Eren, con información en clave sobre sus hallazgos como infiltrado.
—¿Quién de los dos le disparó a Sasha? —pregunté, con un visible temblor en la voz a causa del nudo que sentía en mi garganta.
—¡Yo fui! —exclamó la niña con rabia—. ¡Y no me arrepiento de ello! ¡Ustedes son los demonios de la isla de Paradis! ¡Merecen la muerte por todo lo que le hicieron a mi nación de Marley! ¡Ya verán cuando nuestros ejércitos se dejen caer sobre tu patética isla! ¡Serán exterminados como los insectos que son!
No dije nada, no porque no me afectaran sus palabras, sino porque guardaban un extraño paralelismo con las palabras que había dicho Eren después que los titanes invadieron Shiganshina. La rabia de ella y la de Eren en su infancia era la misma, y parecía tener el mismo origen, no en concreto, sino que en abstracto.
—Átenlos —ordené, maldiciendo los temblores en mi voz, pero ni Jean ni Connie hicieron algún comentario al respecto. Estábamos todos en vilo por lo que le podía pasar a Sasha si no salía de esa con vida, y, por eso, volví a su lado, inclinándome a su lado, viendo que los soldados ya habían vendado su herida, pero había un charco de sangre bajo su cuerpo, y temí que fuese demasiado tarde.
—C…
Sasha parecía estar tratando de decir algo, pero debía estar muy débil para siquiera mover la boca. Sus pupilas estaba dilatadas y su mirada, extraviada, como si no supiera dónde estaba. La desorientación era un síntoma común de pérdida de sangre, porque no llegaba la suficiente al cerebro, y su posición corporal no le ayudaba en absoluto.
—C… c… c-car-carne —fueron sus últimas palabras, y yo solamente pude asumir que estaba tratando de buscar consuelo para su situación en una de las cosas que le hacía feliz, un último intento de aferrarse a algo familiar antes de perder el conocimiento, y, con él, la vida.
Su último aliento fue bastante lento y apenado. Sus ojos mostraban solamente miedo y desesperación, y una rápida comprobación me dijo que su corazón ya no latía. Sus fosas nasales no se dilataban ni contraían. Me costaba mucho trabajo admitirlo, pero tenía que reconocer la verdad, una que había caído sobre todos nosotros, una verdad que nos tenía con la cabeza gacha, resistiendo en vano las ganas de llorar.
Sasha había muerto.
Pero no era solamente eso. El dirigible entero quedó en silencio ante el aire de fatalidad que se percibía entre nosotros, y me daba la impresión que las luces brillaban menos después que ella exhalara su último aliento. Yo sabía que no era objetivamente cierto, pero debía reconocer que Sasha, pese a lo impertinente que era en muchas ocasiones, no perdía esa aura de ligereza que siempre parecía acompañarle. Ella tenía esta extraña capacidad de distender cualquier ambiente, como en la fiesta que celebramos ayer, o cuando viajábamos a Marley. De alguna manera, su muerte era algo simbólico, un indicio de que los días venideros serían cada vez más oscuros.
Por desgracia, el tiempo me daría la razón.
