LXI
Entrega total, Parte 2
Pese a que no pasó gran cosa durante la ducha, el sólo hecho de sentir la piel de Historia rozar la mía me hizo desear hacerle el amor, pero, como ya saben, aquel deseo era mancillado por lo que se venía a continuación. Mientras ambas caminábamos hacia el cementerio, toda alegría se nos esfumó de golpe. Veníamos a dar el último adiós a alguien que había estado con nosotros desde el Cuerpo de Entrenamiento, y que a todos nos había hecho reír en algún momento de nuestras vidas.
No había un público muy numeroso frente a la tumba donde sería enterrada Sasha. Estaba su padre, una niña de cabello rubio que no conocía, Nicolo, quien apenas podía contener el dolor, y los compañeros que me quedaban de la 104. Una oleada de nostalgia, tristeza y rabia me invadió sin advertencia. Éramos tantos de nosotros, y fuimos reducidos a cinco por culpa de aquel conflicto entre nosotros y los titanes. Armin dio su vida para derrotar al titán colosal, Ymir enfrentó su destino, Historia es mi esposa (me gusta decirlo, por alguna razón), Connie y Jean siguen con vida, Marco nos dejó demasiado temprano, Annie, Bertholdt y Reiner resultaron ser traidores, pero Eren… Eren resultó ser el mayor traidor en la historia reciente de Paradis. Sasha fue la última víctima fatal de toda esta guerra, y sentía que ella se había llevado la poca luz que quedaba entre nosotros. El mundo se nos antojaba más oscuro y siniestro, y tenía la impresión que se iba a tornar peor.
Erwin llegó dos minutos después que nosotras. Él iba a presidir el funeral, del mismo modo que él ofició nuestra boda. Tenía sentido. Él era, en última instancia, el responsable de cada vida que se perdía bajo su mando, y le conocía lo suficiente para afirmar que él no era fanático de rehuir responsabilidades.
Sus palabras fueron elocuentes y directas, sin caer en elogiar demasiado a Sasha, como solían hacer las personas que daban discursos en funerales. En lugar de eso, se limitó a referirse a lo injusta que había sido su muerte, y que a todos nos podía pasar, tarde o temprano, y que debíamos estar preparados, resumiendo la historia de Sasha en el ejército, sin dar detalles que no podrían interesar a quienes estábamos presentes. Al final de su discurso, pidió que hiciéramos el saludo militar, y nosotros, para mostrar respeto a Sasha, lo hicimos sin dudar. Lo que me sorprendió, fue que la niña del cabello rubio, quien respondía al nombre de Kaya, también hizo el saludo militar. Le temblaban las manos y los ojos le brillaban, pero mantuvo la frente en alto.
A continuación, era nuestro turno para dedicarle unas palabras de despedida a Sasha. Connie tuvo muchas dificultades para hablar, pues, como bien sabrán, era el mejor amigo de ella, y verla dentro de su ataúd le causaba un profundo malestar. Eventualmente, pudo despedirse de Sasha, pero hablando con la voz trémula y aguantando como podía las lágrimas. Jean se encontraba en una situación similar, pero se mostró más estoico y sus palabras fueron más firmes, pero podía notar que pasaba por un dolor similar al de Connie, y más aún por el hecho que culpaba a Eren de lo que había ocurrido en Liberio. Historia fue la siguiente, pero, como reina, imitó el discurso de Erwin, pero con palabras más gentiles y que reflejaban su experiencia conociendo a Sasha. No lucía tan afectada como Jean o Connie, porque no la había visto desangrarse hasta morir, pero Historia supo ponerse en el lugar de aquellos que sí eran cercanos a Sasha. Honestamente, su discurso hizo que me ardieran los ojos un poco, y nuevamente hicimos el saludo militar. Kaya repitió su gesto.
Fue mi turno. Honestamente, no tenía preparadas unas palabras de despedida, porque pasaría un tiempo para que fuese realmente buena con las palabras. Escribir cartas era una cosa (y había recibido ayuda para eso), hablar en público era otra cosa muy distinta, aunque dicho público constara de menos de diez personas. No era que me dieran pánico las multitudes, aunque decir que diez personas son una multitud era una exageración bastante grosera, mi problema era improvisar un discurso frente a un grupo de gente, sin importar su tamaño. Al final, después de pensar por un minuto entero, solamente atiné a decir "adiós, Sasha. Te extrañaremos." En retrospectiva, fue una buena decisión, como me lo hizo ver Historia cinco minutos después, camino al palacio real.
—Aquella fue una despedida simple, pero profunda —dijo, en un tono parejo, sin tristeza o alegría. Honestamente, ¿qué podía esperar de ella, o de cualquiera de nosotros? Acabábamos de salir de un funeral. Era evidente que Historia estaba tratando de mostrar fuerza en un momento difícil, cuando hace unas horas atrás había sido presa de una de las molestas consecuencias de estar embarazada. Por esa razón, no quise mencionarle nada sobre lo que queríamos hacer. Quería que procesara la pena primero, y yo la iba a acompañar, porque yo también necesitaba hacerlo, por esa misma razón, y por lo que me había dicho Eren cuando le fuimos a visitar.
Era de noche ya, y no había lugar abierto para poder comer algo siquiera, por lo que nos encaminamos al palacio real, e Historia ordenó que nos prepararan algo de comer. No sabía si era una buena idea comer en el amplio, e insisto en esto, amplio comedor. La mesa era tan larga que daba la impresión que debía comunicarme a gritos con Historia. Por fortuna, había mesas más pequeñas, pues el comedor también cumplía la función de sala de eventos, porque, a juzgar por lo amplio que era, bastaba con retirar la mesa gigante, y habría espacio para que la gente pudiera bailar. Y con eso, me refiero a esas pantomimas coreografiadas que la clase alta llamaba bailar.
Los cocineros del palacio no hicieron un gran esfuerzo para complacernos, pues Historia no era exactamente una eminencia en la alta cocina, y, para qué estamos con cosas, yo tampoco. Habíamos pasado buena parte de nuestras vidas en el ejército, así que estábamos acostumbradas a comer cosas más mundanas. Eso sí, nos trajeron un vino que jamás habíamos visto antes. La etiqueta estaba estampada en una lengua que ninguna de las dos conocíamos. Fue cuando recordé la segunda invasión por parte de Marley, la misma en la que nos encontramos con Yelena. Recordé que uno de los barcos llevaba un cargamento de vino, y, en su momento, no pude hallarle una explicación. Luego, recordé que los barcos empleados para la segunda invasión no habían sido acorazados, sino que barcos mercantes. Transportar vino simplemente formaba parte de la charada.
—¿Cómo fue? —preguntó Historia, y yo no entendí a qué se refería, hasta que se explicó—. ¿Cómo se sintió haber visto cómo Sasha perdía la vida?
Quedé en silencio, preguntándome por qué Historia querría saber algo como eso. La experiencia no había sido agradable, eso lo tenía por seguro. Pero también tenía por seguro que Historia no había hecho esa pregunta por querer abrir la herida una vez más.
—¿Por qué quieres saber? —Genial. Respondiendo una pregunta con otra pregunta, pero Historia no hizo ningún comentario al respecto.
—Es que… quiero entender tu dolor, porque, de otro modo, no puedo hacer nada para aliviarlo.
—Historia —dije, pensando que aliviar mi dolor era más simple de lo que ella pensaba, y me sorprendía que no se hubiera dado cuenta de ello—, tú sabes qué hacer para lograrlo. Cuando se trata de amor, generalmente no soy capaz de decirte que no.
—Es que no quiero curar tus heridas con romance —repuso Historia, bebiendo un sorbo de vino y moviendo la copa de manera de revolver el contenido. Por un momento, pensé en advertirle a Historia que no era inteligente beber alcohol durante el embarazo, pero aquello no era tan importante. Además, Historia se controlaba muy bien con el trago, por lo que no le dije nada—. Quiero hacerlo siendo una amiga para ti. Estos tres años que hemos estado casadas me han enseñado algo muy importante: una esposa tiene que ser tres personas en una: una amiga en la que puedas apoyarte, una compañera con la que puedas recorrer tu camino, y una amante con quien puedas desatar tus fantasías más locas. Así que cuéntame, ¿cómo se sintió ver cómo perdías a Sasha?
Historia no podía esperar que yo respondiera de inmediato, pues era evidente que se trataba de un tema fresco en mi mente, y era imposible que hablara de manera casual sobre el asunto. Pero, teniendo en cuenta que Historia había sido mi esposa por tres años, tenía confianza en que me diera el margen que necesitaba para responder su pregunta. Pasaron dos minutos para que yo pudiera dar una respuesta coherente, dos minutos plagados de ojos brillantes, miradas nerviosas y saliva tragada.
—No vi el momento exacto del disparo —dije, tratando por todos los medios de dotar de calma a mi voz, cosa en la que fracasaba a ratos—, pero sí pude ver cómo Sasha perdía la vida. No importó que yo hubiera ordenado que trajeran vendas casi de inmediato. Ya había perdido demasiada sangre. Su última palabra fue "carne", y supe que estaba delirando por la falta de sangre, tratando de aferrarse a tiempos mejores antes de morir. Su cara expresaba miedo… y desesperación, algo que no era común de ver en ella. Ninguno de nosotros nos aguantamos las lágrimas. Yo me sentía responsable de su muerte, porque su vida estaba en mis manos como capitana. Es la primera vez que he perdido a alguien bajo mi mando, y la sensación fue… abrumadora, te sientes como si no merecieras el rango que tienes, echándote la culpa de lo que ocurrió, y no es algo que te facilite el sueño, ni por asomo. A cada rato piensas en escenarios alternativos que pudieran haber salvado la vida de quien la perdió.
Bajé la cabeza de forma involuntaria, y no vi la expresión de Historia después de narrarle lo que experimenté en el momento en que Sasha se nos fue. Pero la conocía bien, y sabía que no se iba a burlar de mí, o hacer un comentario inapropiado. Ella era mi aliada, y tenía confianza en que me iba a ayudar.
—No hay nada que yo diga que alivie tu dolor, pero lo que sé es que si sientes que no te mereces el rango de capitana, e imaginas maneras en que pudiste haber salvado a Sasha, es algo bueno. Significa que eres humana, que te importa lo que pasó, y que estás dispuesta a hablar de ello, aunque te duela.
Alcé la cabeza, y vi que Historia se había puesto de pie. Me tendía una mano, como diciéndome "ven aquí". Sin pensar, me puse de pie, y me acerqué a ella, abrazándola. Tragué saliva, y los ojos me ardieron. Las lágrimas brotaron de ellos, y no impedí que rodaran por mis mejillas. Me dejé llevar, e Historia tomó mi cabeza, acariciándola, diciéndome que ella estaba allí para mí, para que lo que yo quisiera. Y, lo que quería en ese momento, era consuelo, porque el funeral había hecho que la herida volviera a abrirse, pero ya saben lo que dicen sobre las heridas y el veneno. Era un dolor necesario.
Cuando pude componerme nuevamente, me separé brevemente de Historia, tomándola de la cintura y mirándola a los ojos, los cuales también brillaban. Sin embargo, a diferencia de mí, ella mostraba una sonrisa muy tenue, diciéndome todo lo que necesitaba saber.
—Me diste lo que yo necesitaba —dije, en un tono suave, tomando mi copa de vino y bebiendo un sorbo—. Es mi turno de darte lo que necesitas.
Historia hizo su sonrisa más pronunciada.
—¿Lo harás?
—Dijiste que querías entregarte por completo a mí —repuse, acercándome un poco más a Historia, pero ella no retrocedió—. Sé que no es el mejor momento, pero, tal vez, yo también necesito lo que tú quieres.
—Hay una sola forma de averiguarlo —dijo Historia, soltando mis manos, dando media vuelta, y caminó hacia la salida del comedor—. Ven conmigo.
Yo, sabiendo lo que Historia quería hacer, ni me molesté en decir algo. Simplemente, la seguí.
