LXII
Entrega total, Parte 3

Había ocasiones en las que el ambiente era perfecto para hacer el amor, pero aquella no lo era. La noche estaba velada por nubes, pese que había luna, por lo que no había rayos plateados filtrándose por las ventanas. Sin embargo, siempre podíamos crear las condiciones ideales. Encendimos unas pocas velas, y las distribuimos en lugares estratégicos de la habitación, cerrando las cortinas y poniendo llave a la puerta, de manera que nadie pudiera interrumpirnos. Cuando escuché ese clic, me sentí como si estuviera dentro de una burbuja, aislada del resto del mundo y sus problemas. Justo lo que necesitaba sentir.

Pese a que aún no me recuperaba completamente de la experiencia de narrar la muerte de Sasha, tenía que reconocer que me sentía un poco mejor que cuando comíamos, lo suficiente para seguir adelante con esto. Tomé asiento sobre la cama, e Historia me imitó, tomándome una mano con delicadeza.

—Si no te sientes con ganas de hacerlo, no lo hagas —me dijo Historia, tomándome una mejilla con la mano que tenía desocupada, y haciendo un poco de fuerza, de manera de girar mi cabeza y que mi mirada se encontrara con la suya—. Pero, si aún quieres hacer esto, no digas nada, bésame, quítame la ropa, y llévame al cielo.

Diablos. Cuando Historia hablaba de ese modo, era imposible que yo no hiciera lo que ella quería. Ella había dicho que quería entregarse, y lo estaba haciendo delante de mí, pero, si yo seguía adelante, no habría vuelta atrás. No sería capaz de resistirme, y sería yo la que me estaría entregando a la tentación y al deseo. No quiero que piensen que tenía dudas al respecto: era solamente una reflexión, una última reflexión antes de hacer algo que me impediría hacer precisamente eso.

No dije nada. Tomé una de sus mejillas con suavidad, me acerqué a ella, y la besé con dulzura primero. Quería sentir en su totalidad sus labios, mientras cerraba mis ojos, concentrándome solamente en la sensación, en el momento, y en nuestras respiraciones. El silencio solamente ayudaba a reforzar la complicidad entre las dos, y eso solamente hizo que el beso fuese cada vez más frenético. Al final, llegamos a un punto en que abracé a Historia sin que le hubiese ordenado a mi cuerpo hacerlo. Nuestras respiraciones se hicieron más agitadas, y las cosas comenzaron a salirse de control.

Derrumbé a Historia sobre la cama, y le fui quitando la ropa como quien abre un regalo largamente anticipado. No exactamente lo que tenía en mente, pero, ¿a quién le importaba? La cuestión era que, en menos de un minuto, Historia yacía desnuda sobre su cama, y me recosté encima de ella, besándola una vez más, sintiéndome como un viajero que hallase agua después de pasar días sin probar una gota. Me separaba brevemente de ella, y volvía a acometer sus labios. La besaba a ráfagas, mientras mi respiración se volvía entrecortada. Quería hacer exactamente lo que ella quería que yo le hiciera, pues eso era lo que iba a conseguir.

Abandoné sus labios y fui descendiendo por su cuerpo a una velocidad más, digamos, moderada, que cuando la besaba sin freno hace instantes atrás. Comencé a sentir un cosquilleo en mi interior, y se hacía cada vez más intenso a medida que descendía hacia el sur de su anatomía. Por supuesto, sus pechos eran una parada obligada para mí, no porque sobresalieran de su cuerpo (y el grado en que lo hacían era irrelevante para mí), sino porque besarlos le causaba placer a Historia (y a cualquier mujer, para qué negarlo), y yo estaba ahí para proporcionar placer. En cuanto lo hice, su cuerpo se estremeció un poco, y ella resopló brevemente. Era obvio que no habíamos tenido ningún encuentro sexual desde después de aquella reunión con Kiyomi Azumabito, y, al parecer, ambas lo necesitábamos. Era curioso que, antes de conocer a Historia, yo pensaba que el sexo no era algo realmente importante, y que se podía esperar por él cuanto tiempo fuese necesario. Ahora, con el poder de la perspectiva, soy capaz de darme cuenta que no siempre es posible esperar. Hay ocasiones en las que, simplemente, tus instintos te guían, con independencia de lo que pienses o sientas. También depende de la persona. No sé si fui increíblemente suertuda, o el destino me jugó una buena pasada, pero los hechos no cambiaban. Después de tres años de casadas, seguía ferozmente atraída por Historia, y no creía que eso cambiase en un futuro cercano. O puede que nunca lo hiciera. Solamente el tiempo lo diría.

Historia volvió a resoplar cuando besé su bajo vientre, hundiéndolo un poco, estremeciéndose nuevamente. Sin embargo, seguía sin decir ninguna palabra. Había un compromiso férreo por parte de ella para no arruinar el momento hablando, y yo lo agradecía, porque tampoco quería hacerlo, ocupada como estaba en darle a Historia lo que tanto quería. Y, mientras tanto, yo seguía descendiendo por su cuerpo, besando sus piernas y acariciándolas como si le estuviera dando un masaje. Y, aún así, las palabras brillaban por su ausencia. Solamente había gemidos y resoplidos, y yo lo prefería así, porque sus gemidos contrastaban con el silencio en la habitación, y eso hacía que los cosquilleos en mi interior se multiplicaran. Yo también quería que Historia me quitara la ropa, me besara, me acariciara e hiciera estallar mis entrañas. Eso podría explicar por qué me di más prisa por complacer a mi esposa.

De sus piernas, pasé directo a su entrepierna, viendo algo que ya había visto en varias ocasiones, pero que nunca me aburría de explorar. En el momento en que mi lengua tocó su intimidad, Historia pegó un gemido ahogado, arqueó su espalda, y tomó mi cabeza, hundiéndola más en ella, diciéndome sin palabras que siguiera adelante. Y, pues, seguí adelante, como en todas las ocasiones anteriores en que había tenido sexo con Historia.

Sabía que a ella le gustaba que no fuese rápido cuando se trataba de hacerle rozar las estrellas, por lo que traté de controlarme, y discurrí más lento. Historia ya no gemía de manera ahogada, pero no eran gritos capaces de despertar a un muerto. Eran gemidos sutiles y sensuales, auténticos reflejos de lo que ella estaba sintiendo, y aquello hizo que los cosquilleos en mi interior fuesen más intensos. E Historia seguía sin decir palabra alguna.

No fue hasta que comencé a sentir un sabor familiar en mis labios que Historia comenzó realmente a perder el control. Arqueaba la espalda de forma repetida, ladeaba la cabeza de un lado a otro, sus piernas se movían sin orden ni concierto, y su respiración era entrecortada y superficial, como si no hubiese suficiente aire en sus pulmones. Sus gemidos se tornaron más agudos y altos, y sudor comenzó a brotar de sus poros. No podía esperar a sentir todas esas cosas cuando fuese el turno de Historia de darme placer, porque era obvio que ella estaba disfrutando lo que yo le estaba dando.

De pronto, su cuerpo sufrió una suerte de espasmo. Sus piernas temblaban sin control, su respiración era mucho más agitada, y me imaginé que su corazón latía con desesperación. Su pecho se expandía y contraía rápidamente, y sus gemidos eran muy altos, muy agudos y muy entrecortados. Me aparté lentamente de su entrepierna, la abracé, y besé sus labios suave y dulcemente, procurando darle espacio para recuperar el aire. Para cuando se hubo tranquilizado, le di un último beso en sus labios, e Historia se pasó la lengua por éstos, sonriendo levemente.

—Saben a ti —dije, en un tono un poco más elevado que un susurro.

—Lo sé —repuso Historia, abrazándome por el cuello, y mirándome fijamente a mis ojos con el único que ella tenía. El parche en su otro ojo no me molestaba en absoluto—. ¿Te gustaría volver a sentir el sabor de tu propia feminidad?

—Por supuesto —le dije, apartándome de ella, y recostándome sobre la cama—. Hazme sentir lo mismo que yo te hice sentir.

Historia no dijo nada. Ella se abalanzó sobre mí, y me besó con avidez. Como yo en su momento, me besaba a ráfagas, como desesperada por probar mis labios. Sin embargo, a diferencia de mí, me desvistió con más calma, besando mi cuello y mi vientre mientras tanto. Los cosquilleos se hicieron más intensos, y a veces hacían que me estremeciera, sobre todo cuando Historia tocaba suavemente alguna zona sensible en mí.

Fiel a su compromiso de no decir ninguna palabra, Historia no hizo ningún comentario sobre mi anatomía una vez que estuve desnuda frente a ella. Se limitó a besar cada zona sensible en mi cuerpo. Sentí una sacudida muy placentera cuando ella llegó a mis pechos. Se entretuvo bastante con ellos, y yo la tomaba por la cabeza, haciendo un poco de fuerza, diciéndole sin palabras que siguiera.

Después, Historia se entretuvo en varios lugares que no eran mi intimidad, pero que igualmente me causaba cosquilleos en diversas zonas en mi cuerpo. Aquello lo interpreté como una suerte de preámbulo para lo que venía después. Y funcionaba, porque me estaba haciendo desear que penetrara en mi intimidad de una vez, y era aquella anticipación lo que me estaba volviendo loca.

Cuando ella me besó mi bajo vientre, supe que estaba a punto de sacudirme de puro placer… y no me equivoqué. No sé si pasaron segundos o minutos, pero cuando sentía su lengua tocar sutilmente mi intimidad, me estremecí por completo, y solté un gemido bastante audible. El aire… el aire se me hizo escaso, y respiraba de forma rápida para recuperarlo, pero Historia fue inmisericorde. Continuó dándome placer, y yo no podía recuperar el aire, y mis gemidos se volvían cada vez más altos, y el cosquilleo en mis entrañas era tan intenso que me robaba la capacidad de pensar. Era como si una niebla me impidiera ver las cosas por lo que eran, o razonar de manera coherente. El placer estaba específicamente diseñado para anular la razón, porque era imposible disfrutar de la magia del sexo usando la cabeza Y, honestamente, no quería usarla, cuando existía esta sensación en mi interior que arrasaba con todo lo que había en mi cabeza como un incendio en pasto seco.

Y un incendio era precisamente lo que sentía en mis entrañas. Historia no quiso parar, no lo iba a hacer hasta que me consumiera completamente en el delirio más absoluto y poderoso imaginable. Y, a juzgar por el calor en mi interior, lo iba a lograr, por enésima vez en lo que iba de nuestra relación.

Fue cuando ocurrió lo predecible.

Sin embargo, no por ser predecible iba a ser menos intenso. Fue como si un titán colosal en mi interior estallara, porque el fuego y los cosquilleos se regaron por mi cuerpo de manera imparable, quemándome, haciendo que me estremeciera, que el aire en mis pulmones desapareciera por completo, que mi cabeza se convirtiera en un caos absoluto y que toda la espera por la que me hizo pasar Historia hubiera valido completamente la pena. Y, como la guinda de la torta, ella me besó suavemente en mis labios, sintiendo un sabor familiar en ellos, uno que ya había probado en innumerables ocasiones, pero que nunca se volvía tedioso o aburrido.

—Sé lo que vas a decir —dije, cuando me hube calmado lo suficiente—, y tienes razón. Podría pasar por esto mil veces, y no sería aburrido.

—Lo mismo digo.

Hubo un momento en que ambas nos quedamos mirando, sin decir nada. Solamente se podía oír el sonido de nuestras respiraciones, y, como ya he dicho, aquello daba un aire de complicidad e intimidad que era imposible de sentir en otras circunstancias. No hubo un beso, o una caricia. Solamente una mirada. Nada más.

Por desgracia, recuperar la calma también implicaba que todo lo que pesa sobre ti volviera con toda su fuerza. La muerte de Sasha me hizo cobrar conciencia de que lo mismo le podría pasar a Historia, sobre todo por la decisión que había tomado durante aquella fatídica reunión. Si ella mantenía su palabra, la iba a perder dentro de trece años, y no habría nada que yo pudiera hacer al respecto. Aquello hizo que una oleada de tristeza me arrollara, y lágrimas cayeron por mis mejillas. Al principio, Historia pareció no entender la razón de mis lágrimas, y creyó que se trataba de Sasha, pero, cuando me preguntó sobre el tema, le respondí con la verdad.

—No quiero perderte —dije, resistiendo con dificultad las ganas de llorar, abrazándola y apretándola contra mi pecho—. Realmente no quiero.

Historia no dijo nada por un rato. Mientras tanto, se recostó de lado, y también me abrazó, mirándome con una sonrisa leve.

—Yo tampoco —me dijo dulcemente, y también brotaron lágrimas de su único ojo—. Me duele saber que te tendré por tan poco tiempo, pero es algo que debo hacer, porque soy la reina de Paradis. Por eso, quiero aprovechar cada segundo en tu compañía. Cada vez que no tenga alguna obligación, acudiré a tus brazos para que hagas de mí lo que tú quieras.

No pude evitarlo. Pese a las lágrimas que seguían corriendo por mis mejillas, sonreí.