LXIII
Juicio inconcluso

Malditos burócratas.

No sé si se acuerdan de que dije en un momento de mi historia que los asesores de la reina estaban divididos entre continuar la guerra o abandonarla por completo. La cuestión es que se inició un debate entre ambos bandos de asesores sobre si Eren debía ser llevado a juicio o no. Y, como ustedes deber saber ya, Eren estaba a favor de continuar la guerra contra Marley hasta las últimas consecuencias, y buena parte de los asesores de la reina estaba de acuerdo con sus ideas.

Cuando Historia me contó lo que ocurría, no pude evitar llevarme una mano a la cara, apenas pudiendo creer las cotas de ineptitud e idiotez a las que pueden llegar los seres humanos. Yo creía que, con independencia de si la guerra continuaba o no, Eren debía ser llevado a juicio por insubordinación y poner en peligro el éxito de una misión crucial para el futuro de la isla. Una persona en la posición de un asesor real no debía poner sus ideologías por delante de la objetividad, pero, como dije, Historia no estaba lidiando con personas normales. Estaba lidiando con gente que quería propiciar una agenda que les beneficiara, e Historia, pese a lo que había hecho para ganarse la venia de la gente, aún tenía mucho que aprender sobre política, y los dimes y diretes de sus asesores la confundían y no era capaz de tomar una decisión informada sobre la fecha en la que tendría lugar el juicio de Eren.

Por eso, cuando supe que el juicio iba a dar inicio dentro de dos días más, arqueé una ceja, pero, cuando le pregunté a Historia sobre el tema, después de un momento bastante… intenso, ella me contestó que había jugado la carta de la mujer inestable por el embarazo, lo que había callado a sus asesores de inmediato. Por la forma en que me miró, supe que no había disfrutado hacerlo, pero que sus asesores no le habían dejado alternativa.

—No sé qué pensarán de mí después de lo que hice —me comentó mientras se vestía para ir a una reunión de rutina—. Seguramente creerán que no me comporté como una reina.

Yo me encogí de hombros.

—¿Y hay un comportamiento estándar para una reina?

—Por supuesto que lo hay —repuso Historia, poniéndose las botas y arreglándose el parche en el ojo—, pero no tiene en cuenta el caso en que la reina es quien gobierna. Los monarcas anteriores han sido tradicionalmente hombres.

—Por mi parte, tienes mi apoyo —le dije, tomándola por la cintura y dándole un beso breve en la punta de su nariz—. ¿Qué importa realmente lo que piensen personas que ni siquiera pueden hacer bien su trabajo? Por último, si no estás contenta con los asesores que tienes, podrías destituirlos y poner a otros en su lugar.

—Podría, pero el proceso es largo y tedioso, como siempre ocurre cuando se trata de destituir personas en una posición de poder. Podría tomar meses, e incluso años. Tendría que tener pruebas contundentes de que están sirviendo a sus propios propósitos para acelerar el proceso.

Después de pensarlo un poco, llegué a la conclusión que Historia tenía razón. Sacar a los asesores de su posición no valía la pena, no mientras ella tuviese la última palabra en cuanto a las decisiones que concernían a la isla. Es que gente como la que aconsejaba a Historia era experta en manipulación, y de forma lenta pero gradual, convencían a su presa de tomar decisiones que les favorecieran. Por eso, confiaba en que Historia se mantuviera firme, y no permitiera que otras personas tomaran decisiones por ella. Y como ustedes saben, si han prestado atención a mi historia, ella sabía sobre no poder tomar las riendas de su propia vida, o no poder tomar sus propias decisiones. Su cargo de reina la estaba poniendo a prueba, y yo deseaba que ella saliera victoriosa.

Historia estuvo bastante ocupada los dos días anteriores al juicio de Eren, por lo que no tuvimos tiempo para nosotras, en absoluto. Llegaba extenuada de las constantes reuniones previas al juicio, pero era por decisión de ella, porque quería ser parte del proceso legal, aunque no fuese ella quien impartiera sentencia. Por esa razón, iba a asistir como oyente, el cual no era mi caso. Yo debía declarar en calidad de testigo sobre el comportamiento de Eren bajo mi mando.

—Solamente apégate a los hechos —me recomendó Erwin media hora antes del juicio, y yo asentí con la cabeza—. Deja las emociones de lado.

—Descuide —le tranquilicé, mostrando una sonrisa leve—, no será difícil ser imparcial cuando se trata de Eren.

Lo dije de la boca para afuera, y lo sabía, porque sus palabras aún me afectaban, y, en ocasiones, podían hacer que mis momentos de intimidad con Historia se fueran a la basura. Sin embargo, no eran palabras que me impidieran hacer mi trabajo, o me disuadieran de declarar en su contra. Respiré hondo, tratando de recrear el estado mental con el que le dije a Eren que se fuera al diablo, y, al menos por un rato, creí conseguirlo. Bastaba con resistir hasta que fuera mi turno de declarar. Claro, era consciente de que iba a enfrentarme a Eren una vez más, que iba a mirarle a los ojos, sabiendo lo que él pensaba de mí, pero no podía claudicar, no podía mostrar debilidad ante él.

Entré al lugar donde se celebraría el juicio, y tomé asiento junto a los demás testigos. Normalmente, Jean, Connie, Marlo y Louise también debían declarar, pero yo le dije a Darius Zackley, quien iba a actuar de juez, que iba a hablar por mi escuadrón. Mis compañeros asintieron en señal de aprobación, y Louise lo hizo de manera particularmente enérgica.

—Estaré… digo, estaremos apoyándote —me dijo Louise, dedicándome una sonrisa amplia. ¿Era yo, o Louise se mostraba más efusiva en mi presencia? No nos habíamos visto mucho, pero, cada vez que hablábamos, ella lucía muy entusiasmada. Asumía que recordaba la forma en que yo la había acompañado en un momento de debilidad de ella, y que había actuado como una amiga en lugar de como su superior. Y, honestamente, no me molestaba eso. Si ayudaba a Louise a superar la muerte de su novio, entonces no era quien para negarme a conversar con ella.

—Se los agradezco —dije, justo antes que el capitán general tomara la palabra, y así, dar inicio al juicio.

—Damas y caballeros —dijo Darius Zackley con su voz profunda y pausada—, con estas palabras, doy por iniciado el juicio en contra de Eren Jaeger—. El capitán general miró a Eren, quien se encontraba en el centro, los brazos por detrás de la espalda, sus manos atadas a un poste de metal y sus pies atados, tal como la primera vez que fue enjuiciado. Era la única forma de garantizar que no se transformara en un titán durante el proceso—. Eren Jaeger, has sido acusado de comprometer el éxito de la misión en Liberio, arriesgando las vidas de tus compañeros, para beneficio personal. ¿Cómo te declaras?

La respuesta de Eren fue predecible.

—Inocente, por supuesto —dijo, con esa misma voz monocorde, dedicándome una breve mirada antes de continuar—. Lo que hice no fue en beneficio personal. Lo hice por el bien de Paradis. Pero no es algo que espero que ustedes entiendan.

El capitán Zackley actuó como si Eren no hubiera dicho aquellas últimas palabras.

—¿Eres consciente de lo que enfrentas si eres hallado culpable?

—Lo estoy, pero no serán capaces de ejecutarme.

La convicción con la que Eren dijo esas palabras me desconcertó. Era como si estuviese seguro de que el veredicto del juicio no iba a tener alguna consecuencia para él. ¿Estará Eren tramando algo? Zackley no hizo ningún comentario sobre lo que había dicho Eren.

—Que la parte acusadora presente su caso.

La parte acusadora era, nuevamente, la Policía Militar. Yo, por primera vez en toda mi vida, estuve de su lado, pues yo iba a declarar en contra de Eren.

—En preparación a este juicio, colaboramos de manera estrecha con el Cuerpo de Exploración, de manera de obtener toda la información relacionada con la misión en Liberio—, anunció el comandante Nile, y su expresión me dijo claramente que no había disfrutado ni un segundo en colaborar con el Cuerpo de Exploración. Sin embargo, dado que estaban de nuestra parte, traté de no odiar, al menos por lo que durara el juicio, a la Policía Militar y todo lo que representaba—. Ellos decidieron no presentar la evidencia ellos mismos en aras de la objetividad. Sin embargo, eso no quita que algunos de sus miembros puedan declarar en calidad de testigos.

—De acuerdo. Puede proceder.

—Gracias, señor —dijo Nile en un tono acartonado que no me agradaba mucho, pero, de nuevo, traté de no darle mucho pensamiento a eso, por las razones que ya dije—. Tenemos los reportes de la misión en Liberio, uno de la operación de infiltración, y el otro corresponde a la operación de extracción. Para aportar contexto al reporte de la operación de infiltración, llamo a declarar a la capitana Mikasa Ackerman, quien, por petición propia, decidió declarar no solamente por ella, sino por los miembros de su equipo también.

De acuerdo. Era mi turno. Me puse de pie, caminé hacia el estrado sin mirar a Eren, y tomé asiento. Fue en ese momento en que nuestras miradas se cruzaron. Sus pensamientos sobre mí, a juzgar por la mirada que me estaba dedicando, no habían cambiado en lo absoluto. Pues, lo mismo podía esperar de mí. Elevé un poco la vista, y me encontré con la mirada de Historia. ¡Vaya contraste! En los ojos de Eren había visto solamente odio y repulsión, y en el único ojo de Historia vi solamente amor y apoyo. Era claro para mí quién era la persona más importante en ese juicio.

—Señora Ackerman —me dijo el interrogador, un efectivo de la Policía Militar con el que jamás había intercambiado palabra alguna, pasando por alto el hecho que me había llamado "señora", pues tenía sentido, porque yo era una mujer casada—, ¿cómo definiría su relación con Eren durante la operación de infiltración?

Estaba pensando en una respuesta coherente y representativa de la verdad, cuando otro efectivo de la Policía Militar apareció en la sala del tribunal, luciendo alarmado por alguna razón.

—¡Capitán! —exclamó el efectivo, quien lucía falto de aliento, a juzgar por la forma en que se subían y bajaban sus hombros—. ¡Están atacando el palacio real!

En cuanto el efectivo dejó de hablar, los presentes en la sala del tribunal comenzaron a murmurar entre sí. Yo sabía que había habido varias protestas pacíficas del grupo denominado "Jaegeristas", pero no que se hubieran vuelto violentos últimamente. No sabía quién o quiénes podrían estar detrás del ataque, al menos hasta que el efectivo volvió a tomar la palabra.

—Se trata de un grupo de ciudadanos, pero están arrojando lo que parecen botellas de licor con mechas improvisadas. Y siguen llegando más personas al frontis del palacio, algunos portando armas de fuego.

—¿Armas de fuego? ¿Ciudadanos? —preguntó Darius Zackley, llevándose una mano al mentón, luciendo escéptico.

—Sí, señor —repuso el efectivo, y daba la impresión que él también tenía problemas creyendo lo que había visto—. Algunos llevaban pancartas, las que decían cosas como "liberen a Eren Jaeger, el salvador de Paradis", o "Jaegeristas al poder". Estamos tratando de contener la revuelta de la mejor forma que podemos, pero no podemos emplear armas de fuego en contra de los ciudadanos.

Darius Zackley seguía con una mano en el mentón, pensando en cuál era el mejor curso de acción, dados los nuevos acontecimientos. Estuvo un largo rato así, y los demás se miraban entre sí, como si no pudieran encontrar la relación entre las protestas y el juicio. Yo podía ver claramente el vínculo entre ambos hechos. Era evidente que había protestas antes del juicio a Eren, pero aquellas habían sido pacíficas. Por eso, era lógico asumir que el anuncio del proceso legal en su contra había sido la gota que colmó el vaso. Y estaba segura que Darius estaba pensando en los mismos términos.

—Mi reina —dijo él de repente, tomándonos a todos por sorpresa—, dadas las nuevas noticias, es recomendable que el juicio sea suspendido hasta que las protestas sean calmadas. Es posible que algunos núcleos de los agitadores se atreva incluso a tratar de liberar a Eren Jaeger.

Enseguida, miré a Historia. Su expresión era de absoluta incerteza. Tenía a cientos de ojos sobre ella, esperando a que tomara una decisión. Yo no habría podido soportar la presión, y no estaba segura de si Historia sería diferente a mí.

Pero estaba segura de una cosa. Historia, si era capaz de soportar la presión, iba a tomar la decisión que beneficiara a la mayoría, sin importar cuántos dedos la señalaran después.