LIV
Rumbo al encierro

Los ojos de cientos de personas seguían clavados en Historia, incluyendo los míos, pero, a diferencia de los demás, que esperaban que tomara una buena decisión, yo también esperaba que recordaba lo que ella me había dicho en una ocasión, que yo le inspiraba a ser más fuerte.

E Historia tomó la palabra, tragando saliva, como si estuviera a punto de enfrentar a un titán colosal.

—El juicio se suspende hasta que las revueltas hayan sido calmadas —dijo, y, pese a su anterior expresión de nerviosismo, su voz mostró confianza y autoridad—. Capitán Zackley, coordine con Nile para detener cualquier atentado en contra del palacio de gobierno, y atrape a cualquier persona o grupo que intente liberar a Eren Jaeger. Él será puesto a disposición del Cuerpo de Exploración.

Tanto Nile como Erwin y el capitán Zackley hicieron el saludo militar. De esa forma, el juicio quedó suspendido, y varios soldados del Cuerpo de Exploración se ocuparon de trasladar a Eren a un lugar seguro.

—Capitana Ackerman —me dijo el comandante Erwin, y yo giré sobre mis talones. Fiel a su carácter, no se mostraba para nada nervioso—. Tú te harás cargo de custodiar a Eren. Asignaría a Levi, pero él está ocupando vigilando a Zeke. En caso que Eren intente escapar, estás autorizada para acabar con él por cualquier medio necesario.

Ante las últimas palabras del comandante, tragué un poco de saliva. Era distinto no lamentar su muerte a acabar con su vida personalmente, pero no dije nada al respecto. Era entendible la postura del comandante. Si era posible, convenía mantener a Eren con vida para que pasara por el proceso legal correspondiente, pero si no lo era, matarle era la mejor opción, porque él era el dueño del titán fundador. Era imperativo que no escapara bajo ninguna circunstancia.

—¿No se supone que Historia tiene que devorar a Zeke para heredar el titán bestia? —pregunté, y sentí un ligero retortijón de tripas cuando acabé de hablar.

—No hasta que Historia haya dado a luz —repuso Erwin, y yo me sentí tonta. Era obvio que debíamos esperar—. No sabemos qué puede pasar si Historia se transforma en un titán puro mientras está embarazada. Existe una posibilidad de que el bebé se pierda por completo, por lo que no vamos a tomar ese riesgo.

Había olvidado que, para heredar un titán cambiante, primero había que transformarse en un titán puro. Por alguna razón, imaginarme a Historia como un titán puro causó que se me revolviera el estómago. No obstante, aquel no era el momento para ponerse a pensar en tonterías. Hice el saludo militar, de manera de decirle a Erwin que iba a obedecer sus órdenes, y llamé a los miembros de mi equipo. Ellos acudieron a mi lado de inmediato.

—Tenemos nuevas órdenes. Debemos escoltar a Eren Jaeger de vuelta a la prisión subterránea, y custodiarle hasta que la crisis haya pasado. No estaremos solos. Varios soldados del Cuerpo de Exploración nos ayudarán. Es posible que estemos varias semanas allí, por lo que convertiremos a la prisión en una base provisoria del Cuerpo de Exploración. Cuando hayamos llegado allá, repartiré las tareas para cada uno. ¿Entendido?

—¡Entendido! —exclamaron Jean, Connie, Marlo y Louise, haciendo el saludo militar.

Después de unos diez minutos, Eren fue llevado a una carroza, y nosotros montamos unos caballos, a unas decenas de metros de una turba de manifestantes, quienes eran contenidos por efectivos de la Policía Militar. Di la orden de avanzar, y la carroza comenzó su trayecto hacia la prisión, la misma en la que él había estado encerrado hasta ese día.

No fue un camino demasiado largo. Eran solamente unos dos kilómetros desde la entrada a la capital. Ninguno de nosotros dijo palabra alguna durante el viaje, lo que me beneficiaba, porque, para serles honesta, no tenía muchas ganas de dialogar. Y no era difícil entender el porqué. Yo sabía que mis compañeros me iban a hacer preguntas sobre Eren, y qué era lo que estaba sintiendo, pero no era necesario para las circunstancias que ellos supieran lo que me tenía callada, al menos hasta que estuviéramos detrás de las murallas de la prisión.

Cuando entramos, un grupo de cuatro soldados trasladó a Eren (quien seguía con las manos detrás de su espalda, convenientemente atadas) hacia el subterráneo, y lo arrojaron sin ninguna elegancia a su celda. A una distancia segura, uno de los soldados ordenó a Eren a que sacara las manos entre los barrotes para que pudiera cortar sus ataduras. No había peligro de hacerlo, pues, al estar la celda bajo tierra y en un espacio reducido, le era imposible a Eren convertirse en un titán.

De común acuerdo, usamos las dependencias de los guardias para vivir. No eran tan cómodas como las barracas en Trost, pero al menos se podía dormir en ellas. En cuanto a la logística, decidí emplear a soldados del Cuerpo de Exploración vestidos de paisano, de manera que no fuesen identificados fácilmente, para que fuesen a hacer las compras necesarias. También era una oportunidad para averiguar cuál era la situación actual de las revueltas en la capital. No esperábamos que la crisis durara más allá de un mes, pues los focos de violencia eran bastante extendidos por Mitras. Tener alimentación también significaba que Eren no iba a pasar hambre en su celda.

Una semana pasó desde que llegamos a la prisión, y las revueltas no parecían querer acabar. De hecho, un grupo de protestantes particularmente belicosos consiguió llegar a las puertas de la prisión. Plenamente conscientes de que no debíamos matar a nadie, no usamos nuestras espadas para neutralizarlos, pese a que ellos usaban explosivos improvisados en contra de nosotros. Debimos emplear nuestro entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo para acabar con los protestantes, algo en lo que yo era buena, pero no tanto como, por ejemplo, Annie. Ella no habría tenido problema alguno. Lástima que haya resultado ser una degenerada sádica.

Después de varios minutos de refriega, conseguimos dejar fuera de combate a nuestros oponentes, pero tanto Connie como Louise sufrieron quemaduras. Yo, Marlo y Jean salimos incólumes de la batalla, pero me pregunté cómo era que los disidentes habían llegado tan lejos en solamente una semana. Fueron los soldados de paisano los que nos informaron que el movimiento Jaegerista había crecido más de lo que el gobierno había imaginado. Yo, por una parte, no hallaba eso demasiado sorprendente, pues había visto varias protestas pacíficas en mis idas y venidas por la capital, pero, como dije, la noticia de que Eren iba a ser llevado a juicio y probablemente ejecutado había sido demasiado para sus simpatizantes. Lo que sí me tenía preocupada era que hubieran llegado tan lejos en una semana. Considerando las limitaciones de la Policía Militar para contener disturbios masivos, era posible que ellos debiesen recurrir a la Tropa de Guarnición y al Cuerpo de Exploración para ayudar a contener el movimiento Jaegerista.

Lo otro que hallaba extraño sobre el rápido crecimiento del movimiento era que no parecía haber ningún agitador o agitadores entre sus filas. Era prácticamente imposible que las protestas hubieran crecido de la manera en que lo hicieron sin personas que actuaran como líderes de facto, personas a las que la mayoría seguía de manera incondicional, personas que eran conscientes de lo fácil que era manipular a la gente cuando se manifestaban en grupos. Si eso era cierto, entonces, ¿quién o quiénes eran los potenciales agitadores políticos? Si existían, ¿cómo era que no habían sido identificados aún, de manera de capturarlos y debilitar el movimiento?

Con esas preguntas dando vueltas en mi cabeza, volví a la prisión junto a mis compañeros y los demás soldados que nos ayudaban a custodiar a Eren. Para calmarnos, juzgué prudente que mis compañeros liberaran tensiones, pero no de una forma en que fuese contraproducente para nuestro objetivo. De esa forma, organizamos un almuerzo entre todos los soldados del Cuerpo de Exploración presentes en la prisión… bueno, no todos, pues algunos se ofrecieron a vigilar las cercanías y avisarnos en caso que una nueva turba viniera a tratar de rescatar a Eren.

—Déjenos unos platillos —fue la única condición que pusieron.

Considerando su decisión, creí que su petición era justa, así que prometí dejarles algo de comer para cuando acabáramos.

El problema que teníamos por delante era bastante obvia. ¿Quién rayos iba a cocinar? Era bastante evidente que ninguno de nosotros tenía alguna experiencia cocinando, por eso, me sorprendió que Jean se ofreciera de voluntario.

—Voy a necesitar la ayuda de todos, eso sí —acotó, y el resto nos quedamos mirando con evidente confusión. Jean se dio cuenta, y perdió completamente la paciencia—. ¡No puedo hacerlo todo yo!

Y así, todos colaboramos en lo que mejor sabíamos hacer. Yo había tenido mucha práctica pelando verduras y patatas, tanto en mi casa como en el ejército, por lo que yo fui quien desempeñó esa labor. Las espadas de mi equipo de maniobras no eran lo único afilado que podía manejar sin problemas, ténganlo por seguro. Connie y Marlo iban a ayudar con las carnes, sazonarlas y prepararlas para la cocción, mientras que Louise se iba a encargar de preparar la mesa, con los cubiertos, platos, manteles, vasos, etc.

—Tengo experiencia preparando la mesa en mi hogar —me explicó alegremente cuando me dijo en qué iba a colaborar—. ¿Recuerdas que te mencioné que ayudaba a mi madre en la cocina? Pues también colaboraba con poner platos, cubiertos y demás. Había ocasiones en las que unos familiares acudían a nuestra casa por convivencias, y la tarea de preparar la mesa muchas veces recaía en mí.

Cuando acabó con su perorata, me dedicó una amplia sonrisa antes de reanudar sus tareas. No era que me molestase, pero Louise me mostraba sonrisas bastante a menudo. Entendía que me valorase más que al resto del equipo, debido a que estuve con ella en un momento difícil, pero aquello no podía deberse solamente a eso. Había algo más detrás de aquel sempiterno buen humor que mostraba en mi presencia, y no pasaría mucho tiempo para saber por qué. De hecho, iba a decírmelo personalmente ese mismo día. Por mi parte, quería creer que trataba de mostrar felicidad, cuando aún estaba lamentando la muerte de su novio, pero no explicaba por qué me sonreía solamente a mí.

Fue cuando consideré una posibilidad que no había visto antes. No la creí posible en su momento, porque yo pensaba que Louise estaba tratando de sacar fuerzas de flaqueza, pero, después de aquella última conversación, tuve un presentimiento de que su efusividad podría tener otra explicación, aparte de su evidente esfuerzo por superar su pérdida.

Yo había acabado de pelar las verduras y las patatas, por lo que decidí ayudar a Louise con los platos, cubiertos y demás, y, por supuesto, tantear la posibilidad de que me explicara por qué se comportaba de manera efusiva conmigo. Sin embargo, no iba a ser directa con ella. No podía darme el lujo de hacerlo con Louise, porque se pondría a la defensiva de inmediato. Era mejor ir despacio por las piedras.

No obstante, había malas noticias en camino… más de una.