LXV
La larga espera, Parte 1
—¿Recuerdan cuando todos pensamos que Historia había sido castigada por el instructor? —dijo Connie, bebiendo de su jugo de arándano como si fuese la última vez que lo hiciera—. ¿Cuándo vino cojeando al comedor cuando estábamos en el Cuerpo de Entrenamiento?
—Yo realmente lo creí —intervine, y los demás me miraron como si acabara de decir una obviedad.
—Siempre tuviste un punto ciego con ella, aun cuando no se gustaban —dijo Jean en un tono mordaz. Era evidente que ya había superado lo que le pasaba conmigo, y aquello era bueno—. Supongo que las chicas fuertes sí tienen una debilidad con las chicas más dóciles y vulnerables.
—Resultó que solamente se había tropezado mientras buscaba el equipo de maniobras de Eren para demostrar que tenía una falla —continuó Connie, y todos soltamos unas risas comedidas. En realidad, así me gustaban las convivencias, sosegadas, sin muchos excesos, todo en su justa medida. Y mis compañeros y demás soldados se habían comportado de la forma en que yo esperaba, sin siquiera pedirlo de forma explícita. Supuse que el deber de custodiar a Eren era mucho más importante que desatarse durante una tertulia.
—Y pensar que ella era una simple soldado que no quería estar allí —dije, y las risas se fueron apagando, pero aquello no fue algo malo, sino que fue interpretado como un acto de respeto hacia Historia—. Tres años después, es la reina de toda una isla.
—Y ayudó a cargarse a Reiner —añadió Jean, alzando su copa.
—Y le dio el golpe final a Rod Reiss, su propio padre —dijo Marlo, imitando el gesto de Jean.
—Y su esposa es la mujer más fuerte de la humanidad —agregó Louise, como siempre, con una sonrisa que enseñaba cada uno de sus dientes.
—Hagamos un brindis por nuestra reina —dije, y todos los presentes alzamos nuestras copas en señal de respeto hacia Historia.
Después de eso, se formaron grupos más reducidos que hablaban de diversos temas. Yo, por otro lado, decidí no participar en ninguno de los grupos, porque no me sentía con ganas de hacerlo. Hablar de Historia solamente me había hecho cobrar conciencia de que ella no había claudicado en su decisión de heredar el titán bestia, y ya saben que eso me perturbaba bastante. A continuación, me imaginé a Historia reprendiéndome por pensar siempre en el peor escenario posible. Bueno, al menos no lo hago con tanta frecuencia como antes, pero los pensamientos negativos siempre hallaban una forma de colarse en la mente de uno. Traté de no darle tribuna al hecho que Historia tenía los días contados, y de enfocarme en los días que sí la iba a tener a mi lado. Después, me pregunté qué estaría haciendo ella para lidiar con los Jaegeristas. Estaba segura que iba a estar al frente de la lucha en contra de los protestantes. Historia era, realmente, una reina poco ortodoxa.
Como había decidido no hablar con nadie, escogí bajar al subterráneo para ver cómo estaba Eren. No lo hacía porque sintiera real preocupación por él. Después de lo que me dijo, no había cabida para el afecto hacia él dentro de mí… o al menos eso me decía a mí misma, porque, muy en el fondo, tenía la impresión, o mejor dicho, la ilusión de que no había dicho aquellas terribles palabras en serio.
Cuando llegué a las celdas del subterráneo, encontré a Louise dándole a Eren algunas sobras del banquete que celebramos hace unos minutos atrás. Aparentemente, oyó mis pasos, y me miró con unos ojos que evidenciaban su sorpresa. No obstante, me dio la impresión que no había sido una sorpresa desagradable. Le hizo una especie de seña a Eren, la que no entendí en su momento, y se acercó a mí, cosa que él no pudiera escuchar nuestra conversación.
—Solamente le estaba dando de comer a Eren —dijo, mirándome con unos ojos brillantes, algo que me llamó la atención—. De algún modo, es bueno que me hayas encontrado aquí. Así nadie oirá lo que debo decirte.
Tragué saliva. Tenía una buena idea de lo que ella me iba a decir, y, si mi intuición estaba en lo cierto, ya tenía preparada mi respuesta. Por mucho que me simpatizara Louise, no tenía miedo de mis palabras.
—¿Querías encontrarme sola?
—No lo buscaba conscientemente —repuso Louise, dando un paso hacia atrás, quizás juzgando que estaba muy cerca de mí—, pero llegaste aquí, y quiero aprovechar la oportunidad.
No dije nada. La animé con la mirada para que siguiera hablando.
—Bueno —dijo ella, evitando por momentos mis ojos—, esto me comenzó a pasar desde que conversamos en el dirigible, cuando escapábamos de Liberio. Honestamente, no esperaba que tú, siendo mi superior, me consolara de la manera en que lo hiciste. Creí que me ibas a reprender y que ibas a usar disciplina para que yo dejara de lagrimear como una tonta.
Seguí sin decir nada. Como la primera vez, la animé con la mirada para que continuara.
—Pero estuviste ahí para mí —siguió Louise, mostrándome una sonrisa leve—. Me abrazaste, hiciste que yo hablara de lo que me tenía triste. No he olvidado todo lo que has hecho por mí. Pero claro, no podía esperar menos de la persona que nos salvó hace tres años atrás, en Trost, cuando los titanes invadieron la ciudad.
Mutismo por mi parte. Sabía que Louise no había dicho todo lo que debía decir, por lo que le dejé hacerlo.
—Después de eso, no conversamos mucho, pero sabía que estabas interesada en que yo estuviera relativamente bien. Me sentí más cercana a ti, más de lo que me hubiese imaginado. Y, sin querer, cada vez que hablábamos, sentía una calidez extraña en mi corazón, similar a la que sentía cuando conocí a quien fuese… bueno… ya sabes quién. Fue cuando me di cuenta de la verdad. Sé que no tengo ninguna oportunidad de tener a una chica como tú, porque tu corazón ya tiene dueña. Diablos, ni siquiera sabía que podía sentirme de este modo por otra mujer, pero, heme aquí.
Más mutismo. Louise no había acabado aún, y el tiempo me dio la razón.
—La verdad, Mikasa, siento tener que decirte esto, porque sé que tienes una excelente relación con nuestra reina, y no quiero ponerme en medio de ustedes, pero no podré dormir tranquila si no te digo lo que siento. Tal vez esté confundiendo las cosas, tal vez no, pero me es imposible ignorar esa calidez en mi corazón cada vez que hablamos. Yo creo que sabes lo que estoy a punto de confesarte, pero lo voy a decir de todas formas. Me gustas, Mikasa, y me habría gustado mucho que estuvieras sola, pero no puedo negar la realidad. Me gustas mucho, me siento más fuerte y firme cuando estás cerca, y está esa calidez en mi corazón de la que ya te he hablado. Pero, como dije, no puedo negar la realidad, y debo aceptar que, simplemente, no soy para ti. Eres para Historia. Las he visto. El amor que hay entre ustedes es evidente y poderoso. Mi intención con esto era solamente que supieras lo que siento. No tienes por qué aceptarme o sentir lástima por mí. Es sólo que… necesitaba decirlo. De algún modo, me ayuda a dejar esto atrás, y convertir esto en una mera anécdota.
Guau. Resultaba que mi intuición estaba en lo cierto, pero, después de lo que escuché, juzgué innecesario responderle con las palabras que tenía preparadas para esa contingencia. Louise había demostrado mucha madurez al decir esas palabras, sabiendo que sus sentimientos no eran correspondidos, y pensé que había sido un buen gesto que fuese honesta con sus sentimientos. Eso me permitía sentirme halagada por Louise, sin tener que rechazarla yo misma. Aquello hizo las cosas mucho más fáciles.
—Te agradezco que me hayas dicho eso —dije, poniendo una mano en su hombro y sonriéndole—. No debió ser fácil de decir, y, para serte honesta, me siento halagada por tus palabras, y más aún que seas capaz de reconocer tu posición. No me importa si estabas confundiendo las cosas o no. El punto es que hayas podido sacarte eso de la cabeza.
Louise me dedicó una amplia sonrisa.
—Eres Mikasa Ackerman, sin duda —dijo Louise, haciendo el saludo militar de una manera más rígida de lo habitual—. Desde este momento en adelante, no mencionaré nada de esto, ni a ti ni a nadie, y me enfocaré solamente en ser un buen soldado del Cuerpo de Exploración.
—Bien dicho —le dije, también haciendo el saludo militar—. Si acabaste con darle comida a Eren, podrías colaborar con recoger la basura y hacer un poco de orden.
Louise no dijo nada, pero marchó de vuelta al comedor, donde seguramente los demás también estaban haciendo su parte. Les había dado márgenes estrictos de tiempo para celebrar, porque yo no había olvidado que teníamos una misión que cumplir, y no podíamos hacerlo celebrando todo el tiempo. Lo que sí había considerado era que, de ser necesario, podría organizar convivencias como la actual de manera esporádica, considerando que podríamos estar un largo tiempo en la prisión, dependiendo de cuánto duraran las revueltas en la capital.
Cuando volví al comedor de los guardias de la prisión, mis compañeros y varios de los demás soldados ordenaban las mesas, las sillas, recogían la basura, guardaban los cubiertos y los vasos y barrían el piso. Pensando en que yo no podía ser menos que ellos, tomé una escoba y una pala, y ayudé a mis compañeros. Después de todo, es lo que haría Historia, y yo no podía ser menos que ella tampoco. Su voluntad por querer ser partícipe de las cosas que importaban, no simplemente estando presente, sino que haciendo trabajo, había hecho que su popularidad creciera de manera sustancial. No obstante, no sabía qué podía pasar si el movimiento Jaegerista no era contenido, o si se perdían vidas durante las refriegas, si es que eso no había pasado ya. Era posible que nada le ocurriera a Historia, pero también podía darse que la población la culpara, pese a participar activamente en la operación. En ese último caso, su popularidad podía irse abajo. Más allá de eso, no tenía certeza de cómo reaccionaría Historia en esas circunstancias. La presión popular podría hacer que abdicara, pero, tomando en cuenta todo lo que había tenido que pasar para llegar a ser reina de Paradis, hallaba esa posibilidad improbable. Además, ella podía contar conmigo como apoyo en caso que las cosas salieran mal. Siempre podría contar conmigo, en las buenas y en las malas.
Cuando acabamos con el aseo del comedor, nos encontrábamos exhaustos, pero Connie decidió montar guardia, y yo le aconsejé que llevara un poco de café (una bebida amarga de Marley que Armin había encontrado antes de la batalla de Shiganshina), pues tenía la propiedad de espantar el sueño por unas cuantas horas. Nos fuimos a los dormitorios de los guardias, y yo me acosté sobre la cama con el uniforme puesto. Aquella se convertiría en una práctica común en esos días, pues uno nunca sabía cuándo los Jaegeristas podían atacar.
Mientras miraba distraídamente al techo, pensé una vez más en Historia, y en qué podría estar haciendo en ese mismo minuto. Tomando en cuenta la hora, me imaginé que debería estar descansando después de un arduo día de trabajo. Lo necesitaba más que nunca, porque tenía una responsabilidad mucho mayor creciendo en su interior.
Me quedé dormida imaginando mi vida como madre.
