LXVI
La larga espera, Parte 2
Dos meses después de nuestra llegada a la prisión, Louise mostró interés en unirse al grupo que iba a la capital a comprar insumos para nuestra subsistencia. Yo arqueé una ceja ante su ofrecimiento, pero no podía realmente negarme a la proposición, pues un par de manos extras ciertamente nos ayudarían a obtener más recursos. Considerando esa variable acepté, algo que, tarde o temprano, iba a lamentar. Bastante.
Las noticias que nos llegaban desde la capital no eran buenas. Pese a que la Policía Militar y la Tropa de Guarnición eran capaces de mantener a raya a los Jaegeristas, claramente no era suficiente. El único logro significativo de ambas ramas del ejército fue mantener a los manifestantes en la capital, lo que significaba que había muy pocas oportunidades para nosotros de actuar. Eso no significaba, sin embargo, que debiésemos abandonar nuestra posición y ayudar en la contención de las protestas. Teníamos órdenes bastante claras, y las íbamos a cumplir al pie de la letra.
Yo pensaba que las revueltas iban a durar un mes como máximo. Sin embargo, aquí estábamos, dos meses después, soportando un encierro prolongado, cosa que ninguno de los soldados en la prisión quería. Pensando a largo plazo, decidí hacer rotaciones para las personas que salían a hacer las compras necesarias para la subsistencia, de manera que todos recibiéramos una dosis de aire fresco, aunque eso implicara exponerse a las revueltas. Como se trataba de algo que cualquiera de nosotros podía hacer, aquella fue, a la larga, una buena decisión. Unas pocas horas al aire libre era todo lo que necesitábamos para poder soportar el encierro.
No pasó gran cosa durante nuestro tiempo en la prisión. Eren no parecía estar ni remotamente desesperado por su situación. De hecho, cada vez que iba a verle, se veía calmado, sentado sobre la cama, mirando a la pared como si hubiese algo fascinante dibujado en ésta. Louise también iba a verle, generalmente para darle comida o hablar un rato con él, y, en unas pocas ocasiones, iba Jean, pero aquella era simplemente una excusa para decirle lo patético que era al provocar la muerte de Sasha y comprometer el éxito en Liberio. Connie y Marlo ni se molestaban en visitarle, uno porque tenía mucho odio en su interior hacia Eren, y el otro por falta de interés.
Los dos meses pasaron, y no parecía haber indicio de que las revueltas se acabaran pronto. Podíamos ver el humo brotar desde detrás de los muros de la capital, pensando en qué impedía que el movimiento Jaegerista disminuyera su fuerza. Además, estaba siendo cada vez más difícil conseguir alimento y otros elementos para subsistir, pues había barricadas en las calles, muchas veces resguardadas por Jaegeristas, quienes atacaban a quienquiera que pasara por el lugar, fuese soldado o no, claro que no herían seriamente a los civiles. Con los soldados, sin embargo, no tenían piedad. Por eso era vital que nosotros fuéramos de paisano a hacer las compras, pues los manifestantes no nos hacían gran cosa, y había algunos que derechamente nos permitían hacer compras sin ningún problema, diciéndonos que el problema eran las autoridades.
Hacia el cuarto mes de revueltas, me tocaba salir para ir a la capital a realizar labores logísticas. Por desgracia, el almacén al que regularmente íbamos a comprar había sido saqueado hace una semana atrás, y no contaban con inventario. Tuvimos que buscar otro almacén donde comprar, y encontramos uno a dos cuadras del palacio real. Debido a su ubicación, los precios de los productos eran más altos, y, debido a la contingencia, éstos se elevaron aún más. No sabíamos si nuestro presupuesto mensual nos iba a alcanzar para lo que necesitábamos, por lo que tuvimos que racionar la comida, de manera que pudiéramos seguir solventando los gastos. Llegar allí fue una pesadilla, pues tuvimos que pasar dos calles llenas de enfrentamientos entre Jaegeristas y soldados de las tres ramas del ejército. Fue así que supimos que el Cuerpo de Exploración se había unido a la lucha por el orden dentro de la capital. Debido a que ningún soldado tenía permitido matar a ningún ciudadano, todo era mucho más complicado, porque los Jaegeristas no daban su mano a torcer.
Cuando acabamos con las compras, salimos del almacén, rumbo a la salida de la capital, cuando vimos a un escuadrón de soldados del Cuerpo de Exploración, llevando equipos antidisturbios, desarrollados después de la interrogación de Yelena hace varios meses atrás. Pero aquello no fue lo que más me llamó la atención del escuadrón. Fue otra cosa.
Mi estómago dio un voltereta dentro de mí cuando vi a Historia encabezando el escuadrón. Iba vestida con el uniforme estándar del Cuerpo de Exploración, tal como cuando fue a la batalla de Shiganshina. Miraba hacia el frente y tenía el entrecejo ligeramente arrugado, lo que, unido al parche en uno de sus ojos, le hacía irradiar confianza y decisión en lo que iba a hacer, algo que, hace tres años atrás, era imposible de ver en ella. Su vientre ya estaba bastante abultado, pero me imaginé que ella no iba a pelear directamente, sino que iba a actuar de acuerdo a las limitaciones de su condición. No niego que tuve muchas ganas de llamarla y darle un abrazo después de cuatro meses sin verla, pero recordé que iba vestida de paisano, y no estaba dispuesta a revelar a los Jaegeristas que yo andaba en la ciudad.
Con mucha dificultad, aparté los ojos de Historia, y ordené a los demás a que me siguieran. Las refriegas se habían trasladado hacia otros sectores de la capital, y pudimos llegar al muro sin problemas, claro que debimos lidiar con uno que otro manifestante, y eran de aquellos que herían a civiles. Tuvimos que reducirlos de una manera en que no fuese obvio que habíamos recibido entrenamiento. Después de aquellos incidentes menores, nos encaminamos a la prisión.
Para el sexto mes en la prisión, el agotamiento mental era muy evidente. Pese a que todos habíamos recibido su dosis de aire (no tan) fresco, pasar seis meses en un mismo lugar por la mayor parte del tiempo no era agradable, en absoluto. Tuve que parar varias peleas entre algunos soldados que no podían aguantar la presión. Algunas parejas se habían formado también, lo que era algo bastante más sano que liarse a golpes. Mientras tanto, yo y mi escuadrón soportamos bien esos seis meses, pero hubo una ocasión en la que Connie no pudo hacer de vigía, porque era imposible no acordarse de Sasha en los tiempos muertos (y eso aplicaba al resto del escuadrón también), y eso, unido al prolongado encierro, hizo que sufriera un colapso mental. Jean, quien no se encontraba en mucho mejor estado que él, debido a lo mismo, escogió tomar su lugar.
Sin embargo, durante ese sexto mes de encierro, ocurrió algo que hizo mi estadía mucho más soportable.
Una tarde, mientras yo acababa con mi ronda de vigilancia, vi que un carruaje se acercaba hacia las puertas de la prisión. Al verlo con más detalle, me di cuenta que era el mismo carruaje en el que yo había viajado junto a Historia. Mi corazón saltó a mi garganta cuando supe lo que eso implicaba, y estuve tentada en acabar mi ronda en ese mismo minuto, pero me controlé, sabiendo que podría ver a Historia en cualquier momento después de haber cumplido con mis deberes. Eso no impidió que una sonrisa involuntaria cruzara mi cara.
Faltaba media hora para que acabara mi turno. Fue la media hora más larga de mi vida, pues siempre daba la impresión que el tiempo transcurría más lento cuando se esperaba por algo agradable. Miraba al frente, con rifle en mano, escudriñando el camino que conducía al muro de la capital, tratando de distraerme con cualquier cosa, pero la imagen de Historia aparecía en mi mente, y me era imposible contener la emoción. Fue una tortura tener que esperar esos condenados treinta minutos, imaginando lo que podría pasar cuando finalmente estuviera con ella. Sabía que no sería por mucho tiempo, pues ella tenía deberes que atender. También me pregunté si el palacio real sería un objetivo para los Jaegeristas, pues la reina no se encontraba allí. También podría darse que los manifestantes tuviesen más motivaciones para asaltar la prisión, pero no vi a ninguno de ellos. Desde hace más de cinco meses que no intentaban penetrar en las paredes del recinto penitenciario, y sacar a Eren a la fuerza, y aquello me molestaba. ¿Por qué no parecía haber un esfuerzo más coordinado para tratar a extraerle?
Irónicamente, pensar en la extraña inacción de los Jaegeristas por volver a liberar a Eren hizo que la media hora pasara más rápido, y salté de la sorpresa cuando Marlo me tomó del hombro. Instantes después, recordé que él era quien me iba a reemplazar en la guardia. Cuando le vi con más detalle, noté que tenía las mejillas ligeramente coloradas. Asumí que era por el frío, pero la sonrisa en su cara me indicó otra cosa.
—¿Viste a Hitch recientemente? —pregunté.
—No, pero recibí una carta de ella —respondió Marlo, mirando al horizonte, siempre sonriendo—. Dice que ya tiene pensada una fecha para nuestro compromiso, pero eso va a depender de cuándo acaben las revueltas. No ha habido gran actividad en los últimos días. Eso me da esperanzas de que pronto pueda… ya sabes…
Por supuesto, yo sabía a lo que se refería Marlo, y escogí no decir nada. Le sonreí por toda respuesta, y bajé a la primera planta, donde se encontraba estacionado el carruaje, y los caballos no parecían muy a gusto con estar entre cuatro paredes. Junto a unos soldados del Cuerpo de Exploración, vi a Historia, dialogando con uno de ellos, seguramente ganando tiempo para cuando yo acabara con mi turno.
—¡Historia! —la llamé, y ella dio media vuelta. Una sonrisa luminosa como el sol se dibujó en su cara.
—¡Mikasa! —exclamó, y caminó a un paso más lento de lo normal, lo que era entendible, pues debía llevar unos ocho meses de embarazo. La abracé con cuidado para no apretar su vientre, y le di un beso suave en sus labios. Fue cuando me di cuenta que tenía un corte bastante largo en una de sus mejillas.
—Parece que has visto acción —dije, a lo que Historia asintió, luciendo animada.
—No he estado peleando, pero sí puedo hacer mi parte, dirigiendo a los soldados —repuso Historia, llevándose una mano al corte de manera casual—. Algunos de esos Jaegeristas no tienen ningún respeto por las mujeres embarazadas. Pero no me puedo quejar. Sigo viva al menos.
Yo miré a Historia con preocupación, especialmente a su vientre.
—Deberías estar guardando reposo —le dije, no sin cierta seriedad, a lo que Historia respondió mirando brevemente al suelo—. No es poco el esfuerzo que debes hacer para tener un ser vivo en tu interior.
—Bueno, con respecto a eso, tengo que decirte que voy a dejar de asumir responsabilidades como reina durante un par de meses —repuso Historia, elevando la mirada, y noté que lucía un poco triste—. Quiero dedicar toda mi energía a que el bebé nazca de buena manera, y yo tenga tiempo suficiente para recuperarme del parto. Eso implica limitar los viajes. Por eso quise venir aquí, para estar contigo siquiera un rato antes de retirarme al palacio a descansar. Me gustaría mucho que me hicieras tuya en tu habitación.
—No voy a hacer eso, no mientras dure tu embarazo —le dije, e Historia compuso una expresión de tristeza, y luego recordé que el embarazo podía poner inestables a las mujeres, por lo que tuve que retractarme, hasta cierto punto, de mis palabras—. No creo que sea sensato tener esa clase de actividad en este momento. Si deseas, podemos hacer algo íntimo, pero no de alto impacto.
Historia elevó la vista, y mostró una sonrisa.
—Entiendo —repuso, tomándome por los hombros—. Pero no creo que eso me impida estar en la cama contigo, abrazadas, sin ropa, acariciándonos y besándonos.
Al escuchar las palabras de mi esposa, sonreí.
—En absoluto.
