LXVII
Contingencias imprevistas

Desperté temprano en la mañana. Había dormido sin sueños, lo que era un milagro, aunque también podía atribuir la ausencia de sueños a Historia, quien seguía durmiendo. La miré por un largo rato, enternecida por lo que estaba viendo. Ella tenía sus ojos cerrados, con una sonrisa a medias grabada en piedra en su cara, respirando de forma tranquila. No podía imaginarme aquellas noches en las que debía soportar la soledad y la dificultad de su condición. Asumí que la única forma de capear el temporal era saliendo junto con los soldados a contener las revueltas, pero, aun así, yo creía que no había tenido buenas noches en esos seis meses que ella estuvo separada de mí.

Me vestí, e iba a salir de la habitación, cuando escuché una voz llamarme.

—¿Te vas tan pronto? —dijo Historia. Había despertado mientras me vestía, pensé.

—Sabes que tengo un deber que cumplir en este lugar —le respondí, sonando un poco más cortante de lo usual, pero Historia no hizo ningún comentario al respecto—. No puedo estar para ti todo el tiempo.

Historia se quedó mirándome por un rato antes de responder. No lucía herida, en absoluto.

—Entiendo —me dijo, lo que no me sorprendió. Hay veces en que olvido que también soy mujer, y paso por las mismas situaciones que el resto de las mujeres de este mundo—. También eres mujer, Mikasa. Si quieres estar sola, o cumplir con tus deberes, no te lo voy a impedir. Tómate todo el tiempo que necesites, y, si deseas compañía, sabes dónde encontrarme.

Yo sabía que Historia no podía estar mucho tiempo en la prisión, pero, al menos por el día, iba a estar allí, y, aunque no estaba muy de humor para agradecerle su ofrecimiento, en el fondo, me sentía afortunada de tener una chica como Historia.

El día transcurría con normalidad. Hice mis rondas de patrullaje, durante una de las cuales estallé en lágrimas sin saber muy bien por qué, aunque asumí después que mi condición actual, además de los temores que tenía por el destino de Historia, me hizo reaccionar de ese modo. Marlo, quien me seguía en el turno, vio que yo había estado llorando, y, muy extrañado, me preguntó por qué. No quise responderle, porque, en ese momento, no tenía idea de por qué lo había hecho, y tampoco quería ser cortante con él. Con mucho esfuerzo, seguí mi camino hacia la habitación donde se hospedaba Historia.

A medida que paseaba por el atrio de la prisión, vi que todos los soldados, sin excepción, se miraban unos con otros, como si acabaran de ver un fantasma o algo así. Juzgando que aquel era un comportamiento poco usual, sobre todo cuando cada soldado presente reaccionó del mismo modo, decidí preguntar a uno de ellos qué había pasado.

—Fue como si mi cuerpo entero reaccionara a algo, pero no sé qué pudo haber sido —repuso el soldado, llevándose una mano al mentón—. Sentí como si una sacudida fluyera por mi espina, estremeciéndome por dentro.

Hice la misma pregunta a varios soldados más, y me dieron la misma respuesta. Finalmente, para aplastar las dudas de una vez, pregunté a mis compañeros de escuadrón si habían sentido un sacudón en la espalda, y cada uno de ellos respondió de la misma manera que el resto de los soldados. Bueno, casi todos ellos, porque no pude encontrar a Louise en el atrio, así que asumí que se encontraba en las celdas subterráneas, tal vez dándole de comer a Eren.

Justo en ese momento, ocurrieron varias cosas en poco tiempo.

Iba a ir a buscar a Louise, cuando escuché varios disparos de rifle desde el subterráneo. Con el corazón en un puño, ordené a un contingente de soldados a averiguar qué había pasado. No tuvieron que ir muy lejos para encontrarse con una novedad, porque Louise apareció por el corredor que llevaba a las celdas subterráneas. Tenía una herida de bala en un hombro y un chorro de sangre corría por una de sus sienes. Tragué saliva al ver a Louise herida, preguntándome qué demonios había ocurrido, pero, justo cuando estaba ponderando algunas respuestas, alguien más apareció, alguien alto, con el cabello tomado en un moño, y con una expresión desapasionada en su cara.

Eren.

No tenía sentido lo que estaba pasando. O al menos eso quería creer, porque, en el fondo, yo sabía que había sido Louise quien le había liberado. No había otra explicación posible. Pero me era imposible reconciliar la idea de que Louise, entre todas las personas, la chica que me tenía en un pedestal, que había admitido tener sentimientos románticos por mí, y que había buscado refugio en mí después de un momento difícil para ella, pudiera haber liberado a Eren voluntariamente.

Pero fue otra mirada a Eren lo que me avisó del real peligro en el que estábamos todos. Él tenía una herida de bala en una de sus piernas, y sangre brotaba de ésta. No necesitaba ser un genio para darme cuenta de la gravedad de la situación. Seguramente, Louise le había hecho la herida, preparando todo para el escape. Si no actuábamos pronto, esos seis meses iban a ser en vano. Sabiendo que podía matar a uno de los nuestros con lo que yo pensaba hacer, di la orden de disparar a Eren, sin importar si Louise estuviera delante de él. Por mucho que le apreciara, evitar que Eren escapara era la prioridad.

—¡Preparen sus armas, y disparen a discreción! —grité, y todos los soldados presentes apuntaron sus rifles hacia Eren, aunque podía ver ciertas dudas en algunos de ellos, y no había que buscar la razón más allá de Louise. Algunos de los cañones de los rifles temblaban, y otros estaban inmóviles como un muerto. Pasaron cuatro segundos desde que di la orden hasta que los primeros tiros fueron disparados.

Por desgracia, Eren había actuado a tiempo. El rayo dorado cayó sobre el corredor, al tiempo que las balas impactaban en las paredes, en el cuerpo de Eren y dos balas dieron de lleno en el pecho de Louise, enviándola al suelo, perdiendo sangre de inmediato. Quería intentar salvarla, pero su cuerpo estaba muy cerca de Eren. Al final, mandé todo al diablo, y usé mi equipo de maniobras para agarrar a Louise. Empleé ambas líneas para clavarlas en ambos brazos, y usando el mismo mecanismo que retraía las líneas, jalé su cuerpo lejos de Eren. Cuando estuvo a mi alcance, la puse sobre mis hombros, e indiqué a Jean a que la llevara a un lugar seguro. Yo iba a hacer lo mismo con Historia, quien ya había salido de la habitación, y miraba con desconcierto y miedo cómo Eren finalizaba su transformación en el titán de ataque.

Sabiendo que no podía perder mucho más tiempo, ordené a los soldados a que atacaran a matar a Eren. Recordando las órdenes del comandante Erwin, no podía darme el lujo de que escapara. El peligro que eso implicara era demasiado grande para permitirlo. Por mi parte, mi deber era poner a Historia a salvo.

Por el rabillo del ojo, vi que Eren no trataba de matar a nadie, sino que solamente trataba de escapar. Confiando en las capacidades de los soldados, me aproximé a Historia, quien estaba de pie, mirando a Eren con desconcierto y horror.

—¡Tenemos que irnos de aquí! —exclamé, pero ella no reaccionaba. Seguía mirando a Eren como si fuese lo único que existiera en su mundo. Moví suavemente sus hombros, y ella dejó de observar a Eren, para enfocar su único ojo en mí.

—No va hacia la capital —dijo con voz queda, y yo miré hacia atrás, solamente para darme cuenta que tenía razón. Eren dio un giro de noventa grados, dirigiéndose hacia el sur. La pregunta lógica era: "¿hacia dónde iba?".

—Tengo que dejarte en el palacio —insistí, e Historia espabiló. Tomé su mano, e iba a abordar el carruaje, pero éste se encontraba completamente hecho astillas. Los caballos yacían de costado, ensangrentados. La única forma de trasladarnos era a pie—. ¿Puedes caminar?

—No te preocupes por mí —repuso Historia, mostrándome una sonrisa débil—. Siempre puedes cargarme si no puedo trasladarme por mi cuenta.

Sonreí. Ella me había leído la mente. Viendo que ya no había peligro de ser aplastado por escombros, tomé la mano de Historia y la conduje por el camino que conducía a las puertas de la capital. Mi principal preocupación era la presencia de Jaegeristas en las calles, porque no quería verme en la necesidad de pelear y herir a ciudadanos, sin importar lo que hayan hecho en el nombre de una causa.

El camino que conducía a Mitras estaba libre de gente, por lo que no tuvimos complicaciones. Fue al entrar cuando nos topamos con el primer grupo Jaegerista. Se notaba que lo eran porque uno de ellos llevaba una pancarta de apoyo a Eren. Cuando vieron a Historia, cambiaron de curso, y creí que la iban a atacar. Creí bien.

Había dicho que no quería verme en la necesidad de combatir con los ciudadanos de Mitras, pero, tuve que comerme mis palabras cuando vi a uno de ellos esgrimir un cuchillo en contra de Historia. Normalmente, ella era capaz de defenderse por su cuenta, y estaba segura que, de no ser por su condición, habría acabado con esos energúmenos con relativa facilidad. Pero tener ocho meses de embarazo no era una broma cuando se trataba de hacer actividad física, especialmente pelear, y un arranque de rabia me tomó por asalto al entender la cobardía de esas personas por agredir a una mujer que poco podía hacer para defenderse. En ese momento, mis principios morales se fueron a la mierda, reemplazados por un deseo incontestable de proteger a la chica que amaba.

Le indiqué a Historia que se alejara un poco, y, después, me lancé en contra del tipo con la cuchilla, le desarmé, y le arrojé contra la pared de una casa. Los otros tres me atacaron al mismo tiempo, pero no sirvió de nada. En lugar de atacarles, desenvainé ambas espadas, y las puse por delante de mí, frunciendo el ceño mientras tanto.

—Esto será más fácil para ustedes si se largan de aquí —dije, adoptando una postura de batalla, un pie adelante, y el otro atrás y en diagonal, de manera de mantener el balance—. Si deciden pelear conmigo, entonces probarán el sabor de mi acero.

El trío de Jaegeristas se quedó de pie, mirando mis espadas como si no hubiera otra cosa a la que poner atención. Y, viendo la situación, no podía culparles.

—Así que tú eres la puta de la reina —dijo uno de los Jaegeristas, mirándome con el ceño fruncido y los puños crispados—. Dime, ¿qué se siente saber que tu ramera estuvo en los brazos de otra persona?

Como ya saben, el hecho que Historia se haya acostado con otra persona para quedar embarazada no era lo más molesto que debía enfrentar cuando se trataba de mi esposa. Pero, lo que no iba a tolerar bajo ninguna circunstancia, era que le faltaran el respeto, no solo a la mujer de mi vida, sino que a la reina de Paradis. Mi rabia hacía hervir mi sangre, pero no al punto de cegarme por completo. Tal como había pasado en mi último enfrentamiento con Annie, fue como si todo transcurriera en cámara lenta. Hacía movimientos precisos y rápidos, esquivaba puñetazos y propinaba otros, hasta que todo acabó.

Habían pasado unos pocos segundos, y mis tres oponentes ya estaban en el suelo, inconscientes. Historia se había quedado sin palabras al verme en acción.

Sin embargo, tardaría un poco en comprender las implicaciones de lo que aquellos pocos segundos realmente significaban.