LXVIII
Prematuro
En nuestro camino al palacio, nos topamos con otros dos grupos de Jaegeristas, pero fueron neutralizados por fuerzas de la Policía Militar que realizaban patrullas por las calles de la capital. El hecho que hubiera patrullas rondando por la ciudad me dijo que el movimiento estaba siendo controlado, aunque aún podía ver barricadas aquí y allá, almacenes destrozados, casas quemadas y edificios dañados por las revueltas. No había mucha gente rondando por la ciudad, pues aún persistía la sensación de inseguridad que yo misma había sentido cada vez que venía a comprar alimentos para nuestra larga estadía en la prisión.
Llegamos al palacio después de media hora de caminata. Cuando vimos la fachada del edificio, entendimos que los soldados hicieron un buen trabajo protegiendo la sede de gobierno. Había algunos ventanales rotos, y unos pocos agujeros en las paredes, pero nada que un buen albañil no pudiera reparar. Íbamos a entrar en el palacio, pero cuando estuve a punto de abrir las puertas, noté que Historia no avanzaba, pues parecía tirar de mi mano. Miré hacia atrás, y vi, con espanto, que ella había caído de rodillas, llevándose una mano al vientre.
—¿Qué ocurre? —pregunté, aunque sabía qué era lo que le estaba pasando.
—Contracciones —repuso Historia con una voz afectada, arrugando la cara en señal de aguantar el dolor en su interior.
—Pero… aún falta para el parto.
—No siempre una mujer da a luz a los nueve meses —dijo Historia, gruñendo y poniéndose de pie con dificultad—. He escuchado de casos que un bebe nace a los siete meses, y, según el especialista que me asistió durante todo este proceso, me dijo que ese era el periodo mínimo para que un bebé sea viable.
—Entonces tienes oportunidad —dije, y, sabiendo que Historia no podría sostenerse por más tiempo, la tomé en brazos, y la conduje hasta su habitación. En el camino, me encontré con dos guardias, a los que les indiqué que llamaran a un equipo médico lo más pronto que pudieran.
—¿Hay alguien herido? —preguntó uno de los guardias, pero yo no tenía paciencia para responder de manera cordial.
—¡La reina está por dar a luz! —exclamé, y ambos guardias tragaron saliva antes de partir a la carrera hacia la salida del palacio.
Abrí la puerta de la habitación de Historia con una patada, y la recosté sobre la cama, procurando ponerla en una posición adecuada para el parto. Para eso, apilé unos cojines bajo su espalda, de manera que quedara inclinada.
—¿Cómo van esas contracciones? —le pregunté. Ella farfulló antes de responder.
—Son más frecuentes —repuso, y vi cómo el sudor comenzaba a correr por su frente—. Puedo sentir cómo el feto se pone de cabeza. No falta mucho.
Miré nuevamente a Historia, y pude ver el miedo en su cara. No había que ser muy inteligente para entender la razón. Había escuchado de varios casos de mujeres que morían después de dar a luz, y realmente esperaba que Historia no fuese una de ellas. No obstante, el esfuerzo que una mujer debía realizar para dar a luz era increíble, y llevaba su cuerpo al límite, a veces al punto del total colapso. Con eso en mente, le tomé el pulso a Historia, y comprobé que, en efecto, su corazón latía mucho más rápido de lo normal.
No sé cuánto tiempo pasó desde que recosté a Historia en su cama hasta que el equipo médico llegó a la habitación. En pocos segundos, rodearon la cama, y me preguntaron si yo estaba relacionada con la paciente.
—¿Estás bromeando, verdad? —le espeté, y el médico frunció el ceño—. ¡Soy su esposa, con un demonio! ¡Todo el mundo me ha visto con ella en la ciudad!
El médico no dijo nada, y entregó órdenes a diestra y siniestra para que prepararan a Historia para el parto. Después, se llevó una mano al mentón.
—¿Cuánto lleva de embarazada?
—Ocho meses —repuse lacónicamente.
—Es un poco prematuro, pero el feto aún es viable —opinó el médico, y le indicó a sus ayudantes a que siguieran preparando a Historia. Tuvieron que desvestirla y ponerle algo más apropiado. No podía dar a luz con el uniforme de soldado, eso era seguro.
Historia pegó un grito breve de dolor, y supe que el momento se estaba acercando rápido. Uno de los ayudantes le indicó que abriera las piernas lo más que pudiera. Por respeto a la reina, quien iba a encargarse de recibir al feto era mujer. Todo el equipo se puso mascarillas, y uno de los ayudantes le iba a administrar un sedante, de manera de aliviar un poco el dolor, pero Historia se negó.
—Tendré a este bebé… de la manera más natural posible —balbuceó Historia, aunque se notaba el miedo en su cara. Yo comprendía ese miedo, y tomé firmemente una de sus manos, entrelazando sus dedos con los míos.
—No te preocupes —le dije, con una voz suave y cargada de confianza—. Estoy contigo hasta el final. Lo vas a lograr.
Historia sonrió débilmente, mirándome con su único ojo brillando.
—Si eres tú quien lo dice, lo creo.
Historia resopló, y respiró hondo, preparándose para el parto. Segundos después, se estremeció por completo. Era el momento.
La ayudante, sabiendo lo que ese estremecimiento significaba, le indicó a Historia que pujara. Ella aspiró, e hizo un tremendo esfuerzo, gritando con voz ronca. A causa del esfuerzo, ella apretó mis manos con fuerza. Su pecho se expandía y contraía, pero yo no podía saber si el feto seguía descendiendo. La ayudante le indicó que pujara una vez más, e Historia obedeció, profiriendo gritos y quejidos, y respirando rápida y superficialmente. Sudor corría a raudales por sus mejillas. E Historia pujó una vez más, y otra, y otra, hasta que la ayudante frunció el ceño.
—Ya puedo ver su cabeza —dijo ella, y el médico le tomó el pulso a Historia.
—Su ritmo cardíaco está por las nubes —comentó el médico, usando un equipo que jamás había visto en mi vida. Después supe que se trataba de un aparato para medir la presión arterial—. Su presión también está bastante alta, pero se mantiene dentro del rango aceptable. Puede continuar.
E Historia volvió a pujar, pero se notaba que estaba cansada, a causa de su respiración agitada, pero, fiel a lo que ella era, continuó pujando, hasta que la cabeza asomó lo suficiente para que la ayudante usara instrumentos para extraer al feto del interior de Historia. Inmediatamente, se escucharon unos llantos de bebé. La ayudante le indicó que dejara de pujar, e Historia colapsó. Todos sus músculos se relajaron, aunque aún profería quejidos de dolor, y dejó de apretar mis manos. El resto de ayudantes acomodaron a Historia en una posición más idónea para su condición. Cuando hubieron acabado, ella me miró, mostrando una sonrisa débil.
—Sabía que lo ibas a lograr —dije, sintiendo que las lágrimas se asomaban por mis ojos. La ayudante entregó el bebé (el que iba arropado con lo que parecían mantas) a Historia, quien lo recibió en sus brazos, con una sonrisa que me llenó de emociones que ni siquiera el más apasionado de los momentos que pasé con ella podía igualar. No importaba si yo no había colaborado en nada en hacer al bebé, de igual manera me sentía como si aquel logro fuese tanto de Historia como mío.
—Estoy cansada —dijo ella en un tono débil, pero recibió al bebé de todas formas, tomándolo en brazos, y mirándolo con su único ojo brillando nuevamente—. Me siento como si acabara de realizar entrenamiento por un día completo. Pero no te preocupes. No me voy a morir.
Aquello era bueno de escuchar, aunque debía esperar un poco, de preferencia, después de los exámenes médicos que debía hacerse. El médico estuvo trabajando varios minutos en Historia, mientras ella mecía al bebé para que se tranquilizara, pues seguía llorando. Quince minutos después, hubo un diagnóstico.
—Felicitaciones, mi reina —dijo el médico, sonriendo—. No parece tener ninguna herida interna o lesión derivada del parto, aunque deberá guardar reposo por unos cuantos días.
—Gracias, doctor —dijo Historia, cuya atención volvió al bebé. Seguramente debía estar pensando en un nombre idóneo para él, pues había resultado ser varón. Yo era mala para los nombres, no para recordarlos, sino para ponérselos a un recién nacido.
El equipo médico guardó sus instrumentos, y se retiró, dejando a uno de los ayudantes en la habitación, con el objeto de observar la evolución de Historia. Aquella precaución era perfectamente entendible. Uno nunca sabía cuándo un paciente podía descompensarse, aunque luciera perfectamente normal. Yo también quería acompañarla, por eso, le pregunté al ayudante si podía quedarme con ella, y él me respondió que sí, siempre y cuando no incurriera en actividades físicas muy intensas. Yo sabía exactamente a lo que él se refería, pero yo no iba, bajo ninguna circunstancia, buscar tener sexo con Historia, no justo después del parto, ni dos semanas después.
—¿Has pensado en un nombre para el bebé? —pregunté. Historia miró brevemente a su hijo recién nacido, para después dedicarme una sonrisa.
—No voy a ponerle nombre hasta que ambas estemos de acuerdo en eso —dijo Historia, tomándome una mano, y sosteniendo al bebé con el otro brazo—. Yo he pensado que el mejor nombre que se me ocurre para nuestro hijo es Armin. Es el mejor honor que puedo hacerle a él.
Honestamente, la idea había rondado por mi cabeza, pero no creí que Historia lo estuviera realmente considerando. Yo también creía que era un buen nombre para nuestro hijo. Era el adecuado para el descendiente de una reina, el nombre de un buen soldado, que entregó su vida por la libertad sin vacilar ni pedir nada a cambio.
—Me gusta —le dije, apretando su mano con firmeza—. Es un gran honor para él llevar ese nombre. Nos aseguraremos que él sepa lo que Armin hizo por la libertad de la isla.
—Entonces, se llamará Armin —sentenció Historia, acariciando el escaso cabello del bebé… de nuestro bebé, debo decir, porque, aunque no haya colaborado en su creación, sí iba a hacerlo en su formación, para celebrar sus triunfos, apoyarle cuando sufriera tropiezos, y alentarle para que desarrollara su máximo potencial. Y, lo que era más importante, iba a ser profundamente amado por nosotras.
Sin embargo, era bastante común que momentos como el que estaba viviendo fuesen interrumpidos por alguna mala noticia. Ambas escuchamos unos pasos apresurados que se acercaban hacia la habitación real, y, segundos más tarde, un par de soldados del Cuerpo de Exploración aparecieron, luciendo agitados por alguna razón.
—¡Mi reina! —exclamó uno de los soldados—. ¡El comandante Erwin Smith solicita su presencia!
Yo iba a reaccionar ante la falta de tacto del soldado, pero, después de pensarlo bien, entendí que ellos podrían no estar al tanto de que Historia acababa de dar a luz. Respirando hondo, me aproximé a los soldados para explicarles la situación.
—Historia no puede venir con ustedes, porque acaba de tener un hijo —dije, mirando de reojo a mi esposa—. Cualquier cosa que necesiten de ella, me lo pueden solicitar a mí. Soy su esposa, en caso que no lo supieran.
Ambos soldados se miraron entre sí, y después, me dedicaron una mirada de reconocimiento, después de lo cual hicieron el saludo militar.
—¡Capitana Ackerman! —exclamó el soldado que había hablado.
—¿Qué es lo que quiere el comandante? —pregunté, sintiendo un retortijón de tripas al notar la urgencia con la que me miraban ambos soldados. Mucho me temía que iban a ser muy malas noticias.
