Catra arqueó una ceja ante la cruda e inesperada analogía. Si bien lo que más le sorprendió no fueron las palabras, sino el tono amargo de la voz de la mujer.

Debían de haberla utilizado en el pasado. No era de extrañar que le tuviera miedo.

Una imagen de Penélope apareció en su cabeza y le provocó tal punzada de dolor en el pecho que tan solo su férreo entrenamiento militar evitó que se tambaleara.

Tenía muchos pecados que expiar. Pecados tan grandes que dos mil años de cautiverio ni siquiera bastaban para enmendarlos.

No solo era una bastarda por nacimiento; tras una vida brutal, plagada de desesperación y traiciones, había acabado convirtiéndose en una de verdad.

Cerró los ojos y se obligó a alejar esos pensamientos. Eso era, nunca mejor dicho, historia antigua y en esos momentos se encontraba en el presente. Adora era el presente.

Y estaba allí por ella.

Ahora entendía lo que Glimmer había querido decir cuando le habló sobre Adora. Esa era la razón de que estuviera allí. Para demostrarle a esa mujer que el sexo podía ser divertido.

Nunca antes se había encontrado en una situación semejante.

Mientras la observaba, sus labios dibujaron una lenta sonrisa. Esa sería la primera vez que tendría que perseguir a alguien para que la aceptara.

Nadie había rechazado su cuerpo.

Sabía que con lo inteligente y lo testaruda que era Adora, llevársela a la cama sería un reto comparable al de tender una emboscada al ejército romano.

Sí, pensaba saborear cada momento.

De la misma manera que acabaría saboreándola a ella. Cada dulce y pálido centímetro de su cuerpo.

Adora tragó saliva al contemplar la primera sonrisa genuina de Catra. Una sonrisa que suavizaba su expresión y la hacía aún más devastadora.

¿En qué narices estaría pensando?

Por enésima vez, Adora sintió que se le subían los colores al pensar en su crudo discursito. No lo había hecho a propósito; en realidad, no le gustaba desnudar sus sentimientos ante nadie y mucho menos ante una desconocida.

Sin embargo, había algo fascinante en esta mujer. Algo que la atraía de una forma de lo más perturbadora. Tal vez fuese el dolor apenas encubierto que reflejaban esos maravillosos ojos bicolor cuando la pillaba con la guardia baja. O tal vez fuesen sus años como psicóloga, que le impedían tener un alma atormentada en su casa y no prestarle ayuda.

No lo sabía.

El reloj de pie que había en el recibidor de la planta alta dio la una.

—¡Dios mío! —dijo con sorpresa al darse cuenta de lo tarde que se había hecho—. Tengo que levantarme a las seis de la mañana.

—¿Te vas a la cama? ¿A dormir?

Si el humor de Catra no hubiese sido tan huraño, la cara de espanto que puso habría hecho reír a Adora de buena gana.

—Tengo que hacerlo.

Catra frunció el ceño con una expresión de…

¿Dolor?

—¿Te ocurre algo? —preguntó ella.

Catra negó con la cabeza.

—Bueno, entonces te mostraré el lugar donde vas a dormir y…

—No tengo sueño.

A Adora la sorprendieron esas palabras.

—¿Qué?

Catra levantó la vista para mirarla, incapaz de encontrar las palabras exactas para describirle lo que sentía. Llevaba atrapada tanto tiempo en el libro que lo único que quería hacer era correr o saltar. Hacer algo, cualquier cosa, para celebrar su repentina libertad de movimientos.

No quería irse a la cama. La idea de permanecer tumbado en la oscuridad un solo minuto más…

Se esforzó por respirar con normalidad.

—He estado descansando desde 1895 —le explicó—. No estoy muy segura de los años que han transcurrido, pero por lo que veo han debido de ser unos cuantos.

—Estamos en el año 2002 —le informó Adora—. Has estado «durmiendo» durante ciento siete años.

No, se corrigió para sus adentros. No había estado durmiendo.

Le había dicho que podía escuchar cualquier conversación que tuviera lugar cerca del libro, lo que significaba que había permanecido despierta durante su encierro. Aislada. Sola.

Ella era la primera persona en más de cien años con la que había podido hablar… o simplemente estar.

Se le hizo un nudo en el estómago al pensar en lo que debía de haber soportado. A pesar de que la prisión de su timidez nunca había sido algo tangible, sabía muy bien lo que se sentía al estar en algún sitio escuchando a la gente, sin poder participar. Verlo todo como una simple espectadora.

—Me gustaría poder quedarme despierta —dijo, reprimiendo un bostezo—. De verdad que sí, pero si no duermo lo suficiente, mi cerebro se convierte en gelatina y se queda sin batería.

—Te entiendo. Al menos creo que entiendo lo esencial, porque no estoy muy segura de lo que son la gelatina y la batería.

Pese a todo, Adora notó que se sentía decepcionada.

—Puedes ver la tele.

—¿Tele?

Cogió el cuenco vacío y lo limpió antes de regresar con Catra a la sala de estar. Encendió el televisor y le mostró cómo se cambiaban los canales con el control remoto.

—Increíble —susurró ella mientras hacía zapping por primera vez.

—Sí, es algo bastante ingenioso.

Bueno, eso lo mantendría ocupada. Después de todo, Catra parecía de la clase de personas que solo necesitaban tres cosas para ser felices: comida, sexo y un control remoto. Dos de tres deberían mantenerla satisfecha un rato.

—En fin —dijo mientras se dirigía a las escaleras—. Buenas noches.

Cuando pasó a su lado, Catra le tocó el brazo. Y aunque su roce fue muy ligero, Adora sintió una descarga eléctrica.

Pese a la expresión impasible de ese rostro, sus ojos mostraban todas las emociones que la invadían. Adora percibió su sufrimiento y su necesidad; pero, sobre todo, su soledad.

No quería que ella se marchara.

Adora se humedeció los labios, que de repente se le habían quedado secos; después dijo algo increíble:

—Tengo otra tele en mi habitación. ¿Por qué no la ves allí mientras yo duermo?

Catra le dedicó una sonrisa tímida.

La siguió escaleras arriba, atónita por el hecho de que ella la hubiera comprendido sin necesidad de explicaciones. Por el hecho de que hubiera pensado en su necesidad de no quedarse sola cuando ella tenía sus propias preocupaciones.

Eso le hizo sentir algo extraño. Le produjo una rara sensación en el estómago.

¿Se trataba de ternura?

No estaba segura.

Adora la llevó hasta una enorme habitación en la que había una gigantesca cama con dosel situada en la pared opuesta a la puerta de entrada. Frente a la cama había una cómoda de tamaño medio y sobre ella, una… ¿Cómo lo había llamado Adora?… ¿Tele?

Adora contempló a Catra mientras esta paseaba por su dormitorio mirando las fotografías que había en las paredes y sobre los muebles; fotografías de sus padres y de sus abuelos, de Glimmer y ella en la facultad, y una del perro que tuvo cuando era pequeña.

—¿Vives sola? —le preguntó.

—Sí —respondió al tiempo que se acercaba a la mecedora que estaba junto a la cama.

El camisón estaba sobre el respaldo. Lo cogió antes de mirar a Catra y la toalla verde que aún llevaba alrededor del pecho- No podía dejar que se metiera con ella en la cama de aquella guisa.

Claro que puedes.

No, no puedo.

Por favor…

¡Silencio!, le ordenó a esa parte irracional que había en ella. Cállate y déjame pensar.

Su ropa o la ropa de su madre definitivamente no le serviría. Pero aún guardaba los pijamas de su padre en el dormitorio que había pertenecido a sus progenitores, donde guardaba todas sus pertenencias como si se trataran de reliquias sagradas. Teniendo en cuenta la anchura de los hombros de Catra, estaba segura de que la parte superior le serviría lo suficientemente bien para esconder las curvas y músculos despampanantes de Catra y los pantalones tenían cinturillas ajustables así que no se le caerían.

—Espera aquí —le dijo—. No tardaré nada.

Después de que Adora saliera por la puerta como una exhalación, Catra se acercó a los ventanales y apartó las cortinas de encaje blanco. Observó que unas insólitas cajas metálicas, que debían de ser automóviles, pasaban junto a la casa emitiendo un extraño ronroneo que subía y bajaba de intensidad, como las mareas. Las luces iluminaban las calles y los edificios de alrededor, tal y como hicieran en cierta época las antorchas de su tierra natal.

Qué raro era ese mundo. Tan parecido al suyo y a la vez tan diferente.

Trató de asociar los objetos que veía con las palabras que había escuchado a lo largo de las décadas; palabras que no comprendía. Como «tele» y «bombilla».

Y por primera vez desde que era niña, sintió miedo. No le gustaban los cambios que percibía, la rapidez con la que las cosas habían evolucionado en el mundo.

¿Cómo sería todo la siguiente vez que la convocaran?

¿Cuánto más podrían cambiar las cosas?

O lo que era más aterrador, ¿qué sucedería si jamás volvían a invocarla?

Tragó saliva ante aquella idea. ¿Qué sería estar atrapada toda la eternidad?

Sola y despierta. Alerta. Sentir la opresiva oscuridad que la rodeaba, le robaba el aire de los pulmones y desgarraba su cuerpo de dolor.

¿Y si no volvía a caminar de nuevo como una humana? ¿O a hablar con otro ser humano o a tocar a otra persona?

Esta gente tenía cosas llamadas «computadoras» . Había escuchado al dueño de la librería hablar sobre ellos con los clientes. Y unos cuantos le habían dicho que lo más probable era que los ordenadores sustituyeran un día a los libros.

¿Qué sería de ella entonces?

Vestida con su camisola de dormir rosa, Adora se detuvo junto a la puerta de espejo del vestidor de la habitación de sus padres, donde había guardado los anillos de boda el día posterior al funeral. Podía ver el débil resplandor del diamante marquise de medio quilate.

El dolor hizo que se le formara un nudo en la garganta mientras luchaba por contener las lágrimas que llenaban sus ojos.

Tenía veinticuatro años recién cumplidos en aquella época y había sido lo bastante arrogante como para pensar que era una persona madura y capaz de hacer frente a cualquier cosa que la vida le pusiera por delante. Se había creído invencible. Y en un segundo su vida se había venido abajo.

La muerte le arrebató todo lo que tenía en el mundo: la seguridad, la fe, su sentido de la justicia y, sobre todo, el amor sincero de sus padres y su apoyo emocional.

A pesar de toda su arrogancia juvenil, no había estado preparada para que le arrebataran por completo a toda su familia.

Y aunque habían pasado cinco años, aún los echaba de menos. Muchísimo.

Ese viejo dicho según el cual era mejor haber conocido el amor antes de perderlo era una rotunda estupidez. No había nada peor que tener a unas personas que te quieren y te cuidan para perderlas después en un accidente sin sentido.

Incapaz de enfrentar su muerte, Adora había sellado la habitación tras el funeral, dejándolo todo tal y como estaba.

Tragó saliva con fuerza antes de abrir el cajón donde su padre guardaba los pijamas. Nadie había tocado esas cosas desde la tarde que su madre las doblara para guardarlas.

Todavía recordaba la risa de su madre. Las bromas sobre el conservador estilo de su padre en los pijamas de franela.

Peor aún, recordaba el amor que se profesaban.

Ella habría dado cualquier cosa por encontrar a la pareja perfecta como les había ocurrido a ellos. Habían estado casados veinticinco años antes de morir, y su amor había permanecido intacto desde el día que se conocieron.

No podía recordar un solo momento en que su madre no sonriera ante una broma de su padre. Siempre iban cogidos de la mano como dos adolescentes y se robaban besos cuando creían que nadie miraba.

Pero ella los había visto.

Y recordaba.

Quería ese tipo de amor. Sin embargo, por alguna razón, jamás había encontrado a nadie que la dejara sin aliento. Alguien que consiguiera que se le acelerara el corazón y que le diera vueltas la cabeza.

Alguien sin la cual la vida no tuviera sentido.

—¡Dios, mamá! —murmuró, deseando que sus padres no hubiesen muerto aquella noche.

Deseando…

No sabía qué. Lo único que quería era conseguir algo que la obligara a pensar en el futuro. Algo que la hiciera feliz; de la misma forma que su padre había hecho feliz a su madre.

Se mordió el labio y cogió el conjunto de camisa y pantalón de pijama de cuadros blancos y azul marino antes de salir corriendo de la habitación.

—Aquí tienes —dijo al tiempo que le arrojaba las prendas a Catra para salir a toda prisa hacia el cuarto de baño que se encontraba en mitad del pasillo.

No quería que ella fuese testigo de sus lágrimas. No volvería a mostrarse vulnerable delante de nadie.

Catra cambió la toalla que tenía enrollada alrededor del pecho por la camisa y los pantalones y fue tras Adora. Había salido corriendo hacia la habitación que había justo al lado del recibidor y había cerrado la puerta de golpe.

—Adora —la llamó mientras abría la puerta con suavidad.

Se quedó paralizada al verla llorar. Se encontraba en una especie de cuarto de aseo con dos lavamanos empotrados y una encimera blanca enfrente. Se había tapado la boca con una toalla, intentando sofocar sus desgarradores sollozos.

A pesar de su severa educación y de dos mil años de autocontrol, Catra se vio arrastrada por una oleada de compasión. Adora lloraba como si alguien le hubiera roto el corazón.

Eso la hacía sentirse incómoda. Insegura.

Apretó los dientes en un intento de alejar aquellos insólitos sentimientos. Si algo había aprendido durante su infancia era que no traía nada bueno inmiscuirse en la vida de los demás. Ni preocuparse por ellos. Cada vez que había cometido ese error, lo había pagado muy caro.

Además, en esta ocasión no tenía tiempo. Nada de tiempo.

Cuanto menos se enredará con las emociones y la vida de esa mujer, más fácil le resultaría volver a soportar su confinamiento.

Y fue en ese momento cuando las palabras de Adora la golpearon con fuerza, justo en mitad del pecho. Ella la había descrito a la perfección: no era más que un gato que se limitaba a conseguir placer antes de marcharse.

Se aferró con fuerza al tirador de la puerta. No era un animal. Ella también tenía sentimientos.

O al menos, solía tenerlos.

Antes de reconsiderar sus actos, entró en la estancia y la abrazó. Adora le rodeó la cintura con los brazos y se aferró a ella como si le fuera la vida en ello mientras enterraba la cara en su pecho con la camisa a medio abotonar y sollozaba. Le temblaba todo el cuerpo.

Algo muy extraño se abrió paso en el interior de Catra. Un profundo anhelo que no sabía muy bien cómo definir.

Jamás en su vida había consolado a otra persona que lloraba. Se había acostado con tantos que no podía recordarlo, pero jamás había abrazado a una persona de esa manera. Ni siquiera después de tener sexo. Una vez que acababa con su pareja de turno, se levantaba, se limpiaba y buscaba algo con que entretenerse hasta que la requirieran de nuevo.

Incluso antes de la maldición, jamás había demostrado ternura por nadie. Ni siquiera por su esposa.

Como soldado, la habían entrenado desde la más tierna infancia para ser fría, feroz e implacable.

«Vuelve con tu escudo o sobre él». Esas habían sido las palabras de su madrastra el día que la agarró del pelo y la echó de casa para que comenzara el entrenamiento militar a la corta edad de siete años.

Su padre había sido aún peor. Un legendario general espartano que no toleraba muestras de debilidad. Ni de emoción alguna. El hombre se había encargado de acabar con la infancia de Catra a fuerza de latigazos y le había enseñado a ocultar el dolor. A no permitir que nadie fuera testigo de su sufrimiento.

Todavía podía sentir el látigo sobre la piel desnuda de la espalda y escuchar el sonido que hacía el cuero al rasgar el aire entre golpe y golpe. Podía ver la burlona mueca de desprecio en el rostro de su padre.

—Lo siento —murmuró Adora sobre su hombro, trayéndola de nuevo al presente.

Ella alzó la cabeza para poder mirarla. Esos ojos azules, brillantes por las lágrimas, consiguieron resquebrajar la capa de hielo que recubría su corazón, congelado desde hacía siglos tanto por necesidad como por obligación.

Incómoda, Catra se alejó de ella.

—¿Te sientes mejor?

Adora se enjugó las lágrimas y se aclaró la garganta. No sabía por qué Catra había ido tras ella, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien la consolara mientras lloraba.

—Sí —murmuró—. Gracias.

Catra no dijo nada.

Había vuelto a ser doña Estatua con el cuerpo rígido y sin muestras de emoción, y no quedaba ni rastro de la chica tierna que la había abrazado un momento antes.

Con un suspiro de fastidio, Adora pasó junto a ella con la intención de salir del baño.

—No me habría puesto así si no estuviera tan cansada y un poco achispada todavía. Necesito dormir ya.

Sabía que Catra iría tras ella, así que volvió con resignación a su habitación, se metió en la cama y se acurrucó bajo el grueso edredón. Sintió que el colchón se hundía bajo el peso de Catra un instante después.

Se le aceleró el corazón al sentir la inesperada calidez del cuerpo de la otra chica.

Y la cosa empeoró cuando Catra se acurrucó contra su espalda y le pasó un largo y fuerte brazo por encima de la cintura.

—¡Catra! —gritó con una nota de advertencia al sentir su erección contra la cadera—. Creo que sería mejor que tú te quedaras en tu lado de la cama y yo en el mío.

Catra no pareció prestar atención a sus palabras, puesto que inclinó la cabeza y dejó un pequeño rastro de besos sobre su pelo.

—Creí que me habías llamado para que te aliviara el dolor de la entrepierna —le susurró al oído.

Con el cuerpo en llamas debido a su proximidad y al aroma a sándalo que le embotaba la cabeza, Adora se sonrojó al oírle repetir las palabras que le dijera a Glimmer.

—Mi entrepierna se encuentra en perfecto estado y bastante feliz tal y como está.

—Te prometo que yo conseguiré que se sienta mucho, mucho más feliz.

Dios Santo, a ella no le cabía la menor duda.

—Si no te comportas, te echaré de la habitación.

Levantó la vista para mirarlo a la cara y pudo observar la incredulidad que reflejaban sus ojos bicolor.

—No entiendo por qué querrías echarme —le dijo.

—Porque no voy a utilizarte como si fueras una chica objeto desconocida que no tiene más objetivo que servirme. ¿De acuerdo? No quiero tener este tipo de intimidad con una tipa a la que no conozco.

Con una mirada apesadumbrada, Catra se apartó para tumbarse junto a ella en la cama.

Adora respiró hondo con el fin de calmar los latidos de su corazón y apagar el fuego que le hacía hervir la sangre. Resultaba muy duro decirle que no a esta chica.

¿De verdad crees que serás capaz de dormir con esta tipa al lado? ¿Es que tienes una piedra por cerebro?, le dijo esa parte de ella que estaba comenzando a odiar.

Cerró los ojos y recitó la misma aburrida letanía de siempre. Tenía que dormir. No había sitio para los « y si» ni para los « pero» . Ni siquiera para la magnífica Catra.

Catra se colocó las almohadas tras la espalda y miró a Adora. Esa iba a ser la primera vez en toda su larguísima vida que pasara una noche junto a una mujer sin tener sexo.

Era inconcebible. Nadie jamás la había rechazado antes.

Adora se dio la vuelta llevando un control remoto como el que le había enseñado en la sala de abajo. Apretó un botón para encender el televisor y después bajó el volumen de la gente que hablaba.

—Este es para la luz —dijo al tiempo que apretaba otro botón. De inmediato, las luces se apagaron, dejando que el televisor proyectara sombras en la pared que había tras ella—. No me molestan los ruidos, así que no creo que me despiertes. —Le dio el mando a distancia—. Buenas noches, Catra de Macedonia.

—Buenas noches, Adora—susurró ella sin dejar de observar la forma en que su sedoso cabello se extendía sobre la almohada mientras se acurrucaba para dormir.

Dejó el mando a un lado y la contempló durante un buen rato mientras la luz procedente del televisor parpadeaba sobre los relajados ángulos de su rostro.

Supo el momento exacto en el que se durmió por su respiración acompasada.

Solo entonces se atrevió a tocarla. Se atrevió a seguir la suave curva de su pómulo con la yema de un dedo.

Su cuerpo reaccionó con tal violencia que tuvo que morderse el labio para no soltar una maldición. El fuego le hacía hervir la sangre.

Había conocido numerosos dolores durante toda su vida: primero, el dolor de estómago que le provocaba el hambre; después, la sed de amor y respeto; y por último, el dolor exigente de su miembro cuando ansiaba la resbaladiza humedad de otro cuerpo. Pero jamás, nunca, había experimentado algo semejante a lo que sentía en esos momentos.

Era un hambre tan voraz, tan visceral, que ponía en peligro su propia cordura.

En lo único que podía pensar era en separarle esos cremosos muslos para hundirse hasta el fondo en ella. En deslizarse dentro y fuera de su cuerpo una y otra vez hasta que ambos alcanzaran el clímax al unísono.

Con la salvedad de que eso jamás llegaría a suceder.

Se apartó más de ella para colocarse a una distancia prudente desde donde no pudiese oler su suave aroma femenino, ni sentir el calor de su cuerpo bajo el edredón.

Podría proporcionarle a esa mujer un placer ininterrumpido durante días, pero ella jamás encontraría la paz.

—Maldito seas, Príapo —masculló. Era el dios que la había maldecido y hundido en ese miserable destino—. Espero que Hades te esté dando lo que te mereces.

Una vez aplacada su ira, dejó escapar un suspiro al darse cuenta de que las Moiras y las Furias se estaban encargando de lo propio con ella.

Adora se despertó con una extraña sensación de calidez y seguridad. Un sentimiento que no había experimentado desde hacía años.

De pronto, sintió un beso muy dulce sobre los párpados, como si le hubieran rozado las pestañas con los labios. Unas manos fuertes y cálidas le tocaban el pelo.

¡Catra!

Se incorporó tan rápido que se golpeó con la cabeza de la otra chica. Hasta sus oídos llegó el siseo de dolor de Catra. Frotándose la frente, abrió los ojos y descubrió que ella la observaba con el ceño fruncido y a todas luces molesta.

—Lo siento —se disculpó al tiempo que se sentaba—. Me has asustado.

Catra abrió la boca y se tocó los dientes con el pulgar para comprobar que el golpe no los hubiera aflojado.

Lo peor fue que Adora no pudo evitar fijarse en cómo su lengua se deslizaba sobre los dientes. Y ver esos dientes increíblemente blancos y los caninos afilados que a ella le gustaría tener mordisqueándole…

—¿Qué quieres para desayunar? —le preguntó con el fin de dejar a un lado semejantes pensamientos.

Los ojos de Catra descendieron hasta el profundo escote en uve de la camisola. Al seguir la dirección de su mirada, Adora se dio cuenta de que desde donde Catra estaba sentada podía verlo todo… hasta las embarazosas braguitas rosa de Mickey Mouse.

Antes de que pudiera moverse, Catra tiró de ella para sentarla sobre sus muslos y reclamó sus labios.

Adora gimió de placer en el interior de la boca de Catra cuando su lengua comenzó a hacerle cosas perversas. La cabeza le daba vueltas por la intensidad del beso, por la calidez de ese aliento que se mezclaba con el suyo.

Y pensar que nunca le había gustado besar…

¡Debía de estar loca!

La abrazó con más fuerza. Un millar de llamas se extendieron por el cuerpo de Adora; llamas que la abrasaron y la enardecieron cuando se concentraron en la zona que ardía entre sus muslos, donde quería tenerle.

Catra se apartó de sus labios para deslizar la lengua a lo largo de su piel, dejando un sendero de fuego hasta su garganta, donde comenzó a trazar círculos sobre la clavícula, el lóbulo de la oreja y el cuello.

¡Esta chica parecía conocer todas las zonas erógenas del cuerpo de una mujer!

Más aún, sabía cómo usar las manos y la lengua para masajearlas con el fin de obtener el máximo placer.

Exhaló el aire con suavidad sobre la oreja de Adora, provocando una serie de escalofríos que la recorrieron de arriba abajo; y cuando acarició con la lengua la parte interna, ella se estremeció de la cabeza a los pies.

Sintió un hormigueo en los pechos, que se endurecieron hasta convertirse en dos duras protuberancias que suplicaban los besos de Catra.

—Catra —gimió, incapaz de reconocer su propia voz.

Su mente le ordenaba que lo detuviera, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

Había tanto poder en sus caricias… Tanta magia… La dejaban con ganas de mucho más.

Catra le hizo darse la vuelta y la aprisionó contra el colchón. Incluso a través del pijama, Adora percibía su erección, cálida y dura, presionando contra su cadera mientras la chica le aferraba las nalgas con las manos y respiraba de forma entrecortada junto a su oreja.

—Tienes que parar —le dijo Adora con voz débil.

—¿Parar qué? —le preguntó ella—. ¿Esto? —Y le rodeó la oreja con la lengua.

Adora jadeó de placer. Los escalofríos la recorrían como si fueran ascuas al rojo vivo, abrasando cada centímetro de su piel. Sus pechos se hincharon aún más contra el torso de la otra chica.

—¿O esto? —Catra introdujo una mano bajo la cinturilla elástica de sus braguitas para tocarla donde más lo deseaba.

Adora estuvo a punto de perder la cabeza y arqueó la espalda en respuesta a las caricias de esa mano que se movía entre sus piernas. ¡Dios, esta chica era increíble!

Catra rodeó con un solo dedo aquella carne tierna y trémula, haciéndola arder antes de penetrarla con dos dedos hasta el fondo. Movió los dedos en círculos para estimularla y acariciarla mientras masajeaba con suavidad el clítoris con el pulgar.

—¡Oooh! —gimió Adora, que no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás debido a la intensidad del placer.

Se aferró a Catra mientras los dedos y la lengua de la chica continuaban con su implacable y delicioso asalto. Ya fuera de control, Adora comenzó a frotarse sin inhibiciones contra Catra en busca de su pasión, de sus caricias.

Catra cerró los ojos para saborear el aroma de su cuerpo bajo ella, la sensación de los brazos que la rodeaban.

Era suya. Podía percibir cómo temblaba y palpitaba contra su palma mientras se retorcía bajo sus caricias.

Llegaría al clímax en cualquier momento.

Con ese único pensamiento en mente, le subió la camisola antes de inclinar la cabeza para atrapar un duro pezón; acto seguido, comenzó a succionar con suavidad toda la areola, deleitándose con la sensación que provocaba esa rugosa piel bajo su lengua.

No era capaz de recordar a nadie que supiese tan bien como Adora.

Era un sabor que se quedó grabado a fuego en su mente, uno que sabía que jamás podría olvidar.

Y ella estaba preparada para recibirla: ardiente, húmeda y muy estrecha; justo como a ella le gustaba.

Arrancó de un tirón la fina prenda que se ceñía a las caderas de Adora y que le impedía el acceso a aquel lugar que se moría por explorar con más detenimiento.

Y en toda su profundidad.

Adora escuchó cómo rompía las braguitas, pero no fue capaz de detenerla. Su voluntad ya no le pertenecía; había sido engullida por unas sensaciones tan intensas que lo único que quería era encontrar alivio.

¡Tenía que alcanzar el orgasmo!

Alzó los brazos y enterró las manos en la salvaje melena de Catra para impedir que se alejara, aunque fuese por un segundo.

Catra se quitó los pantalones a tirones y le separó los muslos.

Con el cuerpo convertido en puro fuego, Adora contuvo la respiración mientras ella colocaba ese cuerpo largo y duro entre sus piernas.

La punta del miembro de Catra presionó justo sobre el centro de su feminidad.

Adora arqueó las caderas hacia ella y se aferró a sus hombros; la deseaba dentro de ella con una desesperación más allá de toda explicación.

De repente, sonó el teléfono.

Adora dio un respingo al escuchar el timbre y su mente recobró el control al instante.

—¿Qué es ese ruido? —gruñó Catra.

Agradecida por la interrupción, Adora salió como pudo de debajo de Catra; le temblaban las piernas y le ardía todo el cuerpo.

—Es un teléfono —dijo, antes de inclinarse hacia la mesita de noche para coger el auricular.

A decir verdad, le temblaba la mano cuando se llevó el teléfono a la oreja.

Lanzando una maldición, Catra se puso de costado.

—Glimmer, gracias a Dios que eres tú —dijo Adora tan pronto como escuchó la voz de su amiga.

Señor, cómo agradecía la habilidad de Glimmer para llamar en el momento preciso.

—¿Qué pasa? —preguntó su amiga.

—Deja de hacer eso —le espetó Adora a Catra cuando la otra chica comenzó a lamerle las nalgas de arriba hacia abajo. Le dio un pequeño empujón para poner un poco de distancia entre ellas.

—Pero si no estoy haciendo nada —le dijo Glimmer.

—Tú no, Glimm.

Se hizo el silencio al otro extremo de la línea.

—Escucha —le dijo Adora a Glimmer con una dura advertencia en la voz—. Necesito que cojas algo de ropa de Bow y me la traigas a casa. Ahora.

—¡Funcionó! —Ese agudo chillido estuvo a punto de perforar el tímpano de Adora—. ¡Ay, Dios mío! ¡Funcionó! ¡No puedo creerlo! ¡Voy para allá!

Adora colgó el teléfono justo cuando la lengua de Catra trazaba un sendero desde sus nalgas hacia…

—¡Para ya!

La chica se echó hacia atrás y frunció el ceño con estupefacción.

—¿No te gusta que te haga eso?

—Yo no he dicho eso —respondió Adora antes de poder detenerse.

Se acercó de nuevo a ella…

Adora bajó de un salto de la cama.

—De verdad, tengo que prepararme para ir a trabajar.

Catra apoyó la cabeza sobre la palma de la mano para observarla mientras recogía los pantalones del pijama y se los arrojaba. Los atrapó con una mano mientras recorría muy despacio el cuerpo de Adora con la mirada.

—¿Por qué no llamas para decir que estás enferma?

—¿Que estoy enferma? —repitió—. ¿Y tú cómo conoces ese truco?

Catra se encogió de hombros.

—Ya te he dicho que puedo escuchar mientras estoy encerrada en el libro. Gracias a eso he podido aprender idiomas y entender los cambios en la sintaxis.

Con la misma elegancia de una pantera que se endereza tras estar agazapada, Catra apartó el edredón y salió con lentitud de la cama. No llevaba los pantalones. Y su miembro estaba todavía completamente erecto.

Hipnotizada, Adora fue incapaz de moverse.

—No hemos acabado —dijo Catra con una voz grave y ronca antes de estirar el brazo hacia ella.

—Sí, ¡claro que hemos acabado! —Adora huyó al cuarto de baño y cerró la puerta.

Catra apretó los dientes para tratar de contener la repentina necesidad de darse cabezazos contra la pared por la frustración. ¿Por qué tenía que ser tan testaruda esa mujer?

Se miró el miembro rígido y soltó un juramento.

—¿Y tú no puedes comportarte durante cinco minutos al menos?

Adora se dio una larga ducha fría. ¿Qué tenía Catra que hacía que le hirviera la sangre? Aun en esos momentos podía sentir el calor de su cuerpo sobre ella.

Sus labios sobre…

—¡Basta, basta, basta!

No era una ninfómana que no pudiera controlarse. Era toda una licenciada, con cerebro… y sin hormonas.

No obstante, sería muy fácil olvidarse de todo y pasar ese mes en la cama con Catra.

—Muy bien —se dijo—. Supongamos que te metes en la cama con ella durante un mes. Y luego, ¿qué? —Se enjabonó el cuerpo mientras la irritación disipaba los últimos rescoldos de su deseo—. Yo te diré qué pasará después: ella se irá y tú, colega, te quedarás sola otra vez.

» ¿Te acuerdas de lo que ocurrió cuando Huntara se marchó? ¿Recuerdas lo que era pasear por el dormitorio con el estómago revuelto por haber permitido que alguien te utilizara? ¿Recuerdas lo humillante que fue?

Sin embargo, lo peor era que aún podía escuchar la risa burlona de Huntara mientras alardeaba con sus amigos y recogía el dinero de la apuesta. Cómo deseó en esos momentos haber sido una guerrera de dos metros y medio de altura, al menos el tiempo suficiente como para poder abrir la puerta de su apartamento de una patada y destrozarla a puñetazos.

No, no dejaría que nadie más la utilizara.

Le había costado años superar la crueldad de Huntara, y no quería que un capricho arruinara lo que había conseguido. ¡Ni aunque fuera un capricho fabuloso!

No, no y no. La próxima vez que se entregara a alguien, sería a una chica con la que estuviese comprometida. Alguien que la cuidara.

Alguien que no hiciera caso omiso de su dolor y continuara utilizando su cuerpo para obtener placer como si ella no importara nada, pensó cuando los recuerdos reprimidos comenzaron a aflorar a la superficie. Huntara había actuado como si ella ni siquiera estuviera allí. Como si no fuera más que una muñeca sin emociones cuyo único propósito fuese proporcionarle placer.

Y no estaba dispuesta a dejar que nadie, y mucho menos Catra, volviera a tratarla así.

Jamás.

Catra bajó las escaleras y se maravilló ante la brillante luz del sol que entraba por las ventanas. Resultaba curioso que la gente diera por sentado esos pequeños detalles. Recordaba muy bien una época en la que tampoco ella se había fijado en algo tan simple como una mañana soleada.

En ese instante, cada una de ellas era un verdadero regalo de los dioses. Un regalo que tenía toda la intención de degustar durante el mes que tenía por delante, hasta que se viese obligada a regresar a la oscuridad.

Con el corazón en un puño, se dirigió a la cocina para buscar algo en el enorme armario donde Adora guardaba la comida. Cuando abrió la puerta, se quedó estupefacta al sentir la frialdad del interior. Alargó la mano y dejó que el aire frío le acariciara la piel. Increíble.

Sacó varios recipientes, pero no pudo leer lo que estaba escrito en las etiquetas.

—No comas nada que no puedas identificar —se recordó mientras pensaba en algunas de las porquerías que había visto comer a la gente a lo largo de los siglos.

Se inclinó hacia delante y rebuscó hasta que encontró un melón en uno de los cajones inferiores. Lo llevó a la encimera que se encontraba en el centro de la cocina, cogió un cuchillo largo del soporte donde Adora tenía al menos una docena de ellos y partió el melón por la mitad.

Cortó un trozo y se lo metió en la boca.

Soltó un ronco gruñido de satisfacción cuando el delicioso jugo inundó sus papilas gustativas. La dulce pulpa hizo que su estómago rugiera con una feroz exigencia. Su garganta le exigía que le proporcionara un poco más de aquella humedad balsámica.

Era tan maravilloso volver a tener comida… Tener algo con lo que calmar el hambre y la sed.

Antes de darse cuenta, dejó el cuchillo a un lado y comenzó a partir el melón con las manos, llevándose los trozos a la boca tan rápido como podía.

Por los dioses, estaba tan hambrienta… Tenía tanta sed…

No fue consciente de lo que hacía hasta que se descubrió desgarrando la cáscara.

Se quedó paralizada al ver sus manos cubiertas con el jugo del melón y los dedos curvados como las garras de un animal.

«Date la vuelta, Catra, y mírame. Ahora, sé una buena chica y haz lo que te ordeno. Tócame aquí. Mmm… sí, eso es. Buena chica, buena chica. Házmelo bien y te traeré comida dentro de un ratito» .

Catra se encogió de temor ante el inesperado recuerdo de su última invocación. No era de extrañar que se comportara como un animal: la habían tratado como tal durante tanto tiempo que apenas recordaba cómo ser humana

Al menos, Adora no la había encadenado a la cama.

Todavía.

Asqueada, echó un vistazo alrededor de la cocina, agradecida de que Adora no hubiese presenciado su momentánea pérdida de control.

Con la respiración entrecortada, cogió la mitad del melón y la arrojó al receptáculo para la basura que había visto utilizar a Adora la noche anterior. A continuación, abrió el grifo del fregadero para librarse del pringoso jugo de las manos.

Cuando el agua fresca le rozó la piel, suspiró de placer. Agua. Fría y pura. Era lo que más echaba de menos durante su confinamiento. Lo que más ansiaba una hora tras otra cuando su reseca garganta ardía de dolor.

Permitió que el agua le refrescara la piel antes de ahuecar las manos, inclinarse hacia delante y beber. Se chupó los dedos. Resultaba de lo más relajante sentir cómo le llenaba la boca y se deslizaba por la garganta reseca, calmando la sed. Nada le habría agradado más en ese momento que ser capaz de meterse en el fregadero y sentir cómo el agua resbalaba por todo su cuerpo.

Dejar que…

Escuchó un golpe en la puerta seguido por el sonido de unos pasos apresurados en las escaleras. Después de cerrar el grifo, cogió el paño seco que había junto al fregadero para secarse las manos y la cara.

Cuando se acercó de nuevo a la encimera para recoger los restos del melón, reconoció la voz de Glimmer.

—¿Dónde está?

Catra sacudió la cabeza al percibir el entusiasmo de la mujer. Eso era lo que había esperado de Adora.

Las dos mujeres entraron a la cocina. Catra alzó la mirada y se encontró con unos ojos purpuras tan grandes como dos escudos espartanos.

—¡Jesús, María y José! —jadeó Glimmer.

Cuando Adora cruzó los brazos sobre el pecho, en sus ojos brillaba una mezcla de ira y diversión.

—Catra, esta es Glimmer.

—¡Jesús, María y José! —repitió su amiga.

—¿Glimmer? —preguntó Adora, moviendo la mano ante los ojos de su boquiabierta amiga.

Glimmer ni siquiera parpadeó.

—¡Jesús, Ma…!

—¿Quieres dejar de decir eso? —la reprendió Adora.

Glimmer dejó caer al suelo la ropa que llevaba en las manos y dio una vuelta alrededor de Catra para poder ver su cuerpo desde todos los ángulos. Comenzó por la cabeza y descendió hasta los dedos de los pies.

Catra apenas pudo reprimir la ira que le provocaba semejante escrutinio.

—¿Te gustaría examinarme después los dientes o prefieres que me baje los pantalones para que puedas inspeccionarme sin problemas? —le preguntó con más malicia de la que había pretendido en un principio. Después de todo, técnicamente ella estaba de su parte.

Lo único que quería era que cerrase la boca y dejara de mirarla de aquel modo… Nunca había soportado ser el centro de esas desmedidas muestras de atención.

Glimmer estiró la mano para tocarle el brazo.

—¡Uuuh! —se burló ella, consiguiendo que Glimmer diera un respingo.

Adora soltó una carcajada.

Glimmer frunció el ceño y les dedicó a ambas una mirada furiosa.

—Pero ¿qué pasa con vosotras? ¿Tratáis de divertiros a mi costa?

—Te lo mereces —le dijo Adora mientras cogía un trozo del melón que Catra acababa de partir y se lo llevaba a la boca—. Por no mencionar que vas a ser tú quien se ocupe de ella hoy.

—¿Qué? —preguntaron Catra y Glimmer al unísono.

Adora se tragó el bocado.

—Bueno, no puedo llevarla conmigo a la consulta, ¿no?

Glimmer sonrió con malicia.

—Te apuesto lo que quieras a que Larry y el resto de tus pacientes estarían encantados.

—Exactamente igual que el chico que tiene cita a las ocho. De cualquier forma, no creo que resultara muy productivo.

—¿No puedes cancelar las citas? —preguntó Glimmer.

Catra estuvo de acuerdo. No le apetecía en absoluto estar en un sitio público.

La única parte de la maldición que encontraba un poco tolerable era el hecho de que la mayoría de sus invocadores la mantenían oculta en sus estancias privadas o en los jardines.

—Sabes muy bien que no —contestó Adora—. No tengo un maridito abogado que me mantenga. Además, no creo que Catra quiera quedarse sola en casa todo el día, sin nada que hacer. Estoy segura de que le encantará salir y conocer la ciudad.

—Preferiría quedarme aquí contigo —dijo ella.

Porque lo que le apetecía de verdad era verla retorcerse otra vez bajo ella y sentir cómo ese cuerpo húmedo se deslizaba una y otra vez sobre su miembro mientras ella gritaba de placer.

Adora la miró a los ojos y Catra reconoció el deseo que brillaba en aquellas profundidades azules. En ese instante descubrió lo que se proponía: se iba a trabajar para evitar quedarse a solas con ella.

Bueno, tarde o temprano tendría que regresar a casa.

Entonces sería suya.

Y una vez que se rindiera a ella, le demostraría la resistencia y la pasión que poseía un soldado macedonio entrenada en las filas espartanas.