Cap 4

Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

"¡No hay oportunidad más perfecta que esta! Podría saltarle encima ahora y olvidarme de él para siempre. Ni siquiera sabrá qué lo golpeó. Cuando despierte, ya será muy tarde. Podrá maldecirme desde el otro mundo, incluso dejaré que Akane se comunique con él de vez en cuando… ¡con una tabla de Ouija! ¡Ja! El pobre iluso ni siquiera se imaginó que vendría esta noche. Debe haber pensado que estaba seguro porque papi Tendo le dio la bienvenida. ¡Urgh, ¿cómo pudo?! ¡Esto no se va a quedar así!"

Su cabeza era un revoltijo. Lo único seguro estaba delante de él. Kano, durmiendo a pierna suelta, aferrado a su cobija, meciéndose de un lado a otro, abrazado sobre sí mismo como en posición fetal. Se veía mucho menos amenazador de esa forma. Sus facciones, antes angulosas, estaban ahora más redondas. La flacidez del sueño lo hacía ver menos varonil. A fin de cuentas, no era más hombre que él. No merecía más a Akane que él. Y no iba a casarse con ella, por más que se hincara de cabeza al suelo, suplicante.

- ¡MUERE!

- ¡Ryoga!

Por supuesto, cuando se juró que lo asesinaría por atreverse a pretender a Akane con más éxito del esperado, no se refería a que literalmente lo haría. Tenía en mente darle una soberana paliza, incluso peor de la que había pretendido darle a Shinnosuke, de esas que te dejan en cama durante meses. Romperle un par de huesos, que no fueran los de las manos porque ya se había dado cuenta de que el tipo parecía haber perdido sensibilidad en esas monstruosamente fuertes partes de su ser. No obstante, Ryoga estaba seguro de a qué venía.

- ¡Suéltame, estúpido, voy a matarlo!

- ¡¿Estás loco?!

Quién lo diría. Había ido ahí a destruirlo y ahora terminaba salvándolo. ¿Quién entiende al destino? Para alguien que recién se había recuperado de un colapso nervioso, Ryoga se movía con incomprensible fluidez y belicosidad. Ranma lo apresaba de los brazos, cuidando de que no se le escurriera. Un cabezazo contra su nariz lo desequilibró y casi hizo que perdiera el agarre sobre Hibiki. Si lo dejaba ir, Kano estaba muerto. Apenas sí había logrado evitar que el enloquecido y apasionado muchacho le cercenara la cabeza con el filo de su pesada sombrilla.

Aún más extraño, ante los gritos y el ajetreo, el enemigo que tenían en común no despertaba. De sueño tan pesado como sus propios músculos, cambiaba de posición una y otra vez, con los ojos relajados, ensimismado en la eternidad del hechizo de Morfeo. Feliz en su ingenuidad, distante de los espumarajos de rabia que habían colmado a Ryoga, que blandía la sombrilla de hierro en un intento por darle aunque sea en una arteria y contentarse con verlo desangrarse.

- ¡Si lo haces vas a herir a Akane, cerdo idiota! ¡¿Quieres hacerlo de nuevo?!

¿Cuándo aprendería Ranma, finalmente, que sus palabras eran casi tan efectivas como las técnicas que había aprendido durante más de 2 años de aventuras sin parar en Nerima? Tenía más capacidad verbal de la que se daba crédito, y quizá por eso nunca había logrado llevarse bien con Akane. Porque hablaba sin filtro, sin evaluar el impacto de lo que decía, creyendo que otros eran inmunes a lo que salía de su boca. Y hoy tenía otra confirmación de que no, sus palabras tenían poder. ¿Cómo era ese refrán sobre la pluma y la espada?

Ryoga estaba desplomado en el piso, agitado y agarrándose el estómago. Ranma esperaba que no volviese a vomitar. Aguardó unos minutos hasta que pareció que ya no había peligro de que el otro regurgitara las medicinas que el doctor Tofu le había suministrado más temprano, y se sentó a su lado. Ambos miraban a Kano, que no tan tranquilamente dormía, estirándose y balbuceando pequeños fonemas que ninguno de los dos entendía.

- Deberíamos deshacernos de él.

- No es lo que Akane querría.

- ¡¿Desde cuándo te importa lo que ella quiere?!- Bramó el joven de la bandana, calcinando con sus salvajes ojos marrones la figura de Ranma.

- ¡Solo no quiero herirla más!- ¿En serio el gorilón durmiente no iba a volver en sí ante el griterío?

- ¡Si hubieses pensado en eso, habrías terminado con todas tus prometidas!

- ¡Ellas no son mis prometidas, ¿qué nadie entiende?!- Relinchó desesperado.

Ryoga empuño su arma, esta vez dirigiéndola hacia su amigo y gran rival.

- Todo esto es tu culpa.

"¿Por qué siempre es mi culpa?". Era más responsabilidad de la que la que un chico de 18 años podía soportar. Ella también le había dicho eso antes de partir. "Si hubiese sabido que te ibas a ir…". ¿Qué? ¿Qué habría hecho?.

- Nunca hiciste nada.

Nada. Jamás hacía nada.

- Tú tampoco eres un santo, P-chan.- Espetó, endureciendo los puños, decidido a cambiar de objetivo de ser necesario.

El resplandor de los caninos nacarados de Ryoga iluminó la inmensidad del dojo. Irían a batirse en duelo, como tantas otras veces atrás, sin contemplar el escenario en el cual desatarían el caos. Y es que ambos necesitaban drenar la adrenalina que surgía de sentir al verdadero enemigo tan cerca y no poder realmente hacer lo que deseaban con él. Él era, después de todo, el único hombre al que Akane había aceptado. Aunque la prueba estuviera ya digerida y destrozada, Ranma recordaba bien lo que había visto. Ella, de pie, sonriéndole tímidamente; él, con una rodilla besando el suelo. Y algo más. Algo que había inquietado sus celos y lo había llevado a comerse la foto, y que a Ryoga lo había descompuesto atrozmente.

- ¡No soy peor que tú!

Exclamó, con tanta pasión revistiendo cada nota que abandonó su boca, que Ryoga casi lo convence de que, en efecto, el malo de la historia era él. Pero, ¿por qué siempre él? El hastío ya estaba desmenuzándolo. Todos sus conocidos se habían precipitado hacia él a causa del resentimiento. ¿Había alguien a quien conociera que no le había salido al encuentro debido a una vieja rencilla, una culpa mal atribuida, o tratos engorrosos que él ni siquiera había pactado, consentido o hecho a conciencia? Incluso su unión, ahora más fantasiosa que nunca, con Akane había emanado de la manía de su padre por usarlo como prenda de pago.

Y quizás Hibiki, que acababa de rociar el suelo del dojo en esa madrugada con unas lágrimas brutalmente agonizantes, estaba en lo cierto. No era peor que él. Porque al menos, Ryoga había siempre tenido la voluntad de decidir. Si bien sus decisiones eran casi tan malas como su sentido de la orientación, al menos le pertenecían y tenían en cada fibra tatuados los deseos de quien era soberano sobre su propia historia. En cambio, Ranma, que se hallaba estupefacto por ver al único tipo que realmente consideraba su amigo derritiéndose en un infantil llanto, nunca había tenido éxito al decir que sí o no. Aunque sí existía una cosa de la que podía estar orgulloso, y era por ello que se aferraba a la afirmación de que no, no era peor que Ryoga: había salvado la vida de Akane en Jusenkyo, nada se lo había impedido. Era su victoria.

- ¡Y no soy peor que él!- Aulló el de la bandana, con la sombrilla cerrada y dispuesta en punta, con sus ojos derramando agua, habiéndose acercado lo suficiente a su meta, sin que ninguno de los presentes, conscientes o inconscientes, se percataran de ello.

El arma penetró limpiamente la madera, abriéndose bajo el suelo, y el impulsivo joven, en un shock de lucidez, decidió dejarla ahí para no levantar los demás tablones y perjudicar más al que esperaba fuese su futuro suegro. Kano se había volteado en el último momento. Pasó a su siguiente mejor opción: sus nudillos, tan brutales como el mismo acero. Pero su puño se atragantó de astillas cuando perforó el piso; mientras, el rostro de Kano permanecía sano. Había girado, otra vez, justo a tiempo, quizás en medio de un mal o buen sueño y, cuando el maldito de Jusenkyo trató de darle de nuevo, volvió a esquivarlo. Con la guardia a medio alzar, el chico de la bandana estuvo al filo de quedar apresado entre los brazos de roble del bello durmiente inquieto, logrando escaparse de un abrazo sorpresa a duras penas. ¿Estaba fingiendo? Los reflejos de Kano en la oscuridad eran envidiables, incluso para quienes lo odiaban.

- ¡Este malnacido no se queda quieto!

- Ya déjalo, no podemos ganarle.- Cada palabra de esa declaración le escaldó la lengua a Ranma.

Incluso su gran amigo lo miró perplejo, como si en ese salón el que hubiese hablado hubiese sido otro. Pero no, había sido el mismo caballo terco. Sabía lo que decía y, aunque pronunciarlo le había lacerado un poco la mandíbula porque, en un acto reflejo apretó los dientes para resistirse a admitirlo, la verdad era en sí una oportunidad. Desde hacía un tiempo que había recapacitado un poco sobre ciertas cosas. Esas mentiras, esas frases a medias, cosas que se decían cuando ya era muy tarde, cuando ya ella estaba lejos y no podía escucharlo. Quizás no había aprendido a soltar la lengua bajo el dominio del corazón, pero ya estaba decidido a infundirse un poco de sensatez y hablar antes de que todo estuviese perdido.

- Por ahora. Pero tengo un plan para vencerlo el día del duelo.

- ¡Tus ideas nunca funcionan!- Se quejó, preso de la impotencia.

- Las tuyas tampoco, P-chan.

- ¡Ya deja de llamarme así!

Quizás una persona normal hubiese abierto los ojos en el momento en que ambos amigos empezaron a rodar por el suelo, chocando revoltosamente contra las paredes color cartón del dojo, royéndose la autoestima a punta de insultos, levantando por los aires las pocas partículas de polvo que se salvaban del escrutinio imperial de Kasumi. Pero no ese tal Kano. Incluso hubiesen creído que ya había partido al otro mundo sin ayuda de nadie y que el trasto de carne que había dejado atrás se movía a causa de una posesión fantasmal de no ser porque hablaba dulcemente e, incluso, soltaba algunas risillas. Contento, presumieron ambos muchachos, por saberse intocable.

- Déjame matarlo.- Exigió Ryoga, con las uñas disparejas y arrancándose la del dedo meñique, que se le había reventado e incrustado durante la súbita pelea.

- ¿Sabes qué pasará cuando ella llegue y la reciba su tumba?- De su ceja corría un pequeño hilillo escarlata, nadando hasta desbarrancarse por la curvatura de su quijada.

- ¡Estará libre de eso!- Gritó, ya sin precaución alguna de despertar a "eso", que acaba de bostezar ruidosamente, sonando como un oso sumido en una larga hibernación.

- Ya perdió a su madre.- Señaló, capturando por breves instantes el interés del otro.- ¿Quieres que también pierda a… su prometido?

Incrédulo, lo observó por tensos segundos sin pestañear. ¿Acaso Ranma Saotome estaba aceptando lo inaceptable?

- ¿Estás loco? ¡¿Por qué lo llamas así?!

- ¡Tú sabes por qué! ¡También viste el anillo en su dedo!

Otra vez, la sensación de querer arrojar hasta la bilis afuera. De volcar su interior, para ver si así podía deshacerse de ese malestar tan íntimo que lo desequilibraba. Se mordió el labio inferior con uno de sus afilados caninos, coloreando su punta de escarlata. Los había visto risueños en la foto, y no habría sido más que molesto de no ser porque…

- ¡Maldición! Me siento mal…- Ya no había más que devolver, en realidad. Las medicinas del doctor se habían evaporado hacía horas. Aún así, las náuseas y el mareo lo sumían en una vertiginosa caída hacia la depresión.- Él… también tiene un a-anillo.

- Lo s-sé.- Contestó, asaltado por un temblor inoportuno.

No había querido reconocerlo, al principio. El anillo, una joyita ínfima, lustrosa, símbolo de un amor que no podía ser otra cosa más que romántico, deshonrando la gracilidad femenina del anular de su mano derecha. La delgada piecita resaltaba en los lánguidos conos de azúcar que Akane tenía por dedos. No había sido tan sencillo detectar el anillo en la foto porque lo más llamativo eran los dos atractivos jóvenes, contemplándose con el calor de verano sobre ellos, cada curva acentuada por la luz natural y el viento, las pantorrillas de la menor de las Tendo al aire libre, sus risueños brazos despejados. Tal vez nadie más que Ranma y Ryoga había notado ese detalle porque nadie estaba tan interesado como ellos en encontrar alguna señal que denotara que ella había cambiado sus afectos y su carácter reticente.

En las hoscas manos de Kano, ahora entrelazadas sobre la bóveda de su pecho, el anillo de compromiso pasaba incluso más desapercibido que el de Akane en la fotografía. Se perdía la delicada filigrana de plata, coronada por una minúscula gotita iridiscente, en la tosquedad masculina que la portaba. Ambos jóvenes solo habían reparado en que su enemigo en común llevaba la huella de su relación tras registrar, primero, el mismo indicio en los dedos 2D de la mujer que tanta aflicción estaba produciéndoles con su ausencia. Ryoga, al notarlo por primera vez, había cedido ante la catástrofe, desmayándose. Ranma había tenido más tino tras unir todos los puntos con la foto que Nabiki le había facilitado.

- No lo puedo soportar.- Se dobló Hibiki, que de los dos, siempre había sido el que estaba más en contacto con su sensibilidad. Y quizás por eso había empatizado tanto con la menor de la familia Tendo..

Le contestó el silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Que él tampoco podía aguantarlo? ¿Que desde que Akane se había marchado había sentido como si la marca del Moxibustión Debilitante hubiese vuelto a gangrenar sus fuerzas? ¿Que deseaba verla con más ahínco del que podía demostrar y que se maldecía cada día por no ser capaz de ser hombre suficiente como para hablar y actuar con la verdad en vez de alegar mentiras y ofrecer actuaciones? ¿Qué detestaba a Kano pero que se detestaba más a sí mismo por no haber tenido las pelotas para hacer lo que él había hecho?

- Ha…- Tuvo que detenerse y aclararse la voz porque estuvo por quebrarse y desmentir su fachada.- Hasta el día del duelo, tenemos tiempo para entrenar.

- ¿Y luego qué?

- ¿Cómo que qué?

- ¡Si alguien gana, ¿luego qué, Ranma?!

Entendía a lo que se refería. ¿Qué pasaría? ¿Podría renunciar a ella… Ryoga y Kano? ¿Todos? Porque no importaba nada, perder esa oportunidad era lo único que no le cabía aún en la cabeza. Su mente estaba como clausurada ante la idea de que eso ocurriese. Había sentido la fuerza descomunal y la ira integral de Kano recrudeciendo sus terminaciones nerviosas cuando lo agarró de la cara. Podría haberle reventado todos los huesos que componían la parte frontal de su rostro, su nariz, su frente, su quijada, sus pómulos, de no haber sido por la bondadosa intervención de Kasumi. Lo había sentido. Iba a lastimarlo sin dudas. Ahora, no solo era contra su honor de varón que atentaba, sino también contra el de artista marcial.

¿Sería por eso, en realidad, que él mismo se empeñaba en salvarlo de la que habría sido obra exclusiva, y divina, de Ryoga? Eso también había contribuido a colmar la paciencia de la que, hasta que ella misma no se lo notificase presencialmente, seguía siendo su prometida. Tal vez debería atreverse a patear su orgullo hacia un lado, por una vez en la vida. Después de todo, siempre hacía eso con su dignidad y sobrevivía para lamentarlo. Al fin de cuentas, si Ryoga lo mataba y Akane llegaba justo a tiempo para reconocer el cuerpo, sería solo culpa del impulsivo chico de la bandana. Y después, más caminos podían abrirse: no hay poción más efectiva para el amor que el apoyo en medio de la tragedia. Le podría ofrecer su hombro para llorar y, así, en otros dos años más enamor…

¿Dos años más? La lentitud en esos temas era un mal crónico en Ranma. ¿Cómo había logrado Kano hacer en menos de 4 meses lo que él no había podido lograr en 2 años? La había descuidado por cerca de 120 días y ahora mandaba a un fulano con la noticia de que se iba a casar con otro y que quería armar bronca entre todos proponiendo un duelo. ¡Un duelo! ¡Por ella! Se había vuelto loca de remate. ¿Por qué la amaba tanto? ¿Y por qué no era hombre suficiente para decírselo? Quizás fuera porque, instalado en un recóndito lugar de su ser, el miedo más férreo le inundaba de indecisión el corazón.

Desde que había conocido a Akane, había visto cómo la competencia nunca cesaba. El primer día en la Furinkan le demostró que su padre le había conseguido un partido nada desdeñable ante los ojos de chicos que podían ser hasta mejores que él. Nunca en artes marciales, por supuesto. Esa era su cualidad más grande. La única, a veces pensaba Ranma, porque hasta él mismo tenía dudas sobre la eficacia del encanto Saotome. Kuno tenía dinero y no era horrible, aunque su personalidad, por otro lado... Ryoga era tan noble y apasionado como desorientado, pero bastante apresurado. Shinnosuke… el maldito desgraciado de Shinnosuke también tenía su cuota de rasgos admirables, aunque a Ranma le fuese despreciable incluso traerlo a su memoria, cosa que sabía que el otro no podía hacer con facilidad. ¿Qué no hasta un príncipe y un ser divino en alguna ocasión habían tratado de flecharla?

Por eso, contar con su propia base de prometidas y causar revuelo entre sus ex compañeros de escuela le traía algo de comodidad. ¿Cómo más podía demostrarle a ella que él tampoco era un partido despreciable? Y aún así, en más de una ocasión lo habían despreciado. La escuela entera, a excepción del negado mental de Tatewaki, conocía su maldición. Y aún compraban, todavía, sus fotos en su estado femenino. ¿Qué no existía la vergüenza para nadie? Había sido besado por un hombre, ido a citas, usado vestidos, modelado ropa interior de mujer, llevado corsés de acero, el límite siempre parecía estar un poco más lejos. De hecho, ese había sido otro más de los cruciales strikes que habían desplomado lo que había intentado construir con su temperamental marimacho.

Por si fuera poco, lo había escuchado de las dos mejores amigas de Akane. No una vez, el mismo día de la boda. No dos veces, la semana previa a las celebraciones nupciales. No el mes pasado, durante la reunión de ex alumnos de la Furinkan. No. Todas las semanas, a veces interdiario, desde que había llegado a Nerima, escuchaba algo de boca de ellas o de boca de alguien más. Que era un rarito. Que era un afeminado. Que era un… fenómeno. Y que Akane merecía más. Porque Akane era dulce. Porque era inteligente. Porque tenía un futuro. Porque los soportaba a él y a su padre, que era un aprovechado que vivía de los Tendo, según había escuchado cuchichear un día a alguien del equipo de básquet, y Ranma solo se casaba para poseer el dojo y dejar de ser un muerto de hambre.

¿Cómo no iba a conocer la palabra inseguridad si se la habían martilleado en la cabeza incesantemente en los fugaces años de la adolescencia? Lo único que le faltó a la gente repetir con más vehemencia es que también era egoísta. Y un innegable prodigio de las artes marciales. Porque iba a batirse a duelo con Kano, oficialmente, a despedazarlo a él y a todo contrincante que le mostrase una onza de valentía ese día, incluyendo a Ryoga, y luego se pararía en frente de Akane y le diría que no podría huir nunca más de él, aunque no fuera lo que ella merecía. Porque la seguiría, la encontraría y le ha… ha… haría e-el a… amor con tanta franqueza que…

- ¡Despierta!- La orden vino acompañada de una bofetada.

- ¡Maldita sea, ¿qué te pasa?!

Debía ser el sueño el que lo impulsaba a perderse en sus pensamientos. En algún momento, deambulando entre sus recuerdos, se había terminado sentando en el suelo, con la espalda colindando con el muro de madera maciza. Si Ryoga hubiese escogido ese momento para írsele encima a Kano, no habría reaccionado a tiempo para evitarlo. Incluso renegaba un poco de lo poco oportunista que era Hibiki, que no había aprovechado el despiste para tratar de cumplir con su objetivo principal.

- No respondiste a mi pregunta… pero está bien. Creo que sabemos lo que tendrá que pasar cuando yo gane.- Decretó, mirándolo de soslayo.- Tendrás que dar un paso al costado, de una vez por todas.

- Já, esa es mi línea.- Repuso, correspondiendo su mirada.

- ¿Cómo vamos a entrenar?- Preguntó, resbalando por el muro hasta estar escurrido a su lado, abandonando la pesada sombrilla.

- La tatara tatara tatarabuela de Shampoo.- Respondió, escuetamente, con la vista ahora clavada en el obstáculo que deseaba superar. ¿De verdad su sueño era tan imperturbable?

- ¿Cuando amanezca?

- Cuando amanezca.

Los, a veces, suaves ronquidos de Kano y su babosa cara de tranquilidad empezaban a despertar en los muchachos, además de resentimiento, leves bostezos.

- ¿Cómo reconociste la ropa interior de Akane en esa foto?- Cuestionó Ryoga, y Ranma ya se estaba preguntando que por qué había tardado tanto.

- Happosai.- Respondió, aguardando a que el otro se lo creyera.

- Ese desgraciado viejo libidinoso.

La voz del chico con pésima orientación empezaba también a divagar, apenas sí llegando a los oídos de su compañero.

- Y tú… crees que… cuando Aka-Akane vuelva, ¿nos quiera escuchar?

- ... - Un silencio propiciado por la falta de descanso de ese día, por el insomnio de los anteriores, por la preocupación sin cese.- No lo sé…

- Solo quiero que me perdone… al menos eso.- Se sinceró, soportado en sus rodillas, atrayéndolas más hacia su pecho hasta que le sirvieron como una improvisada almohada en la que ahogar el pesar y el sueño.

Con amargura, sin poder deslizarse hacia el sopor con la misma facilidad que Ryoga, Ranma trajo a su memoria, preso de un remordimiento caníbal que le masticaba el espíritu, el episodio que dio paso al principio del fin.