Capítulo 9

Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Esa mañana, una fresca estela de gotitas de agua cubría el pasto. Había llovido en la noche y, aunque los tres mayores que habitaban la casa apenas sí habían podido pegar el ojo por haber montado guardia toda la noche a la espera de que lo peor sucediera, el día empezaba de manera perezosa y tranquila. Excepto para uno de ellos. Únicamente Genma se alistó para encaminarse hacia el consultorio del doctor Tofu y poder ganarse un poco de dinero extra, ahora que debía mantener nuevamente a su esposa e hijo. Y que Nodoka se había vuelto tan diestra con la katana.

Pero iba a tener que hablar seriamente con Ranma. La idea de quedarse a vivir con los Tendo nunca había estado libre de obligaciones que respondieran por el pago de las comidas, el alojamiento y, por supuesto, los cientos de destrozos ocasionados continuamente por y desde su llegada. "No se preocupe, Soun-kun, cuando mi Ranma y su Akane se casen, reabrirán el dojo y podré pagarle de vuelta todo lo que ha hecho por nosotros". Desde luego, podré pagarle estaba mal conjugado… se refería a que Ranma lo haría. Él pagaría. Sería una especie de dote, en cierta manera, sin importar cuán feudal pudiese resultar el asunto. ¿Qué más podía ofrecer? Lo único que había hecho bien en toda su vida era su hijo. Sabía y creía en lo que su muchacho valía, y había intentando darle algo a la altura. Pero no tenía nada… nada más que un buen amigo de desventuras mejor posicionado que él y con un dojo.

Pero el castillo de naipes estaba por desplomarse ante el más ligero soplido. Finalmente, un contendiente digno había aparecido. Digno ante los ojos de la única persona que pensó que no tendría objeciones, además de Ranma. Había creído que Akane estaba perdidamente enamorada de su hijo, así como este lo estaba de ella, aunque ambos fueses demasiado lerdos como para sellar el trato con palabras y acciones claras. Ya que el torpe niño que había criado no había podido retener a su prometida y convertirla en su esposa, tendría que tomar cartas en el asunto. Y por eso mismo haría lo que iba a hacer.

- ¡Buen día, señor Saotome!

- ¡Buenos días, Doc!- Decía el cartel.

A los clientes del doctor les fascinaba ver a un panda como asistente en un consultorio. Aquel día, había más niños que de costumbre programados para citas a diferentes horas, por lo que su aspecto apapachable era especialmente útil. No habrían muchos descansos, pero serían los suficientes como para indagar entre los archivos del doctor Tofu sobre la existencia de alguna técnica comparable a la del moxibustión debilitante del maestro Happosai.

Pero Genma no era el único que en esos momentos meditaba sobre la gravedad de la situación. En casa, Soun estaba cavilando en los aprietos por venir. No podía simplemente darle la espalda a Ranma, a quien había aceptado y considerado como un hijo desde el momento en que había pisado su propiedad. Lo había recibido bajo su techo y, contra todo pronóstico, había resultado ser un chiquillo tan bien portado que había llegado a depositar en sus manos el bienestar de su hija sin remedos. Sus temores de padre se habían ido desvaneciendo a medida que los meses habían pasado. Lo había esperado escondido entre los arbustos bajo la ventana del cuarto de Akane, los había espiado con binoculares desde un árbol estratégicamente ubicado en frente de la habitación de su hija, incluso se había infiltrado en el dojo en medio de sus sparrings. Y jamás había visto a Ranma intentar pasarse de listo.

Era tan inocente en ese aspecto que hasta daban hasta ganas de alentarlo. Cualquier otro ya hubiese aprovechado las oportunidades que vivir bajo el mismo techo que su prometida representaban. ¡Por Kami! Nada más faltaba recordar aquella vez en que se peleó con Genma y tuvo la mala idea de considerar a Kuno como opción. No había podido dormir tranquilo ninguna noche, dando rondas nocturnas a paso de sombra, custodiando las habitaciones de sus tres hijas. Los chicos a esa edad tenían las hormonas alborotadas, pero las de Ranma parecían estar en huelga, y como padre de una adolescente pues no se quejaba.

Lastimosamente, tenía que admitir que Kano parecía ser una mucho mejor alternativa. Nodoka había decidido quedarse a preparar la comida junto con Kasumi, aunque sabía que en realidad la madre de Ranma se había quedado con la intención de intervenir en caso de que su hijo hiciese algo estúpido. Su orgullo y ego habían quedado enormemente pisoteados. No solo Kano había demostrado ser físicamente superior a él durante su primer encuentro, sino que también estaba quedando como el más responsable. Y la responsabilidad era una cualidad que cualquier esposa apreciaría en un hombre.

Sentado, tomando el té, observó cómo el joven recién llegado arreglaba el pulverizado suelo del dojo. No le cabía duda de que habían sido Ranma y Ryoga quienes habían iniciado el desastre, los había oído pelearse durante la noche. Y Kano había relatado con tranquilidad y seriedad lo que había pasado luego. Se había levantado y caído entre los maderos rotos. Era el único que se había dignado a rehacer lo que quedaba de un magnífico piso de listones gruesos y pulidos. ¿Los causantes de la ruina? Brillando por su ausencia.

Por otro lado, a pesar de que había sido elegido específicamente por Akane como contendiente por su mano… ¡y qué orgullo que ella tuviese la capacidad de elegir en lugar de conformarse!... no había tomado más de lo que le había sido ofrecido. Los acompañó a la mesa más temprano, comiendo algo que, debido al frondoso apetito que parecía poseer, le fue frugal. Al acabar con su ración, solicitó permiso para retirarse a un restaurante cercano. Tenía una dieta muy específica y le era importante no importunar tan pronto a la que podría ser su nueva familia. Al regresar, una hora después, traía consigo todo tipo de herramientas para empezar a remodelar, con sus propias manos, el dojo.

- Hijo, bebe algo.

Las palabras de Soun sacaron a Kano de su faena. Trabajaba rápido, ya llevaba medio suelo… ¿reparado?

- Eh… ¿necesitas ayuda?

- Oh, l-lo siento… ¿lo hice muy mal?

- No... claro que no.- Decidió mentirle.

Mal no era adjetivo suficiente como para describir el horrible resultado que había terminado haciendo en tiempo récord. De que era un suelo, era un suelo. De que cada listón de madera miraba en una dirección diferente y estaba clavado como por un ciego, también. No quería ni imaginarse cómo había quedado el techo. Al menos la lluvia no había traspasado las paupérrimas habilidades de carpintería de Kano.

- Observa bien cómo se hace. Como hombre, debes ser capaz de sostener tu casa con tus propias manos.

- S-sí.- Trastabilló en sus palabras, con la cabeza gacha.

Entre los dos, lograron arreglar lo que Kano había desarreglado. La mañana todavía estaba viva. El sol se lucía, desperdigando sus mejores rayos por encima de las coronillas de los habitantes de Nerima. Había tranquilidad, una cosa extraña. El dueño de casa no se había percatado de que los peces Koi hacían soniditos al moverse y juguetear en su estanque. Eran como unos "¡blup, blup, blup!", seguidos del ruido de un coletazo en el agua. También había mariposas cerca de las flores. Usualmente no volaban por encima del muro porque siempre había mucho movimiento en los alrededores… o en los interiores. Al parecer, la primera impresión que había provocado Kano había sido suficiente como para mantener a raya a ciertos personajes.

- Oye, hijo.- Habló el de bigotes, removiendo las gotas de sudor de su frente con la muñeca.- ¿Cuándo volverá Akane?

La carta no lo especificaba. Solo decía que tenía unos asuntos pendientes y un par de sorpresas que contentarían el corazón de todos los Tendo, hasta de sus ancestros. Así de ceremoniosa se había vuelto, pensando también en honrar a sus muertos.

- Si todo sale bien, seguramente regresará la próxima semana.- Dijo en voz baja, para no perturbar la calma que reinaba en una atípica mañana.

- ¿Qué es lo que está haciendo?

- Es una sorpresa.

Sin querer, elevó la cabeza y le sonrió. Apenas cruzaron ojos, Kano volvió a tener una expresión seria y desvió la vista hasta concentrarse en el suelo, casi terminado.

- ¡No tienes por qué estar tan avergonzado, muchacho!- Exclamó el patriarca de los Tendo, dándole una sonora palmada en la espalda.- ¡Si mi hija te hace sonreír así, no lo escondas!

- N-no, yo, es que… sí… p-perdón…- Llegó a musitar, encorvando los hombros.

- ¡Vamos, anímate, hay que tener valor!- Volvió a exclamar, entre risotadas.

- S-sí.- Respondió el otro, moviendo la cabeza en señal de afirmación, sin todavía atreverse a levantar su semblante.

- ¡Ah, ya te pareces a Ranma con esa timidez, supongo que es la suerte de mi Akane!

Soun dejó de palmotearle la espalda al sentir la tensión férrea de los músculos del muchacho ante su última declaración. De perfil, sin voltearse a enfrentarlo, escuchó que él menor le dijo:

- Por favor, no me compares… compare con él.- Decretó, juntando las manos rígidamente.

En ese instante, Soun lo comprendió todo. No podía ser de otra forma. 2 años no se borraban como por arte de magia en tan solo 4 meses. Así como Ranma siempre tendría una habitación para él en su casa, también siempre tendría un espacio ganado en el corazón de Akane. Debía ser difícil. Al final, no eran más que dos chiquillos disputándose el cariño de una todavía niña en muchos aspectos.

- Sé que Ranma es tu mayor competencia ahora, pero debes mantener la actitud, Kano.- Le aconsejó, sintiendo una calidez especial en su interior al volver a posicionar su mano paternal sobre el corpulento hombro del otro.- El día del duelo, ya se las arreglarán.- Cerró un poco más su agarre, llamando la atención de su oyente.- Pero, hasta ese entonces, te pido que intentes llevarte bien con él. Si amas a mi hija, no intentes herir a Ranma.

- Señor Tendo, yo no he intentado ni siquiera acercarme a… a él.

Y, a pesar de su respuesta, Soun pudo notar el nudo grueso en la garganta de Kano, que hacía que su manzana de Adán se convirtiera en una protuberancia cuando tragaba saliva.

- Pero tienes que con qué, hijo.- Repuso.- Ese anillo que tienes…- Intuitivamente, el menor escondió sus manos en su regazo.-... para que mi Akane decidiera dártelo, debes ser alguien especial para ella. Y, por eso, también lo eres para mí.- Afirmó.

En silencio, el joven solo se atrevió a agradecer con un movimiento de cabeza. Era un hombre de pocas palabras, quizás reservado para mostrar sus sentimientos, tímido, pero tenía que confiar en el juicio de su hija. Le había dado el anillo de su madre a él. A ese desconocido. Sus toscos dedos deslucían la fina pieza, pero llevaban con orgullo la muestra que delataba qué pretendiente tenía la ventaja. Si Ranma hubiese sabido sobre el significado de ese anillo, probablemente hubiese perdido los estribos. Las cosas se decidirían en aquel duelo que tendría lugar cuando toda la familia estuviera, al fin, junta. Pero, para Soun, las cosas ya estaban decididas. Akane había escogido a Kano, y el motivo del duelo era solo para terminar de convencer a los demás.

- No vayas a contarle a Ranma la historia de ese anillo, ¿de acuerdo?

- Pero, señor Tendo…- Repuso, con los labios apretujados.-... ¿qué puede importarle a ese lo que este anillo sea?- Preguntó.- ¡Ya escuchó las cosas que dice de Akane! ¡Sabes lo que piensa de… de ella! ¡Us-usted lo sabe! ¡Él no hace más que insultarla y… y...

En su indignación, no pudo evitar tratar de buscar el consuelo de la mirada del mayor, que todavía lo asía del hombro con cariño. No pudo disfrazar el velo de dolor que empañaba su juvenil mirada, oscura y lejana, como atada a otros tiempos. Y Soun no pudo evitar querer abrazarlo, a pesar de lo ridículo que se viera al intentar acunar protectoramente a un muchacho de más de un metro ochenta de estatura.

- Lo si-siento…- Se excusó, tragándose sus palabras y volviendo a recargar su vista sobre los listones de madera, ahora limpia y expertamente posicionados sobre el suelo.

- Está bien, hijo.- Repuso, obligándose a limitar su consuelo a un par de animosas palmadas en la espalda.- No te pido que comprendas a Ranma, solo que no lo lastimes. Quizás no lo parezca, pero él… quizás ella tampoco lo parezca, pero en su momento ella y Ranma tuvieron los mismos sentimientos.

¿Cómo trataba uno a los hijos varones? Kano estaba tan desolado, como si no hubiese tenido esa conversación en ningún momento con Akane. ¿Acaso ella no le había hablado nunca sobre su primer prometido? ¿Tal vez recién ahora Kano caía en cuenta de que se enfrentaría a una lucha más difícil de la que había previsto cuando Akane finalmente volviera a casa? ¿Qué hacer ahora para brindarle algo de paz al pobre chico? ¿Solo su compañía? Era fácil lidiar con las hijas… una charla llena de abrazos, algo de chocolate y un día de engreimiento por lo usual podían contentarlas. Los hombres, por otro lado, eran menos fáciles de leer. Quizás esa era solamente su experiencia, pero luego de tres hijas no le era muy difícil comprender qué necesitaban las mujeres. Cuando Kasumi estaba triste, por ejemplo, podía verlo en su cara. Cuando Ranma estaba triste, la cara que ponía era la de enojo. Y cuando Kasumi estaba triste, lo que él hacía era ir a darle un gran abrazo y comprarle su postre favorito. Cuando Ranma estaba triste, lo que Genma hacía era hacer que se olvidara de sus problemas a punta de patadas.

Por la cara triste que podía vislumbrar fácilmente que cargaba Kano, pensó que quizás un par de patadas no eran exactamente lo que necesitaba. Así, mirando de un lado para otro, le puso la palma de la mano en la cabeza y le acarició el cabello. Bruscamente, por supuesto, para al menos disimular la ternura que de alguna forma esa montaña de músculos lograba inspirarle.

- Ya, ya, todo está por verse. Aún no has perdido nada.- Le dijo.- Cada cosa a su vez. Mientras tanto, solo te pido que no tengas un intercambio de palabras con Ranma. Hasta preferiría que se agarrasen a golpes.

- ¿Por qué?

- ¿Eh?

- ¿Por qué es tan importante que no discuta con él?

Soun guardó silencio por un largo rato, pasando distraídamente su mano por su bigote. No iría a revelarle a alguien que claramente le tenía aversión al heredero de la escuela Saotome lo que había sucedido durante esos 4 meses. La depresión y sus sutiles pero turbias manifestaciones eran un secreto que las dos familias habían decidido mantener tácitamente. Pretendían desconocer las ramificaciones que el abatimiento de Ranma había tenido. La primera semana, el chico había actuado normal. Incluso se había quejado, con un atisbo de celos en su tono, de la situación diciendo que seguramente la "boba esa" llamaría a casa pidiendo su ayuda para rescatar al desmemoriado de Shinnosuke del ataque fulminante de una ardilla voladora gigante.

Más, sin embargo, tras haber ido personalmente a traerla de vuelta del bosque de Ryugenzawa por exigencia de todos, y comprobar que no había pisado el lugar en ningún momento, había regresado alterado al dojo. Las siguientes semanas al suceso habían transcurrido lenta y tortuosamente. Y Ranma, fingiendo desinterés y desdén, había salido a entrenamientos a la montaña de forma seguida, sin su padre y, a veces, sin avisar. Incluso había olvidado llevar su mochila un par de veces. Cada vez que regresaba, su cara mostraba una preocupación más y más profunda, y su cuerpo un cansancio que provenía de adentro. Pero no hablaba sobre cómo se sentía. Hablar nunca había sido su fuerte.

Pero no era necesario, todos sabían qué le pasaba, pero no iban a obligarlo a decirlo. Eso ya lo había intentado Nodoka y solo había conseguido que se marchara por incluso más tiempo en busca de la sombra de Akane. Su apetito había enmudecido y habían podido sentirlo deambular por la casa o salir de madrugada. Kasumi lo había encontrado durmiendo en la cama de su hermana menor en más de una ocasión al entrar a limpiar, con la cara enterrada en la almohada, el pijama favorito de la menor entre sus manos, y un temblor notorio recorriéndole la espina dorsal. La primera vez que demostró haber recobrado su natural forma de ser había sido ese día en que cargó contra Kano. La llegada del recién llegado había sido una bendición, en múltiples sentidos.

- Mira, Kano.- Empezó a explicar.- No puedo decírtelo. Así como no le diré a Ranma sobre nuestra conversación hoy. Ustedes no se deben explicaciones, ¿verdad? Solo respeto. Como hombres.

"Como hombres". Esa era la vida de un hombre… ¿según quién?

- Sí.- Dijo el aludido, con el interior intranquilo.

¿Tenía que ser así? Había una conversación pendiente, y Akane tendría que llegar de una vez a dar cuanta explicación fuese necesaria.

- Señor Tendo… creo que… trataré de comunicarme con Akane para que regrese antes. Quizás este fin de semana.

- ¿Ella está cerca de aquí?- Inquirió el padre, con una emoción temprana adornando su entonación.

- Ella… no. No, no muy cerca.

- Kano, ¿por qué todo este misterio?

¿Qué decirle? Los motivos serían siempre borrosos.

- ¿Dónde está Akane?- Continuó presionando el patriarca del hogar, esta vez más serio.

- Ella…

- ¡Papá!

Ambos hombres se voltearon de pronto, interrumpidos por una cantarina voz. Abriéndose paso hacia ellos, Kasumi gritó:

- ¡Mira lo que nos ha llegado!

Sin esperar a que su padre preguntara qué era aquello, se giró sobre sus talones y emprendió la retirada hacia el interior de la casa, corriendo. Los ademanes femeninos y tenues de Kasumi habían sido reemplazados por una algarabía alborotada que pocas veces se lucía en ella.

- ¡Mira, papi!- La voz de su otra hija lo recibió cuando puso los pies dentro del salón donde se reunían a ver la televisión.- ¡Imagínate cuánto podremos cobrar por las clases en el dojo ahora!

Nabiki tenía entre sus manos cerca de 3 letreros de distintos dojos, y al menos una veintena más estaba esparcida por el suelo.

- Pe-pero, ¿qué es esto?

- Son letreros, papi, duh.

- Nabiki, ya sé eso. Me refiero a que qué hace todo esto aquí.

- Lo envió Akane, papi.- Habló Kasumi, alcanzándole una pequeña carta con la reconocible caligrafía cuadrada e irregular de la menor de las Tendo.

"Merezco hacerme cargo del dojo." Era lo único que había escrito. Las manos de Soun cedieron ante la exaltación de su corazón. ¿Su pequeñita era quien había derrotado, entonces, a todos esos maestros?

- Estas escuelas… son escuelas chinas.- Dijo, analizando con cuidado los trazos de uno de los letreros.

- Aquí hay algunas japonesas también.- Nabiki tomó uno de los letreros, para luego no poder reprimir un pequeño gritito.- ¡Esta es la escuela que más cobra en el país, papi!

- ¿Qué?- Soun Tendo tropezó con algunos trozos de madera garabateados antes de poder llegar hasta su hija y verlo con sus propios ojos.- ¡Es el símbolo de la familia Takeda! ¡Akane venció a los Takeda! ¡Mi Akane venció al mejor dojo del país!

Kano se apoyó contra el marco de la entrada, admirando el reguero de letreros que adornaba el suelo. Nabiki había traído ya su calculadora y estaba sacando cuentas para poder establecer el costo de las clases ahora que tenían todos esos letreros para enmarcar en el dojo. Por tradición, los alumnos de aquellas escuelas tendrían que entrenar ahora en la escuela Tendo. Kasumi llegó con sake para todos, aunque no era costumbre de ella beber. Pero la felicidad de Soun por la inevitable y próxima reapertura del dojo no podía pasar secamente ese día.

- ¿Qué ocurre? ¿Qué celebramos?- Preguntó Nodoka, llegando al salón con las mangas recogidas y un secador en las manos.

- ¡El dojo! ¡El dojo va a resurgir!- Exclamó el patriarca Tendo, ordenando los letreros como un niño jugando con bloques de construcción, tratando de posicionarlos de menor a mayor relevancia.

- ¿Cómo? ¿Akane y Ranma arreglaron su compromiso?- Preguntó, sin tan siquiera reconocer en sus palabras la presencia de Kano.

- No, tía Nodoka.- Dijo Nabiki, escribiendo gustosamente un par de números con varias cifras en una hoja de papel.- Quizás ya ni sea necesario ningún compromiso, papi. Con nadie. ¿Crees que lo necesitamos?

Si tan solo… si tan solo le hubiese creído a Akane cuando se lo dijo. Cuando le dijo que ella quería y podía reabrir el dojo sola. Jamás se habría ido… Ese había sido su error como padre. No haber confiado en su hija, a pesar de que le había demostrado más de una vez que era capaz de vencer cuanto obstáculo intentase hacerla trastabillar.

- Yo no creo que lo necesite…- La voz de Kano, grave y sólida, de cierta forma terrosa, engulló la atención de los demás.- Esta es la sorpresa de la que le hablé, señor Tendo.

- Kano, ¿tú… tú tuviste algo que ver con esto?- Inquirió el otro hombre, acercándosele alegremente para pasarle un brazo por los hombros con familiaridad.- ¡Dime la verdad! ¿Tú ayudaste a mi Akane?

- … No.- Contestó tajantemente, con las fibras de sus ser congestionadas.- No. Ella lo hizo sola.

- ¡Vamos muchacho! ¡Ya te dije que no había necesidad de ser tímido! ¿Tú entrenaste a mi Akane? ¿O fuiste tú quien consiguió parte de estos letreros? ¡No me digas que tú venciste a los Takeda!

- ¡No!- Exclamó, sorprendiendo a las mujeres y paralizando al hombre que con tanta alegría y confianza le daba un medio abrazo.- Ella lo hizo sola. ¿Por qué es tan difícil de creer?- Lanzó la pregunta, deshaciéndose tan amablemente como pudo de los brazos paternales de Soun.- ¿Por qué te cuesta tanto creer en ella?

Su retirada fue rápida, y la mañana pasó sin gloria ni risas. Los letreros serían enmarcados ese mismo día en el dojo, pero Soun no podría pasar el resto de las horas sin preguntarse lo mismo. ¿Por qué le era tan difícil creer en su hija? Quizás, porque siempre la había visto como a su bebita. Era la menor de todas. Estaba a su cargo. Luego, se la había encargado a Ranma. Y, con Kano dentro de la imagen, estaba dispuesto a encargársela a él si demostraba ser acreedor de ello. En lo único en lo que no pensó es en que Akane querría y, tal vez, podría encargarse de sí misma sola.

Y, mientras la mañana iba desintegrándose en colores que cada vez se tornaban más y más dorados, unos casi muertos Ranma y Ryoga trataban de retener el aire en sus pulmones. Posiblemente no podrían retornar a una estancia tranquila hasta dentro de unos días, pero valía la pena. La vieja Cologne acababa de someterlos al primer día de su entrenamiento contra la técnica mortal de la que había reconocido que Kano era usuario.

- ¿Van a rendirse tan rápido?- Se paseó entre los cuerpos ensangrentados de ambos jóvenes, cuya respiración débil se entorpecía aún más debido al fulminante calor del aire caliente que salía de entre las grietas del suelo.- Kano ya los habría matado diez veces en tan solo una hora, a los dos.

- ¡¿Quieres… da-darnos un…- "Momento", completó Ranma en su mente.

No podía hablar. Sentía el sabor espeso de la sangre nadar entre sus dientes y resbalar por su mentón, hasta derramarse en su cuello. ¿Cómo podía ser tan fuerte esa calaca semi momificada? No le costaba respirar el aire ardiente que emanaba del subsuelo y hacía que las piedras se calentaran tanto que era imposible permanecer sobre ellas por mucho tiempo.

Su espalda quemaba, pero no podía moverse. Ryoga no estaba mejor. Mantenía los ojos cerrados, apretados ingenuamente, como si eso pudiese ayudarlo a despertar algún sexto sentido. De hecho, quizás estaba dándole resultado porque vio cómo su nariz empezaba a moverse, olfateando dedicadamente algo.

- ¡Ranma, levántate!- Gritó el otro, asustándolo por el abrupto recobrar de energías.

Decidió guardarse las preguntas para después siguiendo, por primera vez sin chistar, la dirección que recorría Ryoga. Estaba detrás de él, por lo que entendió rápidamente qué era ese olor que lo había hecho reaccionar a tiempo. Traía la espalda chamuscada, la piel deshaciéndose como rastros de colillas de cigarrillos. Su pelo también se quebraba ante el movimiento. Ambos se habían desmayado momentáneamente sobre las piedras hirvientes, y tenían la piel al rojo vivo.

Desde un árbol, intentando respirar algo del aire menos turbio que se encontraba cerca a la copa, pudieron ganar cierta sensación nuevamente. Dolía, pero dolería más al día siguiente. Posiblemente, la piel quemada se tensaría y arrugaría, haciendo que fuese imposible estirarla sin romperla.

- Yerno, chico cerdo, van a tener que bajar de ahí. Y más vale que sea más temprano que tarde.- Decretó, desapareciendo el tronco con un golpe certero de un Bakusai Tenketsu impecable.

Ambos cayeron de nuevo al suelo rocoso y volcánico, saltando de un lado a otro porque las suelas de sus zapatos estaban derritiéndose y fusionándose con sus propias plantas del pie. La agitación de sus disparatados vaivenes hacía que sus pulmones trabajasen mucho más. El inhalar tan ansiosamente ese vapor fogoso que había reemplazado al oxígeno normal, estaba provocándoles quemaduras desde el interior.

- ¡Pequeña anciana malévola, nos vas a matar!- Vociferó Ryoga, tropezando con Ranma en medio de la desesperación por evitar seguir pisando la lava plástica en la que se habían convertido sus botas de montaña.

- Así es como se siente el Bukkorosu Zo de Kano, par de tontos. Si no pueden pelear en estas condiciones, van a ser masacrados.

"Tan solo podré durar un par de minutos más así", se dijo Cologne, empezando a sentir un tintineo involuntario en su seca epiglotis. No tenía más saliva, la resequedad de su boca estaba notándose ya en sus labios cuarteados. Ryoga y Ranma no lo habían notado, estaban demasiado atontados por el calor sulfúrico del entorno. Ellos todavía podrían durar unos veinte minutos más antes de deshidratarse por completo. La técnica que podría derrotar al extinto e infernal Bukkorosu Zo dependía del agua en sus cuerpos. Y ella ya se estaba quedando sin una gota. Y el entrenamiento verdadero ni siquiera había comenzado.