Capítulo 10

Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Un gran bostezo gutural se desprendió de su boca, luciendo dos gruesos colmillos de punta redonda. Había sido un día de trabajo duro, sobre todo porque había hecho horas extras en el consultorio del doctor Tofu. El dinero no estaba de más, pero lo que realmente había valido la pena todo el esfuerzo había sido el pequeño papel que ahora guardaba recelosamente cerca de donde sea que también guardaba los letreros y marcadores con los que se comunicaba cuando estaba en su forma maldita de panda.

Había sido una misión fructífera y muy corta. Creyó que le tomaría más tiempo, pero ahí estaba, la página 685 del libro de biología antigua del doctor Tofu. Un enorme manuscrito garabateado a mano, con decenas de notas en diferentes caligrafías de todos los tamaños en los márgenes.

Lo había hallado de milagro. Estaba en su descanso, dispuesto a terminar el día luego de haber dejado que cerca de 5 niños le pellizcaran la afelpada piel mientras los apoyaba en sus fisioterapias semanales. Había ido a la pequeña pero bien surtida biblioteca del consultorio, a balancearse sobre el lomo con una pelota de playa entre las patas y así liberar el estrés. Ser un panda siempre era menos estresante que ser un hombre.

Y entonces el libro de ochocientas y pico hojas le cayó en la cabeza, tan fuerte que de la impresión reventó la pelota. Y era con la que más le gustaba jugar. Se disponía a arrojar el libro contra la pared para darle una lección cuando lo leyó. "Punto de calor central". Un título mucho menos atractivo que el de "Moxibustión debilitante", pero contenía la palabra clave que buscaba, así que no dudó en arrancar algunas páginas.

Había podido leer un poco antes de irse, pero lo acabaría llegando a casa. De acuerdo con los primeros párrafos, el punto de calor de un hombre estaba ubicado en la parte baja de su espalda, justo en el nacimiento de su columna vertebral. Una pequeña sección mostraba la ubicación exacta de dicho punto, usando dos figuras anatómicas. Aparentemente, el punto de la mujer distaba bastante del del hombre, centrándose en su vientre, pero eso se explicaba a más profundidad en el siguiente capítulo y no iba a perder el tiempo con eso.

Era un libro muy viejo, con notas complejas en diferentes tipos de letra por doquier, que parecían jeroglíficos o, incluso, maleficios en latín. Los márgenes estaban llenos de pequeños manchones, la tinta, corrida seguramente por el tiempo y las lágrimas frustradas de cientos de estudiantes, se había corrido. Seguro había pasado de generación en generación… y con un poco de suerte, el doctor Tofu no se daría cuenta de que su rechoncho libro había sido mutilado parcialmente.

Pero Genma estaba decidido a aguantar la decepción que el buen doctor mostraría cuando lo confrontase si se llegaba a dar cuenta. Valía la pena si lograba replicar la técnica de Happosai en Kano, y con el viejo sin aparecer por los alrededores en tanto tiempo, no habría nadie que pudiese contrarrestar la técnica.

Seguramente lograría sacar del juego al recién llegado. Lo ideal sería aguardar al día del duelo. Así Ranma ganaría "limpiamente". Claro está, no le contaría sus planes a su orgulloso hijo. Con su manía por llevarse a la boca cualquier cosa que le fastidiara lo suficiente, sería capaz de tragarse las hojas que había arrancado tan sigilosamente y arruinarlo todo con tal de no someterse a una victoria con trampa. Pero, ¿qué quedaba? Había algo extraño en ese tal Kano, empezando por el hecho de que Akane lo hubiese aceptado de tan buena gana en tan poco tiempo.

La seguridad que parecía mostrar Akane al hablar sobre el duelo en sus cartas… la pequeña Tendo sabía lo talentoso y astuto que era Ranma para el combate. El chico no sabía hacer nada más que pelear. Era su destino. Ser un digno maestro de artes marciales. No, un gran maestro. Qué rayos, ¡el mejor maestro de Japón! Con un récord invicto, su hijo no podía perder contra Kano. Había ganado cada batalla. Le había ganado a la misma muerte, y la pequeña niña traidora se rehusaba a reconocer que su hijo tenía el derecho de reclamar su corazón. ¡Ella lo amaba! ¿Cómo es que había cambiado tan de repente? ¡¿Cómo pudo?!

- ¿Hola, control de animales? ¡Hay un panda gordo atacando un auto!- Gritó un transeúnte a través de su teléfono, mientras lo apuntaba con un dedo tambaleante.

Quizás no era buena idea andar por la calle tan libremente en esa forma. Corrió tanto como pudo hasta desaparecer de la calle. ¿Dónde estaba el agua caliente cuando la necesitaba? ¡Ah, qué más daba! Seguramente no lo encontrarían los de control de animales. No era la primera vez que pasaba. Nunca lo atrapaban. Era bastante rápido para ser un panda "gordo". Era el pelo. No era gordo, solo estaba… pachonchito. De todas formas, de vuelta a sus pensamientos. Ah, sí, a la hija de su amigo Tendo. O ex amigo. Él también se había portado como todo un traidor. Mira que atreverse a aceptar de tan buena gana a Kano cuando ni lo conocía. Solo por las cartas. Cartas que podrían haber sido enviadas por cualquiera. Y fotos, fotos que podrían haber sido trucadas. ¡Y unas pantaletas! Como si no hubieran más calzones en el mundo. ¡Qué coraje!

- ¿Se puede saber por qué estás montando un circo en la calle?

Una ola de agua hervida se estrelló contra su cara, con todo y tetera. Se notaba que acababa de retirarse del fuego porque estaba tan humeante que le empañó las gafas de inmediato. Su piel, ahora humana, emitía vapor. ¿Quién más que su dulce esposa podría encontrarlo?

- ¿Qué haces aquí, mujer? Ya es muy tarde.- Rebuznó, limpiando el vidrio de sus lentes.

- Ni tú ni Ranma volvían y me preocupé.

Detuvo su faena por un momento. ¿Acaso temía que volviesen a desaparecer? Se habían reencontrado después de tanto y retomado la vida como si el tiempo no hubiese hecho más que ausentarse por un instante. Un parpadeo, y la vida ya era lo que era. Pero ella aún desconfiaba, y no podía culparla.

- Estoy haciendo un turno extra, te lo había dicho.

- Sí, pero ¿y Ranma?

- No voy a huir ahora con él, ¿verdad? Ya tiene edad suficiente como para decidir dónde quedarse.- Dijo, ignorando la voz de la razón que le trataba de recordar que ya antes había hecho el intento de huir con su hijo adolescente, temiendo el reencuentro.

Empezaron a caminar lado a lado, la tetera vacía reposando entre los brazos de su mujer.

- Y sé que quiere quedarse contigo.- Comentó, mirando de reojo a la delicada persona de quien Ranma había heredado la mayoría de sus rasgos.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, pero falta de alegría.

- No sé dónde está ahora.- Comentó, tomando en un movimiento muy natural y, sin embargo, muy lento, el brazo de su esposo.- Pensé que tú lo sabrías.

- ¿Tampoco avisó en casa?- Preguntó, refiriéndose a la casa de Soun, que nunca había dejado de sentirse como su hogar.

- No, nadie sabe a dónde fue.

- Seguramente me dejó un mensaje escrito en algún sitio.

- Pero, Genma, y si…

Su boca se negó a decir más. Ahí estaba otra vez. Esa enorme y palpitante preocupación, una forma de querer que Ranma había heredado exclusivamente de su madre. Ambos tenían una inclinación natural hacia la intranquilidad. Bastaba con que algo estuviese fuera de sitio como para que ya pensaran que algo más, algo malo, había pasado.

- Él ha estado tan decaído últimamente. La última vez tampoco avisó a dónde iba y… y luego… la forma en la que regresó… y no dice nada... ¿por qué no dice nada, Genma?

- ¡Mujer!

La tomó de ambos hombros, con determinación. Debía parar. Ese no era el hijo que le había prometido que iba a criar.

- ¡Tienes que tener fe en nuestro muchacho, Nodoka!

- ¡Oh, Genma!- Sollozó.

Y lo que pudo haber sido un instante íntimo y cálido, se convirtió en un momento inquietante cuando Nodoka, en vez de posar su frente sobre el pecho de su esposo y dejar que la abrazara y consolara, decidió aferrarse al mango de la katana.

- ¡Tienes que hablar con él! ¿Me entendiste?- Le ordenó, el chispeante sonido del arma cantando en los tímpanos del hombre.

- S-sí, hablaremos pero…

- ¡Pero nada! Yo ya he intentado hablar con él y no quiere decirme cómo se siente. Si no habla, se va a sentir peor. ¡Y no estoy dispuesta a verlo decaer más! Si no quiere decirme a mí qué tiene en la cabeza, entonces te lo dirá a ti. ¿Has comprendido?

Con una seguidilla de enérgicos sí, el patriarca de los Saotome logró aplacar la voluntad de su mujer.

Más lejos de ahí, bastante más lejos, estaba el heredero de la pareja de esposos. Poco se preguntaba él qué estaría pasando con sus padres. Les había dejado una nota en la habitación de huéspedes que el señor Tendo siempre tenía disponible para ellos dos. Ya que sabía que habían pasado la noche anterior ahí, pensó que estaría lo suficientemente a la vista.

¿La habría encontrado su madre? Había estado tan ensombrecida en los últimos meses… por su comportamiento. Y era fastidioso pensar en eso. En que algo le había afectado tanto que había logrado hacer germinar en su familia una verdadera duda. Sabía que se preguntaban si estaría bien. Y lo estaba. Ahora lo estaba. Contrario a lo que había pasado con Ryoga, que parecía más abatido ahora que sabía de la existencia de Kano, él se sentía renovado. Ya sabía a qué se enfrentaba. Ese era el oponente a vencer. Era más sencillo si sabía a quién tenía que partirle la cara.

El azul oscuro del cielo se reflejaba en sus cuencas, del mismo color ante la luz natural de las estrellas. Ya tenía ahí acostado, sin poder dormir, cerca de dos horas. El ungüento preparado por la vieja momia picaba, pero podía sentirlo actuar. Era potente, logrando cicatrizar las heridas de las quemaduras más rápido de lo que creyó que sería posible.

Lo comprobó al ver la espalda de Ryoga después de que la vieja terminara de embadurnarla con aquella sustancia pastosa y apestosa. La carcomida piel se regeneraba a una velocidad inverosímil. ¿Qué clase de secretos imposibles guardaba ese diminuto y pérfido remedo de banshee semi retirada? Seguramente Shampoo le conocería ya varios. Y ahora que lo pensaba, solo esperaba que la pomada no fuese una especie de brujería romántica para, nuevamente, tratar de inducirlo a desposar a la amazona.

¿Qué hora sería? Su tienda, vacía, se mecía levemente ante el viento taimado de la montaña. Había preferido pasar la noche recostado sobre las piedras frías y lisas de la pendiente, tan diferentes a los rocones volcánicos que se hallaban al pie del inmenso coloso de tierra donde reposaban. La vieja momia los había obligado a beber galones de agua hora tras hora, así que era más cómodo quedarse al aire libre y esperar a la siguiente llamada de la naturaleza.

Ese era un valle desconocido. No estaba particularmente lejos de casa, pero su acceso estaba prohibido. La zona había estado destinada a convertirse en un resort de baños termales, pero los géisers eran tan salvajemente calientes que nadie podía internarse entre el paisaje sin ser cocinado.

Incluso desde aquella alta pendiente, podía escuchar la erupción de los géisers. El aire expulsaba una corriente de agua hirviendo que, aunque no llegaba hasta ellos, se hacía notar en la brisa, de pronto, más cálida. Con la espalda contra las rocas, tendido a sus anchas, observando el cielo nocturno que, en silencio, lo miraba, se preguntó si estaría bien.

¿Estaría sola? Cuando él se marchó a entrenar con Ryoga y la anciana Cologne, el gorilón todavía estaba en casa de los Tendo. Si se había quedado este día también, sería su segundo día ahí. Entonces, ¿dónde había dejado a Akane? Si estaba sola… No debería de haberla dejado sola. ¿Qué estaría comiendo? La pobre tonta podría terminar intoxicándose a sí misma. ¿Y el dinero? Y los… los chicos. O los hombres. ¿Alguien estaría molestándola? Podía defenderse bien sola, pero…

- Argh, deja de pensar tonterías.

¡Claro que estaría bien! Era una marimacho fuerte. Y una completa traidora. ¡Y el señor Tendo también era un traidor! Y Nabiki. ¡Y hasta Kasumi! Familia de traidores. Sus padres eran amigos, ¿cómo había podido el señor Tendo simplemente olvidarse de que ya había comprometido a su poca femenina hija con él? ¡¿Qué nadie sabía lo que era la lealtad?!

- Ugh… ah… Aka… Akane…

Miró hacia la tienda cerrada de su rival y amigo. Pobre, él siempre había mantenido la esperanza. Incluso teniendo a Akari… bueno, pobre de él quizás no. Pobre Akari, Ryoga siempre había mantenido la esperanza, equivocadamente, y Akari siempre había mantenido la esperanza, también equivocadamente. Qué gracioso… todo siempre era un ciclo de amores no correspondidos. Casi le había parecido que él había quedado excluido de ese grupo al que pertenecían también Kuno, Shinnosuke, y otros nombres porque… su… su amor sí…

- Akane…- Escuchó otra vez la lastimera voz de Hibiki.

Al ver su silueta, delineada por la fogata, en un lado de su tienda de campaña, no pudo hacer más que sentir pena. Ryoga sufría, pero era más expresivo con respecto a su dolor. Siempre había sido así. Por eso nadie había saltado ante sus reacciones. Era normal que el emocional muchacho destruyera cosas o rompiera en un estoico llanto. Aún así, no soportaba ver su sombra, amplificada por la luz del fuego, retorciéndose. Al fin y al cabo, él entendía bien por lo que el de la bandana pasaba.

- Ranma.- La voz, de tonalidad tan arrugada como la cara de quien hablaba, perturbó al chico de la trenza.- ¿Quieres ir a decirle a Ryoga que termine de una vez y duerma? Nos espera un duro despertar.

"Pero qué vieja tan desalmada". Solo atinó a asentir, tragándose sus palabras. La necesitaban. Sin el pervertido geriátrico del maestro Happosai, ella era la única capaz de entrenarlos. Se incorporó con más lentitud de la que pretendía. Todavía tenía las heridas frescas. Se puso de pie con dificultad. Sus plantas también estaban adoloridas, las quemaduras atenuadas por la mágica pomada.

- Ugh… Akane, Akane…- Los gimoteos, menos lánguidos esta vez, del otro chico volvieron a oírse.

Aunque la anciana había mostrado ser más insensible de lo que él creía, tenía razón. No era momento de lloriquear por la esquiva Akane y sus sentimientos menguantes. Cuando el sol naciera, tendrían un día de pruebas que prometían rebasar sus límites. Finalmente, además, Cologne les diría lo que conocía sobre la misteriosa técnica que usaba Kano.

Ella les había dicho que no estaba segura del todo. Que quizás no era exactamente la misma, sino un derivado. Pero que, incluso siendo así, necesitarían prepararse. Porque la razón por la que nadie conocía mucho sobre esa técnica era porque… usualmente no sobrevivía nadie para dar testimonio sobre los detalles que la componían. En ocasiones, ni siquiera el mismo usuario de la técnica vivía lo suficiente. Ante una amenaza tan grande, lo último en lo que debería estar pensando Ryoga era en prenderle una velita a Akane en medio de la noche para rezar por su amor. Oía sus quejidos moribundos, ya a la puerta de tela de su carpa. La tenue luz que nacía de la fogata le permitía ver su silueta. El movimiento cada vez más alterado de su cuerpo, sus brazos espásmicos. Luego, abrió el cierre de la tienda completamente, que reveló…

- ¡Pe-pero ¿qué mierda…?!

- ¡Maldita sea, Ranma, sal de aquí!

La impresión de haberse visto descubierto en uno de los momentos más febriles y más vergonzosos de su vida hizo que su corazón bombeara la sangre suficiente como para hacer que su miembro reaccionara y disparara en dirección hacia el techo. Un grueso chorro de líquido blanquecino se desprendió de la parte superior de la carpa, cayendo de lleno en el pecho de un enrojecido, escandalizado y sudoroso Ryoga.

- ¡Lárgate de una vez, estúpido!

Torpemente, el joven de la bandana se subió las prendas inferiores hasta dejar, nuevamente, su ahora adormilado miembro cubierto. Pero Ranma no se iba y su boca, abierta, no lograba formar palabras. Sus ojos, por otro lado, convertidos en un remolino de dagas flotantes, cortaban la imagen que tenía frente a sí con vileza. Sin pensarlo, se abalanzó dentro de la carpa, asustando a Ryoga por la repentina acción y obligándolo a tirarse hacia atrás.

- ¡Dame esa foto!

- ¡Que salgas de mi tienda!

¡Tenía que ser Nabiki! ¡No podía ser otra persona! Él había visto cómo la foto de Akane en la cascada se había ido con Kuno. Kuno jamás compartiría algo así, el atrevido seguramente había guardado la pieza en su colección privada. Nabiki, por otro lado, tenía sus tretas. Tenía que haber sido ella quien le consiguió una copia a Ryoga. ¡Y él… él… se había… había…

- ¡Maldito puerco asqueroso! ¡Dame la foto!

- ¡Es mía, desgraciado!

- ¡Ya basta!- Resondró la anciana de cabellos blanquecinos.

Usando su bastón para batear a ambos muchachos fuera de su vista, ambos cayeron pendiente abajo, rodando dentro de la tienda de campaña y estrellándose sin control uno con otro. La frente de Ranma chocó contra los dientes de Ryoga, y el estómago de Ryoga chocó contra las rodillas de Ranma. Una y otra y otra vez. Para cuando llegaron al suelo, ya estaban semi noqueados. Pero no lo suficientemente aturdidos como para no darse cuenta de que el inexplicablemente abrasador suelo, que derretía el ungüento en sus pieles y lo convertía en una aceitosa y maloliente materia, podía acabarlos.

A duras penas lograron escalar lo suficientemente alto como para no asfixiarse por el aire tórrido que agrietaba todo lo vivo. Las uñas de Ranma habían cedido ante la aspereza de la ladera, por lo que Ryoga pudo sentir sus toscas yemas tratando de alcanzar la mano en la que todavía mantenía la foto bien sujeta. Pero ni siquiera estar al borde de la muerte podría arrancarle aquel pequeño tesoro. Había pagado por él y era suyo, y no iba a entregárselo.

- ¡Nos vas a matar, ¿qué haces?!- Gritó, cuando el otro se trepó a su espalda desnuda, aferrando su cuello con su antebrazo, procurando no caer ante el contacto resbaladizo con la pomada, ahora líquida, que todavía quedaba en sus cuerpos.

- ¡Te dije que me la des!

Con su mano libre, trató de hurgar entre los dedos de Ryoga. Pudo atrapar su muñeca y ejercer presión. Quizás si se la rompía podría lograr que soltase de una vez eso. Tenía que hacerlo. Le arrancaría la mano, en todo caso. ¡Debía arrancársela de una vez! Esa era la mano que había usado para… para… con la foto de Akane… con Akane… ¡¿cómo se atrevió?!

La debilidad todavía estaba presente. Sostener su cuerpo, pegado a la montaña, y el de Ranma, colgado a su cuello, con las piernas libres sin soportarse en nada… sus dedos no aguantaron. La segunda caída fue peor porque cayeron verticalmente, en lugar de rodar como la primera vez. Y tampoco había una carpa de por medio que los librase de un contacto directo con el terrible terreno ígneo.

- ¡Suéltala!

Sus pies estaban pelándose, no podían permanecer más tiempo ahí. Una vez que la piel exterior, protectora, cediera, su carne empezaría a freírse gracias a la pomada de consistencia aceitosa ahora.

- ¡Pues ya que tienen tanta energía para atender asuntos como estos, a entrenar!- Gritó una voz femenina y temblorosa.

Resignada, la abuela de Shampoo no pudo seguir entreteniendo más la idea de cerrar los ojos y descansar. Ellos no pararían. ¿Qué clase de embrujo les había lanzado la chica Tendo que ninguna amazona conocía?

La madrugada fue eterna, y solo el cielo nocturno pudo observar cómo dos amigos se batían en medio de un reguero de sangre. El suelo rocoso había sido tatuado por el carmesí del fluido vital de ambos hombres. Cada vez que un nuevo chorro emanaba de una nariz, ceja o de una cortada profunda producto de un golpe con un codo afilado, un "ssssssst" inundaba el ambiente. Las rocas lo evaporaban todo, incluyendo la energía de unos cansados muchachos que aún no lograban aplacar su cólera.

La foto de Akane se había roto, pero Ryoga conservaba la parte superior, donde el rostro feliz de la chica parecía decirle que continuase, que todavía podía ser suya. Ranma tenía la parte inferior y, aunque los muslos de Akane no hablaban, esa apretada prenda de ropa mojada parecía decirle que leyese sus otros labios. Los que nunca había leído pero que en más de una ocasión se había imaginado entreabriendo con tímidos besos a los que el pudor no les ganaba y los retraía. Labios que esgrimían en sus pliegues abultados que había sido siempre su destino ser suya. Y que no podía permitir que fuera de nadie más. No sería de Ryoga, mucho menos de Kano.

- Son un par de tontos.- Refunfuñó Cologne, que se había mantenido a una altura considerable para poder respirar.

Ninguno había podido usar sus técnicas principales, que ella con tanto esmero les había enseñado. Vaya forma de agradecerle por el tiempo y el esfuerzo. Se habían dedicado a agarrarse a puñetazo limpio, olvidando por completo que existía un universo llamado Artes Marciales. Atrás había quedado la forma y el ingenio, la flexibilidad y la agilidad, lo único que importaba era quién golpeaba más fuerte. Y de esa forma, solo lograrían que Kano los pulverizara fácilmente.

- ¡Se acabó! ¡Suban de una vez!- Ordenó, decepcionada por la poca contención emocional de ambos sujetos.

Pero, por más que les repitió el mandato hasta en tres oportunidades, ellos no se despegaron de la tierra. Un olor metálico ascendió hasta su nariz. ¿Cuánta sangre habían perdido? Lo único bueno de pelear en semejante terreno es que sus heridas podían cauterizarse instantáneamente. ¿Lo malo? Si no salían de ahí, lo descubrirían.

- ¡Tienen que subir ya!

Determinada a sacarlos de ahí antes de que perdieran ambas piernas, porque la cabeza ya la habían perdido, la anciana saltó e inhaló hondamente el aire libre que existía por encima del fogón que se cocía más abajo.

- ¡Hiryū Shōten Ha!

El rostro de Akane y sus labios ya no eran visibles debido a las manchas rojas. Ryoga había perdido la foto, y Ranma ya no podía ver en el trozo que tenía un futuro con la que seguía siendo su prometida hasta que sus propios labios, los de arriba, esbozaran un "el compromiso está roto". Y era gracioso pensar en ella mientras él y su gran rival y amigo volaban por los aires. Y era aún más chistoso seguir pensando en que no podía creer que se hubiera ido por cuatro meses sin decirle nada a nadie y enviado a su nuevo lo que sea en su representación. Era chistoso pensarlo mientras una diminuta anciana lo jalaba a él de la trenza y a Ryoga del copete montaña arriba. Quizás habría podido reírse si es que no se hubiese puesto a pensar en que la Akane que él conocía jamás hubiese hecho semejante cosa para herirlo. De no ser porque, finalmente, él había logrado lastimarla lo suficiente como para hacer que lo odiara al extremo de conseguirse a otro sin remedos.

Quizás habría podido reflexionar más en un estado consciente de no ser porque el dolor flagelante de las llagas en carne no tan viva y, más bien, frita, le arrancaba latidos discontinuos a su corazón. El olor era espantoso. Pero peor era el sonido. Un sonido que anunciaba que la piel ya estaba… crocante. Habían hecho una estupidez, y la había empezado él.

- Será mejor que cierren los ojos y no miren.- Les advirtió Cologne.

Hubiese gritado si no hubiese tenido aún aire caliente hinchándole los pulmones como dos globos aerostáticos, que no podían ascender porque una jaula de huesos se lo impedía.

- Te dije que no miraras.

Ryoga estaba despierto también, siempre había sido resistente, pero había mantenido la vista fija en las estrellas, la palma de la mano aún encerrando con fuerza su porción de lo que quedaba de la desfigurada fotografía. La piel, ahora ennegrecida, muerta, de sus piernas se había mezclado con los trozos de ropa. ¿Así terminarían? ¿Sin tan siquiera haberse enfrentado a Kano? El olor nauseabundo de la pomada de la vieja hirió sus sentidos.

- Quédense aquí... tengo que ir por algo.- La mujer echó a andar apresuradamente, para luego volverse.- Esto no es una broma o una cosa ligera. No. Se. Muevan.- Los aleccionó, y ambos supieron por sus ojos, redondos y conmocionados, que el resto de sus vidas dependía de lo que sucediera esa noche.

No cruzaron palabras ni miradas. Todo había comenzado por algo que ya hasta parecía cómico a puertas de la extinción. Ryoga continuó abrazando a las estrellas con su visión soñadora. Hacía mucho tiempo que había logrado reconciliarse con el dolor y, aunque este en particular era significativamente más de lo nunca antes había padecido, sabía que podría soportarlo lo suficiente si tan solo se concentraba en respirar.

Ranma, por su lado, decidió dejarse ir. Estaba cansado. Él no había podido verla bien. Su cara no se le había olvidado, como cuando se olvidó de la de su madre tras años de no haberla visto. Pero no podía calcar su sonrisa en su memoria. Y ella era bonita cuando sonreía. Quizás no recordaba cómo se veía cuando reía porque pocas veces la había hecho reír. Eran más las ocasiones en las que la había hecho enojar. Se desmayó rememorando la madrugada del tercer día de esa horrible semana, cuando Shampoo cometió la estupidez de tratar de lastimarla de gravedad.

NOTA de la autora:

¡Este fic continúa! No hay forma de abandonarlo :) Tengo mucho trabajo (gracias a Dios), así que tengo que atender lo demás primero. Como trabajo escribiendo, estoy desgastada creativamente la mitad del tiempo. Pero siempre es reconfortante poder dedicarle tiempo a mis propias historias. Es el bálsamo apestoso de mi imaginación :P Cura todo.

El próx capítulo continuará con el Día 3 y parte del Día 4, ¡me emociona mucho que estemos cada vez más cerca de saber qué pasó en el nefasto Día 7! No me emociona por lo que pasó sino porque estoy orgullosa de cómo lo escribí. Le puse mucho empeño e invertí muchas emociones. Nos leemos el próx lunes, si esta semana las cosas se relajan :)