El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen.

Para Jacque-kari.


La canción de la oscuridad y los sueños

1.

Caer


Una gota cayó sobre agua estancada.

Hikari parpadeó lentamente, emergiendo de un sueño y el sonido lejano, un goteo, acompañó el despertar como algo más tangible que una idea, como algo menos cierto que una realidad. El sonido hizo eco dentro de ella, en cada fibra de su ser, y se expandió por todos los rincones llenando sus oídos. Y el espacio que la rodeaba.

El sonido del agua lo llenó todo por una eternidad finita y, tras un latido, se evaporó.

Luego, mientras tomaba noción del lugar en el que estaba, reconoció el abrigo de su hogar y la melodía distintiva de su celular.

Miko maulló en protesta cuando ella se enderezó en el sillón y el movimiento lo desterró de su sitio elegido para el descanso.

—Lo siento —se disculpó.

Se preguntó vagamente si Tailmon habría puesto los ojos en blanco al verla hablar con Miko. Sin embargo, Tailmon estaba en el Mundo Digital y, supuso, sabía la respuesta.

Buscaba motivos para pensar en ella porque la echaba de menos.

Había pasado tiempo desde la última vez que la puerta al Mundo Digital se había abierto. Koushiro-san sospechaba que había ciclos en los cuales las distancias entre los mundos se acercaban y el acceso era más fluido pero eran periodos tan irregulares que eran casi imposibles de adivinar. Takeru creía que la puerta digital volvería a abrirse y ella, desde luego, también.

En el entretiempo solo quedaba la espera y el anhelo.

Suspiró.

Notó, con algo de frustración, que se había quedado dormida con su uniforme y que las arrugas de la tela no desaparecerían pronto. Al menos, pensó, estaban en las puertas del fin de semana. No tendría que plancharlo ese día. Frotó sus ojos y miró la falda verde por un largo momento, tratando de mantener la viveza del color en su mente.

La televisión rompió la quietud como si hubiese recordado de repente que nunca había sido silenciada.

Hikari contempló la pantalla, absorta. Solía encender la televisión cuando estaba sola y, más veces de las que no, se quedaba mirando programas tontos, esos que su papá siempre ponía para que vieran cuando era niña. Llenaba el silencio de ruido y su mente, de buenos recuerdos.

Estiró la mano para tomar su teléfono y sonrió al leer los mensajes.

Uno era de su hermano recordándole que debía esperar a Yamato porque él le tenía que llevar los apuntes de la escuela —Yamato-san se suponía que iba a otra clase y aún así siempre ayudaba a estudiar a Taichi, sin importar cuantas veces dijera que sería la última vez— y la gran mayoría eran de Takeru. Él solía mandarle un montón de mensajes por día así que no le sorprendía el número ni que la mayoría fueran imágenes o cosas que él encontraba graciosas. El último, que tenía menos de un minuto, resaltó entre los demás.

[2:13 p.m.] Takeru: ¿Todo bien?

Además que no tenía conexión con todo lo anterior, Hikari tuvo un ligero escalofrío al leer el texto. Takeru la sorprendía a veces, con lo rápido que podía adivinar que ella se sentía mal, pero que hubiese anticipado su pesadilla era otro terreno por completo.

Era ridículo.

Hikari no recordaba qué había soñado. Solo que algo le apretaba un poco el pecho y la dejaba sin aliento, una sensación que no parecía querer abandonarla. Una inquietud que amenazaba con no dejarla respirar. Las imágenes eran difusas, recuerdos y pensamientos que no llenaban del todo los espacios en blanco sino que difuminan aún más el significado.

Le envió a su mejor amigo una foto de la pantalla del televisor para que viera lo mismo que ella estaba mirando y se sonrío al ver las caritas sonrientes en la respuesta.

El don de Takeru era siempre hacerla sonreír.

Envió un mensaje a Taichi diciéndole que sí, que ella recordaba que Yamato iría a la casa y no tenía que preocuparse, que las clases en el club se habían suspendido por la semana.

[3:30 p.m.] Takeru: Tardaste un buen rato en responder.

[3:31 p.m.] Takeru: Pensé que mi conversación te había aburrido, dormilona.

[3:31 p.m.] Takeru: Me estaba sintiendo horriblemente insultado.

[3:46 p.m.] Takeru: Tenemos que salir en bicicleta. Hace semanas que no lo hacemos.

Hikari puso los ojos en blanco, pero sonrió.

Se suponía que Takeru estaba en el club de baloncesto. No tenía por qué estar mandándole mensajes y ke escribió justo eso. El entrenamiento es importante, le insitió.

Vio que Miko se acomodaba de nuevo en el sillón para seguir durmiendo y deseó poder hacer lo mismo. Hasta que recordó la sensación con la que había despertado.

—Es bueno que no pueda recordar todo lo que veo en sueños, ¿verdad?

Hikari subió el volumen de la televisión un poco más de lo que hubiese preferido, pero el silencio de su casa vacía le hizo sentirse incómoda. Sus padres habían salido de la ciudad para quedarse con su abuela y con Taichi y los digimon también ausentes se percibía el vacío como un ente. Un compañero en el mismo piso que ella. Sacudió la cabeza y se levantó del sofá castigándose por el pensamiento.

Mejor hacer algo útil que quedarse varada en ideas y memorias.

Le apetecía mucho comer un poco de helado, pero se había terminado el último pote la noche que Miyako se quedó a dormir. Y no podía ir a la heladería hasta que Yamato dejase los apuntes para Taichi. A pesar que Hikari había tenido una impresión muy fuerte de Yamato de niña, sabía perfectamente cómo era. No era solo amable y cálido debajo de la fachada en apariencia distante, sino que también había sido siempre comprensivo.

No le reprocharía jamás los momentos de espera. Ella sí que se sentiría mal por los minutos robados.

De cualquier forma le sentaba mal la idea de ausentarse, aún cuando fuese por unos momentos, debido a la posibilidad que sus horas se cruzaran y sus caminos no, porque se sentía como si estuviese huyendo.

«Eres la hermana de Yagami Taichi, el elegido del valor. Podrías pedirle prestado un poco. Recuerda que no siempre...»

Hikari sintió el repentino impulso de mirar por encima de su hombro, hacia atrás.

El agua retrocedió por un momento, lejos de sus pies, pero la marea atacó nuevamente hacia adelante y al parpadear solo podía ver... el...

«No», pensó con una repentina ráfaga de frustración.

Una ola de inquietud —muy, muy familiar— hizo que su estómago diera un vuelco y raíces invisibles se enredaron en sus pies dejándola inmóvil, incapaz de moverse.

Una gota cayó sobre agua estancada, y luego otra.

Y luego otra.

«No».

Entonces sonó el timbre. Repetidas veces. Una vez detrás de otra, incontables. Parecia que la impaciencia había vencido a los buenos modales y la persona al otro lado reclamaba, enojada, su atención.

«Alguien... enojado».

Libre de ataduras invisibles, ignorando los espejismos de agua, Hikari se apuró hacia la entrada.

Llevaba años sin pensar en ese lugar y no se atrevía siquiera a completar el pensamiento para no evocar el recuerdo, para evitar la evocación del gris y negro.

Abrió la puerta con una sensación de alivio.

—¡Yamato-san! —dijo.

Yamato Ishida, en efecto, estaba del otro lado. No obstante, su mano estaba en el aire, suspendida en una acción que no llegó a cumplir y sus ojos, el azul de un mar profundo, esbozaban un ligero desconcierto.

No había tocado.

Hikari, demasiado agitada para el poco recorrido que había trazado, pensó en lo distinta que era esa mirada de la de su mejor amigo. Llevaba tanto tiempo atenta a la mirada de Takeru que podía ver el parecido entre ellos, y sus diferencias.

Quiso preguntar qué había encontrado Yamato en su cara porque, tras estudiarla por un infinito minuto, sus ojos se entrecerraron y buscaron algo dentro de la casa, a sus espaldas.

Hikari pensó en el timbre que sonaba incesante y en agua estancada, agua turbia. Y una cueva. Una cueva que no conocía.

—¿Te encuentras bien? —preguntó él finalmente, estudiando su rostro con atención. No había ningún rastro de ira en su tono.

Tragó saliva.

—Estoy... —Hikari quería decirle que sí, que estaba bien. Que se había quedado dormida y que pensó que llevaba tiempo esperando, que le había parecido escucharlo llegar. Y el timbre. Las palabras se negaron a salir. Sacudió la cabeza y algo se sintió extraño. Un hormigueo bajo su piel, un cosquilleo en la nuca—. Sí.

Yamato pestañeó.

Hikari vio que levantaba su mano de nuevo, dejando atrás el titubeo que había visto en él para dibujar un movimiento firme, y luego sintió su peso reconfortante en uno de sus brazos. La estaba ayudando a estabilizarse sobre sus pies.

Esperaba que el rubor que estaba pintando su cara no fuese tan obvio como imaginaba.

—No estás bien —concluyó él, apenas audiblemente. Sonaba como si estuviera exasperado, pero le dio la impresión que no estaba dirigido a ella ese sentimiento. Quería decirle que no se molestara, que no había problema con su pregunta.

—Me siento un poco mareada —admitió. Y no quería quedarse sola en su casa. El agua goteaba incesante y sentía que unos ojos la miraban desde los rincones. Pedirle a Yamato que se quedase con ella se sentía infantil y absurdo, sin embargo—. Estaba por dormir un poco. Taichi volverá pronto y-

—¿Te molesta si paso por un momento? —dudó Yamato. A pesar que la había dejado con la palabra en la boca, la pregunta era suave, sorprendentemente amable—. Quiero buscar un libro que le presté a Taichi y que él siempre se olvida de devolver.

«Mentiroso» pensó ella, sintiendo que se aflojaba un poco el nudo en el estómago mientras asentía. Una oleada de gratitud aligeró sus movimientos mientras dejaba el hueco de la puerta.

—¿Puedo ofrecerle algo para beber?

La línea de los hombros de Yamato se suavizó y asintió. Hikari sabía que solo abrazó la oferta para quedarse en la casa con ella por más tiempo y sintió el repentino impulso de agradecerle.

Las palabras romperían las excusas que él le estaba ofreciendo, excusas que eran para ella, para su comodidad y ella se las tragó porque no quería perder esa noción. Podría ser su pequeño secreto. Igualmente, a pesar de ello, le sonrió, sabiendo que la intención detrás del gesto alcanzaría a su acompañante.

La sonrisa que recibió de su parte, una que desdibujó la expresión seria y melancólica que asociaba con él, fue suficiente para entender que el mensaje había recorrido la distancia entre ellos.

—Prepararé un poco de té —dijo. No tenía caso ofrecerse a buscar un libro que posiblemente no estaba en el cuarto de su hermano.

Abrió la canilla para llenar la tetera y se quedó en la cocina una vez que dejó el agua en el fuego, esperando el hervor.

Súbitamente pensó en su abuela Tsuki, en la filosofía de chadō, la ceremonia del té, que ella le había enseñado. También pensó en una película de dibujos animados, la que incitó la conversación, y sintió que de nuevo algo se aflojaba dentro de ella.

Había olvidado la filosofía escondida. Lo único que recordaba el primero de los cuatro significantes, lo que implicaba la preparación. «Wa», armonía.

El pensamiento llegó como un bálsamo.

Se concentró en la luz de la tarde que se colaba por su ventana y que lo pintaba todo con un matiz naranja.

Pensó que no faltaba mucho para el primer hervor.

Las sombras de los rincones se le aparecieron sorprendentemente oscuras, sin embargo, mientras las miraba. La oscura silueta del sillón en el suelo parecía estirarse mientras más se fijaba en ella. Se alargaba más y más, oscureciéndose en lugar de aclararse, y desdibujaba su forma, se alteraba. Hikari vio que dibujaba una figura, no completamente humana pero sí familiar. Largos brazos y un rostro vacío. Y ojos. Ojos oscuros.

El sonido de las olas llenó sus oídos.

—El agua está hirviendo —dijo Yamato.

Hikari se tambaleó como si el mundo hubiese cambiado su eje y, repentinamente, hubiese regresado a su posición original.

«Armonía», pensó con ímpetu violento.

Armonía.

Armonía.

Yamato caminó lentamente hacia la cocina y, como esperaba, no llevaba ningún libro en sus manos.

—Lo siento —se disculpó.

Se sentía torpe, como si el aire fuese espeso y sus movimientos igual de toscos y desarticulados.

—No hay problema —respondió. Él no llenaba la habitación como lo hacían Taichi o Takeru, o incluso Miyako, que iluminaban el espacio de Hikari con el calor del sol radiante, pero de todos modos había algo familiar en su presencia, un reflejo de luz. Una luna, quizá. El pensamiento tiró de las esquinas de su boca en el bosquejo de una sonrisa—. Taichi esconde las cosas muy bien. No hay ningún rastro de mi libro.

Hikari asintió.

—Es mejor haciendo eso ahora —bromeó—. Antes era incapaz de esconder cosas.

—Algunos aprenden antes que otros.

No era una acusación. Hikari no percibió ningún sentimiento hostil debajo de la afirmación pero igualmente tuvo la tentación de preguntarle si hablaba de ella. O de él. O ambos.

—Gracias... por traerle los apuntes a mi hermano.

—Me quedaba de paso —dijo él.

Sonrió. Por supuesto. —Supongo que sí.

Yamato se quedó en la entrada a la cocina. No sé veía incómodo ni fuera de lugar. Hikari lo había visto en su casa muchas veces como para que ese fuera el caso. Solía estar con Taichi o Takeru más que con ella, desde luego, pero la familiaridad permanecía más allá de esos detalles.

—Sé que no soy ninguna de las personas que preferirías que estuviera aquí —Yamato dijo, tomándola por sorpresa. Hikari se había dado vuelta para servir el té así que la voz emergió desde algún punto sobre su espalda—. Pero…

—Lo —dijo ella. Sabía exactamente a lo que apuntaba. Los dos tenían, después de todo, más que un par de personas muy importantes en común. Se dio vuelta con la taza caliente en sus manos y pensó que hacía mucho más frío de lo que debería—. No es… No es lo que... Es que tuve un sueño que me dejó una mala sensación. Es todo.

Eso era todo, repitió en su fuero interno enfáticamente.

Yamato estiró la mano para aceptar la taza, su expresión más ligera en principio, pero Hikari vio que la inquietud se abría paso en el fondo de sus ojos, en su rostro, mientras la observaba.

No tardó en notar el motivo.

La taza se resbaló entre sus dedos y cayó, pero lo verdaderamente perturbador fue que su brazo parecía desvanecerse, difuminarse, como si estuviese a punto de desarmarse y rearmarse en el mismo sitio.

Hikari.

Yamato se adelantó, ignorando el agua derramada y la porcelana destrozada, para quedar frente a ella. Sus manos se posaron en sus brazos, piel caliente contra el frío que la envolvía.

—Estás helada.

La memoria del sueño se alzó, victoriosa, triunfal, detrás de sus pupilas. Vio el mar. Un mar tan negro que parecía estar pintado solo con la oscuridad más tenebrosa, esa que le aterraba, y escuchó el llamado.

La voz que escuchaba entre las olas era inquietantemente conocida, eco de algo que había escuchado muchas veces.

—No quiero ir —dijo Hikari.

—¿Ir?

—Le dije a Takeru que no iría a ese lugar nunca más —murmuró, frenética de repente—. Miyako dijo... Ella prometió que gritaría si...

Yamato no la soltó.

Alargó la mano para aferrarse a su camisa en un impulso que no comprendió.

—No iré —aseguró. Pensó en Takeru y en Miyako, en sus ojos preocupados y deseó decirles que no pensaba rendirse. Que no habría necesidad de ir a buscarla ni tampoco necesitaría que le gritasen para recordar que podía moverse. Pensó en Tailmon, que siempre habría creído que era fuerte—. No iré. No quiero ir. No iré.

Sin embargo, con una sensación de horror y desaliento, vio que no solo ella estaba desapareciendo.

El rostro de Yamato perdió color y su figura se desdibujó.

Poco a poco. Inevitablemente.

Recordó, con insólita claridad, el momento en el que conoció a Yamato Ishida. Ella tenía ocho años y el mundo se había pintado de rojo y negro, y sus padres habían sido secuestrados y su hermano la había dejado más de una vez. Ella le había preguntado a Yamato si Taichi estaría bien, si sus padres estarían bien. Y luego se había ido, se había ido porque era ella a la que Vandemon buscaba.

«Debería soltarlo», pensó.

Aflojó el agarre de sus dedos en la tela de su camisa solo para ver que él endureció la mandíbula.

No, Hikari —dijo. Su voz estaba llena de una intensa determinación. La mirada azul no vaciló mientras que se aferraba a ella y le pedía que no lo soltase—. No vas a ir a ninguna parte tú sola.

Y la oscuridad de un sueño vacío se los tragó.


N/A: Esta idea creció antes de lo que esperaba y ayer me salió este capítulo de una vez. ¿Es un Yamakari? Tal vez.

*Editado.

Gracias a Ciel por su ayuda :3

¡Y gracias por leer!