La canción de la oscuridad y los sueños
9.
Distorsionado
Takeru no sabía qué buscaba exactamente Gabumon. Tampoco estaba seguro cómo lo estaba buscando. Sus pasos eran firmes y la mirada en sus ojos, certera. El digimon sabía lo que estaba haciendo. Agumon, con Patamon cómodamente apoyado sobre su cabeza, lo seguía sin la menor vacilación. A sabiendas, con confianza. La imagen era una rareza por sí misma —Gabumon era mucho más tímido que Patamon, más reacio que Agumon a tomar la iniciativa—, pero Takeru no podía apreciarlo del todo. La preocupación le quitaba ligereza a todas las situaciones. Estudiando los alrededores no le ayudaba mucho tampoco, porque Takeru no reconocía nada en específico. Tenía una vaga noción de reconocimiento, como el que percibes cuando vuelves a pasar por el mismo lugar dos veces, pero que no alcanzaba a instalarse como noción de familiaridad.
Lo importante era que Gabumon sabía hacia dónde se dirigía. Tenía que confiar en él.
Se dio cuenta, con una repentina ráfaga de extrañeza, que no había dudado del compañero de su hermano, de sus palabras sobre lo que le había ocurrido, ni una sola vez. No debió haber sorprendido, en realidad. Él sabía la clase de relación que Yamato y Gabumon tenían. La confianza y la calidez de su vínculo, tan diferente a su relación con Patamon y tan similar al mismo tiempo.
—¿Por qué Yamato apareció en esta cueva? —dijo Taichi—. Es lo que no entiendo… Quiero decir, estamos asumiendo que la cueva conecta el Mundo de los Digimon con el Mar de la Oscuridad pero… ¿por qué Yamato no fue al mundo de los sueños solamente? Ese es el mundo que conecta al Mar de la Oscuridad con el nuestro. ¿Por qué no puede desaparecer como una persona normal?
Takeru bufó a su lado, el aire de una carcajada perdiéndose en la histeria subyacente. Taichi se anotó un triunfo en su lista mental, el silencio de Takeru era extrañamente incómodo.
En un sentido totalmente irónico, era apropiado.
Los silencios con Yamato nunca eran incómodos y, cuando empezaban a construirse alguna tensión, él nunca los llenaba con palabras. Para Yamato, el mejor lenguaje para el silencio era la música. Podía expresarse libremente con ella, tan libremente que te hacía olvidar la renuencia, la timidez. Takeru nunca se quedaba callado, siempre estaba llenado el espacio con palabras, con sus historias, con sus ocurrencias. Su mutismo era helado, lleno de una intensidad que hacía difícil respirar. Era un silencio lleno de palabras mudas, atravesado con todo lo que no estaba dicho. Takeru se asfixiaba en el silencio.
—Alguien aquí lo estaba llamando —dijo Gabumon. Su voz arrastraba una tristeza poco usual. En Gabumon, el tono era desolador.
La idea que manejaba Koushiro —y él era el que mejor entendía el funcionamiento del Mundo Digital—, era que la convergencia entre los mundos provocó que tres espacios terminase superpuestos, fusionándose en un espacio indistinto. El Mundo Real y el Mundo Digital, desde luego. Y el Mundo del Mar de la Oscuridad, a su vez. Yamato había quedado atrapado en el espacio que se formó entre ellos. Dividido y atrapado.
—Eso lo… bueno, lo entiendo, pero, ¿quién? ¿Cómo lo llamaba? ¿Por qué?
—Es como yo te llamaba, Taichi —respondió Agumon, con la sobriedad peculiar que salía a flote en las crisis. Solía ser un digimon muy despreocupado—. ¿Te acuerdas? Cuando la puerta se cerró y no podías venir… viniste cuando te llamé.
—Pero eso ocurrió porque yo quería ir a tu lado, ¿no? Se supone que eso es bilateral.
—No necesariamente —dijo Takeru. A Hikari la habían llamado del Mar y ella había tenido muchas dificultades para resistir. Posiblemente tenía que ver con la intensidad con la que alguien deseaba algo. O a alguien.
La respuesta tardó apenas un minuto en alcanzarlos. —Yamato.
—¿Qué?
Gabumon se detuvo, y miró por encima de su hombro con una expresión apenada. —Yamato estaba llamando desde esta cueva, ya lo entenderán. Él está solo, tan solo… Está cansado de estar solo. Ya lo verán… Debería haberme dado cuenta, debería haberlo visto…
—¿Ver, qué? —preguntó Agumon, inquieto.
—Que una parte de él se había quedado en esa cueva, que una parte de él había quedado atrapada. Creí…
El silencio que siguió a sus palabras era profundo, pesado, casi una presencia en el lugar.
—No entiendo —dijo Patamon.
—Ustedes no lo vieron —explicó el digimon—. Ustedes no vieron lo que pasó cuando se quedó mucho tiempo en esa cueva… Ninguno de ustedes estaba allí con nosotros. Ni siquiera Jou y Sora lo vieron.
Taichi frunció el ceño.
—Ah. —Takeru se detuvo por un momento, su expresión pensativa—. Ya sé… ¿Esto es de cuando Sora y Jou entraron en esa cueva…? Fue cuando fuimos a buscar a mi hermano antes de la pelea con Piemon, ¿no? Yo me quedé afuera.
—A Sora le pasó lo mismo que a Yamato —afirmó Gabumon, confirmando la suposición de Takeru—. Ella también quedó encerrada por un momento, atrapada en sus sentimientos más oscuros, pero Yamato ya sabía lo que había pasado para entonces. Él pudo ayudarle. Ella no estuvo allí mucho tiempo, nos tuvo con ella todo el tiempo.
Takeru vaciló.
—¿Y mi hermano?
Gabumon agachó la cabeza, sus ojos se fijaron en el suelo. Estaba temblando ligeramente. —Yamato solo me tenía a mí. ¡Debería haber sabido! ¡Debería haberlo entendido antes! No fui- no hice… no fui suficiente. La oscuridad debería… Debería haberme tomado a mí también. Nunca, nunca lo habría dejado… Nunca-
Taichi y Takeru intercambiaron miradas. Taichi se acercó al compañero de Yamato y le acarició la cabeza, inclinándose para que Gabumon pudiera ver su rostro sin levantar los ojos.
—Eres muy importante para él —susurró, firme, totalmente seguro—. Lo ayudaste todo lo que pudiste esa vez. Siempre lo has hecho, siempre lo harás.
Gabumon negó con la cabeza, escondiendo el rostro de las miradas llenas de simpatía y desalojando la mano de Taichi en el movimiento. Takeru se acercó para abrazarlo, tomando el filo de los sollozos silentes. Los abrazos de Yamato siempre habían ayudado, siempre le habían servido para mantener todas las piezas en su sitio cuando tenía la sensación que se estaba despedazando. Gabumon se aferró a él.
Por un momento, ninguno pudo decir más.
—Lo siento, no sé qué-
—Es la oscuridad de aquí —dijo Patamon, sombríamente. Sorprendentemente—. No te olvides que estamos cerca de un lugar que se conecta con el Mar de la Oscuridad.
—Y el Mar de la Oscuridad se alimenta de los malos sentimientos, los hace más fuertes —murmuró Takeru, pensativo. Ken había hablado largo y tendido con Koushiro sobre ese mundo después de lo que ocurrió con los niños de la semilla de la Oscuridad. Lamentaba que Ken no estuviera allí con ellos, en ese momento. Quizá él habría podido leer mejor los signos—. Estaba pensando… si la cueva de verdad es una conexión entre los dos mundos, ¿eso quiere decir que mi hermano y Sora estuvieron a punto de ir a ese mundo de oscuridad en nuestras primeras aventuras? Como Hikari-chan, como Ichijouji-
Taichi trastabilló. Gabumon inhaló profundamente.
—Sí, eso es cierto. Pero la cueva es diferente. No es como… no es como cuando ustedes van de su mundo a este, la cueva tiene cosas del Mundo Digital y el mundo oscuro. Tiene cosas de los dos… Supongo que por eso… Supongo que por eso puede considerarse una anomalía —Gabumon se interrumpió, casi como si estuviera conteniendo otro sollozo—. Estamos cerca.
Patamon se estremeció violentamente y abandonó su lugar junto a los otros digimon para ir volando directamente a los brazos de Takeru. Sus ojos estaban muy abiertos. —La oscuridad es aún más fuerte aquí.
—Y pensar que habíamos sellado todos los puntos de conexión… con ese lugar.
—Sí… Probablemente esto también sea obra de la convergencia —dijo Taichi, con la que Takeru reconocía como su voz de liderazgo. Era el tono que todos ellos acostumbraban a seguir—. Nosotros te seguimos, Gabumon.
—No falta mucho.
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—¿Estás seguro que este es el lugar, Gabumon?
Takeru vio que el compañero de su hermano tragó saliva y asintió lentamente.
—Es aquí, lo puedo sentir. Yamato está cerca…
Taichi se adelantó hasta quedar junto a Gabumon mientras que Agumon se rezagó para quedarse justo detrás de Takeru.
En cualquier otro punto de la historia, él podría haber resentido ese movimiento. Takeru odiaba que lo subestimasen y, para ser honestos, era más que capaz de cuidarse a sí mismo. No siempre había sido el más valiente ni el más brillante, no siempre había sido el más fuerte ni el más osado, pero era ingenioso y la mayoría de las veces se las arreglaba para mantenerse calmo bajo presión. No era una situación común, por supuesto. Su hermano mayor estaba perdido y Takeru daría lo que fuese por recuperarlo. No le importaba tener que tolerar la protección de Taichi y Agumon, silenciosa y sin pretensiones. En una nota más graciosa, Takeru se había visto haciendo lo mismo con Hikari. Había sido protegido por su hermano desde que tenía memoria.
Takeru levantó una ceja. Taichi se encogió de hombros.
—Llámame sobreprotector, si quieres.
Quizá ese era el destino entre ellos cuatro, intercambiar roles para proteger y ser protegido. A Takeru y a Hikari, de pequeños, siempre les había tocado la protección de otros. De sus hermanos. De Sora, y su cariño maternal. De Jou y su torpeza ocasional. Taichi y su hermano rara vez les tocaba ser el que quedaba indefenso. Yamato, en especial, prefería guardar todo en su pecho y explotaba solo en las peores situaciones, cuando ya no podía contenerlo todo. Al menos delante de Takeru eso era lo que sucedía, pero Yamato estaba lejos de ser la imagen estoica que una vez había nublado sus pensamientos. Con Takeru, él rara vez lo era. Nunca había dudado que Yamato era el más fuerte entre los dos.
Ahora, por una vez, él quería devolverle el favor. Protegerlo.
—¿Qué se supone que debemos hacer una vez que estemos dentro de la cueva y encontremos lo que estamos buscando?
—Ustedes tendrán que ayudarme —dijo Gabumon.
—¿Ayudarte, cómo?
—Liberando a Yamato de lo que lo está atando a este lugar. Era una línea de cuestionamiento que no los llevaría a ningún lado, aparentemente.
—Muy bien —aseguró Taichi, con un gesto de asentimiento. Podría creer que, incluso, comprendía exactamente lo que ocurría—. Estamos listos.
—¿Tenemos que meternos… todos…? —preguntó Patamon, hundiéndose en los brazos de Takeru—. No me gusta cómo se siente.
Takeru lo abrazó, pero no se detuvo.
—Patamon…
—Puedes quedarte aquí si quieres, en la puerta —dijo Taichi.
Patamon lo miró con una mueca, su cuerpo se erizó. —¡Nunca dejaré a Takeru!
Taichi alzó las manos con un gesto apaciguador, su expresión suave y gentil. A veces se olvidaba del parecido latente que Hikari y su hermano tenían. Podían ser feroces en sus resoluciones —Taichi podía dejarlo todo sin mirar atrás, Hikari no dudaba en enfrentarse a la mismísima fuente de sus pesadillas para lo que era correcto—, y ser a la vez tan, tan amables. Así como la fortaleza de Hikari se perdía a primera vista, escondida detrás de su temperamento dulce y su sonrisa suave, el ímpetu de Taichi y su fervor ocultaba la totalidad de su gentileza.
—No estás dejando a Takeru —aseguró—. Puedes quedarte guardando la puerta como Angemon mientras buscamos dentro o puedes venir y estar listo para pelear. Quizá ni siquiera debemos hacerlo.
Patamon sacudió la cabeza, sereno donde antes parecía vehemente. —Iré con ustedes. No voy a dejar que Gabumon y Agumon se enfrenten a… a esa oscuridad solos.
—Muy bien, entonces. Vamos.
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Takeru no podía decir la cantidad de tiempo que transcurrió entre que entraron a la cueva y empezaron a avanzar por las cavidades laberínticas, los minutos se ralentizaron en el borde del abismo. El tiempo se detuvo en ese suspiro contenido antes de caer en una curva violenta en la montaña rusa, donde todo es más vivido y más difuso a la vez. Quizá no era sólo la sensación, quizá el tiempo sí se había frenado en ese espacio oscuro, quizá habían pasado horas, quizá días. La luz que emitían sus digivice servía como una linterna, el brillo azulado rompiendo la penumbra, pero ninguno de ellos podía ver más allá que unos cuantos metros. ¿Su hermano había quedado atrapado allí, incapaz de hallar una salida? ¿Ellos serian capaces de encontrar una forma de salir? Tal vez debería haber dejado a Patamon en la puerta para poder guiarse en el camino de regreso. Las preguntas palpitaban contra su pecho mientras avanzaba, el silencio absoluto pesando en sus oídos. La respiración la única señal que emitían sus compañeros.
Gabumon había tomado un paso tentativo, diferente a la ligereza que antes los había hecho llegar velozmente hacia la entrada de la cueva. Sus zancadas eran lentas ahora, casi como si le costase avanzar dentro de la sombra. Patamon se había acomodado en sus hombros cuando notó que a Takeru le serviría tener sus manos libres dentro del espacio.
Gabumon se detuvo abruptamente. El tiempo se detuvo junto con él.
—Hay una bifurcación aquí —dijo, con aire derrotado.
—¿Por dónde debemos ir?
El digimon exhaló profundamente, su cuerpo encogiéndose bajo un peso invisible. —... Yo… yo… no lo sé. No-
—Tranquilo —murmuró Taichi, aunque el tono de su tono había perdido la nota cálida que solía tener. Takeru se preguntó si sólo era una impresión suya o si la oscuridad que los abrazaba estaba nublando—. Tranquilo.
—Él está cerca, está muy cerca pero… —Gabumon continuó, la frustración palpable en cada sílaba, en la cadencia de su voz, en toda su postura—. No puedo… no sé‐
Taichi continuó hablando, implacable como era. —Nos dividiremos, ¿está bien? Nos dividiremos. Usaremos los digivice para comunicarnos, Koushiro dijo que ya funcionaba esa programación. Tranquilo.
Takeru miró a Taichi, repentinamente desconcertado. —¿Podemos comunicarnos con los demás desde aquí?
Lástima que el digivice de Yamato no se hubiese transportado junto con su hermano, habrían podido tratar de hablar con él desde el comienzo.
—No le he hablado por el digivice a ninguno de ellos—Taichi esbozó una sonrisa tímida, casi avergonzada. Takeru se preguntó si iba a darse una palmada por no haber pensado en contactar a Koushiro por la nueva programación de voz—, les he hablado a Sora y a Koushiro por el D-terminal todo este tiempo.
—¿Pero se supone que funciona?
—Sí —asintió—. Solo tienes que oprimir el botón de la izquierda y decir el nombre de la persona con la que quieres hablar… Koushiro está pensando en pedirle a Gennai una actualización para todos con mejores funciones pero, de momento, es lo mejor que tenemos. Aún sino funciona, podemos usar los D-terminal. Tienes el tuyo, ¿no?
Takeru sacudió lentamente la cabeza. —Se lo dejé a Hikari. Ella no tenía el suyo encima, y no pensé que nos separaríamos.
Taichi parpadeó, luego asintió con la cabeza. Pese a que Hikari no era imprudente ni descuidada, ocasionalmente solía quedarse dentro de su cabeza y perder los detalles a su alrededor. En cualquier otra circunstancia, ella habría llevado todo lo que necesitase.
—Bien, probemos con los digivice entonces. ¿Qué dirección prefieres?
Takeru miró entre los dos túneles que estaban delante, forzándose a respirar con calma. Lo único que podía ver en ellos era oscuridad.
—Derecha —dijo Patamon—. Debemos ir por la derecha.
—Muy bien —Taichi se acomodó los lentes y miró a Agumon por un segundo—. Agumon y yo iremos por el túnel izquierdo y llamaré, no me alejaré mucho. Esa será nuestra prueba. Sigue en línea recta, de todos modos. Si hay otro corto, vuelves aquí.
Una parte de Takeru quería protestar, quería decirle que era su hermano el que estaba allí, la persona a la que debían encontrar. Las palabras se disolvieron en la punta de su lengua, dejando algo muy parecido a la resignación. Asintió una vez.
Taichi lo estudió con la mirada por un largo instante. Luego, se volvió hacia el compañero de Yamato.
—Gabumon, ¿quieres ir con Takeru?
El digimon titubeó, sus ojos yendo entre ellos. —Iré con él… Ten cuidado, Taichi. Agumon-
—No te preocupes. Yo protegeré a Taichi de lo que sea.
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Takeru, Gabumon y Patamon tomaron el camino de la derecha.
