Seguiremos con las actualizaciones. Próxima fecha: 5 de noviembre.

Capítulo: 13/27

Pareja: Dip

Canción: Pearl de Katy Perry

POV: Damien


Capítulo 11: "Las joyas de la vida"

"Solía ser una perla"

20 de febrero de 2012

5:08 AM Beijing, China (+8 UTC)

La semana pasada lo habían visitado, pero ahora era un Pip diferente. Jimmy y Timmy no tenían la menor duda. Sus impulsos suicidas se veían más controlados, aunque seguía lastimándose. ¿Qué técnica usaba Damien Thorn? ¿Por qué Philip comenzaba a agarrarle cariño? ¿Por qué nadie nunca había logrando eso? Todo eso cruzaba la mente de los discapacitados al salir del departamento de su amigo rubio y toparse con su psiquiatra.

Su cambio de actitud era bueno, ¿no? ¿Entonces por qué los amigos no podían tranquilizarse? Quizás porque sabían que ese doctor retaba al gobierno chino. Ahí lo ven, tranquilo como siempre. Aunque en esa ocasión el orgullo irradiaba de su rostro. No era para menos. Tardó una semana en conseguir el permiso de la doctora Danna para sacar a pasear a Pip por la ciudad. Luego del altercado en la oficina, el anticristo fingió demencia. Actuaba como si eso nunca hubiera pasado. Aunque a la doctora también le convenía dicho paseo.

Damien entró al departamento y se encontró a Pip sentado en el sillón ya sin su manía de morderse el dedo. Pero el impulso suicida seguía igual de latente como el primer día. Los ojos de moscas se fueron y la sonrisa inundó su rostro. Abrazó con fuerza a su doctor favorito. Nunca le exigía tomar los calmantes, no lo vigilaban las cámaras y hablaban de cualquier cosa menos de términos psiquiátricos de su hiriente pasado. Era perfecto.

—Hoy no irás a la escuela, Pip —dijo Damien, sorprendiendo al rubio—. Hoy iremos a dar un paseo por la ciudad. ¿Qué te parece, Pip?

— ¿Un paseo? ¿Por qué daremos un paseo? —preguntó.

—Para que veas lo que es vivir —respondió el anticristo acariciando su mejilla.

Al principio Pirrup se negó, pero luego de muchas insistencias, rasguños e incluso una mordida autoinflingidas, el rubio aceptó el pase. A pesar de haber vivido toda su vida en Beijing sólo una vez había visitado el Palacio Imperial o la plaza Tiananmen, la más grande del mundo. Sería un poco agradable volver a visitarles, aunque en el fondo lo sabía, los demonios le tentarían.

Damien POV

Philip no tenía una ropa que no fuera el uniforme, así que parecía que se había corrido las clases. Mientras se colocaba su gorro distintivo pude apreciar mejor la cicatriz en su costado. Era horrible y profunda. No me imagino el dolor que le habría causado. Me perdí en la perfecta curva que trazaba su cuello, se giró y me sonrió de lado. No me contuve y tomé su mano. Así salimos ambos del edificio. Suerte que podía usar de excusa el vigilarlo para tomar su mano en cada momento. A él no parecía molestarle, pero aún así no podía confiar. Su contacto con la realidad aún me parecía inestable.

— ¿Sabes hacia dónde vas? —preguntó Pip cuando vio mi cara confundida con los señalamientos. ¿Qué mierda significaban esos extraños dibujos?

—No, pero no tenemos un destino. Vaguemos un poco por las calles.

En realidad fue una excusa tonta, pero si Pip lo sabía no lo demostró. Se limitó a seguirme por un laberinto interminable de calles angostas y cientos de aparadores de colores brillantes y esos raros símbolos. Tal vez debería empezar de una vez. El tema del que le hablaré a Pip puede causarle un gran enojo.

—Yo no quiero que mueras, Pip hoy muchos motivos por los que vivir, sólo hay que saber encontrarlos —empecé mi cursi discurso—. ¿No hay algo que te ate a este mundo, por minúsculo que sea, por ridículo que suene?

— ¿Qué te une a este mundo además de ese lazo tan frágil que es la vida?

No me hizo falta pensar ni un segundo. Yo sabía perfectamente mis motivos, aunque mi cabeza me gritaba que no lo revelara mi boca, eterna cómplice de mi romántico corazón. Solté las palabras antes si quiera de que yo las pensara.

—Tú —respondí con un susurró—. Tú eres lo único que me hace respirar.

Philip se detuvo de golpe, mirándome con lágrimas en los ojos. Yo sentí unas mariposas revolotear mi estómago cuando sus pequeños brazos me rodearon en un abrazo. Yo acaricié su cabeza por encima del gorro. Esto era una buena señal. Al menos eso pensé hasta que Pirrup me corrigió.

—Por eso vas a ayudarme a morir. Mátame, Damien. No me importa cómo, sólo mátame.

Fin Damien POV

— ¿Cómo se te ocurre autorizarle eso? —preguntó Ernest entrando a la oficina de su jefa—. No sabes de lo que es capaz de hacer. ¿No se había negado a cooperar?

Danna dejó caer el libro que leía sobre su escritorio. Odiaba que interrumpieran su lectura y más en el momento más dramático. Le indicó al anciano hombre que se sentara y se sirvió un vaso de agua. Si perdían la cordura de la misma forma que la perdió el jefe de cámaras todo se iría a la mierda. La directora del hospital mental sacó dos folders y los abrió. Luego se los tendió al hombre.

—Ellos son Estela y Pocket. Dos amigos de la infancia que aún radican en Beijing. Quiero que los busques y esperes mis instrucciones —dijo la doctora.

— ¿Qué tienen que ver ellos con el paseo de Philip? —inquirió el anciano.

Danna esbozó una sonrisa. Ellos eran los pilares que sostenía el trauma de Pip. Si el rubio los veía, su frágil equilibrio con la realidad sería totalmente destrozado. Ernest se encargaría de que así fuera. Pero no podían llevarlo a su departamento y ya. Hacía falta una buena excusa. ¿Qué mejor que autorizarle a Philip un paseo como terapia o como premio por una leve mejoría y que "accidentalmente" se topara con ellos? Esos chicos, Jimmy y Timmy, podrían apoyar la teoría del premio. Ellos mismos le informaron de un cambio positivo. Pero esos cambios vienen y van. El verdadero problema de Pip nunca se curaría ni en un millón de años. Damien ya le había dicho que no lo mataría, a pesar de no haberlo dicho directamente. Así que lo usarían como una simple pieza más en el juego. El peón que se sacrificará por el rey.

Una mujer débil no resistiría en un psiquiátrico y Danna era la directora. Fría, calculadora, sin sentimientos. Capaz de empujar a Philip por la ventana antes de darle la mano para evitar su caída. Ernest estaba asimilando lo dicho. Sabía que su jefa era capaz de muchas cosas, pero es superó sus expectativas. Apretó los puños y aceptó, si no, perdería su trabajo. ¿Eso valía la vida de alguien? ¿Un empleo? Pues ha valido menos a lo largo de la historia.

Damien POV

No entendió. Sigue deseando morir. Lo aparté, no permitiría que muriera, ni hoy, ni nunca. Debía dejarlo en claro. Pip sólo me veía como el chico que podía acabar con su mísera vida. El problema era que su vida no era mísera. Valía mucho, al menos para mí. Continué caminando y, como supuse, él me siguió, aferrándose a mi brazo con fuerza. Era su única esperanza de morir. Le debía una disculpa, no lo lograría por más que me lo suplicara o sobornara.

—Pip, hay muchos motivos para vivir. La vida es el regalo más grande de todos. Admirar la belleza del mundo, la música, los paisajes y el amor de una persona. Saber que alguien te espera preocupado en casa. Eso es vivir.

—Nadie me espera en casa —respondió el rubio—. Hace años que nadie me ha volteado a ver con amor verdadero e incondicional. Sólo mátame de una vez.

¿Cómo pude ser tan estúpido? Ése era el trauma de Pip. Vi cómo se alejó unos pasos de mí, rumbo a la calle. Lo detuvo y lo hice verme a los ojos.

—La vida tiene muchas joyas. Todas y cada una de ellas merece verse al menos una vez. Déjame mostrarte la más bella de todas, Philip, yo sé donde hallarla.

Él bajó la mirada, suspirando. Entró en una especie de trance. El mismo que demostró en su departamento. Se alejó y caminó en círculos, gruñendo de la misma manera. La gente volteaba a verle asustada y cuando intentaba tocarle sus uñas rasguñaban mi piel. Lo sacudí con fuerza, regresándolo un poco a la realidad. Decía palabras en chino sin fijar la vista en ningún lado. Por un instante creí que le estaba dando un ataque y que necesitaría atención médica. Pero igual de rápido que apareció, así se esfumó. Dejándole sólo un pequeño temblor y una agitada respiración. Sudaba a gotas en la frente, intentando quitarse la bufanda. Me encargué de cubrirle bien, regresando al pase.

El sol se había levantado totalmente. Le recordé la promesa de la que habló en nuestra primera sesión y la sonrisa regresó a su rostro. Supe entonces que debía informar a alguien de lo que en realidad pasaba. Suerte que ya había envidado esa carta a la persona indicada.

Fin Damien POV

La carta había sido mandada días antes desde un lugar apartado de Beijing bajo un nombre falso hacia la maestra de matemáticas de Philip. Una neozelandesa que se enamoró de China luego de los juegos olímpicos en esa ciudad. Una mujer que durante el receso abría intrigada el sobre. Consideraba a Pip un verdadero genio, uno capaz de volverse el mejor ingeniero del mundo, el que construiría los edificios más ambiciosos y los estadios más increíbles de toda China. Anhelaba su recuperación, aunque la veía igual de improbable que todos los doctores y alumnos de la escuela.

"Profesora.

Tal vez considere imprudente mi carta, pero necesito una testigo cueste lo que cueste.

Pip aún tiene una leve esperanza de cura, pero lo que más le conviene al gobierno chino es su muerte. Mientras esté vivo la población creerá que puede pelear contra el régimen populista. Si muere, con él morirán sus ansias de cambio. Si lo matan, el gobierno quedará mal frente a su habitantes e incluso el mundo. Me contrataron para que su muerte fuera la correcta, sacrificándome yo también.

Pero sé, igual que usted, que la vida de Philip es más valiosa que eso. Si algo llega a pasarme a mí o a Pip dígale a todos la verdad. Lamento poner su vida en riesgo, pero sé que puedo confiar en usted y sé que lo vale

Damien"

La profesora dejó la carta en la mesa, asimilando cada una de sus palabras. No le era difícil creer la teoría. El gobierno chino sí era capaz de actuar así. Al fin y al cabo, Pip sólo era un extranjero más en sus tierras, pero todo cambió después de ese día. La noticia fue nacional y todas las televisoras se enlazaron morbosas a ver cómo un niño de ocho años se cortaba con una aguja y suplicaba por morir. El estómago se le revolvió a la profesora cuando supo que ese desequilibrado chico sería su alumno. Lo rechazó de inmediato. La directora se impuso y resultó ser el mejor de su clase. "Por algo Dios nos manda las cosas. ¿Dios le mandó eso a Pip?", se preguntó la maestra con el vértigo asaltándole un instante después. Era demasiado horrible para ser enviado por Dios. Lo que le pasó a ese chico rubio fue obra de Satanás.

Su hijo era raro para él, pero la actitud que había tomado los últimos días superaba la rareza de sus acciones comunes. Le hablaba y era ignorando, le mandaba mensajes, dejaba recados. ¿Por qué Damien siempre estaba enojado por él? ¿Sería por los cientos de padrastros que había tenido en la niñez? Era el hijo del diablo, pero actuaba de una manera demasiado demoniaca. Causaba las muertes de todos sus pacientes. ¿Qué no tenía uno nuevo? Seguramente un alma nueva estaba por llegar al infierno por obra de él. Desesperado por la frialdad de Thorn, tomó el teléfono y le marcó al celular. ¡No podía seguir ignorándolo! ¡Era su padre, el rey de las tinieblas y del eterno sufrimiento! Katy terminaba de cambiar las sábanas llenas de sangre por unas limpias cuando escuchó un teléfono. Fue a la sala y vio el celular negro que yacía en la mesa de centro. Seguramente Damien lo había olvidado. Tomó el aparato y dudó unos segundos sobre si contestar o no. Finalmente presionó el botón que accesó la llamada.

—Damien, hijo, finalmente me contestas. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?

—El doctor Damien ha olvidado su teléfono. Pero puedo darle un recado de su parte.

—Mejor aún —respondió Satanás—. Dígame cómo le va. ¿Tiene un nuevo paciente?

—Así es —dijo Katy, esbozando una sonrisa—. Ha tenido grandes avances con Philip. Se nota que a él sí le importa lo que le pase a ese pobre chico. Incluso me atrevería a decir que le ha agarrado un cariño muy profundo, algo más que una amistad, ¿sí me entiende?

Satán no podía creer lo que oía. La mujer se dio cuenta de lo que en realidad decía y le suplicó que no le contara nada a Damien. No deseaba ningún problema. A pesar de verse tan amable con Philip, ella aún le temía por los horribles rumores alrededor de su carácter. Satanás tranquilizó a la mujer, prometiéndole guardar silencio.

Pero esa llamada le había dado la ligera esperanza de un romance entre su hijo y su paciente. Quizás eso pudiera calmar el atormentado carácter de Damien y logre centrarlo en algo. Ese chico Philip debe ser alguien especial. No dudaba ver pronto a Thorn en el infierno de la mano de su nuevo y, esperemos, verdadero amor.

"Ella era un huracán, pero ahora es sólo un remolino"

—Yo tengo un corazón que pueden atravesar con una daga y si deja de latir moriré, pero lo que quiero decir es que no tengo sentimientos —dijo una chica de rizados y rubios cabellos.

—Entonces, ¿qué haces conmigo todavía, Estela? —dijo un chico de cabellos cobrizos.

La chica esbozó una sonrisa, acarició la mejilla de Pocket para luego darle una fuerte cachetada. Dijo:

— ¿Por qué más? Es para no aburrirme, pedazo de idiota.

Esa situación llevaba años ya, desde la trágica muerte de la madre de Estela, Pocket se había dedicado a cuidarle, mientras ella se limitaba a rechazarle. Ahora a sus 18 años, la historia seguía siendo la misma. Pero una visita estaba por cambiarla de nuevo. Me parece increíble como tus acciones pueden cambiar vidas sin alterar ni un milímetro tu rutina. Así les pasó a esos dos chicos.

Pocket abrió la puerta sobándose la cachetada de la rubia cuando se topó con un hombre de cabello gris.

— ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó Pocket con esa caballerosidad inglesa.

No sabía cómo, pero Ernest ahora estaba en la sala de la casa de Estela y Pocket y la chica le miraba seductoramente. Había escuchado que era una rompecorazones. Danna se lo había advertido para que no fuera a creerse especial si la chica se comportaba como una puta con él. Sus ansias de lastimar hombres eran una adicción tan grande que aceptaba incluso a un hombre tan viejo como el jefe de cámaras de vigilancia. Pocket le servía un vaso de agua realmente muy incómodo. No le gustaba Estela, pero odiaba que no lo reconociera como su amigo o le agradeciera las muchas atenciones que le prestaba y no merecía en realidad. Maldijo el día en que inició sus estudios para ser un caballero con todas las chicas. Fue sólo un método para doblegarlo por siempre ante las mujeres que saben manejar a los caballeros. Esa chica Estela, siempre caprichosa, haciendo mil y un rabietas, un día podría causar un verdadero problema.

— ¿No te gustaría salir a algún lado, guapo? —inquirió seductora la rubia.

—Me gustaría —respondió Ernest, siguiéndole el juego de coqueteos.

Pocket sintió asco. El hombre se veía tan ridículo actuando así. Se metió a la conversación, exigiendo que no lo fueran a sacar de la invitación.

Damien POV

— ¿Tienes hambre, Pip? —le pregunté a mi paciente unos minutos después de su ligero ataque.

Un restaurante había aparecido frente a nosotros y yo luchaba por regresarle la vitalidad. Asintió débilmente y me sonrió un poco. Entramos al establecimiento. Una chica nos recibió y habló en chino. Yo me quedé mudo y Pip soltó una risita. Respondió a la encargada. Pronto nos sentamos en una mesa al lado de las ventanas. No hacía tanto frío debido al calor proporcionado por la cocina. Philip volvió a reír y se ofreció a darme unas cuentas clases de chino. Mis mejillas ardieron, pero acepté. De verdad me urgía saber cómo comunicarme en ese país. En cuanto la señorita se acercó a poner la mesa, yo alejé los tenedores y los cuchillos. Eso provocó que ella me mirara como si estuviera loco. No le explicaría nada. ¿Qué le importaba? Ahora más que nunca Pip se comporta como una persona normal. Mientras esperábamos la comida, Pip me miró fijamente. Le pregunté qué pasaba y él soltó un suspiro.

—Yo nunca he encontrado una joya. Sólo hallo más y más tierra y piedras.

Una pequeña lágrima se formó en su ojo y amenazó con caer e iniciar un verdadero diluvio. Le miré compadeciéndome. De pronto mi plato se volvió muy interesante. Mi cabeza daba vueltas, intentando volver a inyectarle la vitalidad. ¿Qué necesitaba? ¿Humillarme frente a todos? ¿Hacer alguna estupidez?

—A veces, cuando buscas joyas te topas con pedazos de carbón, pero no debes olvidar que el carbón, siendo tratado, se convierte en un diamante.

Por ese mísero instante en que nuestros ojos se encontraron, pensé de corazón que finalmente había penetrado esa armadura de tristeza e impulsos suicidas. Creí que en su pecho latía un corazón al mismo ritmo que el mío y que estaríamos juntos a partir de hoy. Me lo decían esas mejillas sonrojadas, esa boca ligeramente abierta, el temblor en sus manos, el movimiento de su cabeza que dejó ver parte de esa horrible cicatriz. Acerqué un poco mi mano, deseando con toda mi alma no ser rechazado. Si lo era, moriría en ese instante.

—Mátame. ¡Mátame, Damien Thorn! ¡Hazlo, por favor!

Fin Damien POV

Pip le arrebató el cuchillo a Damien con una velocidad sorprendente. Se hizo un corte superficial en el antebrazo e intentó encajarse el cuchillo en el cuello. Damien lo empujó, cayendo los dos al suelo. Pip soltó un grito y le lanzó mordidas y patadas a su doctor, hiriéndole un poco. La gente armó un escándalo, gritaba y pedía ayuda. Incluso una mujer llamó a la policía. Damien le arrebató el cuchillo a Pip, golpeándolo contra el suelo, haciendo que la realidad regresara de golpe al cuerpo del chico. La sangre escurría por la herida en su brazo izquierdo y Damien tenía un rasguño importante en la mejilla.

Pip sintió deseos de llorar, había herido a la única persona en el mundo que le demostraba algún gesto de cariño. Había roto el diamante. Pero entonces la mano de Damien le acarició la mejilla, feliz de que su dulce Pip siguiera de una pieza. La gente les miraba asustado al tiempo que los dos jóvenes se levantaban y salían apurados del restaurante. Lo que menos necesitaban era la policía o incluso medios de comunicación persiguiéndoles. Damien casi salía corriendo cuando la mano de Pip le detuvo con fuerza en la puerta.

—Perdóname, Damien. No te alejes de mí —sollozó el rubio dándole un abrazo.

Las frentes de ambos se tocaron durante un segundo, luego sus narices y por último sus labios. Damien nunca había experimentado una sensación tan dulce y hermosa como un beso de los humanos. Los labios de Pip eran mil veces más dulces y suaves de lo que había imaginado jamás. Le hacían sentirse muy bien, le hacían creer que Pip se recuperaba debido a que le correspondía con todo su corazón. Damien le tomó de las mejillas, lo atrajo hacía él. Movió ligeramente los labios de un lado a otro. Pip supo que eso era el amor. Un amor que no había sentido desde hacía 10 años y creyó no volver a sentir. Pero ahí estaban los labios de Damien sobre los suyos, con el deseo recorriendo cada rincón de su piel y su corazón latía aceleradamente. El anticristo introdujo su lengua en la cavidad inglesa y un verdadero baile inició. Se transportaron a un sueño tan paradisiaco que los hizo olvidar por completo al resto de las personas en el restaurante. Hasta que oyeron la primera de las motocicletas.

Alcanzaron a separarse antes de que el primer flash los deslumbrara. Una de las comensales reconoció a Pip desde el primer instante y llamó de inmediato a la televisora. El chisme se corrió como la pólvora y ahora al menos cuatro cadenas televisivas mandaban a los paparazzi para que fotografiaran una y otra vez al enfermo mental más famoso y controversial de China.

Damien se interpuso, siendo bombardeado de preguntas. Si era el nuevo doctor de Philip. Los medios suplicaban por información sobre el estado del chico. Thorn cerró su mano en la muñeca de Pip y corrieron hacia la calle, deteniendo a un taxi. Entraron lo más rápido que pudieron, pero los reporteros los seguían fotografiando. El taxista aceleró y pronto se perdió por una calle. Pip reía inocentemente. Damien relajó los músculos.

— ¿A dónde te gustaría ir ahora, Pip? —preguntó el chico pelinegro.

El rubio sonrió, dijo unas palabras en chino al taxista y luego vio a su psiquiatra.

—Vamos al Palacio Imperial. Conozcamos Beijing correctamente, Damien.

El teléfono de Ernest sonó, rompiendo el coqueteo entre el viejo y Estela.

—Los medios se han dado cuenta. Pip armó un escándalo en un restaurante. Ve a la plaza Tiananmen y espera instrucciones. Estoy segura de que Damien lo llevará.

El viejo colgó y miró la rubia. Le propuso el lugar, la plaza más grande de todo el mundo. Ésa era la oportunidad de Danna. La mujer conocía a Pip hasta lo más profundo de su psique y sabía que querrá ir a ese lugar. Sabía que no recorrería la ciudad sin visitar la plaza. Otra oportunidad no habría.

Pocket levantó una ceja mientras Estela ignoraba por completo la llamada o sólo la creía una llamada de su esposa, quien desesperada le pedía que regresara a casa. Eso aumentaría el dolor en su corazón cuando Estela de dejara.

—No seas entrometido, Pocket —exclamó Estela—. Es suficiente honor el que te dejemos acompañarnos. Vamos, la mañana es muy linda.

Pocket cruzó los brazos y se limitó a seguir a la chica que le provocaba tantos dolores de cabeza y al extraño hombre de canosos cabellos.

Damien POV

Los vestigios de los Juegos Olímpicos aparecieron frente a nosotros. El curiosos estado y el cubo de agua donde se llevaban a cabo las competencias acuáticas. Era tan interesante el espíritu deportivo de los humanos. Un tramo más adelante, el Palacio Imperial apareció. Pip sonreía de oreja a oreja. Al menos mi beso no provocó un desequilibrio emocional más en la ya muy dañada mente de mi rubio. ¿Por qué lo besé? ¿O acaso él fue quien me besó? Sentí su mano sobre la mía y ambos salimos del taxi. Le pagué al conductor y nos adentramos en las dos puertas inmensas. Gente iba y venía a pesar de ser invierno. Turistas de muchos países ni se inmutaban por el helado viento que te sorprendía si te dejabas guiar por el engañoso sol invernal.

La herida que Pip se hizo con el cuchillo había dejado de sangrar, pero seguía muy abierta. Algunos transeúntes miraban dicha herida. Yo los veía con ojos de muerte como a esos chicos de la escuela de Philip. El Palacio Imperial era inmenso. Mis pies no daban para más. En cambio, el rubio casi saltaba y corría por ahí.

— ¿Te has encontrado carbón en lugar de joyas, Damien? —me preguntó.

—Todos —respondí—. Una vez esperaba carbón y recibí una hermosa joya. Pero tengo miedo de romperla en mil pedazos. Soy muy bueno arruinando las cosas.

Pip tomaba una botella de agua mientras yo seguía preguntándome por qué carajo le dije eso. Es un posible suicida, no un idiota, seguramente está enojado conmigo por ser tan cruel y no querrá volver a hablarme. Cerré con fuerza los ojos y sentí las miradas de los demás. La cicatriz de Pip estaba al lado mío y un temblor me asaltó. Entonces sentí unos brazos rodearme. Alcé la cabeza y me topé con los azules ojos de mi Pip. Mi adorado inglesito, mi amado estudiante, mi joya. Tuve el impulso de besarlo ahí mismo, sin importarme la presencia de niños. Pero su voz me regresó a la cordura.

—Pero, ¿vas a matarme? Aún me ayudarás a morir, ¿verdad, Damien?

Guardé silencio. Por primera vez consideré ayudarle. Por más que yo lo amara, no podía obligarlo a hacer algo que no deseara y si él no quería estar conmigo, ¿qué podía hacer?

Fin Damien POV

— ¿Cuál es la siguiente parada? —inquirió Damien, cambiando el tema.

La plaza Tiananmen es la más grande en todo el mundo. Si Damien no llevaba de la mano a su paciente, el rubio podía correr hacia la calle o escapar de él para siempre. Eso atraía muchas miradas, pero ¿qué mas daba? Damien no podía creer que a pesar de todos sus esfuerzos, los deseos obsesivos de Pip por la muerte no se vieran mermados en lo más mínimo. La idea de una recuperación era tan poco probable. Primero su padre dejaba de coquetear con cualquier alma que vaya al infierno. ¿Qué debía hacer? ¿Resignarse y darle un tiro al chico de una vez? ¿O ser egoísta y mantenerlo a su lado aún en contra de su voluntad? A todos les conviene la muerte de Pip, incluso a él. Ganará un mejor puesto. ¡Basta, Damien Thorn! Un empleo no vale una vida, sea cual sea el empleo o la vida.

Unas palomas revoloteaban aquí y allá y Pip no ocultaba las ganas de corretearlas. A él le gustaría mucho volar, ir hasta lo más alto con un simple aleteo para luego dejarse caer y morir estrellado en el suelo. Esa enorme sonrisa le gritaba eso al mundo. Las bellas palomas, si tan sólo Damien lo soltara de la mano. Sólo deseaba verlas más de cerca. No sabía por qué, pero su psiquiatra procuraba alejarse de todos los animales.

—Por favor —suplicó el rubio con un rostro de sufrimiento—. Por favor, Damien.

El pelinegro vio un segundo el punto donde estaban las palomas y luego a su paciente. No era mucho tramo, quizás debía irse separando un poco de él. Quizás si complacía sus pequeños deseos podría enamorarlo y hacer que deseara quedarse a su lado. Por eso y por el soborno de ese beso en la mejilla, lo dejó ir. Soltó su mano y vio cómo se alejaba unos pasos aunque para Damien eran continentes enteros. Miraba las aves junto con niños pequeños, como si fuera uno más de ellos. Todo parecía ir bien. La sonrisa de Pip se debía a esas aves y no a su deseo de muerte, al menos eso creía el pelinegro. De nuevo esa engañosa calma. La tormenta se acercaba a pasos agigantados, hasta quedar justo frente a Pip.

"Y nadie puede tomar mi perla"

Nunca antes la piel de Pip se volvió tan pálida, las venas saltaron en su frente y un sudor frío bajó por su espalda. El rubio del metal estrellándose, los gritos en chino, sus propias lágrimas recorriendo sus mejillas. Todo se volvió oscuro cuando vio a esos dos chicos. ¿Cómo olvidar el rubio y rizado cabello de esa caprichosa chica, los dientes blancos y ese moño negro de ese chico? Entonces algo se rompió en Philip, igual que ese día. La poca vida que había logrado aferrarse débilmente en el cuerpo y alma del inglés se fue de golpe. Se rompió el lazo. Se desbordó el río y derrumbó el puente que pretendía conectarlo con Damien. Estela y Pocket cruzaron las miradas con Pip un segundo. Pensaron que ya habían visto ese ojos azules antes. Sin duda así había sido. Damien se distrajo un segundo, uno solo, peor cuando volteó ya no estaba. El miedo le asaltó cuando lo vio correr con todas sus fuerzas hacia la calle. Nadie lo detenía. El tráfico estaba a más no poder y, debido a su ligereza, el rubio casi flotaba por el piso de concreto de la plaza. El pelinegro por fin reaccionó, arrancando la desesperada carrera hacia su corazón suicida.

— ¡Philip! —gritó el psiquiatra—. ¡Philip, no! ¡Deténganlo! ¡Pip!

Tenía prohibido usar ciertos poderes demoniacos, pero eso no le importó. Un auto iba a toda velocidad directo a su amado rubio. Pip vio su muerte venir por él en cuatro ruedas. Entonces, su psiquiatra le abrazó con fuerza y detuvo el auto con una sola mano. La parte delantera del vehículo se pandeó alrededor de la mano del anticristo y su conductor se golpeó contra el volante. Toda la gente volteó al escuchar al colisión. Vieron cómo el chico de cabello negro luchaba por sostener al rubio al borde de la histeria. Lloraba, gritaba y suplicaba por algo tan extraño e inesperado.

— ¡Déjame morir! Yo debí morir ese día —gritaba Pip mientras Damien lo sujetaba. El rubio lanzaba patadas, forcejeaba lo más posible con la esperanza de zafarse y que otro auto lo atropellara. La gente se acercaba curiosa, algunos habían llamado a una ambulancia.

Pip no se calmaría, sus gritos subían de tono y las fuerzas se le acababan al anticristo. Alejaba a la gente diciendo que era su doctor, a menos que esa persona hubiera reconocido al rubio y se alejara temeroso de su explosiva enfermedad mental. Era suficiente escándalo por un día, pero ahí iba otro. Besó los labios de Pirrup de improviso; el forcejeo acabó. Las lágrimas se deslizaron silenciosas por las rojas mejillas del rubio al tiempo que Damien disminuía el agarre hasta desaparecerlo por completo. Se separaron a los pocos segundos. Los azules ojos de Pip se clavaron en los de Damien, exigiendo un poco de ayuda. Era una súplica diferente. No le pedía morir, le pedía curarse. La sonrisa le duró poco al anticristo, porque cuando la sirena de la ambulancia sonó, Philip volvió a su histeria.

—Debe descansar —determinó un paramédico luego de revisar al chico con un semblante muy enojado—. Si usted es su doctor, ¿por qué lo ha dejado salir con un estado mental tan frágil? Casi parece que deseaba matarlo.

—Podría desear que todos que todos murieran —dijo Damien—, pero nunca que ése fuera Pip.

Los calmantes hicieron un efecto inmediato. Su paciente estaba sumergido en el rosa mundo de la droga, pero ésa no era vida. Lo bajaron de la ambulancia y los paramédicos se fueron enojados por esa alarma. Una cosa era un accidente, peor el paseo de esos dos decía "muerte" por donde la vieras. La gente le veía preocupada. El anticristo sabía que la reacción de Pip había sido algo provocado. Se olía a Danna por todos lados. Sus ojos rojos brillaron por la ira. Tomó a Philip de la muñeca. ¿Por qué no lo ponía en su lugar de una vez? ¿Creía poder seguir así, deseando matarse sin importarle romper el corazón de Thorn en mil pedazos? Era un desconsiderado. La única persona que de verdad lo amaba en el planeta era ignorada por completo. Se detuvo en seco y volteó a ver a su paciente con toda la rabia del mundo. Ahora sí lo había hecho. Lo forzó a mostrar sus poderes, porque era cuestión de tiempo para que alguien se cuestionara la razón por la que el psiquiatra salió tan bien librado. Le hizo también mostrarle a todos el amor que le guardaba al rubio y aún así deseaba morir. Hizo a un lado la mirada suplicante y se concentró en todas las veces que la sangre goteó desde su cuerpo hasta el suelo, matando también a Damien. El miedo logró atravesar los calmantes y golpear el alma del rubio. Esperó un puñetazo, un grito, un reclamo; pero no esperó los flashes de las cámaras. Los reporteros habían regresado y la imagen del enojado psiquiatra estaría en primera plana de todos los periódicos. Un taxi logró levantarlos a los pocos metros y una persecución digna de la princesa Diana se vio por las calles de Beijing rumbo al edificio de departamentos más seguro de todo el país.

—Damien —dijo Pip—. Me estás lastimando —el anticristo aumentó el agarre de su muñeca. Lo soltó una vez, creyéndole a sus estúpidas promesas de no intentar nada. Ya le hizo una, no volvería a engañarlo—. Me duele, Damien.

Los ojos con los que su psiquiatra lo vio eran simplemente demoniacos.

—Sobrevivió —dijo Danna enojada por teléfono a Ernest—. ¡Sobrevivió!

—No fue mi culpa —se defendió el viejo—. Fue su doctor quien lo salvó. Yo cumplí con tus instrucciones y tuve que soportar a esa chiquilla dos horas más.

—Tendré que usar mi otro plan —dijo Danna, pensativa.

Le parecía demasiado sádico tanto física como mentalmente para el rubio, pero ya no tenía otra opción si deseaba deshacerse del problema número uno de China.

— ¿Y cuál es ése? —inquirió Ernest, curioso.

La doctora Danna le había mostrado una cara tan sombría, al grado de querer saber más de ese lado de la directora del manicomio, analizarla, porque rayaba en un desorden mental.

— ¿Para qué? ¿Para que vuelvas a arruinarlo todo? —colgó la doctora.

Apretó los puños, viendo las escenas en el noticiero. Damien había colmado su paciencia, pero al parecer el pelinegro también estaba cansado. Era ahora o nunca. Philip Pirrup no llegaría a la próxima semana, de eso Danna se aseguraría. Ya no había ningún otro remedio.

Pip prácticamente fue arrojado a la habitación en su departamento. Los reporteros seguían ahí abajo como moscas, recabando jugosas declaraciones de un romance entre doctor y paciente. El efecto calmante se esfumó. El agarre de Thorn dejó marcas en las blancas muñecas del inglés. Lo soltó todavía muy enojado. Philip fue detenido por la orilla de la cama, provocando que se sentara. Sabía que eso fue grave. Sabía que Damien lo quería, pero nunca pensó que intentaría salvarlo aún a costa de su vida. No era por su trabajo, se trataba de un sentimiento real.

— ¿Por qué? —dijo Damien, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Tontos sentimientos humanos. Nunca en su vida había llorado y menos por algo tan estúpido como el amor—. ¿Por qué demonios deseas morir? ¿No te importa dañarme? Yo no puedo vivir sin ti, Pip, y de todas maneras sigues deseándolo. ¿No te habías dado cuenta de mis sentimientos? ¿No bastaron mis besos, mis cuidados? ¿Aún deseas morir, Philip?

—Sí —dijo el rubio totalmente seguro—. Voy a morir. Quiero morirme.

Damien golpeó la pared con fuerza, abriendo incluso un hoyo en ella. De sus manos salía humo y sus ojos rojos brillaban con intensidad. Tomó a Pip del cuello y lo zarandeó al tiempo que decía:

— ¿Por qué deseas morir, Pip? ¡Dime de una puta vez!

El recuerdo golpeó la mente del rubio como nunca antes. Las lágrimas salieron como ríos. El temor apretó sus músculos y la ira su cuerpo. La necesidad de morir tuvo una nueva fuerza. Empujó a su doctor, sin saber qué hacer o qué sentir ante semejantes declaraciones. Necesitaba tiempo, necesitaba espacio. Debía alejarse de todo, alejarse del recuerdo. La ira de Thorn se calmó, dándose cuenta de que hizo justo lo que deseaba no hacer: golpear el trauma de Pip con todas sus fuerzas. Acababa de mandar al carajo todo el esfuerzo y todo el amor ganado.

— ¡Lárgate, Damien! —gritó el chico—. ¡O te juro que te mueres conmigo!

2:03 PM — Beijing, China (+8 UTC)