Espero que ésta sea la última vez que regrese a la historia y poder darle la conclusión que ha tardado tanto en publicarse. Les agradezco de corazón por no olvidarse de ella.
Próxima fecha: 10 de diciembre
Capítulo: 15/27
Pareja: N/A
Canción: The Harold Song de Ke$ha
POV: Clyde
Capítulo 13: "La noche más oscura"
"Veo tu cara en extraños en la calle"
22 de marzo de 2002
1:00 AM — Seattle, Washington, EUA (-8 UTC)
El reloj marcaba la una en punto. El silencio y la oscuridad reinaron, interrumpidos sólo por la luz de la luna que entraba por una ventana y el gotear de la sangre a través de ese cuchillo. Un charco se formó con increíble velocidad. John expiró y su cuerpo cayó inerte a un costado de su hijo.
Clyde Donovan dejaba caer unas lágrimas, apretando con más fuerza el cuchillo ensangrentado que seguía en posición de ataque. Aún no se lo creía, no podía asimilar el hecho de que acababa de matar a su padre a mitad de la cocina de su casa.
21 de marzo de 2002
2:05 PM — Seattle, Washington, EUA (-8 UTC)
Un pequeño Clyde de ocho años salía de su escuela. Tenía mucha hambre y un dolor de cabeza terrible por la estúpida clase de francés. Necesitaba relajarse y salir a jugar con su mejor amigo.
Ahí estaba él, su mejor compañía. Un lazo de amistad muy profundo los unía, aunque también un lazo de sangre. John Donovan era uno de los pocos padres que podían decir que eran amigos de sus hijos. Iban a todos lados juntos, se contaban de todo. Cada tarde, Donovan padre iba por su descendiente a la escuela, regresando ambos alegres a la casa, platicando un poco en el camino. Eran vistos con envidia por el resto de las personas.
— ¿Cómo te fue, Clyde? —inquirió John sin perder atención al camino.
—El maestro canceló el campamento —dijo el castaño tristemente. Jugaba un poco con el cinturón de seguridad y abrazaba su mochila amarillo chillante.
John miró igual de triste a su hijo. Era una lástima, estaba tan emocionado por la excursión. Se quedó pensando el resto del camino a la casa.
Clyde veía por la ventana a mucha gente en las calles, corriendo de aquí para allá; como si de verdad tuvieran tanta prisa de ir a otro lugar. Seattle dejaba de ser frío debido a la entrada de la primavera y pronto sería la época de ir a nadar o andar horas interminables en bicicleta, rodeando el parque una y otra vez.
Los niños de la escuela lo llamaban un "hijo de papá", pero eso le daba igual. Prefería mil veces más el afecto de su padre que el de unos chicos desconocidos que no eran ni sus parientes. Volvió a abrazar su mochila, el último regalo que le dio su padre antes de morir.
El auto aparcó en el diminuto garaje. La casa Donovan era más bien humilde a comparación de las casi mansiones de otros barrios de la ciudad, pero era muy económica y acogedora.
Por eso, una familia se mudaba al lado. Varios cargadores bajaban cajas y más cajas de los nuevos vecinos. John levantó la mano efusivamente, saludando al otro hombre. Un niño de la edad de Clyde bajaba del otro auto. Abrazaba un cuaderno y evitaba la mirada curiosa y alegre del castaño, a quien no le vendría nada mal un amigo de su edad. Se decepcionó al ser ignorado, pero su padre le reconfortó de inmediato.
Adentro los aguardaba una deliciosa comida preparada por Martha Donovan. El estómago de Clyde gruñía y de inmediato empezó a comer.
—Creo que debemos darle la bienvenida a los nuevos vecinos —dijo ella—. Compré algo de fruta en el mercado. Podría dárselas en una canasta con un lindo moño, ¿no crees?
John se limitó a asentir mientras dejaba la llave en la mesa y ya no escuchaba las quejas de Martha, quien le decía a Clyde que no tenía modales en la mesa. Entonces, la solución llegó a su mente. Sonrió y fue directo a la cocina.
Justin cerraba la puerta de su nuevo cuarto. Había muchas cajas que desempacar, pero se dirigió de inmediato al escritorio, abriendo su cuaderno de dibujo. Dicho lugar daba a una ventana desde donde podía ver perfectamente la cocina de los vecinos. El matrimonio comía feliz mientras el niño alternaba pláticas con varios bocados. El rubio comenzó el dibujo de esa escena familiar feliz.
Su madre había muerto hacía poco, así que nunca vería de nuevo una escena así en su casa. Sonreía cada vez que la risa inundaba esa residencia. Una risa muda porque no alcanzaba a escucharse tan lejos. Tal vez sí debió regresarle el saludo a ese chico.
Escuchó ruido en la puerta y su padre entró sigilosamente a la habitación, asomándose para ver el maravilloso dibujo de Justin. Era el primero alegre que hacía desde la muerte de su madre. Le agradaba ya no ver a una mujer moribunda en una cama de hospital.
—También debes ir a comer, hijo —dijo el hombre—. ¿No tienes hambre?
—Papá, ¿encontrarás trabajo en esta ciudad o volveremos a mudarnos?
—Espero que ahora sea permanente —respondió el desempleado padre.
Clyde llevaba elegantemente la comida del plato a su boca ante la mirada de su madre, quien aprobó cada uno de sus movimientos. Odiaba ver a su hijo comer como un animal salvaje. John se sentó en el otro extremo de la mesa, demasiado sonriente. Martha alzó una ceja, no era la primera vez que veía esa mirada de su esposo. Algo se traía entre manos. Habían tenido muchas discusiones en lo referente a la forma de educar a Clyde y estaba segura que esta sería parte de la interminable lista.
—Prepara tus cosas, Clyde —dijo John, ganándose la atención del castaño, quien le miró lleno de intriga—. Te llevaré de campamento. Tal vez no irán todos tus compañeros, ni serán tantos días, pero conocerás lo que es acampar.
Los ojos de Clyde se iluminaron enormemente. Casi gritó de la emoción. Adoraba a su padre, ¡no podía creerlo! Finalmente sabría lo que se sentía acampar. Qué importaba ir sólo con su padre, John era su mejor amigo en todo el universo.
Martha frunció el ceño. Ese fin de semana le habían prometido acompañarla a visitar a la abuela, ¿y ahora le salían con esto? Clyde debía aprender que a veces los planes no salen como uno lo espera. Ya hablaría con su esposo, pero no pudo evitar decir un comentario que escondía el enojo provocado por la decisión sin consultarla.
—Me parece magnífico. La abuela se alegrará de saberlo, ¿verdad, John?
El patriarca Donovan miró a su esposa con ira. Mantenían una imagen de felicidad frente a Clyde, pero la verdad era que desde hacía varios meses no se soportaban, ni se podían ver ni en pintura.
En cuanto su hijo cumpliera la mayoría de edad, se separarían más rápido que nadie. Clyde pidió permiso para ir al parque después de comer y John prefirió irse a jugar con su hijo antes que enfrentarse a la ira de su esposa. Además, en el parque lograría encontrar lo único que de verdad amaba y necesitaba con urgencia. El pequeño castaño recogió su plato y fue por su bicicleta y un balón de fútbol americano, ambos regalos de su padre.
Clyde POV
El parque queda cerca de la casa, así que fuimos ahí a pie. Aún no sabía andar muy bien en bicicleta y eso me avergonzaba. Por suerte, mi padre siempre estaba a mi lado, apoyándome y diciéndome palabras de aliento. Muy apenas lograba mantener el equilibrio. Mi papá sostenía la bici de la parte de atrás con el balón en las manos también.
El parque estaba lleno de chicos de mi escuela. En cuanto me vieron, comenzaron a reír un poco. Miré el piso y pedaleé un poco más fuerte. Cuando llegamos a una banca, me bajé a toda prisa, tomando el balón de fútbol, pero mi papá lo sostuvo con fuerza, haciendo que lo viera directamente a los ojos. Esos ojos que nunca flaqueaban ante la adversidad.
—No dejes que eso te afecte, Clyde. Puede odiarte todo el mundo, pero mientras tengas una persona que te quiera ninguna otra importará, ¿entendido?
Sonreí de oreja a oreja, porque sabía que lo tenía a él. Tomé con fuerza el balón de fútbol y corrí hacia el suave pasto. Las nubes eran blancas y el cielo totalmente azul. Seattle aún no estaba tan contaminado y los pájaros cantaban alegres por el inicio de la primavera. Me preparé para lanzarle el balón, pero me detuvo. Le miré intrigado. ¿Qué no habíamos venido a esto?
—Hoy aprenderás a andar en bicicleta —dijo mi padre con total seguridad.
Si me iba a obligar a subirme a esa bici, ¿por qué me dio ese discurso antes? Me molestaban precisamente por eso. Creí que me diría que no importaba, que no tenía por qué hacerlo.
Ahora estaba encima de esa bicicleta, sin tener la puta idea de cómo andar sin rueditas de entrenamiento. Puse ambos pies en los pedales. Sólo me sostenía gracia a mi padre. Comencé a pedalear, me soltó y de inmediato me caí. Así fueron unas veinte veces. Mis rodillas se rasparon y luchaba por no derramar una lágrima, pero mi padre seguía sin flaquear, seguro de que yo podía lograrlo. Volví a intentarlo una vez más, cuando me di cuenta de que mi padre estaba del otro lado del camino. ¡Lo logré! ¡Lo había logrado! Comencé a dar vueltas muy contento. Mi padre me aplaudió y yo sentí que era capaz de hacer todo lo que me propusiera. Incluso ir a la luna y volver con polvo de estrellas para regalarle a mi inspiración, mi mejor amigo, mi padre, John.
— ¿Por qué no le das una vuelta al parque? —sugirió mi papá—. Ve y muéstrale a esos chicos que eres capaz de eso y más, Clyde Donovan.
Asentí feliz ante la idea. Me fui por la calle central del parque. ¡Debiste haber visto la cara de esos chicos cuando pasé frente a ellos, papá! Me hubiera encantado tomarles una fotografía. La atesoraría por siempre como el último momento feliz que me hizo vivir mi padre, porque a partir de ese momento todo fue de mal en peor.
Cuando regresé al lugar donde dejé a papá, ya no había nadie. Al principio me asusté y busqué desesperado por los alrededores. Si los padres se asustan cuando sus niños se pierden, eso no se compara con la angustia de un niño. Sólo piensa en que alguien lo robará, no volverá a ver a sus papás o que le harán cosas tan horribles que los adultos nunca describen. De haber sabido lo que conllevaría mi descubrimiento, hubiera preferido mil veces haber sido secuestrado.
—Espero que sea de calidad —escuché a mi padre detrás de unos arbustos—. El último que compré era una mierda. Ni siquiera debería haber vuelto. Hay muchos lugares en Seattle donde puedo encontrar éste y miles de productos más.
—Inténtalo —respondió el otro hombre entregándole a mi padre un paquete con un extraño polvo blanco, junto con unos frascos con un extraño líquido—. Sinceramente dudo que encuentres algo mejor por ahí. Nosotros hasta te damos garantía.
En ese momento no comprendí realmente lo que veía, pero cuando mi padre me descubrió espiando se puso pálido. Me quiso tranquilizar cuando el alterado era él y, sobre todo, me hizo prometerle, más bien jurarle, que no le diría absolutamente nada a nadie, pues si lo hacía nos separarían para siempre.
No me juzgues, tenía ocho años. Era mi único amigo, mi padre. ¿Cómo podía desobedecerle? Bueno, ahora que lo pienso, debí haberlo obedecido realmente, porque abrí la boca con la persona menos indicada, aunque a mí me parecía perfecta.
Se guardó el paquete con el polvo blanco, ni siquiera tuvo la moral de tirarlo o regresarlo.
Fin Clyde POV
"Pero no puedo manejarlo cuando apago mi luz nocturna"
Clyde entró a la casa cabizbajo. A Martha le sorprendió, pero le pareció más sospechosa la actitud de su esposo, hablando de lo bien que su hijo montaba la bicicleta y lo valiente que había sido al enfrentarse a esos bravucones. Si fue así, ¿por qué estaba tan triste? Algo más había pasado.
Clyde era incapaz de ver a su padre directamente, la relación entre ellos pendía de un hilo. Tenía una pequeña quebradura que, si no se arreglaba, rompería por completo el perfecto cristal. El niño subió a su cuarto sin decir una sola palabra. Entonces, Martha miró enojada a John y siguió a su hijo. El padre entró en un ataque de pánico. Tomó a su mujer de la muñeca y le dijo que Clyde necesitaba descansar, tal vez dormir una siesta.
—Podrá luego de que hable conmigo —declaró la mujer, soltándose de ese agarre.
Las ideas se amontonaban en la cabeza de Clyde. ¿Qué podría ser tan malo como para que su padre buscara ocultarlo a toda costa? ¿Acaso eso era malo? Debía, si no entonces no habría problema en explicarle. ¿Podría estar haciendo daño a alguien? ¿Nadie lo sabía? La cabeza empezó a dolerle y descubrir su madre en el marco de la puerta notablemente intrigada no ayudó para nada.
Martha se sentó en la cama donde su niño intentó fingir que dormía. Acarició su espalda. Clyde se estremeció. Vio a los ojos a la mujer, como decidiendo si debía o no hablar. Eligió quedarse callado, pero ella se le adelantó al leerle el pensamiento.
—Si es algo muy importante no temas hablar conmigo, Clyde. Ya me di cuenta de que algo te pasa. ¿Tiene que ver con tu padre? —Clyde se volvió a estremecer cuando mencionaron a John—. Me lo suponía. ¿Qué ocurrió?
—Papá… cuando estábamos en el parque… —enmudeció al recordar la promesa, pero la duda y preocupación fueron capaces de romperla—. Compró algo.
Martha alzó una ceja. Miles de cosas pasaron por su mente. Compró alcohol, pornografía, tabaco, cualquier cosa, excepto el polvo blanco que mencionó su hijo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, asustando más a Clyde.
—Hablaré con él —fue lo único que pudo pronunciar Martha antes de salir del cuarto hecha una verdadera fiera.
Justin tuvo un extraño presentimiento cuando se asomó por su ventana y vio cómo ingresaban los vecinos a su casa. Era un vacío en el estómago que precede a la muerte. Sintió lo mismo el día antes de que su madre falleciera. Cerró las cortinas rápidamente, casi arrancándolas del temor que le provocaba esa sensación. Tal vez si iba con ellos podría… ¿podría qué? ¿Evitarlo? ¿Evitar qué? Tragó en seco y salió de la habitación casi corriendo. Chocó con su padre en el proceso. Wallace abrazó a su hijo cuando notó que temblaba.
— ¿Qué pasa, Justin? —inquirió, acariciando ligeramente su cabeza—. Dime qué pasa.
— ¿Por qué murió mamá? ¿Por qué muere la gente? ¿Por qué no pueden quedarse?
Wallace sintió un nudo en la garganta. Eso mismo se preguntó él miles de veces cuando murió su esposa. Cargó a Justin y lo llevó a la sala, donde estaba la última fotografía familiar. Señaló la imagen de su madre y luego el pecho del pequeño. Justin ladeó la cabeza sin entender, tenía los ojos rojos y respiraba con dificultad. Wallace sonrió un poco ante la imagen linda del niño.
—Ella siempre estará viva en tu corazón —dijo el hombre con seguridad—, pero sólo si tu deseas que así sea. Te acompaña, te da fuerza, te cuida todos los días, Justin, aunque no la puedas ver. Además, también me tienes a mí.
—Prométeme que no morirás —dijo el niño, abrazando a su padre con todas sus fuerzas.
Wallace estaba por responder cuando sonó el teléfono. Levantó el auricular sin imaginarse quién sería. Hacía unos meses se había hecho unos análisis para anexarlos a su solicitud de empleo. Quedó mudo cuando el doctor le informó de cierta anomalía: una pequeña esfera en uno de sus pulmones, probablemente maligna. El hombre tragó saliva. Así empezó una lucha contra la enfermedad del siglo, una lucha que incluyó tres operaciones, veinte quimioterapias, varias sesiones de radiación para obtener el mismo resultado: la clasificación de enfermo terminal de cáncer pulmón. Volteó a ver a su hijo una vez que colgó el teléfono. No quería que volviera a vivir ese proceso.
—Era una empresa. No me contrataron, pero dicen que otra busca empleados con urgencia. Tal vez consiga un empleo muy pronto.
—Has hecho muchas cosas en tu vida, John Donovan, pero nunca te creí capaz de…
Su voz se quebró. Se cubrió el rostro con las manos y se sentó frente a John. En la cocina reinó el silencio. Él no era capaz de ver a su esposa a los ojos. Debía reconocer su culpa, debía sentirse terriblemente culpable; pero no era así. Llevaba años con ese vicio, aguantaba toda clase de críticas, excepto lo que incluyera su adicción. Nunca había dañado a nadie, así que nadie tenía el derecho de decirle cómo vivir su vida, ni siquiera su esposa. Al menos así lo consideraba él y nada lo haría cambiar de parecer.
— ¡Y luego enfrente de tu hijo! De verdad que no tienes vergüenza —bramó la mujer.
— ¡Eso no te incumbe! —gritó el hombre, enojado—. Lo que haga con mi vida es muy mi problema. No vengas con las clases de moral cuando tú eras la puta del pueblo.
Martha ahogó un grito al recordar su pasado. Desvió la mirada y derramó unas lágrimas de coraje. Empujó a su esposo con fuerza, gritándole miles de cosas. John se limitó a ignorar los insultos y evitar que ella revisara su ropa. Fue tarde. La bolsa fue encontrada y la mujer jaló de ella con todo su enojo, derramando el contenido por toda la cocina. John abrió los ojos de par en par y, temblando, intentó reunirlo, tan débil como lo es un adicto cuando se ve acorralado y las ansias dominan su ser. Al final se dio cuenta de que era inútil. Martha le miró decepcionada. ¿Por qué se casó con él?
—Lárgate, John. No quiero que vuelvas a ver a Clyde hasta controlar tu adicción.
Le dio una oportunidad, impulsada por el amor que un día logró profesarle, ése que dio como resultado a un niño tan lindo. John se puso de pie realmente furioso, con el rostro totalmente enrojecido. Hizo la mano un puño y asestó un fuerte golpe en la mejilla de su mujer, que la hizo caer al piso cubierto de droga. La habría matado en ese preciso instante si su cuerpo no hubiera exigido una nueva dosis. Así que salió a buscarla. Martha se cubrió la mejilla con la mano, sollozando. Ésa era la familia perfecta. Todo se resquebrajaba con una velocidad impresionante, pero aún no se rompía.
Justin estaba mudo por lo que acababa de presenciar. Su presentimiento se hizo más fuerte y sólo logró mover las manos, haciendo muchos trazos. Plasmó a Martha en el piso de la cocina. Podría servir de evidencia. No, Justin, no debes pensar en un asesinato, piensa en lo que sea, menos en eso.
John sabía perfectamente a dónde ir: un callejón oscuro de la ciudad de Seattle. Podría parecer normal, pero era el expendio más grande de droga de todo el estado. Le dieron la bienvenida, pues era cliente habitual. Le ofrecieron unas cosas muy normales, lo de siempre, en realidad; pero luego de esa pelea necesitaría algo más poderoso para lograr escapar de su maldita realidad.
Uno de los vendedores meditó un segundo, antes de sacar una pequeña bolsa con tres píldoras transparentes. Eran muy costosas, pero no había nada mejor en el país. Donovan estiró la mano para tomarlas, pero éstas le fueron alejadas. Sólo había una advertencia. Debía tomar sólo una, tres sería una muerte instantánea y dos lo volvería impredecible. John le arrebató la bolsa y extendió el dinero.
Admiró su escapatoria momentánea a la luz de la puesta del sol. Vio reflejado el rostro de su hijo, pero nada lo detuvo. Sacó una de las píldoras. Estaba por tomarla cuando tuvo una mejor idea. Sacó otra y recordó la advertencia. ¿Qué tan impredecible se podría volver? Muchas veces vivió sobredosis y de todas salió ileso. No hay droga capaz de noquearlo así. Tomó las dos píldoras y las tragó en seco, sintiendo cómo se le atoraban en la garganta.
De inmediato sintió el cambio. El sol ya no era naranja, era de un rojo intenso. La calle se hizo un río y él podía caminar sobre el agua. Peces dorados saltaban hacía él. El líquido sabía a azúcar. La gente eran brillos hermosos, las mujeres eran sensuales, los niños soltaban risas en vez de palabras. Todo era comestible, un poste, una banca. ¡Era el país de las maravillas de John! Olvidó que tenía una esposa furiosa en casa, olvidó que –de hecho– ya no era su casa, olvidó que tenía un hijo. Un arcoíris apareció frente a él y no resistió la tentación de seguirle.
Clyde POV
Me sentía muy triste cuando vi salir a mi padre de esa manera, pero luego recordé su promesa. Dijo que me llevaría a acampar. ¡Qué felicidad! Tenía que preparar mis cosas. Ya casi todo estaba en una mochila grande, pero no estaba de más agregar otras en caso de una emergencia.
La única de un tamaño apropiado era de color amarillo chillante. La bajé de la parte de arriba de mi armario y le sacudí el polvo. Era perfecta. Tomé un cambio de ropa y zapatos y una pequeña toalla para limpiar el sudor de mi cara mientras subiéramos por la montaña o recorriéramos grandes extensiones de campo. Mi sonrisa llegaba de oreja a oreja. Me moría de ganas por ir.
Dejé la mochila junto a la silla de mi escritorio y saqué un mapa de Seattle, marcando los lugares que me gustaría conocer. Escuché la puerta y al girarme vi a mi madre con una mejilla muy roja. Le observé preocupado, estaba por preguntarle qué le pasó cuando ella me interrumpió con otra pregunta, de manera tajante y demasiado seria.
— ¿Qué haces? Deberías estar haciendo tu tarea, Clyde —su tono de voz me dio miedo, era como si hablara con alguien más, no con mi madre.
—Preparo mis cosas para la excursión con papá —respondí con toda la inocencia del mundo, topándome con una cara llena de furia y un ceño notablemente fruncido.
—No va a haber excursión, Clyde —dijo mi madre controlándose—. Tu padre ya no vivirá más aquí. Es mejor que te mantengas alejado de él.
— ¡Pero me lo prometió! —dije, sintiéndome terriblemente traicionado e ignorando la última frase.
Cuando eres niño, sólo te interesan los temas que te afectan en el plano inmediato. No digo que no me importara o afectara, pero yo sólo podía ver mi fin de semana arruinado y la traición de mi padre.
Ahora yo también me enojé. Le grité a mi madre, aventando el mapa y arrojándome a la cama. Lloré de rabia. Mi madre soltó un suspiro, quiso acariciarme la cabeza, pero yo me aparté.
Ahora no entiendo por qué estaba enojado con ella, pero, como dije antes, no fui capaz de ver más allá de mi bienestar. De lo contrario, nunca habría deseado eso. Mi madre se sentó a mi lado, de la misma forma a cuando le confesé el crimen de papá. Trataba de arreglar el problema con palabras amables, dulces, de esperanza. Mis oídos eran sordos.
—Habrá muchos días, Clyde. La próxima semana yo podría acompañarte. Incluso podríamos invitar al vecino y a su hijo. ¿Te imaginas? Apuesto a que será mil veces más divertido. Mañana mismo hablaré con el señor Wallace.
—Desearía que muriera —dije, sin creer que mi deseo se haría realidad.
— ¡Clyde! —exclamó mi madre, sorprendida—. ¡Nunca digas eso!, por más enojado que puedas estar con una persona. Nunca debes desearle la muerte a nadie, Clyde. Mucho menos a tu padre.
Le miré con los ojos llenos de lágrimas. Mientras más unido estás con la persona, más fuerte es el dolor de una traición. Es increíble por lo que nos enojábamos de niños, por una tonta excursión. No me culpo, era pequeño, ¿qué más podría haber pensado? Volví a hundir la cabeza en el almohada. Sólo deseaba despertar de esta pesadilla, pero continuaría un buen rato más.
Mi madre insistió en que fuera a cenas, aunque fuera poco. Me negué, apagué la luz de mi habitación y el techo se iluminó. Muchas estrellas fluorescentes estaban pegadas a él, de un intenso color azul. Sólo pude recordar a mi padre al ver mi pequeño cielo nocturno. Pasamos un verano entero pintándolo.
Vi por la ventana las luces de la ciudad de Seattle. Mañana sería un día mejor. Nada es para siempre. Cuando el sol sale, nuestra situación mejora. Yo no podría ser la excepción, ¿o sí? Lo ojos brillantes y verdes de un gato negro se asomaron por la ventana. Golpeó el cristal con su pata y luego erizó su lomo, gruñendo y arañando como si deseara atacarme.
Cerré los ojos y al poco tiempo entré al mundo de los sueños, reviviendo cada buen momento entre mi padre y yo. Sonreí. Creo que ésa fue la última sonrisa que logró sacarme mi padre.
El gato volvió a despertarme. Yo le miré enojado e intenté ahuyentarlo. Miré el reloj, que marcaba la medianoche. Entonces, vi una sombra. El gato no me gruñía a mí, sino a alguien más.
Fin Clyde POV
"Joven amor asesino. Es lo que esto debe ser"
El arcoíris se detuvo en una puerta y John escuchó una voz que le decía que en ese lugar vivían dos monstruos que iban a matarle si él no lo hacía antes. El miedo y la angustia se apoderaron del hombre a tal punto que no reconoció su propia casa. El reloj casi marcaba la medianoche. Había estado dando vueltas por la ciudad, siguiendo el arcoíris. Tocó con fuerza la puerta, con intensiones de derribarla.
Martha escuchó el ruido y bajó alarmada las escaleras. Una parte de ella deseaba que se tratara de John, arrepentido y suplicando por una disculpa. Su deseo se cumplió a la mitad.
Cuando vio a su esposo, de inmediato supo que algo no estaba bien y, en cuanto la luz de la luna iluminó esos ojos rojos, supo que la droga corría libre y felizmente por su sistema. Intentó cerrar la puerta, pero John la empujó. Él sólo podía ver una creatura negra con ojos y dientes brillantes en posición de ataque. Golpeó a su mujer con el puño cerrado, manchándose de sangre. Martha se arrastró rumbo a la sala, buscando el teléfono para llamar a la policía.
— ¡John, por Dios! ¡¿Qué tomaste?! ¡¿Por qué me atacas?! —gritaba la mujer, totalmente aterrorizada; no tanto por ella, sino por su hijo—. ¡Detente, John! ¡Te lo suplico! ¡Por favor, por tu hijo, por el pequeño Clyde, por favor!
—No lograrás matarme, monstruo —dijo Donovan, completamente fuera de sí.
Pateó a la mujer. Luego la tomó de la cabeza y la estrelló una y otra vez contra el suelo hasta que dejó de moverse y un charco de sangre manchó la alfombra de la sala. Martha dejó de sentir dolor y logró apreciar fue a su esposo subiendo las escaleras de dos en dos, rumbo al cuarto de Clyde. No podía morir. No podía dejar que llegara hasta Clyde.
Pero esa noche sólo la mitad de sus deseos se harían realidad.
John abrió la última de las puertas con cuidado, temeroso del segundo monstruo. Vio que se movía en la cama, tenía unos ojos brillantes y verdes, que le miraban fijamente. Parecían de gato. En realidad, eran de gato.
Clyde volteó y vio a su padre. Al principio quiso reclamarle, así que encendió la luz. Entonces vio manchas de sangre en su ropa. Se le heló el alma y se paralizó por completo. Así permanecieron unos minutos interminables, como analizando al otro. John no veía a su hijo, sólo a un monstruo negro de grandes y blancos y afilados dientes.
— ¿Papá? —inquirió el castaño, pero el mayor sólo escuchó un demoniaco rugido.
John se le echó encima, le tomó del cuello con fuerza y comenzó a ahorcarlo. Clyde arañaba los brazos de su padre, pero el aire se le acababa más rápido con el forcejeo. Finalmente, una de sus piernas logró asestar un certero golpe en las costillas y provocó que éste lo soltara. Salió corriendo del cuarto, bajó las escaleras en completa oscuridad y se cayó casi al final. Se golpeó con fuerza la cabeza, pero el temor de ser atacado de nuevo por su padre lo hizo ponerse de pie. Se dirigió directo a la puerta cuando un gemido lo detuvo.
Volteó a ver la sala. La penumbra era mucha, pero sus ojos comenzaban a acostumbrarse. Vio un bulto que luchaba por erguirse. La curiosidad le hizo avanzar o tal vez fue la sensación de que debía acercarse. Entonces, pisó algo diferente, algo que chapoteó de inmediato. El largo pantalón de la pijama que le arrastraba se humedeció. Cuando Clyde tocó ese líquido, sus dedos se volvieron completamente rojos. Trastabilló y cayó al piso, mojándose el por completo con la sangre. Volvió a escuchar el gemido.
— ¿Mamá? —sollozó el pequeño, dándose cuenta de la identidad de aquel bulto.
Su madre trató de contestar, pero no podía. El dolor en su pecho era inmenso y su sangre la comenzaba a ahogar. Reunió fuerzas del fondo de su alma y logró girar la cabeza para ver tristemente a su pequeño. Comprendió que no iba a estar en su vida después de esa noche, que no lo vería graduarse, no lo vería tener hijos o casarse. El corazón se le partió y derramó una pequeña lágrima. Clyde acercó su mano, al menos quería acariciar su cabeza de la misma forma que ella lo hacía para desearle las buenas noches. La última noche para esa familia.
Un ruido sordo y un quejido alertó a ambos. ¿Cómo esperaban que John bajara las escaleras si no era cayéndose? El hombre se irguió de inmediato, incapaz de ver tan bien como su hijo en la penumbra. Clyde se quedó quieto, con la esperanza de no ser advertido por el hombre-monstruo que tenía el cuerpo de su mejor amigo. John miró a todos lados, intentando ubicar a su presa. Estaba a la defensiva, por si le atacaban; pero nadie iba a hacerlo.
— ¿Dónde estás, maldito monstruo? —dijo atropelladamente—. Sal de tu escondite.
Finalmente, los ojos del hombre se ajustaron y vio el bulto más negro que el resto de la escena. Se arrojó de inmediato hacía él, manchándose de sangre al fallar.
—Papá, soy Clyde. ¿Qué tienes? ¿Por qué haces esto? —preguntó el castaño mientras buscaba el mínimo rastro de humanidad en él, sin ningún resultado.
—Te voy a matar —dijo John sin dudas, con ese tono serio con el que solía regañar a su hijo
Clyde supo entonces el verdadero peligro que corría. Si John Donovan promete algo en esa entonación, lo iba a cumplir.
Lo siguiente pasó en un segundo.
Clyde corrió a la cocina, tal vez con un cuchillo como amenaza su padre se intimidaría. John le siguió a igual velocidad. El niño abrió tan rápido el cajón que su contenido quedó regado en el suelo. Tomó el primer utensilio que pudo cuando vio que su padre le seguía.
Alcanzó a erguirse y ponerse en guardia, pero no para decir ninguna advertencia. Lo siguiente que percibió fue a su padre detenerse a menos de un centímetro de su cuerpo. Luego un líquido caliente le escurrió por la mano. La luz de la luna se coló un segundo, dejándole ver el arma encajada en el pecho de su progenitor. John abrió los ojos de par en par, recobrando el sentido. Vio el rostro aterrorizado de su hijo y luego una punzada de dolor le aclaró todo. Cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. No se disculpó porque no tenía perdón. No dijo nada más. Se lo tenía totalmente merecido.
El reloj marcó la una en punto. El padre de Clyde expiró y su cuerpo cayó inerte al piso, con una herida en el centro del pecho. El charco de sangre no tardó en formarse. Cuatro litros regados en el piso de la cocina. Clyde se mantuvo en esa posición. Su ropa azul ahora era roja; sus manos, igual que ese cuchillo, brillaban en la plateada luz de la luna.
Quiso llorar. Quiso despertar. Quiso morir.
En cambio, sólo pudo quedarse ahí parado, cubierto de sangre; pero no le importaba tanto la ropa o la cocina o la alfombra en la sala, era la mancha en su alma la que no lo dejaría dormir. La que recordaría por siempre. Extrañaría esos suaves labios, esa blanca mejilla.
Ese amor a su padre acabó matándolo.
Vería a su padre en cada extraño en la calle y, si llegaba a conciliar el sueño, se despertaría diciendo su nombre. Podría tratar de fingir, pero cuando la oscuridad y la luz de la luna se asomaran por una ventana, no podría manejarlo. Tendría que aceptar ese hecho: ahora era una creatura de la noche. ¿Cómo podía atreverse a andar como si nada por la calle durante el día? Ahora ya no era un niño. Se transformó en un monstruo nocturno. En un joven asesino.
Mató a su mejor amigo, a su padre, a la única persona que le quedaba en el mundo. Miró el cuerpo inerte del hombre y rompió el llanto. Si tan sólo eso no hubiera ocurrido. Era capaz de dar todo lo que tenía con tal de no estar solo, pero no le quedaba nada con el suficiente valor.
Justin dejó caer su lápiz de la impresión. Sólo decidió asomarse un segundo por la ventana cuando vio ese asesinato. La luz de la luna le permitió distinguir a sus vecinos en esa pelea y cómo sólo Clyde quedaba de pie. Se levantó de un salto, pegando la cara al cristal.
Acababa de ser testigo de un asesinato.
Clyde caminó al lavabo de la cocina, dejando ver con mayor claridad las manchas de sangre en su rostro y ropa. Justin ahogó un grito. Movió de nuevo la mano de manera automática, creando los trazos de las dos escenas anteriores. No colocó detalles porque su vecino se movió de la ventana.
—Esto… —logró articular el chico, viendo sus dibujos—. Eso no es posible. Debe ser sólo una pesadilla. Sí, sólo una terrible pesadilla de la cual despertaré.
Justin guardó su cuaderno de dibujo y se metió a la cama, cubriéndose la cabeza con la almohada.
Clyde subió a su cuarto, apagando la luz y negándose a ver su terrible aspecto. Tomó la mochila de color amarillo chillante. Se horrorizó al darse cuenta de que seguía sin soltar el arma homicida. Lo envolvió con la toalla blanca y la metió en la mochila. Luego se cambió de ropa, se limpió la piel y dejó la pijama junto al cuchillo cubierto. ¿Qué podía hacer ahora? Sólo le quedaba la noche.
Salió del cuarto con la mochila al hombro. Bajó las escaleras a un paso más apresurado. Volteó hacia la cocina, distinguiendo a su padre por última vez. Luego salió corriendo de la casa con rumbo desconocido, sin un centavo y una mancha en el alma que le carcomería por siempre.
No se molestó en limpiar la escena, ni en intentar borrar su culpa. La sangre nunca se iría ni con litros de agua y jabón. Si lo encontraban y lo condenaban, no huiría, aceptaría su culpa y se sometería a la ley. Pero ahora lo mejor para toda la ciudad era que él desapareciera, que se fuera al único lugar donde nunca amanecía. Al lugar donde jamás tendría el regalo de los rayos del sol, al menos durante el invierno: Alaska. Ése era su nuevo objetivo. Tardaría años, mucho esfuerzo y trabajos mal pagados, pero finalmente llegaría a la desolada región ártica. A su hogar.
Se detuvo en un teléfono público y llamó a la policía. No soportó la idea de que los vecinos notaran la ausencia de sus padres hasta varios días después. Una mujer fue quien le contestó la llamada.
— ¿Cómo sabe que fue un asesinato? —inquirió la mujer, asustada porque era un niño quien le informaba de la emergencia—. ¿Te pasó algo a ti? ¿El asesino sigue ahí?
—No. Ya se fue —respondió Clyde, derramando una lágrima.
Colgó de golpe.
La policía llegó a los pocos minutos, levantando a todo el vecindario, quienes miraron curiosos cómo sacaban el cuerpo del padre ejemplar y cómo se llevaba a la moribunda mujer al hospital, con la esperanza de salvarle la vida.
Wallace fue uno de los curiosos. Justin se asomó desde la ventana de la sala, atemorizado por la imagen de ese hombre siendo llevado en una camilla, cubierto por una manta blanca, con un brazo caído y ensangrentado. Se desmayó, suprimiendo esa horrible noche de su memoria. Olvidó los trazos en ese cuaderno que jamás se atrevió a volver a abrir.
Clyde llegó a un parque muy alejado de la casa, de su antigua casa. Se recostó en la banca y miró el cielo nocturno. Unas pequeñas estrellas alcanzaban a verse. Sonrió, fingiendo que seguía en su cuarto, tapado con esa suave cobija y apoyado en la almohada; en vez de estar en una fría y dura banca, con la cabeza sobre la chillante mochila, sobre el cuchillo que le arrebató la vida a su padre.
Jamás se despediría de esa arma, mas no por el riesgo de ser descubierto y condenado, sino porque se trataba del último recuerdo de su padre. Ésa fue la noche más oscura del joven asesino. La noche que de la que aún recuerda cada detalle, por más mínimo que sea.
4:10 AM — Seattle, Washington, EUA (-8 UTC)
