Quisiera aclarar que esta historia fue escrita entre julio de 2012 y junio de 2013, por lo que cierta información, historia pasada y nombres de ciertos personajes no estaba confirmada o disponible en esa época y, por lo tanto, no se refleja aquí.
Próxima fecha: 17 de diciembre
Capítulo: 16/27
Pareja: Craig y Tweek
Canción: The one that got away de Katy Perry
POV: Tweek
Capítulo 14: "La promesa de dos niños"
"Entonces hablábamos sobre nuestro futuro como si tuviéramos alguna pista"
22 de marzo de 2002
10:00 PM — Río de Janeiro, Brasil (-3 UTC)
Dos fuertes brazos le inmovilizaron. Sus pies dejaron de tocar el suelo y, por más que gritaba, sus padres sólo desviaron la mirada. Su mochila cayó al suelo. Su libreta estaba ahí. El sonido desapareció y pudo ver a un chico pelinegro a lo lejos, corriendo hacia él. Entonces, las dos puertas blancas del auto se cerraron enfrente de él. Sintió una punzada de dolor en el brazo: una jeringa había inyectado un líquido blanco. Todo se volvió borroso, pero alcanzaba a escuchar a alguien que gritaba.
— ¡Tweek!
22 de marzo de 2002
6:05 PM — Río de Janeiro, Brasil (-3 UTC)
— ¿Está Tweek? —preguntó alegre el pequeño Craig Tucker, de 8 años.
La señora Tweak esbozó una sonrisa y dejó pasar al niño, quien subió rápidamente las escaleras. Los Tucker saludaron enseguida, aunque Thomas lo hizo con dificultad. De no ser por la amistad entre sus hijos, esas dos familias no tendrían nada qué ver.
Richard Tweak salía de su cuarto cuando vio pasar como un rayo al mejor amigo de su hijo. Torció la boca. Por más que su esposa tachara esa amistad de inocente, había algo que no concordaba. Desde que ese par se conocía, Tweek se había vuelto muy paranoico. Claro, Richard nunca culparía a las diez tazas de café que era capaz de darle al niño con tal de calmarlo. Bajó la escalera y se topó con una escena ya muy común. Su esposa y la señora Tucker envueltas en carcajadas mientras que Thomas y Richard no se dedicarían ni una mirada.
Los ventiladores estaban a más no poder, aunque el otoño acababa de entrar. Río era una ciudad demasiado calurosa. Ambas familias extrañaban el frío clima de Denver; pero, por azares del destino, transfirieron a Thomas a Brasil y Richard vio una mejor calidad de vida en ese paraíso tropical, aunque tuvo que dejar la cafetería, pues nadie compraría un líquido así con un clima tan caliente. Ahora era conocido como el hombre de los helados.
Sin duda, eso mejoró su situación económica, pero mudarse ahí provocó que los niños se conocieran. Las risas de ambos lograron escucharse hasta la sala.
—Así con los niños —trató de restarle importancia la señora Tweak.
Tweek no podía parar de reír. Craig estaba sobre él, haciéndole cosquillas. El rubio se retorcía de un lado a otro, tratando de detener la risa. Logró apartar a su amigo, respirando agitadamente. Tucker se sentó en la cama. Traía una pequeña mochila con su vestuario para la competencia de teatro. Por primera vez, su escuela estaba en la final y, a pesar de hacer un papel insignificante, se sentía orgulloso de su trabajo. Tweek se sentó en el piso, mirando el suelo en lo que recuperaba su respiración normal.
Entonces, un regalo apareció delante suyo, envuelto en un papel azul oscuro y un moño amarillo. Alzó la mirada y se topó con el rostro contento de su amigo. Parpadeó un par de veces sin entender. No era su cumpleaños, ¿por qué recibía un obsequio?
—Ábrelo, Tweekers —dijo Craig, dándole el regalo—. Vamos, ábrelo.
—No es mi c-cumpleaños. ¡Gah! —dijo el rubio sin aceptarlo todavía.
—Lo sé —respondió Tucker, sonrojándose un poco —. Es sólo que… sé que tu no querías participar en la obra. Te uniste por mí. Quería al menos darte algo.
Ahora fue Tweek quien se sonrojó. Tomó el obsequio y quitó la envoltura. Una pequeña libreta de color rojo cayó en sus manos. La abrió y en la primera hoja decía:
"Para el mejor amigo de todo el mundo.
Te quiero, Tweekers"
El sonrojo de Tucker aumentó cuando los brazos del rubio se cerraron en su cuello, dándole un abrazo. Pronto Tweek empezó a llorar de felicidad. Craig era su único amigo y, aunque él podía irse con quien fuera, ser más genial o popular, prefería hundirse con él, con el bicho raro de la escuela. El rubio se separó un poco, quedando frente a frente con su mejor amigo, con sus narices y frentes tocándose románticamente.
A esa edad ningún niño considera que las mariposas que revolotean en su estómago indican un profundo amor; mas los padres sí son capaces de interpretar la escena, tal como lo hizo Richard, quien separó de inmediato a su hijo de la mala influencia. A Craig bastó una mirada para saber que jamás se llevaría bien con el padre de su mejor amigo.
—Se hace tarde, Tweek —dijo Richard—. Ya deben irse.
En cuanto entraron a la escuela, los niños fueron hacia el auditorio con sus mochilas llenas con el vestuario. Los Tucker se adelantaron, diciendo que reservarían los lugares. Entonces, Richard detuvo a su esposa, mejor momento no habría para hablarle del inminente problema. En cuanto la mujer vio la expresión de su esposo, supo que tenía que ver con la amistad de los dos niños. Suspiró, cansada de escuchar quejas mal infundadas del primogénito de los Tucker. Si de por sí esa familia estaba rodeada de chismes. Incluso la pequeña Ruby ya era acusada de ser una futura criminal. Richard cerró su mano en la muñeca de su mujer.
—Creo que ya es hora de ocuparnos de Tweek. Sólo míralo. Se comporta cada vez más raro y es por culpa de ese chico —argumentó el hombre.
— ¿Raro? ¿Qué es para ti raro, Richard? Si Tweek es idéntico a ti, ¿no sabías?
— ¡No lo es! —gritó escandalizado, llamando la atención de los otros padres. Se calmó un poco, pues no deseaba crear otro chisme—. Si no lo detenemos, ese niño convertirá a nuestro hijo en un monstruo. Si no hubiera llegado al cuarto a tiempo, le habría robado su primer beso. ¿Sigues creyendo que es insignificante?
La señora Tweak abrió los ojos de par en par, negando una y otra vez con la cabeza. Su hijo no podía caer en esa rareza, ese chico Craig no podía estar propiciándolo. Aunque, pensándolo un poco, eso explicaba la unión tan fuerte entre ambos. Ella le dio la espalda a su esposo, sintiendo que se ahogaba.
— ¿Cómo es que los Tucker no lo han notado?
—Porque les vale una mierda —respondió Richard—. Si no vemos por Tweek, ellos no lo harán.
Intentó abrazar a su esposa, pero ella se lo impidió.
— ¿Y qué haremos? —preguntó con lágrimas en los ojos, afrontándose a un oscuro futuro.
—Contacté a un psiquiatra —dijo el hombre, mirando hacia la reja de la escuela. Un sujeto había entrado y se ajustaba los anteojos. Tenía una sonrisa tranquila y se dirigía hacia el matrimonio—: al doctor Flint.
—Puedo curar a su hijo en una noche. Ya lo he hecho con muchos otros —comentó el hombre. Traía una gabardina de color negro y un par de zapatos muy brillantes. No concordaba con la estación que era—. No he me encontrado un solo caso imposible. Yo a todos los he curado.
La señora Tweak barrió al desconocido de pies a cabeza. Había algo en esos anteojos que la hacía dudar. Algo en ese rostro tan sonriente, como suplicando ser contratado. Miró a su esposo con desagrado. ¿Cómo se atrevió a contarle primero a otra persona el problema del niño? Sobre todo antes de siquiera hablar con ella. Apretó la mandíbula, se secó las lágrimas, poniéndose a la defensiva. Como toda madre, defendería con dientes y garras a su cachorro.
—Espero que no te moleste que lo invitara a la obra —comentó Richard.
La mirada de su mujer fue fulminante. ¡Eso era precisamente lo que le enojaba! Corrían el riesgo de, si lo rechazaban, ser amenazados por ese sujeto. Conocía la ubicación de Tweek cinco días a la semana.
— ¿Y cómo los cura precisamente? —preguntó despectiva la mujer.
—Me temo que ese es un secreto médico —respondió Flint.
La señora Tweak bajó la mirada. Estaba a punto de rechazar la oferta cuando su imaginación voló, mostrando una imagen de su hijo besándose con su mejor amigo. Fue un efecto tan repulsivo que su boca no se pudo controlar. Aceptó la ayuda del doctor, pero luego miró enojada a su esposo, arrojándole la culpa de que, si algo salía mal, ella no tendría nada que ver. Tragó saliva, como deseando borrar el asco de su garganta. Un asco tan poderoso que le hizo entregarle a su hijo a un completo desconocido con métodos poco confiables.
—Una noche, les digo —se jactó el doctor—. Si quieren, puede ser ésta. Por la mañana les aseguro que su hijo será completamente normal.
Los ojos de Richard se iluminaron, asintiendo enérgicamente con la cabeza. La hora les ganaba. Debían entrar a la escuela si deseaban ver el comienzo de la obra de su hijo. Cuando el matrimonio se fue. El doctor Flint esbozó una tétrica sonrisa. Miró su reloj, impaciente. Su conejillo de indias estaba en camino. A ver si esos idiotas de la Asociación Médica volvían a llamarlo chiflado.
"Y mantener las promesas. Poder se nosotros contra el mundo"
Tweek no podía estar más nervioso. La presión se desbordaba por todos lados, afectando el delicado estado mental construido por las numerosas tazas de café de sus progenitores. Sacaba su vestuario, temblando a más no poder. Era un pequeño conejito asustado a los ojos de Craig, pero también era la imagen más dulce de todas. El pelinegro le ayudó encantado, sonriéndole de su mejor amigo, quien tenía las mejillas sonrosadas. A falta de camerinos, se vistieron en el reducido espacio entre el segundo telón y la pared del fondo. Tweek abrochaba mal su camisa blanca, pero al colocarse el suéter del uniforme no se le notó ese detalle.
Ahí estaban, con sus uniformes de diario de la escuela, a punto de representar una obra ante muchas gente, los jueces y quizá uno que otro reportero. La tarea de Tweek es simple: correr entre los niños después de fingir que juega a las escondidas, contando hasta quince en un árbol de cartón en el lado derecho del escenario. Luego saldría por la izquierda y desaparecía por el resto de la obra.
El verdadero protagonista era Craig: actuaría como el chico nuevo de la escuela a quien todos rechazan, pero que se enamora de una niña y juntos logran eliminar el famoso bullying. Después de todo, de eso debían tratar todas las obras: sobre cómo eliminar el acoso escolar. La profesora sólo mezcló Romeo y Julieta con ese tema.
El corazón de Tweek se apretó con fuerza, resintiendo un aspecto del guion que nunca se atrevió a reclamar. ¿De qué hubiera servido? Tampoco es como si fuera un detalle importante, pero no podía negar que cada vez que Craig tenía que tomar la mano de esa chica una ira le invadía. Tucker pareció notar ese cambio de actitud desde el principio, pues esbozaba una sonrisa de felicidad y autosatisfacción.
—Tweek —inició llamando la atención de su rubio amigo—. Tweekers.
El rubio salió de su ensoñación, sonrojándose ante la cercanía de su amigo. Craig extendió su dedo meñique con sus ojos brillantes.
—Prométeme que vamos a estar juntos por siempre, Tweekers. Sin importar lo que pase. Prométemelo —suplicó el pelinegro.
El carmín se apoderó de nuevo de las mejillas de Tweek, quien extendió el dedo meñique de la misma manera, entrelazándolo con el de Craig. Luego, en memos de un segundo, recibió un beso en los labios. Duró dos segundos, pero selló de una mejor forma la promesa de esos dos niños. Los confusos sentimientos de Tweek se aclararon en ese escaso lapso de tiempo, iluminando su rostro con la dulzura del primer amor. Le regresó el beso a Craig, sorprendiéndolo, jamás pensó que Tweek fuera capaz de hacer algo así. La voz de la profesora impidió un tercero.
El momento había llegado.
El telón se levantó y una delicada música marcó el inicio de la narración. El grupo de niños se esparció en el escenario al tiempo que Tweek contaba en voz alta del uno al quince. Craig fingía confusión antes de entrar al escondite previamente acordado. Las dos familias observaban orgullosas mientras los jueces, con una expresión enojada, veían el acto. Era más fácil doblar el acero que cambiar esa mueca. Ambas señoras secaban las lágrimas de orgullo, mientras los padres cruzaban los brazos llamando mariconería a esa actuación.
Cuando Tweek terminó de contar y se enfrentó al público quedó petrificado. Sólo podía ver los ojos luminosos de las cámaras, rostros borrados y miradas pesadas. Quiso huir. Se dio la vuelta, dispuesto a correr, pero sus agujetas se enredaron y lo tiraron. Espero todo: regaños, risas, miradas furiosas, lágrimas de la maestra al ver arruinada su ópera prima. En cambio, se encontró con la mano de Craig. La mano que le ofrecía ayuda para ponerse de pie, como si esa caída fuera parte de la obra. Sólo entonces Tweek fue capaz de ignorar al mundo entero, únicamente prestó atención al lado de su corazón y el tacto de la suave mano de Tucker.
Perdieron, aunque, sinceramente, ¿quién de los alumnos creía tener una posibilidad de ganar? Pero, claro, explíquenle eso a la profesora que, destrozada, lloraba el haber quedado en el cuarto lugar.
A Tweek le pareció muy raro no ver a sus padres al bajar del escenario. Craig le acompañó hasta el portón de la escuela, donde la señora Tucker le señaló a sus padres cruzando la calle. Iba a acompañarle cuando Thomas se enfrascó en una pelea con otro de los papás, uno de los que ganaron el primer lugar con una obra sinceramente patética, pues el concurso ya estaba comprado desde un mes antes.
Así, llegó el momento de despedirse.
Tweek había caminado hasta ahí de la mano de Craig, por eso le costaba mucho dejarlo ir. Craig sonrió, acercó su boca al oído del rubio y alcanzó a susurrar las palabras que quedarían grabadas con fuego en su mente.
—Nos vemos mañana.
Luego, soltó la mano de Tweek y caminó hacia donde estaban sus padres, girando a la derecha, a una de las calles más estrechas de todo Brasil.
Tweek se giró al lado contrario, con la meta fija en sus padres. Estaban tan contento con los últimos acontecimientos que no le pareció raro que sus papás no fueran protectores hacia él. Sonriente, comenzó a correr, pero dos muros blancos le detuvieron. Su madre desvió la mirada, su padre ignoró todo lo ocurrido a continuación.
Dos brazos lo sujetaron con fuerza, haciendo que los pequeños pies de Tweek quedaran colgados muy alto. Su mochila se resbaló por su brazo, vaciando su contenido: la libreta roja salió disparada. Las cosas provocaron un ruido sordo casi imperceptible, pero el oído de Craig fue capaz de captarlo.
Todo se movía despacio para Tweek, pero le miedo le había paralizado. Cerró con fuerza los ojos, convenciéndose de que todo era un sueño, pero cuando los abrió de nuevo, una luz cegadora casi se los lastima. Una artificial luz de una camioneta completamente blanca con dos enfermeros.
Craig regresó sobre sus pasos y casi se desmaya con lo que vio. La sangre le hirvió al observar la calma de los señores Tweak. Vio la mochila de su amigo y la libreta roja nueva. Apretó los puños, salió disparado hacia los secuestradores, gritando una y otra vez el nombre de su amigo. Las puertas del auto se cerraron en su nariz, pero eso no impidió que persiguiera la camioneta antes de cansarse. Derramó las más amargas lágrimas de su vida.
Tweek POV
Por más que grité no me hicieron caso. ¿Están sordos, mamá, papá? Les pedí ayuda. ¡Me secuestran! ¡Por un demonio! Sentí una aguda punzada de dolor. Vi una brillante jeringa inyectar un extraño líquido. Tragué saliva, forcejando como nunca en mi vida; pero para esos hombres era una simple brisa. Primero movería una ballena antes de soltarme de su agarre. Mi vista comenzó a nublarse. Vi cómo los enfermeros decían algo, pero no alcancé a escucharlo. Sólo vi una boca a través de un orificio entre la cabina y la parte trasera de la camioneta.
—No lo seden mucho —oí ahogadamente—. No quiero que lo acaben matando.
Entonces perdí por completo el conocimiento. ¿Qué pasaba? ¿Quién me llevaba? Pero, más importante, ¿por qué me llevaba? Mis padres estaban enterados de eso, estoy seguro. Mi madre jamás habría dejado que alguien me secuestrara frente a su nariz. ¿O sí? ¿Cómo estar seguro de su actitud cuando acaba de comportarse tan raro?
Craig.
Él intentó ayudarme. Mis ojos se llenaron de lágrimas, sin poder soportar la idea de no volver a verlo, de no volver a besarlo. Sentí un golpe en la cabeza y cómo me alzaban, pero no pude abrir los ojos, ni mover un músculo para sobar el palpitante punto donde fue dicho golpe. Me sentaron y mis muñecas fueron inmovilizadas. Se estaban comportando muy sádicamente, sólo soy un niño pequeño.
El frío del agua en mi rostro abrió mis ojos de inmediato. Mi cuerpo tembló del frío y del terror que me asaltó. Miré hacia todos lados, tratando de ubicarme. Fue totalmente en vano, no reconocía absolutamente nada de ese lugar. Un cuarto gris con una mesa metálica y sillas del mismo material. Un hombre de sobretodo y anteojos me miraba como hipnotizado, como si me hubiera buscado durante años y por fin me encontrara. No lo culpaba, era difícil encontrar a unos padres tan pendejos como para permitir que se llevaran y trataran así a su único hijo. Leí su bata a pesar de mi constante tic nervioso en el ojo izquierdo: Doctor J. Flint.
—Tranquilo, Tweek. Sólo quiero hablar un poco contigo —me dijo el hombre.
— ¿Cómo s-sabe ¡gah! m-mi nombre? —inquirí, muerto de miedo.
—Tus padres fueron muy amables en proporcionarme esa información —contestó, quitándose las gafas para limpiarlas con un blanco pañuelo—. Les preocupa mucho tu actitud con ese chico, Tweek, por eso te han mandado conmigo.
Me quedé quieto del pánico. ¿Craig? ¿Sabían lo de Craig? ¿Cómo demonios? ¿De verdad me creen tan loco como para mandarme a este lugar con un psiquiatra chiflado y aterrador? El alma se me fue a los talones.
—Así que —continuó Flint—, mientras más cooperes, más rápido saldrás de aquí. ¿De acuerdo, amiguito? No te haremos daño. Sólo un par de experimentos.
Sabía que ésa era la forma elegante de decirme que sería su conejillo de indias, su rata de laboratorio. Una pieza más en un proyecto que para nada se interesaba en mí o en mi bienestar. Derramé unas lágrimas he hice lo único que se me ocurrió: suplicar, rogar por que me soltara. Era sólo un niño de primaria. ¿Cómo podía usarme de esa manera? Él se limitó a mirarme y decirme que me calmara. Acarició mi cabeza, intentando acomodar mi rebelde cabello rubio, sin éxito alguno. Miró su reloj y luego chasqueó molesto la lengua, como si alguien se estuviera demorando demasiado. Entonces, uno de los enfermeros, que él llamaba asistentes, entró a la sala, diciendo que estaba todo listo para el experimento. Flint sonrió emocionado.
Me llevaron a rastras a otra habitación. Forcejeaba y gritaba, pidiendo ayuda, sin el menor resultado. Todos los asistentes eran igual de malvados que el doctor Flint. Vi una cama de metal rodeada de muchos aparatos, que tenía unos cinturones de color café. Miré a cada una de las personas ahí, sin contenerme a preguntar qué ganarían con todo esto.
— ¿Te imaginas poder cambiar la forma de ser de alguien con una simple descarga eléctrica? —inició Flint con ojos grandes, abiertos, iluminados—. Serías la persona del momento, millones de criminales corregidos, niños curados de terribles desviaciones. ¡Mejoraría la raza humana!
¿Descarga eléctrica? Reaccioné tarde. Me sujetaron con fuerza con los cintos, preparando los aparatos. Me cubrieron la boca para que no gritara o me mordiera la lengua. Me colocaron una especie de casco de metal con dos protuberancias y, una vez asegurado, uno de los asistentes acercó dos pinzas conectadas a la máquina más grande. Otro movió una perilla para ajustar la intensidad. En ese instante, supe que estaba atrapado. Nada que hiciera me salvaría o liberaría. Absolutamente nada.
—Modificación de la personalidad. Experimento 001 —dijo un chico.
Cuando las pinzas tocaron las protuberancias, una corriente me recorrió. Al principio fue un hormigueo general, pero luego parecía que las hormigas deseaban comerse cada partícula de mi ser. Mi cuerpo se movía en convulsiones y mis ojos, abiertos a más no poder, derramaban lágrimas de dolor. Mi boca dejaba ir saliva sin control.
Entonces, algo se formó en mi iris: una mancha totalmente negra, un remolino de terrible dolor, traición y sufrimiento. Todo lo que sentía, cada piquete o punzada dolorosa quedaba marcada ahí, en cada pigmento oscuro e invasivo. Para mí fue eterno, para ellos sólo unos segundos. Al silenciarse las sensaciones de mi cuerpo, miré el techo.
Pensaba que la vida debía ser una hija de puta, porque unos minutos antes presentaba una obra escolar con mi amado Craig, y ahora estaba aquí.
—Perfecto —exclamó el doctor Flint—. Al menos no murió. Es el primer niño con el que experimentamos, ¡alégrense! Llévenlo a las celdas con los demás sujetos de prueba y, por favor, cámbienlo de ropa. Haremos otra prueba en unas horas.
Me tomaron de ambos brazos, ordenándome caminar. Mis piernas sufrían espasmos por la corriente eléctrica. Daba un paso y ellos me arrastraban dos. Así que sólo era el primer niño, no el primero con el que experimentan. Eso me quedó más en claro cuando entramos al pasillo de las celdas. Muchos hombres y mujeres encerrados, lamentándose, gritando, maldiciendo a todo, al doctor, a Dios, a sus padres y madres.
Me arrojaron en una pequeña habitación gris, con una cama de metal solamente. Luego cerraron la pesada puerta metálica de un portazo. Todo estaba oscuro, sólo un pequeño orificio en la pared por el que entraba la luz de la luna. Pensé que las gruesas paredes de concreto ahogarían los gritos, pero me equivoqué. Podía oír cada voz lamentándose, cada agudo grito femenino, cada grave aullido masculino. Incluso golpes. ¿Serían un intento de fuga o un intento de suicidio? Todo se nubló. Sentí que me desmayaba. Mi piel aún hormigueaba y mis ojos no dejaban de soltar silenciosas lágrimas.
Esto no podía estar pasando. Seguramente despertaría en mi cama, con Craig frente a mí, riéndose de mi cara asustada. Mis padres estarían al lado, me consolaría diciendo que sólo se había tratado de una terrible y vívida pesadilla. Despierta, Tweek, tienes que regresar a tu cuarto. Seguramente está por amanecer.
¡Despierta! Por el amor de Dios, ¡despierta, Tweek!
Abracé mis piernas, sentado en esa dura y fría cama de metal sin lograr despertar por más pellizcos que me daba. Contenía las ganas de gritar y los horribles gemidos a mi alrededor no ayudaban. Apreté con fuerza los ojos, intentando recordar todo lo bueno de mi vida: mi cuarto, mis juguetes, mi adorado café, mis padres –aunque me traicionaron aún los quiero–, mi amado Craig.
—Rescátame, ¡gah! Por f-f-favor —dije sollozando—. P-Por favor.
Fin Tweek POV
"Y a veces, cuando te extraño, pongo aquellas canciones"
Los gritos se hacían más insoportables cada segundo. Tweek cubría desesperado sus oídos sin lograr siquiera ahogar los lamentos. Respiraba agitadamente con el pulso a cien y los ojos llenos de lágrimas. No quería escucharlo. No quería estar ahí. Craig iría por él, tenía la esperanza. De pronto, un jadeo se convirtió en una nota musical, luego en otra y pronto una agradable tonada salía de sus pequeños labios. Los sonidos se convirtieron en palabras, en una canción:
"Era una vez
en un lugar
que no voy a olvidar.
Conté hasta diez.
...
Corrí tras de ti.
El timbre sonó,
mi corazón cantó,
feliz te sonreí.
...
Tu mano acercaste,
tu ayuda acepté,
me puse de pie
y me susurraste:
...
Nos vemos mañana.
Te fuiste a la derecha
por esa calle estrecha,
rumbo al fin de semana"
Los gritos fueron ahogados en su totalidad, dejando un ambiente sereno donde sólo escuchaba su propia canción: su ancla al mundo feliz, real, deseado. Lo único que le evitó caer en un profundo estado de psicosis. Nunca había tenido talento para cantar, menos aún para componer, antes de ese choque eléctrico. Se recostó sin dejar de cantar o tararear. Cuando su garganta no pudo más, se puso a golpear la cama metálica. Sabía que si la música abandonaba sus oídos, los gritos desesperados y las chispas producidas por el movimiento de electrones a través de ese cable destruiría lo único bueno de su vida, su único recuerdo bueno. La sonrisa de Craig, la libreta roja, el juego de las escondidas.
Pobre alma atormentada con gemidos tan profundos, destinada a la soledad y a la oscuridad. Maldito e ingrato destino, incapaz de distinguir el verdadero amor, ¿o acaso sí lo distingue? ¡No! Si lo hiciera, no lo mantendría ahí, no hubiera permitido que esas hormigas carcomieran su cuerpo. Probó la amarga injusticia y le quedó un horrible sabor en la boca que, por más que intentara escupir, no se iría.
Todas esas ideas cruzaron la mente de Tweek, algunas fugaces como su ira, otras permanentes como su canto y su remolino. Por eso, cada vez que se siente triste, derrotado o solo pone de nuevo la grabación de una canción, de una serie de notas sin letra. La olvidó por completo, pero ahora lo recordaba. Cada palabra de La Promesa. Todo lo que conllevaba y lo mucho que significaba. Un gran escudo contra el pasado.
La señora Tweak se levantó con la garganta seca y un sofoco inusitado. El reloj marcaba las cinco de la mañana y no le importó tirar a su esposo de la cama. Su corazón le decía que algo terrible le pasaba a su hijo. Se puso lo primero que encontró, dispuesta a salir corriendo al rescate del rubio; pero el señor Tweak, siempre egoísta, la detuvo notablemente enojado. Una de las cosas que más odiaba en el mundo, además del hecho de tener un hijo marica, era ser despertado a deshoras; pero la señora Tweak no volvería a ser intimidada por esa cara enojada o por tontos argumentos. Empujó a su esposo, cual leona furiosa, decida a descargar toda la ira acumulada.
—Dijiste que estaría bien. ¡No lo está! —bramó furibunda—. ¡Él no está bien!
— ¿Cómo mierda lo sabes? ¿Por tu puto sexto sentido? No seas pendeja y vuelve a la cama —le respondió Richard, dándole la espalda.
Grave error.
La señora Tweak golpeó a su esposo en la cabeza, provocando que éste se cayera al piso. Se colocó encima de él y, con la voz más seria de su vida, dijo:
—Haz lo que quieras, maricón de clóset, pero yo voy por nuestro hijo —dicho eso, se puso de pie y salió de la casa.
Richard no tuvo más remedio que seguirla, aunque estaba muy molesto por la denominación que le dio su mujer. Pero es que, a veces, mientras más criticas u odias algo es porque está más cercano a una realidad no aceptada, oculta en el fondo de tu alma. Miró en la mesa de la sala la libreta roja antes de salir. Frunció el ceño. Era un regalo de ese chico hacia Tweek, ¿por qué deberían conservarla? Debió haberla quemado desde que la recogió del húmedo suelo de la calle carioca.
Sin duda, era raro que alguien golpeara la puerta del hospital a esa hora. Por eso el mismísimo doctor Flint fue quien abrió, para recibir un golpe directo en la nariz por parte de la señora Tweak. Richard trató de detener sus brazos, lo consiguió, pero su boca se soltó por completo sin ningún pudor.
— ¿Dónde está mi hijo? ¿Qué le has estado haciendo, maldito charlatán?
—Señora, aún no amanece. No he terminado el tratamiento de su hijo. Mire, estamos a punto de hacerle otra prueba, ¿por qué no se sienta un rato?
Pero la señora Tweak le ignoró, abriéndose paso a través de un largo pasillo. Richard la siguió, cansado de su infundada actitud, pero cuando ambos escucharon los gritos de dolor, la sangre se les fue a los talones. Corrieron a la última puerta, abriéndola de golpe y topándose con la imagen de su único hijo atado a una cama, amordazado y a punto de recibir una descarga eléctrica con esas pinzas metálicas. El asistente se distrajo y no movió la perilla, provocando que una carga mayor de lo seguro recorriera cada rincón, cada nervio del pequeño niño.
La policía no tardó en llegar, pero un minuto más que se hubiera tardado la ambulancia, Tweek ya no estaría con nosotros. Estaba conectado a esa máquina que vigila sus pulsaciones, con la mano de su madre acariciándole el todavía electrificado cabello y el llanto colérico de su padre, reclamándose lo idiota que había sido. La única buena noticia era que el doctor Flint nunca volvería a disfrutar de la libertad y todas esas torturadas personas recobraron la suya.
Uno de los ojos verdes del rubio se abrió con dificultad. La señora Tweak le miró llorosa, dándole gracias a Dios por darle una segunda oportunidad tanto a ella como a su hijo. Richard también se acercó y alcanzó a disculparse antes de que las enfermeras les sacaran para revisar al niño. Una hora después, el médico salía con una buena y una mala noticia.
—Díganos la mala —comentó Richard, mordiéndose las uñas de los nervios.
—Tendrá un tic nervioso ocular —dijo el médico—. La descarga le dañó un poco el control del párpado izquierdo, pero fuera de eso ninguna otra estructura tuvo daño permanente. Ésa es la mala noticia, pero hay algo más.
— ¿Qué cosa? —preguntó la mujer—. ¿Es bueno o malo?
—Cálmese, señora. No sé cómo lo vean ustedes. A mí me parece muy buena. No recuerda nada desde que se mudaron a Río. Su mente cree que está en Colorado. Todo, incluyendo su experiencia traumática. Al parecer quedó bloqueada. Aún no sé más, un psiquiatra irá a verle más al rato, pero es muy probable que nunca recupere esos recuerdos.
Richard no sabía cómo sentirse. En parte eso le alegraba en extremo, tanto porque no recordaría esa terrible noche como –y sobre todo– porque no recordaría su amistad con Craig. Deseó con toda su alma que Tweek nunca recordara lo que pasó.
Entraron a la habitación de su hijo con mucho miedo y lo encontraron riendo feliz. Miraba a un tucán de vivos colores en la ventana. El animal se acercó a la cama y se dejó acariciar alegre.
—Mira m-mamá —dijo Tweek con el marcado tic de su ojo izquierdo—. No s-sabía ¡gah! Q-Que había t-tucanes en C-C-Colorado ¡gah!
— ¿Qué haremos ahora? —preguntó la señora Tweak a su esposo una vez que Tweek cayó dormido por la medicina—. ¿Cómo le explicaremos?
—No sabrá nada —respondió Richard—. El médico dijo que hoy saldría del hospital. Nos iremos en el primer vuelo que podamos de regreso a Colorado.
Richard regresó a la casa, cargando todo lo necesario. Tardaría mucho tiempo, pero lo que ahora necesitaba era un cambio de ropa y la mochila de su hijo. Había insistido en que se la llevara. Vio la libreta roja en la mesa, la abrió, asqueándose con el mensaje cariñoso de ese chico Tucker. Arrancó la hoja y la arrojó lejos, culpando a un inocente de su propia incompetencia. Regresó lo más rápido posible al hospital. Ya regresaría a Brasil por sus cosas. Ahora importaba más mover a su hijo a un ambiente tranquilo, lejos de su mala influencia.
La señora Tweak casi se va a espaldas cuando escuchó a su hijo cantar una canción que pasaron en la televisión. Alcanzaba notas profesionales con tal naturalidad. Recordó las palabras del doctor Flint antes de ser arrestado.
"—Puedo cambiar la personalidad, habilidades, actitudes de una persona. ¡Podría cambiar el mundo, mejorarlo! ¡Soy su héroe, no un sucio criminal!".
La mujer tragó saliva. Ese loco tenía razón. Le dio una voz a su hijo.
— ¿Qué mierda haces aquí? —inquirió Richard al ver a la persona que estaba en la sala de espera con un rostro preocupado.
Nada más y nada menos que Craig Tucker. El niño frunció el ceño, pero se atrevió a hacer una pregunta que sacaría de quicio al padre de Tweek.
— ¿Cuándo podré ver a Tweekers? Tengo derecho a verlo, soy su mejor…
— ¡Tú eres el causante de todo! Primero me muero yo antes de dejarte verlo.
Dicho eso llamó a un guardia para que acompañara a Craig a la salida. El de gorro azul sintió que su mundo acababa. Claramente el señor Tweak se mudaría, lo supo por esa maleta. Se llevaría a Tweek, lo alejaría de él. Pisó al guardia y corrió a la sala de espera, con intenciones de entrar al cuarto del rubio, pero fue detenido por Richard.
— ¡Estaremos de nuevo juntos, Tweekers! ¡Te lo juro! —gritó antes de ser sacado del hospital, para luego llorar amargamente en las escaleras frente a las piadosas y lastimeras miradas de los que entraban ahí.
—Creí oír algo p-papá ¡gah! —dijo Tweek—. Alguien me ha-habló.
—Te traje un regalo —cambió el tema Richard de inmediato.
El rubio vio la libreta, un poco mojada de la parte trasera, de un intenso color rojo. Entornó los ojos, sintiendo que no era la primera vez que la veía. Abrió la libreta y no vio nada escrito en la primera hoja. El remolino en su ojo apareció junto con su tic, pero su sonrisa iba de oreja a oreja. Acarició la tapa y el resorte color plata. Escribiría muchas canciones en ella. Las notas ya estaban en su cabeza, sólo faltaban las palabras para describirlos. Tarareó feliz mientras el tucán de su ventana remontaba vuelo. Se asomó y vio un punto azul en el piso, muy lejos de él. La cabeza le dolió. Culpó a la altura –pues estaban en el quinto piso–, pero no, se trataba de la promesa que su subconsciente luchaba por ocultar.
La promesa de dos niños.
9:10 AM — Río de Janeiro, Brasil (-3 UTC)
