Próxima fecha: 24 de diciembre

Capítulo: 17/27

Pareja: Gregory y Christophe

Canción: Who am I living for? de Katy Perry

POV: Gregory


Capítulo 15: "¿Para quién vivo?"

"Puedo ver el cielo pero sigo escuchando las llamas"

22 de marzo de 2002

10:00 AM Roma, Italia (+1 UTC)

Se ha tardado demasiado. Lo transferirán en cualquier momento al reformatorio. Gregory miraba por la ventana con rejas de las celdas municipales de Roma. Tardaba más de lo acostumbrado. No era la primera vez que lo arrestaban y Christophe iría a rescatarlo. Lo haría como las otras ocasiones. Sólo debía confiar. Llevaba confiando ocho horas. ¿Qué no debería haberlo rescatado ya? Se quedaría esperando, pero su compañero de la mafia nunca llegaría. Nunca lo rescataría de la prisión.

21 de marzo de 2002

10:05 PM Roma, Italia (+1 UTC)

Gregory POV

Señalaba alegre el increíblemente estrellado cielo de Roma. Odiaba miles, no, millones de cosas de ese país; pero ese cielo era encantador, casi tanto como los ojos verdes de mi compañero. Christophe casi se quedaba dormido, no me sorprendía. Pasamos toda la noche trabajando y el día haciendo encargos para Cartman. Me sorprendía que yo no me hubiera quedado dormido aún.

Solté un suspiro mientras trataba de descifrar las constelaciones sin mucho éxito. Escuché un bostezo y vi cómo Chris se tallaba los ojos, pero su rostro se mostraba tan adormilado como antes. Tomó mi mano "por error". Sí, ya llevábamos meses con esa clase de contactos, sólo nos hacía falta decirlo para hacerlo formal. DeLorne me dedicó una sonrisa. No pude evitar decir:

—Odio cómo te quedas dormido en todas partes, pero amo cómo me sonríes para intentar remediarlo —sólo provoqué una ligera risa—. Lo digo en serio.

—Sí, claro —respondió él, limpiando una lágrima que se asomó por su ojo debido a un marcado bostezo—. Odio tu capacidad de mantenerte despierto, pero amo cómo te ves mientras duermes. Eres tan adorable.

Me sonrojé enormemente al escuchar eso. Desvié la mirada, esperando que mi mejor amigo no lo hubiera notado. Lo peor que podría pasarme era malinterpretar esas muestras de afecto y luego resultar terriblemente lastimado, porque yo sólo creía en una clase de dolor: el corazón. Mi cuerpo había sido herido tantas veces que ya era inmune a ese sufrir, pero mi corazón era una historia diferente. Tan débil, desprotegido y, sobre todo, enamorado.

Me encontré con sus ojos verdes vigilándome, demasiado curiosos. Mi teléfono sonó, interrumpiendo el mágico momento. Contesté muy irritado, sólo para toparme con la voz furibunda de mi maravilloso jefe: Eric Cartman. Él era el hombre con menos paciencia que conocía y vaya que Christophe no era muy paciente. Otra misión, sin duda.

Me levanté con mucha pesadez, bostezando como si acabara de recostarme. Christophe rio un poco. Le fruncí el seño, girándome para regresar. Su risa se detuvo. Sentí su mano en mi hombro y, luego de un rápido movimiento, me besó. Al principio no caí en cuenta de lo que pasaba. Parpadeé un par de veces como queriendo comprender lo que ocurría. La otra mano de Ze Mole se posó en mi mejilla todo se fue al carajo. Sólo me interesaban esos suaves labios posados encima de los míos. ¡Finalmente! Creo que hemos tardado demasiado y hoy, a mis ocho años, he encontrado el amor.

— ¿Qué se creen esos idiotas de la Ndrangheta? —gruñó Cartman—. Ese estúpido de Scott cree que puede arruinarme todos mis negocios. ¡Pendejo!

— ¿Sólo nos trajiste para que escucháramos tus quejas contra Ternoman?

Cartman miró a Ze Mole sumamente enojado. Chris tiene que aprender a controlar su bocota. Solté un suspiro, suplicando que Cartman no le disparara a mi novio. El jefe se contuvo, esbozó una tétrica sonrisa y se sirvió un vaso de jugo de manzana, que él llamaba whisky. Le dio un largo sorbo. No deseaba escuchar sus órdenes, algo me decía que nos tomaría toda la noche y el peso del insomnio amenazaba con cerrar mis párpados de un momento a otro. Los ojos chocolate de la bola de grasa se clavaron en mí, estremeciéndome notablemente. Christophe miraba retador a Cartman, ¿cómo podía tenerle el mínimo miedo o respeto?

—Quiero que vayan con La Sacra Corona Unita y los convenzan de unírsenos. No permitiré que ese cabrón siga ganando dinero y, con La Sacra Corona Unita a mi lado, lo acabaré.

Fin Gregory POV

La rata pelirroja se sobaba las sienes una y otra vez. El último ataque contra su hermanito había sido todo un éxito, pero sabía mejor que nadie que Eric no se quedaría con los brazos cruzados. Esperaba lo peor y la única manera de contrarrestarlo era atacarlo de nuevo. Un doble golpe noqueando al enemigo, evitando una respuesta. La pregunta era: ¿cómo?

— ¿Qué sentiría si no estuviera aquí? —inquirió un chico castaño de ojos verde esmeralda—. ¿Le haría falta? ¿Lograría trabajar igual que antes?

—Habla claro, pendejo —respondió Scott, tenía un tremendo dolor de cabeza.

— ¿Te imaginas a Gregory Fields como tu Stocappo? Debe tener un gran talento —comentó, alzando una ceja—, pero su compañero Christophe… bueno, a decir verdad, él sólo tiene agallas. La clave del triunfo de Eric es ese inglés. Sé que tú también piensas lo mismo, pero ahora yo me ofrezco a hacerlo.

Scott miró a Dug, el más confiable de sus ladrones, su mano derecha. Durante un tiempo había ideado un plan para separar a Fields de su hermanito, pero le hacía falta un voluntario joven. Un niño casi de su edad y Dug, dos años mayor, era perfecto.

No cambió su expresión al levantarse y tomar un poco de aire en la ventana. Sintió su corazón estrujarse ante el recuerdo del pequeño cerdito. Entonces, la duda llegó a su menta. ¿Qué ganaba Dug en todo esto? Desde el momento en que se unió a la Ndrangheta había profesado un odio profundo a Eric. Uno real, porque Scott no se engañaba a sí mismo. La supuesta inquina hacia su hermano no era más que amor disfrazado.

Normalmente no se metía con la vida privada de sus trabajadores, casi siempre sus motivos caían en la obtención de dinero o venganza y, ya que Dug mostraba un nulo interés por cualquiera de los dos, entonces debía ser otra cosa. Mas estaba desesperado y aceptó con una condición. Dug apretó la mandíbula al escuchar esa palabra.

—Quiero la verdad. Una persona no odia sólo porque sí —relajó un poco más los músculos—. Concentrémonos mejor en el plan. Veamos si pensaste lo mismo que yo.

Dug aumentaba su sonrisa a cada paso que le contaban del plan, ansioso.

—No es de Dios venir aquí tan tarde —bostezó Christophe a las puertas de La Sacra Corona Unita—. No es tampoco como si hiciéramos cosas de Dios muy seguido.

Gregory contuvo la risa porque uno de los miembros de La Sacra Corona Unita les daba la bienvenida. Ambas mafias se llevaban bien, aunque no al punto de amar la idea de una fusión. Las diferencias entre la moral de ambas eran muy notorias. La Sacra Corona Unita tenía honor, jamás vendería droga a niños. En cambio, en La Cosa Nostra eran los mejores clientes.

Llegaron al corazón de la organización: una pequeña oficina en el museo. Un hombre viejo les veía con sorna. Wayne Miller era su nombre. Su hijo, de tan sólo ocho años, estaba parado a su lado. Era su aprendiz, era su Stocappo: Billy Miller. Su madre murió en un tiroteo con la policía días antes y aún no se reponía, la sombra roja del llanto seguía en sus ojos. Había jurado que ningún policía volvería a hacerle tanto daño. Ninguno.

—Vaya, si son La Cosa Nostra. ¿Qué desea ahora el pequeño Cartman? ¿Se ha cansado de todo el trabajo de Don? —dijo Wayne en un tono un poco burlón, uno que ni loco usaba ante Eric. Estaba lo suficientemente cuerdo para respetarle, o, más bien dicho, temerle—. Ya en serio, ¿a qué han venido, niños?

Por la expresión de Wayne supieron lo celoso que estaba de todos ellos. Eran de la edad de Billy, pero mucho más preparados, valientes y mortíferos que su hijo. Sabía que Cartman sólo se rodeaba de prodigios criminales. Christophe soltó un suspiro, preparándose para iniciar una conversación que sin duda llevaría horas. Miller no aceptaría compartir el poder con un niñato. Lo único que Chris deseaba con toda su alma era volver a estar a solas con su amado, acostado en la hierba mientras observan las estrellas italianas.

—Queremos que La Sacra Corona Unita se una a La Cosa Nostra —se adelantó a soltarlo Gregory.

Chris recordaría por siempre y a la perfección la cara de asustado, sorprendido, pero, sobre todo, enojado del señor Miller. Billy parpadeó unos momentos, como sopesando las palabras. Su padre, en cambio, abrió la boca, dispuesto a rechazarles; pero recordó la amenaza pelirroja en el último instante. Así que se sentó y pensó.

Barbrady nunca fue el policía modelo, pero en esa época aún era el comandante y le respetaban, no sólo le tenían lástima. Esa noche, el trabajo se le había acumulado.

Lo que hubiera dado por estar con su hijo, arroparlo y contarle un cuento. Desde que su madre los dejó su actitud se había vuelto huraña y a lo único que prestaba realmente atención era al trabajo de su padre. Andrew había comenzado a admirar a los policías, pero Barbrady no veía eso con buenos ojos. Era peligroso. Se lo dijo mil veces a su hijo y sus palabras fueron confirmadas cuando el teléfono sonó y una voz distorsionada le daba un inesperado mensaje.

— ¿Deseas atrapar al líder de La Sacra Corona Unita, Barbrady? —inquirió la voz ladinamente.

— ¿Cómo sé que no es una trampa? —regresó la pregunta el oficial. No caería en bromas o, mucho peor, en algún tipo de emboscada a la policía romana—. ¿Qué pasó? ¿Te quedaste mudo?

—Sé que te interesaría atrapar a Gregory Fields. Lo mejor de todo es que no sabes si es una trampa o no. Supongo que tendrás que venir y averiguarlo —respondió la voz.

Barbrady tragó saliva. Era muy tentadora y poco confiable su propuesta. Miró la foto de su hijo en su escritorio. Lo único que parecía alegrarle la vida a Andrew eran las acciones policiacas de su padre, le ayudaban a olvidar a su madre. Cerró con pesadez los ojos, casi quedándose dormido. Dug aguardó pacientemente la respuesta del oficial. Al escuchar un sí, tuvo que controlar una maliciosa risa que buscó salir de su garganta. Se controló lo suficiente para darle las instrucciones al comandante y la ubicación de ese par.

Scott lo vigilaba de cerca, pendiente de cada una de sus palabras. Una vez cortada la comunicación, Dug no pudo contener más su felicidad. La intriga volvió a Scott. Miró a su subordinado a los ojos, mas la dicha de éste superaba la acusadora mirada de Ternoman. Dug sólo deseaba ver la cara de Cartman cuando tuviera tras las rejas a esos cabrones.

Barbrady dio aviso a sus compañeros y pronto casi veinte patrullas se dirigían a la dirección dada, a ese museo. Se jugaba todo: su reputación, su trabajo y el amor de su hijo. Todo por las palabras de una voz misteriosa y el espejismo de la gloria detrás de ésta.

"Nunca es fácil ser seleccionado. Nunca es fácil ser llamado"

Un nudo se formó en el estómago de Gregory cuando Wayne Miller se puso de pie. Tragó saliva, sintiendo la garganta totalmente reseca. No se notaba enojado, de hecho, parecía resignado. ¿Por qué sentía entonces como si alguien le apuntara en la cabeza? Miró a su izquierda y vio que Ze Mole tenía el mismo semblante, como si la muerte estuviera por entrar por la ventana.

—Está bien —inició Wayne—. La Sacra Corona Unita acepta el ofrecimiento. Nos uniremos…

Los disparos iniciaron en la parte de abajo. Miller al inicio no le prestó atención, a veces sus oficiales se ponían a jugar un poco; pero entonces escuchó una clara voz por el megáfono. Una imposible de olvidar. Conocía a ese oficial desde que ambos eran niños e iban a la escuela primaria juntos, tal y como lo hacían sus hijos. Pero en el momento que Barbrady y Miller cambiaron sus caminos, los problemas iniciaron. Wayne cerró con lentitud los ojos, habiendo tantas policías en Roma ¿tenía que ser justo Barbrady?

—Estás rodeado, Miller —dijo el oficial—. Sal y no te haremos daño.

En una fracción de segundo, se decidió todo. Cuando las palabras ataquen salieron de los labios del líder. Miró a los dos niños de La Cosa Nostra. Frunció el ceño. Seguramente ellos habían guiado a la policía hasta ese lugar. Abrazó con fuerza a su hijo. Billy se congeló al escuchar el tiroteo, recordando la muerte de su madre.

Christophe empujó a Fields, alejándolo justo a tiempo de la ventana, que se rompió por los impactos de bala. Estaban atrapados en esa sala. Miraron a Miller como esperando instrucciones, en cambio, él sólo les dio una mirada furiosa. Les dio la espalda, moviendo un libro del estante que había detrás de él, accesando a un pasaje de emergencia.

—Si alguno de ustedes intenta seguirme les juro que los mato —dijo Miller.

Gregory, que entendió lo que en realidad quería decir ese hombre, se apresuró a defender a La Cosa Nostra, asegurando que nadie los había seguido.

—Déjalo, Greg —dijo Christophe—. Podemos salir de ésta juntos, como siempre lo hemos hecho. Si no es capaz de creernos, es mejor que nos diéramos cuenta ahora y no luego de la fusión.

Gregory miró a los ojos a Ze Mole. Esos verdes orbes eran todo lo que necesitaba. Apretó su mano y confió su vida en ese chico, dejando que Miller se fuera con su hijo. Confiaría todo lo que tenía a alguien de la familia, a su mejor amigo, a la persona que le robó su primer beso. En ese entonces, pensaba que sería incapaz de defraudarle, de olvidarlo, de dejarlo a un lado. La realidad, en cambio, fue muy diferente a sus románticos sueños.

La policía entró al segundo piso, aumentando el ruido de los disparos. Ambos se dieron un rápido beso antes de abrir ambas puertas de la oficina y arremeter contra cada oficial que se atreviera a apuntarles o siquiera seguirles con la mirada.

—Deja de hacerte pendejo —dijo Scott mientras vigilaban el tiroteo desde una casa vecina—. Acepté acompañarte sólo si me lo decías de una puta vez.

Dug dejó los binoculares a un lado, respirando profundamente. Intentaba controlar las débiles lágrimas que amenazaron con asomarse por sus ojos. Imaginó la situación:

¿Recuerdas cómo Cartman mató a Don Gobbo? Al líder de La Cosa Nostra —Scott asintió lentamente con la cabeza—. Él era mi padre. Me quitó a mi familia, mi dinero, mi cargo por nacimiento. ¡Me lo quitó absolutamente todo! Te juro que aún recuerdo cómo le dio esa copa de vino y sus ojos brillantes cuando mi padre empezó a toser y a asfixiarse por el veneno. ¡Lo mataré!

Scott sacó un arma y la puso en la sien de Dug.

Jamás permitiría eso.

Dug Gobbo tragó saliva, tenía que inventar una buena excusa. Sabía que si decía la verdad sucedería justo lo que acababa de imaginar. Apretó los puños, buscando motivos para odiar al gordo de mierda. Scott alzó una ceja.

—Cartman dijo que no sería un buen mercenario —dijo Gobbo—, quiero demostrarle que soy capaz de robarle su cerebro. Sin Gregory no es nada.

Ninguno de los dos creía esa mentira, pero Scott no dijo nada. Se puso de pie, limpiándose el polvo que se le pegó a su ropa debido a lo abandonado de la casa. La policía seguía adentrándose sin piedad alguna.

—Más vale que te des prisa —dijo Scott—, si quieres cumplir tu cometido.

Para salir de ahí se necesitaban el uno al otro y tendrían que herir a muchos policías. Gregory logró refugiarse detrás de una estatua, mientras Ze Mole mataba a varios uniformados de un balazo en la cabeza. El pasillo quedó despejado y ambos corrieron, buscando alguna escalera que diera a una sala libre de oficiales. Lo único que le importaba a Christophe era sacar a su amado rubio de ahí; pero a veces las palabras se malinterpretan con una facilidad espeluznante. El ojiverde se detuvo jadeante por el esfuerzo, lleno de sudor y algunas manchas de sangre.

—Tendré que distraerlos, Gregory. Intenta salir. Yo me encargo.

— ¡No! —gritó el rubio—. No me iré a ningún lado sin ti, Christophe.

—Si no lo haces, ninguno saldrá de aquí. Puede que me atrapen, pero sé que tú irías a rescatarme de inmediato —escucharon pasos por un pasillo aledaño—. ¡Vete rápido! ¡Encuentra una salida!

Gregory contuvo las lágrimas y asintió con la cabeza. Corrió hacia el otro lado del pasillo. DeLorne cargó su arma, sabiendo que las probabilidades de salir vivo de ahí eran escasas, pero si lograba que Fields se salvara todo habría valido la pena. Sintió que alguien lo miraba. Un chico encapuchado estaba al inicio del pasillo, con una pistola en la mano. No parecía de La Sacra Corona Unita, mucho menos de los policías. La mirada de ese chico tenía tanto odio acumulado, le bastaba ver sus ojos esmeraldas para darse cuenta.

—Qué romántico —dijo ese chico—. Me vas a hacer vomitar de tu cursilería, maricón.

— ¿A quién carajo llamas maricón? —gruñó Christophe, apuntándole.

Cuando ambos ojos se encontraron fue como si dos serpientes verdes se prepararan para pelear hasta la muerte, con el morado veneno saliendo de sus colmillos. Sisearon agresivas, porque ambos eran eso, dos serpientes acorraladas. Dug esbozó una sonrisa debajo del pasamontañas que traía puesto, preparado para acabar con Christophe. Ze Mole era el cuerpo de la organización criminal, tal como Gregory era el cerebro.

Gregory POV

Me ama. De eso estoy seguro. Si no, no se hubiera quedado a cubrirme.

Por más que buscaba, no lograba encontrar una salida. Había miembros de La Sacra Corona Unita heridos por todos lados y los pasos de los policías se oían cada vez más cerca. Entonces, una bala me rozó cuando logré bajar a una sala aparentemente vacía. Ese oficial era inconfundible. Era el incompetente, el policía Barbrady. Me calmé un poco. Ese disparo definitivamente había sido un golpe de suerte. Le apunté, dispuesto a matarlo si intentaba detenerme. Pero él, en cambio, esbozó una sonrisa.

Mi confianza desapareció cuando me vi rodeado por casi diez elementos, todos apuntándome a matar. Mi rostro palideció y tragué saliva, intentando disimular mi miedo. Busqué una salida con la mirada. Era inexistente. Estaba atrapado como un pez en una red de pesca. Levanté las manos, derrotado.

—Gregory Fields —dijo Barbrady—. Estás arrestado por tus delitos contra la ciudad de Roma: robo, narcotráfico, asesinato, secuestro, crimen organizado y delitos contra la salud de menores.

Christophe va a rescatarme. Estoy seguro. Va a dispararle a ese hijo de puta, distraerá a los otros policías y ambos saldremos de esto. Eso hará. Yo lo sé.

Pero cuando Barbrady llegó hasta mí nada había pasado. Colocó las esposas, atando mis muñecas detrás de mi cuerpo. Respiraba cada vez más agitado. ¿Dónde está? ¿Por qué no ha venido al rescate? Entonces, una idea cruzó mi mente: ¿qué tal si esto fuera un plan? ¿Si se alejó de mí no para protegerme, sino para traicionarme? ¡No! Lo conozco. El jamás haría eso. Jamás. Aunque no niego que mi seguridad decayó cuando cerraron la puerta de la patrulla y aún más cuando fueron las rejas de la celda. Los policías festejaban, los otros presos me veían como un bicho raro.

— ¿Qué acaso no es él el Stocappo de Cartman? ¿Dónde estará su compañero?

Solté una lágrima que limpié rápidamente con mi mano. Ya verían esos cabrones. Chris vendrá por mí y entre los dos nos encargaremos de matar a cada uno de ellos. Nadie dudaría del amor que nos tenemos.

Bueno, al menos que yo le tengo.

Fin Gregory POV

—A ti —respondió Dug con el odio saliendo de sus palabras—. Lo digo a ti, maricón.

Christophe entornó los ojos, conteniendo las ganas de partirle la cara a golpes. No tenía tiempo para jugar. Si no distraía a los policías atraparían a Gregory en un abrir y cerrar de ojos. Si huía por el otro lado del pasillo, el desconocido le daría un balazo fácilmente por la espalda. Sólo podía dispararle y esperar ser lo suficientemente rápido; pero Dug deseaba saborear el momento. Veía a Cartman en cada movimiento de Christophe, en cada exhalación. Nada en el mundo le alegraría más que matar en ese instante a DeLorne, excepto, quizás, matar a Eric.

Entró demasiado en su ensoñación. Un disparo acababa de rozarle y Chrisotphe lo empujaba contra la pared decidido a arrebatarle la pistola. Dug lo golpeó en la sien con el arma, con un impulso que lo dejó tirado en el suelo, con una herida sangrante en dicho punto. Dug no pudo contener las ganas de reír. Su más grande enemigo, doblegado ante él –no derrotado, pero sí magullado–. ¿Cuánto placer le daría matarlo? Preparó el arma y le apuntó. Entonces, otra idea cruzó su mente. La muerte sería un pequeño momento de placer, pero ¿por qué no en vez de meter una bala en el cráneo le clavaba un cuchillo en el corazón? Desvió el curso de la bala, hiriendo ambas piernas del francés. Chris gimió de dolor, volteándose rudamente sólo para sentir otro golpe en la cabeza.

Dug cargó al inconsciente mafioso, sacándolo de la mansión. Tenía mejores planes para él que sólo la prisión. No, si su plan marchaba bien, Chris hubiera preferido mil veces ser encarcelado.

Cuando DeLorne despertó eran las diez y media, Cartman estaba sentado a su lado y le miraba sin esperanzas.

— ¿Y Gregory? —inquirió Ze Mole, dejando a un lado su propia salud.

Cartman se mordió el labio inferior, comenzando él la ronda de insultos. No perdían el tiempo, éste ya se había acabado para ambos. Se levantó sin importarle las heridas en las piernas y corrió. Sólo corrió.

Gregory POV

Vendrá por mí, de eso estoy seguro. Me sacará de estas celdas, sólo se ha tardado un poco. Un retraso, de eso se trata, sólo de un pequeño retraso de ocho horas. ¿A quién engaño? La esperanza se esfuma cada segundo y a cada pasar de hora una parte de mí muere. Si él hubiera sido capturado yo hubiera ido a salvarlo desde el primer segundo que pusiera un pie en la celda.

Esto nunca había pasado antes. Cada vez que me atrapaban, él venía corriendo a rescatarme; pero si no se da prisa, me transferirán al reformatorio. De ahí sería casi imposible escapar. Tal vez mis ideas no eran tan locas. Tal vez éste era su plan desde el principio. La perfecta forma de deshacerse de mí. Derramé una lágrima, sintiendo un nudo tan grande en la garganta que me costó trabajo respirar. ¿Por qué confié en ti, Christophe DeLorne? Sólo eres un maldito mentiroso. ¿Cómo sé que no has mentido en otras cosas? ¿Cómo estar realmente seguro de que me amas?

Escuché pasos a lo lejos, luego muchos disparos. Mi corazón se aceleró. ¡Debía ser él! ¡Venía a rescatarme! La caída de la nube fue estrepitosa. Entró un grupo de hombres armados, pero ninguno era de La Cosa Nostra. Parecían más bien de la… ¡Imposible! ¿Qué demonios quiere la Ndragheta? Seguramente vienen a matarme, ahora que estoy en el fondo.

—Ven rápido —una voz me dijo al tiempo que la reja se abría. Un chico de cabello castaño me tendía su mano, en la otra estaban las llaves—. Rápido, Gregory, no tenemos mucho tiempo.

— ¿Por qué he de irme contigo? ¿Por qué intentan rescatarme? ¿Qué acaso la Ndrangheta no odia a La Cosa Nostra? ¿Quién carajo eres tú?

—Sólo soy alguien más a quien botó La Cosa Nostra, igual que a ti. ¿O de verdad crees que vendrán a salvarte? —me respondió el extraño, esbozando una sonrisa.

No sé por qué, pero me sonrojé hasta las orejas. No, sí se por qué. Esos ojos son idénticos a los de Christophe. Antes de darme cuenta, estaba tomando su mano. Salimos de ahí tan rápido como ellos habían entrado.

El chico desconocido volteó a verme, intentando recuperar su mano. La solté con la vergüenza inundando mi rostro. Él sólo se rio un poco. Miré el piso, preguntándome qué había pasado. ¿Acababa de unirme a mi mafia rival? ¡Qué más daba! La Cosa Nostra no mostró el mínimo interés en salvarme, ni siquiera Christophe. Derramé otra lágrima al recordarlo; pero esta vez fue limpiada por el otro chico.

—Mi nombre es Dug —se apresuró a decir, intentando ignorar el hecho de que acababa de secar mi lágrima—. ¡Bienvenido a la Ndragheta!

— ¿Quién les dijo que me rescataran? ¿Fue Scott o alguien más?

—Fui yo —respondió Dug—. Siempre te he admirado y… ¡simplemente no podía dejarte ahí, Gregory! ¡No soportaría que te metieran al reformatorio!

Lo más sorprendente de todo fue que su rostro se sonrojó tanto como el mío.

Fin Gregory POV

"Cómo marchamos solos a un ritmo diferente"

— ¡Ya sé por qué nos han rodeado! —gritó Cartman al teléfono—. ¡Intentan que no rescatemos a Gregory! ¡Pero ya verás! No dejaremos que se…

—Muy tarde —respondió Scott—. Ya lo hemos rescatado nosotros y ahora es el nuevo miembro de la Ndragheta. ¿Cómo te ha quedado el ojo, cerdito?

Cartman temblaba de la ira, acababan de asestarle un doble golpe. La mercancía podía perderla y no le importaba mucho; pero perder a Gregory era un ataque directo a su estructura. Y luego Christophe herido. Aunque no se dio cuenta que lo más mortal de esto en realidad era la terriblemente decepción y herida en el corazón de ambos chicos.

Colgó a su hermano de golpe. Ya se las vería el cabrón. Si creía que eso sería suficiente para doblegarlo estaba realmente equivocado. Se levantaría de las cenizas cual ave fénix. Todos en La Cosa Nostra lo harían, quisieran o no. Jamás pensó que su vida pudiera dar un giro de 180 grados así de rápido.

Tal vez no podía atacar a su hermano, pero sí podía asustar al que capturó a su Stocappo. Vio el expediente del oficial Barbrady en la mesa y sus ojos brillaron de malicia. ¿Con que tenía un hijo pequeño, eh? Interesante.

Barbrady estaba decepcionado. Finalmente había atrapado a un importante miembro de la mafia y los pendejos del primer turno la cagaban y dejaban que lo liberaran en un abrir y cerrar de ojos. Miró la foto de Andrew que había en la mesa de su sala, la televisión estaba encendida y la mujer del noticiero no dejaba de hablar de ese fallo. Entonces, el teléfono lo sacó de sus ensoñaciones. Casi se infarta al reconocer la voz. Infantil, pero muy peligrosa.

—Buenos días, oficial Barbrady —la seseante voz de Cartman retumbaría en los tímpanos del policía—. Quería felicitarlo por haber atrapado a Gregory y aún más por dejar que los de la Ndragheta se lo llevaran. Sin duda se merece una medalla. Dos pendejadas en menos de doce horas. ¡Bravo! ¡Bravo!

—No estás en posición de hablarme así —respondió Barbrady—. Podría rastrear la llamada.

—Ambos sabemos que no es lo suficientemente inteligente o hábil para hacerlo. Además, es usted quien no está en posición de amenazar y menos cuando estoy viendo a su hijo en este instante. Sí, se ve muy lindo con ese uniforme nuevo y esa mochila roja con un balón de futbol. No sabía que ha Andrew le gustara.

Barbrady estaba mudo. Acababa de describir la mochila de su hijo. Además, su uniforme sí estaba nuevo, el anterior ya no le quedaba y un día antes su padre le había comprado uno más grande. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, suplicándole a Cartman que dejara a su hijo fuera de esto. Eric se limitó a reír con malicia, tenía a Barbrady amarrado de las bolas. Podría hacer lo que quisiera con él, incluso ordenarle que se diera un balazo ahí mismo.

—Escúchame, marica, te propongo un trato: si la policía de Roma se pone de nuestro lado y nos ayuda a capturar a los miembros de otras mafias, les daremos un porcentaje de la venta de drogas y, además, tu hijo estará a salvo. Si no lo aceptas, bueno, espero que te hayas despedido de Andrew.

—Acepto —cerró su destino Barbrady. No sería difícil convencer a los demás oficiales, serían fácilmente persuadidos por el porcentaje de dinero y Andrew… él estaría a salvo. Si un día llegaba a enterarse del trato, se decepcionaría como nadie.

Las piernas le ardían como si tuvieran fuego, pero si no llegaba con Gregory, si no lo rescataba, entonces sería su corazón el que ardería. Gritó con todas sus fuerzas, buscándolo. Tal y como Cartman lo había dicho, la comandancia estaba vuelta loca, lo habían liberado, pero ¿quién?, ¿por qué? No debían estar lejos. Dio vueltas al área unos minutos hasta que vio movimiento y un mechón de cabello rubio saliendo de una casa abandonada. A su lado iba un chico de cabello castaño, demasiado pegado a él. La sangre le hirvió incontrolablemente.

—Pensé que en cuanto saliéramos huirías para buscar a Christophe.

Gregory miró a Dug un momento, él tampoco comprendía por qué seguía ahí. Nadie lo había atado, creyeron en su palabra a pesar de ser una mafia rival. ¿Quién les aseguraba que no había mentido y sólo pensaba en que lo curaran antes de salir corriendo? El corazón de Fields se apretó al recordar a su compañero. A unos metros de ahí, Christophe le miraba expectante, preparado para salir a su encuentro y abrazarle. No le molestaba tener que agradecerle a un desconocido y miembro de la Ndragheta con tal de tener a su amado de nuevo.

—Yo no —respondió el rubio, mandando al carajo todas las esperanzas del francés—. No volveré con él. Si no fue capaz de venir por mí, ¿por qué yo he de mostrarle esa fidelidad? Si yo fui un juego para él, él también fue un juego para mí. Sólo quiero alejarme de La Cosa Nostra, Dug.

Christophe sintió una aguda punzada de dolor a la altura del pecho. Un dolor más grande que el de sus piernas, que flaquearon tirándolo al piso. Sus heridas se habían abierto y la sangre escurría hasta el polvoroso piso de Roma. Hizo lo que nunca había hecho antes. Lloró por amor. No por dolor o por ira. Fue ese sentimiento tan extremista, como lo es el amor. A veces tan hermoso, como hacía unas horas, y otras tan doloroso como lo era ahora. Si eso deseaba Gregory, que así fuera.

Al cerrar la puerta del que sería su nuevo dormitorio, Gregory rompió en llanto. Todo este tiempo había considerado a Christophe el amor de su vida. Le había dedicado cada respirar, cada latir de su corazón y ahora ya no tenía más motivos para vivir. ¿Para qué clase de persona había estado viviendo todo este tiempo? Para un monstruo. Un mercenario que nunca le correspondería. Dio todo por él, para no obtener absolutamente nada a cambio, ni siquiera se había molestado en ir a burlarse o si quiera a comprobar que se había ido. Así de poco le importaba. Y pensar que la noche anterior le había besado y le había jurado que estarían juntos por siempre.

Alcanzaron a rescatar su mochila, ahí guardaba las únicas dos cosas que de verdad amaba: una fotografía de él y de Christophe y el boleto del circo donde conoció a Ze Mole. Quiso quemarlos, en un acto de venganza a la traición de su amigo, pero no pudo. Los arrojó al piso y rompió a llorar.

Nadie dijo que sería fácil entrar a una nueva mafia.

Cartman no volteó cuando Ze Mole entró en la habitación. Sus piernas estaban rojas. Se sentó en la cama y miró el piso. Pensó que si lloraba, Eric le gritaría o lo golpearía para que llorara por una razón de verdad. En cambio, se limitó a estar ahí. Christophe estaba seguro de que Gregory de verdad le amaba. En cambio, al primer problema o retraso lo olvida y se va con el primer chico que encuentra. Jodido marica. No se lo merecía, Ze Mole era demasiado bueno para esa clase de basura. Entonces, ¿por qué su corazón el seguía ardiendo, opacando por completo el dolor de sus piernas? Cartman por fin habló:

—Sé que no estás en las mejores condiciones, pero necesito que te concentres, Christophe. Si la Ndragheta vuelve a atacar estamos acabados. Estuve un rato buscando a un nuevo compañero para ti.

La puerta se abrió y un chico rubio entró al cuarto. Se notaba el miedo de un novato, pero también una mirada decidida y malévola.

—Mi nombre es Mack —dijo el rubio—. Sé que podremos ser buenos compañeros. Según escuché, tenemos muchas cosas en común.

—Cállate —masculló Christophe, dándole la espalda—. No quiero otro compañero.

Cartman cerró los ojos, caminó hacia Mack y le susurró unas palabras al oído. Tuvieron que pasar tres años antes de que Christophe se dignara a ver a Mack como su compañero y casi nueve para considerarlo su amigo. Pero luego de eso, se hicieron inseparables. Bueno, no tanto como lo era con Gregory.

— ¿Interrumpo algo? —preguntó Dug, abriendo la puerta de Gregory.

Él se secó las lágrimas con premura al tiempo que negaba con la cabeza. Se sentó al lado del inglés con un poco de vergüenza. Su plan había salido a la perfección, pero ahora necesitaba atar al rubio. Sabía que el despecho era capaz de transformar a la gente o a hacerla traicionar a la persona más amada. Con cuidado, tomó la mano de Gregory.

—De verdad no sé por qué ese chico se olvidó de ti, siendo tan guapo e inteligente —luego se puso rojo—. Lo siento. No quise… yo…

Se alejó un poco, totalmente sonrojado, todavía tartamudeando. Gregory no pudo más ante esa imagen de dedicación incondicional. Abrazó a Dug con fuerza. Christophe creyó que nadie será capaz de quererle, pero no conocía a Dug. Cuando levantó la mirada y se topó con esos ojos verdes perdió el control. Besó sus labios, desesperado. Dug le correspondió, logrando encajar la pieza final de su malévolo plan. El motivo por el que Gregory le besaba era simple: le recordaba a Ze Mole.

Scott miraba el expediente de Gregory y el de Christophe. Acababan de separar a dos almas gemelas. Ahora él era igual de poderoso que su medio hermano cerdito. Sin embargo, deseaba poder estar a su lado. También le inquietaba Dug, quien no actuaba sólo por ser rechazado.

Gregory miró la ciudad de Roma, tan calmada.

Christophe se apoyó en la ventana, ante la misma vista.

Vivirían ahora para sí mismos.

1:10 PM Roma, Italia (+1 UTC)