— Chat, realmente no entiendo qué quieres demostrar —curva una sonrisa irónica.

— Nada, la cuestión aquí es lo que tú tienes para demostrarme —el aproxima su rostro sonriendo de esa manera rara, tan similar a ese gato de Alicia en el País de las Maravillas, que le ponía nerviosa.

Marinette arqueó las cejas, pretendiendo no haber sido afectada para nada.

— Sigo sin poder seguirte.

Él ríe, seguramente porque sabe, el muy condenado sabe, que está mintiendo.

— ¿En verdad quieres que te lo explique? —da un paso adelante y ella retrocede, maldiciendo su acto reflejo y también el que sus mejillas se estén calentando en contra de su voluntad.

Ella alza la vista y se encuentra con esos ojos verdes fosforescentes escaneándola y su sonrisa le confirma que probablemente lo ha hecho en realidad y ya sabe esos secretos que su corazón tanto esfuerzo hizo para contener.

— Chat —sonríe, intentando proyectar seguridad pero fallando—, no entiendo por qué besarnos va a ayudarnos con este debate.

— Tiene todo el sentido del mundo, Marinette, después de todo, el debate entero se trata de cómo es de difícil la amistad entre un hombre y una mujer porque siempre existirá la gran posibilidad de que uno de ellos o ambos estén enamorados o, al menos, ligeramente atraídos.

— Sí —Marinette confirma, detectando el tartamudeo que se le escapó, pero recuperándose—, y sigo sin entender por qué de pronto...

— Tú me dices —el héroe enmascarado no le deja acabar y continúa— que nosotros somos un excelente ejemplo de que no es tan complicado y yo reitero que no es verdad porque solo un beso podría cambiarlo todo si es que no tenemos cuidado.

— Chat, tú amas a alguien más, yo amo a alguien más... ¿Cómo un beso podría cambiar una realidad tan fuerte como esa?

Él se quedó en silencio y le dio la espalda.

Todo era demasiado complicado, y por eso mismo Marinette sabía que no era correcto abrir una puerta que jamás debió ser dejada sin seguro.

Adrien, por su parte, estaba volviéndose loco por millares de motivos y la parte más problemática de todo esto era que, Marinette, quien desde hace tres años se había convertido en el pilar de su cordura, ahora se había vuelto también en el principal motivo por el que la estaba perdiendo.

Era su amiga pero un sentimiento indebido estaba contaminando su amistad y haciendo que desee cosas que no debía desear y necesitando cosas que no le correspondía necesitar, cosas que jamás podría obtener.

Sin embargo, después de más un año entero de lucha, estaba cansado y lo único que quería ahora era saber si ella estaba pasando por lo mismo. Si no era el único loco. Y, de serlo, de ser algo que solo le sucede a él, pues empacaría los pedazos de su corazón y se iría con dignidad, como aprendió a hacer por ese amor pasado que tanto le costó olvidar.

— Entonces, no te molestará demostrarlo...

Marinette contuvo el aliento.

— Solo un beso, princesa —sentenció, tomándola por sorpresa pues no le decía así desde hace años y tampoco es como si se lo hubiera dicho muy seguido— y si no sientes nada —suspira y baja la cabeza—... Si puedes —Marinette da un respingo cuando siente los dedos enguantados de él alzando su barbilla con delicadeza pero a la vez con firmeza—... Sí puedes mirarme a los ojos y decirme sin titubear que no sentiste nada... Entonces daremos por cerrado el tema.

Marinette se mordió ligeramente el labio inferior antes de responder, completamente segura de que se iba a arrependir de cualquiera que fuese su respuesta, ya sea sí o no.

— ¿Y bien?

Él inquirió, cada vez más arrepentido, decidido a decir que fue una broma, cuando de pronto sintió un tirón de su cascabel.

— Solo un beso —murmuró, por alguna razón con una expresión de enfado, quizás porque pretender estar irritada o enfadada era lo único que le salía más o menos creíble cuando intentaba disimular sus nervios.

Adrien sonrió mientras se acomodaba, apoyándose en la pared detrás de Marinette con sus manos.

— So-solo... —dice Adrien en un suspiro, cerrando los ojos de a pocos, muy lento— un be... Beso.