Los personajes son de S. M., la trama es de mi autoría.
Una mujer sin corazón
de la saga La vida de ellas
Sobre la paciencia (Especial Jasper)
Angielizz (Anbeth Coro)
Dedicados a: Seirene Oz, Adriu, Noriitha y Rosiichita. Gracias, gracias, gracias, gracias.
La hermanita de Edward era a veces exasperante, aunque lo cierto es que mientras Alice tenía la habilidad de enojar a su hermano mayor, a mí me parecía muy graciosa. Aunque eso era siempre y cuando no estuviera siendo exasperante contra mí, como en ese momento.
—Mueve tu trasero y patea —me apresuró burlona. Estábamos jugando en el patio de la casa de sus padres minigolf. Carlisle tenía un espacio diseñado para poder jugar con césped artificial, algunos agujeros en el suelo y diferentes circuitos y obstáculos para hacerlo complicado. Carlisle no tenía idea de cómo gastar su tiempo y dinero a mi parecer.
—Esto no es patear —no tenía idea de lo que esto era, ¿patear? Difícilmente.
—Tecnicismos, Jasper. Sólo juega.
Era navidad. Alice tenía dieciséis años y dado que James y Edward habían salido a patinar como cada año, estaba matando tiempo con ella. ¿Matando tiempo? Matar tiempo suena ocioso, esto estaba siendo divertido incluso.
Golpee la pelota blanca con el palo y mi tiro se acercó bastante al hoyo cinco, si por acercar me refería a un metro de distancia.
—Pero qué malo eres —dijo Alice antes de tirar, sonreí. Era una loca competitiva, pero tenía derecho a serlo porque era buena jugando. Jugando a un juego tan malo como lo es el minigolf.
—Carlisle necesita un pasatiempo diferente.
—No te metas con mi papá, ¿quieres? —y mientras lo decía su bola rodó hasta caer en el hoyo. Rodeé los ojos y me posicioné al lado de mi pelota.
—¿Vas a decirme quién te rompió el corazón como para estar leyendo esa basura de libro?
Pero Alice se mantuvo estoica apretando los labios y encogiéndose de hombros, bien, no íbamos a hablar de eso. Podía entenderlo.
—¿Y esa Lily y tú van en serio?
—Supongo.
—¿Ya vas a casarte? —su pregunta hizo que mi bola terminara del otro lado en lugar de entrando en el hoyo, la miré y ella sonrió burlona.
—No, Alice. Nadie quiere casarse aún.
—Aún. Ósea que vas a casarte.
—No, no dije eso.
—No estás diciendo que no —añadió sonriente o más bien burlona.
—Bueno, me casaré algún día —y había convicción en mis palabras, la miré levantándole una ceja— ¿no eres muy joven para hablar de matrimonio?
—Podría tener cincuenta años y no hablaré de matrimonio. Yo no voy a casarme.
—Si sigues leyendo esa basura de superación personal… —me empujó del brazo con sus ojos entrecerrados.
—Déjame en paz. No se supone que entraras a mi casa sin tocar.
—Tecnicismos. La puerta estaba abierta —Alice arrugó la nariz aguantando la risa y siguió jugando a darme una paliza en el minigolf.
Y entonces recuerdo haber pensado que si alguna vez me casaba quería que tuviera un carácter fuerte y divertido como el de ella. Ese fue el principio de mi fin, aunque no lo supe entonces, sino muchos años después.
Estoy lleno de defectos, todos lo estamos.
Pero la paciencia no es una cualidad, es un defecto. Es el tipo de defectos que te hacen esperar a una mujer por años en lugar de intervenir.
La paciencia es esa mierda que uno lleva encima para convencerse de postergar una acción. En lugar de soltar un insulto me lleno de paciencia para quedarme quieto y no replicar. Aunque tiene sus ventajas porque en lugar de desvestirla como he soñado tantas veces, me armo de paciencia y espero a que sea ella quien suplique. Puedo ser paciente, pasar minutos besándola sin meter mis manos de por medio siempre y cuando sepa que al final de la noche la tendré donde quiero, bajo de mí y dentro de ella. En la cama la paciencia es un don, fuera de ella es una maldición.
Porque es cansado ser paciente, esta ha sido la más cansada semana de paciencia de mi vida.
Sabía que ella estaba a punto de ceder. Podía verlo en su mirada, en el modo en que sus gestos cambiaban para dominarse a sí misma. Alice tiene un defecto: se controla. Se controla para reír, se controla al hablar, se controla para no mostrar sus verdaderas emociones, se controla tanto que finge perder la razón y actúa como demente, pero en realidad está bajo control.
Ella es control en el caos.
Pero su autocontrol, que en realidad es más grande de lo que parece, no es invencible. Tampoco lo es la paciencia.
Nuestra pelea en el estacionamiento de mis oficinas se debió a eso. Era una pelea entre su tambaleante autocontrol y mi cada vez más limitada paciencia.
Pasé incomunicado sin celular los siguientes días por temor a perder el control de la situación y llamarle. No iba a cometer ese error, le había quitado el control a Alice de la situación entre nosotros y si se lo devolvía ella derrumbaría mi avance y seguiría sin mí. Así que dejé el celular al resguardo de mi secretaria y me quité la única arma que podía usar en mi contra.
Quería llamarle y gritarle por ser tan infantil y estúpida. También quería golpearme a mí mismo por ser tan imbécil y orgulloso. Pero me obligué a ser paciente y esperar a que ella viniera a mí.
Ella era orgullosa y no quería perder, yo era orgulloso y quería ganar, pero no la apuesta, ganármela a ella, sentir que ella se había entregado a mí, que había cedido a sus emociones por una vez, que ella me elegía sobre todos los otros idiotas que siempre la persiguen. Por eso fui un imbécil.
Había decidido ser paciente y mantenerme a distancia hasta que recibí la llamada en mi teléfono fijo de la oficina.
—Hola, Jasper.
Tanya.
Tanya es la prima de Edward y Alice; ella tiene la misma edad que su primo así que coincidimos en la preparatoria y más tarde en la universidad, aunque ella estudió otra carrera y luego otra, y más tarde otra, tiene problemas en decidir, supongo. Lo que digo es que nos conocemos desde hace años, somos amigos, no como Alice y James.
Tanya y yo nos llamamos sólo cuando el otro está metido en problemas, no como una ayuda salvadora, sino para lanzar un golpe a la nuca para reaccionar, lo que a nuestra manera es tan eficiente como ayudar.
—¿A qué se debe esta llamada?
—Un pajarito me contó que tienes una apuesta.
—Ya lo sabes —era cuestión de tiempo, Alice y Tanya eran unidas.
—Por supuesto que lo sé. ¿Has perdido la cabeza? ¿Una apuesta para follar? —sonaba enojada.
No, no era una apuesta para follar, aunque James tampoco lo había entendido cuando se lo conté. Era una apuesta con intenciones completamente opuestas a eso. Ella lo había dicho esa noche: Para que me busque, Alice tendría que sentir mucho más que solo placer. Y yo quería justo eso, que fuera capaz de sentir, que rompiera con su estúpido autocontrol y me sintiera por una vez.
—No es acerca de follar.
—Ya, claro. Pues no escuché nada bonito de ti hace una hora. ¿Cómo dijo ella? Oh ya, que está considerando seriamente castrarte para quitarte esa sonrisa presumida.
Sonreí. Alice es de otro mundo.
—¿Me llamas para enviar sus amenazas o para decirme que me cuide de ella?
—Ninguna. Estoy organizándole un par de citas a Alice.
Bufé porque pensé que estaba bromeando conmigo.
—Alice no tiene citas.
—Pues quiere una cita, con quien sea —por alguna razón eso se sintió mucho peor que si dijera que quería tener sexo con quien fuera. Y sabía cómo se sentía eso.
—¿Y tú vas a ser su casamentera? —apreté mi mano en un puño sobre el escritorio.
—Posiblemente. Pero quería conocer tu parte de la historia porque ya elegí a los mejores candidatos para ella. Así que habla ahora o calla para siempre.
Y Tanya a diferencia de Alice no se andaba por las ramas ocultando sus verdaderas intenciones.
—Quiero salir con ella.
—Jasper —dijo mi nombre con el mismo tono de lástima que me dio James—, tú sabes que ella no sale con nadie.
—No va a salir con nadie, saldrá conmigo.
—¿Después de lo de esta semana? No lo creo.
Alice estaba enojada y Alice enojada era capaz de follarse lo que fuera solo para demostrarme que me había sacado de su vida.
—¿Sabes si ha salido con alguien más estos días?
—No lo ha hecho. Por eso está tan enojada.
Sonreí.
—Entonces es una buena señal, Tanya.
—Sabes que es como una hermana para mí y no voy a dejar que juegues a esto con ella. Ella ya ha tenido suficiente de idiotas para que te añadas a la lista.
—No soy uno de… —me interrumpió.
—¿La quieres? —como dije, sin rodeos.
Me quedé en silencio mirando hacia la puerta de la oficina como si alguien pudiera entrar y escucharme, como si hubiera cámaras en la oficina grabando mis palabras que no tendrían retorno. No salían las palabras, este había sido mi secreto por años y ahora Tanya estaba aquí pretendiendo que le mostrara mis secretos así de fácil. Pero cuando yo no hablé ella continuó.
—Ella está… rota, Jasper —no, Alice no estaba rota, loca sí, demente la mayor parte del tiempo, cínica si la presionabas, pero ¿rota? Sólo muy confundida respecto a las maneras en que podía conseguir placer—. Tú sabes que no va a funcionar.
—Va a funcionar.
—Alice y tú son muy diferentes, quieren cosas opuestas —insistió.
—Es sólo porque ella no sabe lo que quiere.
—Tú tampoco lo sabes, ninguno lo sabe, ¿qué va a pasar cuando descubra que sabe lo que quiere y resulte que no es lo mismo que tú?
—Estás siendo innecesariamente negativa —me quejé.
—La conozco. Lo defectuoso en su vida son los hombres, pero tiene todo lo otro. A ella le gusta todo lo otro: el apartamento, los perros, la cafetería, su independencia.
—Por supuesto que le gusta, es una buena vida de soltera.
—Y esa vida le gusta —insistió—. Se ha esforzado por tener la vida que quiere.
—¿Y crees que yo no podría entrar en su vida?
—Tú te estás esforzando por otra vida. Siempre lo dices. Los perros grandes, la casa, los niños. ¿Qué va a pasar cuando esas vidas hipotéticas no puedan fusionarse? —Tanya era una aguafiestas, en eso tenía tanto en común con James. Pesimistas por hobbie.
—Tanya, no veo a Alice como la madre de mis hijos, tranquilízate, no estoy diciendo que le propondré matrimonio en un mes. Me gusta mi vida tal cual la llevo. Así como a ella le gusta la suya, y no voy a hablarte de mis expectativas en una relación con ella porque primero necesito que ella acepte lo que siente por mí.
—Va a tener dos citas —insiste y yo hago puños mis manos.
—Tú vas a hacerle dos citas.
—Mi candidato uno es un hombre, más o menos bien parecido, con cuarenta años —hablando de mujeres que habían perdido la cabeza.
—¿Cuarenta años? Alice tiene veintiséis. No vas a hacerla salir con un rabo verde —tampoco quería que saliera con otro idiota.
—Cuarenta años, con sobrepeso, malhumorado y con una vena machista —enlistó, fruncí el ceño sin comprender.
—No suena a una cita agradable.
—No espero que lo sea. Ni siquiera estoy segura que Alice vaya a la cena, pero está tan enojada contigo que apuesto a que irá.
—¿Le estás haciendo citas desastrosas para que vaya tras de mí? Yo creo que va a entenderlo a la primera.
—Si arruinas esta oportunidad no voy a volver a ayudarte. Me estoy metiendo en la boca del lobo por ti. La segunda cita serás tú, lleva una flor o algo. Haré su cita para las ocho y conociendo a Luis, le bastará quince minutos arruinar la cena así que intenta llegar a tiempo, pero después de ellos y quédate en recepción.
—¿Me estás ayudando?
—Te estoy dando la oportunidad de que lo enmiendes.
—¿Por qué?
—Porque estoy pagando nuestro favor pendiente, ahora soy libre de deudas contigo.
—No planeaba cobrarlo, Tanya.
—Por supuesto que sí, media ciudad te debe algo y siempre tomas de ellos cuando lo necesitas. Ahora quedo liberada de deudas, puedo seguir mi vida sin el temor de que me pidas enterrar un cadáver… pero si la lastimas voy a enterrar tu cadáver, ¿entendido? —y de vez en cuando Tanya dejaba salir esa vena malvada que compartía con Alice. Sólo que Tanya no me divertía como Alice con sus falsas amenazas, Tanya sí era una amenaza con la que no se podía jugar.
Llegué a la cena justo quince minutos más tarde, pero me quedé afuera a esperar que apareciera. Alice se veía… enojada. Vestía de blanco desde el vestido que había debajo del abrigo y las zapatillas. Entré y apenas se encontraron nuestras miradas su enojo dio paso a la sorpresa y luego nuevamente a la molestia, debía sospechar el plan de Tanya.
—¿Sabes que a los cuarenta van a comenzar a caerse tus pechos?
Miré tras ella al cuarentón con camisa de cuadros. ¿Esta era su cita? Alice se dio la vuelta para enfrentar a ese idiota que parecía ignorar por completo la escena que estaba por crear.
—Estoy segura que hablas por experiencia, aunque si dejaras de comer tantas donas, Luis, eso no te pasaría.
Esa era mi chica, encantadora y aterradora. Sonreí.
—Tú —el imbécil levantó la mano y la apuntó con su gordo dedo índice, tuve que hacer uso de mi paciencia para quedarme en mi lugar—. Nena. Eso se llama gordofobia.
Y Alice replicó sin necesidad de ser salvada por nadie:
—No. Se llama sentido común. Así que después de que te inscribas a un gimnasio, vas y te metes por el culo tus comentarios.
Alice ya está vetada de ese restaurante de por vida y no lo sabe aún. Y con eso salió a prisas esquivándome y sin darme una mirada. El gerente se acercó al idiota que se hacía llamar su cita y le pidió que pagara la cena, lo que sólo enfureció aún más al hombre. Dijo un par de insultos a nadie en especial y una vez que pasó su tarjeta para pagar la cuenta salió.
—¿Va a pasar? —preguntó una joven a mis espaldas y me moví hacia un lado para darle el paso. Miré hacia el exterior gracias a las puertas con cristal. Alice estaba discutiendo y sonriendo burlona hacia él. Me quedé quieto sabiendo que ella posiblemente iba a enviarlo a terapia con sus palabras. El joven de recepción intentó llevarme a una mesa, pero desistí de moverme de mi lugar hasta que Alice regresara.
Y cuando el hombre se marchó en su automovil, Alice comenzó a hacer una llamada moviendo sus manos y caminando de un lado a otro sobre la acera. Tanya se había sacrificado por mí y no quise estar en su lugar en ese momento. Pasó un rato más parada con los brazos cruzados, como dije, su autocontrol era algo de admirar, afuera hacía un frío para morir y ella seguía de pie firme a quedarse a esperar un taxi.
¿Acaso no sabía que los taxis y ubers estaban haciendo paro frente a las oficinas de transportes desde la mañana? Eso iba a extenderse y ella a congelarse mientras esperaba.
Recibí un mensaje unos segundos después:
Atento. Puede irse, apagaré mi celular. Así que estás solo en esto.
Alice miró del restaurante a la calle y de nuevo al restaurante, posiblemente debatiéndose entre otra segunda cita desastrosa o caminar hasta su apartamento.
Sonreí, imaginando su cara de sorpresa o quizás de enojo al descubrir la travesura de Tanya, no fue mi idea, sólo colaboré con ella.
Pero contrario a lo que esperé ella comenzó a caminar alejándose. ¿Había perdido la cabeza? Supuse que eso debía ser porque estábamos solo unos grados por encima de estar bajo cero.
Va a matarme de una neumonía.
Salí hacia la calle y caminé despacio para seguirla. Estábamos lo suficientemente lejos de su apartamento o de nada para que ella estuviera considerando caminar hasta allá, aunque con Alice nunca se sabía.
Ví su espalda tensarse mientras aceleró el paso. Una de sus manos fue dentro de su bolso y a excepción que quisiera estrenar el gas pimienta que le regalé, lo mejor era presentarme:
—¿A dónde crees que vas?
Sus hombros bajaron ligeros antes de girar sobre sus zapatillas y mirarme con una ceja levantada, supuse que era la última persona que esperaba ver.
—Voy a pedir un uber.
Ella no tenía ni idea de las protestas, posiblemente no se daría por enterada si afuera estuviéramos en una guerra contra extraterrestres como en La guerra de los mundos.
—Te llevo —no era una pregunta y contra lo que esperé que hiciera ella no aceptó ir.
—No. Estás en una cita.
—Era una cena con amigos —mentí para ahorrarme una pelea—. Vamos, te llevo.
Una vez que estuvimos en mi automóvil encendí la calefacción, por suerte era de lo poco que todavía le funcionaba al carro, sé que un día de estos me dejará tirado sin explicación, pero mientras ese día no llegue yo seguiré conduciéndolo.
—¿Cenaste?
—Vi mi cena —Tanya se equivocó, Alice estaba tan molesta conmigo que soporto a ese idiota hasta que la cena llegó.
—Conozco un lugar donde venden tacos —intercambié y ella aceptó añadiendo que no me hiciera ilusiones de considerar esto una cita. Por lo menos no una cita de la que Alice fuera consciente.
Detuve el vehículo en el primer lugar que encontré de tacos sobre la acera. Había la suficiente cantidad de personas haciendo fila para hacerme pensar que podía elevar mis expectativas sobre este sitio y dado que había un espacio libre para estacionarme llegamos ahí.
No era lo que tenía planeado para esa noche, por supuesto. Alice se bajó del automóvil y se quedó de pie al lado del faro de luz después de indicarme que pidiera dos tacos con sus dedos.
Parecía seria, lo que no era común en ella. Y su rostro estaba totalmente inexpresivo incluso mientras agarraba su celular y enviaba un mensaje. Tal vez a Tanya se le había pasado la mano con la cita desastrosa.
—Pensé que no tenías citas —mal tema de conversación, así que cobardemente miré hacia el asador donde estaba preparándose nuestra orden.
—No tengo, esto fue una mierda de Tanya —y mientras lo decía se cruzó de brazos, sin lanzar fuego con su mirada ni fruncir el ceño, ni hizo lo que suele hacer con su nariz cuando está molesta, inexpresiva. Controlándose. Y odié mi capacidad de ser paciente y mantenerme ajeno a la situación, debí romperle un diente o dos a ese idiota.
—¿Una mierda de Tanya? —suspiró mirando con atención hacia el carrito de tacos.
—Era su regalo navideño para mí.
Repitete eso todo lo que quieras, Alice.
—No parecías estar disfrutando tu regalo —insistí.
—¿Y quién podría? —pero su tono no era cínico ni bromista. Miró hacia el suelo, moviendo sus pies con impaciencia. Se agachó para sujetarse las rodillas con ambas manos y comenzó a frotarlas. Hacía frío y ella llevaba un vestido por encima de las rodillas. Sus piernas temblaron y hubo un ligero centelleo con sus dientes.
—¿Quieres esperar en el carro? —ofrecí.
Y su tembloroso cuerpo se detuvo por completo, regresó a su pose informal contra el poste de luz como si no estuviera congelándose. Control. Alice siempre está en control incluso para fingir que no muere de frío.
—Estoy bien —añadió sonriente, y sutilmente jaló las mangas de su abrigo. Ella podría introducir sus manos dentro de las mangas o incluso entre las aberturas de su abrigo, pero entonces mostraría que tiene frío, y eso no era un lujo que podía permitirse mientras finge estar en control.
—Ven aquí —tomé sus dos heladas manos entre las mías, frotando nuestra piel para recuperar el calor de su cuerpo. Se quedó quieta observándome con sus grandes ojos grises verdosos clavados en mí, pero sin expresiones, sin fruncirme el ceño, insultarme o alejarse, supongo que actuaba su sentido de supervivencia para mantenerla quieta y su autocontrol cediendo tanto como ella podía.
Tenté a mi suerte y acerqué sus manos a mi rostro para soplar entre ellas. Ni un pequeño movimiento en sus expresiones demostrándome que esto le desagrada aunque tampoco parecía que le agradara. Lo que supongo que significó que no era ajena a mí.
—El tequila quita el frío —dijo sonando bromista y relajando su quieta expresión.
—No tienes tequila ¿o sí? —le levanté una ceja y ella se encogió de hombros.
—Sabiondo —soltó sin su toque bromista. Fue ahí que me di cuenta de lo imbécil que yo fui al permitir que Tanya le hiciera esa cita desastrosa. ¿Qué tan mala debió ser para tener en alto todas sus barreras incluso las que le permitían bromear?
—Estás congelándote, Alice —dije sin dejar de frotar sus manos entre las mías. Sus barreras bajaron lo suficiente para que se estremeciera de frío, mostrándose como solo una humana capaz de congelarse con estas bajas temperaturas.
—Sus tacos.
El resto es historia, comimos dentro del automovil con la calefacción al límite, Alice y yo eramos amigos, no como James y ella, no como Tanya y yo, eramos los amigos que se encuentran por casualidad y conversan animadamente de la nada. Nuestra amistad había surgido de improviso, pequeños acercamientos casuales y sin intenciones a algo más.
Y mientras estábamos en el automovil me di cuenta que había perdido el objetivo. No era solo que quisiera que fuera tras de mí, o que sintiera la curiosidad suficiente para repetir, era acerca de nosotros. De lo que yo sabía que podíamos tener. De estas largas y divertidas conversaciones con ropa elegante en un carro a punto de descomponerse por llevar al límite la calefacción.
Ella era la mujer que había esperado por años, de manera estúpida y paciente. Busqué lo que nosotros teníamos en cada anterior relación y la conclusión siempre fue la misma: no es como Alice.
Es divertida, pero no es como Alice. Le gusta jugar juegos de mesa, pero no como Alice. Tiene una risa bonita, pero no como Alice. Tiene un mal carácter que me parece gracioso, pero no como Alice. Le gusta leer y hablar de sí misma, pero no como Alice. Se sabe hermosa y tiene una alta autoestima, pero no como Alice. Ninguna sería nunca como Alice.
Y cuando tenía la oportunidad que había estado esperando para tener a la real Alice, lo estaba desperdiciando. Jugando juegos estúpidos. Necesitaba estar un par de pasos frente a ella, no a millas de distancia. Alejarme, pero no desaparecer. No perseguirla, pero tampoco fingir que no me importaba.
—Repite conmigo, Alice. Repite hoy, y mañana, y pasado mañana, y también en una semana y en un mes.
—Yo no tengo novios —¿cómo iba a tenerlos si siempre le daba oportunidad a idiotas?
—No te estoy pidiendo eso.
—Tú sólo tienes novias —me recordó con una leve sonrisa que no llegó a ser cínica, sino decaída.
—Sólo quiero tenerte a ti —la tenía sujeta contra el automovil frente a su apartamento, sus labios abiertos eran una invitación a besarla, pero quería más que eso, quería todo el paquete, pero esta vez debía ser tan paciente como me fuera posible—, puedo ser lo que me pidas que sea, Alice.
—Tú sólo quieres todo o nada, lo has dejado muy claro antes —intentó retroceder, pero no se lo permitía sujetándola con firmeza de la cintura.
—Olvídate de eso. Dime qué es lo que quieres.
Y por primera vez desde que iniciamos esta tontería de la apuesta fue sincera sin controlarse ni pretender que no le importaba:
—¡No lo sé! Esta cita era para no pasar sola navidad. Tal vez en año nuevo decido que quiero estar sola, tal vez en enero cambio de parecer. Tal vez mañana voy a un bar y decido que quiero al tipo guapo de la barra. Tal vez al día siguiente me arrepiento y te busco a ti. Lo dijiste antes, yo no tengo idea de lo que quiero y tú lo tienes muy claro y no voy a fingir que sé lo que quiero cuando no lo sé porque no quiero tener que mentirte. Así que no me v— la besé, era todo lo que necesitaba saber. Ella no sabía lo que quería y yo sí, ella necesitaba dejar de controlarse y yo debía ser paciente pero no como una pared que no actua. Debía ser paciente y actuar, ir a su paso, sin importar qué tan lento pudiera ser ese paso. Algunas mujeres toman semanas y varias citas para aceptar ir a la cama, y otras, como Alice, se toman su tiempo para dejarte entrar en su corazón. Tal vez podíamos encontrarnos en su cama y en algún momento y sin que se diera cuenta yo me haría espacio en su corazón. La beso agarrando su mejilla y pegándola a mí, no necesito una sesión de besos para sentir mi erección por ella, me basta verla mordiéndose su labio y mirándome con interés para conseguirlo.
Pero no esa noche. Así que usando el autocontrol que me faltaba me separé de ella.
—Olvidalo, Alice.
—No sé lo que quiero —repitió sonando esta vez casi triste.
—No importa. Lo descubrirás en algún momento —y estaba seguro de eso.
Tuve sólo dos días para planear mi estrategia con Alice. Mi escritorio se volvió en un sinfín de post-it arrugados y partidos por la mitad.
Invitarla a ver las estrellas. Tachado.
Comprarle juguetes a sus mascotas. Tachado.
Conseguir suéteres navideños a juego. Partido por la mitad.
Aparecer con un ramo de flores. A la basura.
Conseguir reservación en The moon: viable. Llamar a Alfredo Elias Castro, dueño de The moon y recordarle nuestros tiempos en la universidad. Recordarle los exámenes que hice por él y esos favores que teníamos pendientes.
Reservación en The moon. Listo. Pegué el post-it sobre la pantalla de mi computadora.
¿Cómo hacer que ella fuera a una cena conmigo? Alice sería difícil, más difícil que cualquier otra noche.
¿Qué quería ella?
¿Cómo se sorprende a una mujer que espera ser sorprendida?
Dandole exactamente lo que no esperaba de mí: justo lo que le dije que haría. Atarla a la cama.
¿Con soga? No me imaginaba subiendo con cuerdas hasta su apartamento. A la basura.
¿Con corbatas? No habría espacio en mis bolsillos para tantas. A la basura.
¿Con cinturones? Lo mismo que antes.
¿Con cinturones de ella? ¿Qué pasaba si Alice no tenía eso? ¿Qué si no me dejaba buscar en sus cajones? Partido a la mitad.
¿Con unas esposas? Busqué en internet pero ninguna llegaba a tiempo, solo tenía 48 horas de anticipación para planear. Así que fui a la sex shop más cercana que encontré en internet.
Lo supe en cuanto las vi. Rosadas y felpudas, era imposible que pudiera lanzarme con ellas. E incluso si lo hacía no iba a doler tanto que si compraba las esposas metálicas.
Cuántos detalles por planear.
Por suerte, esta vez mi plan salió a la perfección porque no sólo había conseguido llevarla a donde necesitaba que estuviera, debajo de mí y dentro de ella, sino en una posición mucho mejor que antes, no la ideal, pero mejor. Amigos con derecho, una tontería de secundaria. Una tontería de secundaria que la había hecho ceder. No ganaba yo, no ganaba ella, era un empate en un punto intermedio para ambos, lo suficiente para calmar a mi impaciencia y lo suficiente para quitarle un poco de control.
Y ya lo dije, soy paciente. Aunque esta vez no iba a quedarme quieto a esperar que ella actuara. Esto era una meta personal, tenía que encontrar el modo de ganarme su corazón.
¿Qué te ha parecido? ¿Qué tal el método de planificación de Jasper? ¿Y Alice, cuántos capítulos antes de ceder su control?
Tienes un adelanto esperando en mi cuenta de instagram: Anbethcoro
(www) . (instagram) . com(/) Anbethcoro (/)
