Los personajes son de S. M., la trama es de mi autoría.
Una mujer sin corazón
de la saga La vida de ellas
IXX Sobre cómo se sentía tener una etiqueta
Angielizz (Anbeth Coro)
A veces, debo admitir, soy una provocadora del caos, supongo que por eso me gusta sacar de sus casillas a mi hermano. Aunque cuando tenía dieciséis él era a quien más admiraba, lo hago aún, pero entonces lo último que quería era la sensación de haberle decepcionado.
¿Cómo no iba a admirarlo? Edward no era un competidor como yo, él destacaba sin necesidad de competir, él no iba a prisas o despacio, iba a su propio ritmo por la vida y sus destacadas notas, los amigos leales (exceptuando a cierto imbécil) y sus logros personales demostraban lo bien que le había funcionado.
Aunque con Edward en la universidad (y reprobando materias) no nos veíamos desde las vacaciones de primavera, y aunque antes del verano lo llamaba un par de veces por semana, y nos mensajeábamos diario, desde lo de Peter limité mis conversaciones con él a mensajes breves, temerosa de que pudiera descubrir lo que le ocultaba solo con mi tono de voz.
Sin embargo, desde que llegó a pasar las vacaciones de invierno en casa no paró de mirarme extraño hasta que encontró el momento de abordarme. Yo estaba columpiándome en el jardín pensando en el idiota que había hecho trizas mis ilusiones sólo un par de días atrás y quizás fue por eso que no lo vi llegar.
—¿Por qué estás actuando tan rara? —preguntó Edward sentándose sobre mis piernas como si no fuera casi medio metro más alto que yo y más pesado.
Estábamos sentados en el columpio del patio, no, yo estaba sentada sobre el columpio, él estaba sobre mí. Miré hacia el grueso tronco que sostenía el columpio y me pregunté si esto sería capaz de soportarnos juntos.
—¿Rara? No estoy siendo rara.
—No respondes mis mensajes, nunca estás disponible cuando llamo y he sabido más de ti por James que por mi cuenta en los últimos cuatro meses.
—Soy una chica ocupada —forcé una sonrisa y me encogí de hombros para restarle importancia. Edward se puso de pie y me miró con los brazos cruzados, esa pose que me gustaba llamar "hermano gruñón".
—Alice.
—Tú y James usan mi nombre con el mismo tono, ¿lo sabes?
Edward miró hacia el jardín de flores unos segundos antes de volver a mirar hacia mí, sonó decaído al hablar.
—Carlisle es un gran papá para los dos, Alice. Lo que digan esos análisis de sangre no tienen importancia.
Oh. Eso. En primavera, hice unos análisis de sangre para salir de una vez por todas con las dudas de mi existencia. Resulta que Edward y yo compartimos padre biológico, excepto que mientras el idiota era es un verdadero papá para Edward, él jamás estuvo interesado en mí, tan así que abandonó a mamá el día en que nací y desde entonces no intentó involucrarse conmigo.
Sospeché por mucho tiempo que el divorcio de mamá se trató de una infidelidad, tal vez yo tenía un padre biológico por ahí que no sabía de mi existencia. Eso pensé. Resultó que era hija de él, que él sí sabía de mí y que había elegido hacerse a un lado.
—Lo sé. Papá es genial —dije sintiéndome culpable por hacer esos análisis.
—Tú también eres genial —sonreí apenas— ¿eso te tiene así? —asentí muchas veces, porque era mejor que Edward creyera que el rechazo de su padre me destruyó a que se enterara del aborto, de Peter usándome y tratandome como una zorra fácil.
—Eres mi hermano favorito, ¿sabes?
—El único —no, no era así, pero no le conté de cuán especial se volvió James en esos meses para mí, no lo habría entendido sin explicaciones y no quería contarle lo otro. Para Edward era sólo Alice, la lista Alice que se salía siempre con las suyas.
No esta Alice a la que le vieron la cara de zorra.
Las etiquetas en la ropa dicen mucho de una prenda: marca, talla, los cuidados que se deben tener y el precio. Las etiquetas en las relaciones hablan del valor. Y posiblemente soy la primera persona contenta por ser la amiga con derecho de alguien, lo que es ridículo por supuesto.
Pero el 25 de diciembre, la oficial navidad para muchos, se convierte en mi primera mañana navideña en años en la que me encuentro dando brincos. Con las cafeterías cerradas por ser día feriado no tengo manera de desquitar toda mi energía con el trabajo. Ruedo sobre mi cama y agarro el celular que descansa en la mesita de noche. Escribo un mensaje:
¿Qué harás hoy?
Lo borro y vuelvo a intentarlo:
¿Qué te trajo santa este año?
Patético pretexto de conversación, vuelvo a borrarlo.
¿Qué te parece si…
No. Me doy por vencida.
Soy su follamiga no su novia, no estoy obligada a enviarle mensajes navideños ni nada así. No hablamos en la cena sobre lo que sí podíamos hacer o las limitantes de nuestro acuerdo, pero no me voy a poner pesada cuando ni siquiera han pasado veinticuatro horas.
Así que levanto mi trasero de la cama y me doy una ducha para quitarme las ganas de ser ridícula.
Para cuando termino de vestirme reviso mi celular, tengo un mensaje de papá, uno de mamá, un video gracioso de Edward con un santa gordo dando un baile erótico, es mi hermano favorito. Nuestra relación es un juego entre odio y amor, todo sano y divertido.
Gracias por semejante material para tocarme, feliz navidad, hermanito.
No hay nada que alegre más mis mañanas que molestar a mi hermano mayor.
¿Era necesario ser tan explícita?
Sonrío.
Siempre es necesario serlo.
Pero eso es todo lo que mi celular tiene. Eso y mensajes de parte del grupo de whatsapp de los empleados de las cuatro cafeterías que tengo a cargo, todos deseándose felices fiestas de manera superficial. Envío un mensaje para ellos y sigo buscando, pero no hay nada. Me llegan mensajes de agradecimientos de los empleados por mi detalle navideño para ellos: Una bota roja con una taza de café personalizada. Envío un sticker de santa y sigo con mi recorrido de no hacer nada interesante en internet.
Y sí, por nada me refiero a que mi bandeja de mensajes de Instagram que está saturada de idiotas solitarios queriendo pasar un rato.
Los ignoro y voy a mi galería, la noche anterior el mesero insistió y nos tomó una foto a Jasper y a mí. Venga, que no estaba nada mal. Él era de hecho bastante agraciado en las fotografías y yo también. Era una buena foto. Nada de miradas burlonas y sonrisas cínicas. Hasta parecíamos estar disfrutando de la cena, y por supuesto que sí. Me llevó a The moon, y entendí porqué estaba de moda.
Subo una foto que me tomé ayer a mis redes sociales con Coco y Channel frente a mi árbol navideño. Lo pongo en mi foto de perfil, en mis estados de todas mis redes sociales y surte efecto porque menos de un minuto después recibo un mensaje de él. Ha picado el anzuelo.
Qué perras tan bonitas.
Sonrío.
¿Me estás llamando perra?
Su mensaje llega pronto.
¿Tal vez?
Levanto una ceja
¿No te vas a retractar?
Pero no vuelve a responder, espero y actualizo y cierro la aplicación y vuelvo a entrar, pero parece que eso es todo por ahora.
Venga, no importa, así me gusta.
Aunque ésta es la mañana navideña más solitaria que he tenido en la vida.
Le envió un mensaje a James:
¿Qué te trajo Santa?
Su respuesta llega al minuto siguiente.
Alice, feliz navidad, muchos brillos y amor para ti hoy. ¿Qué plan tienes para más tarde?
Sonrío reconociendo de quién vienen esas palabras.
Feliz navidad, Victoria. Ver titanic. ¿Tú?
Ya había pospuesto suficiente tiempo ver a Jack hundirse hasta el fondo del océano por centesima vez, era obvio que Rose no quería hacerse de un esposo y por eso abandonó a su prometido adinerado con el primer pordiosero que apareció, aunque después tuvo que matar de frío a Jack cuando había espacio para dos sobre la tabla. ¿Matrimonio? Primero matar a Leonardo Di Caprio de frío antes que sucumbir en eso. Aunque, visto de otro modo, Jack prefiere quedarse abajo antes que desposar a la demente adinerada que salta de botes salvavidas para volver por un collar. ¿Qué si qué versión de Titanic vi? La mejorada.
El mensaje de Victoria llega desde su número de celular.
Patinaje sobre hielo. Es una tradición. ¿Te nos unes?
¿Ir de mal tercio? No, gracias.
Gracias, pero preferiría sacarme los ojos antes que ir de niñera.
Y eso es todo por ahora.
Decido que navidad es un buen día para consentirme, así que saco todo el kit de pedicure y manicure lista para pasar un par de horas dedicada a mis uñas en lugar de desperdiciar mi tiempo pensando en idiotas que se mueren por amor.
Estoy eligiendo el color perfecto para mis uñas cuando tocan a la puerta. Me levanto con un gruñido, debe ser la vecina, que no tiene nombre, de al lado; cada festividad toca a mi puerta para darme un poco de pay o las sobras de su cena. Una amable anciana que debe sentir lástima por mí.
Pero cuando abro no está la anciana con desayuno para mí, sino Jasper.
—¿Qué haces aquí? —bien soy agresiva para recibirlo, pero sólo porque es el único modo de ocultar que por dentro estoy dando brincos por no ser como los idiotas solitarios que me escriben por Instagram. Patética.
—James me pidió pasar por ti —dice encogiéndose de hombros.
—¿James?
Vuelve a hacer ese movimiento desinteresado con sus hombros confirmando que esto no es su plan.
—¿Por qué?
—Edward canceló la salida a patinar por quedarse encerrado con Heidi —¿necesita ser tan explícito sobre las travesuras de mi hermano?
Karma, supongo.
—¿Y eso cómo me incluye a mí?
En lugar de responder como ser civilizado se cruza de brazos recargándose contra la puerta y me levanta una ceja.
Lo entiendo: porque si no va Edward podemos ir nosotros. James sabe acerca de esto y supongo que su novia, Victoria, también.
Bajo mi mirada hacia su ropa y sonrío. Jasper tiene un montón de tradiciones raras, por ejemplo, cada mañana de navidad usa suéteres navideños y gorro tejido a juego. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Pero siempre ha sido así. Y cada año se compromete con encontrar un sueter más ridículo que el anterior. Este año eligió un grinch temblando de frío por ir sin ropa con las manos cruzadas en las rodillas y ocultando lo necesario para evitar traumas infantiles.
—¿Pornografía navideña? Ya he tenido demasiado de eso esta mañana.
—¿Demasiada pornografía? ¿No dijimos que podías llamarme en lugar de acabarte las pilas de tu consolador? —idiota.
—Pornografía navideña —aclaro ignorando lo anterior, y como sigue mirándome burlón saco el celular y le muestro el video que me envió Edward.
—Tus fetiches son extraños —replica, le doy la espalda caminando hacia la seguridad de mi cocina.
—No tengo fetiches extraños.
Me levanta una ceja de no creérselo. Le ruedo los ojos sosteniendo mis palabras y saco la jarra de agua del refrigerador.
—¿Entonces cuál es el plan?
—Sólo recibí ordenes de sacarte de tu miseria y llevarte a romperte las piernas patinando.
Y eso no es una invitación romántica para pasar la mañana de navidad juntos, ni siquiera es una invitación para follar. Es la invitación que Jasper me haría porque somos amigos. Y los amigos con derecho son, ante todo: amigos. Así que me cambio de ropa en poco tiempo y estoy lista para la peor aventura de mi vida.
A lo único que me opongo por completo es ir en su automóvil. Me rehuso a que nos deje tirados en navidad, no conseguiremos grúa y los taxis tienen cuota alta además de que es casi imposible conseguir uno. Así que no, nada de tomar riesgos. Y como estoy en modo mandona, conduzco yo hacia la pista de patinaje.
Hace un par de meses, esto era un campo abierto de futbol, pero cada invierno lo adecuan para convertirlo en una pista de hielo falso.
Mientras estamos en las gradas calzandonos los patines que acabamos de rentar recuerdo el único inconveniente de este plan: yo no sé patinar, al menos no lo que se dice patinar bien.
—¿Eres bueno patinando? —le pregunto esperando que sea malo en algo.
—Sí ¿y tú? —asiento.
No, por supuesto que no sé.
—Por supuesto que sí.
Lo que ciertamente no consideré al mentir de esa manera es que Jasper no venía en plan novio, no lo éramos, pero tampoco esperaba que me dejara por mi cuenta. Porque apenas se puso los patines apareció James tomado de la mano de Victoria, nos saludamos y deseamos felices fiestas entre todos antes de que Jasper y James se retaran a una carrera por toda la pista. Claro, los hombres y su testosterona. Y así me quedé sin compañero de patinaje. Sencillamente genial.
Victoria se queda esperando hasta que termino de asegurarme que las agujetas estuvieran bien puestas. Camino torpemente con los patines hasta que logro llegar a la pista.
—¿Una mano? —ofrece ella y acepto su brazo. Por suerte mantener el equilibrio no se me daba mal.
—¿A dónde fueron anoche? —pregunto queriendo sacar algún tema mientras mantengo la vista en nuestros pies para descubrir cómo mierda moverme sin morir en el intento.
—La casa de mis padres, James es el favorito de todos en casa.
Por supuesto, James es agradable cuando se lo propone.
—¿Y tú?
—Salí a cenar —digo encogiéndome de hombros y ella me sonríe sin preguntar y justo mientras agradezco que sea prudente por primera vez en su vida añade:
—James me contó de tu apuesta con Jasper, ¿siguen en eso? —sin pelos en la lengua.
—Eh… no.
Ahora jugamos un juego diferente: amigos con derecho.
—¿Son novios? —insiste a mi falta de respuesta.
—Amigos con derecho, supongo —copio el desinteresado movimiento de hombros de Jasper como si no fuera la gran cosa, como si no fuera Jasper mi primera amigo con derecho o el primer tipo con el que repito más de un par de veces.
—¿Exclusivos?
—¿Exclusivos? —repito la pregunta confundida.
—Bueno, están los que son exclusivos y los que no lo son. En lo personal, esto de amigos con derecho exclusivos es una niñería para no usar la palabra noviazgo.
Paso saliva.
—Entonces somos no exclusivos —no somos novios— ¿Cuál es la diferencia?
Victoria sonríe como si fuera una profesional de etiquetas a punto de darme una lección, nos deslizamos en la pista de patinaje de manera lenta y sin soltarle del brazo, como dos amigas que se cuentan los secretos de la vida en navidad.
—Básicamente es sexo sin compromiso, pero con el que estás de acuerdo, es bueno saber cuáles son los límites para evitar confusiones.
—¿Cómo tú y James?
—James y yo somos novios, solo que estamos en una relación abierta.
Mierda, cuántas etiquetas.
—¿Y eso cómo es diferente a lo mío?
—Pues porque conoce a mi familia, soy la chica a la que presenta con sus amigos y nos queremos. Que follemos con otras personas no significa nada. Y en tu caso es justo lo opuesto.
No conocería a su familia, ni sería presentada con sus amigos, no habría sentimientos de por medio y follaríamos entre nosotros y con más personas porque no hay exclusividad aquí. Estupendo. Mi emoción de esta mañana por ser la amiga con derecho se esfuma por completo. Ahora me siento estúpida por completo.
—¿Quieres una carrera? —niego con lentitud y como siempre, Victoria es ajena al caos que deja tras sus palabras sin filtro, no es su culpa, ella es honesta a lo bruto a veces.
—Tú alcánzalos, iré a mi ritmo.
Me suelta y se aleja patinando con gracia, mientras que yo me agarro de la pared para poder deslizarme sin morir en el intento.
Le he dado derecho a follarme cuando quiera. Me siento tan ridícula y no puedo dejar de sentir que caí en la trampa de otro idiota.
Lanzo con fuerza los recuerdos de la noche anterior mientras empujo mis piernas hacia el frente para avanzar. ¿Y cuál es la otra opción? No voy a ser su novia y ya no me atrae la idea de tener sexo con extraños, Jasper me ha jodido para siempre.
No como Peter.
Pero me ha arruinado el sexo ocasional.
Nuestra cita de anoche había sido divertida, sin juegos tontos de romance ni pretender hacer que perdiera la cabeza por él nuestra conversación fluyó toda la noche y sin darnos cuenta fuimos la última mesa en desocupar. Y Jasper, generoso o despilfarrador a lo pendejo, dejó una propina muy considerada. Tanto que el mesero insistió en tomarnos una foto antes de dejarnos marchar.
Cuando creo que he conseguido entender cómo mover mis piernas sobre el hielo falso me suelto de la pared y menos de cinco segundos después mi trasero golpea con fuerza contra el suelo. Mierda. Auh, masajeo mis muslos para alejar el dolor.
—¿Estás bien? —Jasper llega a mi lado y se hinca frente a mí.
—De maravilla —digo sarcástica ignorando la quemazón en mi piel por el golpe.
—Creí que sabías patinar —no lo creía, yo se lo dije.
—¿Dices que no sé patinar? —pregunto levantándole una ceja y sonríe siendo estúpido y dulce.
—Agárrate de mi cuello.
Y sin esfuerzo vuelve a ponernos de pie, cuando recupero el equilibrio alejo mi cuerpo de él.
—¿Quieres sentarte?
—Estoy bien.
Me resisto a durar cinco minutos patinando.
—Sólo acércame a la pared —digo estirando mi mano hacia la pared más cercana, pero Jasper hace justo lo opuesto entrelazando mi otra mano con la suya y jalándome para estar a un metro de la pared. Voy a morir aquí—, no ser buena patinando no significa que no sepa hacerlo —digo dándole una mirada degolla idiotas.
—¿Realmente quieres otra cita a urgencias? —mi mirada se vuelve fulminante, mientras la sonrisa de él crece.
Y por un milisegundo creo que está a punto de acercarse y besarme cuando la inoportuna señorita imprudente vuelve, lo juro, ella me agrada, me parece extraña su relación con James porque él merece algo más… ¿estable? Definitivamente, pero ella lo hace feliz a su manera y cuando no está siendo loca y descabellada, es encantadora y divertida, pero… tiene este defecto que me parece un dolor de cabeza: Es lengua suelta.
Victoria patina de reveresa frente a nosotros, es una maldita diosa sobre hielo. ¿Cuántas caídas le costó a ella aprender a patinar tan bien? La miro con los ojos entrecerrados esperando que entienda mi mensaje: cállate. Pero obviamente ella me ignora.
—A propósito, Jasper, yo siempre supe que ibas a ganar esa apuesta, lo supe en cuanto James me hablo de eso —levanto una ceja con indignación—, no es nada personal, Alice. Es Jasper ¿entiendes lo que digo? —no, no lo entiendo—. Aunque con honestidad pensé que ibas a conseguir que fuera tu novia y no eso de follamigos no exclusivos.
Ugh. Genial. Como dije, Victoria es encantadora, muy intuitiva, pero tenía cero habilidades para entender cuando estaba abriendo su boca de más.
Y lanzando esa bomba de comentario se desliza lejos de nosotros hasta alcanzar a James que la sube a su espalda como si lo que estuvieran haciendo no pudiera matarlos a ambos.
Miro de reojo a Jasper parece haber cambiado su semblante divertido por esa mueca de disgusto que a veces se carga cuando algo no le sale bien. ¿Acaso además de ser no exclusivos era un secreto que no debía divulgar?
Que etiqueta más absurda. Parece que lo único que acepté fue follar con él de nuevo, recuerdo lo desinteresado que parecía en la puerta de mi apartamento cuando me invitó a unirme a este plan. Un plan que no era su plan, sonaba más a Victoria pidiéndole a James invitarme y James convenciendo a Jasper de no ser un imbécil y traerme. Pero no me importa. ¿De acuerdo? Es simplemente ridículo.
Sigo deslizándome siendo un poco ajena a mis movimientos y lo que me rodea, estoy desconectada de esto. ¿Jasper sale con más personas mientras juega a seducirme? Posiblemente, qué bien, porque tampoco es de mi interés.
Amigos con derecho sin exclusividad. ¿Cómo es que me pareció una buena etiqueta en primer lugar? ¿Qué clase de valor se supone que he adquirido con eso? La estúpida de un idiota. Es-tu-pen-do.
—Si sigues mirando a la gente como si quisieras matarla te van a sacar de aquí —dice Jasper de pronto y tengo que recomponer mi expresión hasta dar con una sonrisa.
—¿Por qué tienen que patinar tan bien?
No le deseo un tobillo roto a James, pero una caída contra el suelo a nadie le hace mal de vez en cuando y una sonrisa malvada aparece en mi cara ante la imagen de James aplastando a Victoria, sacudo mi cabeza y quito la sonrisa maligna de mi rostro.
—Victoria es una profesional —dice Jasper como si no importara. James y ella ahora se están persiguiendo a toda velocidad a lo largo de la pista.
Jasper tiene sus ojos en ellos y me doy cuenta que lo estoy deteniendo de divertirse.
—Ve con ellos, te mueres por ganarles una carrera.
¿Si Victoria no hubiera insistido en mí él habría invitado a una chica que sí supiera patinar?
—¿Quién era tu opción A? —pregunto sin tener intenciones de quedarme con la duda.
—¿Mi opción A?
—Ajá. Seguro que ustedes patinan cada mañana de navidad como parte de alguna tonta tradición.
Se ríe y sacude su cabeza.
—Esto es algo de Edward y James, lo hacen todos los años. Estoy aquí sólo porque Edward no quería dejar plantado a James.
—¿Aquí es a donde vienen cada navidad?
Cada año desde que James pasa la navidad con nosotros, ellos desaparecen por la mañana y regresan hasta mediodía para abrir los regalos, pensé que se fugaban con alguna novia o algo así, al parecer vienen a patinar como dos críos.
—¿Y no me invitan nunca?
Puedo entender lo de no ser incluida a la tradición de cumpleaños despilfarrantes, ¿pero ser excluida de esto?
—¿Por qué?
—El accidente del hielo.
Edward es ridículamente protector. Cuando tenía siete años estábamos de viaje en uno de estos lugares donde los lagos se congelan y papá quiso enseñarnos a patinar. Excepto que cuando me alejé el hielo era más delgado y caí al agua. Nada importante, papá estaba cerca y apenas duré unos segundos dentro. Terminar en el hospital un par de días fue solo para prevenir una neumonía, creo, lo cierto es que no lo recuerdo
—Pero esto ni siquiera es hielo.
—Eso fue lo que dije yo.
—Y si no fuera por Edward siendo fastidioso y obligándote a venir aquí, ¿qué harías en cualquier otra mañana de navidad?
Se ríe entredientes como si tuviera un chiste privado, pero no responde. Me giro para confrontar su risa silenciosa y consigo que mis pies se enreden entre sí, siento la gravedad haciendo su efecto y lo mejor que se me ocurre es cubrirme la cara con los brazos y cerrar los ojos para recibir el suelo por segunda vez.
—Te tengo —cuando vuelvo a recuperar el equilibrio, Jasper se mantiene ahora más cerca, con su mano en mi espalda, pero como no me fio de eso yo agarro con fuerza su sudadera— ¿Le dijiste a Victoria que éramos amigos con derecho sin exclusividad?
Ugh.
—Ella preguntó, no es que yo vaya por ahí diciéndoselo a todos —en definitiva, no cambiaré mi situación sentimental en Facebook por: Amiga con derecho de Jasper—, no sabía que era un secreto.
Me siento tan preparatoriana, ni siquiera en esa edad tenía este tipo de dilemas. Creo que esta etiqueta solo le da más derechos a Jasper, ¿qué derechos gano yo? ¿Follarme a Jasper? Yo ya había tenido sexo con él antes de aceptar ser su amiga con derecho. Me siento tan estúpida como en la preparatoria.
Con la diferencia de que tengo veintiséis, no dieciséis años.
—Supongo que no hablamos de eso —asiento. No, no hablamos de no ser exclusivos ni que se tratara de un secreto. Pero que estupidez. Él dijo que parte de las ventajas era que yo no tenía que salir con más idiotas… ¿pero él sí puede? Qué imbécil. Muerdo con fuerza mi lengua para no insultarlo y me sigo deslizando.
Amigos con derecho. El único derecho que le he concedido es buscarme para follar cuando esté aburrido. Sin compromisos ni sentimentalismos, como me gusta. Y dado que me gusta la habilidad de Jasper para darme orgasmos en realidad es un buen acuerdo. Un buen acuerdo que no me está gustando. ¿Por qué?
—¿Y cómo funciona esto? —me obligo a cambiar mi semblante y sonreír tranquila, concentrada en que esta es la mejor propuesta que he recibido jamás y que no voy a joderlo con mierdas tontas al día de comenzar.
—¿Cómo funciona? —suena confundido y tengo que forzar mis palabras para que salgan animadas.
—¿Me añades a tu calendario para tener sexo?
—No. Definitivamente no funciona así.
—¿Entonces?
—Comunicación, Alice. Si quieres salir, estás aburrida o tienes ganas de tener sexo me llamas, y si tienes suerte talvez yo también quiera.
—Pareces muy seguro de ti mismo.
Pero me prometo en ese momento que yo no voy a buscarlo para una tercera vez. Si alguien va a aburrirse de estar solo será él.
—¿Quieres apostar? —propongo.
—De acuerdo —dice todo seguro.
¿De acuerdo? Ugh. Vamos a pasar otras dos semanas sin follar, siempre tengo mis juguetes para pasar el rato mientras espero a que se aburra. Aunque no soy buena con eso. ¿Y si resulta ser de esos tarados que pueden pasar meses sin sexo? Suelto un bufido.
Soy la amiga con derecho de alguien que no quiere tener sexo. Perfecto, qué va, esto sí es es-tu-pen-do. A este paso nos convertiremos en amigos que unas cuantas veces follaron hace mucho, mucho, mucho tiempo antes de hacer una apuesta.
Como yo y James.
Una risa tonta sale de mi boca y aprieto mis labios para contenerla. Siento la mirada de Jasper sobre mí.
—¿Qué es tan gracioso?
Sacudo mi cabeza.
—Nada.
—¿No crees que pueda volver a ganarte una apuesta, Alice?
Olvida lo que dije antes, él se lo buscó.
—Pensaba que va a pasar tanto tiempo para que volvamos a tener sexo por esta apuesta que nos convertiremos en amigos que tuvieron sexo hace siglos —y cuando empieza a darme esa sonrisa burlona añado para quitársela—, como yo y James.
¿Ahora quien sonríe?
Yo, una gigante sonrisa con dientes y todo para que se le quite lo presumido. Pero Jasper en lugar de ofenderse por la comparación me toma un poquito desprevenida, pasando su mano alrededor de mi cintura y jalándome hacia él. Y si no anduviera en patines lo evitaría, pero no sé mover mis pies bajo este suelo resbaloso.
—¿Eso piensas?
—No voy a perder esta apuesta —me encojo de hombros.
—Bien.
¿Bien?
Voy a protestar cuando Jasper termina la distancia entre nosotros y me besa, me sujeta con fuerza contra su cuerpo y puedo sentir su calor, mi mano va a su nuca para afianzar mi agarre, no voy a volver a terminar con mi trasero en el suelo.
—No voy a perder —le aviso en cuanto se separa, si cree que besarme así va a cambiar algo…
—No, yo voy a dejar que ganes esta vez —¿qué?
—¿Tú me estás dejando ganar? —levanta una ceja— ¿yo no estoy ganando?
—Tecnicismos. Vayamos a decir adiós.
Y así es como paso mi día de navidad en la habitación de Jasper.
—¿No tienes como cien hermanas a las que visitar hoy? —le pregunto horas más tarde mientras estoy bocabajo con mi cabeza recostada en la almohada mirando hacia él.
—Por suerte, todas están fuera estas vacaciones.
—¿Por suerte? —indago levantando mi cabeza recargando mi mentón contra su hombro mirándolo de frente.
—Mis padres salieron de viaje, y todas lo hicieron con sus respectivas familias políticas. Pero la mayoría de los años nos reunimos todos en casa de mis papás.
—¡Cielos! Como… una de esas reuniones de veinte personas.
—No. Como una de esas reuniones de treinta. Tengo sobrinos.
—¿Muchos sobrinos?
—Son diez, y tres de mis hermanas están embarazadas —familia grande.
—Vaya… ¿no son demasiados regalos navideños que dar?
—Claro, pero soy el tío favorito. Y ya que tengo competencia con mis cuñados por el puesto, me gusta esmerarme una vez al año.
—Por supuesto —no podría ser diferente tratándose de Jasper—, aunque diez regalos es demasiado. Yo sólo le regalo a mis padres y a James y Edward y eso es demasiado —su ceja se levanta.
—¿Y qué les regalaste este año?
—A Edward un conjunto de ropa deportiva, tiene un gimnasio en su casa y debería tener todo el kit completo. Y James es un caso especial, lo suyo son los dulces.
—¿Dulces? —levanta ambas cejas Jasper sin esperar esa respuesta.
—Así es. Creo que no les permitían comer dulces en donde estuvo de niño —me pregunto por un segundo si esta no es información confidencial de James, y me doy golpes mentales por ser tan lengua suelta—. No le puedes decir eso —pero ya lo arruiné por completo, soy terrible con los secretos—, en fin, cada año le regalo una caja gigante con dulces.
—Eso es muy tierno y… extraño de tu parte.
—Puedo ser dulce, Jasper —le saco la lengua y él sólo se ríe en respuesta sin replicar con una contradictoria respuesta— ¿y qué haces en navidad?
—Tengo cinco hermanas, así que… —y veo sus mejillas ruborizarse, así que quiero saberlo.
—Dilo.
—Vemos Titanic, antes salía cada navidad en la televisión y ahora con el internet y las plataformas de paga —se encoge de hombros como diciendo que así es más sencillo—. Ahora lo hacemos por tradición.
—Ese era mi plan para hoy —confieso—. Es interesante ver lo que hace Rose con tal de no casarse.
—¿Qué dices?
—Ya sabes, lo deja morirse y no conforme con eso deja que su cadáver se hunda sin salvavidas. Y su prometido se suicida al final, en retrospectiva ella es como una viuda negra.
—Y así es como arruinas una película de amor.
—¿Se supone que eso es una historia de amor? —le levanto una ceja y él sólo se ríe.
—Olvidalo, has arruinado una tradición navideña, la próxima vez que vea esa película será como ver una historia de terror psicológico.
—Harías bien en verlo así. Porque eso de llevar al amante frente a su novio, es casi una declaratoria de muerte, lo está invitando a asesinarlo.
—¿Y por qué vuelve por él? —me levanta una ceja como si yo no pudiera tener una respuesta para eso.
—Por el collar, obviamente.
—Ni siquiera sabe que lo lleva puesto, Alice.
—Eso es lo que tú piensas, he visto esa película las suficientes veces para saber que ella sabe. Por supuesto que sabe.
—¿Y qué dices de la madre?
—Se cambia el apellido porque es su oportunidad para ser libre, tiene sentido, sin apellido la madre pensaría que murió y así no iba a obligarla a casarse para pagarle las deudas —hago girar mis ojos y él sacude la cabeza.
Jasper asiente al final.
—Tal vez es una película de terror psicológico al final y no de romance.
—No. Es de romance, y el romance es justo terror psicológico.
—Eres una pequeña amargada —dice dándole unos golpecitos a mi nariz de manera juguetona sin usar su tono de pelea—. A este paso serás la señora de los cien gatos.
—Perros.
—Cierto, ya tienes dos y tienen su propia habitación.
—Te estabas tardando en comentarlo.
—¿Por qué no pueden tener su jaula o su propia cama como los perros normales?
—Tengo un cuarto extra. ¿En qué voy a usar esa habitación?
—Un gimnasio.
—Para eso existen los gimnasios.
—Una oficina.
—Y para eso tengo una oficina.
—Un cuarto de visitas.
—No me gustan las visitas, y para eso tengo los sillones de la sala.
—Bien, serás la señora de los dos perros y en un par de años los pasearas en carreola.
Aprieto mis labios con fuerza mientras miro hacia la almohada.
—Tienes una de esas cosas, ¿no?
Suena burlón.
—Se ven hermosas dentro de ellas.
—No lo discuto.
Y esa mañana tengo una primera vez sin darme cuenta: platicar después de follar. Cuando terminaba de tener sexo me vestía a prisas, los sacaba de mi apartamento o sencillamente nos alejábamos para pretender que lo anterior no ocurrió. Pero aquí estoy, teniendo una conversación donde no hablamos del sexo sino de regalos navideños. Y Jasper parece genuinamente interesado en la conversación, no como esos idiotas que sólo asienten y cabecean para fingir que escuchan, pero todo lo que oyen es sus propios pensamientos sobre sus ganas de follar.
—¿Qué piensas? —pregunta porque me he quedado en silencio.
—Que esta es otra primera vez.
Sonríe mientras su mano se desliza hacia mi mejilla para sostener mi rostro cerca de él, o quizás para evitar que me aleje. Me quedo quieta esperando por su siguiente movimiento.
—¿Exactamente qué?
—Tener conversaciones en la cama.
—¿No te dije yo que tú y yo tendríamos muchas de esas primeras veces? —miro hacia el techo y de regreso a su sonrisa socarrona.
Y sé que estoy jugando con fuego, vendada, atada y sin tener idea de cómo salir de aquí sin heridas. Pero envío al rincón de pensamientos cobardes esa idea y atrapo los labios de Jasper para repetir.
Muchas gracias por leer, ¿qué te ha parecido el capítulo de hoy? ¿Qué piensas de Alice? Se está cayendo y no se quiere dar por enterada. Estoy de brincos de emoción y energía porque gané una beca para escribir y porque Una dama de burdel lleva dos concursos en Wattpad premiados. Tan de buenas que vengo con una oferta:
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