A/N: Probando algo diferente.


Wednesday 28th: Break up and/or make up

Resumen: Todas las historias tienen un principio y un final. Este es el final de la de Chloe y Beca.

(Inspirado por el último episodio de la segunda temporada de New Girl.)

Rating: T


Todas las historias tienen un principio y un final.

Este es el final de la de Chloe y Beca.

.

Dos cuerpos en posiciones opuestas: no del todo dándose la espalda, pero tampoco enfrentados; cerrados, encorvados alrededor de sus pechos en actitudes protectoras, como queriendo dificultar el acceso a sus corazones.

(Antes nunca se habrían dado la espalda.

Antes, no había miedo porque sabían que sus corazones estaban a salvo.)

Miradas agachadas, fijadas en direcciones diferentes, huidizas, reacias a cruzarse, conscientes de que son espejos que reflejan sus más profundas emociones y no quieren que estas sean descubiertas.

(Antes se atraían con la fuerza de un campo magnético y podían quedarse conectadas durante horas.

Antes, no había miedo porque no tenían nada que ocultarse.)

Voces bajas, apagadas, inciertas, comunicándose a base de susurros y murmullos apenas audibles con la absurda y desesperada esperanza de que se pierdan en el espacio entre sus cuerpos y nunca lleguen a su destino.

(Antes también susurraban, cogidas por las emociones que las hacían temblar y jadear.

Antes, no había miedo a no ser oídas porque no había distancia que cruzar.)

Labios apretados, tirantes para que no delaten el esfuerzo que tienen que hacer para que no tiemblen, para que no se deformen en una mueca que refleje lo mucho que les está doliendo hacer esto.

(Antes siempre estaban curvados, relajados.

Antes, no había miedo a delatarse porque no había dolor.)

Y las palabras.

Palabras reticentes, que no quieren caer de sus bocas, que se niegan a ser pronunciadas y se retuercen en sus lenguas, se agarran con uñas y dientes a sus paladares, sus labios, cualquier cosa que evite que salgan al aire.

Palabras distorsionadas por el rugir de la sangre en oídos, por el vértigo de que esto esté pasando de verdad y no sea todo solo una pesadilla de la que pueden despertar en cualquier momento para encontrarse a salvo en un abrazo.

Palabras que, cuando miren atrás a este momento tiempo después, no recordarán exactamente quién las dijo, solo que se dijeron y que lo cambiaron todo, que cayeron como bombas y no dejaron nada más que destrucción tras ellas.

Oh, las palabras.

Un:

- Quizá esto no fue una buena idea.

Un:

- Quizá no lo pensamos bien.

Un:

- Creo que deberíamos parar.

Un:

- Si eso es lo que quieres...

Un:

- Lo siento.

Y un:

- Yo también.

.

Oh, las palabras.

Fueron el final, pero también el principio de todo.

.

El principio fue inesperado.

Todo pasó sin premeditación: una confesión sincera, el descubrimiento de sentimientos correspondidos, la colisión de cuerpos y labios y dientes y lenguas —cegadora, como el último destello de una estrella moribunda, como la formación de una nueva galaxia.

El principio fue inevitable.

Desde el primer momento en que cruzaron miradas, dos desconocidas en una feria de actividades.

Desde el primero momento en que se encontraron la una a la otra en medio del barullo de cientos de personas en movimiento, como si hubieran sido puestas ahí por alguien, como si ese único instante estuviera escrito desde hace milenios en la historia de sus vidas.

Desde el primer momento, la inevitabilidad de un romance había colgado sobre sus cabezas, invivible a sus ojos pero haciéndose notar, como una presencia silenciosa, como la corriente en el cuello y la piel de gallina cuando se sospecha que no se está solo.

El principio fue apasionado.

Chocaron como una colisión cósmica, como el rugir de un fuego voraz que arrasa con un bosque en un soleado y ventoso día de verano, como el desesperado abandono con el que un náufrago bebe y come tras ser rescatado.

Cuerpos y labios y dientes y lenguas.

Manos y dedos y uñas y piel desnuda.

Alientos entremezclados y sudor compartido.

El principio fue ensueño.

Cada momento compartido era vivido con los bordes desenfocados y resplandecientes, con los colores cálidos y un cierto tinte rosa, como si lo estuvieran viendo a través de los cristales de unas gafas de sol con forma de corazón.

Cada instante era mágico, especial, dulce, intoxicante; corría por sus venas, cálido, como lava líquida; cubría sus cuerpos, hormigueante, como una segunda piel de polvos de estrella; subía a sus cabezas, hipnotizante, como una droga.

El principio fue electrificante.

Era el chispazo de cada roce oculto, del deliberado movimiento de sus manos, sus brazos, sus pies, en espacios reducidos y por debajo de mantas y mesas, donde nadie los veía, solo para dar una caricia.

Era el zumbido de la corriente existente entre ellas, un monótono do siempre presente de fondo mientras robaban horas, minutos, segundos, solo un ratito más y más y más y más porque nada era nunca suficiente.

El principio fue secreto.

Algo lleno de miradas cómplices a través de una habitación llena de gente, lleno de sonrisas reservadas y diversión malamente contenida, lleno de excusas para estar juntas en soledad.

Algo que solo ellas sabían que existía.

Algo solo suyo.

.

Todas las historias tienen un principio y un final.

No, perdón. Eso es incorrecto.

Todas las historias tienen un principio, un final, y un punto de inflexión.

.

El punto de inflexión en la historia de Chloe y Beca es el siguiente: las Bellas las descubren.

No saben muy bien cómo ni cuándo, ninguna de las dos sabría abrir el libro en una página en concreto y señalar con el dedo en el punto exacto en el que aparece escrito que las Bellas las descubren, pero pasa.

Un día, demasiado pronto en la historia, llegan a casa para encontrarse a todas las Bellas reunidas en el salón, serias y en silencio, con expresiones que van desde la más profunda confusión hasta la más patidifusa de las sorpresas.

Sus risas se cortan de golpe e intercambian una mirada, un "uh-oh" dicho sin palabras, congeladas en el umbral de la puerta.

De manera inconsciente, ponen más espacio entre sus cuerpos, como si esos veinte centímetros fueran automáticamente a ayudarles a dispersar cualquier sospecha, a decir: cómo vamos a ser pareja si, mira, hay un hueco entre nosotras.

Y, entonces, las preguntas.

Un:

- ¿Desde cuándo?

Un:

- ¿Por qué no nos habíais dicho nada?

Un:

- ¿Hasta cuándo pensabais mantenerlo en secreto?

Y un:

- ¿Qué va a pasar ahora con las Bellas?

.

Oh, las palabras.

Cómo siembran la duda.

.

El punto de inflexión en la historia de Chloe y Beca continúa así: a solas en una habitación, tras una puerta cerrada, cuerpos orientados en direcciones opuestas y ninguna queriendo ser la primera en tener que romper el silencio.

El aire se vuelve opresivo, como dos cobras enroscadas alrededor de sus costillas, apretando cada vez más sus anillos.

Hasta que…

Beca coge una brusca inhalación.

- Um… Quizá esto no fue una buena idea – murmura, la mirada gacha y la voz baja, su rostro girado de forma que Chloe solo puede ver el perfil de su perfil –. Quizá no lo pensamos bien…

Su ceño se profundiza y sacude la cabeza, tratando de encontrar sentido al caos de pensamientos y sentimientos que vuelan en círculos por su mente, chillando como un grupo de pájaros desbandados.

Sigue hablando por puro pánico, sin saber del todo qué está diciendo, solo dejando que las palabras que se acumulan en su lengua caigan por voluntad propia en un tropel apenas coherente.

- Las chicas… Está claro que… Están más afectadas de lo que imaginábamos que estarían si alguna vez lo descubrieran. No sé… No pensamos en ellas cuando empezamos. No pensamos en las consecuencias, en cómo les afectaría si alguna vez… Si…

Chloe, pálida, vuelve su rostro hacia ella.

Traga saliva antes de despegar los labios, resecos por el desuso y tanto frotarlos en un tic nervioso. Hace su pregunta con tanto miedo en la voz que deja claro que no necesita preguntar en realidad, que sabe perfectamente cuál va a ser la respuesta.

- ¿Qué estás diciendo, Bec?

- Estoy diciendo que… – Beca resopla, frustrada, enfadada consigo misma por su incapacidad de expresarse, con Chloe por hacerle decirlo a pesar de que ella ya lo sabe, con las Bellas por haber precipitado todo esto.

Es muy pronto.

Todavía no, por favor.

Apenas acaban de empezar.

Se lleva una mano a la cara y pincha el puente de su nariz con tanta fuerza que se hace daño. Parpadea rápidamente para evaporar las lágrimas que puede notar acumularse en sus ojos y alza la mirada al techo.

- Estoy diciendo – vuelve a intentarlo en apenas un hilo de voz, todo lo que es capaz de hacer pasar a través del nudo en su garganta –, que no pensamos en las consecuencias. ¿Qué sería de las Bellas si algo sale mal, si la cago y me odias y no quieres saber nada de mí? Somos sus capitanas ante todo, tenemos un deber para con ellas…

Chloe da un paso hacia ella, su expresión de preocupación, quizá porque Beca no se ha parado a respirar ni una sola vez desde que empezó a hablar y parece al borde de sufrir un colapso nervioso.

- Bec, respira – le recuerda suavemente. Espera hasta que la morena sigue su orden para continuar –. ¿Por qué asumes que la vas a cagar?

- ¡Porque es lo que hago, Chloe! – estalla Beca, sin querer, con cierta exasperación –. ¡Me asusto y alejo a la gente de mí y siempre acabo haciéndoles daño! ¡Y no quiero…! – se corta en seco, consciente de golpe de que está gritando –. No quiero hacértelo a ti, o a las Bellas – termina en una exhalación derrotada.

Chloe da otro paso hacia ella, una mano alargada hacia ella en un gesto tentativo.

- Bec, no… – empieza a asegurar.

Pero Beca no quiere oírlo, y la interrumpe con una sacudida de cabeza resignada.

Ya le ha costado lo suyo llegar al punto en el que están, se ha desgarrado el corazón en el proceso, y no quiere que Chloe intente disuadirla de lo que está convencida de que es lo correcto.

- Creo que deberíamos parar – sentencia en un murmullo –. Ahora, antes de que sea demasiado tarde, antes de que… – traga saliva, su voz estrangulada –. Antes de que tengamos sentimientos reales.

Las palabras saben a veneno en su boca, por la mentira que son.

Chloe la mira con una desolación que es absolutamente devastadora, que deja claro que no puede engañarla, y que termina por machacar hasta reducir a pedacitos lo que quedaba entero del corazón de Beca.

Pero no dice nada.

Asiente, lágrimas corriendo por sus mejillas cuando agacha la cabeza.

- Si eso es lo que quieres... – acepta.

Beca la quiere más en ese momento por no tratar de luchar por ella, pero también la odia por ello.

- Lo siento – musita, avergonzada, incapaz de mirar en la dirección en la que se encuentra Chloe.

Se hacen unos segundos de silencio y, entonces:

- Yo también – dicho en voz rota por las lágrimas.

Chloe se marcha, y Beca se queda en el sitio, mirando al suelo, viendo sus lágrimas caer y marcar cada zona de aterrizaje en la alfombra con un círculo gris oscuro con una incredulidad paralizadora, como si, si no se moviera, no fuera real.

.

El punto de inflexión en la historia de Chloe y Beca acaba así: con miradas agachadas, voces bajas, labios apretados y palabras reticentes.

Con un:

- Chloe y yo lo hemos hablado…

Un:

- Hemos decidido dejarlo.

Y un:

- Ya no tenéis nada de lo que preocuparos.

.

Pero quizá su punto de inflexión no acaba ahí, así.

Quizá el verdadero final de su punto de inflexión acaba con las Bellas, igual que empezó.

- No habréis roto por nosotras, ¿no? – pregunta Cynthia Rose tras un momento de silencio para digerir las noticias, su voz rasposa cargada de arrepentimiento.

- Pues claro que han roto por nosotras – masculla Amy la Gorda, extrañamente apagada –. Eso está más que claro.

- No pretendíamos separaros – clarifica Jessica de forma apresurada.

- Solo nos habéis pillado por sorpresa – se disculpa Ashley.

- Sabíamos que había algo entre vosotras – explica Stacie –, pero no esto. Creíamos que era solo química, un ligoteo tonto.

- Pero es mucho más que un ligoteo, ¿verdad? – finaliza Cynthia Rose de nuevo.

El silencio de Beca habla por sí solo.

- Entonces no la dejes marchar – dice Stacie.

- Pídele perdón y recupérala – asiente Jessica.

- Nosotras estaremos bien – asegura Amy.

- Se ha marchado por allí – señala Ashley.

Y, ahora sí, así acaba su punto de inflexión.

.

Entonces, ¿cuál es el final de la historia de Chloe y Beca?

¿Y es el final realmente el final?

.

Beca sale corriendo tras Chloe.

No sabe a dónde va, solo sabe que acaba de cometer el mayor error de su vida y tiene que arreglarlo como sea.

Casi arranca la puerta principal de la casa de las Bellas de los goznes por la fuerza con la que la lanza abierta, y traspasa el umbral hacia el porche delantero como un huracán, armando un estrépito imposible de pasar desapercibido.

Se frena en seco a los pies del primer escalón del porche, su corazón latiendo salvajemente en su pecho y con la sensación de que se le ha abierto un agujero negro en donde debería estar su estómago.

Chloe sigue allí.

Tiene el ceño fruncido y se está pinchando los labios con tanta fuerza que Beca puede ver desde donde está el trozo en el que su carne se vuelve blanca, mientras prácticamente cava un hoyo en el suelo de tierra a base de dar vueltas y vueltas en el mismo sitio.

Pero Chloe sigue allí.

No se ha marchado todavía.

Beca se queda sin aire en los pulmones solo de pensar lo que eso puede significar.

- Chloe... – llama, tentativa, para atraer su atención, al mismo tiempo que baja el primer escalón.

Dos ojos azules se clavan en ella, con una intensidad que Beca no ha visto nunca antes, ni siquiera en El Principio de todo. Ya no hay lágrimas en ellos, solo están llenos de una determinación que resulta ligeramente terrorífica.

- Mira – empieza a decir Chloe, su mandíbula una línea afilada que parece que podría cortar piedra –. Ya sé que has dicho que deberíamos dejarlo pero no quiero dejarlo – proclama, retomando su paseo circular –. No quiero parar.

Beca se estremece y baja el segundo escalón.

- Y soy consciente de los riesgos y de las consecuencias que habría si esto sale mal – continúa Chloe, como un tren sin frenos con el motor a todo gas –. Pero aun así estoy dispuesta a arriesgarme porque...

Se queda quieta por fin y se vuelve hacia Beca: cuerpo abierto, mirada directa, voz firme, labios relajados y palabras confiadas.

- Te quiero – dice con simpleza, como si fuera lo más natural y fácil del mundo.

Beca baja el tercer escalón de pura sorpresa, de un tropezón.

- Pero lo entendería si tú consideras que esto no merece la pena, y aunque sería duro, podría...

Beca no la deja terminar.

Baja el último escalón sin ser consciente de ello y acorta la distancia hasta que puede atrapar el rostro de Chloe entre sus manos y sellar sus labios nerviosos con los suyos y asegurarle que ella también está dispuesta a arriesgarse.

Está dispuesta a arriesgarlo todo.

- Yo tampoco quiero parar – clarifica, en caso de que quedase alguna duda que su beso no hubiera resuelto.

- ¿No?

- No – niega Beca, tajante –. Olvida que jamás dije eso, fue una gilipollez.

- Bueno, es cierto que tienes tendencia a decir muchas gilipolleces – le tienta Chloe, una sonrisa en sus labios y en sus ojos y en su voz.

- Ja, ja, gracias – Beca pone los ojos en blanco, aunque a su sarcasmo le falta mordisco y es incapaz de borrar la sonrisa de su cara –. Yo también te quiero.

Y aunque es dicho en tono burlón, Chloe sabe sin un ápice de duda que Beca lo siente de verdad.

.

De modo que, todas las historias tienen un principio y un final.

Algunas hasta tienen puntos de inflexión.

Pero no la de Chloe y Beca.

La suya solo tiene principio.