Friday 30th: "You don't know who I am, do you?"
Resumen: Beca no está teniendo un buen día. Lo último que necesita hoy es lidiar con un (pequeño) accidente de coche y una pelirroja que, además de no saber conducir, parece creerse de la realeza.
Rating: T
Beca no está teniendo un buen día.
Lo cual, teniendo en cuenta que ni siquiera son las nueve de la mañana, debería considerarse algo así como un récord personal. El día ni siquiera ha empezado todavía y Beca ya se las ha apañado para que todo vaya de mal en peor.
Quizá ese es mi superpoder, piensa, sarcástica, mientras navega el tráfico de la hora punta en Los Ángeles.
En cuanto la luz del semáforo que controla la circulación de su carril se pone en verde, señaliza con su intermitente y hace un giro a la izquierda, siguiendo las indicaciones que le marca Google Maps desde la pantalla de su iPhone.
Apenas acaba de entrar en la calle cuando la app emite un sonido de error con el que Beca ya se está familiarizando: un enervante plin-plun. Aprieta los dientes y crispa los dedos alrededor del cuero del volante, clavando las uñas.
Es ya la tercera vez en menos de veinte minutos que Google Maps se vuelve loco y la manda por el camino que no es, y Beca cada vez encuentra más difícil resistir las ganas de tirar su móvil por la ventana.
- ¡Joder! – grita, rabiosa, dándole un golpe al volante con la palma de la mano que acaba haciéndole más daño a ella que al coche –. ¡Mierda, joder!
Sacude la cabeza, incrédula, mientras roba rápidos vistazos del mapa.
- ¿Pero cómo puede ser…? – resopla al borde de la histeria –. No puede ser tan jodidamente difícil llegar a este sitio.
Lanza una mirada nerviosa a la hora que le marca el reloj en el salpicadero. Extiende las manos, conduciendo con los talones de sus palmas, y expulsa una forzosa respiración en un intento de tranquilizarse.
Todavía tiene tiempo, contando con que encuentre sitio para aparcar a la primera. Algo en lo que no está dispuesta a apostar considerando que el universo lleva conspirando en su contra desde que se ha despertado.
Primero, se le han quemado las tostadas. Luego, se le ha caído un poco de café en su blusa favorita y ha tenido que cambiarse el conjunto entero a última hora porque no le convencía nada de lo que tenía en el armario.
Así que, no, diría que las probabilidades son de un 90 vs. 10. En su contra.
No puede permitirse volver a equivocarse.
Llegar tarde a una entrevista de trabajo es una terrible primera impresión, es básicamente como estarles diciendo: "Hola, no me interesa lo suficiente esta gran oportunidad que me estáis ofreciendo como para dignarme a ser puntual."
Y una cosa Beca tiene bien clara: no piensa perder el trabajo de sus sueños solo porque el puto Google Maps no se aclara con las direcciones.
- A la mierda – musita para sí misma.
En un brusco movimiento, se mete en el carril de la izquierda del todo tras comprobar brevemente por el retrovisor que no venía nadie. Frena de golpe y enciende los intermitentes de emergencia para señalizar su parada improvisada.
Echa el freno de mano, quitando los pies de los pedales, y se inclina sobre el enganche que mantiene su iPhone suspendido sobre los ventiladores de la consola central. Pincha con los dedos en el mapa, moviéndose por la imagen.
El tono agudo de un claxon la sobresalta.
Alza la mirada hacia el espejo retrovisor interior y ve que una furgoneta de una compañía de mensajería se ha quedado atrapada tras ella por culpa del semáforo en rojo que hay más adelante.
Beca le hace un gesto con la mano entre el hueco de los asientos delanteros para que la adelante. Ve cómo el conductor menea la cabeza y masculla algo que Beca agradece no poder escuchar porque seguro que no ha sido nada agradable.
La furgoneta hace una especie de ese invertida para adelantarla en cuanto hay una abertura en la circulación… Solo para detenerse dos metros por delante de Beca.
¿Tanta queja para eso?, piensa la morena con unos ojos en blanco y un "tss" despectivo. Ignora el gesto molesto que le hace el repartidor con la mano cuando rodea el vehículo para coger sus paquetes del maletero.
Beca disminuye el zoom de Google Maps hasta que encuentra el pin rojo que representa la dirección a la que quiere ir y luego se busca a sí misma para ver cómo llegar hasta allí.
- Vale, a ver, entonces… – murmura en voz alta porque así piensa mejor –. Ahora a la derecha, recto dos cruces más, luego otra vez a la derecha y la tercera a la izquierda – asiente para sí misma, convencida –. ¿Ves cómo no es tan difícil? – le reprocha a la app, como si esta fuera a pedirle disculpas y prometer que va a funcionar mejor de aquí en adelante.
Desactiva los warnings y señaliza a la izquierda porque ahora es ella la que tiene que esquivar a la furgoneta de reparto. Quita el freno de mano y se mete de manera un tanto brusca entre los dos coches que circulan por el carril vecino.
Beca tiene una misión, y nada va a evitar que la cumpla.
No es todos los días que Femmes, la única discográfica en todo Estados Unidos que no es propiedad de un grupo de hombres cis, blancos y heteros, se pone en contacto contigo, de la nada, para pedirte una entrevista.
Quizá no estén al nivel de Sony, Columbia o Epic Records, pero Beca no lo necesita. No lo quiere. Ella no busca la fama, solo busca alguien que le dé una oportunidad para hacer la música que siempre ha querido escuchar y no encontraba por ningún lado.
Y, de nuevo, han sido ellas las que han buscado a Beca.
Si causa una buena impresión en esta entrevista... Bueno, Beca no quiere dejarse llevar mucho por las posibilidades. Recuerda perfectamente la moraleja del cuento de la lechera y no quiere crearse ilusiones cuando nada está asegurado todavía.
Pero no exagera al decir que podría cambiarle la vida entera.
Podría dejar de hacer de DJ por las noches para sobrevivir. Odia la música que le hacen poner, los borrachos que constantemente intentan ligar con ella, y que, no importa lo que haga, siempre llega a casa con mínimo una bebida derramada por la ropa.
Podría comprarse un coche que no sea de segunda, tercera mano —lo heredó de su padre, que se lo compró a un colega suyo de la universidad— y no tosa cada vez que lo vas a arrancar como si se fumara cinco paquetes de cigarrillos al día.
Podría irse a un apartamento que no oliera perpetuamente a comida china rancia, sin necesidad de compartirlo, y donde no le despertaran todas las noches en plena madrugada las peleas de desconocidos en la calle.
Podría, podría, podría.
Pero no va a poder hacer nada si no llega a tiempo.
Enciende el aire acondicionado, a pesar de que causa que el motor se ahogue. Los nervios la están haciendo sudar y la blusa por la que al final se decidió es gris perla y se niega a presentarse en la entrevista con manchas de sudor en la zona de las axilas.
Avanza por el tráfico de hora punta con cierta temeridad que podría haberle ganado una multa si hubiera un policía cerca.
Por suerte, en eso el universo parece estar de su parte. Le permite llegar a su destino sin más amonestaciones que algún que otro claxon e improperios gritados a través de ventanillas bajadas.
Irónicamente, las indicaciones de la robótica voz alegre de su Google Maps ahora coinciden por completo con cada giro que hace. Después de empujarla a la desconfianza, después de que la tuviera haciendo círculos por el barrio como una tonta.
- ¡Ya ha llegado a su destino! – anuncia Google Maps.
- Ah, ¿ahora sí funcionas, no? – le increpa Beca con una mirada furiosa a su iPhone –. Serás cabrona…
Su mirada ansiosa recorre los alrededores del edificio en busca de un sitio vacío donde pueda aparcar. Más adelante ve el cartel azul que señaliza un parking exterior público en una de las calles perpendiculares y suelta un sonoro suspiro de alivio.
Pisa el acelerador, lanzando su coche hacia delante con un exagerado rugido del motor, y maniobra entre el tráfico con la angustiosa sensación de que todos los coches que circulan en ese momento también se dirigen al parking.
Google Maps, todavía encendido, emite uno de sus crispantes plin-plun para avisarle de que está pasando de largo frente al lugar al que quiere ir y reconfigura una nueva ruta.
- Ya lo sé, ya lo sé – desestima Beca, como si la app fuera a comprender que no está perdida, sino que se está alejando a propósito, y fuera a dejar de advertirla con nuevas direcciones.
- En doscientos metros, gire a la derecha hacia Avenida Maple – pero, lógicamente, Google Maps no la entiende.
- Que nooooo.
Plin-plun.
- A quinientos metros, sitúese en el carril de la izquierda para realizar un cambio de sentido.
- ¡Que no quiero, pesada! – exclama Beca, poniendo el intermitente antes de girar hacia la entrada del parking.
Se detiene frente a la barrera bajada de entrada. Espera a que la máquina lea la matrícula de su coche y expulse el ticket correspondiente, tamborileando los dedos nerviosamente sobre el volante.
Sujeta el ticket entre sus labios y acelera para traspasar la barrera alzada.
Plin-plun.
- Diríjase hacia el noreste, luego, incorpórese a la call… – indica Google Maps.
- ¡Oh, por dios, cállate de una vez! – estalla Beca.
Da un manotazo a la pantalla de su iPhone sin desviar los ojos de las plazas del parking, no vaya a saltarse una vacía, con la intención de apagar Google Maps. Pero calcula mal la fuerza que le proporcionan sus nervios crispados y termina arrancando el enganche del ventilador.
Su iPhone cae con estrépito.
Golpea la consola central, la palanca del cambio de marchas, el borde de esa pieza de plástico que Beca no sabe cómo se llama, su gemelo, hasta que aterriza con un golpe seco en el suelo del coche, entre sus pies.
- ¡Mierda! – maldice Beca.
Frena en seco en medio del pasillo del parking, sin querer que su iPhone se meta debajo de alguno de los pedales y le rompa la pantalla al pisarlo. No puede permitirse ahora mismo quedarse sin móvil.
O, bueno, piensa con algo de letargo, que no deje funcionar correctamente a los pedales del coche y provoque un accidente.
(Beca tiene sus prioridades claras.)
Todavía no ha quitado las manos del volante para agacharse a recogerlo cuando un coche impacta con ella por detrás con un crujido metálico que, si Beca tuviera tiempo para reaccionar, le habría arrancado una mueca.
Pero todo pasa tan rápido que Beca no puede hacer nada.
Su viejo Ford se ve propulsado hacia delante y, por instinto, Beca pisa el pedal del freno. Hasta el fondo. Recorren unos centímetros antes de quedarse clavados en el sitio con un brusco bandazo que lanza a Beca contra el volante.
Su cinturón se bloquea a tiempo de salvarla de darse de morros con él, porque por supuesto que el airbag no ha saltado, y a Beca se le escapa un ooofff. El roce de la gruesa tela le quema el cuello allí donde toca su piel directamente.
Cae de nuevo contra el respaldo de su asiento con un golpe seco que le roba el poco aire que todavía le quedaba en los pulmones. Aturdida, Beca se queda quieta un momento, sin terminar de procesar lo que acaba de ocurrir.
Se mueve de manera tentativa, casi con miedo, para empezar a asesorar los daños provocados en sí misma: no encuentra sangre fuera de su cuerpo, ni huesos a la vista, ni nada que le duela aparte del cuello.
Intenta inclinarse hacia delante, pero el firme agarre del cinturón bloqueado no se lo permite, manteniendo su espalda fusionada al respaldo. Se lo quita e inmediatamente nota que puede respirar mejor ahora que no tiene una boa constrictor de tela oprimiendo su caja torácica.
Quién lo diría, piensa, sarcástica.
Y esa es la verdadera señal de que está bien: todavía mantiene su ácido monólogo interno.
Es en ese momento, cuando está al cien por cien segura de que no está a punto de morir, que su cerebro parece por fin capaz de procesar la importancia de lo ocurrido y algo hace click en su cabeza.
Con su supervivencia asegurada, puede centrarse en otras cosas, como el hecho de que algún gilipollas se la ha llevado por delante.
Siente el bullir del enfado subir por su garganta como la espuma de una botella agitada de champán a la que acaban de quitar el corcho. Abre la puerta de su coche de un empujón rabioso y sale al parking exterior echando humo por las orejas.
- ¿Qué coño haces? – grita con un violento aspaviento de sus brazos –. ¿Estás ciego? ¿Acaso no has visto que estaba parada?
Se lleva una mano a su esternón dolorido y se roza la zona con una delicadeza que contrasta notablemente con la forma furiosa en que rodea su coche para inspeccionar los daños causados a su maletero.
Cuando ve la chapa hundida de forma antinatural, la matrícula en el suelo doblada en una uve extraña, el paragolpes roto y descolgado por uno de los lados, le entra un súbito mareo que le hace tambalearse.
- Woah – dos manos aparecen por arte de magia en su brazo, sujetándola con firmeza, como si temiera que estuviera a punto de desplomarse –. ¿Estás bien? – inquiere una cálida voz de mujer llena de preocupación –. ¿Te has golpeado la cabeza?
- No… – Beca hace el amago de negar con un gesto, pero su cuello dolorido le recuerda que quizá no es tan buena idea –. No, no, estoy bien – y, para no resultar tan cortante, añade tras una pausa –: Gracias.
A pesar de todo, la mujer la acompaña hasta que Beca se puede recostar contra el lateral caliente de su coche accidentado.
La morena deja que su Ford mantenga el cuerpo de su peso, aunque quizá no sea tan buena idea considerando que ahora está que se cae a cachos. Pero ese pensamiento solo consigue que emita un quejido y apoye la cabeza en la ventanilla trasera, los ojos cerrados.
Las manos de la mujer liberan el agarre que tienen de su brazo, aunque Beca presiente su presencia bien cerca de ella, remoloneando nerviosamente a su lado como si no estuviera muy convencida de que está bien.
La pobre seguro que solo pasaba por allí, ha visto el accidente, y ahora le está tocado cargar con la enferma solo por ser una buena persona.
- No me pasa nada, de verdad – asegura Beca sin abrir los ojos –. Es solo que… – suspira con cierta desesperación y se pasa una mano por la cara –. No sé qué coño voy a hacer con mi coche ahora.
Escucha cómo la mujer coge aire, que silba al pasar entre sus dientes apretados, y el cuerpo de Beca se tensa en previsión porque sabe lo que eso significa.
Ella misma ha hecho ese mismo gesto múltiples veces después de cagarla.
- Oye, lo siento muchísimo… – se disculpa la mujer, su voz cargada de arrepentimiento –. No sé qué ha pasado…
Beca es consciente de la existencia de ese estúpido dicho popular de "mujer al volante, peligro constante", pero su experiencia personal es precisamente la opuesta.
Son siempre los hombres —jóvenes o adultos, da igual la edad— en BMWs, Audis, Mercedes o marcas deportivas de lujo, los que van como locos por la carretera, echando a todo aquel que se atreva a cruzarse en su camino.
Así que, sí, Beca había asumido automáticamente que había sido un hombre el que había chocado con ella. Sin dudarlo un instante, además.
Y ahora no puede evitar sentir cierta sorpresa al oír la admisión de culpa caer de la boca de su supuesta salvadora.
Pero se repone rápido al recordar el estado en el que ha quedado su coche. Se le destaponan los oídos de golpe y se gira hacia la mujer con demasiada brusquedad para lo dolorido que tiene el cuello.
Se le escapa una mueca, pero eso solo parece alimentar el fuego de su enfado, que resurge con la fuerza de un incendio forestal en un día ventoso y caluroso.
Su furia flaquea un instante al fijarse por primera vez en la mujer.
El sol de la mañana, aunque todavía suave, arranca destellos cobrizos de su melena pelirroja, y una pequeña mancha roja adorna la piel encima de su ceja izquierda, como si se hubiera dado un golpe.
El azul de sus ojos coge a Beca por sorpresa: es tan pálido como el hielo, y debería transmitir frialdad e indiferencia; sin embargo, están llenos de calidez y preocupación.
La disculpa que estaba cayendo de los labios de la pelirroja —pintados de rosa con tanta perfección que por algún motivo enerva a Beca y siente palpitar su párpado derecho— se corta a la mitad cuando establecen contacto visual.
- Oh – se le escapa a la pelirroja, casi con reconocimiento.
Pero eso es imposible porque Beca no ha visto a esta mujer antes en su vida, está muy segura de ello.
Se acordaría.
Frunce el ceño y la pelirroja parpadea, sacudiendo la cabeza de forma casi imperceptible como para salir de su estupor.
- Yo te puedo decir lo que ha pasado – termina Beca por ella en casi un gruñido –: Que no tienes ni idea de conducir. ¿Ibas con el móvil o qué?
- ¡No! – la pelirroja responde con cierta ofensa –. Nunca uso el móvil al volante.
- ¿Entonces? – presiona –. ¡Estaba parada en medio del pasillo! – agita los brazos para abarcar sus alrededores –. ¿Cómo coño no me has visto?
- En mi defensa, has frenado en seco sin aviso alguno – se defiende la pelirroja, aunque sin malicia.
- ¿Y qué? – exclama Beca, indignada –. ¡Eso no significa que tengas permiso para estamparte contra mí! ¿Dónde te dieron el carné de conducir, en los coches de choque?
La mujer aprieta sus labios casi como si estuviera conteniendo una risa y eso solo cabrea más a Beca.
La forma en que marca una clara distancia entre ellas, como si la pelirroja tuviera la peste bubónica, habla por sí sola. Pero, por si eso no fuera suficiente, los puños apretados de Beca y cómo prácticamente está vibrando, también delatan lo furiosa que está.
- ¡Tía! – reprocha, su voz un mordisco venenoso –. ¿Cómo puedes encontrar la situación divertida? ¡Mira lo que le has hecho a mi coche!
La pelirroja por lo menos tiene la decencia de parecer algo avergonzada por la llamada de atención.
- Perdón, no me río de ti – clarifica –. Es solo que… No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad?
Lo que faltaba, bufa Beca en el interior de su cabeza. No sabe conducir y, además, me viene con sus ínfulas de grandeza, como si eso lo fuera a arreglar todo.
- ¡Y a mí qué más me da! – estalla, harta de este día de mierda –. ¡No me importa! ¡Puedes ser la mismísima reina de Inglaterra que me va a seguir dando igual!
- No me refería… – intenta explicarse la mujer.
Pero Beca la corta con un brusco gesto de su mano y una sacudida de cabeza de la que se arrepiente en seguida.
- ¡No me importa! Solo espero que, si de verdad eres alguien importante – hace un gesto algo despectivo con la cara –, tengas un buen seguro. Porque te va a tocar pagar por esto – advierte en tono ligeramente amenazador, señalando un vago movimiento de su mano hacia el maletero destrozado de su Ford.
De golpe, la pelirroja parece dejar de encontrar la situación tan divertida. Frunce el ceño y da medio paso hacia delante, negando con la cabeza en claro desacuerdo.
- No ha sido mi culpa.
- ¿Quién se ha estampado con quién? – rebate Beca, arqueando una ceja desafiante.
- ¡Fuiste tú la que frenó en seco de repente!
- Ya, pero resulta que existe una cosa llamada distancia de seguridad que hay que respetar para evitar que pase precisamente esto.
- ¡Estamos en un parking! – exclama la pelirroja, como si eso significara algo.
- ¡Las normas de circulación no cambian solo porque estemos en un parking!
La pelirroja entorna los ojos y aprieta la mandíbula. En ese momento el guarda del parking interrumpe la disputa, jadeando, como si hubiera venido corriendo todo el camino desde su garita de vigilancia.
- ¿Estáis bien? – pregunta desde la distancia.
Se sorbe la nariz cuando llega junto a ellas, su frente sudorosa, y las mira con ojos ansiosos.
- He visto lo ocurrido en las cámaras de seguridad… – Beca le lanza una mirada victoriosa a la pelirroja que la mujer ignora, rabiosa –, y he venido corriendo. ¿Estáis heridas? – inquiere de nuevo, tan nervioso que probablemente no recuerda que ya se lo ha preguntado. Levanta una caja roja de plástico con manos temblorosas –. Tengo un kit de primeros auxilios.
- Yo estoy bien, gracias – responde la pelirroja con forzada amabilidad.
El guarda se vuelve hacia Beca, y por su pálida expresión, algo le dice que el hombre tiene menos ganas que ellas de verse envuelto en semejante lío. Probablemente es de los que cae redondo al suelo ante la primera gota de sangre.
- Yo también.
- Menos mal – suspira él, aliviado –. He llamado a una grúa, pero os vi hablando en las cámaras y pensé que no sería necesario meter a la policía en esto – esboza una sonrisa algo dolorida –. ¿Lo es?
- No – la pelirroja clava su mirada en Beca y arquea una ceja –. Creo que podemos ser civilizadas, ¿verdad?
Beca entrecierra los ojos, pero da un asentimiento.
La pelirroja rodea el morro abollado de su coche para coger de la guantera la carpeta con toda la información de su seguro. Beca espera sin disimular su fastidio, agachándose a recoger su matrícula trasera del suelo.
- Dame tus datos – pide la mujer, bolígrafo en mano y atención firme en Beca.
Bajo la incómoda supervisión del guarda del parking, intercambian información para rellenar el parte correspondiente con el seguro de la pelirroja —Chloe, Beca ahora sabe que se llama Chloe—, ya que ha quedado claro que ha sido ella la culpable.
- Bien – anuncia la pelirroja cuando está todo completado. Golpea el bolígrafo con un click contra la carpeta que ha usado de apoyo –. Mi seguro se pondrá en contacto con el tuyo. Supongo que en algún momento del día te llamarán para que les digas qué ha pasado.
- Se ve que dominas el tema – observa Beca con una ceja arqueada –. ¿Has tenido muchos accidentes?
La pelirroja le lanza una mirada poco impresionada, pero si acaso pensaba defenderse o contraatacar de algún modo, no tiene oportunidad de hacerlo porque en ese momento llega la grúa.
Se detiene tras el coche de la pelirroja con un chirrido de frenos y, por la ventanilla del conductor, aparece el rostro contrariado de un hombre joven.
Gira el cuello para valorar su entorno, buscando una ruta alternativa para llegar hasta el Ford de Beca, ya que el pasillo está obstruido por los dos vehículos accidentados y las filas de coches aparcados que los flanquean.
Les indica con un gesto de la mano que va a dar la vuelta al parking entero para acercarse por el otro lado y el guarda del parking le da su aprobación con los dos dedos pulgares.
Con un suspiro resignado, Beca se acerca a la puerta del lado del conductor, que permanece abierta de par en par desde que salió de su coche hecha un torbellino de pura furia. Apoya una rodilla en el asiento y se estira por encima de la palanca de cambios para coger su bolso del asiento del copiloto.
Al incorporarse con la cabeza agachada para no golpearse con el techo —no necesita más razones para empeorar el dolor de cabeza que ya tiene— ve el destello del sol al reflejarse en algo caído entre los pedales.
- Oh, mierda – maldice entre dientes, agachándose para recoger su iPhone del suelo del coche, todavía sujeto en el enganche.
Pasa un dedo por encima de la telaraña de cristal roto que se extiende desde la esquina superior izquierda hasta la mitad derecha. Presiona el botón de desbloqueo y descubre, para su tremendo alivio, que la pantalla no se ha visto afectada.
Sin embargo, cuando sus ojos se fijan en la hora que marca su reloj se le cae el estómago a los pies.
- Oh, no.
Se ha olvidado de la entrevista.
- Oh, no, no, no, no, ¡joder! – sale del coche a toda prisa, dándose en la coronilla con el marco de la puerta, pero casi ni se da cuenta –. Mierdamierdamierda.
Tropieza con la mirada confundida de la pelirroja —Chloe, se llama Chloe— y la preocupada del guarda de seguridad, que en seguida se acerca a ella con pasos apresurados y el kit de emergencias en la mano.
- ¿Te encuentras mal? ¿Debería llamar una ambulancia? – pregunta, algo agobiado –. Tendría que haber llamado a una ambulancia – se regaña a sí mismo.
- No hace falta – le corta Beca sin delicadeza alguna. Ya tiene suficiente con lidiar con su propio agobio, no tiene paciencia hoy para soportar el de otras personas –. Pero tengo que irme, ¿puedes…?
- ¿Pero cómo te vas a ir? – al pobre hombre casi se le saltan los ojos de las órbitas –. ¡Podrías tener una hemorragia interna o una conmoción cerebral! ¡No tenemos ni idea…!
- ¡Estoy bien! Tengo que irme, llego tarde y…
- Bueno, creo que tu jefe entenderá que llegues tarde si has tenido un accidente… – se corta a sí mismo como si hubiera tenido una idea –. De hecho… Sí, voy a llamar a una ambulancia – anuncia con decisión –. Te pueden dar un justificante si…
- ¡No! – Beca grita la palabra y el guarda la mira con los ojos muy abiertos, aterrorizado –. Mira, tengo que irme – le repite con absoluta seriedad para que le haga caso de una vez por todas –. Es muy importante y ya llego tardísimo…
- Beca… – interrumpe Chloe.
- ¡No! – vuelve a gritar Beca, volviéndose hacia la pelirroja con una mirada abrasadora –. No – esta vez, en un volumen más normal –. Tengo que irme.
Chloe parece debatir consigo misma, pero al final termina por morderse el interior de la mejilla y quedarse callada.
- Dadle mi número al señor de la grúa para que me avise de a dónde se ha llevado mi coche – instruye, y luego, tras una pausa, añade en casi un murmullo –. Por favor.
Chloe asiente, el guarda del parking continúa mudo y aterrorizado.
- Tengo que irme – dice Beca por quincuagésima vez, aunque ya no sabe si lo repite para que les quede claro lo importante que es, o si está intentando convencerse a sí misma.
Tras un último segundo de duda, Beca se cuelga el bolso del hombro, el iPhone sujeto con un agarre de hierro en la mano, y sale corriendo hacia el edificio en el que tiene la entrevista a la que llega más que tarde.
Tiene un aspecto horrible.
Intenta arreglarse todo lo posible usando el espejo al fondo del amplio ascensor: se peina como puede con los dedos, trata de insuflarse algo de color a sus pálidas mejillas, y se camisa su arrugada blusa.
Sus esfuerzos con el aire acondicionado para no aparecer en la entrevista con manchas de sudor en las axilas ahora han demostrado ser totalmente inútiles.
Pero, sinceramente, cree que el hecho de llegar casi media hora tarde va a suponer un problema bastante más grande para las personas que hayan estado esperando por ella, que si tiene manchas de sudor en su blusa.
Solo espera que su excusa —¿es realmente una excusa si es algo que te ha pasado de verdad? — sea suficiente como para por lo menos lograr que consideren el darle una segunda oportunidad.
En cuanto las puertas del ascensor se abren, Beca sale corriendo como alma que persigue el diablo y se detiene frente a la mesa de recepción y la mujer que está sentada tras ella, que ahora la mira con expresión de susto.
- ¿Te puedo ayudar en algo? – pregunta, cautelosa.
- Sí… – jadea Beca, tragando la poca saliva que le queda en su boca seca –. Soy Beca… Beca Mitchell… Tenía… Tenía una entrevista a las nueve…
La recepcionista frunce el ceño y lanza una breve mirada a su ordenador.
- Eso fue hace media hora – observa.
- Lo sé. He tenido un… – Beca tropieza a la hora de decir la verdad –. Percance – es por lo que opta al final, y encoge el rostro en una mueca en cuanto escucha la palabra en voz alta.
¿Quién coño dice eso todavía que no tenga ochenta años?
La mujer duda y Beca es dolorosamente consciente de que cada pausa suya le hace perder más tiempo, tiempo que no tiene, y solo va a conseguir que quede cada vez peor ante las personas que la iban a entrevistar.
- Mira, solo quiero hablar con ellas, explicarles lo ocurrido… – dice con urgencia, inclinándose sobre la mesa.
La recepcionista se encoje como si temiera que Beca fuera a hacerle daño.
Beca no puede culparla. Supone que si sus roles estuvieran intercambiados y fuera ella la que tuviera que lidiar con una mujer con aspecto de haber escapado de un manicomio en los bajos de un camión, también le tendría miedo.
Pero no tiene tiempo para convencerla de que no está loca.
Probablemente se arrepienta de ello luego, pero ahora tiene que hacer algo. O a lo mejor sí que acaba en un manicomio.
Sin darle más vueltas, Beca toma una decisión —alocada, tiene una apariencia que mantener, al fin y al cabo. Aprovecha la ventaja que tiene sobre la recepcionista, que está sentada tras la mesa, y sale corriendo hacia el interior de la oficina.
- ¡Oye! – escucha a su espalda, seguido del apresurado sonido de alguien empujando una silla de ruedas contra la pared y el golpeteo de tacones en el suelo.
Beca esquiva a trabajadores —para los que este solo era un día más, normal y corriente, hasta que una maniática se ha colado en su oficina—, y se da cuenta de que no tiene ni idea de a dónde está yendo.
Se detiene frente a un chico tan joven que parece universitario, de pelo rizado y expresión dulce.
- La sala de conferencias – exhala, apenas sin aire –. ¿Dónde está?
El chico, con los ojos abiertos de par en par y completamente paralizado en el sitio, alza una mano para señalarle hacia la derecha y el agradecimiento de Beca se lo lleva el aire cuando sale corriendo otra vez.
Entra en la sala de conferencias como un huracán, empujando la puerta contra la pared y sobresaltando a las dos mujeres que están dentro.
- ¿Se puede saber quién eres? – increpa la rubia.
- Wow, vaya entrada más estelar – ríe la morena.
La rubia le lanza una mirada poco apreciativa a su compañera y se levanta de la silla con los brazos firmemente cruzados sobre su pecho. Sus ojos verdes fulminan a Beca con la precisión de un láser militar.
- ¿Quién eres y qué haces aquí montando semejante escándalo?
Beca coge aire para responder, pero en ese momento llega la recepcionista e irrumpe ella también en la sala de conferencias, aturullada.
- Ruth, ¿se puede saber qué está pasando? ¿A qué viene todo este circo? – exige la rubia.
- He intentado detenerla – se justifica la recepcionista –. Pero no me ha hecho caso y se ha puesto a correr…
Beca da un paso hacia el interior para recuperar la atención de las dos mujeres.
- Soy Beca Mitchell. Tenía una entrevista con vosotras esta mañana.
La rubia alza la barbilla, mirándola de forma algo altanera.
- Sí, a la que no te has presentado – le recuerda arqueando una ceja con desaprobación–, y que era hace… – mira el reloj en su muñeca con movimientos exagerados –, media hora.
Beca niega con la cabeza.
- No, verás, no ha sido mi culpa… – empieza a explicar.
- No te molestes – la interrumpe la rubia con frialdad –. No tiene sentido alargar esto innecesariamente – y hace un gesto con la mano hacia la puerta, en caso de que Beca no haya captado el mensaje.
- Pero…
No tiene oportunidad de continuar con su objeción porque, en ese momento, una tercera persona llega a la sala de conferencias. Adelanta a Beca por la izquierda con paso decidido y Beca se le congela la sangre en las venas cuando la reconoce.
Oh, mierda.
- Tienes que estar de coña – musita entre dientes de forma prácticamente inaudible.
La pelirroja —Chloe— avanza hacia la rubia y la morena, que parecen sorprendidas de verla.
- ¡Chloe! – exclama la rubia –. ¿Qué te ha pasado? ¡Nos tenías preocupadas!
- Por favor, dime que eso – la morena hace un gesto circular con el dedo hacia la apariencia poco cuidada de su amiga –, es el resultado de un revolcón rápido.
Chloe ríe.
- Es una historia de lo más curiosa… – responde en tono divertido, instantes antes de girarse para lanzarle una mirada directa a Beca.
Beca cierra los ojos y desea morirse ahí mismo.
- Ah, esta es Beca – presenta la morena al darse cuenta del intercambio de miradas entre ellas –. Beca, esta es Chloe Beale, la jefa del departamento de Redes Sociales. Es la que nos habló de ti.
Chloe esboza una sonrisa torcida, como si le hubieran susurrado al oído un chiste que nadie más ha podido escuchar. Aunque, por la forma en que mira a Beca, llena de complicidad, se debe creer que Beca es partícipe de la broma.
Pero Beca no sabe qué está pasando, solo sabe que la ha cagado bien cagada.
Enhorabuena, definitivamente eres imbécil, se felicita a sí misma.
- En realidad – dice Chloe, disfrutando del momento –, Beca y yo ya nos conocemos.
Mierda.
- De hecho, ha sido mi culpa que haya llegado tarde a la entrevista – continúa la pelirroja.
Sus dos compañeras giran sus cabezas hacia Chloe con accidental coordinación y parpadean, sorprendidas.
- ¿Qué? – exclama la rubia.
- ¿Ella ha sido tu revolcón rápido? – pregunta la morena, más orgullosa que escandalizada.
Chloe ríe.
- No, hemos tenido un accidente en el parking – clarifica –. Ambas estamos bien, solo ha sido un choque tonto – se apresura a tranquilizar a sus amigas –. Al parecer, el carné que te dan en los coches de choque no sirve para conducir coches de verdad.
Beca cierra los ojos con expresión dolorida ante la burla.
La rubia y la morena parecen profundamente confundidas, sin entender nada de lo que está pasando, pero Beca lo tiene más que claro: ha arruinado su oportunidad y ni siquiera sabía que lo estaba haciendo mientras lo estaba haciendo.
Bueno, hasta aquí hemos llegado.
- Vale, lo siento – acepta, mirando a Chloe –. ¿Cómo se supone que tenía que saber que la misma persona que ha destrozado mi maletero es la que me iba a entrevistar?
- Si tan solo me hubieras dejado hablar – responde Chloe con una sonrisa torcida –. Ya sabes, tener una conversación, esa cosa que hacen los adultos para solucionar los conflictos.
Beca asiente despacio y se pasa la lengua por los dientes de arriba.
- Bueno, estuvo bien mientras duró – suspira, derrotada –. Gracias de todos modos y perdonad el espectáculo, tenía que intentarlo – se encoge de hombros sin verdadero arrepentimiento. Gira sobre sus talones hacia Ruth –. ¿Serías tan amable de escoltarme hasta la salida?
La recepcionista casi parece pensarse el decirle que sí, mirándola con compasión tras los gruesos cristales de sus gafas. Tras un instante de meditación, recuerda con un pequeño sobresalto que ese es su trabajo y asiente.
Posa una mano delicada en el brazo de Beca y se hace a un lado para dejar la salida de la sala de conferencias libre.
- ¡Beca, espera! – escucha que Chloe la llama, con restos de risa en su voz –. ¡Solo estaba de broma!
Beca se gira de nuevo hacia las tres mujeres, pero no deja que la esperanza crezca en su pecho.
- Por favor, siéntate – le pide la pelirroja, sincera, señalando con su mano a una de las sillas que hay en el lado opuesto de la alargada mesa de cristal –. Creo que, dadas las circunstancias, podemos hacer una excepción.
Gira la cabeza hacia ambos lados para mirar a sus amigas con expresión expectante.
La morena da su consentimiento sin tener que pensarlo mucho. Parece intrigada y divertida con la situación, como si tuviera que estar resistiendo las ganas de poner los pies sobre la mesa, reclinarse, y continuar observando el panorama mientras come palomitas.
La rubia se hace más de rogar. Inspecciona primero a Beca de pies a cabeza con su mirada analítica, los ojos entrecerrados, antes de sucumbir a la mirada suplicante que Chloe le está lanzando.
Beca se deja caer en una de las sillas, atónita.
Podría llorar de felicidad ahí mismo.
- Ruth, ¿puedes traerle a Beca un vaso de agua y cerrar la puerta cuando salgas, por favor? – pide Chloe, asumiendo su rol de jefa.
La recepcionista asiente y desaparece de la sala de conferencias.
El azul medianoche de Beca tropieza y se enreda con el azul bebé de Chloe. La pelirroja debe ver el inmenso agradecimiento que está sintiendo en ese momento porque se encoge de hombros de forma casi imperceptible y le regala una pequeña sonrisa.
- Bien, Beca – empieza la rubia, mirando los papeles que tiene delante –. Cuéntanos, ¿cómo empezaste en el mundo de la música?
A/N: Yo cada dos por tres en Google mientras escribía este capítulo: ¿cómo se llama la cosa esta de plástico que llevan los coches?
Que me retiren el carné de conducir, lo merezco.
