A/N: Hace unos años tenía un one-shot ya medio empezado sobre esta misma temática tan poco original, pero no sé cómo hice que lo perdí :'(

Haced dobles y triples copias de seguridad de todo, niñes. Esa es la lección del día.


II

Resumen: Beca sabía que un piso tan grande, luminoso y bien situado como este por el precio que pedían debía tener alguna pega. Lo que no esperaba era que esa pega fuera una vecina exhibicionista.

Rating: T


[5 de agosto. Día 96]

Beca no sabe cómo lo sabe, pero es consciente del momento en el que Chloe entra en el recinto de la piscina.

Si le preguntasen, no sabría cómo explicarlo. Es una sensación que se extiende por su cuerpo como la piel de gallina, una sensación que ya le resulta familiar: la de estar siendo observado, la de tener la completa atención de alguien.

Es por eso por lo que, a pesar de llevar los AirPods puestos y estar con el móvil, nota el instante en que Chloe llega.

Un hormigueo recorre su cuerpo y alza la mirada de un brinco, oculta por cristal polarizado de sus gafas de sol, cuidadosa de mantenerla escondida tras la visera de su gorra para que no se note que está mirando.

Y, efectivamente, ahí está: Chloe.

Beca sigue su recorrido atentamente: desde el puesto del socorrista, por el lado largo de la piscina esquivando las salpicaduras y los niños intentando empujarse en el borde, hasta la esquina en la que está Beca acaparando el único resquicio de sombra.

Primero teme que se vaya a sentar a su lado, empeñada en darle conversación cuando eso es lo último que a Beca le apetece en este momento.

Pero Chloe pasa a su lado sin dar señales de haberla visto, sus mechones cobrizos recogidos en una floja trenza que cae por encima de uno de sus hombros, el flip flop de sus chanclas al caminar el único sonido que emite.

Luego, a Beca le sorprende —y divierte un poco, solo un poco— ser ignorada de esta forma.

Por último, y aunque lo negará hasta quedarse sin aliento, siente una punzada de decepción al ver a Chloe continuar por el borde corto de la piscina hasta instalarse en la esquina opuesta sin siquiera una mirada de reconocimiento.

Se coloca justo en frente de Beca, con demasiada precisión como para que pueda pasar por accidente, y Beca se encuentra a sí misma teniendo que reprimir una sonrisa torcida al darse cuenta.

Chloe desdobla su silla de playa, extiende su toalla, posiciona su botella de agua a la sombra y deja su libro preparado, todavía fingiendo que no se ha dado cuenta de que a quien tiene delante es Beca.

No es hasta que Chloe cruza los brazos en el bajo de la camiseta ancha que lleva puesta, amagando el quitársela, que mira a Beca directamente.

Lleva unas Ray-Ban de estilo aviador puestas pero, una vez más, Beca sabe que la está mirando.

Una sonrisa cómplice, como si estuvieran compartiendo un secreto, una broma interna que solo ellas pueden entender, curva los labios de Chloe antes de que su rostro desaparezca tras la tela desteñida.

Beca pone los ojos en blanco tras sus gafas de sol. Aprieta las comisuras de su boca para no reírse, agachando la cabeza hacia su móvil con la intención de esconderse tras la visera de su gorra.

Chloe se da cuenta de todos modos.

Cuando se tumba en su silla reclinada a leer, lo hace con aire petulante y una sonrisa autosuficiente.


[1 de mayo. Día 1]

Beca descubre que el ascensor de su nuevo edificio es extremadamente lento en el peor de los momentos: cuando sus brazos cansados están a punto de ceder bajo el peso de sus caros y delicados altavoces.

No se fiaba de que la compañía de mudanzas que contrató fuera a tratar su equipo de música con el cuidado que necesita, así que se empeñó en llevar todo ella misma, en el maletero de su coche, para tenerlo controlado.

Supone que cargárselos a tan solo unos metros de la puerta de su nueva casa sería un buen castigo por cabezota.

El karma, justicia poética, ley de Murphy, o alguna de esas cosas en las que Beca no cree y desprecia con bufidos desdeñosos hasta que se encuentra en una situación como esta y no le queda más remedio que tragarse sus palabras.

El ascensor por fin llega al garaje y las puertas se abren despacio.

Beca prácticamente se cae en su interior, presurosa por liberarse del peso de los altavoces porque los brazos ya le están temblando, sus músculos ardiendo por el esfuerzo. Apoya el borde de la caja en el pasamanos que recorre el fondo del ascensor con un sentido suspiro de alivio.

Alarga uno de sus brazos temblorosos hacia atrás y presiona el botón con el número 4, el último piso.

Por algún milagro de la vida, se las apaña para llegar a la entrada de su apartamento con los altavoces intactos. Deja la caja en el suelo y abre la puerta, las llaves tintineando en su mano por su pulso inestable.

Empuja la caja hacia el interior usando sus pies, solo lo suficiente para volver a cerrar la puerta tras ella.

El click metálico de la cerradura parece resonar por el interior del apartamento con la finalidad del golpe del martillo de un juez que acaba de dictaminar su sentencia. Provoca que Beca se pause un instante y mire a su alrededor, apreciativa.

Esta es su casa.

Beca sonríe y respira hondo, llena de satisfacción.

Sin embargo, pronto se da cuenta del error que acaba de cometer al sentir un delator picor en su nariz, el lagrimeo de sus ojos. Estornuda con fuerza, tratando, inútilmente, de contenerlo en el ángulo recto de su codo.

- Ugh – protesta, su voz nasal y húmeda.

Carraspea y tuerce el rostro al fijarse en las nubes de motas de polvo que danzan por el aire bajo los rayos de sol que se cuelan por las ventanas desnudas como si fueran los focos de un escenario.

Podría resultar bonito si no fuera por lo alérgica que es Beca al polvo.

Cruza el salón a grandes zancadas, saltando por encima de tres alfombras enrolladas que obstaculizan su camino, clavándose la esquina de la mesa de centro en el muslo, y empujando hacia un lado la montaña de tres cajas que los de la mudanza han dejado justo delante de la ventana.

Abre de par en par ambas ventanas para que ventile. De manera distraída, piensa en que debería continuar por el resto de las habitaciones para airear el apartamento, que huele ligeramente a cerrado, pero un borrón de movimiento frente a ella capta su atención.

En el apartamento paralelo al suyo, solo que del bloque vecino, acaba de aparecer una mujer joven de cabellos cobrizos que destellan de forma bastante llamativa al recibir la luz del sol. Se está riendo, hablando con alguien, a pesar de que Beca no ve a nadie más.

La mujer se agacha un momento y, cuando vuelve a incorporarse, lo hace con un perro pequeño en brazos al que está inundando con una lluvia de besos.

Beca no pretende espiar a su vecina, es solo que está justo ahí.

Las fachadas de sus apartamentos coinciden al completo, como si fueran reflejos en un espejo, y el bloque está suficientemente cerca como para que sea fácil ver lo que está ocurriendo al otro lado de las ventanas.

Y, entonces…

Su vecina ha soltado a su perro y, en un movimiento fluido que Beca no ve venir, se quita la camiseta.

Y no lleva nada debajo.

Su vecina se gira hacia las ventanas de su habitación y Beca, aturullada y entrando en pánico, hace lo primero que se le pasa por la cabeza con tal de no ser descubierta cotilleando de forma tan descarada: se agacha tras la pila de cajas que apartó hacia un lado antes.

Suelta una fuerte exhalación desde su escondite y cierra los ojos un momento, maldiciéndose a sí misma.

Asume que su vecina todavía no se ha enterado de que tiene vecinos en frente, de ahí tanto desparpajo a la hora de pasearse desnuda por su casa con todas las cortinas descorridas y los cristales de sus ventanas excesivamente limpios.

Pero, por el bien de Beca, espera que se dé cuenta más pronto que tarde.


[16 de mayo. Día 15]

Beca odia las alturas.

Se reafirma en esta convicción mientras está subida al último peldaño de la escalera, obligándose a sí misma a mantener la mirada fija en el enganche que está taladrando a la pared para poner cortinas de una vez por todas.

Lleva postponiéndolo dos semanas, por eso de que con solo mirar la escalera su estómago daba un vuelco, y la incertidumbre de no haber usado un taladro en su vida, y el miedo a acabar agujereando la pared entera.

Tendría que habérselo pedido a los chicos de la empresa de mudanzas cuando estuvieron aquí montando sus muebles.

Pero, joder, es una mujer adulta fuerte e independiente y se niega a dejar que unas cortinas la derroten.

Aparte de que necesita privacidad.

Es el inconveniente de vivir en una casa con ventanas en ambos costados: tiene mucha luz natural, pero también —y después de su pequeño incidente en el día de la mudanza, sabe de primera mano lo cierto que es— está expuesta a las miradas de todos sus vecinos.

Así que, se ha tragado el miedo, y se ha subido al último peldaño de la escalera con la taladradora que ha cogido prestada de su padre, y está atornillando las sujeciones de la barra para las cortinas como si toda su vida se hubiera dedicado al bricolaje.

Y si para ello tiene que canturrear en voz alta que no debe mirar hacia abajo, ¿quién puede juzgarla?

Con mucho cuidado y rodillas inestables, se agacha hasta que puede agarrarse a la escalera y empieza a descender los peldaños. Deja la taladradora donde hacía unos segundos habían estado sus pies, tratando de no pensar mucho en ello.

Alza la mirada para una última comprobación cuando está a medio camino del suelo, orgullosa de su trabajo y de sí misma. En el movimiento descendiente de sus ojos de vuelta a la escalera, pasa sin fijarse mucho por la ventana y…

Espera.

Mira una segunda vez, medio convencida de que ha debido de ver mal.

Pero no, ahí está: su vecina, paseándose en ropa interior por su apartamento, los brazos llenos con la colada, como si hubiera estado a medias de vestirse cuando se ha acordado de que tiene que poner la lavadora.

Beca se salta un peldaño por ir distraída y la sensación de vértigo en su estómago al apoyar todo su peso sobre aire es suficiente para devolverla a la realidad. Crispa sus manos en las barras verticales de la escalera y recupera el equilibrio.

Una vez tiene ambos pies en suelo firme, coge su iPhone de donde lo dejó tirado a los pies de su cama y escribe un rápido mensaje.

Beca (12.30)

Creo que mi vecina de enfrente es exhibicionista

Stace (12.32)

JAJAAJAJA

Por fin cotilleo de calidad, Mitchell

Ya era hora!


[31 de mayo. Día 30]

Beca entra a la urbanización de espaldas, empujando la puerta con el culo porque lleva las dos manos ocupadas con dos bolsas de la compra, de las cuales una son todo RedBull y comida basura, y la otra fruta y verdura.

Lo está intentando, ¿vale?

Escucha el tic tic tic de las pezuñas de un perro al correr y, al darse la vuelta, ve a un pequeño borrón de pelaje blanco rodear la esquina que conduce hacia el lado de la urbanización en la que está su bloque.

- Charlie, espera – llama una voz femenina.

El perro no hace caso, demasiado emocionado por la idea de salir de paseo. Beca, divertida, alarga una pierna para entorpecerle el camino, solo para que la puerta tenga tiempo a terminar de cerrarse.

Apenas unos segundos después aparece su vecina por la misma esquina.

Es la última persona con la que Beca esperaba —y quería— encontrarse hoy, y su repentina presencia frente a ella la deja sin aire momentáneamente, su cabeza una maraña de pensamientos instantáneos.

Pensamientos como: wow, es incluso más guapa de cerca.

- Hola – le saluda su vecina, todavía riéndose para sí misma. Sus ojos relucen casi con reconocimiento, (pero eso es imposible, ¿no?) antes de buscar a su perro –. Charlie, deja pasar – regaña cariñosamente al ver que está entre las piernas de Beca.

- Oh, no te preocupes – tranquiliza la morena. Deja una de las bolsas en el suelo para tener la mano libre para acariciar la suave cabecita de Charlie –. Si me he puesto aquí para que no pudiera escaparse, no fuera a ser.

- Ah, no, no se escapa. Pero gracias.

Su vecina se la queda mirando fijamente entonces, guiñando los ojos de forma casi imperceptible.

- ¿Eres nueva en la urbanización, verdad? – Beca va a responder con una afirmación, pero esta muere en su boca cuando ve cómo la pelirroja ladea la cabeza y la recorre de arriba abajo con la mirada –. No me suena haberte visto antes por aquí, me acordaría de ti.

Beca se atraganta un poco ante esa frase tan trillada. Se le pasa por la cabeza la posibilidad de que su vecina esté ligando con ella, pero en seguida desestima la idea con un resoplido incrédulo. Seguro que ha sido una de esas cosas que se dicen sin pensar.

- Erm, sí – responde tras una torpe pausa –. Me acabo de mudar hace nada.

La pelirroja asiente, satisfecha de que sus sospechas fueran ciertas, y le regala una amplia sonrisa, como si le hiciera inmensamente feliz el hecho de tener una vecina nueva.

- Pues bienvenida.

Beca le devuelve la sonrisa, más pequeña, menos intensa, con cierto toque de incomodidad que ya es su marca personal. Se agacha para coger las asas de la bolsa que dejó antes en el suelo, y el movimiento hace que su vecina se fije en ellas.

Su mirada se centra en el ramo de flores que asoma de la izquierda, un capricho espontáneo y totalmente autoindulgente, y luego parece arrastrarse de vuelta hacia Beca.

- Le vas a alegrar el día a tu pareja – comenta, casual.

Por algún motivo, a Beca le da por expulsar una risa por la nariz.

- No – guiña los ojos en una mueca –. Son de mí para mí.

La sonrisa de su vecina parece ampliarse hacia un lado solo, pero Beca no termina de estar del todo segura porque le parece algo biológicamente imposible. Los labios humanos no dan tanto de sí.

Sin apartar ni un instante la mirada de Beca, dice:

- Venga, Charlie, vamos a hacer un pis – y, entonces, se despide en tono críptico –. Un placer conocerte. Ya nos volveremos a ver.

Decir que es extremadamente confuso es quedarse corto.

- Um… Sí, adiós – murmura Beca, quieta en el sitio mientras su vecina la rodea para abrir la puerta de la urbanización y salir con Charlie a la calle.

.

Beca (18.36)

Acabo de conocer en persona a la vecina

Y ha sido muy raro

Stace (18.37)

!

Cuéntamelo todo 👀


[4 de junio. Día 34]

Beca no está mirando.

Está sentada en el sillón, con el portátil sobre un cojín en el regazo, y se ha quedado pensando un momento con la mirada perdida en cómo responder a un email de trabajo con un cordial "vete a la mierda".

Es una desafortunada coincidencia que su mirada perdida coincida con la ventana del salón de su vecina, porque Beca no está mirando.

Pero es también una desafortunada coincidencia que, el día que no está mirando, sea el día que su vecina la pille.

Sonríe y alza una mano para saludarla, y Beca quiere morirse ahí mismo de la vergüenza.

Después de eso, se abre la veda.


[23 de junio. Día 53]

En cuanto empieza el calor del verano, las ventanas de la casa de su vecina pasan a estar permanentemente abiertas de par en par, y las de Beca también.

Eso significa que muchas veces hay cruce de sonidos.

Beca (10.51)

Por lo menos la vecina parece tener buen gusto musical

Stace (11.02)

;) ;) ;)


[28 de junio. Día 58]

Esta vez, es Beca la que se olvida de correr las cortinas de su habitación.

Lleva prisa, porque se ha distraído trabajando en una nueva melodía que lleva toda la semana monopolizando todos sus pensamientos y se ha olvidado por completo de que el tiempo no es un constructo social, sino algo que existe y sigue adelante sin ti.

El problema es que ya va estresada, y nada de lo que tiene en el armario le convence, y no se da ni cuenta de que el edificio de enfrente tiene vista sin obstáculo a su crisis de vestuario.

Se pasea en bucle desde el armario hasta la ventana, donde tiene un espejo de cuerpo entero colgado, con distintas opciones en las manos que al final termina descartando sobre su cama con gruñidos que van creciendo en exasperación con cada modelito rechazado.

Por fin encuentra un jersey crop top a rayas que no odia de manera inmediata. Incluso sabe con qué pantalones se lo puede poner, y los zapatos que combinan a la perfección porque tienen el mismo tono pálido.

Su satisfacción, sin embargo, desaparece al fijarse en lo que parecen los restos de una mancha que no ha salido en toda la pechera.

- Venga ya, no me jodas – masculla, fastidiada.

Se vuelve hacia la ventana para comprobar a la luz del sol si de verdad es una mancha o simplemente una sombra extraña que hace la tela. Y es ahí que se da cuenta de por qué exactamente está entrando tanta luz en su habitación hoy.

Se acerca a las cortinas en tan solo un sujetador, bragas y calcetines, y alarga un brazo para correrlas.

Se detiene en seco cuando ve a su vecina mirándola desde su salón, de pie al lado de la ventana con una taza humeante en las manos de la que está dando un tranquilo trago en ese mismo momento.

Su vecina le sonríe con picardía cuando sus miradas se cruzan, sin intentar disimular.

Beca corre la cortina con brusquedad.


[7 de julio. Día 67]

Beca (21.13)

A la vecina le gusta cantar

Tiene una voz muy bonita

Podría dedicarse a ello de manera profesional

Stace (21.15)

Seguro que cuando grita en la cama lo hace en armonía contigo

Cuán alto crees que llega?

Beca (21.16)

Tía!

Stace (21.16)

Qué?

Es una pregunta totalmente legítima

La verdad es que me sorprende que todavía no se haya tirado a alguien solo para que tú la veas

Beca (21.17)

Has visto demasiadas películas porno

Stace (21.17)

Hazme caso

Está jugando contigo

Beca (21.18)

Para qué?

Stace (21.18)

A ver hasta dónde llegas antes de sucumbir

Es lo que haría yo

Y grandes mentes piensan igual 😉

Beca (21.19)

Stace, por favor, sécate la baba

Te la veo desde aquí

Stace (21.20)

JAJAJA no es baba lo que ves 😘

Beca (21.20)

AARRGGGG

STACIE!


[26 de julio. Día 86]

Beca apaga el Mac y, con él, la única fuente de luz en todo su apartamento.

Parpadea, algo sorprendida de haberse quedado completamente a oscuras, y no puede evitar repetir el gesto al mirar la hora en su móvil y descubrir que, no solo ya es de noche, sino que son casi las doce.

Es curioso lo rápido que pasa el tiempo cuando una está todo el día peleándose con una canción que se niega a sonar bien en sus oídos, y, por más vueltas que le dé, por más cambios que haga, Beca no logra descubrir qué es lo que le chirría tanto.

Con un suspiro largo y profundo, empuja sus auriculares hasta que caen sobre sus hombros. Hunde el rostro en sus manos, apretando los talones contra sus ojos para aliviar el palpitar que empieza a notar tras ellos.

Es en ese momento que lo escucha por primera vez: suaves retazos de música que le trae la brisa nocturna, y risas femeninas.

En plural.

Cuando alza la cabeza de su escondite para mirar por la ventana abierta de su estudio, se encuentra con una escena que, muy a su pesar, atrapa su mirada de forma irreversible.

La luz del salón de su vecina está encendida, pero el resto de su apartamento permanece a oscuras. Aun así, Beca puede entrever las dos figuras que trastabillan hacia el interior de la habitación, fusionadas en un beso.

Es difícil saber quién es quién, pero las dos siluetas son claramente femeninas.

Una de las dos mujeres enciende la lámpara de la mesilla —su vecina, descubre Beca cuando la luz anaranjada ilumina la habitación— y empuja a la otra para que se siente en el borde de la cama.

Su vecina empieza a desvestirse prenda a prenda, haciendo de ello un espectáculo, deleitándose en la clara impaciencia de la otra mujer, que intenta varias veces atraerla hacia ella, hacia la cama.

Beca permanece inmóvil, casi ni respira.

Sabe que está siendo testigo de un momento privado, sabe que tiene que apartar la mirada, que tendría que haberlo hecho minutos atrás, pero es como si estuviera hipnotizada porque sus ojos no le hacen caso.

Su vecina se deja atrapar una vez se queda en nada más que un diminuto conjunto de lencería, pero no es hasta que se deja caer de rodillas en el suelo y abre las piernas de otra mujer que Beca reacciona como si le hubiera dado un calambre.

Se levanta de la silla de un brinco, que rueda y gira sobre sí misma como un tío vivo hasta chocar con la pared. Trastabilla de espaldas hacia la puerta, aunque solo es capaz de retroceder un par de pasos porque, a pesar de todo, es incapaz de apartar la mirada.

Y no sabe qué es peor, que siga mirando aunque es plenamente consciente de la invasión de privacidad que supone, o que le esté excitando lo que está viendo: tiene la piel erizada, los pelos de punta, y un delator hormigueo entre sus piernas.

Por suerte para ella, su vecina le dice algo a la otra mujer que pausa momentáneamente las cosas antes de que puedan subir de temperatura.

Beca por fin vuelve a respirar. Recupera la razón y el control sobre sí misma.

Pero es demasiado tarde: su vecina está en la ventana.

Tiene los extremos de las cortinas en las manos, como si hubiera estado a punto de correrlas. Sin embargo, no está haciendo movimiento alguno, todo se ha quedado en el amago, porque en su lugar está mirando fijamente hacia delante.

Hacia mí, Beca se da cuenta con un escalofrío de pánico y excitación a partes iguales.

Pero no puede ser. Beca está completamente a oscuras, es imposible que su vecina sea capaz de verla. Por si acaso, se queda muy muy quieta, paralizada de pie en medio de su estudio como si fuera un Sim al que han cancelado la acción.

Al final, el truco parece funcionar, porque su vecina corre las cortinas. Aunque no del todo. Casi parece adrede, como si quisiera dejar un resquicio, como si la estuviera tentando con los flashes de piel desnuda que aparecen de vez en cuando.

Beca gira la cabeza bruscamente para no volver a caer en su hechizo, y se va a su habitación.

Se pone sus auriculares con cancelación de sonido y la música bien alta, por si acaso, y se mete en la cama sin ver nada que no sea lo que tiene inmediatamente delante, como si llevara puestas las viseras de los caballos de feria.

Esa noche le cuesta dormir.


[27 de julio. Día 87]

Beca (15.31)

Tenías razón

Stace (15.33)

Vas a tener que ser más específica

Tengo razón sobre muchas cosas

Beca (15.33)

Anoche la vecina tuvo compañía

De la que se queda a pasar la noche

Stace (15.34)

Ah 😏

Beca (15.34)

Compañía *femenina*

Stace (15.34)

Aaaaah 😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏😏

Beca (15.35)

Las vi sin querer

Y me dio la impresión de que me vio mirando, porque cuando iba a correr las cortinas se quedó quieta un momento mirando hacia aquí y luego las dejó medio abiertas

Pero yo estaba completamente a oscuras porque estaba a punto de irme a dormri así que no puede ser no? Imposible

Stace (15.36)

ALDSDJFKDFKJS

BECA!

POR QUÉ NO HAS DICHO ESO PRIMERO

Beca (15.36)

Pero esta mañana me la he encontrado en el portal

A mi vecina, no la otra

Yo salía, ella volvía con Charlie y desayuno para dos personas

Dos!

En fin, que la he saludado así de pasada porque no quería pararme porque sabía que me iba a poner coo un tomate como tuviera que mirarla a la cara

Y de repente me dice: no hicimos mucho ruido anoche no?

Casi me ahogo cn mi propia saliva, telo juro

Debió de ver mi cara de pánico porque me dice: con la música?, así con actitud toda inocente. Y sigue: vinieron unos amigos a casa y no sé si hicimos mucho ruido. Te vi en la ventana sobre medianoche y quería asegurarme de que no te molestamos

COMO QUIEN NO QUIERE LA COSA

Stace (15.37)

SKAJFHKADJGHDKJGHKDJFE

BECA.

Beca (15.37)

Yo me quería morir obivamente

Le dije: no no qué va. Ni me enteré de que tenías compañía

Y ella todavía fingiendo que las dos no sabemos perfectamente d equé está hablando, me dice: vale genial, me alegro. Si alguna vez hacemos mucho ruido me avisas. Sin compromiso. A unas malas, siempre te puedes unir

Y SE MARCHA ASÍ SIN MÁS COMO SI NO ACABASE DE PROPONERME UN TRÍO

Me explicas?

Esta tía está como una cabra

Stace (15.39)

BECA

ME CAGO EN TODO

TÍRATELA DE UNA VEZ

ME ESTÁIS CALETNANDO HASTA A MÍ CON ESTE JUEGUECITO QUE OS TRAEIS


[30 de julio. Día 90]

- ¡Amazon! – dice la voz ligeramente robótica de un hombre a través del telefonillo.

Algo sorprendida con la rapidez con la que se lo han traído —Beca hizo el pedido ayer mismo, a última hora de la tarde— y el hecho de que no ha recibido aviso alguno de que ya estuviera en reparto, presiona el botón para abrir.

Espera a escuchar el zumbido del timbre antes de enganchar el auricular del telefonillo de vuelta en su base de la pared, y luego espera al lado de la puerta a que el mensajero encuentre su apartamento.

- Hola – saluda con una sonrisa cordial al hombre sudoroso que espera en el pasillo con una caja en las manos.

- Este es el bloque dos, ¿verdad? – pregunta él, frunciendo el ceño a la dirección empresa en la etiqueta –. Esto es un laberinto – resopla con un vago gesto circular de su mano.

- Sí – ríe Beca –. No serías el primero que se pierde.

El mensajero esboza una sonrisa algo dolorida y escanea el código de barras de la etiqueta con su PDA. Una vez la máquina emite un pitido electrónico de confirmación, le ofrece el paquete a Beca.

- ¡Hasta luego! – se despide casi por encima del hombro, caminando apresurado hacia las escaleras.

- Gracias, ¡adiós! – llama Beca con algo de retraso, distraída con su paquete.

Entra en la cocina para coger un cuchillo y raja a la mitad la cinta azul con el logo de Amazon Prime que mantiene la caja cerrada. Abre las solapas de cartón y descarta sobre la encimera la pelota de papel que meten a modo de relleno, y…

Se atraganta con su propia saliva.

Tose con tanta fuerza que se hace daño en la garganta y se le llenan los ojos de lágrimas. Vuelve a cerrar la caja rápidamente y la empuja lejos de ella como si una tarántula estuviera a punto de salir de su interior.

Una vez ha controlado su respiración, se le ocurre mirar la dirección que aparece en la etiqueta de la caja porque está claro que en algún momento ha habido una confusión y ha recibido el paquete de otra persona.

Está bastante segura de que se acordaría de haber comprado un Satisfyer fucsia.

Efectivamente, ahí está, claro como el día: Chloe Beale.

Beca se calza las Converse sin molestarse en atarse bien los cordones y baja a la entrada de la urbanización. Con el paquete en la mano, busca a la dueña del Satisfyer en los nombres de los buzones.

La encuentra con relativa facilidad: Chloe Beale, Bloque 3, Piso 4.

Beca vuelve sobre sus pasos y todo el camino no para de darle vueltas a por qué esa dirección le suena tan familiar. No es hasta que pasa de largo por las escaleras de su bloque para ir al de enfrente que se da cuenta de por qué.

Se queda parada en seco.

Chloe Beale, Bloque 3, Piso 4.

La vecina. Su vecina.

La sombra de la sospecha se asoma por encima de su hombro izquierdo mientras espera impacientemente a que llegue el ascensor, y se vuelve cada vez más presente, más oscura, con cada segundo que pasa.

Solo al ver la puerta del cuarto piso, se le ocurre pensar que quizá Chloe no está en casa. Pero ya está aquí, no hay mucho que hacer, así que alarga una mano hacia el timbre y llama tres veces seguidas.

Escucha los ladridos apagados de un perro al otro lado de la puerta, y luego una voz de mujer chistándole para que pare, y luego...

Se encuentra cara a cara con su vecina.

- Hola – Chloe entona el saludo casi como una pregunta, ladeando la cabeza y esbozando una sonrisa cómplice, como si supiera algo que Beca no.

- Oh, um, hola – tartamudea Beca.

No sabe por qué le ha cogido tan por sorpresa ver a Chloe de cerca, cuando ha sido ella la que se ha presentado en la puerta de su casa, timbrando como una loca. Supone que se ha acostumbrado a que sea simplemente una figura en la distancia.

- Creo que esto es tuyo – Beca le tiende el paquete en un movimiento brusco, torpe.

Una de las solapas salta hacia arriba y se balancea en el aire de forma que parece casi burlona, si no fuera porque es un objeto inanimado.

Chloe le coge la caja de las manos y acaricia con los dedos la cinta rajada por el cuchillo. Retira la solapa hacia un lado para poder inspeccionar brevemente su interior y vuelve a fijar su mirada divertida en Beca, una ceja arqueada.

- Um, me lo han dado a mí por error – explica la morena, sintiendo sus mejillas arder –, y yo también esperaba algo de Amazon así que… – hace un gesto con la barbilla –. Siento haberlo… – visto –, abierto.

- Yo sí que lo siento – se disculpa la pelirroja, pronunciando las palabras despacio, burlona –. No entiendo qué… – frunce el ceño al inspeccionar la etiqueta del paquete –. Oh, puse el bloque equivocado. Mira que soy tonta.

Sus ojos brillan, danzarines, con inmensa diversión, y la sospecha deja de ser una sombra que se asoma por el hombro de Beca para convertirse en una presencia sólida a su espalda, como la capa de un superhéroe.

No ha sido un error.

- Muchas gracias por traérmelo, te debo una – y le regala un guiño ligón que hace de todo menos encandilar a Beca.

(O quizá sí, quizá solo un poco.)

Beca se siente arder, pero no sabe muy bien de qué: excitación, indignación, una mezcla de todo. Decide que lo más seguro es poner distancia entre ellas antes de estallar, así que da un corto asentimiento y gira sobre los talones de sus Converse desabrochadas.

Pero, pensándolo mejor…

Se detiene después de dar un par de pasos y se vuelve de nuevo hacia Chloe, que todavía no ha cerrado la puerta y está recostada contra el umbral, observándola con una sonrisa traviesa en los labios.

- Oye, ya que estamos – le dice Beca –. ¿Podrías dejar de pasearte desnuda cuando tienes las ventanas abiertas de par en par?

Chloe parece algo sorprendida por la petición. No porque sea mentira, sino porque parece que no se lo esperaba de Beca, o que fuera a hacerla ahora. O quizá nunca, quizá se pensaba que le dejaría salirse con la suya para siempre.

Sin embargo, su sorpresa desaparece rápidamente y vuelve la picardía de antes.

Ladea la cabeza y guiña los ojos, cruzándose de brazos, como si lo estuviera considerando seriamente. Pero Beca… No sabe cómo lo sabe, llámese intuición, llámase x, pero sabe que es todo puro espectáculo.

- Nunca me he avergonzado de mi cuerpo – es lo que contesta al final, encogiendo un hombro con despreocupación, como si no entendiera qué tiene eso de malo.

Beca esboza una sonrisa tirante.

- Y tienes motivos – concede, tratando de que suene lo más alejado a un cumplido posible. No cree que lo consiga, a juzgar por la enorme sonrisa satisfecha de Chloe –. Pero puedes seguir sin avergonzarte con las cortinas corridas.

Chloe suspira, casi con lástima, si no fuera tan burlona la forma que tiene de hacerlo, la forma en que su sonrisa se tuerce, la forma en que parpadea inocentemente con la cabeza apoyada en el marco de la puerta.

- Pero eso no es tan divertido, ¿no crees?

Beca frunce el ceño y hace un pequeño gesto confundido con la cabeza.

- ¿Qué significa eso?

Chloe solo sonríe, traviesa.

- ¡Hasta la próxima, vecina! ¡Gracias de nuevo! – se despide, retrocediendo hacia el interior de su apartamento, su mano empujando la puerta para cerrarla.

- ¡No...! ¡Oye, espera! – llama Beca, dando un paso hacia delante para intentar detenerla –. ¿Acaso lo haces aposta?

Como toda respuesta, recibe un portazo en toda la cara.

.

Beca (19.31)

La vecina se llama Chloe

Y tiene un satisfyer fucsia

Stace (19. 42)

QUEEEEEEEEEEEEEE

TE LA HAS TIRADO POR FIN?

Stace (19. 47)

BECA

Stace (19. 50)

BECAAAAA!

Stace (19. 54)

BECA JODER

NO PUEDES SOLTAR SMEEJANTE BOMBA ASÍ COMO ASÍ Y LUEGO NO RESPONDERME AL ISNTANTE

Stace (19. 58)

BECA!

TE DOY DIEZ MINUTOS

O ME PRESENTO EN TU CASA

COMO SI TENGO QUE TIRAR LA PUERTA DE UNA PATADA


[12 de agosto. Día 103]

El siguiente fin de semana que Beca baja a la piscina, el ritual, si es que se le puede llamar así siquiera, se repite.

Chloe espera —porque es demasiada coincidencia como para que no sea a propósito— hasta que Beca se ha adueñado de su esquina a la sombra para llegar a la piscina y colocarse justo frente a ella, en el lado opuesto, fingiendo no verla hasta el momento en que se desnuda.

La diferencia es que, este fin de semana, tras unas horas de estar tumbadas en sol y sombra respectivamente, a Beca le entran ganas de hacer pis.

Marca la página en la que se ha quedado y cierra el libro, la cubierta delantera permanentemente doblada por el uso. Se pone las chanclas y, con solo el iPhone en la mano, lo único valioso que ha bajado con ella, se encamina a los baños de la piscina.

Ahora es Beca la que tiene que pasar al lado de donde Chloe está reclinada en su silla de playa. En honor a su ritual —o a su juego, más bien—, no dirige ni una sola mirada en su dirección, como si allí no hubiera nadie.

Tiene que reconocer que hay algo bastante excitante en ello, en jugar con la atención de una persona: ahora sí, ahora no; sin ningún criterio fijo, solo por diversión.

Tras hacer pis, se lava las manos en el grifo y aprovecha para refrescarse la cara y el cuello con los restos de agua que se han quedado adheridos a su piel. Cuando se incorpora frente al espejo, se asusta al ver a Chloe tras ella.

- Jesús – protesta en una fuerte exhalación –. Haz un poco más de ruido la próxima vez.

- Perdón, no pretendía asustarte – pero Chloe suena de todo menos arrepentida.

Beca se sacude las manos en el lavabo para terminar de deshacerse del exceso de agua sin necesidad de usar el secador, y arquea una ceja inquisitiva al ver que Chloe permanece quieta en el sitio.

- Está vacío, si quieres pasar – le informa con un gesto de cabeza hacia el único váter del baño.

- No, no he venido a eso – Chloe sacude la cabeza en una negativa despreocupada y da un paso hacia delante –. Tengo una confesión que hacer.

El corazón de Beca da un pequeño brinco nervioso en su pecho antes de acelerarse.

Se da la vuelta despacio, con la sensación de que está a punto de ver sus peores sospechas confirmadas: este es el momento en que Chloe admite que es una psicópata y la asesina aquí mismo, en el baño de la piscina.

Aun así, no puede evitar contener la respiración cuando Chloe despega los labios para hacer su confesión:

- He estado jugando contigo.

Beca resopla, expulsando el pequeño pinchazo de decepción que siente ante esta revelación tan poco reveladora.

Casi prefería la alternativa, piensa, solo para sacudirse la cabeza a sí misma, incrédula. Quizá va siendo hora de tomarse un respiro urgente de Killing Eve, porque está empezando a desvariar demasiado.

- Eso no es ningún secreto – responde, sarcástica.

Chloe sonríe, sin mostrarse sorprendida, y da otro paso hacia delante.

- Me gustaste de inmediato.

- ¿Y no podías habérmelo dicho como una persona normal y corriente? – acusa Beca, aunque sin verdadero mordisco –. ¿No podías haberme traído un bizcocho de bienvenida y, no sé, pedirme una cita, en vez de pasearte desnuda por tu casa y tirarte a gente frente a la ventana? – arquea una ceja, desafiante.

- La primera vez fue un accidente – se defiende Chloe, divertida –. No sabía que ya te habías mudado y me había acostumbrado a no tener vecinos enfrente. Pero me hizo tanta gracia verte esconderte detrás de las cajas… Tu expresión fue buenísima.

Beca solo le lanza una mirada poco impresionada, con falsa molestia.

- ¿Y todas las demás?

Chloe se encoge de hombros, nada arrepentida, y sonríe, como si esa fuera respuesta suficiente. Y, en verdad, lo es. Ya lo admitió ante Beca en su momento: encuentra muy divertido jugar con ella, y por eso sigue haciéndolo.

Y, en caso de que le preguntara, Beca tampoco habría podido decir que parte de ella no lo encontraba excitante sin mentir.

- Pero… – dice Chloe, pronunciando la palabra despacio y con claridad. Da un último paso hacia delante que acorta la distancia entre ellas a menos de medio metro y capta la total y completa atención de Beca –. Vengo a proponer una tregua.

Beca sonríe y levanta una ceja.

- ¿Tienes miedo de mi venganza?

No había pensado en ello hasta este mismo momento pero… La idea de vengarse, de tentar a Chloe como su vecina la ha estado tentando a ella, lanza un estremecimiento por su cuerpo que no para nada desagradable

Chloe sonríe y sus ojos relucen con un brillo peligroso.

- Estoy segura de que la disfrutaría inmensamente – admite sin una pizca de vergüenza en voz ronroneante –. Pero no creo que tenga la paciencia para ello. Estos tres meses han tenido su… efecto.

A la mente de Beca viene la imagen grabada a fuego en su memoria del Satisfyer fucsia, y lo mucho que tuvo que esforzarse los días siguientes para ahogar las fantasías que su cerebro tan útilmente le ofrecía.

Algo de eso se debe reflejar en su rostro, porque la sonrisa de Chloe se vuelve cómplice, hambrienta. Parece el lobo de la historia de Caperucita Roja, a punto de devorar a Beca. Solo le falta relamerse.

- Veo que sabes a lo que me refiero – celebra con inmenso deleite.

Beca se aclara la garganta y decide ignorar la insinuación, porque no hay forma alguna de ganar, diga lo que diga.

- ¿Qué implica esta tregua? – pregunta en su lugar.

- Una cita esta noche – la expresión de Chloe se vuelve burlona –. No tengo bizcocho, pero estoy segura de que podremos encontrar algo igual de bueno para el postre.

Beca pone los ojos en blanco.

- Debería decirte que no, hacerte sufrir un poco.

Chloe no intenta negarlo ni hacer alegatos en su defensa.

- Deberías – concede con un asentimiento divertido –, pero algo me dice que tú tampoco tienes la paciencia para ello.

Es odioso tener que darle la razón. Es tan odioso, de hecho, que Beca no lo hace y deja que su silencio otorgue.

- ¿Hora?

- ¿Ocho? – ofrece Chloe, encogiéndose de hombros para demostrar que no le importa mucho.

Beca asiente.

- Allí estaré – promete, la sombra de una sonrisa en los labios, un batir coqueto de sus pestañas.

Y se marcha del baño, asegurándose de rozarse con Chloe al pasar por su lado, sin una última mirada por encima del hombro, sabedora de lo mucho que va a excitar, frustrar y divertir a la pelirroja.


A/N: ¿Quién no ha enseñado de más alguna vez accidentalmente a sus vecinos? Yo, por lo menos, no estoy exenta de culpa.

PD. No, no se me había olvidado que hoy es jueves. Encontré trabajo por fin (!) y he empezado esta semana, así que no os extrañéis si veis que ya no actualizo el resto de capítulos unas cuantas horas más tarde de lo habitual.

Y, bueno, una vez empiece el máster, a ver qué tal se me da el tema de escribir... Pero que sepáis que tengo cosillas en marcha, y que en algún momento llegarán.