A/N: Me hace muchísima ilusión que por fin vayáis a leer esto. Es una de mis favoritas que he escrito hasta el momento, y siempre que comparto algo así con vosotres se siente un poco como daros un cachito de mí. Terrorífico y emocionante.

Espero que os guste tanto como a mí. O solo un poquito. Cualquier cosa me sirve.


II

Resumen: Las líneas paralelas son dos líneas que, aunque se prolongasen hacia el infinito, siempre a la misma distancia, siempre en la misma dirección, nunca llegarían a tocarse. Excepto.

Vagamente inspirado por Enchanted, de Taylor Swift.

Rating: K+


Dice la teoría matemática que las líneas paralelas son dos líneas que, si se prolongasen hacia el infinito por cualquiera de sus extremos, siempre a la misma distancia, siempre en la misma dirección, nunca llegarían a tocarse.

Excepto.

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Your eyes whispered "have we met?"

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Dos líneas. Paralelas todas sus vidas. Sin tocarse todas sus vidas. Sin saber siquiera de la existencia de la otra. Sin tener idea alguna de que son parte de un par, de un todo, que no están solas.

Hasta que sus miradas se cruzan en medio de un mar de cuerpos en movimiento, casi como por intervención divina, y se ven irremediablemente atraídas.

La línea uno pregunta, esperanzada:

- ¿Te interesa nuestro grupo de canto a cappella?

La línea dos responde, incómoda:

- Oh, vaya, esto… vuelve a estar de moda.

Es una historia tan antigua como el tiempo, conocida por todos: la línea dos miente, y la línea uno la deja marchar.

Excepto.

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La línea uno, que recibe el nombre de Chloe en esta y todos las vidas, no puede librarse de cierta sensación que vuelve su pecho cavernoso y nuboso, como si hubiera sido vaciado y, ahora, en lugar de órganos, solo sujetase humo en su interior.

- Oye – alarga una mano de forma instintiva cuando ve que la línea dos está a punto de marcharse para siempre, a punto de seguir creciendo, en la misma dirección, a la misma distancia, pero inalcanzable.

Tan cerca, y tan lejos al mismo tiempo, ¿cómo puede ser eso posible?

Cuando alcanza la muñeca de la línea dos, que recibe el nombre de Beca en esta y todas las vidas, Chloe casi espera ver sus dedos traspasarla como si no fuera más que aire, un fantasma, un truco de la luz.

Sin embargo, sus dedos tocan forma sólida: piel, músculo, hueso.

El contacto detiene a Beca en seco. Baja la mirada a la mano enroscada suavemente en su muñeca y la observa con cierta sorpresa, como si ella también hubiera pensado sobre sí misma en términos incorpóreos.

O quizá sea Chloe la que, para Beca, no es más que aire, un fantasma, un truco de la luz.

- Oye – repite Chloe, algo falta de aire. Todos saben que el humo devora oxígeno –. ¿Nos conocemos de algo?

La pregunta parece congelar a Beca en el tiempo y el espacio, frenar su crecimiento. Se queda ahí, suspendida en el aire, un segundo, antes de alzar su mirada de golpe para cruzarla con la de Chloe.

Parece saber su respuesta de manera inmediata, y, sin embargo.

Sin embargo.

Se pausa brevemente antes de contestar, de forma casi imperceptible, pero suficiente para que Chloe lo note.

- No – dice Beca al final.

Y, sin embargo.

Sin embargo, sus ojos están llenos de duda, de incertidumbre.

Chloe confirma sus sospechas: Beca también lo ha sentido.


En otra vida, otro tiempo y otro espacio, Otra Chloe le susurra a Otra Beca en medio de la noche:

- Tengo la sensación de que te conozco de toda la vida.

Es consciente, a medida que pronuncia las palabras, a medida que las escucha en voz alta por primera vez, de lo absolutamente ridículo que suena lo que acaba de decir, de lo fácil que sería tacharla de loca.

Porque solo conoce a Otra Beca desde hace ocho horas.

Porque Otra Chloe nunca ha sido de creer en el amor a primera vista, o en el destino.

Y, sin embargo.

Sin embargo.

Hace apenas ocho horas, Chloe estaba sentada en una mesa encajada en una esquina de un bar ruidoso, lleno de humo de tabaco, abarrotado de gente huyendo del calor de Portland a finales de julio.

Frente a ella, Connor, el hijo de una amiga de su madre del club de campo al que Chloe había sido obligada a dar una oportunidad bajo la premisa de que "es de buena familia, salir con él podría abrirte muchas puertas".

La velada no había parecido muy prometedora, y Chloe no se había equivocado en sus predicciones de fracaso.

Hablaron de lo típico: sus futuros, sus gustos, sus infancias, la insistencia de sus madres en que se conocieran; hasta que poco a poco la conversación fue decayendo a medida que dejaron de esforzarse por mantenerla a flote.

Connor era guapo, era simpático, era amable, pero si algo les quedó claro en la primera hora de cita es que había una notable falta de química entre ellos. Y eso era, desgraciadamente, algo que no tenía arreglo, así que, ¿para qué esforzarse?

De modo que, desde ese momento en adelante, todo lo que se decían eran comentarios esporádicos sobre los Juegos Olímpicos que se estaban retransmitiendo en directo en las tres televisiones del bar.

- ¿No te parece una locura que eso esté pasando aquí al lado, en Los Ángeles? – preguntó Connor, maravillado, señalando con su cuadrada barbilla hacia la pantalla granulosa que tenían más cerca.

- Sí, es increíble.

Connor asintió.

- ¿Te he contado que mi hermano y yo estuvimos a punto de conseguir entradas para verlos en persona? – comentó al cabo de un rato, aferrándose al único tema que parecían tener en común.

Chloe solo esbozó una sonrisa tirante, porque esa ya era la cuarta vez que lo mencionaba y se había quedado sin respuestas imaginativas que darle.

Afortunadamente, en ese momento la jukebox del bar cobró vida al recibir una moneda y los que estaban viendo los Juegos Olímpicos empezaron a abuchear a la persona que había puesto música porque no les dejaba escuchar a los comentaristas.

Era Ghostbusters, de Ray Parker Jr., y Chloe se sonrió a sí misma con cierta acidez al pensar en que hacía apenas un mes había ido al estreno de la película en otra cita a ciegas organizada por su madre.

Aburrida, dejó que su mirada vagara por la mesa de billar, el señor respondiendo una llamada personal en el teléfono del bar, las figuras en constante movimiento de los camareros sirviendo bebidas, la barra del bar y la mujer que la estaba mirando, el…

Chloe se detuvo en seco y volvió hacia atrás.

La mujer ya había apartado la mirada, pero Chloe la había visto. Y ya no podía no verla.

No podía no ver cómo exhaló el humo del cigarrillo que estaba fumando, cómo lo apagó en el cenicero al borde del desborde que tenía al lado, cómo se acabó de un trago su cerveza, cómo pagó por su bebida en medio de una conversación burlona y familiar con el camarero.

Chloe vio cómo la mujer cruzó el bar en dirección a los aseos y se apoderó de ella una urgente necesidad.

- Voy al baño un momento – se disculpó ante Connor, ya levantada y con su bolso en la mano –. Ahora vuelvo.

La mujer estaba lavándose las manos cuando Chloe entró y cerró la puerta tras ella. Si estaba sorprendida de ver su reflejo aparecer por encima de su hombro derecho en el espejo, no lo demostró.

Sin distancia ni humo de tabaco que difuminara sus facciones, Chloe pudo apreciarla con detalle: la tinta negra de sus tatuajes, su piel pálida, sus ojos oscuros, su grueso eyeliner, el brillo de sus piercings.

- ¿Tienes un cigarro? – preguntó Chloe.

La mujer arqueó una ceja, sus labios temblaron como si hubiera querido sonreír pero se hubiera contenido justo a tiempo. Se secó las manos con una servilleta de papel antes de ofrecerle la cajetilla a Chloe.

Se acercó, mechero en mano, para encenderle el cigarrillo.

Al inclinarse hacia la llama, Chloe pudo oler el tabaco en su ropa, la vainilla de su perfume, la menta de su chicle; y le resultó tan familiar como si acabara de entrar en su casa después de estar meses fuera.

Estudió a la mujer, desde sus desgastadas Converse negras, sus pantalones mom con un roto en la rodilla izquierda, la camisa de franela atada a la cintura, hasta la cazadora vaquera, innecesaria en las noches de verano.

- Bonito pin – dijo Chloe con una sonrisa privada y un movimiento de cabeza hacia la pequeña bandera LGTB.

Y eso fue todo lo que hizo falta.

Se despidió de Connor y siguió a Beca a otro bar, uno con menos luz y menos gente, uno en el que nadie miraría dos veces a dos mujeres sentadas cerca, tan absortas la una en la otra que parecía que no existiera nadie más en el mundo.

Se despidió de Connor y siguió a Beca hasta su apartamento, hasta su cama, hasta el espacio entre sus sábanas y el hueco que Beca hizo especialmente para ella entre sus piernas.

Ahora, Beca se remueve entre sus brazos y Chloe retira el que tiene en su cintura, convencida de que la morena está a punto de apartarse, de tapar su desnudez con ropa y pedirle sin hacer contacto visual con ella que se marche.

Al fin y al cabo, esa sería la reacción de Chloe si alguien le hubiera dicho lo que ella acaba de decir tras tan solo ocho horas juntos. Habría preferido volver a casa y enfrentarse a la decepción de su madre antes que acabar en un matrimonio sin amor como el suyo.

Y, sin embargo.

Sin embargo, Beca únicamente se gira en la cama para no estar dándole la espalda, y vuelve a recolocar el brazo de Chloe en su cintura. Acaricia su mejilla con una expresión en los ojos que Chloe no puede descifrar.

- Yo también tengo esa sensación – confiesa en un susurro que imita al de Chloe.

Y el corazón de Chloe da una sacudida que se siente como por fin haber encontrado su sitio en el mundo después de tanto buscar.

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My thoughts will echo your name, until I see you again

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A veces les lleva siglos reencontrarse.

Otras, la duración media de una vida humana.

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La primera vez que Una Chloe conoce a Una Beca, acaba de ser apedreada.

Es la primera, la primerísima de todas, ya sea porque es la primera que Chloe recuerda, o porque verdaderamente es la primera vez que coinciden en una misma vida, un mismo espacio y un mismo tiempo.

Su madre, antes de marcharse esa mañana, se detiene un momento en el marco de la puerta, hecho por las expertas manos de su padre, para lanzarle una mirada de profunda preocupación que a Chloe ya le resulta dolorosamente familiar.

A menudo descubre a su madre mirándola con esa misma expresión, perdida en una reflexión, como si se estuviera preguntando qué va a ser de Chloe una vez ya no estén ellos para cuidarla y protegerla.

- Prométeme que te vas a quedar en casa – le pide su madre, una exigencia y una súplica al mismo tiempo –. Precisamente hoy… Es más importante que nunca que nadie del pueblo te vea.

Chloe agacha la cabeza, sumisa y resignada.

Aunque todavía vive en su pecho la llama de la rabia por haber sido condenada a una vida en constante miedo y ocultación por supersticiones populares, con los años aprendió que su rabia solo causa más dolor a su familia, así que empezó a sofocarla.

Y, sin embargo.

Sin embargo, es en momentos como este cuando la siente renacer y lamer el interior de las paredes de su estómago, incitando a sus peores impulsos.

Alza la mirada antes de responder a su madre, su promesa a punto de caer de sus labios, cuando ve a su hermano James asomarse desde detrás del hombro de su madre para sacarle la lengua, burlándose de ella y su suerte.

Chloe entorna los ojos, vindicativa.

- Sí, madre – dice, pero, tras su espalda, esconde dos dedos cruzados.

- Volveremos antes del anochecer – promete su hermana Grace, mayor que Chloe por solo un año, con ojos llenos de lástima, sabedora de lo eterno que se le va a hacer a Chloe el día, sola en la cabaña, esperando a su regreso.

Deposita un breve beso en su mejilla a modo de despedida y sale corriendo para unirse al resto de sus hermanos, que esperan montados en la carreta, sus faldas revoloteando tras ella como las alas de una paloma blanca.

Chloe espera hasta que ya no puede ver las nubes de polvo que levantan las pezuñas de los burros y las ruedas de la carreta por el camino de tierra. Entonces, cierra la puerta, echa el pestillo, y se escapa por una ventana.

Salem bulle de actividad cuando Chloe desmonta de Molly y la deja atada en un poste a las afueras del pueblo, junto a las carrozas de los que han venido a celebrar el Solsticio de Verano: juglares, malabaristas, funambulistas y tragafuegos.

A pesar de ser todavía mañana, se escucha música, las calles de Salem están manchadas de vino allá donde se ha derramado, y huele a carne asándose.

Chloe se aparta del medio de un salto tras recibir un grito de alerta. Acto seguido, pasan a su lado al menos doce hombres cargados con gruesos troncos de árbol para construir hogueras gigantes en la plaza.

Chloe nunca ha podido verlas de cerca, solo el suave teñir anaranjado del cielo por el fuego en la lejanía y las gruesas columnas de humo desde la colina que hay al lado de la cabaña.

Se escabulle por callejones y calles paralelas hacia la plaza del mercado. En ellas hay menos gente, menos riesgo de ser descubierta, menos riesgo de ser reconocida por algún miembro de su familia.

No conoce Salem, así que tiene que ir muy atenta del progreso de los hombres de las hogueras, usándolos de guía cada vez que los ve aparecer en el lado opuesto de las calles por las que va ella.

Ese es su error.

Por no ir mirando hacia delante, choca con alguien, o algo, que estaba en su camino y pierde el equilibro. Cae de culo en la tierra de la calle, sus manos extendidas tras ella para frenar el golpe en la medida de lo posible.

Ignorando el escocer en sus palmas, el palpitar de su culo, su primer instinto es comprobar que la otra persona esté bien: una niña pequeña, de aspecto pálido y enfermizo, que acababa de salir de la puerta trasera de su casa con un cesto cargado de fruta.

Chloe se arrodilla, sus manos raspadas extendidas hacia la niña para ayudarla a levantarse. Pero la niña abre mucho los ojos cuando la ve acercarse a ella y recula por el suelo de tierra, manchándose el vestido, entre naranjas y manzanas caídas.

- Bruja… – susurra, apenas sin voz por la impresión.

A Chloe se le cae el corazón a los pies.

El manto gris con el que se ha cubierto la cabeza para no llamar la atención reposa en el suelo tras ella, machado de tierra. Retrocede en su busca, pero ya es demasiado tarde: la niña la ha visto.

- ¡Bruja! – repite, esta vez en un grito.

Algo sólido impacta en la frente de Chloe de forma inmensamente dolorosa. Lo nota caer en su regazo, en la balsa que sus faldas han formado alrededor de ella en el suelo: una piedra.

Una piedra lanzada por la mano culpable de una cría, porque eso es lo que es. Y lo más triste de todo es que a la niña jamás se le habría ocurrido hacer eso si no fuera porque ha visto a sus padres hacerlo.

Chloe se lleva una mano a su frente al notar algo cálido resbalar por su piel. Cuando aparta sus dedos de la herida, están teñidos de sangre, de un rojo intenso que llena su cuerpo de absoluto terror.

Escucha el sonido de pasos apresurados sobre suelos de madera y Chloe intenta levantarse para salir corriendo de allí antes de que alguno de los padres responda al grito repugnado de su hija. No quiere que su excursión acabe en un apedreamiento público, o, peor, en la hoguera.

Sin embargo, no logra llegar muy lejos, desorientada, mareada, dolorida, debilitada, y cegada por la sangre que no deja de caer sobre sus ojos. Se tambalea, inestable sobre sus pies, y tiene que apoyarse en la pared de la casa.

- ¿Temperence? – llama una voz femenina desde el interior de la casa.

- ¡Rebecca!

- Temperence, ¿qué ha pa…? – una joven emerge por la puerta. Lo que estuviera a punto de decir muere en sus labios al encontrarse con semejante escena. Se detiene en seco en el umbral, su mirada alternando entre la niña y Chloe –. Temperence – repite, su voz temblando con una emoción oscura –. ¿Se puede saber qué has hecho?

- ¡Es una bruja! – se defiende la niña, petulante.

- Tú sí que eres una bruja – replica Rebecca, con un sincero desprecio hacia la que debe ser su hermana que sorprende a Chloe.

La niña palidece todavía más y su pequeña boca se abre en una expresión escandalizada, como si acabasen de decirle algo imperdonable.

- Me… Se lo voy a contar a mamá – exclama en voz aguda y temblorosa que amenaza lágrimas. Sin esperar una respuesta, gira sobre sus talones y sale corriendo, esquivando naranjas y manzanas, hacia la plaza del mercado.

- Oh, sí, corre a buscar a la más bruja de todas – musita la joven entre dientes, poniendo los ojos en blanco. Solo entonces parece acordarse de que tiene público, y se acerca a Chloe con un ceño preocupado –. Por todos los santos – murmura al ver tanta sangre –. ¿Estás bien? ¿Puedes andar?

Chloe no puede evitar rehuir las manos que se alargan hacia ella para intentar ayudarla. Acaba de vivir una experiencia de lo más traumática a manos de una niña pequeña, quién sabe lo que podría hacerle una adulta.

- Déjame ayudar, por favor – suplica Rebecca –. No pretendo hacerte daño.

Chloe no debería confiar en ella, y, sin embargo.

Sin embargo.

Se deja llevar al interior de la casa, fuera de las posibles miradas curiosas de los vecinos que todavía no se hubieran ido al festival. Manos amables la sientan en una silla y apartan cuidadosamente los mechones de pelo que se le han pegado a la herida.

Rebecca coge un paño limpio y llena un cuenco de arcilla de agua fresca. Se sienta en un taburete cojo frente a Chloe y suspira con decepción al ver de cerca las consecuencias de los actos de su hermana.

- Ese pequeño diablo… – maldice en voz baja, menando la cabeza en desacuerdo –. La gente que cree que tú llevas al Diablo dentro solo por ser pelirroja, es porque no han conocido a mi hermanastra.

A Chloe se le escapa el bufido de una risa, y Rebecca esboza una pequeña sonrisa complacida.

La joven frena el sangrado de su herida y le ofrece el cuenco para que Chloe se lave la cara. Parpadea, gotas de agua enganchadas en sus largas pestañas, pero es una alternativa que Chloe prefiere a la sangre que había antes en ellas.

Ahora que puede ver, mira a Rebecca por primera vez: no debe ser mucho más pequeña que ella en edad, quizá un par de años como mucho. Su rostro es delgado y delicado, las facciones de una aristócrata.

Es de piel pálida y largos mechones castaños que caen como ondas hasta más allá de la mitad de su espalda. Sus ojos, azules como el color de la parte más profunda del lago en verano, irradian concentración y cautela.

Mientras limpia con el paño húmedo los alrededores de la herida, tararea la melodía de una canción popular que Chloe reconoce.

- Tienes una voz muy bonita – observa Chloe, carraspeando para librarse de la sensación de sequedad en su garganta.

Esos ojos se fijan en ella, y Chloe casi se olvida de respirar, especialmente cuando van acompañados de una sonrisa, lenta en su gestación, pero que luego se extiende por el rostro de Rebecca y lo ilumina como los rayos del sol.

La joven aparta la mirada un instante después, como avergonzada.

- Gracias – murmura –. Mi padre no me deja cantar, dice que es de brujas y rameras – tuerce la boca en obvio desacuerdo –, así que tengo que aprovechar a hacerlo cuando él no está.

Chloe hace una mueca dolorida que nada tiene que ver con la brecha en su frente.

- ¿No eres de Salem, verdad? – inquiere Rebecca, sus ojos entornados en una expresión pensativa.

- No – niega Chloe, una curva triste en sus labios –. Mis padres se mudaron al campo después de que yo naciera – no explica el motivo, va implícito en sus palabras, y Rebecca lo capta al instante porque sus ojos destellan y asiente –. Ahora vivimos en una pequeña cabaña a media hora en caballo hacia el este.

Se arrepiente de inmediato de haber dado tantos detalles sobre dónde vive.

¿Y si esto es solo un engaño? ¿Y si Rebecca está fingiendo estar en desacuerdo con las supersticiones populares solo para extraerle información y presentarse en medio de la noche con el pueblo entero armado de horquillas y antorchas?

Y, sin embargo.

Sin embargo.

Rebecca da por finalizada la tarea y deja el trapo ensangrentado a remojo en el cuenco de agua para que luego sea más sencillo limpiarlo. Inspecciona la brecha en la frente de Chloe con los labios y el ceño fruncidos en una mueca contrariada.

- Me temo que te va a dejar marca – se lamenta, sin saber que la cicatriz de la frente es algo tan inherente a Chloe, en esta y todas las vidas, como su cabello cobrizo o sus ojos azules.

Se levanta del taburete, que se tambalea, desequilibrado, hasta que cae sobre la pata corta. Se acerca a un armario de boticario que Chloe creía meramente decorativo, y se queda de pie frente a él, pellizcándose los labios en actitud pensativa.

- Puedo hacerte un aceite de caléndula y consuelda para que ayude con la cicatrización – piensa en voz alta mientras abre los cajones correspondientes y saca dos saquitos, de la misma tela áspera y rugosa que los sacos de patatas –. Ah, y un poco de equinácea para evitar infecciones.

Una vez tiene todos sus ingredientes, los extiende por la mesa. Volviendo a tomar asiento en el taburete, Rebecca vuelca cantidades exactas de las hierbas que ha seleccionado en un mortero de madera y las machaca.

- ¿Cómo sabes de hierbas curativas? – inquiere Chloe, con curiosidad. Es algo mal visto en una mujer, cosa de, una vez más, brujas.

- Yo también me crie en el campo – responde Rebecca de forma un poco distraída –. Mi madre tenía un huerto de hierbas de todo tipo, aromáticas, medicinales… – agita una mano en un etcétera silencioso –, y venía al mercado a venderlas todos los domingos. Ella me enseñó todo lo que sé.

Se vuelve con el dedo índice untado de la pasta amarillenta que se ha formado en el mortero y se inclina sobre Chloe, cuidadosa de no hacerle daño a la hora de aplicárselo sobre la herida abierta.

- Murió hace dos años – prosigue, contestando a la pregunta nunca hecha pero que cuelga sobre sus cabezas –. Se la llevó la fiebre – esboza una sonrisa amarga, consciente de la ironía –. Mi padre se casó con Sybil a los seis meses, y nos vinimos a Salem a vivir.

Al terminar, Rebecca se limpia las manos en las faldas de su vestido de una manera descuidada que delata que es un gesto habitual. Inspecciona su trabajo con mirada crítica y asiente, satisfecha.

Chloe nota la frente tirante por la cataplasma, y todavía le da dolorosas punzadas, pero es mejor que llevar toda la cara ensangrentada.

- Muchas gracias, Rebecca – murmura.

- Mi madre me llamaba Beca, siempre me ha gustado mucho más que la versión larga.

- Beca – repite Chloe, despacio, saboreando el nombre. A ella también le gusta más, pero no lo dice –. No tengo dinero ahora mismo, pero si dejas que busque a mi familia…

La morena sacude la cabeza.

- No hace falta, es lo menos que podía hacer. Al fin y al cabo, ha sido todo culpa de Temperence.

- De todos modos – Chloe se niega a aceptar semejante gesto de buena voluntad sin por lo menos hacer ella uno a cambio –. ¿Me dejarás devolverte el favor en algún momento?

Beca sonríe.

- ¿Quédate? – pide, una sombra suplicante en sus ojos que desaparece tan rápido como aparece –. Sé un sitio desde el que se ve el festival entero, lejos de todos.

- ¿Y tu familia? – inquiere Chloe, preocupada. Lo más probable es que ya le haya causado suficientes problemas a Beca cuando su hermanastra se chive de lo ocurrido, no quiere dificultarle más la vida.

Beca, sin embargo, no parece para nada preocupada.

- Les da igual lo que haga – desestima con un encogimiento de hombros –. Y, en caso de que se enteren, rezarán para que tu aquelarre me secuestre y puedan olvidarse de la hija molesta del matrimonio anterior.

Chloe sonríe y da un pequeño asentimiento, casi tímido. La sonrisa que le regala Beca de vuelta merece la pena.

Ese momento se sentirá para siempre como el comienzo de algo importante.

Quizá porque lo fue: fue el comienzo de una bonita amistad con Beca que creció y se desarrolló y se convirtió en algo mucho más especial, grande, hermoso e intenso de lo que cualquiera de las dos jamás podría haber imaginado esa mañana en la cocina.

Quizá porque lo fue: fue la primera vez, la primerísima vez, en que dos líneas paralelas rompieron su destino y empezaron a crecer hacia delante, hacia atrás, en todas direcciones, entrelazadas.

.

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Please don't be in love with someone else

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Cuidado con las líneas paralelas entrelazadas.

Tienen truco.

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Esta Chloe empieza a recordar.

Esta Chloe busca desesperadamente a alguien, la última pieza de su puzzle, en todos los lugares que visita, en todas las personas a las que conoce, sin saber que lo está haciendo, pero sabiendo que todavía no la ha encontrado.

Y, cuando por fin lo hace, es demasiado tarde.

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Esta Chloe comprueba una última vez que su mensaje sigue sin haber recibido una contestación antes de guardar de manera definitiva en el bolsillo frontal de su peto vaquero el fino rectángulo de cristal templado al que han acabado reducidos los smartphones.

Se encoge de hombros para sí misma y tira la botella de aguarrás que había venido originalmente a comprar en el interior de la cesta que lleva colgada del codo, en su mayoría ocupada por un paquete de tres rollos de papel de cocina.

Tarareando para sí misma la canción que suena desde el sistema de sonido del supermercado, añade dos rollos de bolsas de basura a su compra y, tras una última comprobación, se encamina hacia las cajas.

Pasa de largo frente a la sección de las chuches solo para volver sobre sus pasos inmediatamente después y coger un paquete de regalices rojas que se balancea en su enganche de pared casi como si la estuviera tentando.

Deja caer el paquete de regalices en la cesta, un antojo en un mar de necesidades del que se arrepiente mucho antes de lo que esperaba.

No se arrepiente cuando sienta por la noche los efectos del azúcar que ya no está acostumbrada a consumir en cantidades tan masivas e industriales.

No se arrepiente cuando Morgan encuentre inevitablemente el envoltorio vacío entre el desorden de su estudio y le reproche, en broma, que no haya compartido; y le pregunte, en broma, si a esos niveles de desesperación han llegado que van a empezar a comprar chuches a escondidas.

No se arrepiente cuando note su estómago tonto y revuelto a la mañana siguiente por haberse comido el paquete entero ella sola de una sentada.

No, su arrepentimiento es instantáneo. Porque es por culpa de ese antojo incitado por la distribución del supermercado, es por haberse detenido a consentirse a sí misma, que está en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y se encuentra con la persona equivocada.

Primero escucha su voz como una señal de advertencia: cuidado, estoy aquí, sé consciente de mi presencia.

La reconoce al instante, a pesar de haberse pasado todas las horas de cada día, de cada semana, de este último mes, tratando de borrar de su memoria cada entonación, la sensación de familiaridad, calidez y pertenencia que evoca en Chloe.

Es peor que el canto de una sirena.

Luego, antes de que Chloe tenga opción a reaccionar, aparece ella: la sirena en persona.

Esta Beca no sonríe al encontrarse a Chloe, como habría hecho antes, y a lo que Chloe no se había dado cuenta de cuánto se había acostumbrado, cuánto había llegado a esperarlo, hasta este doloroso momento.

Beca palidece y se frena en seco como si acabase de ver a un espíritu maligno, trastabillando un poco hacia delante cuando el carro cargado que va empujando la arrastra con él por la inercia que llevaba antes.

Porque Esta Chloe encontró a Esta Beca cuando ya era demasiado tarde.

Porque Esta Chloe encontró a Esta Beca cuando ambas ya habían decidido entregar sus corazones a otras personas, que no eran La Persona, pero las querían y cuidaban, y merecían la oportunidad igualmente.

Porque Esta Chloe encontró a Esta Beca cuando ambas ya habían formado sus propias familias y estaban atadas a ellos por una infinidad de lazos invisibles, emocionales y legales, que no podían cortar así sin más. Ni siquiera por La Persona.

Porque Esta Chloe y Esta Beca son dos líneas paralelas sin un punto de cruce, destinadas a seguir creciendo, en la misma dirección, a la misma distancia, pero inalcanzables entre sí. Tan cerca y tan lejos...

Y, sin embargo.

Sin embargo, intentaron desafiar al destino. Y sus corazones, sus almas, rotas en mil pedazos, hechos diminutos añicos en las palmas ahuecadas de sus manos, es el precio que les ha tocado pagar.

Ambas se quedan ahí paradas, mirándose con las mismas expresiones inciertas y dolidas en sus rostros, sin saber qué decirse.

Si no fuera porque Max va tan solo un par de pasos por detrás de Beca, diciendo algo a lo que ninguna de las dos está prestando atención y con la caja de Dino Nuggets que han sido la causa de su retraso en la mano, quizá se hubieran quedado inmóviles para siempre.

Dos figuras alrededor de las cuales el tiempo continúa, pero no pasa por ellas, como esa vieja canción de Taylor Swift.

- ¡Chloe! – exclama Max, el recibimiento feliz que la pelirroja estaba esperando, solo que de la persona equivocada.

Con mucho esfuerzo, Chloe se obliga a sonreír, y, con incluso más esfuerzo todavía, desvía la mirada de Beca hacia Max.

Max deposita la caja de Dino Nuggets en el carro y aprovecha para rodear los hombros de Beca con uno de sus brazos, en un gesto que Chloe sabe que no es posesivo, sino puro hábito, pero aun así deja un horrible sabor amargo en su lengua.

Solo obtiene un poco de perversa satisfacción al ver cómo Beca se tensa bajo la muestra de afecto, con obvia incomodidad

- Qué coincidencia verte por aquí – observa Max –, justo hoy estábamos hablando de que hace mucho tiempo que no te vemos, ni sabemos nada de ti, ¿verdad? – aprieta a Beca contra él en busca de su apoyo.

Chloe casi no se lo puede creer.

Su mirada salta a Beca por decisión propia, sin que ella pueda hacer nada al respecto, demasiado ocupada tratando de que su expresión no delate el "¿en serio?" que resuena entre las paredes de su cráneo como una pelota de pinball.

, tiene ganas de decirle a Max. Desde ese beso robado tras la puerta cerrada de la despensa.

Desde que nos dimos cuenta de que era demasiado duro tener tan cerca a la persona que has buscado, por la que has anhelado, toda tu vida; y ahora que por fin la encuentras, no puedes tocarla.

Sin embargo, el absoluto terror que hay en el rostro de Beca, la súplica silenciosa que le lanza con la mirada, pidiéndole que, no, por favor, no diga nada; la disuade de algo que ni siquiera iba a hacer en primer lugar.

Al fin y al cabo, Chloe no tiene por costumbre destrozar familias.

- Ya lo sé… – exhala tras una breve pausa prácticamente imperceptible, esbozando una sonrisa de disculpa –. He estado bastante ocupada.

Max asiente, sin sospechar nada.

- Es cierto, tu nueva exposición se exhibe pronto, ¿verdad?

- Sí, justo – Chloe se escuda tras esa magnífica excusa, aliviada –. Y entre preparar la galería y dar los últimos toques a un par de cuadros que no están como me gustaría, me esperan unas semanas un poco frenéticas…

Beca parece palidecer más todavía al recordar los cuadros de Chloe, al recordar la inspiración tras su próxima colección. Sus ojos se llenan de tal desolación que Chloe tiene que tragar saliva para no empezar a llorar.

- Totalmente comprensible – dice Max con una sonrisa de amistosa compasión –. Ya sabes que si necesitas ayuda, puedes contar con nosotros – le da un apretón a Beca, quien contrae el rostro en una mueca dolorida.

Porque, no, ambas saben que Chloe no puede contar con ellos, y eso les rompe el corazón en mil pedacitos.

- Gracias – murmura la pelirroja, su tono bajo en falsa modestia para disimular la forma en que le tiembla la voz.

- Te veremos en la exposición – promete Max en los inicios de una despedida –. Y una vez se calmen las cosas, a ver si volvéis tú y Morgan a casa a cenar, como en los viejos tiempos.

Chloe solo se ve capaz de asentir, forzando una sonrisa de lo más amarga, por el dolor y la falsedad que desprende. Max se despide con un gesto de la mano y prosigue con su compra en el pasillo continuo.

Pero Beca no le sigue de manera inmediata. Se queda ahí, quieta, lágrimas en sus ojos.

Comparten una mirada cargada con todas las palabras que no se pueden decir en voz alta: lo siento, ojalá hubieras sido tú, ojalá te hubiera conocido antes, ojalá pudiera dejarlo todo para irme contigo, te quiero.

Cuando Beca se marcha tras su marido, Chloe sabe que esta es la última vez que la verá.

.

Durante cuatro vidas, la línea uno, que recibe el nombre de Chloe en esta y todas las vidas, continúa con su desesperada e inconsciente búsqueda de la línea dos, de un punto de encuentro que les permita estar juntas.

Pero no encuentra lo que su alma tanto anhela.

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La Siguiente Chloe recuerda.

La Siguiente Chloe encuentra a La Siguiente Beca en medio de una calle transitada en Nueva York.

En plena hora punta, todo lo que las rodea son cuerpos monocromáticos en movimiento, borrones sin rostro en blanco y negro, excepto un único punto de color, un único rostro lleno de detalle y precisión.

Es ella: su línea dos.

Sus miradas se encuentran sin problema alguno a pesar de la muchedumbre que las rodea, como si hubieran sido dirigidas por una mano divina que hoy se sintiera especialmente compasiva por este par de amantes.

Chloe pierde el ritmo de sus pasos y se queda quieta en medio de la acera con un tropezón que ni siquiera registra, siendo empujada por trajeados sin miramientos que llegan tarde al trabajo, o al metro, o a unas bebidas con un cliente importante.

Frente a ella, Beca también permanece inmóvil, suspendida en el tiempo.

Por un instante, un terror frío como el hielo se expande por las venas de Chloe al ver la expresión impenetrable de la morena, al pensar que, tras tanto tiempo, la ha encontrado, pero quizá Chloe es la única que recuerda.

Y, sin embargo.

Sin embargo.

- Chloe… – su nombre sale envuelto en un suspiro, una exhalación, de los labios de Beca, y la estremece de pies a cabeza.

¿Es esto lo que siente el espacio exterior cuando dos estrellas chocan?

A Chloe se le escapa un sonido, una mezcla entre una risa y un sollozo y un "Beca" falto de aire por el choque de sus cuerpos al fundirse en un abrazo que hace maravillas para curar sus almas rotas.

El mundo desaparece a su alrededor.

Chloe enmarca el rostro de Beca entre sus manos y sus ojos beben sus delicadas facciones, necesitando pruebas empíricas de que es real, de que no es aire, un fantasma, un truco de la luz.

- ¿Puedes...? – intenta preguntar.

- ¿Estás...? – dice Beca al mismo tiempo.

- ¿Eres...? – prosigue Chloe.

- Tuya – asiente Beca, con fervor –. Soy toda tuya.

Y, por fin, La Siguiente Chloe besa a La Siguiente Beca con el anhelo acumulado en cinco años de soledad.

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Please don't have somebody (else) waiting on you

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- ¿Puedo pedirte una cosa?

La voz queda de La Siguiente Chloe rompe el silencio de la noche y La Siguiente Beca, que debía de estar en esa cuerda floja que es el entresueño, a juzgar por el sonido adormilado que escapa de su garganta, arrastra la cabeza hacia atrás sobre el colchón para poder mirarla a la cara.

Son dos días más tarde de su encuentro en una calle de Nueva York y no se han movido de la habitación de Chloe, de la cama de Chloe, de las sábanas de Chloe.

Aquí es fácil olvidarse de sus vidas, presentes, pasadas y futuras; de las otras Chloes y otras Becas que han sido, de sus suertes e infortunios, de sus grandes historias de amor y sus corazones rotos.

Aquí no pasa el tiempo, no corre hacia delante, perdiendo números por el camino, gastando granos de arena, erosionando todo lo que se atreva a cruzarse en su camino, robando recuerdos y posibilidades.

Aquí están protegidas de los caprichosos impulsos del destino, de sus milagros y sus castigos.

Aquí solo existen ellas.

Beca parpadea sus ojos somnolientos en una pregunta silenciosa y Chloe se humedece los labios, nerviosa como todas esas veces que, ahora recuerda, se agachó frente a Beca sobre una única rodilla para pedirle que pasara el resto de su vida a su lado.

- Quizá sea demasiado egoísta, así que si no te parece bien puedes decirme que no y no pasará nada – advierte Chloe, hablando de forma rápida y atropellada, con una inseguridad que es poco habitual en ella.

Excepto.

Excepto cuando se trata de Beca.

Beca ahora está más alerta, más despierta. Ladea la cabeza ligeramente, con abierta curiosidad y cierta sombra de preocupación en sus ojos oscuros.

- Vale – responde, despacio, incierta, sin terminar de entender de dónde ha salido este cambio de atmósfera.

Chloe exhala todo el aire de sus pulmones y los vuelve a llenar en lo que espera que sea una tranquilizadora respiración, una bocanada de aire fresco que disuelva sus nervios y la llene de certeza y calma.

- Había pensado… – vuelve a relamerse los labios y busca la mirada de Beca, firme en ella. La usa como ancla –. Podíamos hacer un pacto.

Una chispa burlona salta en el azul oscuro de Beca, y sus labios tiemblan antes de sucumbir a una sonrisa torcida que se expande por su rostro. A pesar de su familiaridad, sigue dejando a Chloe sin aire cada vez que la ve.

- ¿Este también va a incluir amenazas sobre lobos y beber la sangre de hermanas pasadas? – bromea Beca.

Chloe solo siente un segundo de confusión antes de que el recuerdo emerja de las profundidades de su memoria: una Chloe pasada, una Beca pasada, en un auditorio iluminado por velas.

Ríe, en parte por el recuerdo del pánico de esa Beca pasada, en parte por el puro deleite que supone recordar.

- No – promete con una sacudida de cabeza –. Solo… Estaba pensando en la última vez – su sonrisa desaparece tras las nubes de tormenta de recuerdos pasados, del dolor que evocan en su pecho –, y en que no quiero volver a tener que pasar por eso.

No especifica, pero no es necesario.

Beca se tensa en sus brazos porque sabe, entiende, recuerda, a qué se refiere. Su instinto es recluirse en sí misma, lamerse en solitario las heridas que todavía siguen sangrando, y, sin embargo.

Sin embargo.

No huye. Deja que Chloe acune su rostro con infinita delicadeza, como si estuviera hecha de trozos rotos de cristal, y es que quizá ahora es así, es que quizá ahora si la tocas de la forma equivocada te pueda cortar.

Chloe junta sus frentes, conecta sus miradas, une sus cuerpos.

Busca cualquier forma de eliminar la distancia entre ellas, de aliviar los ecos del dolor de esa vida pasada; cualquier forma de recordarles que eso quedó atrás, que se han vuelto a encontrar, que esta vez han llegado a tiempo.

- ¿Puedes prometerme una cosa? – pide en un murmullo, acariciando la nariz de Beca con la suya para subrayar la importancia, la velada desesperación que estremece sus palabras –. ¿Puedes prometerme que me esperarás?

Lágrimas calientes se derraman sobre, entre, y por debajo de sus dedos, y Chloe dibuja semicírculos en los pómulos de Beca para capturarlas todas.

- Pase lo que pase, en la vida que nos toque después de esta y todas las siguientes, ¿puedes prometerme que intentarás esperarme? No quiero que te quedes sola para siempre, no hagas eso, por favor, pero… Ahora que recordamos… ¿Puedes prometerme que me buscarás?

Beca asiente y une sus labios en un beso cargado de pasado, presente y futuro.

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Así es como La Siguiente Chloe y La Siguiente Beca sellan su destino: seguirán creciendo entrelazadas, en la misma dirección, a la misma distancia.

Disfrutarán al máximo cada cruce de sus caminos y sobrevivirán aquellos tramos paralelos, con la esperanza y la certeza de que pasarán, de que volverán a encontrarse, de que se estarán esperando al otro lado.

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En un futuro, una enfermera entra en una habitación, el chirriar de la suela de goma de sus zapatos ortopédicos sobre el suelo encerado lo único que delata su presencia frente a su paciente dormida.

En sus manos lleva una pequeña bandeja metálica sobre la que reposa una jeringuilla de apariencia inocente.

Viéndola, uno nunca imaginaría que pudiera ser algo tan temido por muchos, tan deseado por tantos, que la única forma de que pueda ser administrado a un enfermo es bajo la orden de un juez.

La enfermera deposita con cuidado la bandeja en la mesilla, encima de una pila de libros que llevan unas semanas sin ser abiertos, sus lomos ausentes de arrugas, sus páginas faltas de caricias, sus letras carentes de voz.

Comprueba las constantes vitales que marca la máquina colocada en una esquina, una presencia silenciosa en la habitación excepto por los constantes pitidos que emite al ritmo del latir del corazón de la paciente.

La enfermera trabaja de forma eficiente y sigilosa, sin embargo, no se sorprende al encontrarse con dos ojos azules, de un azul que cada día parece más cristalino, empañado por el agotamiento permanente, observándola.

- ¿Dormías? – inquiere la enfermera en tono bajo.

La luz que emite la cápsula de curación, de un blanco puro, parece estar molestando a su paciente, de modo que ajusta la intensidad desde el mando hasta convertirla en una luz suave de ambiente.

- No, solo descansaba – responde la paciente, su voz cascada por los tubos que tuvo dentro de la garganta, la sed insaciable provocada por la medicación, y la edad –. ¿Ha llegado ya?

La mirada de la enfermera se desvía sola a la jeringuilla que reposa en la mesilla y asiente. Su paciente sonríe, agotada pero feliz, y las almohadas parecen tragársela cuando se hunde en ellas casi con alivio.

- Bien – celebra –. Estoy lista para irme.

La enfermera dispone de todo: peina los cabellos canosos de su paciente, la incorpora ligeramente sobre sus almohadas, abre las cortinas para que pueda ver el cielo rosado del atardecer.

Una vez tiene todo listo, se vuelve a colocar al lado de la vía intravenosa que administra vitaminas y suero a su paciente, jeringuilla en mano.

- ¿Estás seguras de que no quieres que avise a nadie? – corrobora una última vez, a pesar de que han repasado el plan un mínimo de mil veces en los meses previos a este momento en el que se encuentran ahora –. ¿Un cura, un familiar, un amigo?

Su paciente solo sonríe con amabilidad. Posa una de sus manos, arrugadas por la artritis y el paso del tiempo, temblorosa por la edad y la enfermedad, sobre el antebrazo derecho de la enfermera en un gesto tranquilizador.

- No te preocupes. No estoy sola – asegura, un brillo inteligente en sus ojos normalmente apagados.

Lo dice con tanta certeza que, por un momento, la enfermera tiene el impulso de girarse a mirar por encima de su hombro, de comprobar las esquinas de la habitación, creyendo que ha pasado por alto la presencia de alguien.

Pero sabe que solo están ellas dos, y sabe, con la misma intuición profunda, que su paciente no se refiere a ella cuando dice que no está sola.

Con cierta reticencia, porque no importa cuántas veces lo haga, esta parte nunca se vuelve más fácil, la enfermera engancha la parte frontal de la jeringuilla en la toma de la bolsa de suero y empuja su contenido poco a poco.

Una vez el depósito de la jeringuilla está vacío, la deposita sobre la bandeja metálica con un retintín que parece resonar por la habitación lleno de finalidad.

- No tengo miedo – murmura su paciente, una afirmación que ha mantenido desde el primer ingreso permanente, el primer diagnóstico fatal, y ahora repite una última vez como si tratara de consolarla –. Hay alguien esperándome.

La enfermera la observa con triste curiosidad.

En el largo tiempo que la conoce, su paciente siempre ha vivido una vida en absoluta soledad, por eso muchas veces se pregunta si quizá esa convicción es una delusión para ayudarse a seguir adelante, puro delirio causado por la edad y probablemente la medicación.

Y, sin embargo.

Sin embargo, no puede evitar presentir que hay una historia tras esa promesa.

- Siempre dices eso, pero nunca me has contado quién te espera, o dónde – cubre la mano de su paciente, fría, envejecida, torpe, entre dos de la suyas, cálidas, jóvenes, hábiles –. ¿Está en el cielo?

Su paciente sonríe, encontrando especialmente divertida la pregunta por motivos que solo ella entiende, como si formara parte de alguna broma interna entre ella y otra persona y solo ahora se acabase de acordar.

A la enfermera siempre le ha dado la sensación de que en la curva de sus labios se esconden mil secretos acumulados durante mil vidas.

- No, en el cielo no – responde la paciente, su voz espesa y lenta por el efecto de la inyección –. En mi próxima vida.

Tiene los ojos cerrados y un aspecto tan sereno que resulta casi envidiable, si no fuera porque la enfermera sabe qué es lo que está ocurriendo: el contenido de la jeringuilla está haciendo efecto.

Su paciente se está yendo, para siempre.

- Allá donde vaya después de esto… – murmura la paciente, labios y lengua torpes, palabras prácticamente ininteligibles. Una lágrima rueda por su mejilla, pero su sonrisa deja claro que es de felicidad –. Beca estará… esperándome.

La máquina en la esquina emite un largo pitido cuando el latir del corazón cesa, pero la enfermera no hace amago alguno de ir a apagarla.

Se queda quieta un minuto, todavía sujetando la mano de su paciente entre las suyas, la cabeza gacha como si estuviera rezando, aunque en realidad está usando ese momento de pausa para honrar una vida finalizada.

Cuando alza la mirada, observa la placidez en el rostro de su paciente, y duda, y se pregunta.

¿Lo diría de verdad?

La razón la empuja a pensar que no, que eran palabras provocadas por la droga, delirios del lecho de muerte como tantos otros de los que ha sido testigo con anterioridad y ha desestimado sin pensar dos veces en ellos.

Pero este se le queda pegado durante horas, días, meses, años.

La razón la empuja a olvidarlo, y, sin embargo.

Sin embargo.

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Dice la teoría matemática que las líneas paralelas son dos líneas que, si se prolongasen hacia el infinito por cualquiera de sus extremos, siempre a la misma distancia, siempre en la misma dirección, nunca llegarían a tocarse.

Excepto.

Excepto.


A/N: Una vez más, se acabó lo que se daba. Pero recordar que esto es solo un "hasta luego", y nunca un "adiós". Nos vemos pronto, espero.

PD. Gracias por seguir aquí 💞