CAPÍTULO 2

SIN CEBOLLAS, NO HAY LÁGRIMAS

—¡MAL AMIGO, BASTARDO! ¡¿POR QUÉ NO CONTESTASTE EL MALDITO CELULAR?!, te llamé como loco, Hinata fue hasta tu departamento varias veces en el día porque yo estoy atrapado en el maldito aeropuerto de no sé qué país esperando el vuelo hacia USA donde jugaremos contra la selección nacional ¡incapaz de buscarte! – recriminaba el hombre en un solo respiro — casi me da un infarto, incluso Hinata llamó al encargado para que le abriera tu casa y así corroborar que seguías vivo, ¡tienes idea de lo jodidamente preocupados que estábamos!

Tooru tuvo que despegarse el teléfono del oído o corría el riesgo de quedar sordo ante los gritos de su amigo. Internamente sonrió ante la singular manera en la que Tobio demostraba que lo quería.

—Lo siento, estuve ocupado – mintió — y luego fui a caminar al mirador y el tiempo voló. -Esto último si era cierto.

Pronto los recuerdos de la noche anterior invadieron su mente. Su festejo improvisado solo se había extendido una hora más debido a que Ushijima tenía que asistir temprano a una convención acerca de "salud mental."

Aun así, en ese corto tiempo habían mantenido una inesperada y agradable conversación que se vio pospuesta para una próxima vez.

Con rostro afligido agregó: —En serio lamento haberlos preocupado, de hecho, ya hablé con Hinata para disculparme.

—Es lo menos que podías hacer, si mi bebé nace con cara de susto te culparé.

—¡Por favor no digas eso ni en broma!, quería comprarle algo, pero en estos momentos estoy quebrado.

—No tienes que comprar nada y ya te dije que si estás teniendo problemas económicos puedo ayudar, así que ahora dime, ¿cómo estás? - Preguntó el hombre dejando salir un largo suspiro.

—No, jamás podría hacer eso, suficiente hacen ambos con estar al pendiente de mí, además pronto nacerá tu hijo y cada centavo hará falta. Con respecto a tu pregunta… no puedo decir que estoy bien, pero no puedo continuar así. Mis ahorros se han terminado, debo salir y buscar un trabajo y justo ahora estoy esperando se hagan las cuatro de la tarde para ir a una entrevista.

—¡¿En serio?! eso es genial, siempre amaste el diseño de interiores y eres excelente en ello, con tu currículo, seguro que te dan el trabajo. No cualquier puede decir que trabajó en YourStyle Tokyo. – Aseguró Tobio con su voz usual. —¿En dónde?

—Se llama "Japan Decor" y en serio no puedo creer siquiera que me hayan considerado. ¡Es un milagro! Quiero decir, es de lo más top en el mundo. De solo pensar que me dieran una oportunidad mis manos sudan.

—Bueno… tienes muy buen gusto y la capacidad. Confía en tus habilidades, estoy seguro de que la próxima vez que me llames será para decirme que te contrataron.

Tooru se sintió halagado por las palabras de su amigo al tiempo que una cálida sensación recorría su pecho. Hacía mucho que no trabajaba en aquello que había estudiado, cosa en lo que era realmente bueno y que le apasionaba, pasión que había dejado a un lado después de casarse y decidir dedicarse a su hogar por completo, uno que ya no existía más.

Se sentía un tanto desfasado de las nuevas tendencias, pero no era el momento para sentirse inseguro. Tenía que avanzar y confiaba en que pronto entraría de nuevo en ritmo.

Los amigos se despidieron dejando en ambos una sensación de tranquilidad que en días anteriores no habría sido posible. El cambio se estaba dando y aunque costara, la vida debía seguir su curso cual río fresco que recorre los caminos hasta llegar a mar abierto extendiéndose en aguas llenas de misterios y maravillas.

Con premura, Tooru comenzó a arreglarse para la entrevista de trabajo, poniendo especial atención en su apariencia y combinación de sus prendas. Si quería ser tomado como un potencial candidato, su imagen debía ser acorde a sus capacidades.

Una vez listo tomó el portafolio que albergaba todas sus creaciones y con paso decidido emprendió la marcha, no sin antes repetirse en el espejo "tú puedes, hoy será un gran día." Jamás había creído en eso de hablarse positivamente, pero no estaba de más intentarlo y tras muchos días, el brillo de sus ojos que parecía se había extinto, le mostraba destellos de vida.

Dando una última acomodada a su cabello salió esperando lo mejor.

El silencio se había extendido lo suficiente para creer que en cualquier momento sería devorado por la habitación. Tragar saliva era toda una odisea y Tooru estaba seguro de que si movía incluso un solo de sus cabellos, sería como escuchar mil platos rompiéndose al mismo tiempo.

Llevaba sentado veinte minutos, inmóvil, con el estómago en la garganta y perlas finas de sudor en la frente. La mujer que lo entrevistaba no era otra que la presidenta de la compañía, quien había decidido revisar personalmente a cada uno de los candidatos.

Su presencia era imponente, como todo Alfa. Su cabello corto de color negro azabache tirado hacia atrás le daban un toque de elegancia enmarcando sus bellas facciones, que pese a sus 55 años lucía hermosa y de respeto.

Ella no le había preguntado más que su nombre seguido de un: tome asiento por favor. Después de eso, acomodó sus lentes dándole con sus intensos ojos verdes una barrida de arriba abajo a su apariencia para finalmente tomar el portafolio con los trabajos que Tooru realizó en el pasado, así como su currículum.

Revisaba cada milímetro de las imágenes, elevaba sus cejas, acariciaba su mejilla con su dedo índice y de vez en cuando fruncía la boca dando vuelta a las páginas con una parsimonia dolorosa para el omega que no tenía idea de hacia dónde mirar.

Era como si hubiera viajado en el tiempo a cuando era un recién graduado en busca de la oportunidad, con la diferencia de que ahora no se sentía con tanta confianza, entusiasmo ni juventud, pero sí con un extra de nerviosismo.

Unos minutos después, la presidenta bajaba el portafolio moviéndolo hacia el lado izquierdo de su escritorio al tiempo que retiraba sus lentes. Todo bajo la atenta mirada del castaño quien pensaba que hasta ahí había llegado su oportunidad.

Vamos Tooru, ¿qué te sorprende? Has estado fuera de este mundo por tanto tiempo… era obvio que no te iban a contratar y menos "Japan Decor"—Se reprendió a sí mismo en su cabeza.

—Oikawa san. – Llamó la mujer haciendo que el de ojos cafés saliera de sus pensamientos.

—¿Sí?

—Sería todo, puede salir y dígale a mi secretario que envíe a la siguiente persona. Gracias y que tenga buen día.

Tooru soltó el aire que había estado reprimiendo, sonrió agotado antes de hacer una reverencia para finalmente retirarse. —Gracias por su tiempo. – Agregó al tiempo que tomaba la manija de la puerta de caoba exquisitamente trabajada.

—Oikawa san – llamó la mujer sin perderlo de vista. — Antes de que se retire, dígame… ¿por qué le gusta el diseño de interiores?

Tooru miró por unos segundos a la Alfa que lo observaba con ojos escrutadores y expresión sería.

El omega barrió tras su oreja derecha los cabellos traviesos que habían bailado hacia su rostro, parpadeó suavemente moviendo sus largas pestañas y como si una luz hubiese surgido de él, levantó la cabeza tras meditar unos segundos su respuesta.

— Para mí… diseñar no es solo buscar la estética entre texturas, color e iluminación. En lo que alguien ve solo un espacio para rellenar, yo veo una historia, veo una oportunidad de crear ambientes que despierten sentimientos de tranquilidad, seguridad, armonía, pasión, alegría, reflexión; un lugar para conectarse y desconectarse también. Veo en cada centímetro la posibilidad de mostrar el potencial que tiene, porque a final de cuentas la esencia de una habitación es la emoción que evoca.

—Mmm… - murmuró —Entiendo. Gracias, ahora sí puede retirarse. – Pronunció sin emoción en su voz.

Tooru caminaba cabizbajo por las calles de Tokyo, la entrevista no había ido hacia una buena dirección y aquello solo lo había deprimido. Pensamientos negativos comenzaban a llenar su cabeza y él sabía muy bien que eso era lo que menos debía hacer en ese momento.

Luchando contra el autosabotaje, decidió que lo mejor sería aprovechar su salida para comprar víveres y rellenar al fin las alacenas que lloraban por ausencia de alimento.

La zona en la que se encontraba quedaba lejos de su casa, pero en estos momentos era lo mejor para él. El supermercado de siempre solo traía recuerdos que, aunque hermosos en su tiempo, ahora solo lo hacían llorar.

Apresuró los pasos y entró a la primera tienda de comestibles, sorprendiéndose de lo hermoso que lucía, su amplitud y la apariencia de las cosas. Con ánimo mejorado por la primera impresión del lugar, tomó uno de los carritos sin tener claro qué llevar. Aun así, avanzó por los pasillos hasta llegar al área de frutas y verduras deteniéndose frente a las zanahorias.

Tomó una bolsa de hule y comenzó a meter una por una dando un total de diez, hasta que cayó en la cuenta de que solo debía cocinar para él.

—Que tonto… ¿cuándo entenderás que él ya no está? – susurró con un dejo de tristeza evidente en su tono quebrado. Apretó la bolsa en sus manos al tiempo que cerraba sus ojos con fuerza para evitar soltar las lágrimas que se formaban por el cúmulo de emociones experimentadas en el día.

En ese momento quiso aventar todo y salir corriendo, pero las verduras no tenían la culpa de su inestabilidad.

Intentando recomponerse, fue sacando el exceso de carga para dejar la bolsa con solo la mitad de su contenido original; sin embargo, justo cuando estaba por colocarlas en el carrito, sus ojos se abrieron como platos cuando clavó la vista en el precio.

—¡¿Qué?!, ¡¿25000 yenes un kilo de zanahorias?!, ¿dónde rayos me metí? – dijo dejando la mercancía girando la cabeza alrededor. No es como si en la vida no se hubiera dado lujos, pero si una verdura costaba cinco veces más de su precio normal, eso era simplemente inaceptable y escandaloso. Fue entonces que en medio de su sorpresa, en el siguiente pasillo, dándole la espalda a él, un hombre de aspecto conocido miraba detenidamente las papas alternando la vista en la que tenía en su mano derecha, con la de la izquierda.

Tooru lo miró por unos segundos más para entender lo que hacía, hasta que tuvo que reprimir su risa poniendo las manos sobre su boca cuando el alto soltó un suspiro de resignación al no poder escoger entre una u otra.

La risa sonó clara llegando hasta los oídos del alfa, que ante aquel sonido giró su cuerpo hacia el lugar de donde provenía.

Con su característica expresión seria, miró al omega que apretaba los labios y abría los preciosos ojos cafés con sorpresa cuando su nombre fue pronunciado por aquella boca en la que el recuerdo de una sonrisa había venido tan fugaz haciéndola parecer como una simple alucinación, pues aquellas comisuras lucían tan rígidas que ni la cosa más graciosa podría curvarlas.

—¿Oikawa san?

—Doctor… ¿hola? – saludó nervioso agarrando el carrito con fuerza.

—Hola, que extraño verlo tan pronto, ¿cómo está? – preguntó el hombre avanzando hacia él aún con las papas en sus manos.

— Bien, gracias, ¿usted? – agregó por cortesía. —Yo estaba cerca de aquí… así que pensé en hacer algunas compras – agregó acomodando el tirante de su portafolio inconscientemente.

Wakatoshi lo revisó de la cabeza a los pies notando su excelente combinación de prendas, así como la hermosa apariencia del omega, a quien anteriormente no había apreciado en su totalidad.

Aquella inocente acción, provocó que nuevamente Tooru riera con fuerza al pasar por la misma experiencia de ser evaluado dos veces en el día, risa que llamó de nuevo la atención del Alfa.

Entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza Wakatoshi continuó. —Bien, también haciendo las compras. ¿He dicho algo gracioso? – preguntó intrigado por la facilidad con la que su paciente estaba sonriendo. Lo que para nada le parecía mal, sino todo lo contrario. Al parecer el tratamiento estaba funcionando.

—Lo siento, no es que haya dicho algo gracioso, solo no pude evitar verlo algo conflictuado sobre las papas en sus manos y bueno… recordé algo que me pasó hoy. – Dijo directo y sin rodeos, una característica poco frecuente en los omegas quienes por lo regular se dejaban guiar por el alfa y tendían a mantener sus palabras para sí mismos.

Wakatoshi bajó la cabeza mirando sus manos.

—Ya veo – respondió regresando la comida a su lugar. — Mi chef renunció hace una semana, no sé cocinar ni cómo identificar cuál papa es mejor que otra. Todas lucen iguales. – Agregó frunciendo el ceño.

A Tooru, el comentario y expresión le parecieron de lo más divertido, pues después de observarlo había notado lo totalmente perdido que el hombre se encontraba, además de la inexistente noción de lo que costaban las cosas realmente, que si bien, el Alfa a simple vista se podía decir que tenía un alto poder adquisitivo; Aunque no era solo la apariencia, pues ¿quién que no lo tuviera tendría un chef personal?, aún así, para el omega no era razón suficiente para pagar excesivamente por algo que podía conseguirlo a un precio mejor.

—Me di cuenta de eso, doctor. – Dijo ladeando la cabeza.

—¿Usted cocina? – preguntó de la nada el alto.

—Ah, sí. Me gusta mucho. – Pronunció rascando su mejilla, enderezándose.

—¿Le gustaría trabajar como mi cocinero?, - Propuso el Alfa de buenas a primeras con la misma voz grave e inmutable. —Sé que actualmente no tiene un empleo, sería algo temporal en lo que encuentra algo que considere mejor. Así ambos nos beneficiamos, yo tengo comida y usted un salario, establezca la cantidad que desea recibir – agregó con rostro serio esperando una respuesta.

Tooru abrió la boca de la impresión, sabía que el hombre frente a él no bromeaba para nada y todo su comportamiento corporal le decía lo serio que era al respecto. —¿Cómo pasé de una entrevista fallida a un ofrecimiento de trabajo?... ¿y con mi psicólogo como jefe? – Pensó. Aunque lo hubiera tomado por sorpresa, no era una propuesta del todo descabellada, en el banco solo le quedaban algunos yenes, los suficientes para cubrir los servicios básicos del mes, pero que en cuanto estos se pagaran, se iría a la bancarrota. ¿Necesitaba un empleo?, ¡sí!, urgentemente y aunque no fuera para nada algo relacionado con su título universitario, no estaba en posición de ponerse quisquilloso.

Ok Tooru, esto es algo bueno, los supresores no se pagan solos ni las consultas médicas, ni la comida, ni la luz, ni el agua, ni la renta. – Reflexionó enumerando todos sus gastos del mes. En cuanto levantó la cabeza, vio como el hombre seguía con sus ojos verdes clavados en él esperando una respuesta.

El omega soltó el aire retenido. Miró de frente al Alfa levantando su mano como queriendo advertir algo.

—Mmm… antes de aceptar, necesito aclararle algunas cosas. Primero: solo soy una persona normal, no espere platillos tan elaborados. Segundo: al menos una vez a la semana deberá observar cómo cocino, es bastante mayor como para que no sepa cocinar; además, el enseñarle me hará sentir que no soy todo un fraude de cocinero. Tercero…

—Escucho – dijo Wakatoshi metiendo sus manos a los bolsillos de su pantalón.

—Tercero: debe decirme si es alérgico a algún alimento, lo que le gusta y lo que no. Si voy a cocinar para usted, al menos quiero hacerlo bien. ¿Estamos? – dijo extendiendo su mano con una media sonrisa en su rostro.

Entrecerrando los ojos, Wakatoshi barrió con la vista aquella mano hasta enfocarse en el rostro bonito del omega. —Hecho, Oikawa san. – Ambos estrecharon sus manos cerrando así el trato.

—¡Excelente!, ¿le parece si comenzamos a partir de ahora?

—No veo porque no – dijo levantando los hombros. —Me gustan las papas – dijo al tiempo que caminaba de nuevo hacia ellas tomando una bolsa de hule.

—¡Tiempo! – indicó el omega parando en seco las acciones del alto. —No compraremos aquí las cosas, todo está exageradamente caro. Vayamos a otro lugar.

—Pero… tengo dinero… - dijo el hombre un tanto confundido.

—¿Y porque tiene dinero significa que lo tirará en una sola papa?, suelte esa bolsa y venga conmigo, iremos a otro lugar. – Indicó el omega moviendo su mano para que el otro lo siguiera.

Wakatoshi jamás había sido mandado en su vida y menos por un omega, así que la experiencia era algo refrescante, por así decirlo. En dos zancadas emparejó su paso con Tooru, ahora iban codo a codo, ante lo cual, el alto no pudo evitar mirar al otro de reojo.

—No me gustan las cebollas. – Señaló volviendo su vista al frente.

Tooru, por su parte, giró su cabeza hacia el alto sonriendo. —Está bien. Sin cebollas, no hay lágrimas.

—Supongo… - agregó el Alfa. — Sígame, mi auto está por allá.

—Tooru – indicó el omega haciendo que el otro lo mirara a la cara deteniendo su marcha. — Puede llamarme Tooru, nunca he sido tan formal con los nombres. – Dijo levantando los hombros — hablar de "usted" me hace sentir un poco incómodo.

El alfa apretó sus labios un poco tenso, en su caso, era algo completamente distinto, hablar de "tú" a alguien que no era cercano era extraño y lo ponía un tanto en conflicto. Resistiéndose respondió la petición. —Usted es mi paciente…

—No cuando estoy fuera del consultorio. - Argumentó de inmediato el omega. — Sino, no me habría ofrecido el trabajo, ¿no es así? – preguntó dejando al Alfa sin palabras, viendo como este se congelaba para solo asentir y seguir su camino. —¿Es ese su auto? - señaló el Bentley plateado que se encontraba aparcado en todo su esplendor haciéndole doler los ojos.

—Sí, es mío.

Tooru caminó hacia el lugar del copiloto, pero antes de que pudiera tocar la puerta, Wakatoshi se adelantó abriéndola.

Sorprendido miró al Alfa. —Puedo hacerlo por mí mismo. – Soltó sin pensarlo.

El alfa lo miró ladeando su cabeza. —Estoy seguro de eso, pero me haría sentir menos amable. – Pronunció haciendo gala de sus exquisitos modales. —Entra, Tooru, por favor. – Agregó sin perder su enigmática personalidad.

En cuanto Tooru entró en el vehículo y la puerta fue cerrada, un color rojizo fue apoderándose de sus mejillas. Escuchar su nombre saliendo de los labios del Alfa y a tan corta distancia lo hizo sentir extraño. Miró al hombre darle la vuelta al auto y antes de que este se subiera exhaló con fuerza esforzándose por pensar en otras cosas —Eso me sorprendió – murmuró entre dientes.

Una vez acomodado, el Alfa habló:

—Y bien, ¿hacia dónde? – Preguntó girando su cabeza hacia él con las manos en el volante.

—A Murusho, rumbo a Shinjuku. Hoy aprenderás cómo escoger las frutas, verduras y carnes. Prepararemos nikujaga, con muchas papas. – Habló entusiasmado el omega.

El alfa asintió. — Interesante. Abrocha tu cinturón por favor. Colocaré el navegador y partiremos – indicó con la mirada fija en el tablero.

Tooru podía sentir un calor reconfortante en su pecho, el día no había sido del todo desastroso, pues al final, había conseguido un trabajo, se había subido a un Bentley y tendría una cena deliciosa sobre la mesa costeada por el bolsillo de alguien más.

Ahora, comenzaba a ver que el ocuparse, era la mejor medicina contra la depresión. De este día en adelante tendría una responsabilidad con la cual cumplir, una rutina, algo que lo haría sentir útil y sobre todo: ¡vivo!

Cuando las luces del semáforo cambiaron a rojo, Tooru echó una mirada discreta al Alfa que con su pulgar jugaba con los demás dedos de su mano sintiendo cada yema mientras sus ojos verdes se enfocaban en el paisaje de frente. Era atractivo, serio, pero atractivo. Él emitía un aura enigmática sin necesidad de mostrar sus feromonas.

El alfa a su lado parecía solo tener una emoción para absolutamente todo, y aunque no estuviera acostumbrado a tratar personas como él, no era incómodo o molesto. Al contrario, era toda una experiencia nueva y hasta divertida, preguntándose de qué se necesitaba para cambiar su expresión y lo entretenido que sería observarlo.

Pronto, el auto siguió su camino y los dos se perdieron entre las calles de Tokyo.